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Full text of "Gobernantes del Uruguay"

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La  presente  edición   es  pro- 
piedad del  autor. 


ADVERTENCIA 


Ignoramos  si  este  libro  viene  á  llenar  alguna  ne- 
cesidad, pero  sí  sabemos  que  hasta  ahora  no  se  ha 
publicado  ninguno  en  que  se  agrupen  cronológica  y 
metódicamente  los  principales  acontecimientos  des- 
arrollados en  la  República  desde  la  temeraria  cru- 
zada de  los  Treinta  y  Tres  patriotas  orientales  hasta 
la  época  actual,  y  teniendo  presente  esta  circuns- 
tancia, consideramos  que  su  lectura  tal  vez  pueda 
ser  provechosa  á  las  personas  poco  versadas  en  la 
historia  contemporánea  del  Uruguay. 

Lo  hemos  escrito  sin  prevenciones  de  ningún  gé- 
nero, teniendo  en  vista  solamente  los  sucesos  como 
se  han  producido  y  las  personalidades  tal  como  apa- 
recen según  sus  propias  obras.  Ningún  comentario 
hacemos  respecto  de  unos  ni  de  otras,  dejando  que 
el  lector  los  aprecie  según  su  leal  saber  y  entender, 
pues  esta  obra  no  va  encaminada,  como  se  desprende 
de  lo  dicho,  á  analizar  hechos  ni  á  poner  de  relieve 
debilidades  humanas ;  estamos  muy  lejos  de  presen- 


—.  fr- 
iamos como  apologistas  ni  como  censores:  ni  por 
nuestra  nacionalidad  de  origen,  ni  por  los  principios 
que  sustentamos,  ni  por  carácter  podríamos  hacerlo : 
la  imparcialidad,  fundada  en  los  mismos  hechos,  guía 
nuestra  pluma,  humilde,  pero  sincera. 

Y  á  fin  de  poder  ser  verídicos,  hemos  recurrido, 
siempre  que  nos  ha  sido  posible,  á  la  documenta- 
ción oficial,  ó  apelado  al  fallo  justiciero  de  aquellos 
publicistas  á  quienes  menos  ha  cegado  la  pasión,  que 
si  en  política  y  por  circunstancias  transitorias  tiene 
hasta  cierto  punto  su  disculpa,  en  historia  suele  obs- 
curecer la  verdad  con  interpretaciones  capciosas  ó 
convencionales. 

Nuestro  criterio  no  será  el  criterio  del  partidario 
intransigente  ni  del  propagandista  entusiasta,  pero 
si  en  nuestro  modestísimo  radio  de  acción  contri- 
buimos, aunque  sea  en  pequeña  escala,  á  la  confra- 
ternidad de  los  hijos  de  este  suelo,  daremos  nues- 
tro trabajo  por  bien  empleado,  á  pesar  de  los  de» 
fectos  de  que  indudablemente  adolece,  y  para  los 
cuales  imploramos  la  indulgencia  de  todas  las  per- 
sonas de  recta  intención  y  de  buena  voluntad. 

Orestes  Araújo. 

Montevideo,  25  de  Agosto  de  1903. 


LOS  TREINTA  Y  TRES 


CAPITULO  I 


LA  CRUZADA  DE  LOS  TREINTA  Y  TRES 
(1825) 

SUMARIO:  1.  Caracteres  de  la  dominación  brasilera. — 2.  Quiénes  fue- 
ron los  iniciadores  de  la  Cruzada.  —  3.  Actitud  de  los  argentinos.  —  4. 
Los  primeros  trabajos.  —  5.  Plan  de  invasión. — 6.  Salida  de  los  ex- 
pedicionarios.—  7.  Travesía  del  Uruguay. —  8.  El  desembarco. — 9.  Si- 
tio preciso  del  desembarco.  — 10.  Lista  auténtica  de  los  Treinta  y  Tres. 
— 11.  Combate  de  San  Salvador.  — 12.  Proclama  de  Lavalleja. 


1.  Caracteres  de  la  dominación  brasilera.  — Ha- 
cia fines  del  primer  cuarto  del  siglo  xix,  la  Banda  Orien- 
tal ofrecía  el  cuadro  más  desconsolador  de  atraso  y  de 
ruina,  no  sólo  por  lo  largo  de  la  lucha  sostenida  desde 
1811  contra  españoles,  argentinos,  portugueses  y  brasile- 
ros sucesivamente,  por  las  fuerzas  gastadas,  por  los  re- 
cursos consumidos  y  por  el  estado  moral  de  abatimiento 
en  que  había  caído  el  pueblo,  sino  en  razón  de  que  el 
huracán  de  la  guerra  había  engendrado  males  sin  cuento, 
renovando  heridas  que  el  tiempo  todavía  no  había  cica- 
trizado. El  más  profundo  rencor  hervía  en  todos  los  pe- 
chos por  el  recuerdo  de  la  conducta  de  los  usurpadores, 
que  se  entregaron  á  todo  género  de  criminales  excesos 
al  amparo  de  una  tolerancia  de  parte  de  sus  jefes  tan 
irritante  como  injustificada:  cuadrillas  de  malhechores 
portugueses  ó  brasileros  merodeaban  por  la  frontera  arre- 
batando haciendas,  que  conducían  subrepticiamente  al 
Brasil,  aminorando  la   riqueza  pública,   arruinando  la  in- 


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dustria  ganadera,  disminuyendo  el  comercio  y  atentando 
al  bienestar  de  los  habitantes,  que  además  se  veían  abru- 
mados por  exacciones  de  todo  género.  Esto  explica  la 
enorme  disminución  que  sufrió  la  población,  ya  de  suyo 
bastante  reducida  desde  la  caída  del  poder  español  en  el 
Río  de  la  Plata.  El  régimen  gubernamental  planteado 
por  los  portugueses  y  continuado  por  los  brasileros  ahondó 
más  el  justo  encono  de  los  orientales,  que  no  podían  ha- 
bituarse á  ser  mandados  con  despotismo  militar,  dadas 
sus  tradicionales  costumbres,  desarrolladas  á  la  sombra 
de  las  Audiencias,  los  Consulados  y  los  Cabildos,  corpo- 
raciones vinculadas  á  los  más  gloriosos  recuerdos  de  las 
épocas  pasadas.  Tan  exacto  es  esto,  que  el  mismo  gene- 
ral Lecor,  jefe  de  las  fuerzas  de  ocupación,  advertía  ofi- 
cialmente á  la  corte  del  Brasil  que  la  opinión  pública 
en  el  Uruguay  era  contraria  á  la  incorporación,  y  el  doc- 
tor Fernando  Luis  Osorio,  escritor  brasilero,  afirmaba 
que  la  ocupación  no  podía  ser  duradera,  porque  á  pesar 
de  las  seducciones  empleadas  por  Lecor,  en  el  seno  de 
las  familias  nunca  se  dejaba  de  hablar  en  contra  de  la 
dominación  brasilera;  agregando  que  se  hallaban  profun- 
damente equivocados  los  imperialistas,  si,  aferrados  á  la 
antigua  política  portuguesa,  creían  poder  darle  al  Brasil 
como  límite  sur  el  estuario  del  Plata.  Otro  publicista 
brasilero,  Pereira  da  Silva,  afirmaba,  á  su  vez,  que  bajo 
el  dominio  de  don  Pedro  I  el  Estado  Oriental  no  mejoró 
ni  adelantó.  «El  Imperio  —  dice  —  no  consiguió  rehabili- 
tarle las  fuerzas,  ocupándolo  y  gobernándolo  más  militar 
que  civilmente.  Poblado  por  la  misma  raza,  continuaba 
la  población  hostil  en  sus  sentimientos  al  Brasil,  aunque 
más  ó  menos  tranquila  en  apariencia.  Todavía  en  la  ciu- 
dad de  Montevideo  se  entablaron  relaciones  entre  orienta- 
les y  brasileros;  pero  en  las  villas  y  aldeas,  en  el  campo, 
los  habitantes  huían  del  contacto  de  sus  conquistadores. » 
Nada  tiene,  pues,  de  extraño  que  los  patriotas  más  re- 
sueltos ó  de  mayor  representación  política  y  social  aban- 


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donaran  el  suelo  nativo  para  ir  á  buscar  en  otras  pla- 
yas una  atmósfera  menos  letal  de  la  que  se  respiraba  en 
el  Estado  Cisplatino. 

2.  Quiénes  fueron  los  iniciadores  de  la  cruzada. 
—  Entre  los  que  se  habían  visto  obligados  á  expatriarse 
se  encontraba  don  Juan  Antonio  Lavalleja,  que  desde 
su  llegada  á  Buenos  Aires  se  entregó  á  trabajar  humil- 
demente como  encargado  del  saladero  que  don  Pascual 
Costa  poseía  en  San  Isidro,  aunque  sustentando  siempre, 
no  ideas  de  ruin  venganza  para  con  los  opresores  de  su 
país,  pero  sí  con  el  firme  propósito  de  intentar  su  liber- 
tad ú  la  primera  coyuntura  que  le  ofreciesen  los  sucesos 
que  en  el  Plata  se  desarrollaban. 

Estudió,  pues,  Lavalleja  los  medios  de  que  tenía  que 
valerse  para  realizar  su  intento,  y  en  plática  amistosa  sos- 
tenida en  casa  del  ciudadano  argentino  don  José  Anto- 
.nio  Villanueva  con  don  Luis  Ceferino  de  la  Torre,  socio 
del  señor  Villanueva,  don  Manuel  Lavalleja,  don  Pablo 
Zufriategui,  don  Manuel  Oribe,  don  Simón  del  Pino  y 
don^Manuel  Meléndez  concertaron  la  invasión,  si  bien 
previamente  explorarían  la  opinión  pública,  tanto  en  Bue- 
nos Aires  como  en  la  Banda  Oriental,  tratarían  de  con- 
quistarse voluntades  y  reunirían  los  recursos  más  impres- 
cindibles para  emprender  la  cruzada.  Un  solemne  jura- 
mento de  abordar  la  empresa  ó  perecer  en  la  demanda 
selló  este  patriótico  y  arriesgado  propósito.  A  los  nom- 
brados se  agregaron  pocos  días  después  don  Atanasio 
Sierra  y  don  Manuel  Freiré. 

De  la  Torre  se  encargaría  de  la  parte  económica,  le- 
vantando secretamente  una  suscripción,  cuyo  producto  se 
destinaría  á  sufragar  los  gastos  de  la  expedición;  Lava- 
lleja propagaría  entre  sus  numerosas  y  selectas  relacio- 
nes, así  como  entre  los  emigrados  orientales,  la  idea  de 
emanciparse  de  la  dominación  brasilera,  y  don  Manuel 
Oribe  gestionaría  de  su  íntimo  amigo  el  comerciante  es- 
pañol de  Montevideo  don  José  María  Platero,  la  entrega 


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de  200  tercerolas  que  hacía  tiempo  tenía  depositadas  en 
la  Aduana  de  esta  ciudad,  lo  que  consiguió  sin  ninguna 
dificultad. 

3.  Actitud  de  los  argentinos.  —  Comprendiendo  La- 
valleja  que  sin  el  concurso  del  gobierno  de  Buenos  Ai- 
res les  sería  imposible  expulsar  á  los  brasileros,  empezó 
á  trabajar  á  fin  de  comprometerlo  en  la  lucha  que  pen- 
saban iniciar.  «El  mejor  medio  de  comprometerlo  —  dice 
el  profesor  don  Pedro  Salgado  en  un  reciente  trabajo 
histórico — fué  sin  duda  el  que  adoptaron  al  hacer  correr 
las  voces  de  que  los  deseos  de  la  Provincia  Oriental  eran 
favorables  á  su  anexión  á  las  Provincias  Unidas  del  Río 
de  la  Plata.  Realizado  este  hecho,  el  gobierno  de  Buenos 
Aires  no  podría  de  ninguna  manera  negarse  á  contribuir 
á  la  expulsión  de  los  extranjeros  que  ocupaban  una  parte 
de  su  territorio.»  Y  poco  después  dice:  «En  aquella  ciu- 
dad la  prensa  y  la  opinión  pública  ayudaron  mucho  á 
los  uruguayos  en  sus  trabajos  á  favor  de  la  guerra,  pero 
el  gobierno  estaba  convencido  de  que  nuestros  compatrio- 
tas no  querían  sinceramente  la  anexión.»  «El  sentimiento 
de  los  orientales  —  dice  un  historiador  de  la  otra  orilla — 
era  igualmente  hostil  á  la  unidad  argentina  y  á  la  ane- 
xión brasilera.  Lavalleja  estaba  imbuido  del  mismo  senti- 
miento.» 

El  doctor  don  Vicente  Fidel  López  dice  con  referencia 
al  señor  García,  que  formaba  parte  del  Ministerio  de  Las 
Heras:  «Su  opinión  era  que  todo  cuanto  había  tenido  lu- 
gar en  la  Banda  Oriental  desde  1811,  probaba  á  quien 
quisiera  tomarse  el  trabajo  de  verlo,  que  ese  territorio  no 
podía  ni  debía  ser  jamás  parte  integrante  ó  provincia  de 
la  República  Argentina;  y  que  si  los  orientales  necesita- 
ban reconquistar  la  independencia  que  habían  perdido,  esa 
era  una  empresa  que  á  ellos  solos  les  atañía,  sin  que  nos- 
otros debiéramos  entrometernos  directamente,  á  costa  de 
los  inmensos  sacrificios  que  debía  costamos  una  empresa, 
como  esa,  acometida  por  instintos  líricos,   que  muy  bien 


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podían  ser  noblemente  generosos,  pero  que  lejos  de  ofre- 
cer ventajas  efectivas,  reabrían  todos  los  peligros  y  las 
eventualidades  más  difíciles  de  los  tiempos  anteriores. 
Para  él,  el  verdadero  sentimiento  popular  de  los  orienta- 
les era  tan  hostil  y  dañino  contra  los  argentinos,  como  lo 
era  contra  los  brasileros;  y  creía  que  ese  sentimiento  de 
aversión  era  el  que  explicaba  el  poder  y  la  popularidad 
de  que  había  gozado  Artigas.  No  se  hacía,  pues,  ilusiones 
respecto  de  los  resultados  y  ventajas  que  había  de  dar- 
nos una  guerra  contra  el  Brasil,  emprendida  con  el  único 
fin  de  proteger  á  los  patriotas  orientales;  porque  aun  su- 
poniendo que  el  Brasil  cediera  vencido,  tanto  tardaría  la 
Banda  Oriental  en  quedar  anexada  á  las  provincias  ar- 
gentinas, cuanto  tardaría  en  insurreccionarse  en  masa, 
capitaneada  por  los  discípulos  y  tenientes  de  Artigas,  los 
Lavalleja,  los  Rivera,  y  los  demás  caudillejos  de  la  misma 
escuela  (que  los  había  á  montones),  envolviéndonos  otra 
vez,  como  de  1811  á  1820,  en  una  guerra  desastrada  y 
tenaz  C1).» 

Lov  anteriormente  transcrito  explica  la  negativa  del  go- 
bierno de  Las  Heras  á  participar  de  la  actitud  de  la 
prensa,  del  pueblo  y  de  los  emigrados  orientales. 

«Cuando  se  supo  en  Buenos  Aires  la  victoria  sobre  los 
españoles  en  Ayacucho  (Diciembre  9  de  1824),  la  agi- 
tación llegó  á  su  colmo;  y  ya  no  se  pensó  sino  en  favo- 
recer del  modo  más  eficaz  los  planes  de  los  emigrados 
orientales.  El  general  Juan  Antonio  Lavalleja,  que  era 
el  centro  de  estos  trabajos  y  quien  debía  darles  cima> 
declaró  por  fin  en  la  reunión  de  amigos  de  Anchorena, 
que  obtuviese  ó  no  recursos  del  gobierno  de  Buenos  Ai- 
res (2),  estaba  resuelto  á  invadir   la   Provincia   Oriental. 

(1)  Vicente  F.  López:  Historia  de  la  República  Argentina;  tomo  ix, 
cap.  vi,  págs.  264  y  265.  Buenos  Aires,  Carlos  Casavalle,  editor,  1892. 

( 2 )  He  aquí  las  cantidades  de  dinero  con  que  contribuyó  el  Gobierno 
de  Buenos  Aires  á  la  campaña  de  Lavalleja  contra  los  usurpadores  del 
territorio  oriental :  Octubre  8  de   1825,  pesos   35,566  ;    Octubre   22,    pesos 


—  14  — 

Formaba  parte  de  la  tal  reunión  el  coronel  Juan  Manuel 
Rosas,  antiguo  amigo  de  Lavalleja,  y  quien  había  con- 
venido con  don  Juan  José  y  don  Nicolás  de  Anchorena, 
y  con  otros  ricos  propietarios,  que  adelantarían  los  recur- 
sos pecuniarios  para  ese  objeto.  Conformes  en  lo  princi- 
pal, Lavalleja  habló  de  la  necesidad  de  que  un  hombre 
de  ciertas  condiciones  se  trasladase  al  teatro  donde  los 
sucesos  iban  á  desenvolverse,  y  pusiese  en  acción  á  los 
patriotas  influyentes  de  la  campana  oriental,  de  modo  que 
apoyasen  eficaz  y  oportunamente  el  movimiento  de  los 
emigrados.  Todos  los  amigos  se  fijaron  en  Rosas,  y  éste 
partió  á  desempeñar  su  comisión  después  de  aumentar  con 
una  fuerte  cantidad  la  suscripción  que  iniciaron  los  An- 
chorena. 

«A  fin  de  alejar  toda  sospecha,  Rosas  habló  de  su  deseo 
de  comprar  campos  en  el  litoral,  para  poblarlos  en  unión 
con  sus  primos  los  Anchorena;  y  como  era  notorio  su 
genio  emprendedor  para  dilatar  la  industria  pastoril  y 
agrícola,  en  la  que  tenía  empleada  su  ya  cuantiosa  for- 
tuna, nadie  imaginó  cuál  era  el  verdadero  motivo  de  su 
viaje.  Al  efecto  se  dirigió  á  Santa  Fe  y  visitó  con  otras 
personas  los  campos  conocidos  por  el  Rincón  de  Gron- 
dona.  De  aquí  pasó  á  Entre  Ríos,  donde  visitó  otros  cam- 
pos, y  con  el  mismo  pretexto  pasó  á  la  Banda  Oriental. 
Aquí  se  puso  al  habla  con  el  coronel  Fructuoso  Rivera, 
antiguo  conocido  de  la  casa  Ezcurra,  y  para  quien  llevaba 
una  carta  del  mismo  Lavalleja.  Rosas  lo  impuso  del  es- 
tado de  la  opinión  en  Buenos  Aires,  y  de  la  resolución 
de  Lavalleja.  En  seguida  repartió  las  invitaciones  de  éste 
entre  vecinos  influyentes  y  decididos,  como  asimismo  los 
recursos  para  que  se  pusiesen  en  acción  sin  pérdida  de 
tiempo,  replegándose  sobre  Rivera,  quien  debía  incorpo- 
rarse á  la  revolución  con  su  regimiento  í1).» 

40,000;  Diciembre  31,  pesos  34,000;  Enero  20  de  1826,  pesos  9,600;  Enero 
81,  pesos  40.000.  Total,  pesos  159,166. 

( 1 )  Adolfo  Saldias :  Historia  de  la  Confederación  Argentina ;  tomo  i, 
cap.  ix.  págs.  215  y  216.  Buenos  Aires,  Félix  Lajouane,  editor,  1892. 


-  15  - 

4.  Los  primeros  trabajos.  — Independientemente  de 
Rosas,  visitaron  también  de  incógnito  el  territorio  orien- 
tal, don  Manuel  Lavalleja,  don  Atanasio  Sierra  y  don 
Manuel  Freiré,  quienes  desembarcaron  en  la  Agraciada, 
y  poniéndose  en  comunicación  con  don  Tomás  Gómez, 
vecino  de  aquel  distrito  y  amigo  de  don  Juan  Antonio 
Lavalleja,  convinieron  en  que  tan  pronto  como  éste  lle- 
gara al  citado  paraje  con  sus  demás  compañeros  de  ex- 
pedición, les  proporcionaría  los  caballos  necesarios  para 
poder  iniciar  la  empresa  proyectada.  Después  los  tres  co- 
misionados se  internaron  en  el  país,  sondearon  la  opinión 
pública,  se  franquearon  con  las  personas  que  les  inspi- 
raban más  confianza  y  volviéronse  á  Buenos  Aires  con 
la  seguridad  de  que  la  revolución  que  se  preparaba  ten- 
dría eco  simpático  entre  todas  las  clases  sociales.  Hasta 
la  señora  Josefa  Oribe  de  Contusi  acogió  la  idea  con 
tanto  entusiasmo,  que  consiguió  del  batallón  de  pernambu- 
canos,  de  guarnición  en  Montevideo,  la  promesa  formal  de 
que  llegado  el  momento  se  plegaría  al  movimiento  eman- 
cipador. Veamos  cómo  don  Luis  Revuelta  narra  este  in- 
teresante episodio,  que,  si  desgraciadamente  fué  de  conse- 
cuencias negativas,  demuestra  hasta  dónde  es  capaz  de 
llegar  el  patriotismo  y  la  abnegación  de  la  mujer. 

«La  señora  Oribe  de  Contusi  —  dice  el  prenombrado  pu- 
blicista—  prometió  en  esa  solemne  ocasión  ayudar  ala  em- 
presa con  el  espíritu  republicano  de  uno  de  los  batallones 
que  formaban  la  guarnición  de  la  capital.  Era  éste  el  de 
pernambucanos,  con  cuyos  sargentos  tenían  estrechas  re- 
laciones sirvientes  de  la  casa  de  la  referida  señora. 

«Arriesgada  empresa  que  reclamaba  el  valor  del  he- 
roísmo y  que  la  señora  Oribe  de  Contusi  llevó  á  cabo  fe- 
lizmente; fracasando  en  los  resultados  que  se  prometían 
de  ella,  por  el  entusiasmo  que  esa  señora  había  sabido 
engendrar  en  el  alma  de  los  conjurados. 

«Los  sargentos  del  batallón  pernambucano,  respon- 
diendo á  la  idea  de  una  sublevación  en  favor  de  la  causa 


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redentora,  entregaron  un  acta  de  compromiso  á  la  señora 
de  Contusi  y  pidieron,  con  la  consigna  á  que  debían  obede- 
cer, la  presencia  en  el  momento  dado,  de  un  jefe  que  los 
dirigiese. 

«Esa  acta  fué  remitida  por  la  referida  señora  á  Buenos 
Aires,  días  antes  de  la  pasada  de  los  Treinta  y  Tres. 

«La  heroína  en  ese  acto,  pedía  á  los  patriotas  algunos 
recursos  pecuniarios,  que  le  fueron  inmediatamente  remi- 
tidos, así  como  tres  cajones  de  munición  sacada  clandes- 
tinamente del  parque  de  Buenos  Aires,  siendo  don  Luis 
Ceferino  de  la  Torre  el  que  proporcionó  el  dinero  y  los 
pertrechos,  y  el  patriota  capitán  del  paquete  Pepa,  don 
Jerónimo  Sciurano,  (a)  Chentopé,  el  conductor  de  ellos 
á  manos  de  la  señora  de  Contusi. 

«En  los  primeros  momentos  de  asegurado  el  plan  el 
general  Lavalleja  designó  para  ponerse  al  frente  de  los 
confabulados  al  coronel  don  Pablo  Zufriategui,  que  debía 
trasladarse  de  incógnito  á  esta  ciudad;  pero  en  víspera  de 
partir  éste  á  llenar  su  cometido,  se  resolvió  aplazar  la  su- 
blevación preparada  hasta  que  las  fuerzas  del  movimiento 
libertador  no  se  hallasen  sobre  la  capital,  para  poderla 
apoyar. 

«Avisados  los  sargentos  de  esta  resolución,  mantuvieron 
sigilosamente  el  plan;  pero  el  7  de  Mayo,  18  días  después 
de  la  invasión,  en  momentos  de  coronar  la  cumbre  del 
Cerrito  de  la  Victoria  los  patriotas,  y  de  provocarse  con 
ese  motivo  una  salida  de  la  plaza,  algunas  imprudencias 
cometidas  por  los  sargentos  confabulados,  engendraron 
sospechas  y  determinaron  medidas  que  hicieron  abortar 
el  plan,  siendo  presos  algunos  de  los  comprometidos,  é 
ingresando  en  las  filas  de  los  patriotas  otros  que  pudie- 
ron escapar  á  la  persecución  que  se  les  hizo.»    . 

5.  Plan  de  invasión.  —  Vueltos  los  ■■  comisionados  á 
Buenos  Aires,  y  conocido  por  los  demás  compañeros  cuál 
era  el  estado  de  los  ánimos  en  Montevideo  y  su  campaña, 
se  trazó  el  plan  revolucionario,  que  no  podía  ser  más  sen- 


—  17  - 

cilio,  aunque  de  dudoso  éxito:  invadir  por  el  lado  de  la 
Agraciada,  procurarse  las  caballadas  ofrecidas  por  Gómez 
y  dar  comienzo  á  las  operaciones;  pero  deseando  disponer 
de  la  mayor  cantidad  posible  de  elementos,  Lavalleja 
mandó  á  Entre  Ríos  de  emisario  al  capitán  don  Basilio 
Araújo,  para  ponerse  de  acuerdo  con  don  Andrés  Latorre, 
á  fin  de  que  éste  secundara  el  movimiento  llamando  la 
atención  del  enemigo  hacia  el  Hervidero. 

Además  de  los  recursos  con  que  se  contaba,  don  Luis 
Ceferino  de  la  Torre  hizo  preparar  dos  banderas  igua- 
les, tricolores,  destinadas  á  los  patriotas:  componíase 
cada  una  de  tres  fajas  horizontales,  y  de  igual  anchura, 
azul -celeste  la  superior,  roja  la  inferior  y  blanca  la  del 
centro,  llevando  esta  última  como  lema  las  palabras  Li- 
bertad ó  Muerte,  destinándose  una  para  los  expediciona- 
rios y  la  otra  para  un  barco  que  debía  ejercer  el  corso 
bajo  el  mando  de  cierto  capitán  Fournier. 

6.  Salida  De  los  expedicionarios.— El  día  1.°  de 
Abril  salió  de  San  Isidro  el  primer  lanchón  conduciendo 
8  expedicionarios  á  las  órdenes  del  mayor  don  Manuel 
Oribe,  armamento  y  municiones,  desembarcando  y  acam» 
pando  en  la  isla  del  Brazo  Largo,  que  forma  parte  del 
intrincado  delta  del  río  Paraná,  donde  permanecieron  15 
días  esperando  que  se  les  incorporase  el  segundo  lanchón 
conductor  de  los  demás  expedicionarios  que  completaban 
el  número  de  treinta  y  tres;  pero  estos  últimos  estuvie- 
ron todo  ese  tiempo  á  merced  de  las  olas  que  encrespaba 
un  furioso  temporal,  no  siéndoles  permitido  aproximarse 
al  recaudo  de  las  costas  de  la  patria  á  causa  de  la  severa 
vigilancia  que  en  ellas  ejercían  los  buques  del  almirante 
brasilero  Jacinto,  ni  acogerse  á  las  argentinas  debido  á  la 
melindrosa  actitud  de  las  autoridades  de  Buenos  Aires. 
Con  talt  motivo  sufrieron  no  pocas  angustias  y  algunas 
privaciones,  pues  faltáronles  los  víveres  y  hubieran  pere- 
cido—  dice  don  Juan  Spíkermann  en  su  interesante  relato 
—  si  el  día  15  no  logran   incorporarse  á  los  que  estaban 


—  18  - 

en  la  isla  precitada,  pues  hacía  dos  días  que  no  se  ali- 
mentaban. Allí  encontraron  donde  calmar  su  hambre,  gra- 
cias á  que  el  baqueano  don  Andrés  Cheveste,  acompa- 
ñado de  dos  hombres,  había  cruzado  el  río  en  una  canoa, 
y,  después  de  carnear  una  res  en  la  costa  oriental,  volvióse 
con  la  provisión  al  punto  de  partida. 

Desde  la  isla  empezaron  á  hacer  las  señales  conveni- 
das con  don  Tomás  Gómez,  que  no  fueron  contestadas  de 
ningún  modo,  á  causa  de  que,  habiendo  sido  descubiertos 
sus  propósitos  por  la  policía  brasilera,  Gómez  había  te- 
nido que  emigrar  á  Entre  Ríos,  aunque  al  ausentarse  re- 
comendó á  los  hermanos  don  Manuel  y  don  Laureano 
Ruiz  que  observasen  los  movimientos  de  la  costa  y  acu- 
diesen en  socorro  de  los  patriotas  en  el  caso  de  que 
éstos  se  les  presentasen  ( x ). 

7.  Travesía  del  Uruguay. —  El  día  18  de  Abril  se 
embarcaron  los  arriesgados  expedicionarios  en  los  dos  lan- 
chones  y  dieron  comienzo  á  una  travesía  no  muy  larga 
ni  penosa,  pero  sí  llena  de  zozobra,  pues  en  la  punta  del 
Arenal  se  hallaba  fondeada  la  embarcación  brasilera  Rey 
Pedro,  y  el  río  estaba  cruzado  por  lanchas  de  guerra  im- 
periales que  hacían  sumamente  difícil  la  navegación,  la 
cual  duró  toda  la  noche,  no  por  la  distancia  que  tuvieran 
que  recorrer,  sino  por  los  peligros  que  debían  sortear. 
Hubo  un  momento  en  que  las  embarcaciones  de  los 
Treinta  y  Tres  se  vieron  iluminadas  por  los  faroles  de 
los  buques  enemigos,  entre  los  cuales  se  deslizaron  á  fuerza 
de  remos. 

8.  El  desembarco.  —  A  las  11  de  la  noche  del  19  de 
Abril  desembarcaron  en  la  playa  de  la  Agraciada,  besando 
con  amorosa  solicitud  el  suelo  de  la  patria  idolatrada. 
Pero  su  sorpresa  fué  grande  observando  que  estaban  ro- 
deados de  la  soledad  más  espantosa,  sin  otros  recursos 

(1)  Acta  labrada  por  iniciativa  de  don  Domingo  Ordoñana  el  día  19 
de  Abril  de  1863,  con  objeto  de  fijar  el  paraje  donde  desembarcaron  lo» 
Treinta  y  Tres. 


-  19  - 

que  los  pocos  que  consigo  habían  traído,  pero  sin  medios 
de  movilidad,  pues  la  caballada  recomendada  por  Gómez 
á  los  hermanos  Ruiz  no  aparecía,  á  causa  de  haber  sido 
recogida  por  las  autoridades  imperiales. 

Inmediatamente  dióse  cuenta  el  jefe  de  la  Cruzada  de 
lo  difícil  y  peligroso  de  su  situación,  pero  dejándose  arras- 
trar por  sus  impulsos  patrióticos,  ordenó  á  los  chalaneros 
que  se  retirasen  á  Buenos  Aires  con  sus  lanchones,  en- 
tregándoles para  don  Pedro  Trápani  una  comunicación  en 
la  que  le  daba  cuenta  de  su  feliz  llegada,  y  la  lista  no- 
minal de  los  Treinta  y  Tres.  El  lema  Libertad  ó  Muerte, 
no  era,  pues,  para  aquellos  temerarios  agitadores  una 
frase  sonora,  sino  un  propósito  inquebrantable. 

Después  de  breves  momentos  de  incertidumbre,  el  co- 
ronel Lavalleja  empuñó  la  bandera  celeste,  blanca  y  roja, 
y  proclamando  á  sus  compañeros  con  frases  del  más  ins- 
pirado patriotismo,  que  fueron  contestadas  con  otras  llenas 
de  entereza,  terminaron  todos  por  jurar  solemnemente  que 
llevarían  á  cabo  tan  temeraria  empresa.  Pero  la  realidad 
exigía  proceder  con  rapidez  y  previsión,  de  modo  que  ig- 
norando el  jefe  de  la  Cruzada  la  causa  de  que  el  vecino 
don  Tomás  Gómez  hubiese  faltado  á  su  compromiso  eu- 
cargó  á  su  hermano  don  Manuel  y  al  baqueana  Cheveste 
que  se  encaminasen  á  la  estancia  do  aquél  en  busca  de 
caballos. 

En  tales  circunstancias  «estábamos  —  dice  don  Atana- 
sio  Sierra  en  sus  poco  vulgarizadas  memorias  —  en  una 
situación  singular.  A  nuestra  espalda  el  monte;  á  nues- 
tro frente  el  caudaloso  Uruguay,  sobre  cuyas  aguas  batían 
los  remos  las  dos  barcas  que  se  alejaban;  en  la  playa  ya- 
cían recados,  frenos,  armas  de  diferentes  formas  y  tama- 
ños: aquí  dos  ó  tres  tercerolas,  allí  un  sable,  acá  una  es- 
pada, más  allá  un  par  de  pistolas.  Este  desorden,  agregado 
á  nuestros  trajes  completamente  sucios,  rotos  en  varias 
partes,  y  que  naturalmente  no  guardaban  la  uniformidad 
militar,  nos  daba  el  aspecto  de  verdaderos  bandidos. 


-  20  - 

«Desde  las  once  de  la  noche  del  19  hasta  las  nueve  de 
la  mañana  del  20,  nuestra  ansiedad  fué  extrema.  Conti- 
nuamente salíamos  á  la  orilla  del  monte  y  aplicábamos 
el  oído  á  la  tierra,  para  ver  si  sentíamos  el  trote  de  los 
caballos  que  esperábamos.  Lavalleja  se  paseaba  tranqui- 
lamente al  lado  de  un  grupo  de  sarandíes,  y  habiéndo- 
sele acercado  don  Manuel  Oribe  y  Zufriategui,  diciéndole 
que  eran  las  seis  de  la  mañana  y  Gómez  no  llegaba  con 
los  caballos,  les  respondió  sonriéndose:  «Puede  ser  que 
Gómez  no  venga,  porque  los  brasileños  lo  han  de  tener 
apurado;  pero  Cheveste  volverá,  y  volverá  con  caballos. 
Es  capaz  de  sacarlos  de  la  misma  caballada  de  Laguna. » 

Algunas  horas  después  estaban  de  vuelta  los  comisiona- 
dos con  56  caballos  generosamente  facilitados  por  los  her- 
manos PvUÍZ. 

9.  Sitio  preciso  del  desembarco.  —  Durante  muchos 
años  se  creyó  que  el  punto  donde  los  Treinta  y  Tres  efec- 
tuaron su  desembarco  era  el  Arenal  Grande,  y  así  lo  ase- 
guraban, demasiado  confiados  en  su  memoria,  don  Luis 
Ceferino  de  la  Torre,  confidente  de  aquellos  patriotas,  y 
el  mismo  general  don  Manuel  Oribe,  quien,  siempre  que 
hablaba  de  este  episodio,  se  refería  al  Arenal  Grande  y 
no  á  la  Agraciada. 

Es  indudable,  sin  embargo,  que  el  desembarco  no  pudo 
efectuarse  por  el  Arenal  Grande,  en  razón  de  que  esta 
arteria  es  un  arroyo  mediterráneo,  sin  desembocadura  en 
el  Uruguay;  el  Arenal  Grande  y  el  Arenal  Chico,  situa- 
dos al  N.  de  la  Agraciada,  son  dos  arroyos  que  reúnen 
sus  aguas  para  desembocar  en  el  Uruguay  por  un  solo 
brazo,  que  recibe  el  nombre  de  arroyo  del  Catalán  desde 
el  punto  de  confluencia  de  los  dos  Arenales  hasta  su  des- 
agüe en  el  Uruguay.  Las  embarcaciones  de  los  patriotas 
no  podían,  pues,  penetrar  en  ellos  sin  antes  navegar  los 
11  kilómetros  que  tiene  de  desarrollo  el  canal  del  Cata- 
lán, prescindiendo  de  que  este  último  carece  de  cauce  con- 
tinuado; pues,  apenas  formado,  se  convierte  en  un  estero 


-  21  - 

abundante  en  juncos  y  totoras,  hasta  su  curso  inferior, 
en  que  corre  perfectamente  encauzado  hasta  su  barra  en 
el  Uruguay,  barra  conocida  por  todos,  y  particularmente 
por  los  marinos,  con  la  denominación  de  boca  del  Catalán. 

Además,  la  distancia  que  media  entre  la  costa  argen- 
tina (de  donde  procedían  Lavalleja  y  sus  compañeros)  y 
la  confluencia  del  Catalán  es  mayor  que  la  que  existe 
entre  la  playa  de  la  Agraciada  y  las  islas  del  delta  del 
Paraná,  desde  donde  los  Treinta  y  Tres  esperaban  que 
se  les  hiciesen  las  señas  de  antemano  convenidas  para 
cruzar  el  Uruguay. 

Aquel  hecho  y  esta  circunstancia  son  razones  más  que 
sobradas  para  desechar  la  versión  de  que  el  desembarco 
se  hubiese  realizado  por  el  Arenal  Grande. 

Con  el  transcurso  de  los  años  la  duda  fué  acentuán- 
dose, y  llegó  un  momento  en  que,  á  este  respecto,  la  opi- 
nión pública  se  encontró  completamente  dividida,  hasta 
que  las  pacientes  investigaciones  de  don  Domingo  Ordo- 
ñana  vinieron  á  dar  la  razón  á  los  defensores  de  la  Agra- 
ciada como  sitio  verdadero  del  desembarco  de  los  patrio- 
tas. Este  señor,  á  quien  tanto  debe  el  país,  reunió  el  día 
19  de  Abril  de  1S63  á  las  autoridades  y  vecinos  de  la 
Agraciada,  entre  los  que  se  hallaban  don  Tomás  Gómez 
y  los  hermanos  don  Laureano  y  don  Manuel  Ruiz  (acto- 
res en  la  homérica  cruzada  de  los  Treinta  y  Tres),  los 
cuales  no  sólo  reconstituyeron  con  toda  minuciosidad  la 
escena  del  desembarco,  sino  que  también  procedieron  á 
señalar  el  sitio  preciso  en  que  dicho  desembarco  se  efec- 
tuó; de  todo  lo  cual  se  labró  una  acta  que  ha  servido 
para  desvanecer  dudas,  uniformar  opiniones  y  restablecer 
la  verdad  histórica. 

Todavía  llevó  más  lejos  sus  precauciones  el  señor  Or- 
doñana,  mandando  erigir  un  obelisco  conmemorativo  de 
la  gloriosa  hazaña  de  los  Treinta  y  Tres,  «en  torno  de  cuyo 
monumento,  tan  modesto  como  expresivo,  dice  el  doctor 
don  Luis  Fabregat  en  una  de  sus  bien  sentidas  páginas 


-  22  - 

literarias,  se  congregan  cada  año  los  vecinos  de  Palmira, 
Carmelo  y  Dolores  á  robustecer  el  alma  ciudadana  al 
calor  de  los  sentimientos  patrióticos  y  á  dignificar  el  es- 
píritu cívico  con  la  evocación  de  los  recuerdos  gloriosos 
de  nuestro  pasado.» 

Algunos  anos  después  de  ese  acto  de  previsión,  el  es- 
timable anciano  don  Ángel  Cabanas,  propietario  del  pe- 
dazo de  tierra  donde  desembarcaron  los  Treinta  y  Tres 
patriotas,  hizo  donación  de  él  al  Estado,  nombrándolo  el 
Gobierno  del  general  don  Máximo  Tajes  guarda  de  aquel 
paraje,  con  una  asignación  anual  de  900  pesos,  que  disfrutó 
hasta  su  fallecimiento,  acaecido  en  Noviembre  de  1889. 

En  cuanto  al  nombre  de  este  sitio  —  dice  el  señor  Ordo- 
ñana  en  una  de  sus  instructivas  Conferencias  Sociales  y 
Económicas  —  se  perpetuó  á  través  del  tiempo  «por  una 
cainita  á  quien  el  padre  Larrosa  bautizó  con  el  de  Agra- 
ciada; afirmación  que  concuerda  con  la  que  vierte  el 
doctor  don  Francisco  A.  Berra,  cuando  dice:  «No  falta 
quien  discuta  este  nombre  desde  hace  poco  tiempo,  sos- 
teniendo que  el  verdadero  es  Graseada,  y  que  tiene  su 
origen  en  una  graseria  que  hubo  allí.  No  es  admisible 
esta  versión,  por  varias  razones.  Ni  el  castellano  ni  el 
portugués  tienen  tal  vocablo,  y  mal  pudieron  los  diver- 
sos dominadores  de  la  Colonia  designar  aquel  paraje  con 
una  palabra  de  que  carecían.  En  algunos  documentos 
brasileños  de  1S25  se  lee  Graciada,  que  quiere  decir  en 
su  lengua  lo  mismo  que  «agraciada»  en  la  castellana.  He 
visto,  además,  en  poder  del  señor  don  Domingo  Ordofiana, 
varios  documentos  públicos  del  siglo  xvhi,  en  que  se  da 
al  paraje  de  la  referencia  el  nombre  de  Agraciada.  No 
es  fácil  descubrir  el  origen  ó  motivo  de  esta  denomina- 
ción; pero,  si  se  tiene  presente  que  muchos  otros  puntos 
son  llamados  por  el  nombre  de  alguna  persona  ó  de  al- 
gún hecho  ó  cualidad  personal,  no  parecerá  inverosímil 
que  alguna  mujer  que  se  hizo  notar  por  lo  agraciada,  sea 
la  causa  de  que  así  se  llame  el  punto  en  cuestión.  Pero, 


-  23  - 

sea  cual  fuere  la  verdad  á  este  respecto,  es  innegable  que 
el  nombre  actual  es  el  mismo  que  ha  tenido  siempre,  sin 
modificación  alguna.» 

Sin  embargo  de  lo  expuesto,  bueno  es  advertir  que  los 
Treinta  y  Tres  no  desembarcaron  en  el  arroyo  de  la  Agra- 
ciada, que  riega  con  sus  precarias  aguas  la  playa  de  este 
nombre,  sino  algo  más  abajo,  en  la  cañada  de  Gutiérrez, 
que  serpentea  algunas  cuadras  al  N.  de  la  punta  de  Cha- 
marro; cañada  que  á  principios  del  siglo  pasado  se  deno- 
minaba Guardizabal,  que  después  se  dio  en  llamar  de  los 
Ruices,  pero  cuyo  verdadero  nombre  era  y  es  de  Gutié- 
rrez, como  queda  dicho.  <  Si  dicen  algunos  —  observa  el 
autor  del  Bosquejo  Histórico  de  la  República  Oriental  del 
Uruguay  —  que  el  desembarco  se  efectuó  en  la  Agraciada, 
es  porque  aluden  al  distrito  á  que  el  arroyo  así  llamado 
da  su  nombre,  pues  el  arroyo  de  los  Ruices  está  en  el 
distrito  de  la  Agraciada.  Así  también,  si  dicen  otros,  si- 
guiendo la  versión  antigua,  que  se  verificó  en  el  Arenal 
Grande,  es  porque  tal  era  en  1825  el  nombre  con  que  se 
designaba  la  extensión  de  tierra  en  que  están  compren- 
didos el  arroyo  de  los  Ruices  (Gutiérrez)  y  la  Agraciada, 
por  razón  de  los  grandes  arenales  que  cubren  en  aque- 
llos parajes  la  orilla  del  Uruguay.  Infiérese  de  esto  que 
no  son  incompatibles,  como  se  supone,  las  dos  versiones, 
ni  contrarias  á  la  verdad.  Lo  que  ha  hecho  creer  otra 
cosa  es  que  se  han  confundido  los  nombres  de  dos  sec- 
ciones territoriales  con  los  de  dos  arroyos,  ninguno  de  los 
cuales  es  el  histórico.» 

Los  límites  naturales  de  la  playa  de  la  Agraciada  son : 
por  el  N.  el  arroyo  del  Catalán,  por  el  S.  la  punta  de 
Chaparro  y  por  el  O.  el  Uruguay. 

Es  error  también  denominar  de  los  Ruices  á  la  cañada 
ó  arroyo  de  Gutiérrez;  alteración  inmotivada  y  sin  pro- 
vecho para  la  historia,  ya  que  en  el  plano  del  campo  de 
los  Ruiz  figura  con  el  nombre  de  Gutiérrez,  si  bien  pri- 
mitivamente se  llamó  Guardizabal,  como  queda  dicho. 


—  24  — 

La  escena  aludida  es  la  que  dio  inspirado  tema  al  emi- 
nente pintor  nacional  don  Juan  M.  Blanes  para  trazar 
su  patriótico  cuadro  del  desembarco  de  los  Treinta  y  Tres, 
en  el  que  el  artista  uruguayo,  según  su  propia  expresión, 
«ha  procurado  sorprender  allí,  en  la  desembocadura  del 
arroyo  de  Gutiérrez,  cincuenta  y  dos  años  después,  el 
grupo  de  patriotas  que,  dando  expansión  á  sus  sentimien- 
tos de  libertad,  juraron  lealtad,  sin  público  y  sin  más  tes- 
tigo que  su  conciencia,  á  una  enseña  sagrada,  símbolo  de 
un  gran  propósito.» 

10.  Lista  auténtica  de  los  Treinta  y  Tres.  —  Varias 
son  las  listas  nominales  de  los  patriotas  que  desembarca- 
ron en  la  playa  de  la  Agraciada  para  combatir  la  do- 
minación brasilera,  pero  la  verdadera,  la  auténtica,  es  la 
publicada  oficialmente  por  la  Inspección  General  de  Ar- 
mas, y  que  á  fuerza  de  constancia  ha  hecho  popular  el 
doctor  don  Luis  Melián  Lafinur.  Hela  aquí: 


1.  Coronel  Comandante  en 
Jefe D. 

2.  Mayor .    » 

3.  Id » 

4.  Id » 

5.  Capitán » 

6.  Id » 

7.  Id » 

8.  Id » 

9.  Teniente * 

10.  Id » 

11.  Id » 

12.  Alférez » 

13.  Cadete » 

14.  Sargento .  • » 

15.  Cabo  1.° » 

16.  Baqueano » 

17.  Soldado » 


Juan  A.  Lavalleja 
Manuel  Oribe 
Pablo  Zufriategui 
Simón  del  Pino 
Manuel  Lavalleja 
Manuel  Freiré 
Jacinto  Trápani 
Gregorio  Sanabria 
Manuel  Meléndez 
Atanasio  Sierra 
Santiago  Gadea 
Pantaleón  Artigas 
Andrés  Spíkermann 
Juan  Spíkermann 
Celedonio  Rojas 
Andrés  Cheveste 
Juan  Ortiz 


-  25  - 

18.  Soldado D.  Ramón  Ortiz 

19.  Id »  Avelino  Miranda 

20.  Id »  Carmelo  Coimán 

21.  Id »  Santiago  Nievas 

22.  Id »  Miguel  Martínez 

23.  Id »  Juan  Rosas 

24.  Id »  Tiburcio  Gómez 

25.  Id »  Ignacio  Núñez 

26.  Id »  Juan  Acosta 

27.  Id »  José  Leguizamón 

28.  Id »  Francisco  Romero 

29.  Id »  Norberto  Ortiz 

30.  Id »  Luciano  Romero 

31.  Id »  Juan  Arteaga 

32.  Id »  Dionisio  Oribe,  criado  de 

don  Manuel  Oribe 

33.  Id »    Joaquín  Artigas,  criado 

de  don  Pantaleón  Ar- 
tigas. 

EÍ  capitán  don  Basilio  Araújo  —  dice  el  ilustrado  publi- 
cista que  acabamos  de  citar  — no  vino  incorporado  á  los 
Treinta  y  Tres,  pero  sí  en  la  misma  condición;  hizo  el 
viaje  por  tierra,  pasó  el  Uruguay,  cumplió  su  comisión 
y  se  incorporó  en  la   costa  á  los  demás   expedicionarios. 

Bueno  es  advertir  también  que  no  hubo  segundo  jefe 
de  los  Treinta  y  Tres,  como  muchos  escritores  afirman, 
atribuyendo  semejante  cargo  á  don  Manuel  Oribe.  Nin- 
gún documento  lo  prueba,  y  de  haber  existido  tal  puesto, 
Lavalleja  lo  habría  concedido  á  Zufriategui,  en  virtud  de 
su  mayor  antigüedad  en  el  ejército.  Tan  exacto  es  esto, 
que  cuando  más  adelante  hubo  necesidad  de  un  Jefe  de 
Estado  Mayor,  el  nombramiento  recayó  en  la  persona  de 
este  último  y  no  del  primero. 

Sin  embargo,  no  faltan  publicistas  que  hacen  notar  el 
hecho  de  que,  á  pesar  del    puesto  que  en  las  filas  de  la 


-  26  - 

revolución  desempeñaba  Zufriategui,  Oribe  era  el  elegido 
por  Lavalíeja  en  los  momentos  de  verdadero  peligro,  como 
sucedió  en  la  batalla  del  Sarandí.  « Sabido  es  —  dice  el 
doctor  don  Guillermo  Melián  Lafinur,  que  es  el  escritor 
á  quien  nos  referimos  —  que  el  centro  de  la  línea  era 
hasta  hace  poco  en  la  táctica  lo  más  importante  y  el 
punto  de  más  cuidado  en  la  batalla.  Aníbal  ponía  siem- 
pre en  él  sus  mejores  tropas,  y  Napoleón  se  preocupaba 
siempre  de  tratar  de  vencer  el  centro  enemigo,  porque 
decía  que  conseguido  eso  en  seguida  se  arrastraba  una  ala, 
y  teniendo  ya  la  mayor  parte  del  ejército  enemigo  vencido, 
fácilmente  conseguía  que  se  pronunciase  en  él  la  derrota 
completa.  Pues  bien:  en  la  trascendental  batalla  de  Sa- 
randí, en  ese  combate  en  que  los  locos  aventureros  se 
convirtieron  en  los  Treinta  y  Tres  inmortales;  en  esa  ba- 
talla que  llamó  la  atención  de  la  América  y  que  nos  trajo 
la  alianza  argentina,  Lavalíeja  no  confió  el  centro  á  Zu- 
friategui, para  quien  (según  el  doctor  don  Luis  Melián 
Lafinur)  guardaba  los  cargos  de  confianza  y  las  distin- 
ciones. Lavalíeja  confió  ese  importantísimo  puesto,  donde 
se  encerraban  todas  las  esperanzas  y  las  de  su  causa,  á 
don  Manuel  Oribe.  Oribe  mandaba  el  centro,  Zufriategui 
la  derecha,  Rivera  la  izquierda,  y  Lavalíeja  se  puso  al 
frente  de  la  reserva.  Por  eso  se  ha  dicho,  y  con  razón, 
que  fué  don  Manuel  Oribe  quien  principalmente  coad- 
yuvó á  la  victoria  en  la  batalla  de  Sarandí;  sin  que  se 
desconozca  por  eso  todo  el  mérito  del  general  en  jefe 
que  mandó  cargar  al  grito  de:  ¡Carabina  á  la  espalda  y 
sable  en  mano!» 

11.  Combate  de  San  Salvador.  — Tan  pronto  como 
los  Treinta  y  Tres  dispusieron  de  medios  de  movilidad  se 
encaminaron  hacia  la  barra  del  río  San  Salvador,  recibiendo 
en  el  trayecto  un  contingente  de  diez  patriotas  que  se  les 
incorporaron.  Inmediatamente  Lavalíeja  dispuso  que  se 
averiguara  qué  fuerzas  se  encontraban  acantonadas  en  San 
Salvador,  y  habiendo  sabido  que  allí  estaba  don  Julián 


—  27  - 

Laguna,  al  servicio  del  Brasil,  con  unos  70  hombres,  re- 
solvió atacarlo,  si  bien  antes  celebraron  una  entrevista 
con  objeto  de  ver  si  era  posible  llegar  á  entenderse  á  fin 
de  evitar  la  efusión  de  sangre  entre  compatriotas.  Desgra- 
ciadamente Laguna  no  quiso  plegarse  á  Lavalleja,  con- 
ceptuando su  empresa  temeraria  y  prematura,  cuya  nega- 
tiva trajo  la  separación  de  ambos  jefes  y  el  choque  inme- 
diato de  las  fuerzas  contrarias,  sucumbiendo  en  la  acción 
un  soldado  bajo  el  filo  de  la  espada  de  don  Manuel  La- 
valleja; y  mayor  habría  sido  la  mortandad  si  Laguna,  á 
pesar  de  la  superioridad  numérica  de  sus  fuerzas,  no  pre- 
fiere la  dispersión  de  los  suyos  á  empeñarse  en  una  lu- 
cha que  habría  sido  mucho  más  sangrienta.  Esta  calcu- 
lada dispersión,  que  salvaba  la  responsabilidad  de  La- 
guna ante  sus  superiores,  produjo  á  los  Treinta  y  Tres  un 
pequeño  aumento,  pues  se  pasaron  á  ellos  un  sargento  y 
varios  soldados. 

Y  continuando  su  marcha,  los  patriotas  llegaron  el  día 
24  á  la  villa  de  Soriano,  de  la  cual  se  apoderaron  sin  re- 
sistencia. 

12.  Proclama  de  Lavalleja.  — Desde  dicha  villa  hizo 
circular  Lavalleja  la  siguiente  proclama  que  traía  impresa: 

¡  VIVA  LA  PATRIA  ! 

Argentinos-orientales!  Llegó  en  fin  el  momento  de  re- 
dimir nuestra  amada  patria  de  la  ignominiosa  esclavitud 
con  que  ha  gemido  por  tantos  años,  y  elevarla  con  nues- 
tro esfuerzo  al  puesto  eminente  que  le  reserva  el  destino 
entre  los  pueblos  libres  del  Nuevo  Mundo.  El  grito  he- 
roico de  libertad  retumba  ya  por  nuestros  dilatados  cam- 
pos con  el  estrépito  belicoso  de  la  guerra.  El  negro  pabe- 
llón de  la  venganza  se  ha  desplegado,  y  el  exterminio  de 
los  tiranos  es  indudable. 

Argentinos  -  orientales ! 

Aquellos  compatriotas  nuestros,  en  cuyos  pechos  arde 
inexhausto  el  fuego  sagrado  del  amor  patrio,  y  de  que  más 


-  28  -- 

de  uno  ha  dado  relevantes  pruebas  de  su  entusiasmo  y  su 
valor,  no  han  podido  mirar  con  indiferencia  el  triste  cua- 
dro que  ofrece  nuestro  desdichado  país,  bajo  el  yugo  omi- 
noso del  déspota  del  Brasil.  Unidos  por  su  patriotismo, 
guiados  por  su  magnanimidad,  han  emprendido  el  noble 
designio  de  libertaros.  Decididos  á  arrostrar  con  frente  se- 
rena toda  clase  de  peligros,  se  han  lanzado  al  campo  de 
Marte  con  la  firme  resolución  de  sacrificarse  en  aras  de  la 
patria  ó  reconquistar  su  libertad,  sus  derechos,  su  tranqui- 
lidad y  su  gloria. 

Vosotros  que  os  habéis  distinguido  siempre  por  vuestra 
decisión  y  energía,  por  vuestro  entusiasmo  y  bravura,  ¿con- 
sentiréis aún  en  oprobio  vuestro  el  infame  yugo  de  un 
cobarde  usurpador  ?  ¿  Seréis  insensibles  al  eco  dolorido  de 
la  patria,  que  implora  vuestro  auxilio?  ¿Miraréis  con  in- 
diferencia el  rol  degradante  que  ocupamos  entre  los  pue- 
blos? ¿No  os  conmoverán  vuestra  misma  infeliz  situación, 
vuestro  abatimiento,  vuestra  deshonra? 

No,  compatriotas:  los  libres  os  hacen  la  justicia  de  creer 
que  vuestro  patriotismo  y  valor  no  se  han  extinguido  y 
que  vuestra  indignación  se  inflama  al  ver  la  Provincia  Orien- 
tal como  un  conjunto  de  seres  esclavos,  sin  gobierno,  sin 
nada  propio  más  que  sus  deshonras  y  sus  desgracias. 

Cese  ya,  pues,  nuestro  sufrimiento.  Empuñemos  la  es- 
pada, corramos  al  combate  y  mostremos  al  mundo  entero 
que  merecemos  ser  libres.  Venguemos  nuestra  patria;  ven- 
guemos nuestro  honor  y  purifiquemos  nuestro  suelo  con 
sangre  de  traidores  y  tiranos.  Tiemble  el  déspota  del  Bra- 
sil de  nuestra  justa  venganza!  Su  cetro  tiránico  será  con- 
vertido en  polvo  y  nuestra  cara  patria  verá  brillar  en  sus 
sienes  el  laurel  augusto  de  una  gloria  inmortal. 

Orientales! 

Las  provincias  hermanas  sólo  esperan  vuestro  pronun- 
ciamiento para  protegeros  en  la  heroica  empresa  de  recon- 
quistar vuestros  derechos.  La  gran  nación  argentina,  de 
que  sois  parte,  tiene  gran  interés  en  que  seáis  libres,  y  el 


-  29  - 

Congreso  que  rige  sus  destinos  no  trepidará  en  asegurar 
los  vuestros.  Decidios,  pues,  y  que  el  árbol  de  la  liber- 
tad fecundizado  con  sangre  vuelva  á  aclimatarse  para  siem- 
pre en  la  Provincia  Oriental. 

Compatriotas! 

Vuestros  libertadores  confían  en  vuestra  cooperación  á 
la  bonrosa  empresa  que  ban  principiado.  Colocado  por  voto 
unánime  á  la  cabeza  de  estos  héroes,  yo  tengo  el  honor 
de  protestaros  en  su  nombre  y  en  el  mío  propio,  que  nues- 
tras aspiraciones  sólo  llevan  por  objeto  la  felicidad  de  nues- 
tro país,  adquirirle  su  libertad.  Constituir  la  Provincia  bajo 
el  sistema  representativo  republicano  en  uniformidad  á  las 
demás  de  la  antigua  unión.  Estrechar  con  ellas  los  dul- 
ces vínculos  que  antes  las  ligaban.  Preservarla  de  la  ho- 
rrible plaga  de  la  anarquía  y  fundar  el  imperio  de  la  ley. 
He  aquí  nuestros  votos !  Retirados  á  nuestros  hogares  des- 
pués de  terminar  la  guerra,  nuestra  más  digna  recompensa 
será  la  gratitud  de  nuestros  conciudadanos. 

Argentinos  -  orientales ! 

El  (mundo  ha  fijado  sobre  vosotros  su  atención.  La  gue- 
rra vá  á  sellar  vuestros  destinos.  Combatid,  pues,  y  recon- 
quistad el  derecho  más  precioso  del  hombre  digno  de  serlo. 

Juan  A.  Lavalleja. 

Campo  volante,  en  Soriano,  Abril  de  1825. 


BIBLIOGRAFÍA 

Carlos  Roxlo:  Los  Treinta  y  Tres.  Conferencia  dada  en  el  Club  Nacio- 
nal el  5  de  Septiembre  de  1902.  Montevideo,   1902. 

Luis  Revuelta  :  La  gloriosa  cruzada  de  los  Treinta  y  Tres  patriotas  orien- 
tales. 19  de  Abril  de  1825.  Montevideo,  1888. 

Luis  Melián  Latinar:  Los  Treinta  y  Tres.  Montevideo,  1895. 

Guillermo  Melián  Lafinur :  Los  buitres  de  las  glorias  nacionales  y  las 
charreteras  de  don  Manuel  Oribe.  Montevideo,  1895. 

Ramón  De  Santiago :  La  primera  quincena  de  los  Treinta  y  Tres.  Diario 
interesantísimo  escrito  por  el  sargento  mayor  don  Juan  Spíkermann,  uno 
de  los  héroes  de  la  gloriosa  epopeya  nacional.  Montevideo,  1891. 


-  30  - 

Juan  Manuel  Blanes :  Memoria  sobre  el  cuadro  del  juramento  de  los  33, 
con  una  introducción  por  el  doctor  don  Ángel  Carranza.  Montevideo,  1878. 

José  Salgado :  El  25  de  Agosto  de  1825.  Artículo  inserto  en  el  número 
11,719  de  El  Siglo,  correspondiente  al  martes  25  de  Agosto  de  1903 

Domingo  Ordoñana :  Conferencias  sociales  y  económicas.  Montevideo,  im- 
prenta de  La  Colonia  Española,  1883. 

Luis  Fabregat:  La  Agraciada.  Artículo  inserto  en  el  libro  titulado  «Nues- 
tro país  »,  págs.  107  á  113.  Montevideo,  1895. 

Anónimo :  Don  Santiago  Anca,  supuesto  botero  de  los  Treinta  y  Tres.  Ar- 
tículo publicado  en  El  Día,  de  Montevideo. 

Isidoro  De -María:  Los  Treinta  y  Tres  patriotas.  Artículo  inserto  en  El 
Heraldo  de  Montevideo  correspondiente  al  día  19  de  Abril  de   1895. 

Carlos  Blixén  :  La  Cruzada  Libertadora,  Montevideo,  1895. 

Anónimo:  El  terreno  de  la  Agraciada,  Relación  del  modo  como  se  efec- 
tuó el  donativo  del  terreno  en  que  desembarcaron  los  Treinta  y  Tres,  he- 
cho al  Estado  por  su  propietario  don  Ángel  Cabanas.  Documentación  del 
archivo  particular  del  señor  don  Alberto  Gómez  Ruano.  La  Tribuna,  año 
xxiii,  número  (5908,  correspondiente  al  día  19  de  Abril  de  1902. 

Anónimo :  La  Patria  vieja.  Reminiscencias  históricas  relativas  á  la  cru- 
zada de  los  Treinta  y  Tres,  publicadas  por  La  Razón  en  el  número  co- 
rrespondiente al  25  de  Agosto  de  1891. 

Francisco  A.  Berra :  El  derrotero  de  los  Treinta  y  Tres.  Plano  inserto  en 
el  núm.  o  de  la  Revista  de  la  Sociedad  Universitaria,  correspondiente  al 
15  de  Mayo  de  1884. 

Benigno  T.  Martínez:  La  revolución  de  los  Treinta  y  Tres.  Apuntes  de 
crítica  histórica.  Revista  de  la  Sociedad  Universitaria.  Año  i,  tomo  i,  nú- 
mero 5.  Mayo  15  de  1884.  Montevideo. 


RIVERA  Y  LAVALLEJA 


CAPITULO  II 

RIVERA  Y  LAVALLEJA 

(1825) 

SUMARIO :  1.  Las  autoridades  brasileras  intentan  sofocar  el  movimiento 
revolucionario.  —  2.  Encuentro  de  Lavalleja  y  Rivera.  — 3.  Anteceden- 
tes relativos  á  la  actuación  del  general  Rivera  en  la  campaña  de  los 
Treinta  y  Tres.  — 4.  La  traición  de  Rivera.  — 5.  Rendición  de  fuerzas. 
—  6.  Llegada  al  Cerrito. 

1.  Las  autoridades  brasileras  intentan  sofocar 
el  movimiento  revolucionario.  — Tan  pronto  como  el 
cónsul  del  Brasil  en  Buenos  Aires  tuvo  conocimiento  de 
la  salida  de  los  revolucionarios  orientales  y  de  los  pro- 
pósitos que  los  guiaban  al  dirigirse  á  su  patria,  mandó 
una  nota  al  gobernador  de  la  plaza  de  la  Colonia  comu- 
nicándole el  hecho  y  advirtiéndole  que  el  número  de  los 
expedicionarios  no  excedía  de  20  ó  30  soldados,  además  de 
Lavalleja,  Oribe  y  otros  oficiales,  provistos  de  bastante  ar- 
mamento y  abundantes  recursos,  quienes  se  habían  dirigido 
á  la  ensenada  de  las  Vacas  para  después  sorprender  el 
campamento  que  los  imperiales  tenían  en  el  Durazno. 
En  su  consecuencia,  solicitaba  el  cónsul  que  el  precitado 
gobernador  adoptase  las  medidas  que  la  prudencia  acon- 
seja en  tales  casos,  á  fin  de  que  no  fuesen  sorprendidos 
los  comandantes  militares  de  Paysandú,  Mercedes,  So- 
riano  y  demás  puntos  del  litoral  del  Uruguay;  á  lo  cual 
contestó  la  primera  autoridad  de  la  Colonia  que,  efecti- 
vamente, Lavalleja  y  sus  parciales  habían  desembarcado 
en  la  Agraciada,  de  donde  extrajeron  caballada  para  di- 
rigirse inmediatamente  á  San  Salvador,  en  cuyas  cerca- 


-  34  - 

nías  se  habían  tiroteado  con  Laguna,  el  que  creyó  con- 
veniente retirarse,  pero  que  muy  pronto  el  general  don 
Fructuoso  Rivera  estaría  sobre  ellos  con  una  fuerza  de 
500  hombres. 

Simultáneamente  el  señor  cónsul  elevaba  al  gobierno 
de  Buenos  Aires  otra  nota  clara  y  terminante  exigiendo 
de  aquél  que  le  manifestase  cuáles  eran  sus  intenciones 
en  el  asunto  de  la  cruzada  de  Lavalleja;  si  dicho  go- 
bierno había  tomado  parte  en  esos  acontecimientos,  ó  si 
la  tomaría  más  adelante,  á  fin  de  que  su  declaración  sir- 
viese de  guía  al  Emperador  para  ajustar  su  actitud  á  la 
del  gobierno  argentino;  el  cual  replicó  que  el  señor  cón- 
sul podía  continuar  desempeñando  sus  funciones  en  la 
ciudad  de  su  residencia  bajo  el  seguro  concepto  de  que 
el  gobierno  cumpliría  lealmente  con  todas  sus  obligacio- 
nes mientras  permaneciese  en  paz  y  buena  armonía  con 
el  Brasil,  y  que  respecto  de  la  tentativa  aludida,  «ella  no 
estaba  en  los  principios  bien  acreditados  del  gobierno  de 
Buenos  Aires  adoptar  en  ningún  caso  medios  innobles, 
ni  menos  fomentar  empresas  que  no  fuesen  dignas  ni 
correctas. » 

Entretanto,  el  representante  del  Imperio  en  la  Banda 
Oriental,  general  don  Carlos  Federico  Lecor,  impartía 
todo  género  de  órdenes  para  contener  el  avance  de  los 
patriotas  é  impedir  que  la  chispa  revolucionaria  cundiese 
en  la  campaña,  en  los  pueblos  y  en  las  guarniciones  que 
por  su  carácter  híbrido  tenían  propensión  á  sublevarse 
contra  el  régimen  imperante,  como  sucedió  con  Ja  del 
Durazno,  que  se  declaró  á  favor  de  la  revolución  una  vea 
efectuada  la  junción  de  Rivera  y  Lavalleja.  Éste,  por  su 
parte,  con  fecha  22  de  Abril  de  1825,  dirigiéndose  desde 
la  barra  del  Pintado  al  general  Lecor,  le  encargaba  que 
hiciese  presente  á  su  monarca  que  los  patriotas  orienta- 
les estaban  resueltos  á  recuperar  á  todo  trance  su  exis- 
tencia social;  agregando  que  «era  empeño  innoble  y  qui- 
mérico subyugar  á  un  pueblo  cuya  historia  estaba  ador- 


-  35  — 

nada  de  mil  rasgos  de  grandeza  y  heroísmo  por  la  causa 
de  su  independencia,  contando  para  sustentarla  con  el 
apoyo  de  las  Provincias  Unidas  del  Río  de  la  Plata. » 

2.  Encuentro  de  Lavalleja  y  Rivera.  — Después 
del  impropiamente  llamado  combate  de  San  Salvador, 
pues  no  pasó  de  una  escaramuza,  los  Treinta  y  Tres  em- 
prendieron marcha  hacia  Mercedes,  incorporándoseles  en 
el  camino  unos  treinta  paisanos  que  vinieron  á  aumentar 
aquella  valerosa  hueste;  pero  como  quiera  que  llegase  á 
conocimiento  de  Lavalleja  la  noticia  de  que  la  guarnición 
de  dicha  ciudad  se  había  atrincherado  en  ella  y  hallábase 
sobre  las  armas,  no  encontró  oportuno  hostilizar  la  po- 
blación, resolviendo  continuar  la  marcha  con  rumbo  á  las 
puntas  del  arroyo  Grande. 

Mientras  esto  sucedía,  el  general  Rivera,  en  vez  de 
aproximarse  á  la  costa  y  escalonar  hacia  el  occidente  las 
numerosas  fuerzas  que  estaban  bajo  sus  órdenes,  trató  de 
llevarlas  al  centro,  con  cuya  disposición  bien  claramente 
se  demuestra  que  no  quiso  ser  un  obstáculo  á  sus  com- 
patriotas, pues  con  los  elementos  de  que  disponía,  el  co- 
nocimiento perfecto  del  terreno,  su  astucia  característica 
y  su  valor  probado  en  cien  combates,  no  le  habría  sido 
imposible,  ni  aun  difícil,  anonadar  en  germen  á  la  revo- 
lución libertadora.  Dejóles,  pues,  el  campo  libre,  y  cuando 
calculó  que  ya  se  habrían  internado  lo  suficiente,  les  sa- 
lió al  encuentro  buscando  su  incorporación.  «Al  encon- 
trarse con  sus  antiguos  amigos  — dice  Adadus  Calpi—en 
vez  de  obedecer  las  órdenes  de  su  jefe,  que  tan  militar- 
mente con  él  procedía,  trató  de  hablar  en  particular  y 
ocultamente  con  Lavalleja.  Se  vieron,  se  dieron  un  abrazo 
y  comenzaron  sus  planes.» 

La  relación  desapasionada,  ingenua,  y  tal  vez  la  más 
verídica  de  este  interesante  episodio,  se  encuentra  en  los 
Apuntes  para  la  Historia  de  la  República,  debidos  á  la 
pluma  de  don  Carlos  Anaya,  que  actuó  en  los  sucesos  del 
año  xxv.  «Los  libres  — dice— continuaron  de  cerca  enton- 


-  36  - 

ees  su  marcha  buscando  al  general  en  jefe  don  Fructuoso 
Rivera,  quien,  sintiendo  la  aproximación  de  fuerzas  en  cir- 
cunstancias en  que  esperaba  auxilios  de  las  que  mandaba 
el  coronel  don  Bonifacio  Isas  (a)  Calderón,  mandó  á  su 
ayudante  de  campo  don  Leonardo  Olivera  con  su  orde- 
nanza en  observación.  Olivera  mandó  á  éste  que  se  acer- 
cara á  aquella  fuerza,  y  al  hacerlo  se  halló  al  ordenanza 
( llamado  Páez  ó  Báez,  natural  del  pueblo  del  Colla )  con 
Lavalleja,  bajo  cuyas  órdenes  había  servido  en  otro  tiempo, 
é  instruido  especialmente  por  éste,  hizo  entender  al  ayu- 
dante Olivera  que  era  la  división  de  Calderón  la  que  se 
aproximaba,  y  Olivera  ofició  en  ese  sentido  al  general  en 
jefe,  quien  se  dirigió  solo,  sin  más  armas  que  su  espada, 
á  cumplimentar  á  su  coronel  y  amigo  Calderón,  hallán- 
dose en  su  lugar,  cara  á  cara,  con  el  jefe  de  los  liberta- 
dores. ¡Qué  soberana  sorpresa!  Rodeado  por  ellos  fué 
hecho  prisionero,  pero  protestando  que  era  un  verdadero 
patriota  y  que  aceptaba  de  buena  fe  la  causa  de  los  li- 
bres, el  comandante  Lavalleja  aceptó  su  cooperación  y 
formó  desde  ya  parte  de  aquella  formidable  empresa. » 

Con  poca  diferencia,  don  Isidoro  De -María  comprueba 
del  siguiente  modo  el  relato  del  señor  Anaya: 

«Rivera  se  hallaba  en  Monzón,  donde  puesto  en  ejecu- 
ción el  ardid  concertado  para  la  sorpresa,  así  que  el  ayu- 
dante don  Leonardo  Olivera,  capitán  de  campo  del  ge- 
neral Rivera,  recibió  el  aviso  de  Páez,  se  lo  participó  al 
general,  preparándose  éste  á  salir  á  su  recibo  tan  luego 
se  aproximase  la  fuerza.  Así  sucedió  en  la  mañana  del 
29.  Al  divisar  ésta  montó  á  caballo,  acompañado  del  ca- 
pitán Várela  y  de  su  asistente  Yuca,  dirigiéndose  confiado 
al  encuentro  del  supuesto  Calderón  y  su  fuerza,  encon- 
trándose con  su  compadre  don  Juan  Antonio  Lavalleja. 
Ambos  jefes  se  adelantaron,  y,  al  reconocerse,  sorprendido 
Rivera,  Lavalleja  sonriente  le  dirigió  estas  palabras,  que 

Rivera   retribuye:    Compadre yo   también    tengo  mis 

aguilitas,  como  usted  llama  á  sus  parejeros.  ¿Es  mi  pri- 


-  37  - 

siomro?—No  soy  enemigo,  contestóle.  Sorprendido,  ó  me- 
jor dicho,  dejándose  sorprender  por  la  estratagema,  que- 
daban salvadas  las  apariencias  con  el  Imperio.  La  toma 
real  ó  aparente  del  prestigioso  y  esforzado  adalid  de  la 
época  del  precursor  insigne  de  la  nacionalidad  Oriental, 
fué  una  suerte  para  la  patria,  contando  con  su  eficaz  é 
importante  concurso  la  causa  de  su  libertad  política.  La 
incorporación  de  su  personalidad  á  las  filas  de  los  liber- 
tadores desde  aquel  momento  fué  una  gran  fortuna  para 
la  patria,  el  primer  triunfo  de  los  Treinta  y  Tres  denoda- 
dos patriotas,  y  el  precursor  de  muchos  triunfos,  desde  el 
Rincón  de  Haedo  y  Sarandí  hasta  Misiones. 

«Rodeado  por  Zufriategui,  Trápani,  Manuel  Lavalleja 
y  algunos  otros  de  los  compañeros  de  Lavalleja,  se  cam- 
biaron algunas  palabras  de  urbanidad  y  confianza,  mien- 
tras el  jefe  de  los  Treinta  y  Tres  lo  invita  á  apearse,  ha- 
ciéndolo él  también  á  la  vez;  estréchanse  las  manos,  y 
tomando  ambos  asiento  en  el  campo  sobre  la  yerba,  pla- 
ticaron un  rato.» 

Se  Ve,  pues,  que  el  general  Rivera  no  se  pasó  á  las  filas 
de  los  patriotas  por  salvar  su  vida,  como  dicen  algunos 
escritores  sin  poder  comprobar  sus  afirmaciones,  y  así  lo 
da  á  comprender  el  señor  Roxlo  cuando  dice:  «En  esta 
situación,  Rivera  conversó  con  Lavalleja  más  de  dos  ho- 
ras y  á  solas  en  un  rancho,  saliendo  de  aquella  entrevista 
para  alistarse  en  la  causa  de  los  emancipadores.  Si  Rivera 
hizo  suyos  los  fines  de  éstos  sin  otro  propósito  que  el  de 
anexionarnos  á  Buenos  Aires,  cuando  sus  intereses  esta- 
ban vinculados  á  los  intereses  de  la  causa  imperial,  la 
defección  de  Rivera  no  tendría  otra  excusa  que  su  apego 
á  la  vida  y  su  carácter  aventurero.  Pudo  fingir  que  se 
sometía  á  la  fuerza  de  las  circunstancias,  á  los  justos  te- 
rrores de  la  sorpresa;  pero  debió,  para  proceder  como 
agradecido  y  como  leal,  retirarse  del  campo  de  la  lucha 
ó  tratar  de  volver  á  las  filas  de  los  de  Alcántara.  Yo 
quiero  creer,  yo  creo  que  si  no  lo  hizo  así,  fué  porque  en 


-  38  - 

la  conferencia  celebrada  con  Lavalleja,  vio  todo  el  al- 
cance de  la  difícil  empresa  por  éste  emprendida,  sintió 
que  la  fibra  artiguista  no  estaba  atrofiada  en  él,  y  aceptó 
con  amor  la  idea  de  la  emancipación  del  territorio  donde 
tantas  veces  había  combatido  por  la  causa  autonómica. 

«No  obedezco,  al  expresarme  así,  á  simples  razones  sen- 
timentales ni  á  la  vanidad  de  manifestarme  más  gene- 
roso que  mis  adversarios.  Es  que  creo  que  el  sentimiento 
de  la  soberanía  nacional  fué  un  instinto  en  todos  los  cau- 
dillos de  nuestro  suelo  hasta  el  año  de  1820,  y  un  propó- 
sito firme,  que  sólo  esperaba  el  auxilio  de  las  circunstan- 
cias para  hacerse  carne,  desde  aquella  época  hasta  la 
cruzada  de  los  Treinta  y  Tres.» 

El  vencedor  de  Guayabos  pudo,  por  lo  tanto,  haberse 
retirado  ileso  del  pequeño  campamento  de  los  patriotas, 
si  hubiese  sustentado  ideas  opuestas  á  las  de  sus  compro- 
vincianos, pues  suponer  que  su  vida  peligraba  en  el  caso 
contrario,  es  honrar  poco  ó  nada  los  sentimientos  huma- 
nitarios de  Lavalleja,  que  si  otros  defectos  tuvo,  nadie  se 
atreverá  nunca  á  tildarlo  de  sanguinario. 

«Rivera  — dice  el  doctor  Berra  — invitó  á  Lavalleja  á 
una  conferencia,  se  encerraron  en  un  rancho  y  salieron 
de  él,  después  de  dos  horas  de  conversación,  mostrándose 
reconciliados.  Lavalleja  presentó  poco  después  á  su  com- 
padre á  la  tropa  formada,  dándolo  á  conocer  como  su  igual 
en  la  dirección  de  la  campaña.  Se  había  pactado  que  Ri- 
vera se  plegaría  al  movimiento  con  todas  las  fuerzas  dis- 
ponibles, y  que  en  las  cartas,  oficios  y  decretos  figuraría 
en  primer  término  por  razón  de  su  grado  militar  y  con 
el  fin  de  que  sus  parciales  se  sublevaran  con  más  espon- 
taneidad que  lo  harían  si  lo  vieran  ocupando  un  lugar 
secundario.  Este  hecho,  en  que  Lavalleja  muestra  una 
abnegación  meritoria,  á  la  vez  que  Rivera  asegura  el  goce 
de  su  prestigio,  quedando  en  aptitud  para  usarlo  después 
como  más  convenga  á  sus  aspiraciones  particulares,  fué 
de  mucho  valor  para  la  revolución,  porque  le  trajo  gran 


-  39  — 

número  de  secuaces,  que  en  otras  circunstancias  habrían 
sido  sus  enemigos,  y  porque  precipitó  los  sucesos  salván- 
dolos de  eventualidades  futuras.» 

De  modo,  pues,  que  si  mucha  y  muy  plausible  es  la  ab- 
negación de  Davalleja  compartiendo  su  gloria  con  Rivera, 
no  es  menos  digna  de  alabanza  la  actitud  de  éste,  que 
abjura  sus  sagrados  compromisos  con  el  Imperio  para  de- 
fender decididamente  la  libertad  de  su  patria,  á  la  que 
aportó  en  aquella  ocasión  un  contingente  del  que  jamás 
dispuso  su  antiguo  compañero  de  armas  y  fatigas. 

«Así  que  Rivera  abandonó  la  espada  imperial  por  la 
lanza  republicana— dice  Deodoro  de  Pascual  — colocóse 
á  la  cabeza  de  la  revuelta,  arrastró  en  pos  de  sí  á  los 
hombres  del  campo,  sobre  quienes  tenía  el  prestigio  de 
caudillo  añejo  y  de  hijo  del  país,  armó  á  sus  secuaces  con 
las  mismas  armas  que  le  entregara  el  vecino  Imperio,  y 
municionó  á  su  gente  con  las  propias  balas  y  cartuchos 
que  depositaron  en  sus  manos  los  imperiales  para  conser- 
var la  paz  y  la  tranquilidad  en  la  Banda  Oriental.» 

«Da  pasada  de  Rivera— dice  el  doctor  Navia,  cuyas  opi- 
niones no  pueden  tildarse  de  parciales,  desde  que  militó 
en  filas  opuestas  á  las  del  gran  caudillo  nacional  —  cons- 
tituía un  verdadero  triunfo  para  los  patriotas,  pues  era 
un  bravo  militar  en  quien  el  Imperio  había  depositado 
su  confianza,  y  al  plegarse  á  la  bandera  revolucionaria 
arrastró  consigo  muchos  jefes  y  oficiales  partidarios  del 
Imperio,  lo  que  á  la  vez  que  amenguaba  el  poder  del 
enemigo,  aumentaba  las  fuerzas  de  la  revolución.» 

Así  se  explica  que  entre  los  materiales  históricos  de  esa 
época  se  encuentren  documentos  como  las  siguientes  car- 
tas de  Rivera,  una  dirigida  á  Calderón  y  Mansilla,  jefes 
de  cuerpo,  y  otra  al  capitán  Gregorio  Mas.  A  los  pri- 
meros les  decía: 

«Da  patria  pide  hoy  los  esfuerzos  de  sus  hijo3.  Sabe 
usted  mis  sentimientos.  En  esta  virtud,  yo  creo  que  ya 
llegó  el  caso  de  exterminar  á  los  usurpadores  de  nuestra 


-  40  - 

libertad.  Hemos  sido  esclavos  mientras  no  pudimos  ser 
libres.  Haga  usted  reunir  cuantos  hombres  pueda,  hacién- 
doles entender  esto  mismo. 

<Yo  ya  estoy  reunido  á  mi  compadre  Juan  Antonio 
Lavalleja,  que  con  una  fuerza  de  valor  y  ordenada  se  ha, 
puesto  bajo  mis  órdenes,  para  con  ella  y  las  demás  que 
vienen,  aunar  nuestros  esfuerzos  con  este  fin  sagrado. 
Escribí  á  Laguna  y  á  Goyo  Mas  para  que  en  la  Florida 
y  arroyo  de  la  Virgen  reuniesen  cuanta  gente  y  armas 
pudieran. » 

Al  capitán  Mas  le  escribía  en  los  siguientes  términos: 

«Ha  llegado  la  época  de  hacer  libre  para  siempre  nues- 
tra cara  patria.   La  Provincia  en  masa  está  con  nosotros. 

« Mi  plan  se  ha  realizado.  —  Usted  sabe  que  hace  tiempo 
lo  teníamos  convenido,  y  ya  llegó  la  ocasión.  Conmigo 
está  mi  compadre  Juan  Antonio.  —  Como  antes,  hemos  ju- 
rado echar  los  portugueses  del  país,  ó  quedar  nuestra 
sangre  para  memoria.  En  esta  virtud,  es  preciso  que  usted 
se  venga  luego  á  verse  conmigo  para  recibir  mis  órde- 
nes y  reunir  la  gente  del  arroyo  de  la  Virgen  y  de  la 
Florida. » 

Pero  si  las  cartas  preinsertas  justifican  la  afirmación 
del  doctor  Berra,  no  sucede  lo  propio  con  este  otro  do- 
cumento, expedido  muchos  días  después,  es  decir,  cuando 
ya  quedaban  muy  pocos  jefes  para  catequizar,  y  de  un 
carácter  tan  distinto,  que  no  vemos  la  necesidad  de  que 
lo  subscribiese  el  general  Rivera.  Esto  hace  concebir  la 
sospecha  de  que  el  convenio  entre  los  dos  caudillos  no 
fué  fingido  ó  aparente,  sino  efectivo  y  real,  pues  en  el  pre- 
sente caso  no  se  trata  de  atraerse  á  los  patriotas  tibios, 
irresolutos  ó  al  servicio  del  Imperio,  sino  dar  la  mayor 
legalidad  posible  á  un  documento  destinado  á  ser  exhi- 
bido en  el  exterior. 

He  aquí  el  documento  en  cuestión,  exhumado  hace  al- 
gún tiempo  por  el  diario  La  Razón,  de  esta  ciudad: 

«En  el  Cerrito  de  Montevideo,  á  12  del  mes  de  Mayo 


-  41  — 

de  1825,  Nos,  don  Fructuoso  Rivera  y  don  Juan  Antonio 
Lavalleja,  jefes  de  las  tropas  de  la  patria  en  la  Banda 
Oriental,  damos  y  conferimos  todo  nuestro  poder  bastante 
á  la  persona  de  don  Pablo  Zufriategui,  teniente  coronel 
de  Dragones  de  la  Unión,  para  que  se  acerque  diligente- 
mente á  los  agentes  de  las  naciones  extranjeras  en  aquel 
destino  de  Buenos  Aires  y  entre  en  negociaciones  con 
ellos,  solicitando  auxilios. . .  en  la  inteligencia  que  no  po- 
drá permanecer  cerca  de  éstos  más  que  ocho  días  des- 
pués que  manifieste  el  objeto  de  su  misión.  Se  lo  damos 
asimismo  para  que  instruya  de  nuestro  estado  é  intencio- 
nes, y  muy  particularmente  para  que  asegure  sobre*  la 
legalidad  de  nuestros  sentimientos,  respecto  al  deseo  de 
ver  libre  la  Provincia... 

«Y  para  que  su  comisión  tenga  el  carácter  de  legal,  le 
damos  el  presente  poder  que  firmamos.  —  Fructuoso  Rivera. 
—  Juan  Antonio  Lavalleja.-» 

Y  si  el  precedente  escrito  no  fuese  suficiente  para  con- 
firmar nuestra  sospecha,  lo  reforzaríamos  con  este  otro, 
bien\  ajeno  á  los  móviles  á  que  el  doctor  Berra  atribuye 
la  incorporación  de  Rivera  á  Lavalleja: 

«CIRCULAR 

«Los  jefes  de  la  Provincia  en  la  Banda  Oriental,  en 
Orden  del  día: 

«La  experiencia  ha  manifestado  desgraciadamente  en 
otras  épocas,  que  en  la  revolución  las  pasiones  se  desen- 
frenan, y  los  malvados  se  aprovechan  en  esos  momen- 
tos para  cometer  los  delitos  de  deserción,  homicidios,  es- 
tupro y  latrocinio,  y  como  tales  hechos  no  evitados  al 
principio,  después  se  hacen  un  hábito  general,  que  al  fin 
consuma  la  ruina  del  país,  hemos  acordado  no  perdonar 
medio  alguno  con  el  fin  de  evitar  sus  desastrosas  conse- 
cuencias. Y  al  efecto,  hágase  saber  al  Ejército  en  Orden 
de  este  día,  que  será  castigado  con  la  última  pena  (esto 


-  42  -    - 

es,  con  el  cadalso),  todo  el  que  cometiere  cualquiera  de 
los  delitos  referidos;  y  para  sentenciar  á  tal  pena  al  la- 
drón, bastará  que  el  hurto  llegue  al  valor  de  cuatro  jjesos. 
Un  breve  sumario  en  que  resulte  prueba  ó  semi  prueba,  es 
bastante  para  proceder  á  la  sentencia,  no  debiendo  el  reo 
estar  en  capilla  más  de  24  horas;  esto  es,  cuando  las  cir- 
cunstancias no  exijan  que  la  sentencia  sea  más  breve- 
mente ejecutada. 

«En  tanto  que  en  la  Provincia  no  se  crea  el  Gobierno 
que  deba  regirla,  téngase  este  decreto  por  ley  inviolable. 
Su  lectura  será  repartida  diariamente  en  el  Ejército  por 
los  sargentos  de  compañía,  y  los  comandantes  de  ellos 
serán  responsables,  si  así  no  lo  hiciesen  verificar. 

«Mándense  copias  de  ella  á  todos  los  puntos  donde  hay 
tropa  empleada,  y  practíquese  la  misma  diligencia  pasán- 
dose circulares  á  los  Cabildos  para  que  la  hagan  saber 
á  los  vecinos,  que  á  ellos  también  les  comprende;  y  los 
Jueces  Ordinarios  procederán  á  formarles  causa  y  ejecu- 
tar la  sentencia  del  modo  que  queda  prevenido;  y  para 
el  efecto  pidan  tropas  al  punto  más  inmediato  donde  las 
haya. —  Cuartel  General  del  Durazno,  Mayo  15  de  1S25. 
—  Fructuoso  Rivera.  —  Juan  Antonio  Lavalleja.  —  Es  co- 
pia á  la  letra  del  original.— Joaquín  Revillo,  Capitán 
secretario. » 

De  todos  modos,  el  mismo  día  del  convenio  entre  Ri- 
vera y  Lavalleja,  éste  daba  á  conocer  al  primero  como 
su  inmediato  en  el  mando  de  las  huestes  patriotas. 

3.  Antecedentes  relativos  á  la  actuación  del 
general  rlvera  en  la  campaña  de  los  treinta  y 
Tres. — «Los  acontecimientos  políticos  que  hacia  fines  de 
1S24  se  desarrollaron  en  Pernambuco,  Bahía  y  Entre  Ríos 
hicieron  pensar  al  general  Rivera  en  la  posibilidad  de 
sublevar  la  Provincia  Oriental  contra  el  régimen  militar 
planteado  en  ella  por  los  brasileros  como  sistema  de  go- 
bierno, á  cuyo  efecto,  en  el  seno  de  la  amistad,  sondeó 
la  opinión  de  algunos  jefes  de  su  mayor  confianza,  como 


-  43  - 

Mas,  Calderón,  Duarte  y  Pedro  Pablo  Sierra,  quienes  juz- 
garon prematuro  el  pensamiento.  Sin  embargo,  Rivera  no 
renunció  á  sus  planes  de  libertad,  como  lo  evidencia  la 
conversación  que  poco  después  mantuvo  con  el  último  de 
los  militares  nombrados,  quien,  sorprendido  de  la  insisten- 
cia de  su  interlocutor,  le  replicó:  — General,  ¿quiere  Vd. 
comprometerme?  —  á  lo  que  repuso  Rivera:  — No,  amigo 
don  Pedro,  le  hablo  con  ingenuidad.  Sé  que  Vd.  es  pa- 
triota y  hombre  de  confianza.  Es  menester  que  pensemos 
en  la  libertad  de  la  patria  del  dominio  extranjero.  Ha- 
blemos con  franqueza.  Si  desconfía  de  mí,  lo  autorizo  para 
que  me  denuncie.  A  dos  cuadras  de  aquí  están  el  cuartel 
de  los  brasileros  y  el  general  Bayés.  Puede  Vd.  hacerlo. 
Y  cambiando  ideas  al  respecto,  el  general  le  reveló  su 
pensamiento.  Le  dijo  que  se  hacían  algunos  trabajos  muy 
reservados  en  ese  sentido,  y  lo  excitó  á  ir  preparando  el 
ánimo  de  los  paisanos  para  cuando  fuese  oportuno  obrar, 
dejando  á  un  lado  toda  vacilación  y  egoísmo.»  Tal  es  el 
episodio  que  el  señor  Sierra  refirió  varias  veces  á  don 
Isidoro  De -María,  y  que  este  historiador  consigna  en  su 
Compendio. 

Dícese  también,  aunque  ninguno  de  los  escritores  que 
lo  afirman  aduce  pruebas  para  justificarlo,  que  Rivera 
tuvo  intención  de  apoderarse  de  Lecor  y  de  su  Estado 
Mayor  en  Canelones,  pero  que  no  pudo  lograr  su  objeto 
por  falta  de  oportunidad. 

Cuando  á  causa  del  fallecimiento  del  marqués  de  Sousa, 
Rivera  fué  nombrado  comandante  general  de  campaña, 
cargo  que  le  permitía  tener  á  sus  órdenes  más  de  5.000 
soldados,  sus  amigos  lo  obsequiaron  con  un  banquete  que 
se  celebró  en  el  Durazno.  En  ese  acto  Rivera  cometió  la 
imprudencia  de  hacer  alguna  alusión,  aunque  velada,  á  la 
libertad  de  la  Provincia;  por  lo  cual  Lecor  le  pidió  expli- 
caciones. Comprendió  el  antiguo  caudillo  artiguista  su  des- 
liz, pero  logró  desvanecer  la  natural  desconfianza  de  su 
superior,  según  cuenta  don  Carlos  Anaya  en  sus  Apuntes 


-  44  - 

«Leonardo  Olivera  —  dice  el  señor  Pereda  — ayudante  y 
hombre  de  toda  confianza  de  Rivera,  fué  invitado  para 
secundar  los  planes  de  sus  compatriotas  residentes  en 
Buenos  Aires,  y  conociendo  las  ideas  patrióticas  de  su 
jefe  y  amigo,  lejos  de  ocultarle  lo  que  ocurría,  lo  puso  en 
su  conocimiento.  Llegaron  algunos  rumores  hasta  el  ba- 
rón de  la  Laguna,  y  éste,  que  estaba  precavido  contra 
Rivera,  empezó  á  desconfiar  nuevamente  de  su  fidelidad 
á  la  causa  del  Imperio.  Entonces  Rivera,  para  disipar 
toda  duda  y  evitar  su  deposición,  que  podía  ser  funesta 
para  los  fines  que  se  perseguían,  dio  un  manifiesto,  con 
fecha  12  de  Febrero,  expresando  su  adhesión  al  gobierno 
de  la  Cisplatina.  Este  documento  ha  sido  explotado  por 
algunos  de  sus  adversarios  políticos  que  quieren  amen- 
guar sus  valimientos  de  patricio,  pero  la  historia  se  ha 
encargado  de  explicar  satisfactoriamente  su  conducta.  > 

Otro  dato  más  se  puede  agregar  á  los  anteriores,  como 
comprobación  de  que  Rivera  conocía  los  planes  de  sus 
compatriotas  emigrados  en  Buenos  Aires,  cual  es  la  ad- 
vertencia que  le  hizo  á  don  Gregorio  Lecocq  para  que 
activase  la  terminación  de  ciertos  trabajos  de  campo  que 
éste  había  emprendido,  en  razón  de  que  en  Mayo  ó  an- 
tes, semejante  género  de  tareas  se  haría  difícil.  «Con  este 
motivo  —  dice  el  señor  De -María  — le  hizo  en  reserva  al- 
gunas confianzas  de  ios  trabajos  que  se  hacían  con  sigilo 
por  su  parte,  preparando  las  cosas  para  un  próximo  pro- 
nunciamiento revolucionario  que  debía  estallar  en  pocos 
días.  En  consecuencia,  don  Gregorio  Lecocq  se  apresuró 
á  dar  vado  á  su  propósito,  hizo  la  tropa,  é  inmediata- 
mente se  puso  en  camino  para  la  banda  opuesta.  Allí, 
hablando  confidencialmente  con  su  íntimo  amigo  don  Juan 
Antonio  Lavalleja,  lo  impuso  de  todo,  de  los  preparati- 
vos de  Rivera  para  la  revolución,  aconsejándole  que  se 
apresurase  á  emprender  la  pasada  proyectada  ganando 
tiempo,  que  el  espíritu  público  era  favorable  y  el  éxito 
coronaría  el  esfuerzo  unido  de  los  orientales.  Lavalleja  y 


—  45  - 

sus  amigos,  con  este  aviso,  y  utilizando  el  consejo  de  Le- 
cocq,  se  apresuraron  á  realizar  cuanto  antes  la  empresa 
activando  los  aprestos,  de  manera  que  para  principios  de 
Abril  estuvieron  prontos  para  abordarla.  Con  la  precipi- 
tación con  que  lo  hicieron  quedaron  en  tierra  unos  diez 
de  los  expedicionarios  que  demoraron  en  su  embarque, 
por  cuyo  motivo,  en  vez  de  formar  éstos  el  número  de  42, 
sólo  ascendieron  á  33. 

«Más  aún  — dice  el  señor  Sosa  en  su  obra  Lavalleja  y 
Oribe  —  si  se  puede  dar  crédito  á  la  relación  de  los  con- 
temporáneos, el  jefe  del  regimiento  de  Dragones  de  la 
Unión  concibió  altos  ideales  de  independencia  y  engran- 
decimiento de  su  país.  Un  testigo  de  los  sucesos  de  1824, 
después  de  decir  que  Rivera  iba  á  menudo  á  su  casa, 
por  ser  íntimo  amigo  de  un  cuñado  suyo,  agrega  que  allí 
se  reunían  importantes  jefes  riograndenses,  combinando 
los  medios  de  independizar  esta  Provincia  Oriental  con 
la  de  Río  Grande,  y  otras  brasileras  y  argentinas,  para 
constituir  un  Estado  fuerte  é  independiente,  algo  así  como 
el  ideal  de  Artigas.» 

Por  último,  según  el  historiador  Saldías,  cuyo  testimo- 
nio es  insospechable  por  tratarse  de  un  enemigo  de  Ri- 
vera y  por  fundar  su  opinión  en  carta  que  le  dirigió  el 
mismo  Rosas  después  de  su  caída  y  su  destierro,  el  jefe 
del  regimiento  de  Dragones  prometió  incorporarse  á  los 
revolucionarios  con  las  fuerzas  que  mandaba. 

De  lo  expuesto  se  deduce  que  no  fué  patrimonio  exclu- 
sivo de  Lavalleja  la  idea  de  sustraer  á  su  país  natal  de 
la  dominación  brasilera,  ya  que  este  pensamiento  estaba 
arraigado  en  el  ánimo  de  todos  los  buenos  orientales,  de 
cuyo  número  nadie  se  ha  atrevido  hasta  hoy  á  excluir  al 
general  Rivera,  aunque  la  gloria  de  la  Cruzada  perte- 
nezca toda  entera  al  jefe  de  los  Treinta  y  Tres. 

4.  La  traición  de  Rivera.  — Algunos  tildan  de  trai- 
dor á  Rivera  porque  habiendo  jurado  fidelidad  al  Empe- 
rador del  Brasil,  lo  abandonó  para  hacer  causa  común  con 


—  48  — 

tran  pocos  ejemplos  en  la  historia  de  la  humanidad  y  nin- 
guno más  en  la  de  la  República,  siguió  otro  acto  de  un  valor 
temerario,  como  lo  es  la  aproximación  de  los  libertadores  á 
la  ciudad  de  Montevideo,  ascendiendo  con  general  asom- 
bro el  inmediato  cerrito  de  la  Victoria,  sobre  cuya  histórica 
cumbre  se  pudo  contemplar,  desde  el  día  7  de  Mayo,  la 
figura  de  Lavalleja  desplegando  la  tricolor  bandera  de  la 
patria,  que,  descolorida  por  el  humo  de  cien  combates  y 
hecha  girones  por  el  tiempo,  conserva  la  República  como 
emblema  venerando  de  sublime  redención. 


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Eduardo  Acevedo  Díaz:    Grito  de  Gloria.    Montevideo,  1894. 

Víctor  Arreguine  :    Historia  del  Uruguay.    Montevideo,  1892. 


EL  PRIMER  GOBIERNO  LOCAL 


CAPÍTULO  III 

EL  PRIMER  GOBIERNO  LOCAL 

(1825) 

SUMARIO:  1.  Sublevación  general  de  la  campaña.  —  2.  Asedio  de  Mon- 
tevideo.—3.  Contrarrevolución,  —i.  Reclamaciones  del  Brasil.  — 5.  El 
corso.  — 6.  Representación  ante  Bolívar.  — 7.  Instalación  del  primer  go- 
bierno revolucionario. 

1.  Sublevación  general  de  la  campaña.  —  Tan 
pronto  como  se  extendió  por  la  Provincia  la  nueva  de  la 
cruzada  de  los  Treinta  y  Tres,  la  conflagración  fué  inme- 
diatamente general:  «el  labriego  dejó  el  arado  por  el  fu- 
sil—dice un  historiador  anónimo  — el  ganadero  empuñó 
la  lanza  y  arrojó  lejos  de  sí  el  lazo;  el  menestral  aban- 
donó el  taller;  los  descontentos  huían  de  las  poblaciones 
cuando  sus  intereses  se  lo  permitían;  los  alucinados  co- 
rrían á  probar  fortuna;  los  hombres  de  peso  columbraban 
un  trastorno  general,  pues  rara  vez  se  llama  á  las  puer- 
tas de  un  pueblo  de  nobles  instintos  y  sangre  guerrera  con 
la  voz  de  independencia  y  libertad,  sin  que  responda  uná- 
nime á  ese  grito  fascinador.» 

Mientras  que  la  revolución  cundía  extraordinariamente 
en  la  campaña  oriental,  contribuyendo  sobremanera  á  ello 
la  astucia  incomparable  de  Rivera  y  la  influencia  decisiva 
de  Lavalleja,  y  el  ejército  del  Emperador  se  veía  aislado 
en  las  ciudades  y  perseguido  en  los  campos,  el  arredrado 
Barón  de  la  Laguna  solicitaba  de  su  amo  nuevas  fuerzas 
y  mayores  recursos  sobre  los  muchos  con  que  ya  contaba 


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prenda  segura  de  cruzadas  gloriosas  por  el  honor  y  la 
libertad.  Rivera  ponía  la  astucia,  Lavalleja  el  valor.  Ri- 
vera conocía  los  campos  por  el  olor  de  los  pastos  y  tenía 
la  ciencia  de  la  guerra  de  montoneras  y  de  la  más  in- 
creíble estrategia;  Lavalleja,  menos  avezado  quizá  á  es- 
tas cosas,  se  hacía  notar  por  una  intrepidez  audaz  y  llena 
de  fuego.  Allí  donde  él  estaba  se  vencía  (1).» 

3.  Contrarrevolución.  — <  Un  incidente  ocurrido  du- 
rante el  sitio  de  Montevideo  — dice  el  señor  Revuelta  — 
determinó  por  segunda  vez  la  mala  fe  del  mayor  Calde- 
rón, jefe  superior  de  las  fuerzas  que  lo  mantenían.  En  los 
continuos  combates  que  tenían  que  sostener  con  las  fuer- 
zas de  la  plaza  que  protegían  el  forraje,  comprometió  un 
día  don  Manuel  Oribe  las  fuerzas  avanzadas,  siendo  en 
este  trance  abandonado  por  Calderón,  que  se  mantuvo  frío 
espectador  del  suceso.  Este  hecho  hizo  sospechar  á  Oribe 
la  existencia  de  una  traición,  y  una  mujer  aprehendida  en 
momentos  de  franquear  la  línea  del  sitio,  reveló,  entre- 
gando las  comunicaciones  que  llevaba,  el  objeto  de  sus 
casi  diarios  viajes  á  la  ciudad.  El  mayor  Calderón  estaba 
de  acuerdo  con  el  enemigo.  Don  Manuel  Oribe,  responsa- 
bilizándose del  hecho,  ante  la  realidad  de  las  cosas,  apre- 
hendió al  traidor  y  lo  remitió  con  el  cuerpo  del  delito  al 
cuartel  general.  Algunos  de  los  cómplices  de  este  mal- 
vado consiguieron  guarecerse  en  la  ciudad.»  Calderón,  cuyo 
verdadero  nombre  era  Bonifacio  Isas,  había  nacido  en  Cór- 
doba, de  la  Argentina.  Fué  inmediatamente  procesado,  re- 
sultando del  sumario  instruido  que  trataba  de  realizar  una 
contrarrevolución  que  tendría  su  punto  de  arranque  en 
el  asesinato  de  los  jefes  principales  del  movimiento  eman- 
cipador. Sentenciado  por  el  consejo  de  guerra,  mediaron 
influencias  para  que^uese  puesto  en  libertad,  á  lo  cual  ac- 

(1)  La  historia  demuestra  que  esta  última  afirmación  del  señor  Arre- 
guine  no  siempre  resultó  cierta,  como  se  verá  en  el  curso  de  la  presente 
obra. 


cedió  Lavalleja,  quien  solicitó  para  su  indulto  la  venia  co- 
rrespondiente del  Gobierno  Provisional,  que  se  la  conce- 
dió por  resolución  de  fecha  2S  de  Junio  de  1825.  Agrade- 
cido al  general  en  jefe,  Calderón  le  dirigió  la  siguiente  co- 
municación : 

Excmo.  señor  Brigadier  General  en  Jefe  del  ejército  de  la 
Provincia,  don  Juan  Antonio  Lavalleja. 

Excmo.  señor: 

Don  Bonifacio  Isas,  lleno  de  respeto,  se  presenta  ante 
V.  E.  á  tributar  sus  agradecimientos  por  la  generosidad 
con  que  ha  sido  mirado  en  la  desgracia  á  que  ha  sido  re- 
ducido por  la  calumnia  más  atroz,  sostenida  de  tal  modo 
que,  siendo  inocente,  aparecía  con  delito  en  presencia  de 
aquellos  hombres  á  quienes  más  aprecia.  Su  reconocimiento, 
Excmo.  señor,  será  eterno,  y  tan  luego  como  en  el  público 
quede  destruida  la  mala  nota  en  que  inocente  y  desgra- 
ciadamente se  ha  visto  envuelto,  demostrará  con  sus  he- 
chos su  gratitud  al  bien  que  acaba  de  recibir,  y  que  en 
su  opinión  por  la  justa  causa  de  la  patria,  es  ahora  y  será 
siempre  la  misma  que  ha  mostrado  en  las  anteriores  épo- 
cas de  la  revolución. 

Bonifacio  Isas. 

Tan  grato  quedó  al  beneficio  recibido  y  tan  bien  cum- 
plió con  las  promesas  hechas,  que  poco  después  se  incor- 
poraba á  las  filas  de  los  brasileros,  en  las  que  militó  hasta 
alcanzar  el  grado  de  brigadier  del  Imperio. 

4.  Reclamaciones  del  Brasil.  —  Ya  hemos  visto  (pág. 
34)  que  tan  pronto  como  los  Treinta  y  Tres  pisaron  el 
suelo  de  la  patria,  el  cónsul  del  Brasil  en  Buenos  Aires, 
Sinfronio  María  Pereira  Sodré,  se  dirigió  al  gobierno  del 
vecino  país  preguntándole  si  los  sublevados  contaban  con 
su  protección,  siendo  negativa  la  respuesta  de  los  argen- 
tinos ;  pero  como  todo  hacía  suponer  lo  contrario,  el  repre- 


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sentante  consular  del  Imperio  insistió  en  su  reclamación 
con  más  energía  que  antes,  obteniendo  como  única  con- 
testación el  ofrecimiento  hecho  por  el  Ministro  de  Rela- 
ciones Exteriores,  de  que  si  el  señor  cónsul,  temiendo  por 
su  vida,  quería  retirarse,  él  le  facilitaría  los  documentos 
necesarios  para  eximirlo,  por  el  hecho  de  su  retirada,  de 
toda  responsabilidad  ante  el  Emperador;  ofrecimiento  que 
fué  rehusado. 

El  gobierno  argentino,  sin  embargo,  ya  para  cubrir  las 
apariencias,  ya  de  buena  fe  en  sus  relaciones  con  el  Bra- 
sil, se  dirigió  al  Congreso  solicitando  la  venia  correspon- 
diente para  organizar  un  ejército  de  observación  que  se 
situaría  á  lo  largo  de  la  margen  derecha  del  río  Uruguay, 
«en  precaución  de  los  eventos  que  pudiera  producir  la  gue- 
rra que  se  había  encendido  en  la  Banda  Oriental  del  Río 
de  la  Plata, »  á  lo  que  accedió  aquel  cuerpo.  Los  hechos, 
sin  embargo,  presentaban  al  gobierno  de  Buenos  Aires 
como  cómplice  del  levantamiento  de  Lavalleja,  pues  si  de 
un  lado  reforzaba  la  línea  del  Uruguay  y  protestaba  que 
ninguna  participación  tenía  en  la  expresada  revuelta,  del 
otro  toleraba  que  en  aquella  ciudad  se  conspirase  osten- 
siblemente contra  el  Brasil,  se  levantasen  suscripciones 
para  auxiliar  á  Lavalleja  y  sus  demás  compañeros,  se  pre- 
parasen expediciones  y  se  ejerciera  el  corso,  sin  siquiera 
cubrir  las  apariencias 

«El  que  suscribe  —  decía  en  uno  de  sus  últimos  oficios 
el  señor  Sodré— no  puede  creer  de  ningún  modo  que  ese 
gobierno  ignore,  á  vista  del  mismo  impreso  dirigido  por 
el  jefe  de  la  rebelión  Juan  Antonio  Lavalleja,  la  exis- 
tencia en  esta  capital  de  una  Comisión  intitulada  Orien- 
tal, encargada  de  expedir  todo  cuanto  es  menester,  no 
sólo  para  el  aumento  de  los  revolucionarios,  sí  que  tam- 
bién para  tentar  la  captura  de  alguna  de  las  embarcacio- 
nes de  guerra  de  S.  M.  I.  que  se  hallan  guardando  las 
costas  de  aquella  provincia,  siendo  muy  pública  una  sus- 
cripción que  aquí  hicieran  para  los  gastos  precisos  de  la 


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mentada  revolución  y  sus  miembros  asaz  conocidos,  y  no 
consta  que  se  hayan  tomado  medidas  algunas  sobre  tal 
gente,  ni  tampoco  castigado  un  comisionado  de  los  fac- 
ciosos que  llegó  á  ésta  con  oficios  dirigidos  á  este  go- 
bierno. 

«Tan  repetidos  hechos  obligan  al  infrascrito  á  pedir 
de  nuevo  explicaciones  de  las  intenciones  de  este  gobierno 
en  este  negocio,  para  comunicarlo  todo  al  conocimiento 
del  gobierno  de  S.  M.  I.,  y  así  mismo  las  exigidas  pro- 
videncias, que  impidan  las  continuas  salidas  de  barcos 
para  los  fines  que  quedan  referidos,  en  el  caso  que  este 
gobierno  esté  resuelto,  como  es  de  esperar,  á  no  auxiliar 
tan  irregular  proceder. 

«El  infrascrito  tiene  el  disgusto  de  verse  en  la  dura 
necesidad  de  tener  que  protestar  á  este  gobierno  por  la 
falta  de  medidas  que  acaba  de  mencionar,  y  que  puede 
dar  motivo  á  un  justo  rompimiento  de  los  lazos  de  amis- 
tad que  ligan  felizmente  á   entrambos  gobiernos.» 

Las  obstinadas  evasivas  del  gobierno  de  Buenos  Aires 
obligaron  al  Brasil  á  comisionar  al  jefe  de  su  escuadra 
en  el  Plata,  Rodrigo  José  Pereira  de  Lobo,  para  que  in- 
tentase una  nueva  gestión,  la  que  inició  sin  ningún  éxito, 
pues  el  ministro  García  se  negó  á  dar  explicaciones  ínte- 
rin el  almirante  brasilero  no  pudiese  evidenciar  que  se  ha- 
llaba debida  y  suficientemente  autorizado  con  todas  las 
formalidades  establecidas  por  el  derecho  internacional  para 
entablar  este  género  de  reclamaciones,  á  lo  que  replicó 
Lobo  que  él,  por  su  parte,  se  limitaba  á  cumplir  con  las 
instrucciones  que  había  recibido  de  su  monarca,  á  quien 
daría  cuenta  de  la  observación  del  señor  ministro. 

5.  El  corso.  —  Mientras  que  en  el  terreno  de  la  diplo- 
macia se  ventilaba  la  participación  del  gobierno  argentino 
en  la  valerosa  aunque  temeraria  aventura  de  Lavalleja, 
la  Comisión  oriental  instalada  en  Buenos  Aires,  auxiliada 
por  la  opinión  pública,  compraba  pequeñas  embarcacio- 
nes que  hacía  tripular  por  patriotas,  dedicándolas  al  corso, 
en  cuyo  peligroso  ejercicio  llegaron  hasta  apresar  un  bu- 


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que  enemigo  fondeado  en  la  rada  de  aquella  ciudad,  no 
pudiendo  hacer  lo  mismo  con  otras  embarcaciones,  merced 
á  las  oportunas  medidas  adoptadas  por  la»  autoridades 
brasileras:  así  fué  cómo  se  pudo  evitar  que  la  corbeta  im- 
perial Libertad,  surta  en  aguas  de  la  Colonia,  cayese  en 
poder  de  los  atrevidos  lanchones  armados  por  Trápani  y 
Costa.  La  casa  de  Casares  también  dedicó  al  corso  un 
bergantín  bautizado  con  el  nombre  de  General  Lavalleja, 
así  como  hubo  otro  aplicado  á  ia  misma  industria,  que  se 
denominaba  San  Martín.  Tales  hechos,  si  no  fomentados  á 
lo  menos  tolerados  por  el  gobierno  de  Buenos  Aires,  te- 
nían en  continuo  sobresalto  á  los  buques  de  la  escuadra 
imperial,  y,  tarde  ó  temprano,  habían  de  hacer  estallar  la 
guerra  con  el  Brasil,  como  así  fué. 

6.  Representación  ante  Bolívar.  —  « Entretanto, 
nada  deseaba  menos  el  Brasil  que  una  guerra  contra  la 
República  Argentina:  no  se  hallaba  preparado  ni  tenía 
en  el  país  elementos  materiales  ni  morales  con  qué  le- 
vantar el  espíritu  público,  ya  fuera  para  mantener  sumisa 
á  la  Banda  Oriental,  ya  para  defenderla  contra  los  argen- 
tinos, ya  para  defender  su  propio  territorio  del  Río  Grande. 
Los  orientales,  por  un  lado,  y  la  oposición  de  los  partida- 
rios de  Dorrego,  por  otro,  habían  hecho  apertura  á  Bolívar, 
que,  dueño  ya  de  todo  el  Alto  Perú,  tocaba  con  sus  tro- 
pas en  nuestras  fronteras  de  Salta.  Le  ofrecían  que  to- 
mase en  sus  manos  la  defensa  de  la  Banda  Oriental  y 
la  dirección  de  todo  este  continente  contra  el  atentado  de 
los  que  habían  osado  venir  á  levantar  un  imperio  dinás- 
tico en  el  centro  de  la  América  del  Sur,  providencialmente 
destinada,  como  la  del  Norte,  á  ser  el  terreno  natural  y 
predestinado  al  régimen  republicano.  Bolívar,  que  colum- 
braba la  ocasión  de  desarrollar  su  ambición  en  esa  grande 
escala,  para  hacerse  el  arbitro  grandioso  de  todo  el  con- 
tinente, dividir  los  territorios  y  rehacer  las  nacionalidades 
■á  su  antojo,  aceptó  de  plano  las  proposiciones  que  se  le 
hicieron  por  medio  del  coronel  oriental  Lapido.  Inútil  es 


Manuel  Calleros 


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decir  que  el  gobierno  de  Buenos  Aires  desechó  vigorosa- 
mente semejantes  medios.  Sus  miembros  conocían  á  Bo- 
lívar; y  aunque  era  evidente  que,  emprendida  la  guerra 
con  su  auxilio,  el  Brasil  estaba  perdido,  la  República  Ar- 
gentina no  habría  ganado  otra  cosa  que  destruir  un  poder 
culto  y  simpático,  que  no  era  temible,  para  imponerse 
un  déspota  conocido  é  imperioso  que  aspiraba  abierta- 
mente á  la  dictadura  continental  desde  el  Panamá  al 
Cabo  de  Hornos  (1).» 

7.  Instalación  del  primer  gobierno  revoluciona- 
rio.—  Mientras  que  Buenos  Aires  era  teatro  de  los  acon- 
tecimientos que  ligeramente  acabamos  de  consignar,  la 
«hispa  revolucionaria  se  había  extendido  por  casi  toda  la 
Provincia  Oriental,  pues  con  excepción  de  Montevideo,  la 
Colonia  y  Mercedes,  que  estaban  ocupadas  por  tropas  im- 
periales, aunque  amenazadas  por  los  patriotas,  éstos  do- 
minaban el  resto  del  territorio,  «de  tal  modo  —  dice  el 
•doctor  Berra  —  que  las  autoridades  municipales  y  judicia- 
les que  se  habían  pronunciado  á  su  favor,  funcionaban 
en  el  lugar  de  sus  asientos  sin  ser  molestadas.» 

Queriendo  Lavalleja  dar  autoridad  á  su  obra  y  descar- 
garse del  peso  de  la  administración  pública,  reservándose 
exclusivamente  la  dirección  de  la  guerra,  resolvió  norma- 
lizar su  situación  estableciendo  un  gobierno  regular,  para 
lo  cual,  con  fecha  27  de  Mayo,  se  dirigió  á  los  Cabildos 
encareciéndoles  la  necesida  i  de  que  cada  uno  eligiese  un 
ciudadano  para  formar  el  gobierno  provisional  de  la  Pro- 
vincia ;  deseos  que  dejaron  satisfechos  aquellas  corporacio- 
nes designando  para  constituirlo  á  los  señores  don  Manuel 
■Calleros,  don  Francisco  Joaquín  Muñoz,  don  Loreto  Go- 
mensoro,  don  Manuel  Duran,  don  Juan  José  Vázquez  y 
don  J.  Pablo  Laguna,  que  renunció,  reemplazándolo  don 
Gabriel  Antonio  Pereira.  Este  Gobierno  se  instaló  en  la 


(1)    Vicente   F.   López;   Historia  de  la  República  Argentina;  torno  ix, 
■cap.  vi,  págs.  271  y  272. 


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villa  de  la  Florida  y  sus  primeros  actos  se  hallan  con- 
signados en  el  interesante  documento  que  reproducimos- 
á  continuación: 

«INSTALACIÓN  DEL  GOBIERNO  PROVISORIO 

<  ACTA 

«En  la  villa  de  la  Florida,  departamento  de  San  José 
de  la  Provincia  Oriental,  á  catorce  de  Junio  de  mil  ocho- 
cientos veinticinco,  reunidos  á  consecuencia  de  la  convo- 
catoria expedida  en  veintisiete  del  próximo  pasado  Mayo 
por  el  jefe  interino  don  Juan  A.  Lavalleja,  en  la  sala 
destinada  al  efecto,  los  señores  nombrados  para  miem- 
bros del  Gobierno  Provisorio  de  la  Provincia,  á  saber: 
don  Francisco  Joaquín  Muñoz,  por  el  Departamento  de 
Maldonado;  don  Loreto  Gomensoro,  por  el  de  Canelo- 
nes; don  Manuel  Duran,  por  el  de  San  José;  don 
Manuel  Calleros,  por  el  de  la  Colonia  del  Sacramento,  y 
don  Juan  José  Vázquez,  por  el  de  Santo  Domingo  So- 
riano,  ausente  el  señor  don  J.  Pablo  Laguna,  por  el  Du- 
razno (1),  acordaron  dichos  señores:  que  era  llegado  el 
caso  de  que  se  cumpliesen  los  justos  votos  del  digno  jefe 
que  los  había  convocado,  y  de  sus  comitentes,  en  cuya 
virtud  se  procedió  á  la  elección  de  presidente,  que  por  la 
pluralidad  recayó  en  el  más  anciano,  siéndolo  don  Ma- 
nuel Calleros,  y  acto  continuo  nombraron  en  comisión 
para  calificar  los  poderes  á  los  señores  don  Francisco  Joa- 
quín Muñoz  y  don  Juan  José  Vázquez,  siendo  los  de  és- 
tos examinados  sucesivamente  por  los  demás,  y  aproba- 
dos que  fueron  como  legítimos  y  legales,  por  estar  reves- 
tidos de  iguales  caracteres,  puesto  en  pie  el  señor  presidente, 
dijo: 

«Señores:  El  Gobierno  Provisorio  de  la  Provincia  Orien- 
tal del  Río  de  la  Plata  está  instalado  legítimamente. 

(1)    Por  renuncia  de  íste  fué  elegido  don  Gabriel  A.   Pereyra. 


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«En  este  estado  compareció  en  la  sala  el  jefe  interino 
don  Juan  Antonio  Lavalleja,  expresando  en  el  idioma 
más  rico  y  enérgico,  la  profunda  satisfacción  que  poseía 
al  tener  la  honra  de  saludar  y  ofrecer  el  homenaje  de  su 
reconocimiento,  respeto  y  obediencia  al  gobierno  proviso- 
rio de  la  Provincia.  « Que  el  feliz  instante  de  su  inaugu- 
ración presentaba  á  sus  ojos  la  mejor  recompensa  de  sus 
desvelos,  y  que  por  ello  protestaba  y  juraba  ante  los 
Padres  de  la  Patria  y  ante  el  cielo,  observador  de  sus 
íntimos  sentimientos,  prodigar  para  salvarla  hasta  el  úl- 
timo aliento,  en  unión  de  los  bravos  que  trillaban  la  senda 
de  la  gloria  y  los  peligros.» 

«  Esto  dijo,  y  se  retiró,  dejando  en  manos  del  señor  pre- 
sidente una  memoria  que  indicó  contener  la  fiel  historia 
de  sus  pasos  desde  que  tuvo  la  fortuna  de  besar  las  ri- 
sueñas riberas  del  nativo  suelo. 

«El  tenor  de  ella  es  el  siguiente: 

«Señores:  Reunidos  con  algunos  dignos  patriotas,  con- 
cebimos la  feliz  idea  de  pasar  á  esta  Provincia  desde  la 
de  Buenos  Aires,  donde  nos  habían  conducido  los  últimos 
sucesos  que  tuvieron  lugar  en  ella,  con  el  objeto  de  poner 
en  movimiento  á  nuestros  paisanos,  despertar  su  patrio- 
tismo, y  atacar  á  los  extranjeros  que  se  consideran  seño- 
res de  nuestra  patria. 

«En  número  de  treinta  y  tres,  entre  oficiales  y  solda- 
dos, pisamos  estas  playas  afortunadas,  y  puede  decirse  que 
una  cadena  de  triunfos  ha  sido  nuestra  marcha. 

«  El  ardimiento  heroico  que  en  otro  tiempo  distinguió  á 
los  orientales,  revivió  simultáneamente  en  todos  los  pun- 
tos de  la  Provincia,  y  el  grito  de  libertad  se  oyó  por  to- 
das partes. 

«La  fortuna  ha  favorecido  nuestro  intento,  y  en  pocos 
días  nos  ha  dado  resultados  brillantes. 

«Tales  son  el  haber  arrollado  á  los  enemigos  en  todas 
direcciones. 

«El  haber  formado  un  ejército  respetable. 


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«Este  se  halla  dividido  en  diferentes  secciones,  según  he 
considerado  necesario,  é  instruirá  á  V.  S.  el  siguiente  de- 
talle : 

« Un  cuerpo  de  mil  hombres  en  la  barra  de  Santa  Lu- 
cía Chico,  á  mis  inmediatas  órdenes,  —  otro  de  igual  fuerza, 
á  las  del  brigadier  Rivera,  en  el  Durazno,  en  observa- 
ción y  en  pequeños  destacamentos  sobre  la  columna  ene- 
miga que  permanece  entre  Río  Negro  y  Uruguay.  Una 
división  de  trescientos  hombres,  al  mando  del  señor  ma- 
yor ( * ),  sobre  Montevideo,  —  otra  de  igual  fuerza,  al  mando 
del  comandante  Quirós,  sobre  la  Colonia  y  costas  inme- 
diatas,—  algunos  destacamentos  que  montan  por  la  costa 
del  Uruguay  y  Río  Negro  hasta  Mercedes,  observando  los 
movimientos  de  la  flotilla  enemiga,  y  asegurando  en  cuanto 
puede  ser,  nuestras  relaciones  con  Buenos  Aires. 

«A  más  de  estas  fuerzas,  se  hallan  sobre  las  fronteras: 
una  división,  al  mando  de  don  Ignacio  Oribe,  en  obser- 
vación sobre  Cerro  Largo,  y  otra,  al  mando  del  coronel 
don  Pablo  Pérez,  sobre  Cebollatí. 

« Todos  estos  cuerpos,  que  se  hallan  bien  armados,  en- 
gruesan diariamente  y  reciben  una  regular  organización  y 
disciplina. 

« Instado  por  la  urgencia  de  las  circunstancias,  he  nom- 
brado provisoriamente  una  Comisión  de  Hacienda  que  en- 
tienda en  todos  los  ramos  respectivos. 

«He  expedido  también  circulares  para  que  todos  los 
bienes,  haciendas  é  intereses  pertenecientes  á  los  emigra- 
dos de  la  plaza  de  Montevideo  y  puntos  donde  se  halla  el 
enemigo,  se  conserven  en  depósito  de  sus  encargados  hasta 
que  se  presenten  á  recibirlos  sus  legítimos  dueños,  ó  hasta 
que  instalado  el  Gobierno  de  la  Provincia  delibere  so- 
bre esto  lo  que  creyere  más  justo  y  conveniente. 

«Se  ha  establecido  una  receptoría  general  en  Canelo- 
nes, para  exigir  derechos  sobre  los  artículos  que  se  intro- 

( 1 )    Era  don  Manuel  Oribe. 


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ducen  en  la  plaza  y  se  exportan  de  ella  para  el  interior. 

«He  dado  provisoriamente  algunas  patentes  de  corso, 
para  que  tengan  su  efecto  en  las  aguas  del  Río  de  la 
Plata  y  Uruguay,  y,  por  fin,  contamos  hoy  con  recursos 
de  alguna  consideración  en  armamentos,  municiones  y 
elementos  para  la  guerra,  adquiridos  por  mis  créditos  y 
relaciones  particulares  en  Buenos  Aires. 

«Una  Comisión  fué  nombrada  allí  para  recolectar,  apron- 
tar y  hacer  conducir  todo  cuanto  se  negociase  y  fuese  útil 
á  nuestros  intereses,  y  no  puedo  menos  de  recomendar 
á  la  consideración  del  gobierno  los  distinguidos  servicios 
que  ha  prestado. 

«En  unión  del  señor  brigadier  Rivera,  me  he  dirigido 
al  Gobierno  Ejecutivo  Nacional  instruyéndole  de  nuestras 
circunstancias  y  necesidades;  y  aunque  no  hemos  obte- 
nido una  contestación  directa,  se  nos  ha  informado,  por 
conducto  de  la  misma  Comisión,  de  las  disposiciones  favo- 
rables del  Gobierno,  y  que  éstas  tomarán  un  carácter  deci- 
sivo tan  luego  como  se  presenten  comisionados  del  Go- 
bierno de  la  Provincia. 

«Este,  señores,  es  el  actual  estado  de  nuestros  negocios, 
el  que  tengo  hoy  la  honra  de  manifestar  al  Gobierno  Pro- 
visorio, que  con  tanta  satisfacción  veo  instalado,  á  quien 
felicito,  tributándole  desde  este  momento  mi  más  alta  con- 
sideración, respeto  y  obediencia. 

«Villa  de  la  Florida,  Junio  catorce  de  mil  ochocientos 
veinticinco.  —  Juan  Antonio  Lavalleja.-» 

«El  contenido  de  este  documento  excitó  las  efusiones  más 
puras  de  admiración  y  aprecio  hacia  el  genio  grande  y 
emprendedor  que  concibió  y  puso  en  planta  la  heroica 
idea  de  libertar  su  patria  á  despecho  del  poder  de  los 
usurpadores,  y  terminó  la  sesión  con  el  nombramiento  de 
secretario,  que  recayó  en  don  Francisco  Araúcho ;  y  ha- 
biendo prestado  el  correspondiente  juramento,  ordenó  el 
Excmo.  Gobierno  Provisorio  se  extendiese  la  presente  Acta 


-  64  - 

firmándola  los  señores  que  la  componen,  conmigo  el  in- 
frascrito Secretario,  que  certifico.  —  Manuel  Calleros.  — Ma- 
nuel Duran. —  Loreto  Gomensoro.— Francisco  Joaquín  Mu- 
ñoz.— Juan  José  Vázquez.  —  Francisco  Araúcho,  Secre- 
tario. » 

Uno  de  los  primeros  actos  del  Gobierno  fué  nombrar 
á  don  Juan  Antonio  Lavalleja  Brigadier  General  y  Co- 
mandante en  jefe  del  ejército  de  la  Provincia,  con  todos 
los  honores,  preeminencias  y  prerrogativas  que  por  este  tí- 
tulo pudieran  corresponderle,  facultándolo  para  que  en  el 
curso  de  la  guerra  le  fuera  lícito  expedirse  con  toda  la  ex- 
tensión y  plenitud  de  su  autoridad,  y  confiriendo  á  don  Fruc- 
tuoso Rivera  el  cargo  de  Inspector  General  del  ejército,  al 
que  se  había  hecho  acreedor  por  sus  méritos  y  servicios. 

Inmediatamente  nombró  una  Comisión  compuesta  de  don 
Manuel  Calleros,  don  Joaquín  Suárez,  don  Alejandro 
Chucarro  y  don  Juan  A.  Ramírez,  para  que  se  entendiese 
en  el  ramo  de  hacienda,  y  comunicó  su  instalación  á  los 
Cabildos  y  Jueces  de  los  departamentos,  á  quienes  envió 
también  las  correspondientes  instrucciones  á  fin  de  que 
convocasen  á  sus  respectivos  vecindarios  para  que  eligieran 
los  diputados  que  deberían  constituir  la  Sala  de  Repre- 
sentantes de  la  Provincia  Oriental. 


BIBLIOGRAFÍA 

Varios:  Fructuoso  Rivera:  Número  único  ¡lustrado  consagrado  íi  reme- 
morar sus  glorias,  y  publicado  en  el  aniversario  de  su  fallecimiento. — Mon- 
tevideo, 1894. 

Anónimo:  La  Cruzada  de  los  Treinta  y  Tres.  Publicación  ilustrada 
destinada  á  conmemorar  el  68.°  aniversario  de  los  Treinta  y  Tres  patrio- 
tas orientales.— Montevideo,  19  de  Abril  de  1893. 

Luis  Sacarello:  Relación  del  viaje  del  lanchón  que  transportó  al  gene- 
ral Lavalleja  y  otros  varios  compañeros  desde  San  Isidro  á  la  playa  de  la 
Agraciada,  hecha  por  el  tripulante  del  mismo  don  Luis  Sacarello.  Hoja 
suelta  impresa  eu  1893  en  la  Concepción  del  Uruguay,  y  publicada  cou 
objeto  de  aplicar  el  producto  de  su  venta  al  socorro  de  su  anciano  autor. 


INDEPENDENCIA  Y  ANEXIÓN 


CAPITULO  IV 

INDEPENDENCIA  Y  ANEXIÓN 

(1825) 

SUMARIO:  1.  Sitio  de  la  Colonia.  — 2.  Acción  del  Arroyo  Grande.— 
3.  Continuación  del  sitio  de  Montevideo.  — 4.  Preliminares  de  la  ane- 
xión.—5.  Instalación  de  la  Asamblea  y  su  obra  memorable. —6.  Teo- 
rías contradictorias.  —  ?.  Disposiciones  de  la  Asamblea.  — 8.  Monu- 
mento á  la  Independencia. 

1  Sitio  de  la  Colonia.  —  Mientras  el  primer  gobierna 
provisional  instalado  en  la  Florida  estudiaba  los  mejores 
medios  de  reorganizar  la  Provincia,  secundando,  á  la  vez, 
los  planes  de  Lavalleja,  encaminados  á  fomentar  la  revo- 
lución y  á  entorpecer  la  acción  del  enemigo,  aquellos  pueblos 
que  se  veían  libres  de  la  ocupación  brasilera  disponíanse  á 
elegir  los  diputados  que  habían  de  representarlos  en  la 
Asamblea  local  convocada  por  el  Gobierno.  No  todas  las  po- 
blaciones, sin  embargo,  se  encontraban  en  condiciones  de 
poder  hacerlo,  pues  existían  algunas,  por  fortuna  las  menos, 
que  todavía  gemían  bajo  el  yugo  del  odiado  opresor,  como 
la  ciudad  de  la  Colonia,  por  ejemplo,  que,  como  la  do 
Montevideo,  sitiaba  una  fuerza  libertadora  mandada  por 
el  teniente  coronel  don  Juan  Tejeira  Quirós,  llevando 
como  segundo  á  don  Atanasio  Lapido.  Esta  plaza  debió 
haber  caído  muy  pronto  en  poder  de  los  patriotas,  si  el 
expresado  Tejeira,  de  origen  brasilero,  aunque  militando 
en  las  filas  de  los  libertadores,  no  hubiese  hecho  trai- 
ción á  la  causa  que  defendía,  desertando  de  sus  banderas 
después  de  desquiciar  las  fuerzas  que  mandaba,  para  lo  cual 


-  68  — 

se  prevalió  de  la  ausencia  de  Lapido.  Ahora  bien:  como 
convenía  extraordinariamente  á  los  intereses  de  los  liber- 
tadores posesionarse  de  la  fuerza  citada,  á  causa  de  su 
proximidad  á  Buenos  Aires,  de  donde  recibía  por  las  en- 
senadas y  portezuelos  del  distrito  de  la  Colonia  toda  clase 
de  auxilios,  el  Gobierno  Provisional  dispuso  que  se  ini- 
ciase una  severa  y  prolija  investigación  con  objeto  de 
fijar  responsabilidades  en  los  causantes  de  la  traición 
que  se  acababa  de  descubrir.  Pero  el  general  Lavalleja 
consideró  más  conveniente  trasladarse  personalmente  al 
asedio,  como  lo  hizo,  reforzándolo  con  un  escuadrón  de 
húsares,  cuyo  comportamiento  durante  el  sitio  fué  tan 
arrojado  que,  en  una  ocasión,  llegó  hasta  los  portones  de 
la  plaza.  Algunos  días  después,  urgido  por  atenciones  de 
otro  orden,  Lavalleja  se  retiró  hacia  el  Perdido,  dejando 
que  los  patriotas  continuasen  el  asedio. 

2.  Acción  del  Arroyo  Grande.  — Entretanto,  varias 
divisiones  de  tropas  portuguesas  bajo  el  mando  del  ge- 
neral Abreu  habían  penetrado  en  el  territorio  oriental,  y 
no  encontrando  resistencia  ninguna  en  el  Norte  del  río 
Negro,  sus  avanzadas  se  atrevieron  á  pasar  al  Sur  del 
mismo,  siendo  sorprendidas  en  el  arroyo  Grande  por  el 
capitán  don  Justo  Machuca,  perteneciente  á  las  fuerzas 
del  general  Rivera.  Machuca,  al  frente  de  sus  30  hombres, 
cargó  sobre  la  partida  enemiga,  compuesta  de  igual  nú- 
mero de  soldados,  derrotándola  completamente  y  haciendo 
prisionero  al  alférez  Francisco  Machado  que  la  mandaba, 
así  como  cuatro  soldados:  unos  seis  lograron  escapar,  pero 
los  veinte  restantes  murieron,  unos  al  resistirse  y  otros  en 
la  huida.  En  cuanto  á  los  patriotas,  experimentaron  la 
dolorosa  pérdida  del  capitán  Machuca,  que  al  cargar  re- 
cibió una  bala  de  pistola  de  un  soldado  enemigo,  muriendo 
en  el  mismo  sitio,  y  dos  heridos,  que  lo  fueron  un  sargento 
y  un  soldado;  y  no  hubo  más  desgracias  en  este  encuen- 
tro (Julio  7  de  1825),  gracias  al  valor  desplegado  por  el 
teniente  don  Felipe  Caballero.  Los  funerales  del  infortu- 


—  69 - 

nado  capitán  Machuca  se  efectuaron  en  la  villa  del  Du- 
razno, disponiendo  el  Gobierno  de  la  Provincia  discernir 
el  honroso  título  de  Valientes  á  los  demás  patriotas  que 
tomaron  parte  en  esta  acción  de  guerra,  de  resultados  tan 
honrosos  para  la  causa  de  la  emancipación  como  fatales 
para  los  usurpadores. 

3.  Continuación  del  sitio  de  Montevideo.  — «Des- 
pués de  la  separación  de  Isas,  (a)  Calderón,  del  comando 
del  sitio  de  Montevideo  —  dice  el  señor  don  Isidoro  De- 
María — de  que  fué  primer  jefe  por  su  graduación,  quedó 
éste  confiado  á  don  Manuel  Oribe,  segundo  jefe  del  ase- 
dio. Su  fuerza  se  componía  de  unos  300  hombres  de  ca- 
ballería, mientras  que  las  del  Imperio  en  la  plaza  y  en  las 
cercanías  se  estimaban  en  1100  de  infantería  y  600  de  ca- 
ballería después  del  refuerzo  de  tropas  que  les  llegó  del 
Janeiro  á  mediados  de  Junio.  Continuamente  había  gue- 
rrillas entre  ambas  partes,  y  aun  combates  más  serios, 
cuando  salían  las  tropas  enemigas  en  gruesas  columnas 
á  forrajear  á  alguna  distancia  fuera  de  los  muros.  La 
deserción  de  soldados  de  la  plaza,  especialmente  per- 
nambúcanos,  era  frecuente.  Los  pasados  iban  á  aumen- 
tar las  filas  de  los  sitiadores,  á  la  ve/,  que  aquellos 
de  los  hijos  del  país  que  podían  hacerlo  no  titubeaban 
en  ir  á  incorporarse  á  las  fuerzas  de  la  patria  sitiadoras. 
Otros  trataban  de  evadirse  de  la  plaza  partiendo  para 
Buenos  Aires,  para  trasladarse  de  allí  al  campo  de  los 
patriotas  en  armas  en  esta  Banda  y  alistarse  entusiasma- 
dos bajo  sus  banderas.  En  el  número  de  esos  abnegados 
patriotas  se  contaron  jóvenes  de  la  mejor  posición,  que 
abandonando  todo  fueron  sucesivamente  á  pedir  un  puesto 
de  honor  y  de  peligro  en  las  hileras  del  ejército  oriental 
al  mando  de  Lavalleja  y  Rivera.  En  esta  pléyade  de 
nobles  y  decididos  patricios,  amantes  de  la  libertad  de  la 
|  patria,  se  contaron  Félix  Aguiar,  Carlos  Navia,  Jaime 
Illa,  Cristóbal  Salvaíiach,  José  Costa,  Tomás  Viana, 
Francisco  Araucho,    Melchor   Pacheco,    Gregorio   Peña» 


-  70  - 


Pedro  Latorre  y  tantos  otros  que  sería  largo  enumerar. 
Dentro  de  la  plaza  la  causa  de  la  libertad  de  la  Provin- 
cia del  dominio  imperial  contaba  con  ardientes  partida- 
rios y  cooperadores  en  su  vecindario,  que  á  riesgo  de  todo 
propendían  á  auxiliarla.» 

No  pudiendo  Oribe  emprender  operaciones  mayores,  por 
los  escasos  recursos  de  que  disponía  comparados  con  los 
de  sus  contrarios,  trataba  siempre,  sin  embargo,  de  molestar 
al  enemigo,  y  consecuente   con  este   plan   trato   de   sor- 
prender el  Cuartel  de  Guerrillas  de  los  brasileros,  situado 
(según   el  respetable  cronista  precitado)  en  la  antigua  pa- 
nadería del  Oficial  Real,  extramuros  de  la  ciudad  lo  que 
consiguió  en  un  principio  al  amparo  de  la  obscuridad  de 
la  noche,   aunque   tuvo   que   retirarse   inmediatamente  a 
causa  de  haber  sido  sentidos  los  patriotas  por  los  impe- 
riales: éstos  sufrieron  la  pérdida  de  algunos   hombres,  y 
los  primeros  el  extravío  del  capitán  don   Manuel  Lava- 
lleja,  que  cayó  en  poder  del  enemigo.  (Julio  18. 

\  Preliminares  de  la  anexión.-A  pesar  de  los 
infatigables  esfuerzos  hechos  por  los  amigos  de  la  causa 
de  los  orientales  residentes  en  Buenos  Aires  para  que  el 
Gobierno  de  la  vecina  orilla  los  favoreciese  decididamente 
en  la  consecución  de  sus  patrióticos   anhelos,   los   políti- 
cos argentinos  se  manifestaban  cautos  y  reservados  ante 
ía  inmensa  responsabilidad  que  importaba  la  mas  — 
indiscreción.  Cierto  es  que  habían   protegido   la  empre  a 
de  los  Treinta  y  Tres  con   recursos  de  toda  clase,  pero 
t  una  rnanera'indirecta  y  embozada   Sin  embargo   esta 
protección   se  fué   acentuando   cuando   los   seno  es .don 
Pedro  Trápani,  don   Ramón    Acha,  don   Pascual   Costa 
y  don  José  María  Platero  reemplazaron  á  Zufnategm en 
el  desempeño  de  la  comisión  que  Rivera  y  «a 
confiaro/con  arreglo  a  las   instrucc ones  ~*"£^ 
el  documento  inserto  en  las  págs.  40  y   41.   Tan ^exacto 
es  esto,  que  el  iniciador  de  la  cruzada  decía  en  nota  ch- 
rígida  al  Cabildo  de  Canelones  con  motivo  de  la  llegada 


-  71  - 

al  Buceo  de  una  embarcación  conductora  de  pertrechos 
de  guerra,  recursos  pecuniarios  y  otros  artículos:  «Todo 
anoche  mismo  quedó  en  nuestro  poder,  con  más  que 
aquel  gobierno  hermano,  amante  de  la  libertad  y  engran- 
decimiento de  la  Provincia,  oferta  cuanto  sea  preciso  y 
necesario.» 

«Para  que  los  orientales  fueran  auxiliados  más  eficaz- 
mente por  el  Gobierno  de  Buenos  Aires  — dice  don  Julio 
María  Sosa — era  necesario,  en  el  concepto  de  muchas 
personas  espectables,  que  se  constituyera  una  autoridad 
regular  en  la  Provincia,  y  para  lograr  esto  instaban  á 
los  jefes  militares  á  que  urgieran  su  instalación.  De 
acuerdo  con  tales  deseos,  Lavalleja  se  dirigió  el  27  de 
Mayo  á  los  Cabildos,  ordenándoles  que  designaran  las 
personas  que  deberían  componer  el  Gobierno  provisorio 
provincial.  El  14  de  Junio  se  instaló  esta  autoridad, 
siendo  electo  presidente  don  Manuel  Calleros. » 

Insistiendo  Lavalleja  en  propiciarse  la  buena  voluntad 
del  vecino  país,  daba  cuenta,  en  la  siguiente  forma,  del 
resultado  de  sus  gestiones,  en  la  Memoria  que  presentó 
al  Gobierno  Provisional  y  que  hemos  reproducido  íntegra 
en  el  capítulo  anterior:  «En  unión  del  señor  brigadier 
Rivera  me  he  dirigido  al  Gobierno  Ejecutivo  Nacional 
instruyéndole  de  nuestras  circunstancias  y  necesidades; 
y  aunque  no  hemos  obtenido  una  contestación  directa, 
se  nos  ha  informado  por  conducto  de  la  misma  Comisión, 
de  las  disposiciones  favorables  del  gobierno,  y  que  éstas 
tomarán  un  carácter  decisivo  tan  luego  como  se  presenten 
comisionados  del  Gobierno  de  la  Provincia. 

«Este  se  apresuró  entonces  á  complacer  á  los  políticos 
del  vecino  país  comisionando  á  los  señores  don  Loreto 
Gomensoro  y  don  Francisco  J.  Muñoz  para  que  trasla- 
dándose á  Buenos  Aires,  consiguiesen  formalizar  el  ofre- 
cimiento de  protección  á  la  causa  de  la  libertad  de  la 
Provincia,  la  cual  se  obtuvo  por  fin,  según  lo  comunica- 
ron los  comisionados   en  carta  de  fecha  12   de   Agosto, 


(4  — 


sancionan  con  valor  y  fuerza  de  ley  fundamental  lo  si- 
guiente: 

1.°  Declara  írritos,  nulo3,  disueltos  y  de  ningún  valor 
para  siempre,  todos  los  actos  de  incorporación,  reconoci- 
mientos, aclamaciones  y  juramentos  arrancados  á  los 
pueblos  de  la  Provincia  Oriental  por  la  violencia  de  la 
fuerza  unida  á  la  perfidia  de  los  intrusos  poderes  de  Por- 
tugal y  el  Brasil,  que  la  han  tiranizado,  hollado  y  usur- 
pado sus  inalienables  derechos  y  sujetádola  al  yugo  de 
un  absoluto  despotismo  desde  el  año  .1817  hasta  el  pre- 
sente de  1825,  por  cuanto  el  pueblo  oriental  aborrece  y  de- 
testa hasta  el  recuerdo  de  los  documentos  que  compren- 
den tan  ominosos  actos;  los  Magistrados  civiles  de  los 
pueblos  en  cuyos  archivos  se  hallan  depositados  aquéllos, 
luego  que  reciban  la  presente  disposición  concurrirán  el 
primer  día  festivo,  en  unión  del  párroco  y  vecindario  y 
con  asistencia  del  escribano  y  secretario,  ó  quien  haga  las 
veces,  á  la  Casa  de  justicia,  y  antedicha  la  lectura  de 
este  decreto,  se  testará  y  borrará  desde  la  primera  línea 
hasta  la  última  firma  de  dichos  documentos,  extendiendo 
en  seguida  un  certificado,  con  el  que  deberá  darse  cuenta 
oportunamente  al  Gobierno  de  la  Provincia. 

2.°  En  consecuencia  de  la  antecedente  declaración, 
reasumiendo  la  Provincia  Oriental  la  plenitud  de  los 
derechos,  libertades,  y  prerrogativas  inherentes  á  los  demás 
pueblos  de  la  tierra,  se  declara  de  hecho  y  de  derecho 
libre  é  independiente  del  Rey  de  Portugal,  del  Emperador 
del  Brasil  y  de  cualquier  otro  del  Universo,  y  con  amplio 
y  pleno  poder  para  darse  las  formas  que  en  uso  y  ejer- 
cicio de  su  soberanía  estime  convenientes. 

Dado  en  la  Sala  de  Sesiones  de  la  Representación 
Provincial  en  la  Villa  de  la  Florida,  fecha  ut  supra. 

Juan  Francisco  de  la  Robla,  Presidente,  diputado  por 
el  departamento  de  Guadalupe.  —  Luis  Eduardo  Pérez, 
Vicepresidente,  diputado  por  el  departamento  de  San 
José.  —  Juan  José  Vázquez,  diputado  por  el  departamento 


75 


de  San  Salvador.  —  Joaquín  Suárez,  diputado  por  el  de- 
partamento de  la  Florida.  —  Manuel  Calleros,  diputado 
por  el  departamento  de  Nuestra  Señora  de  los  Remedios. 
—  Juan  De  León,  diputado  por  el  departamento  de  San 
Pedro.  —  Carlos  Anaya,  diputado  por  el  departamento  de 
Maldonado.  —  Simón  del  Pino,  diputado  por  el  departa- 
mento de  San  Juan  Bautista.  —  Santiago  Sierra,  diputado 
por  el  departamento  de  Las  Piedras.  —  Atanasio  Lapido, 
diputado  por  el  departamento  del  Rosario.  —  Juan  Tomás 
Núñez,  diputado  por  el  departamento  de  las  Vacas.  — 
Gabriel  Antonio  Pereyra,  diputado  por  el  departamento 
de  Pando.  —  Mateo  Lázaro  Cortés,  diputado  por  el  depar- 
tamento de  Minas. —  Ignacio  Barrios,  diputado  por  el  de- 
partamento de  Víboras.  —  Felipe  Álvarez  Bengochea,  Se- 
cretario. 

El  mismo  día,  la  Asamblea,  no  considerándose  tal  vez 
con  fuerzas  suficientes  para  luchar  con  el  coloso  que  ya 
había  vencido  á  Artigas,  labró  otra  acta,  por  la  cual  la 
Provincia  quedaba  incorporada  á  la  República  Argentina, 
á  la  que,  con  habilidad  política,  comprometió  á  su  favor, 
haciéndose  de  un  aliado  poderoso  que,  después  del  com- 
bate del  Rincón  y  de  la  batalla  del  Sarandí,  ayudó  pode- 
rosamente al  triunfo  de  la  buena  causa. 

ACTA     DE  INCORPORACIÓN    Á    LAS    PROVINCIAS    UNIDAS 
DEL    RÍO  DE   LA   PLATA 

«  La  Honorable  Sala  de  Representantes  de  la  Provincia 
Oriental  del  Río  de  la  Plata,  en  virtud  de  la  soberanía 
ordinaria  y  extraordinaria  que  legalmente  inviste,  para 
resolver  y  sancionar  todo  cuanto  tienda  á  la  felicidad  de  ella, 
declara:  —  que  su  voto  general,  constante  y  decidido  es 
y  debe  ser  por  la  unidad  con  las  demás  Provincias  Ar- 
gentinas, á  quien  siempre  perteneció  por  los  vínculos  más 
sagrados  que  el  mundo  conoce.  Por  lo  tanto,  ha  sancio- 
nado y  decreta  por  ley  fundamental,  lo  siguiente: 


—  78  — 

fuerza  moral  de  los  Treinta  y  Tres.  El  Gobierno  argentina 
se  mostraba  contrario  á  la  empresa,  ostentando  conducta 
muy  parecida  á  la  que  ostentara  en  1817,  cuando  los  por- 
tugueses concluyeron  con  Artigas.  Es  evidente,  pues,  que 
Lavalleja  entraba  en  la  lucha  chocando  de  frente  con  la 
hostilidad  militar  y  política  del  Imperio  del  Brasil,  y  con 
la  desconfianza  fría  y  acentuada  del  Gobierno  argentino. 
Por  más  que  el  caudillo  uruguayo  se  propiciase  la  alianza 
de  Rivera,  decidiendo  con  ella  el  pronunciamiento  pleno 
de  los  elementos  nacionales,  esto  no  le  quitaba  de  enci- 
ma la  enemistad  de  dos  naciones  poderosas  que  acecha- 
ban sus  pasos  para  aprovechar  el  primero  de  sus  desas- 
tres. De  ahí  que  Lavalleja  se  viera  en  la  necesidad  de 
transar  con  las  circunstancias,  convocando  una  Asamblea 
en  la  Florida,  que  declaró  á  la  Banda  Oriental  del  Uru- 
guay independiente  del  Brasil  é  incorporada  á  la  Confe- 
deración Argentina.  Se  ha  dicho,  sin  embargo,  que  esta 
Asamblea  fué  traidora  á  su  misión,  y  comprometió  los 
intereses  que  le  estaban  confiados.  Así  se  juzgan  los 
actos  de  los  hombres  y  se  perpetúan  las  ingratitudes  de 
los  pueblos !  La  Asamblea  de  la  Florida  procedió  con  la 
grandeza  de  un  patriotismo  sin  tacha  y  con  las  vistas 
profundas  de  una  política  elevada.  Encontró  delante  de 
sí  una  nación  poderosa  que  le  era  hostil,  y  otra  nación 
pujante  que  iba  á  serlo.  No  tenía  en  su  apoyo,  al  insta- 
larse, otros  recursos  que  una  fuerza  moral  de  dudoso» 
quilates,  y  una  fuerza  material  que  sumaba  800  gauchos» 
Colocada  en  situación  tan  ardua,  rompió  de  frente  con  el 
Brasil,  que  era  el  enemigo  más  terrible,  y  trató  de  com- 
prometer en  su  favor  á  la  República  Argentina,  presen- 
tándola las  probabilidades  de  un  engrandecimiento  terri- 
torial. Esta  política  surtió  todo  el  efecto  deseado,  luego 
de  saberse  en  Buenos  Aires  que  habíamos  ganado  las 
batallas  de  Rincón  y  Sarandí.  Aturdidos  los  argentinos 
por  una  promesa  que  parecía  tener  propicia  á  la  victoria, 
admitieron  en  el  Congreso  á  don  Javier  Gomensoro,  Re- 


-  79  - 

presentante  del  Uruguay,  resolviendo  desde  luego  su  in- 
tromisión en  nuestros  asuntos  y  su  hostilidad  contra  el 
Brasil.  Tal  fué  la  historia  de  los  trabajos  de  la  Asam- 
blea de  la  Florida.» 

Por  su  parte,  el  señor  Arreguine,  haciendo  causa  común 
con  el  historiador  prenombrado,  abunda  en  las  reflexio- 
nes que  pasamos  á  transcribir:  «Mucho  se  ha  discutido 
sobre  este  punto  —  dice  — quiénes  dicen  que  la  Asamblea 
del  xxv  se  propuso  la  independencia  absoluta,  quiénes  que 
sólo  incorporar  la  Provincia  á  la  Unión  rota  por  Artigas. 
No  siempre  se  debe  dudar  de  las  palabras  de  los  hom- 
bres. Tal  vez  algunos  de  los  firmantes  del  acta  del  25  de 
Agosto  creyeran  firmemente  posible  la  anexión  á  la  Re- 
pública Argentina,  pero  la  mayoría  de  la  Asamblea  y  la 
mayoría  del  pueblo  oriental  á  otra  cosa  aspiraban:  á  la 
independencia.  De  lo  contrario,  ¿á  qué  lanzarse  á  una 
guerra  exterminadora  por  el  hecho  de  cambiar  de  tutela, 
cuando  el  Imperio  prodigaba  honores,  grados  y  dinero  á 
los  orientales,  y  la  anexión  á  las  Provincias  Unidas  sólo 
podía  reportar  anarquías  é  inconvenientes?  El  partido  de 
la  independencia  era  el  más  poderoso;  pero  sus  fuerzas, 
consistentes  en  dos  ó  tres  mil  hombres  en  armas,  no  bas- 
taban á  vencer  un  Imperio  rico,  con  una  gran  escuadra 
y  20,000  soldados  en  el  territorio  nacional.  La  alianza 
era,  pues,  la  condición  para  obtener  la  independencia  orien- 
tal, y  esa  alianza  no  podía  realizarse  sin  la  declaración 
de  que  seríamos  argentinos.» 

El  historiador  Saldías  sintetiza  así  las  verdaderas  aspi- 
raciones de  Lavalleja,  de  quien  dice  que  «cediendo  más 
bien  á  sugestiones  dañinas  que  á  sus  sentimientos  argen- 
tinos y  caballerescos,  persiguió  siempre  la  segregación  de 
la  Provincia  Oriental  á  costa  de  su  propio  país,  desde 
que  arrastró  á  las  provincias  del  litoral  á  la  guerra  con 
el  Brasil,  que  se  había  apoderado  de  esa  Provincia,  y 
obtuvo  los  recursos  con  los  cuales  inició  su  campaña, 
hasta  que  con  una  especulativa  declaración  de  reincorpo- 


80 


ración  de  la  misma  Provincia  á  la  República  Argentina, 
puso  á  ésta  en  el  caso  de  empeñarse  en  la  guerra  á  que 
la  provocó  el  Brasil.» 

Don  Carlos  Roxlo,  que  ha  agrupado  toda  clase  de  argu- 
mentos en  pro  de  una  teoría  análoga,  dice  acerca  de  este 
delicado  punto:  «Los  Treinta  y  Tres  no  pudieron  proce- 
der con  más  lógica.  Sin  el  acta  de  incorporación,  la  guerra 
no  se  hubiera  producido  sino  por  la  libérrima  voluntad 
de  la  República  Argentina.  Existiendo  el  acta,  el  Bra- 
sil tenía  necesariamente  que  provocar  la  guerra  y  el  par- 
tido federal  argentino  tenía  que  aceptarla.  La  primera  de 
las  actas  floridenses  era  la  válvula  de  escape  del  senti- 
miento público ;  la  segunda-  de  las  actas  floridenses  era 
una  necesidad  impuesta  por  la  dura  ley  de  las  circuns- 
tancias. De  aquellas  actas  ¿cuál  debía  persistir?  ¿cuál 
perdurar?  Aunque  los  Treinta  y  Tres  no  hubiesen  alcan- 
zado á  verlo  antes  de  su  desembarco  en  la  Agraciada,  la 
conducta  de  Las  Heras  y  de  su  Ministro  García,  las  de- 
claraciones de  éstos  ante  los  peligros  que  entrañaba  para; 
la  Argentina  aquella  expedición  heroica,  hubieran  basta- 
do para  abrir  los  ojos  y  alumbrar  el  espíritu  de  los  Treinta 
y  Tres.  En  Buenos  Aires  se  discutía  con  altas  voces  el 
pro  y  el  contra  de  aquella  empresa  temeraria,  cuyo  fin, 
favorable  á  nuestra  soberanía  si  los  argentinos  nos  pres- 
taban su  apoyo,  no  podía  ocultarse  á  los  más  previsores 
y  á  los  más  cautos.  Lo  que  éstos  decían  tuvo  necesaria- 
mente que  llegar  á  oídos  de  los  emigrados  orientales  re- 
sidentes allí,  imponiéndoles  el  conocimiento  de  que  la 
guerra  era  necesaria,  é  imprescindible  el  acta  de  reincor- 
poración. Los  Treinta  y  Tres  aceptaron  el  recurso  que  la 
fatalidad  les  imponía;  pero  dejando  constatadas  sus  fir- 
mes intenciones  en  la  primera  de  las  actas   floridenses.  » 

Acerca  de  la  cuestión  de  saber  cuál  fué  la  primera 
acta  y  cuál  la  segunda,  no  falta  quien,  con  desconoci- 
miento completo  de  los  hechos  y  contra  la  lógica  y  el 
buen   sentido,  sostenga  que  la  primera  fué  la  de  la  ane- 


-  81  - 

xión  y  la  segunda  la  de  la  independencia.  Un  Oriental, 
en  carta  publicada  el  año  1879  en  La  Reforma  de  Mon- 
tevideo, atribuye  al  constituyente  don  Basilio  Pereira  La 
Luz,  diputado  por  Cerro  Largo,  la  siguiente  declaración  : 
« Cuando  por  la  primera  ( acta )  nos  apercibimos  los  pa- 
triotas y  el  pueblo,  que  se  proclamaba  nuestra  incorpo- 
ración á  las  Provincias  Argentinas,  nos  apersonamos  in- 
mediatamente á  los  Representantes  impugnando  dura- 
mente su  error  y  significándoles  que  tanto  nuestra  voluntad 
como  la  del  pueblo,  bien  claramente  manifestada  y  defi- 
nida, era  que  no  debíamos  ir  á  tal  incorporación  y  que 
debíamos  ir  á  nuestra  independencia  bajo  nuestro  solo  y 
propio  poder,  fuesen  cuales  fuesen  las  circunstancias  ó 
resultados  que  sobrevinieran,  pues  sólo  así  quedaría  sal- 
vada nuestra  dignidad  nacional  y  libre  nuestra  voluntad 
para  obrar  como  mejor  nos  conviniese  en  las  emergencias 
que  pudieran  producirse.»  Sin  embargo,  el  decreto  del 
Congreso  Argentino  de  fecha  25  de  Octubre  de  1825  admi- 
tiendo la  incorporación  de  la  Provincia  Oriental  á  las 
Provincias  Unidas  del  Río  de  la  Plata,  y  el  reconocimiento 
deLCongreso  Nacional  hecho  por  la  Asamblea  Oriental 
según  ley  de  1.°  de  Febrero  de  1826,  y  todos  los  hechos 
posteriores  hasta  firmarse  el  tratado  preliminar  de  paz 
(1828),  evidencian  el  error  del  señor  La  Luz  y  la  falta 
de  sindéresis  de  los  que  afirman  que  el  acta  de  indepen- 
dencia fué  la  segunda. 

Sea  de  ello  lo  que  fuere,  la  verdad  es  que,  como  dice 
el  autor  de  los  Estudios  literarios,  « la  República  del 
Uruguay  es  independiente  por  el  esfuerzo  de  sus  hijos  y 
contra  la  voluntad  de  sus  dominadores  intrusos.  San  José 
y  las  Piedras  demostraron  que  no  queríamos  ser  españo- 
les ;  Guayabos  y  Cagancha  que  no  queríamos  ser  argen- 
tinos, Haedo  y  Sarandí  que  no  queríamos  ser  brasileros. 
Las  combinaciones  diplomáticas  y  aun  las  vistas  parti- 
culares de  propios  y  extraños,  se  estrellaron  durante  todo 
el  largo  período  de  la  lucha  por  la  independencia,  contra 


estas  determinaciones  airadas  de  la  voluntad  nacional, 
triunfando  por  último  el  pueblo,  que  era  quien  había  pre- 
parado, proseguido  y  alcanzado  la  conquista  de  su  eman- 
cipación política.  > 

Con  motivo  de  la  solemne  inauguración  del  monumento 
á  la  independencia  de  la  República,  erigido  en  la  villa  de 
la  Florida  (18  de  Mayo  de  1879),  el  doctor  don  Juan 
Carlos  Gómez  manifestaba  que  «  en  presencia  de  estas 
dos  leyes  es  una  imprudente  mentira  histórica  imputar  á 
la  Asamblea  de  la  Florida  la  creación  de  la  nacionalidad 
oriental  y  solemnizar  esa  mentira  con  un  monumento.  La 
declaración  de  la  independencia  hubiera  sido  un  crimen 
inútil  en  la  Asamblea  de  la  Florida ;  crimen,  porque  ante 
el  decreto  inmutable  y  eterno  lo  ha  sido  y  lo  será  siem- 
pre despedazar  la  patria.  Inútil,  porque  esa  declaración 
hubiera  obligado  á  ser  neutral  en  la  lucha  entre  dos  na- 
ciones extranjeras  á  la  República  Argentina,  hubiéramos 
sido  vencidos  irremisiblemente  por  el  Brasil,  con  nuestros 
escasos  elementos  de  entonces,  y  la  bandera  verde  y 
amarilla  flamearía  todavía  en  el  cerro  de  Montevideo.  La 
Asamblea  de  la  Florida  es  tanto  más  meritoria  cuanto 
que  tuvo  que  resistir  á  presiones  de  fuerza  y  á  coaccio- 
nes militares  para  levantarse  á  la  altura  en  que  se  colo- 
có con  sus  solemnes  declaraciones.  >  Y  más  adelante 
agrega :  «  Ó  esas  dos  leyes  dictadas  el  mismo  día  son  ar- 
mónicas, y  se  complementan  una  á  otra,  ó  son  antagóni- 
cas y  una  deroga  la  otra.  La  ley  de  incorporación,  decla- 
rada fundamental,  fué  la  segunda  sancionada.  Luego  de- 
rogaría á  la  que  apellidan  de  la  Independencia,  si  am- 
bas se  contradijesen.  La  República  Argentina  nombró 
general  en  jefe  del  ejército  al  general  Alvear,  yLavalleja 
quedó  bajo  sus  órdenes.  Vencido  el  Imperio  en  Ituzain- 
gó,  el  Gobernador  Dorrego,  de  la  Provincia  de  Buenos 
Aires,  celebra  el  tratado  de  paz  con  el  Emperador  Pedro 
I.  ¿  Fué  sometido  este  tratado  á  la  Asamblea  de  la  Flo- 
rida ó  á  algún  otro  Poder   del    Estado    Oriental  ?    ¿  En 


—  83  - 

dónde  estaba  nuestra  independencia  cuando  Lavalleja 
obedecía  á  Alvear,  cuando  el  Gobernador  Dorrego  hacía 
cesar  la  guerra,  en  presencia  de  la  Asamblea  de  la  Flo- 
rida que  funcionaba  en  Canelones?  Pedro  I  y  Dorrego, 
pues  ni  siquiera  fueron  el  Brasil  y  la  República  Argen- 
tina, aquél  sin  consultar  á  la  Asamblea  Legislativa  del 
Imperio,  éste  sin  mandato,  simple  Gobernador  de  la  Pro- 
vincia, celebraron  la  paz  imponiéndonos  la  independen- 
cia.» 

Como  noticia  ilustrativa  acerca  de  esta  grave  y  trascen- 
dental cuestión,  observaremos  que  don  Sinfronio  María 
Pereira  Sodré,  cónsul  brasilero  en  Buenos  Aires  y  hom- 
bre perfectamente  enterado  de  los  proyectos  de  Lavalleja 
y  sus  compañeros,  como  lo  demuestra  la  lectura  de  las 
comunicaciones  de  este  celoso  funcionario,  decía  en  una 
nota  que  lleva  la  fecha  del  13  de  Mayo  de  1825:  «Ya 
ha  habido  algunos  encuentros,  y  las  fuerzas  revoluciona- 
rias se  han  aumentado,  pasándoseles  el  regimiento  de  la 
Unión,  y  añaden  que  también  su  antiguo  comandante 
Fructuoso  Rivera.  El  plan  se  les  malogró  en  parte;  por- 
que -contaban  con  la  revolución  dentro  de  la  plaza  para 
enseñorearse  de  ella,  é  inmediatamente  nombrar  para  el 
Congreso  de  aquí  un  diputado,  el  cual,  presentando  las 
actas  de  incorporación  á  ésta,  exigiría  socorros  para  re- 
chazar cualquiera  fuerza  del  Imperio,  mas  felizmente  se 
descubrió  el  negocio,  pero  todavía  el  Gobierno  espera  ga- 
nar en  sus  negociaciones  políticas,  y  por  esto  estoy  con- 
vencido de  que  está  protegiendo  indirectamente  aquella 
revolución  para  tener  inquieta  á  la  Provincia,  á  fin  de 
presentar  á  Inglaterra,  que  pretende  que  intervenga  en 
este  negocio,  el  argumento  de  que  nuestra  ocupación  es 
forzada  y  no  voluntaria;  y  lo  mismo  á  S.  M.  I.:  y  tan  es 
«sí,  que  tratan  de  mandar  un  agente  extraordinario  para 
esa  de  Río  Janeiro  á  proponer  indemnizaciones.» 

7.  Disposiciones  de  la  Asamblea.— En  cumplimiento 
de  lo  resuelto  por  la  Asamblea  en  el  acta  declarando  la 


-  84  - 

independencia  del  territorio  oriental,  el  primer  día  festivo 
subsiguiente  al  25  de  Agosto  las  autoridades  de  la  Pro- 
vincia procedieron  á  testar  y  borrar,  desde  la  primera  lí- 
nea hasta  la  última  firma,  las  actas  de  incorporación  y 
juramentos  de  fidelidad  prestados  por  el  pueblo  en  años 
anteriores,  y  de  los  cuales  hasta  el  recuerdo  aborrecía. 
Después  la  Asamblea  trató  de  organizar  la  adminis- 
tración pública  y  de  prescribir  las  facultades  del  Gober- 
nador en  sus  relaciones  internas  y  externas;  el  2  de  Sep- 
tiembre daba  cuenta  al  Congreso  de  sus  resoluciones  y 
elegía  á  los  señores  don  José  Vidal  y  Medina  y  don 
Tomás  Javier  de  Gomensoro  en  el  carácter  de  diputa- 
dos; el  7  declaraba  libres  á  todos  los  hijos  de  esclavos 
que  en  lo  sucesivo  naciesen  en  el  territorio  oriental  y 
abolía  el  tráfico  de  negros,  resolviendo  al  mismo  tiempo 
que  los  esclavos  del  Brasil  dejasen  de  serlo  por  el  hecho 
de  penetrar  en  el  territorio  emancipado;  y,  por  último,  la 
progresista  Asamblea  suprimía  los  impuestos  de  diezmo  ( 1 ) 
y  cuatropea  (2\  fundándose  en  los  inconvenientes  que  ofre- 

( 1 )  Conocíase  con  el  nombre  de  diexmo,  en  tiempo  de  la  dominación 
española,  el  derecho  de  diez  por  ciento  que  se  pagaba  al  rey,  del  valor 
de  las  mercaderías  que  se  traficaban  7  llegaban  á  los  puertos,  ó  entraban 
y  pasaban  de  un  reino  á  otro  donde  no  estaba  establecido  el  almojari- 
fazgo. Llamábanse  regularmente  diezmos  de  la  mar  ó  de  puertos  secos, 
conforme  al  paraje  donde  estaban  las  aduanas ;  pero  el  diezmo  realmente 
conocido  en  el  Río  de  la  Plata  fué  el  que  los  labradores  pagaban  á  la 
Iglesia  de  Dios,  que  regularmente  era  la  décima  parte  del  producto  de  la 
cosecha,  aunque  también  estaban  obligados  á  entregar  al  cura  de  su  pa- 
rroquia el  diezmo  menor,  ó  sea  el  diez  por  ciento  de  los  frutos  de  menor 
cuantía,  como  aves,  hortalizas,  etc. 

La  prestación  de  frutos  y  ganados  que,  además  del  diezmo,  se  daba  á 
la  Iglesia,  recibía  el  nombre  de  primicia;  de  modo  que  los  clérigos  sabo- 
reaban ó  usufructuaban  antes  que  Dadie  los  primeros  productos  de  los  ga- 
naderos, agricultores  y  hortelanos,  quienes  tenían  buen  cuidado,  por  temor 
de  Dios,  de  llevar  ó  remitir  á  los  sacerdotes  el  fruto  primero  de  sus  co- 
sechas. 

(2)  Cuatropea:  El  derecho  de  alcabala  por  la  venta  de  caballerías  «n 
los  mercados.  Alcabala  :  El  tanto  por  ciento  del  precio  de  la  cosa  ven- 
dida, que  pagaba  el  vendedor  al  fisco. 


-  85  - 

cía  su  percepción   y   en   que   era   una   remora  para   las 
transacciones  comerciales. 

8.  Monumento  á  la  independencia.  — Queriendo  per- 
petuar la  memoria  del  acto  más  notable  de  la  Asamblea 
del  año  xxv,  el  pueblo  oriental  ha  erigido  en  Ja  plaza  prin- 
cipal de  la  actual  ciudad  de  la  Florida  un  monumento  ale- 
górico que  tiene  por  base  cinco  peldaños,  sobre  los  cua- 
les descansan  treinta  y  tres  piedras  de  granito  que  sos- 
tienen el  elegante  pedestal  de  la  estatua  de  la  Libertad, 
hecha  de  mármol  por  el  artista  Ferrari,  quien  supo  en 
obra  tan  magistral  dar  vida  y  sentimiento,  desde  el  punto 
de  vista  del  arte,  á  la  materia  inerte.  «Esta  estatua  tra- 
duce admirablemente  en  su  arrojada  actitud  los  sentimien- 
tos que  animaron  á  nuestros  padres  en  su  época  de  glo- 
rias, y  en  la  noble  expresión  se  manifiesta  el  orgullo  del 
triunfo  obtenido,  y  de  la  independencia  que  supieron  con- 
quistar para  su  país  U). »  «Ese  monumento  habla  y  en- 
seña, como  si  la  voz  de  nuestros  proceres  ilustres  surgiese 
de  su  seno,  solemne  y  majestuosa,  para  decirnos  cómo  se 
lucha  y  cómo  se  vence  en  defensa  de  las  patrias  liberta- 
des. Ese  monumento  es  un  libro  de  piedra  que  está  abierto 
para  que  nosotros  y  nuestros  hijos  y  los  hijos  de  nuestros 
hijos,  dilatados  en  la  infinita  progresión  del  tiempo,  apren- 
damos en  sus  hojas  perdurables  lecciones  del  viejo  patrio- 
tismo ('-).»  En  adelante  los  orientales  podrán  decir:  «Via- 
jero: si  deseas  saber  que  también  tenemos  tradiciones 
históricas,  acércate  al  monumento  que  conmemora  la  Inde- 
pendencia de  la  República  !  —  Habrás  visto  en  otras  tie- 
rras monumentos  más  lujosos  y  soberbios,  pero  no  ha- 
brás encontrado  á  tu  paso,  condensadas  en  mármol  pal- 


( 1 )  Palabras  pronunciadas  por  don  Alberto  Capurro  el  día  18  de  Mayo 
de  187'J,  al  entregar  al  señor  Ferrari  la  medalla  de  oro  votada  por  el  Ju- 
rado al  artista  que  saliese  vencedor. 

(2)  Comunicación  del  pueblo  de  Paysaodú  ala  Comisión  Delegada  del 
Monumento  de  la  Independencia. 


-  86  - 

pitante  por  la  mano  del  artista,  ni  glorias  más   puras  ni 
grandezas  más  altas !  ( i ) » 


BIBLIOGRAFÍA 

Francisco  Bauza:  Estudios  literarios.  Montevideo,  1885. 

Varios:  Escritos,  cartas,  artículos  y  discursos  relativos  ala  inauguración 
del  monumento  de  la  independencia.  Montevideo,  1S79. 

Estanislao  Pérez  Nieto:  Canto  á  la  independencia  de  la  República.  Pre- 
miado con  medalla  de  oro  acordada  por  el  Gobierno  de  la  República,  en 
los  Juegos  Florales  celebrados  en  Buenos  Aires  el  12  de  Octubre  de  1884-. 
Montevideo,  1894. 


(1)  Discurso  pronunciado  en  Paysandrt  por  el  doctor  don  Carlos  M.  Ra- 
mírez, con  ocasión  de  festejar  los  habitantes  de  esa  ciudad  el  acto  que  se 
celebraba  en  la  villa  de  la  Florida. 


TRIUNFOS  Y  DERROTAS 


CAPITULO  V 

TRIUNFOS   Y   DERROTAS 

(1825) 

SUMARIO.  —  1.  Ataque  á  la  ciudad  de  Mercedes.  —  2.  Toma  de  Paysandú. 
—  3.  Derrota  del  Ágaila.  —  i.  Combate  del  Rincón  de  las  Gallinas. — 
5.  Parte  oficial  de  esta  victoria.  —  6.  Lugar  del  combate. 

1.  Ataque  á  la  ciudad  de  Mercedes.— El  general 
Abreu,  que,  como  se  ha  dicho  en  la  página  66,  había  pe- 
netrado en  el  territorio  oriental,  logrando  llegar  hasta  el 
Río  Negro  sin  que  los  patriotas  se  opusiesen  á  su  mar- 
cha progresiva  hasta  que  el  general  Rivera  batió  á  sus 
avanzadas  en  el  Arroyo  Grande,  consiguió  por  fin  ence- 
rrarse en  la  ciudad  de  Mercedes.  Allí  fué  á  encontrarlo 
el  22  de  Agosto  el  héroe  de  Guayabos,  cargando  con  sus  es- 
cuadrones sobre  los  puestos  avanzados  de  los  imperialis- 
tas y  logrando  sablear  y  poner  en  fuga  á  una  guardia 
de  su  frente,  á  la  vez  de  hacerle  algunos  prisioneros  y 
causarle  varios  muertos.  En  la  noche  de  ese  día,  Rivera 
atacó  á  la  ciudad  prenombrada,  llegando  hasta  la  plaza 
de  la  misma,  en  donde  se  hallaban  atrincherados  los  bra- 
sileros, quienes  opusieron  una  resistencia  tan  tenaz  que 
el  caudillo  oriental  se  vio  en  la  necesidad  de  retirarse 
hasta  el  Dacá,  después  de  haber  causado  algunas  pérdi- 
das al  enemigo  y  de  aprisionar  á  los  hijos  del  mariscal 
Abreu,  varios  oficiales  y  12  soldados. 

2.  Toma  de  Pa ysandú.  —  Más  afortunado  el  coronel 
don  Julián  Laguna,  lograba  un  día  antes  (Agosto  21  de 


—  90  - 

1825)  apoderarse  de  la  ciudad  de  Paysandú,  batiendo  la 
fuerza  brasilera  allí  destacada,  que  había  salido  hasta  el 
arroyo  de  San  Francisco  con  objeto  de  contener  en  su 
avance  á  los  patriotas.  Estos  causaron  al  enemigo  13 
muertos  y  le  hicieron  19  prisioneros,  además  de  herir  á 
muchos.  Las  fuerzas  de  Laguna  ascendían  á  300  hom- 
bres, los  cuales  persiguieron  á  los  invasores  hasta  el  cau- 
daloso arroyo  Negro. 

3.  Derrota  del  Águila.— Entretanto  el  general  Rivera 
se  había  retirado  hacia  el  Águila,  á  donde  fué  á  encon- 
trarlo el  coronel  imperialista  Bentos  Manuel  Ribeiro,  quien 
el  día  4  de  Septiembre  logró  atacar  por  la  retaguardia  á 
las  fuerzas  patriotas  mandadas  por  el  bizarro  caudillo 
oriental.  Este  tenía  á  la  sazón  bajo  sus  órdenes  ape- 
nas unos  4u0  hombres,  mientras  que  el  brasilero  disponía 
de  1500.  Trabado  el  combate,  fué  sostenido  con  firmeza 
por  los  patriotas,  hasta  que  la  prudencia  hizo  que  Rivera 
abandonara  el  campo  después  de  sufrir  pérdidas  tan  sen- 
sibles como  la  del  mayor  don  Ramón  Mansilla,  2  oficia- 
les y  18  soldados;  y  si  bien  el  enemigo  dio  comienzo  á 
una  activa  persecución,  no  pudo  lograr  el  desbande  de  los 
patriotas,  ni  hacerles  más  prisioneros  ni  ocasionarles  nue- 
vas víctimas. 

Este  contraste  que  sufrieron  las  armas  de  la  patria  dejó 
expedito  á  Bentos  Manuel  el  camino  de  Montevideo, 
adonde  llegó  á  marchas  forzadas,  que  impidieron  á  los  re- 
publicanos poder  alcanzarlo. 

4.  Combate  del  Rincón  de  las  Gallinas.— «En  los- 
primeros  días  de  Septiembre,  el  general  Rivera,  que  ha- 
bía tenido  que  emprender  una  retirada  desde  las  inme- 
diaciones de  Mercedes,  se  incorporó  á  Lavalleja,  y  pues- 
tos de  acuerdo,  se  convino  en  que  aquél,  después  de  re- 
forzado con  la  división  del  coronel  Andrés  Latorre,  se 
dirigiría  nuevamente  sobre  el  general  Abreu,  que  estaba 
acampado  en  las  inmediaciones  de  aquella  población.  El 
15  de  Septiembre    marchó   la   columna   patriota,  y  el  19" 


—  91  - 

del  mismo,  el  general  Rivera,  dejando  el  mando  de  ella 
al  coronel  Latorre,  se  puso  al  frente  de  250  hombres  es- 
cogidos y  se  dirigió  al  Rincón  de  las  Gallinas,  donde  los 
brasileros  habían  reconcentrado  algunos  miles  de  caba- 
llos. El  plan  de  Rivera  era  apoderarse  de  ocho  mil 
caballos,  que  los  brasileros  tenían  allí,  y  dejar  sin  ele- 
mentos de  movilidad  á  las  fuerzas  de  Abreu,  que  per- 
manecía en  Mercedes  vigilado  por  Latorre.  El  24  de  Sep- 
tiembre Rivera  entraba  en  el  rincón,  y,  después  de  un 
ligero  combate,  se  apoderaba  de  las  caballadas,  tomando 
algunos  soldados  prisioneros.  Ufano  se  retiraba  el  jefe 
oriental  con  el  resultado  feliz  de  su  expedición,  conse- 
guido con  tanta  facilidad,  cuando  se  le  avisó  por  sus  avan- 
zadas que  una  considerable  fuerza  enemiga  se  presentaba 
á  la  vista.  Era  la  división  del  coronel  Jardim,  compuesta 
de  unos  800  hombres,  que  venía  buscando  la  incorporación 
de  Abreu,  y  que  ignoraba  la  permanencia  de  Rivera  por 
aquellas  inmediaciones. 

«Difícil  era  la  situación  del  jefe  oriental,  encerrado  en 
el  rincón  con  sólo  250  hombres,  teniendo  á  su  frente  una 
colupina  de  8ü0  soldados,  y  en  las  cercanías  el  poderoso 
ejército  de  Abreu;  pero  el  valor  de  los  patriotas  sabía 
salvar  aun  las  situaciones  más  comprometidas.  Con  esa 
concepción  rápida  que  sus  contemporáneos  reconocían  en 
el  bravo  caudillo  que  comandaba  los  patriotas,  Rivera 
resolvió  llevar  un  ataque  decisivo  á  los  brasileros,  antes 
que  éstos  se  dieran  cuenta  de  la  pequeña  fuerza  que  te- 
nían á  su  frente.  Tranquilo,  y  dividida  su  tropa  en  dos 
columnas,  entraba  Jardim  en  el  rincón,  cuando  fué  sor- 
prendido por  una  rápida  carga  que  sable  en  mano  le  lle- 
vaban los  patriotas:  la  primera  columna,  al  mando  del 
coronel  Mena  Barreto,  fué  deshecha  completamente,  que- 
dando muerto  este  jefe,  y  la  segunda  división  formó  cua- 
dro, preparando  sus  tercerolas.  Rivera  avanzó  resuelta- 
mente al  frente  de  sus  bravos  soldados,  y  los  sables  de 
los  patriotas  sembraron  la  muerte  y  el  pavor  en  las  filas 


-  92  - 

brasileras.  De  la  brillante  columna  que  horas  antes  era 
una  esperanza  para  el  enemigo,  sólo  Jardim,  con  una 
veintena  de  hombres,  había  conseguido  escapar  ileso;  el 
resto  yacía  tendido  sobre  el  campo  de  batalla  ó  era  pri- 
sionero de  los  orientales.  Con  más  de  500  prisioneros,  fruto 
espléndido  de  la  jornada  del  Rincón,  y  algunos  miles  de 
caballos,  se  alejó  Rivera  de  aquellos  campos  que  acababa 
de  hacer  famosos  en  la  historia  nacional,  y  después  de 
incorporado  á  Latorre,  se  dirigió  al  Durazno,  acampando 
por  aquellos  parajes  mientras  se  emprendían  nuevas  ope- 
raciones de  guerra  (!).» 

5.  Parte  oficial  r>E  esta  victoria.— Después  del 
combate  del  Rincón  de  las  Gallinas  ó  de  Haedo,  Ri- 
vera dirigió  dos  partes  comunicando  su  proeza,  uno  á  La- 
valleja  y  otro  al  brigadier  general  don  Martín  Rodríguez: 
el  que  á  renglón  seguido  reproducimos  es  de  los  dos  el 
verdaderamente  interesante,  por  los  muchos  pormenores 
en  que  abunda: 

PARTE  DETALLADO 
DEL  COMBATE  DEL   RINCÓS  DE  LAS  GALLINAS 

Excmo  señor: 

En  comunicación  del  21  del  corriente  anuncié  á  V.  E., 
desde  el  Perdido,  que  con  la  fuerza  que  consta  del 
adjunto  estado,  sacado  de  la  división  que  se  ha  puesto  á 
mis  órdenes,  me  ponía  en  marcha  con  dirección  al  rincón 
de  Haedo,  lo  que  verifiqué  á  las  8  de  la  noche  de  ese 
mismo  día  desde  el  paso  de  la  Tranquera,  y  al  amane- 
cer el  22  estuve  sobre  el  río  Negro  en  el  paso  de  Vera. 
La  escasez  de  canoas  y  el  tiempo  lluvioso  y  contrario 
impidieron  bastante  mi  pasaje,   hasta   que   venciendo  no 

(  1)  Julián  O.  Miranda:  Apuntes  sobre  historia  de  la  República  Oriental 
del  Uruguay.  Montevideo,  1900 


-  93  - 

pequeñas  dificultades,  pude  ponerme  con  toda  la  fuerza 
y  caballería  al  otro  lado,  cuya  operación  concluí  á  las  6 
de  la  mañana  del  día  23. 

Desde  aquel  momento  emprendí  mis  marchas  con  el 
mayor  silencio  y  ocultación,  favoreciéndome  mucho  para 
esto  la  localidad  del  terreno  quebrado,  tan  á  propósito 
para  mis  intentos,  y  sin  haber  sido  sentido  de  los  ene- 
migos logré  aproximarme  hasta  el  referido  rincón,  desde 
la  mañana  del  24,  sorprendiendo  las  guardias  enemigas  y 
atacando  con  resolución  la  tropa  que  hacíales  la  custo- 
dia de  caballadas,  ganados  y  todo  lo  demás  que  se  ha- 
llaba en  aquel  depósito:  fué  completamente  derrotada  y 
hecha  prisionera,  quedando  á  mi  disposición  todo  el  campo 
y  cuanto  encerraba. 

Sabía  con  bastante  certeza  que  el  coronel  Jardim  con 
700  hombres  cargaba  sobre  dicho  rincón,  y  que  se  ha- 
llaba ya  en  San  Francisco,  pero  nunca  me  persuadí  de  que 
hicieran  unas  marchas  tan  precipitadas  que  pudiesen  im- 
pedir la  toma  de  las  caballadas  y  mi  regreso.  Con  este 
fin  destiné  sobre  Sandú,  desde  el  río  Negro,  al  capitán 
don  -Mariano  Pereda,  con  una  partida,  para  que  estuviese 
á  la  observación  de  dicha  tropa  y  me  diera  avisos  nece- 
sarios de  sus  movimientos;  pero  cuando  él  llegó  al  pa- 
raje que  le  señalaba  y  por  donde  primeramente  debían 
pasar  los  enemigos,  eran  las  doce  de  la  noche,  y  ellos 
habían  pasado  á  la  oración,  porque  venían  haciendo  las 
marchas  más  extraordinarias  y  precipitadas  que  podían 
imaginarse. 

Ya  había  repartido  algunas  partidas  para  recoger  ca- 
balladas, cuando  fui  informado  por  mis  bomberos  y  por 
parte  del  mismo  capitán  Pereda,  que  los  enemigos  esta- 
ban inmediatos  á  la  boca  del  rincón;  en  seguida  recibí 
otro  de  que  ya  estaban  en  la  parte  interior,  y  entonces 
mandé  reunir  mis  partidas  y  me  puse  en  estado  de  espe- 
rarlos. Yo  tenía  la  mayor  confianza  de  que  los  enemigos 
debían  ignorar  que  nos  hubiésemos  introducido  ya  en  el 


—  94  - 

rincón,  y,  por  consiguiente,  que  se  nos  aproximarían,  como 
que  venían  á  encontrarse  con  sus  amigos. 

Mis  esperanzas  correspondieron  á  los  hechos,  porque 
los  enemigos  se  dejaron  ver  en  tres  divisiones,  y  en  aque- 
lla posición  marcharon  sobre  mí,  hasta  que  pareciéndome 
oportuno  ordené  que  40  tiradores  mandados  por  los  bra- 
vos capitanes  don  Gregorio  Mas  y  don  Manuel  Benaví- 
dez,  presentasen  una  guerrilla  y  cargasen  á  la  primera 
división:  lo  que  efectuaron  haciendo  que  ésta  se  replegase 
sobre  la  segunda,  á  la  que  reforzó  la  tercera,  mientras 
seguíamos  al  trote  por  un  bañado  casi  intransitable.  Yo 
iba  á  la  izquierda  de  mis  dragones,  que  formaban  la  de- 
recha de  mi  línea  y  comandaba  el  bravo  capitán  Ser- 
vando Gómez.  El  centro  lo  componían  las  milicias  del 
Durazno,  mandadas  por  el  benemérito  coronel  don  Julián 
Laguna,  que  comandaba  el  valiente  capitán  don  Miguel 
Sáenz,  á  quien  reforcé  para  sus  operaciones  con  el  capi- 
tán en  ejercicio  de  mayor  de  Detall  don  José  Augusto 
Pozzolo,  cuyo  valor  y  serenidad  merecen  toda  mi  consi- 
deración. En  esta  disposición  llegamos  sobre  los  enemi- 
gos, en  tiempo  que  no  habían  podido  disponerse  para  la 
batalla.  Sufrimos  una  descarga  general,  pero  al  cabo  se 
hallaron  los  enemigos  con  los  sables  de  nuestros  bravos 
sobre  sus  cuellos.  El  terror,  la  confusión  y  el  desorden 
se  apoderaron  desde  aquel  momento  de  los  contrarios,  que 
no  pudiendo  soportar  la  presencia  de  los  libres,  volvieron 
la  espalda,  poniéndose  en  una  fuga  vergonzosa. 

Más  de  tres  leguas  fueron  perseguidos  y  acuchillados 
por  nuestros  héroes,  quedando  aquel  campo  sembrado  de 
cadáveres,  armas  y  despojos.  Un  capitán,  3  tenientes, 
4  alféreces,  7  cadetes,  10  sargentos,  8  tambores,  2  cornetas, 
20  cabos  y  150  soldados  prisioneros.  Dos  tenientes,  1  al- 
férez, 2  cadetes,  2  sargentos,  28  soldados  gravemente  he- 
ridos, que  por  no  poderlos  conducir  los  remití  á  la  Capi- 
lla Nueva;  189  carabinas,  177  sables,  164  pistolas,  193  ca- 
nanas, 7.500  cartuchos  á  bala,  10  lanzas,  2  cajas  de  gue- 


-  95  - 

rra,  3  clarines  y  8.000  caballos  quedaron  en  nuestro  po- 
der, y  en  el  campo  de  batalla  más  de  140  muertos,  entre 
ellos  un  coronel,  un  mayor  y  oficiales  de  todas  las  gra- 
duaciones. 

Por  nuestra  parte  no  hemos  tenido  más  desgracia  que 
herido  muy  levemente  el  capitán  de  tiradores  don  Grego- 
rio Más,  el  teniente  don  J.  A.ntonio  Falcón,  15  soldados, 
entre  ellos  algunos  de  cuidado,  y  7  muertos,  como  lo  acre- 
ditan los  adjuntos  estados. 

Los  heridos  muy  gravemente  de  los  enemigos,  que  dije 
á  V.  E.  mandé  para  Mercedes,  fué  precediendo  un  parla- 
mento al  general  Abreu,  con  un  capitán  prisionero,  di- 
ciéndole  que  en  obsequio  de  la  humanidad  ordenase  que 
se  recogiesen  al  hospital  de  la  Capilla  todos  aquellos  gra- 
vemente heridos,  de  quienes  yo  no  podía  cuidar  de  nin- 
gún modo  por  falta  de  cirujanos,  y  porque  las  marchas 
que  emprendía  no  me  daban  lugar. 

Regresó  el  capitán  con  la  contestación  de  agradeci- 
miento de  aquel  general,  y  yo  me  puse  en  retirada,  que 
hacían  bastante  trabajosa  el  número  de  prisioneros  y  ca- 
ballada que  conducía,  hasta  que  en  el  paso  del  Palmar 
me  alcanzaron  130  hombres  que  pedí  de  refuerzo  para 
esta  conducción  al  comandante  de  las  tropas  que  había 
dejado  en  esta  parte  del  río  Negro  para  operar  sobre 
Mercedes. 

Los  señores  jefes,  oficiales  y  tropa  que  componen  mi 
división  son  acreedores,  por  su  constancia,  virtudes  y  sufri- 
mientos, á  que  V.  E.  los  distinga  como  merecen,  y  muy 
particularmente  los  que  me  han  acompañado  á  dicha  jor- 
nada del  24,  cuyos  nombres  van  expresados  en  el  estado 
adjunto. 

Todo  cuanto  puedo  decir  á  V.  E.  en  obsequio  de  los 
que  me  acompañaron  á  dicha  jornada,  sería  poco  para  lo 
que  ellos  han  merecido,  y  por  lo  tanto  lo  dejo  á  la  con- 
sideración de  V.  E. 

Con  la  misma  particularidad  recomiendo  á  V.  E.  á  los 


-  96  - 

beneméritos  ciudadanos  que  ansiosos  de  la  libertad  de  su 
patria,  han  abandonado  sus  casas,  acompañándome  en  la 
campaña  sin  interrupción,  y  últimamente  se  han  portado 
como  bravos  guerreros  en  la  acción  del  24,  y  son  los  se- 
ñores don  Eugenio  Debia,  Eugenio  Guevara,  Ramón  Car- 
doso,  Luis  Quísmera,  Juan  de  Dios  Padilla,  Pedro  Gó- 
mez, Manuel  Guillón  y  Manuel  Pereira,  cuyas  virtudes 
recomendables  y  su  buen  comportamiento  en  la  batalla 
me  impulsan  á  recomendar  á  V.  E.  por  la  consideración 
y  recompensa  que  tanto  merecen,  como  asimismo  don  Vi- 
cente Viera  y  don  Gabino  Morales,  cuyos  grandes  sacri- 
ficios por  la  patria  los  hacen  dignos  de  elogios. 

Yo,  en  medio  de  los  transportes  que  me  causa  una  vic- 
toria de  este  tamaño,  felicito  á  V.  E.  y  demás  compañe- 
ros de  armas  por  la  parte  que  les  toca,  y  tengo  la  satis- 
facción de  anunciar  á  V.  E.  que  toda  mi  división  está 
en  la  mejor  actitud  y  con  los  más  vivos  deseo  de  em- 
plearse en  empresa  de  la  salvación  de  la  patria.  El  señor 
coronel  don  Julián  Laguna,  que  será  quien  conduzca  este 
parte  á  manos  de  V.  E.,  le  informará  de  todas  las  ocu- 
rrencias que  por  menudo  no  cito,  y  como  ha  sido  un  tes- 
tigo ocular  de  las  operaciones,  puede  instruir  á  V.  E.  de 
todo.  —  Fructuoso  Rivera. 

Paso  de  Lugo,  Septiembre  30  de  1825. 

Excmo.  señor  Gobernador  y  Capitán   General  don  Juan 
Antonio  Lavalleja. 

P.  D.  — Sería  faltar  á  mi  deber  si  no  recomendase  á 
la  consideración  de  V.  E.  al  benemérito  ciudadano  Hi- 
pólito Lenzina,  pues  este  ciudadano  tiene  tantos  y  tan 
distinguidos  sacrificios  hechos  á  la  causa  de  la  patria  en 
todas  ocasiones  como  en  la  referida  jornada  del  24. — 
Rivera. 

Es  copia.  —  redro  Lenguas,  Encargado  de  la  Mesa 
de  Guerra. 


-  97  - 

G.  Lugar  del  combate.  — «Llámase  Rincón  de  las  Ga- 
llinas á  la  península  que  se  encuentra  al  S.  O.  del  de- 
partamento del  Río  Negro  y  está  limitada  por  el  río  de 
este  nombre  y  por  el  Uruguay.  Al  citado  rumbo  es  an- 
gosta, pero  va  ensanchándose  por  ambos  lados  hasta  la 
ciudad  de  Mercedes,  por  uno,  y  la  ciudad  de  Fray  Bentos, 
por  otro,  desde  cuyos  puntos  tiende  rápidamente  á  angos- 
tarse formando  una  garganta  ó  pasaje  muy  pronunciado, 
donde  circula  el  arroyuelo  titulado  de  los  Pasos,  límite, 
por  este  lado,  de  las  secciones  judiciales  1.a  y  2.a.  Este 
inmenso  potrero  está  cruzado  por  la  dilatada  cuchilla  de 
Haedo,  en  su  última  parte  de  escasa  elevación,  aunque 
no  tan  poca  que  no  deje  de  dividir  aguas  al  Uruguay  y 
aguas  al  río  Negro.  Adyacentes  al  fondo  de  esta  especie 
de  bolsa,  se  encuentran  las  islas  del  Vizcaíno  y  del  In- 
fante, hoy  separadas  del  Rincón  de  las  Gallinas  por  cana- 
les estrechos  que  se  han  formado  en  la  confluencia  del 
río  Negro;  islas  que  antes  de  convertirse  en  tales  por  la 
acción  denudante  de  las  aguas,  debieron  formar  parte  de 
la  península  que  describimos,  que  en  la  época  del  descu- 
brimiento y  conquista  del  territorio  oriental  por  los  espa- 
ñoles, era  la  residencia  favorita  de  los  indios  bohanes. 
Desaparecidos  estos  indígenas  y  ahuyentados  los  charrúas 
hacia  el  septentrión,  el  Rincón  de  las  Gallinas  fué  ocupado 
por  abundante  hacienda,  que  hallaba  en  él  reposo,  aguada 
permanente,  nutritivos  pastos  y  tranquilidad  absoluta.  Más 
tarde  esta  zona  territorial  perteneció  á  don  Francisco 
Haedo,  quien  además  de  dedicarse  á  la  cría  y  refinamiento 
del  ganado,  también  permitía  á  las  gentes  pobres  que  cor- 
tasen leña  de  los  bien  poblados  montes  que  á  la  sazón 
había,  y  aún  que  se  entregasen  á  la  fabricación  del  car- 
bón. Fundada  la  villa  Independencia,  los  campos  de  este 
rincón  fueron  fraccionados  en  las  ricas  y  bien  organizadas 
estancias  que  existen  en  la  actualidad.  En  cuanto  al  ori- 
gen del  nombre,  dice  el  respetable  cronista  uruguayo  (*> 

(1)    Isidoro  De -María:  Nomenclatura  topográfica. 


-  98  - 

que  no  se  sabe  con  seguridad,  pero  que  según  referencias 
antiguas,  había  multitud  de  las  llamadas  pavas  de  monte 
«n  los  bosques  de  este  lugar,  y  se  presume  que  por  co- 
rrupción le  llamaran  de  las  Gallinas.  Según  otros,  atri- 
buían tal  denominación  á  la  circunstancia  de  ser,  por  lo 
seguro,  el  escondite  de  los  changadores  del  N.  del  río  Ne- 
gro, que  en  él  se  refugiaban  por  temor  á  los  indios,  ya 
que  era,  y  continúa  siéndolo,  sumamente  fácil,  para  po- 
nerse en  salvo,  pasar  de  las  islas  del  Yaguarí  al  rin- 
cón ó  viceversa:  las  gentes  que  así  procedían  merecían 
de  parte  de  los  más  valientes  y  decididos  el  epíteto  de 
gallinas. 

«Los  campos  del  Rincón  de  las  Gallinas  eran,  eñ  esa 
época,  propiedad  de  los  .Haedo.  Esta  feliz  coincidencia 
favorecía  los  planes  del  general  Rivera,  por  el  perfecto 
conocimiento  del  terreno  que  Haedo  debía  tener,  y  por 
la  circunstancia  de  morar  éste  en  su  estancia  de  Colade- 
ras, tan  inmediata  á  aquel  punto.  Esto  le  permitía  vigilar, 
sin  inspirar  sospechas,  los  movimientos  del  enemigo.  De 
todo  ello  tenía  conocimiento  el  general  Rivera. 

« Secundando  estos  propósitos  patrióticos,  Haedo  mandó 
á  sus  hijos  mayores  —  don  Mariano  y  don  Gregorio — este 
último  años  después  ayudante  de  campo  de  su  tío  el  ge- 
neral don  Estanislao  Soler,  en  la  batalla  de  Ituzaingó  — 
para  que,  reunidos  á  los  elementos  ya  preparados  y  á  los 
peones  del  establecimiento,  distrajeran  la  atención  de  los 
brasileros  reuniendo  grandes  grupos  de  yeguadas  que  en 
el  momento  oportuno  debían  ser  lanzadas  dentro  del 
campo  que  ocupaban  las  caballadas  del  ejército  enemigo, 
y  produciendo  la  natural  confusión,  las  arrebatase  en  su 
furia,  ocasionando  el  desorden  consiguiente. 

«El  plan  ejecutóse  con  la  misma  precisión  con  que  fuera 
concebido  por  el  experto  y  hábil  general,  y  mientras  los 
grandes  trozos  de  yeguadas  indómitas  arrastraban,  en  su 
huida,  las  caballadas  del  ejército  brasileño  é  introducían 
la  confusión  y  la  zozobra,  los  bravos  batallones  patricios 


-  99  - 

acuchillaban  y  destrozaban  las  falanges  enemigas,  sem- 
brando el  terror  y  la  derrota  por  doquier. 

«Fué  así  como  se  inició  y  se  llevó  á  cabo  el  gran 
triunfo  que  colmó  de  gloria  inmarcesible  á  nuestros  he- 
roicos soldados  en  ese  día  memorable. 

«Son  éstos  datos  inéditos,  y  por  tradición  se  conservan 
en  la  familia  de  los  Haedo,  corno  en  muchos  de  los  de 
aquella  época;  datos  que  permanecen  en  el  silencio  y  des- 
conocidos por  la  generalidad  de  nuestros  conciudadanos, 
porque  aún  no  se  ha  escrito  la  historia  verdadera  y  au- 
téntica de  esa  época  legendaria  (1). 

«Rivera  pudo  pasar  al  Rincón  sin  ser  visto  de  las  fuer- 
zas que  resguardaban  las  trincheras  que  se  hallaban  á  la 
entrada,  porque  costeó  el  río  Negro,  pasando  muy  pró- 
ximo á  la  costa,  pero  en  el  paraje  donde  no  existían  los 
zanjones  que  servían  de  defensa,  cuyos  fosos  tenían,  cada 
cuatrocientos  metros,  una  especie  de  reducto,  en  varios 
de  los  cuales  se  colocaron  cañones;  y  el  más  grande  de 
aquéllos,  que  contaba  con  tres  piezas  de  artillería,  fué 
hecho,  más  ó  menos,  en  el  sitio  en  que  hoy  existen  algu- 
nos árboles,  en  una  cuchilla  dominante,  únicos  vestigios 
y  testigos  mudos  de  tan  memorable  paraje.  Entre  esos 
árboles,  que  se  hallan  algo  al  oeste  del  camino,  hacia  el 
río  Uruguay,  hay  una  añosa  higuera  (2).» 

Este  combate,  de  resultados  tan  brillantes  para  las  ar- 
mas de  la  patria,  se  dio  entre  el  arroyo  del  Quebracho  y 
la  cañada  del  Cerro  Colorado,  que  corren  paralelos  á  des- 


(1)  Este  y  otros  interesantes  episodios  nos  han  sido  narrados  por  nues- 
tra apreciable  compatriota  don  Francisco  Haedo  Suárez,  quien  los  escuchó 
muchas  veces  de  labios  de  su  veneranda  abuela  doña  Irene  Soler  de  Haedo, 
y  se  hallan  consignados,  con  mayor  amplitud,  en  las  págs.  207,  208  y  209 
del  segundo  tomo  de  «  Río  Negro  y  sus  progresos». 

(2)  El  señor  don  Luis  Márquez,  antiguo  vecino  de  esas  inmediaciones, 
nos  ha  manifestado  que  su  padre,  que  era  portugués,  fué  de  los  que  tra- 
bajaron para  hacer  esos  fosos,  en  cuya  operación  también  se  emplearon  las 
tropas  del  ejército  brasileño,  recibiendo  como  salario  tres  reales  por  día. 


—  100  — 

aguar  en  la  orilla  derecha  del  río  Negro,  más  arriba  de  la 
ciudad  de  Mercedes. 


BIBLIOGRAFÍA 

Julián  O.  Miranda  :  Apuntes  sobre  la  historia  de  la  República  Oriental  del 

Uruguay.  Montevideo,  1900. 
Seternbrino  E.  Pereda  :  Rio  Negro  ij  sus  progresos.   Montevideo,  13. 


S  A  R  A  N  D  I 


-  105  - 

2.  La  batalla.  — Cuando  los  rayos  del  sol  disiparon 
las  nieblas,  los  dos  ejércitos  se  encontraron  frente  á  frente 
mudando  caballos,  pero  separados  por  un  gajo  del  Sa- 
randí;  gajo  que  se  apresuraron  á  despuntar  los  brasile- 
ros á  fin  de  no  combatir  con  semejante  obstáculo  á  reta- 
guardia. 

Terminada  la  enojosa  tarea  de  mudar  caballos,  Lava- 
lleja  mandó  desplegar  sus  2000  soldados,  disponiéndolos 
en  el  siguiente  orden  de  batalla:  ala  derecha,  al  mando 
del  teniente  coronel  Pablo  Zufriategui;  centro,  á  las  órde- 
nes del  jefe  de  igual  graduación  Manuel  Oribe  (1);  ala 
izquierda,  dirigida  por  el  general  Rivera,  y  reserva,  man- 
dada por  el  coronel  de  milicias  Leonardo  Olivera;  la  ar- 
tillería de  los  patriotas  consistía  en  una  pieza  de  á  4  man- 
dada por  el  subteniente  José  Joaquín  de  Olivera,  el  cual 
sólo  disparó  con  ella  tres  tiros  antes  de  la  batalla. 

La  iniciativa  de  la  lucha  partió  de  los  imperiales,  que 
hicieron  una  descarga  cerrada  sobre  los  libertadores,  cau- 
sándoles algunas  bajas;  pero  como  éstos  permanecieron 
impasibles  y  firmes  ante  las  balas  del  enemigo,  los  clari- 
nes imperiales  tocaron  á  degüello,  á  la  vez  que  Lavalleja 
ordenaba  el  ataque  al  grito  inolvidable  de  Carabina  á  la 
espalda  y  sable  en  mano  (2),  que  acataron  todos;  y  cuando 

( 1 )  A  pesar  de  que  en  la  pág.  25  de  la  presente  obra  hemos  dicho  — 
siguiendo  al  doctor  don  Guillermo  Melián  Lafinur —  que  en  la  acción  del 
Sarandí  don  Manuel  Oribe  mandaba  el  centro  del  ejército,  y  que  á  éste  se 
debe  en  mucha  parte  el  éxito  de  la  batalla,  El  Piloto,  periódico  que  en 
aquel  tiempo  se  publicaba  en  Buenos  Aires,  insertaba  el  21  de  Octubre 
de  1826  una  correspondencia  de  uno  de  los  jefes  vencedores,  en  la  cual  se 
dice  que  *c\  centro  nuestro  sufrió  un  contraste,  pudiendo  los  enemigos  ha- 
cer en  él  un  pequeño  estrago ;  pero  fué  contenido  por  nuestra  reserva,  que 
con  el  general  Lavalleja  á  la  cabeza  restableció  el  combate ;  >  opinión  con- 
cordante con  la  que  en  una  monografía  histórica  consigna  don  Luís  de  la 
Torre,  actor  en  la  acción  del  Sarandí. 

(2)  Según  dice  don  José  Costa,  oficial  de  Húsares  del  ejército  patriota, 
en  su  relación  titulada  Episodios  de  la  acción  del  Sarandi,  habiendo  obser- 
vado el  mayor  Ramón  Cáceres  que  las  tropas  libertadoras  estaban  compues- 
tas de  gente  joven  é  ignorante  en  el  arte  de  la  guerra,  un  momento  antes 


—  106  — 

apenas  habían  tenido  tiempo  los  invasores  de  replegarse 
y  desenvainar  sus  espadas,  ya  se  vieron  encima  á  sus 
contrarios,  que  deshicieron  la  línea  enemiga  sin  que  lo- 
grasen reorganizarla  ni  el  valor  de  los  más  aguerridos, 
ni  la  jactancia  de  sus  numerosos  jefes,  ni  la  pericia  de 
sus  envalentonados  generales.  El  momento  era  supremo; 
del  éxito  de  esta  acción  de  armas  dependía  el  porvenir 
del  país,  y  he  aquí  la  razón  de  que  los  orientales  blan- 
diesen sus  sables  con  más  denuedo  que  nunca  y  los  me- 
llasen y  rompiesen  en  fuerza  de  tanto  usarlos. 

Aunque  breve,  el  combate  se  hizo  encarnizado  de  parte 
á  parte,  luchándose  más  bien  cuerpo  á  cuerpo  que  obe- 
deciendo á  reglas  de  orden  y  disciplina.  Deshecha  la  lí- 
nea de  los  enemigos,  envueltos  y  arrollados  por  doquiera, 
atolondrados  por  aquella  carga,  tal  vez  la  más  brillante  de 
cuantas  registra  la  historia  militar  de  la  República  (1),  su 
más  completa  y  vergonzosa   derrota   no   se  hizo  esperar, 

de  la  batalla  le  aconsejó  á  Lavalleja  que  mandase  carabina  á  la  espalda  y 
sable  en  mano,  y  que  de  este  modo  se  triunfaría  en  la  acción  ;  idea  que 
aceptó  el  general. 

( 1 )  Dice  el  historiador  argentino  don  Vicente  F.  López  que  «  el  combate 
del  Sarandí  está  muy  lejos  de  ser  lo  que  en  lenguaje  de  guerra  se  llama 
una  batalla.  Fué  —  según  el  expresado  escritor  —  un  encuentro  á  la  antigua, 
de  mero  empuje  y  ataque  directo  de  las  dos  masas.  Xo  precedió  operación 
ninguna  estratégica;  lo  cual,  si  bien  honra  mucho  la  bravura  individual  de 
cada  oriental,  no  da,  por  cierto  — continúa  diciendo  el  señor  López  —  una 
grande  idea  de  la  organización  y  contextura  de  la  caballería  brasilera,  que, 
por  lo  que  se  ve,  sería  también  fuerza  miliciana  más  ó  menos  regularizada,» 

Si,  según  Roque  Barcia  (Diccionario  Enciclopédico),  las  batallas  son  aque- 
llas acciones  de  guerra  que  llevan  consigo  como  resultado  grandes  consecuen- 
cias trascendentales  á  todo  un  reino,  no  cabe  duda  que  merece  el  califi- 
cativo de  batalla  la  heroica  acción  del  8arandí.  En  cuanto  á  que  el  ejército 
enemigo  estuviese  compuesto  de  milicias  irregulares,  es  una  apreciación 
gratuita  del  señor  López,  pues  nadie  ignora  que  á  raíz  de  la  cruzada  de 
los  Treinta  y  Tres,  el  Emperador  mandó  á  la  Banda  Oriental  sus  mejores 
tropas,  eligiéndolas  él  mismo  de  entre  lo  más  granado  de  su  ejército.  Lo 
afirmaba  también  el  Barón  de  la  Laguna  cuando,  en  las  comunicaciones  de 
éste,  interceptadas  por  los  patriotas,  decía  que  las  fuerzas  de  González  y 
Ribeiro  estaban  compuestas  de  caballería  escogida.  Estos  hechos  realzan 
la  gloria  de  los  patriotas  en  la  batalla  del  Sarandí. 


-  107  - 

siguiéndose,  por  consiguiente,  el  triunfo  de  los  soldados 
de  la  buena  causa,  que,  dispuestos  como  estaban  á  pre- 
ferir la  muerte  á  la  ignominia  de  la  esclavitud,  lucharon 
con  el  heroísmo  peculiar  de  los  grandes  corazones,  para 
quienes  no  es  sacrificio  ninguno  inmolar  su  existencia  en 
aras  de  la  libertad. 

El  lema  de  la  bandera  de  los  Treinta  y  Tres,  Libertad  ó 
Muerte,  no  era,  pues,  una  frase  falaz  y  pomposa,  destinada 
á  obtener  prosélitos  ilusos,  sino  que  constituía  todo  un  pro- 
grama sintético  de  conducta,  corroborada  ya  por  los  hechos 
en  esta  famosa  batalla  envuelta  en  nubes  de  gloria,  como 
dice  acertadamente  cierto  reputado  poeta. 

3.  La  victoria.  — La  cuchilla  del  Sarandí,  entre  el 
arroyo  de  su  nombre  y  el  de  Castro,  en  una  extensión 
de  campo  que  excedía  de  dos  leguas,  quedó  cubierta  de 
cadáveres  de  uno  y  otro  bando,  de  gran  cantidad  de  he- 
ridos y  contusos,  armas  abandonadas,  otras  inservibles, 
pertrechos  de  guerra  y  numerosos  caballos,  cayendo  pri- 
sionera una  cuarta  parte  del  ensoberbecido  ejército  impe- 
rial, '  que,  impotente  para  resistir  á  la  bravura  de  los 
orientales  y  careciendo  de  tiempo  para  ponerse  en  salvo, 
se  entregó,  bien  á  su  pesar,  así  como  una  fuerza  de  400 
soldados  y  37  oficiales  que  había  logrado  hacer  reaccio- 
nar y  detener  en  la  margen  opuesta  del  Sarandí  el  te- 
niente coronel  Alencaster,  quien  se  rindió  con  ellos  á 
condición  de  ser  tratados  cual  prisioneros  de  guerra,  como 
así  se  hizo. 

En  cuanto  á  los  jefes  Riveiro  y  González,  huyeron  co- 
bardemente, librándose  de  caer  en  manos  de  los  liberta- 
dores merced  á  la  ligereza  de  los  caballos  de  carrera  que 
montaban  en  previsión  del  resultado  que  sobrevino;  y 
vadeando  el  torrentoso  Yí  en  la  balsa  que  inutilizaron, 
fueron  á  esconder  su  oprobio  y  vergüenza  entre  los  su- 
yos, dejando  al  Barón  de  la  Laguna, — dice  el  mismo  La- 
valleja  en  un  documento  oficial,  — bien  arrepentido  de  su 
necia  confianza  y  con  testimonios  que  en  lo  sucesivo  le 


-  108  - 

harían  mirar  con  más  respeto  y  le  enseñarían  á  conocer 
mejor  á  los  enemigos  que  tan  fácilmente  pretendía  con- 
cluir. 

Las  pérdidas  de  los  orientales  fueron  insignificantes, 
pues  ascendieron  á  114  bajas,  repartidas  así:  muertos  30 
soldados  y  un  oficial;  heridos  70  soldados  y  13  oficiales. 
El  ejército  usurpador  sufrió  las  siguientes:  soldados 
muertos,  562 ;  id.  heridos,  133 ;  jefes  y  oficiales  heridos  y 
prisioneros,  80;  soldados  prisioneros,  646;  tercerolas,  1290; 
sables  útiles,  8120;  id.  rotos,  200;  pistolas,  694;  lanzas,  50; 
cananas,  1060;  cartuchos  con  bala,  10.000;  caballada, 
toda. 

Esta  colosal  victoria  llenó  para  siempre  de  inmarcesi- 
ble gloria  al  ejército  de  la  patria  é  hizo  revivir  la  espe- 
ranza de  que  las  libertades  públicas  no  serían  fácilmente 
ahogadas  por  el  brazo  férreo  del  poderoso  Imperio  ve- 
cino. 

Si  grande  fué  el  pánico  que  se  apoderó  de  los  comba- 
tientes cuando  los  sables  de  los  patriotas  se  embotaban 
en  sus  cuerpos  ó  se  quebraban  sobre  sus  cabezas,  no  fué 
menor  la  impresión  que  causó  en  los  esclavos  de  Pedro  I 
que  ocupaban  á  Montevideo,  porque  desde  luego  com- 
prendieron, como  dice  un  autor  que  ha  descrito  este  no- 
table episodio,  que  «hombres  que  luchaban  como  leones 
para  dar  libertad  á  su  patria,  no  podían  ser  vencidos  por 
las  legiones  esclavócratas,  y  que  aquel  tremendo  grito  de 
Sable  en  mano  y  carabina  á  la  espalda,  había  de  oirse 
siempre  en  las  filas  de  los  patriotas  uruguayos,  >  reper- 
cutiendo en  el  campo  brasilero  como  anuncio  de  aniquila- 
miento y  destrucción. 

4.  Primer  parte  oficial  de  la  batalla.  —  El  día 
13,  el  general  Lavalleja  dirigió  el  siguiente  parte  al  Co- 
misionado del  Gobierno  Oriental : 


-  109  - 

PARTE  OFICIAL  DE  LA  BATALLA,  MANDADO  POR  EL  SEÑOR 
GENERAL  DON  JUAN  ANTONIO  LA  VALLE  JA  AL  COMISIO- 
NADO DEL  GOBIERNO  ORIENTAL  EN  BUENOS  AIRES. 

Ya  no  es  posible  que  el  déspota  del  Brasil  espere  de 
la  esclavitud  de  esta  provincia  el  engrandecimiento  de  su 
Imperio.  Los  orientales  acaban  de  dar  al  mundo  un  tes- 
timonio indudable  del  aprecio  en  que  estiman  su  libertad. 
Dos  mil  soldados  de  caballería  brasilera  comandados  por 
el  coronel  Bentos  Manuel,  han  sido  completamente  de- 
rrotados en  el  día  de  ayer  en  la  costa  del  Sarandí,  por 
igual  fuerza  de  estos  valientes  patriotas  que  tuve  el  honor 
de  mandar.  Aquella  división,  tan  orgullosa  como  su  jefe, 
tuvo  la  audacia  de  presentarse  en  campo  descubierto, 
ignorando,  sin  duda,  la  bravura  del  ejército  que  insultaban. 

Vernos  y  encontrarnos  fué  obra  del  momento.  En  una 
ni  otra  línea  no  precedió  otra  maniobra  que  la  carga,  y 
ella  fué,  ciertamente,  la  más  formidable  que  puede  ima- 
ginarse. Los  enemigos  dieron  la  suya  á  vivo  fuego,  el 
cual  despreciaron  los  míos,  y  carabina  á  la  espalda,  y 
sable  en  mano,  según  mis  órdenes,  encontraron,  arrolla- 
ron y  sablearon  persiguiéndolos  más  de  dos  leguas,  hasta 
ponerlos  en  la  fuga  y  dispersión  más  completas,  siendo 
el  resultado  quedar  en  el  campo  de  batalla,  de  la  fuerza 
enemiga,  más  de  400  muertos,  470  prisioneros  de  tropa  y 
52  oficiales,  sin  contar  con  los  heridos  que  aún  se  están 
recogiendo  y  dispersos  que  ya  se  han  encontrado  y  to- 
mado en  diferentes  partes ;  más  de  2000  armas  de  todas 
clases,  10  cajones  de  municiones  y  todas  las  caballadas. 
Nuestra  pérdida  ha  consistido  en  un  oficial  muerto,  13 
de  la  misma  clase  heridos,  30  soldados  muertos  y  70  he- 
ridos. Los  señores  jefes  y  oficiales  y  tropa  son  muy  dig- 
nos del  renombre  de  valientes.  El  bravo  y  benemérito 
brigadier  inspector,  después  de  haberse  desempeñado  con 
la  mayor  bizarría  en  el  todo  de  la  acción,  corre  una  fuerza 
pequeña  que  ha  escapado  del  filo  de  nuestras  espadas. 


-  110  - 

En  la  primera  ocasión  detallaré  circunstanciadamente 
esta  memorable  acción,  pues  ahora  mis  muchas  atencio- 
nes no  me  lo  permiten. 

El  sargento  mayor  encargado  del  detall  de  este  ejér- 
cito, conductor  de  éste,  informará  á  usted  de  los  otros 
pormenores  de  que  apetezca  instruirse. 

Dios  guarde  á  usted  muchos  años.  —  Cuartel  general 
en  el  Durazno,  Octubre  13  de  1825.  — Juan  Antonio  La- 
valleja.  —  Al  señor  Comisionado  del  Gobierno  Oriental. 

5.  Parte  pormenorizado  de  la  misma.  —  El  parte 
pormenorizado  de  esta  acción  es  el  segundo,  que  Lava- 
lleja  pasó  con  fecha  26  de  Octubre,  el  que  reproducimos 
á  continuación: 

SEGUNDO  PARTE  OFICIAL  DE  LA  ACCIÓN    DEL  SARANDÍ 

«Después  de  reunirse  el  10  entre  el  segundo  y  tercer 
gajo  de  Mansevillagra  las  dos  divisiones  imperiales,  cons- 
tantes la  una  de  1400  hombres  al  mando  del  coronel 
Bentos  Manuel,  y  la  otra  de  600  al  mando  del  mayor 
Bentos  González,  ambas  fuerzas  de  caballería  escogida, 
según  se  manifiesta  en  las  comunicaciones  dirigidas  al 
citado  coronel  por  el  Vizconde  de  la  Laguna,  que  logré 
interceptar  oportunamente,  encontrándose  en  ellas  la  or- 
den de  dicho  general  para  que  se  persiguiese  y  conclu- 
yese con  el  ejército  de  mi  mando  antes  que  llegase  el 
fuego  de  la  revolución  á  la  Provincia  de  San  Pedro,  no 
dudé  un  instante  en  prepararme,  con  la  resolución  de  apro- 
vechar la  oportunidad  que  iba  á  presentarme  aquella  dis- 
posición del  vizconde,  dejándole  bien  arrepentido  de  su 
necia  confianza  y  con  testimonios  que  en  lo  sucesivo  le 
hiciesen  mirar  con  más  respeto  y  le  enseñasen  á  conocer 
los  enemigos  que  tan  fácilmente  pretendían  concluir. 

«Con  este  objeto  permanecí  aquel  día  sobre  el  arroyo 
de  la  Cruz  disponiendo  la  división  que  se   hallaba  á  mis 


-  113  -- 

dante  de  Dragones  Libertadores  don  Manuel  Oribe,  y  en 
la  reserva  el  coronel  de  las  Milicias  de  Maldonado  don 
Leonardo  Olivera. 

«Un  solo  instante  tardaron  los  enemigos  en  descargar  sus 
armas,  casi  alcanzando  á  tocar  con  ellas  á  los  soldados  de 
la  Patria,  los  cuales,  cumpliendo  el  juramento  que  acababan 
de  repetir  (de  preferir  la  muerte  á  la  ignominia  de  la  escla- 
vitud), siguieron  inalterables  hasta  desordenar  á  cuchilla- 
das toda  la  línea  enemiga,  que  no  pudiendo  resistir  á  los 
orientales  se  pusieron  en  desordenada  retirada,  en  la  cual 
hicieron  con  ella  sentir  más  el  rigor  de  nuestras  armas,  de- 
jando más  de  dos  leguas  de  campo  cubiertas  de  cadáveres, 
al  fin  de  cuya  distancia,  del  otro  lado  del  Sarandí,  pudie- 
ron hacer  una  reunión  que  contenía  37  oficiales  y  400  sol- 
dados, por  el  teniente  Alencastre,  la  cual  fué  rendida  des- 
pués de  haber  solicitado  se  les  tratase  como  prisioneros  de 
guerra.  En  esta  pequeña  suspensión,  los  jefes  Bentos  Ma- 
nuel y  Bentos  González  lograron  escapar  con  poco  más  de 
300  hombres,  que  aunque  fueron  seguidos  por  una  división 
alomando  del  señor  Inspector,  no  fué  posible  alcanzarlos. 
Los  enemigos  dejaron  133  heridos,  52  oficiales,  inclusos  3 
tenientes  coroneles,  521  soldados  prisioneros,  sin  contar  los 
heridos,  1200  carabinas,  1040  sables  útiles,  más  de  200  ro- 
tos, 650  pistolas,  50  lanzas,  1060  cananas,  10000  cartuchos 
de  carabina  á  bala,  y  todas  sus  caballadas,  cuyo  número  se 
aumentó  posteriormente,  habiéndose  rendido  el  día  14  al  te- 
niente Aguiar,  que  mandaba  una  partida  de  27  hombres, 
en  la  costa  del  Arroyo  Grande,  una  fuerza  de  16  oficiales, 
117  soldados,  con  80  tercerolas,  SO  sables  y  44  pistolas,  é 
igualmente  en  la  costa  de  Maciel  el  mayor  don  Pedro  Pin- 
tos con  8  soldados,  todos  armados. 

«  El  ejército  de  la  Patria  sufrió  la  pequeña  pero  sensible 
pérdida  del  capitán  don  Matías  Lasarte,  de  los  Dragones 
Libertadores,  y  34  soldados  muertos,  y  heridos  el  coronel 
don  Andrés  Latorre,  capitanes  don  Pedro  Correa,  don  Juan 
Salado,  don  Manuel  Wal  y  don  Cayetano  Píriz,  tenientes 


-  114  - 

don  Jerónimo  Berruerato,  don  Juan  Galván,  don  Luis  Do- 
nadí,  don  Tomás  Aguilera,  don  Felipe  Almeida  y  don  Juan 
Fernández,  los  alféreces  don  Abdón  Rodríguez,  don  Ma- 
nuel Andión  y  don  Francisco  Márquez,  y  67  soldados. 

«Ningún  premio  sería  bastante  digno  de  los  señores  jefes 
y  oficiales  y  tropa  que  se  han  hallado  en  esta  acción,  si  por 
ella  no  alcanzasen  el  heroico  renombre  de  Libertadores  de 
su  Patria.  —  Cuartel  General  en  Mercedes,  Octubre  20  de 
1825. — Juan  Antonio  Lavalleja. — Pedro  Lenguas,  en- 
cargado de  la  Mesa  de  guerra. » 

6.  Lugar  de  la  batalla.  —  Este  notable  encuentro 
se  verificó  en  el  actual  departamento  de  la  Florida,  al 
NE.  de  la  estación  Sarandí  Grande,  del  Ferrocarril  Cen- 
tral del  Uruguay.  El  arroyo  que  dio  nombre  á  la  batalla 
nace  en  la  cuchilla  Grande  Inferior,  y,  con  un  desarrollo 
de  32  kilómetros,  corre  en  general  hacia  el  N.  para  tri- 
butar en  el  río  Yí,  y  no  en  el  arroyo  de  Castro,  como 
aparece  en  algunos  mapas;  un  albardón,  ni  muy  elevado 
ni  muy  grande,  separa  la  vertiente  occidental  del  Castro 
de  la  oriental  del  Sarandí.  Los  campos  regados  por  estos 
arroyos  están  dedicados  á  la  ganadería  y  en  ellos  crecen 
las  hierbas  forrajeras  abundantes  y  ricas,  como  fecunda- 
dos por  los  cientos  de  cadáveres  de  ambos  combatientes 
sepultados  allí  durante  los  días  subsiguientes  á  la  ba- 
talla por  la  piedad  del  escaso  vecindario  de  esta  histó- 
rica y  gloriosa  comarca. 

7 .  Gestiones  del  general  Rivera  en  favor  de  la 
paz  con  el  BRASIL.  En  1824  Rivera  había  llevado  á  cabo 
algunos  trabajos  tendentes  á  sublevar  el  Estado  Cispla- 
tino  y  la  provincia  de  San  Pedro  del  Río  Grande,  para  que 
reunidos  á  varios  territorios  argentinos  formasen  una  nueva 
nacionalidad,  capaz  por  su  riqueza  y  posición,  de  servir  de 
contrapeso  á  la  ambición  avasalladora  del  Brasil  y  á  la  po- 
lítica centralista  de  Buenos  Aires;  pero  los  planes  del  cau- 


-  115  — 

dil lo  patriota  no  tuvieron  el  éxito  que  su  autor  cifraba  en 
ellos  (1). 

Después  de  la  cruzada  de  los  Treinta  y  Tres,  Rivera  se 
dirigió  á  los  jefes  riograndenses  Tomás  José  da  Silva  y 
José  Abreu,  encareciéndoles  la  conveniencia  de  que  inicia- 
sen trabajos  ante  el  Barón  de  la  Laguna,  encaminados  á 
evitar  la  efusión  de  sangre  de  los  pueblos  amigos,  á  condi- 
ción de  que  los  orientales  obtuviesen  la  completa  libertad 
é  independencia  de  la  patria,  á  cuyo  fin  podría,  como  paso 
previo,  estipularse  un  armisticio  entre  los  beligerantes;  pero 
esta  segunda  gestión  tampoco  dio  ningún  resultado. 

Sin  embargo,  Rivera  no  desmayó  en  sus  humanitarios  y 
levantados  sentimientos,  y  pocos  días  después  de  dada  la 
batalla  del  Sarandí,  iniciaba  por  tercera  vez  la  misma  ges- 
tión, dirigiendo  al  Comandante  general  de  armas  de  la  pro- 
vincia de  Río  Grande,  mariscal  don  José  de  Abreu,  una  co- 
municación en  análogo  sentido  que  las  anteriores,  pero  pre- 
viniéndole que  como  aquí  ya  no  había  enemigos  á  quie- 
nes combatir,  los  patriotas  pasarían  á  continuar  la  lucha 
en-territorio  brasilero,  lo  que,  mediante  su  influencia,  po- 
dría evitar  Abreu. 

Esta  actitud  patriótica  del  vencedor  del  Rincón  evidencia 
una  vez  más  su  entrañable  cariño  por  la  patria  y  su  gene- 
rosidad para  con  sus  enemigos,  que  incurrieron  en  el  error 
de  no  querer  interpretar  rectamente  los  móviles  del  ab- 
negado caudillo  uruguayo. 


( 1 )  Este  plan  de  Rivera  no  era  Bino  una  modificación  de  la  idea  de  Ar- 
tigas, quien  parece  que  soñaba  en  crear  una  nacionalidad  que  se  formaría 
con  la  Banda  Oriental,  el  Paraguay,  Río  Grande  del  Sur,  las  Misiones, 
Corrientes  y  Entre  Ríos,  cuya  extensión  territorial  habría  sido  de  un  mi- 
llón de  kilómetros  cuadrados,  bajo  la  hegemonía  de  la  primera.  Este  pro- 
yecto, con  ligeras  variantes,  lo  acariciaron  también  durante  sus  respecti- 
vos gobiernos  don  Venancio  Flores  y  el  general  don  Máximo  Santos. 


-  116  - 

BIBLIOGRAFÍA 

J.  Miguel  Díaz  Ferreira:  La  idea  de  Artigas  6  la  formación  de  la  Gran 
República  Oriental.  Buenos  Aires,  1898. 

Joaquín  Muñoz  Miranda  y  Luis  Calzada:  Prolwmbres  del  partido  nacional. 
Montevideo,  1896. 

Guillermo  Melián  Lafinur:  Los  patriotas  de  la  República  Oriental  del  Uru- 
guay. Estudio  político -histórico -popular.  Buenos  Aires,  1893. 

Varios:  Minas-Lavalleja :  Número  especial  ilustrado,  publicado  con  mo- 
tivo de  las  fiestas  de  la  inauguración  del  monumento  erigido  en  la  ciudad 
de  Minas  al  General  don  Juan  Antonio  Lavalleja  el  día  12  de  Octubre 
de  1902.  Montevideo,  1902. 


INCORPORACIÓN  Á  LA  ARGENTINA 


-  121  - 

En  la  ciudad  los  partidarios  de  la  guerra  comprometían 
diariamente  al  gobierno  de  Buenos  Aires  y  extremaban 
los  sucesos  borrando  en  la  noche  de  San  Pedro  las  ar- 
mas del  Imperio  que  estaban  colocadas  en  la  puerta  de 
la  casa  consular;  ultraje  que,  á  pesar  de  las  naturales 
reclamaciones,  no  obtuvo  ninguna  satisfacción  pública. 

La  ineficacia  de  las  gestiones  de  Pereira  Lobo  y  las 
no  menos  infructuosas  de  Sodré,  cónsul  brasilero  en  Bue- 
nos Aires,  decidieron  al  gobierno  de  Río  Janeiro  á  reem- 
plazarlo con  otro  funcionario  de  mayores  bríos,  recayendo 
el  nombramiento  en  el  capitán  Antonio  José  Falcao  da 
Frota,  el  cual  fué  reconocido  en  aquel  carácter  por  el 
gobierno  argentino  el  22  de  Julio  de  1825. 

No  le  costó  mucho  trabajo  ni  suspicacia  al  capitán  da 
Frota  darse  cuenta  de  la  situación  verdadera  de  las  rela- 
ciones entre  la  Argentina  y  el  Brasil,  de  modo  que  en 
cuanto  llegó  á  Buenos  Aires  dirigió  una  nota  á  su  go- 
bierno comunicándole  sus  temores  acerca  de  la  proximidad 
de  un  rompimiento  entre  los  dos  países,  y  lo  difícil  que  le 
sería-  sostenerse  por  mucho  tiempo  en  su  puesto,  dado  el 
espíritu  hostil  de  los  bonaerenses  y  los  rumbos  de  la  po- 
lítica argentina.  La  Asamblea  de  la  Florida,  el  acta  de 
incorporación,  el  nombramiento  de  Diputados  al  Congreso 
nacional,  el  glorioso  combate  del  Rincón  y  la  completa 
victoria  del  Sarandí  precipitaron  los  acontecimientos,  con 
firmando  los  vaticinios  del  agente  consular  y  político 
del  Brasil  y  obligando  á  este  país  á  prepararse  para  la 
guerra. 

2.  La  incorporación. — Desde  la  cruzada  de  los  Treinta 
y  Tres  se  venían  dibujando  en  el  horizonte  político  de 
Buenos  Aires  dos  partidos  importantes  que  concluyeron 
por  definirse  de  una  manera  tan  clara  y  terminante  que 
no  dejaba  lugar  á  dudas:  el  de  la  guerra  y  el  de  la  paz; 
el  que  aceptaba  la  anexión  de  la  Provincia  Oriental  y  el 
que  la  rechazaba  considerándola  perjudicial  para  los  in- 
tereses de  la  República  Argentina.  Entre  los   primeros 


—  122  - 

militaba  el  pueblo  irreüexivo  y  fácilmente  impresionable 
que,  considerando  al  Brasil  pobre  y  sin  medios  de  acción, 
y  á  la  Confederación  rica  y  con  aptitudes  para  vencer, 
contemplaba  fácil  la  victoria  sobre  el  Imperio,  sobre  todo 
desde  que  una  prensa  exaltada  y  amiga  de  la  causa  de 
los  orientales  así  se  lo  aseguraba  en  todos  los  tonos.  En- 
tre los  segundos  se  hallaban  el  circunspecto  gobierno  de  Las 
Heras,  el  Congreso  y  los  diplomáticos  incrédulos  y  des- 
confiados. Pero  como  la  prensa  de  Buenos  Aires  se  ma- 
nifestase más  partidaria  de  la  guerra  cada  día  y  la  acti- 
tud del  pueblo  era  bien  marcada  en  favor  de  la  anexión, 
el  gobierno  argentino,  abogando  más  por  su  estabilidad  en 
el  poder  que  por  la  causa  de  los  orientales,  púsose  de 
acuerdo  con  el  Congreso,  y  éste  entonces  se  resolvió  á 
aceptar  la  incorporación  anhelada  por  medio  del  siguiente 

DECRETO 

El  Congreso  General  de  las  Provincias    Unidas   del  Río 
de  la  Plata  ha  acordado  y  decreta  la  siguiente  ley: 

Artículo  1.°  De  conformidad  con  el  voto  uniforme  de 
las  Provincias  del  Estado,  y  con  el  que  deliberadamente 
ha  reproducido  la  Provincia  Oriental  por  órgano  legítimo 
de  sus  Representantes  en  la  ley  del  25  de  Agosto  del 
presente  año,  el  Congreso  General  Constituyente,  á  nom- 
bre de  los  pueblos  que  representa,  la  reconoce  de  hecho 
incorporada  á  las  Provincias  Unidas  del  Río  de  la  Plata, 
á  que  por  derecho  ha  pertenecido  y  quiere  pertenecer. 

Art.  2.°  En  consecuencia,  el  gobierno  encargado  del 
Poder  Ejecutivo  Nacional  proveerá  á  su  defensa  y  segu- 
ridad. 

Art.  3.°  Transcríbase  al  Poder  Ejecutivo  Nacional,  quien 


-  125  - 

pre  perteneció  por  los  vínculos  más  sagrados  que  el  mundo 
conoce.»  El  Congreso  General  de  las  Provincias  Unidas, 
á  quien  fué  elevada  esta  declaración,  no  podía  negarse, 
sin  injusticia,  á  usar  de  un  derecho  que  jamás  fué  dispu- 
table, ni  dejar,  sin  deshonor  y  sin  impudencia,  abando- 
nada á  su  propio  destino  una  población  armada,  valiente 
é  irritada  y  capaz  de  los  últimos  extremos  en  defensa  de 
sus  derechos.  Por  ello  es  que  en  sesión  del  25  del  pasado 
mes  de  Octubre  ha  sancionado:  «Que  de  conformidad  con 
el  voto  uniforme  de  las  provincias  del  Estado,  y  del  que 
deliberadamente  ha  producido  la  Provincia  Oriental  por  el 
órgano  legítimo  de  sus  representantes  en  la  ley  de  25  de 
Agosto  del  presente  año,  el  Congreso,  á  nombre  de  los 
pueblos  que  representa,  la  reconoce  de  hecho  reincorporada 
á  la  República  de  las  Provincias  Unidas  del  Río  de  la 
Plata,  á  que  por  derecho  ha  pertenecido  y  quiere  perte- 
necer. 

« Por  esta  solemne  declaración,  el  gobierno  general  está 
comprometido  á  proveer  á  la  defensa  y  seguridad.de  la 
Provincia  Oriental.  El  llenará  su  compromiso  por  cuantos 
medios  estén  á  su  alcance,  y  por  los  mismos  acelerará  la 
evacuación  de  los  dos  únicos  puntos  militares  que  guar- 
necen aún  las  tropas  de  S.  M.  I. 

« El  que  subscribe  está  al  mismo  tiempo  autorizado  para 
declarar:  — Que  en  esta  nueva  situación  el  gobierno  de  las 
Provincias  Unidas  conserva  el  mismo  espíritu  de  mode- 
ración y  de  justicia  que  sirve  de  base  á  su  política,  y  que 
ha  dirigido  las  tentativas  que  ha  repetido  hasta  aquí  en 
vano,  para  negociar  amigablemente  la  restitución  de  la 
Provincia  Oriental,  y  del  cual  dará  nuevas  pruebas  cuan- 
tas veces  su  dignidad  se  lo  permita.  — Que  en  todos  casos 
no  atacará  sino  para  defenderse  y  obtener  la  restitución  de 
los  puntos  aún  ocupados,  reduciendo  sus  pretensiones  á 
conservar  la  integridad  del  territorio  de  las  Provincias  Uni- 
das, y  garantir  solemnemente  para  lo  futuro  la  inviolabi- 
lidad de  sus  límites  contra  la  fuerza  ó  la  seducción. 


-  126  - 

«En  tal  estado,  y  después  de  haber  hecho  conocer  al 
Illmo.  y  Excmo.  señor  Ministro  de  Estado  y  de  Relacio- 
nes Exteriores  del  Imperio  del  Brasil  las  intenciones  y  de- 
seos del  gobierno  de  las  Provincias  Unidas  del  Río  de  la 
Plata,  resta  añadir  que  penderá  únicamente  de  la  volun- 
tad de  S.  M.  I.  el  establecer  una  paz  demasiado  preciosa 
á  los  intereses  de  los  Estados  vecinos,  y  aun  de  todo  el 
continente. 

«El  que  subscribe  saluda,  etc.  — Manuel  José  García. 
—  Illmo.  y  Excmo.  señor  Luis  José  de  Carvalho  y  Meló, 
etc.,  etc.» 

3.  Efectos  de  la  incorporación  en  la  Banda  Orien- 
tal.—  Una  vez  conocidos  en  la  Banda  Oriental  los  he- 
chos que  quedan  expuestos,  sus  habitantes  los  celebraron 
con  fiestas  de  todas  clases,  siendo  mayor  su  regocijo  cuando 
Lavalleja  fué  confirmado  en  las  funciones  de  jefe  del  Po- 
der Ejecutivo  de  la  Provincia.  Con  tal  motivo  éste  dirigió 
á  sus  conciudadanos  una  patriótica  proclama  diciéndoles : 
«Yo  os  juro  ante  el  cielo  y  la  patria  que  antes  que  ex- 
pire el  término  de  la  ley,  y  tan  luego  como  las  circunstan- 
cias lo  permitan,  conservaré  y  pondré  en  manos  de  vues- 
tros representantes  la  autoridad  que  se  me  ha  confiado. 
Juro  también  ser  el  más  sumiso  y  obediente  á  las  leyes 
y  decretos  del  soberano  Congreso  y  Gobierno  nacional  de 
la  República.  Os  prometo  también  alejar  de  mí,  en  cuanto 
me  permita  la  condición  de  hombre,  las  personalidades, 
los  odios,  los  cobardes  recelos.  Conozco  que  no  soy  el  ar- 
bitro, sino  el  garante  del  poder  que  me  habéis  confiado. 
No  quiera  Dios  que  yo  abuse  de  la  autoridad  para  opri- 
miros, ó  que  os  niegue  la  protección  de  las  leyes  ;  pero 
tampoco  permita  que  me  vea  en  el  duro  caso  de  ejercitar 
su  rigor  contra  el  culpado  que  la  despreciare.  — ¡Pueblos! 
Ya  están  cumplidos  vuestros  más  ardientes  deseos ;  ya 
estamos  incorporados  á  la  nación  argentina  por  medio  de 
nuestros  representantes ;  ya  estamos  arreglados  y  armados. 
Ya  tenemos  en  la  mano  la  salvación  de  la  patria.  Pronto 


-  127  - 

veremos  en  nuestra  gloriosa  lid  las  banderas  de  las  pro- 
vincias hermanas  unidas  á  la  nuestra.  Ya  podemos  decir 
que  reina  la  dulce  fraternidad,  la  sincera  amistad,  la  misma 
confianza!. . .» 

En  esos  días  dirigió  otra  proclama  <  á  los  continentales 
pobladores  en  los  territorios  de  su  jurisdicción»...  «Ac- 
ción del  Sarandí!...  ¡12  de  Octubre  ! . . .  les  decía. 
¡Ved  ahí  que  acaba  de  esparcirse  un  torrente  de  sangre 
americana  sólo  por  complacer  la  sacrilega  sed  del  cruel 
Pedro  y  de  los  mandones  europeos!  ¿Qué  os  interesa  á 
vosotros  que  pese  también  su  férreo  yugo  sobre  vuestros 
hermanos  los  Orientales?  ¿Qué  gloria,  qué  honor,  qué  in- 
terés noble  os  conduce  á  mataros  con  nosotros  ? . . .  No 
halaguéis,  pues,  por  más  tiempo  á  esos  verdugos  y  opre- 
sores sacrificándoos  sin  más  objeto  que  satisfacer  su  or- 
gullo y  codicia  en  la  dominación  de  esta  provincia.  Aban- 
donadlos á  la  ira  del  cielo  y  de  los  hombres  en  la  carrera 
de  sus  negros  crímenes.  Abandonadlos  antes  que  el  fuerte 
ejército  de  las  Provincias  Unidas  que  corre  á  asegurar  la 
integridad  y  sistema  del  país,  encuentre,  en  vez  de  tran- 
quilos y  útiles  moradores,  enemigos  obstinados  de  nuestra 

justa  LIBERTAD.  .  .  » 

4.  Declaración  de  guerra. —La  respuesta  del  Bra- 
sil á  la  nota  del  Ministro  García  fué  la  inmediata  decla- 
ración de  guerra  á  la  República  Argentina,  según  los  tér- 
minos del  siguiente  documento: 

«Habiendo  el  Gobierno  de  las  Provincias  Unidas  del 
Río  de  la  Plata  practicado  actos  de  hostilidad  contra  este 
Imperio,  sin  provocación  y  sin  preceder  declaración  ex- 
presa de  guerra,  prescindiendo  de  las  formas  recibidas  en- 
tre las  naciones  civilizadas,  conviene  á  la  dignidad  de  la 
nación  brasileña,  y  al  orden  que  debe  ocupar  entre  las 
potencias,  que  YO,  habiendo  oído  mi  consejo  de  Estado, 
declare,  como  -declaro,  la  guerra  á  las  dichas  provincias  y 
su  gobierno.  Por  tanto  ordeno  que  por  mar  y  tierra  se  les 
hagan  todas  las  hostilidades  posibles,  autorizando  el  corso 


-  128  -- 

y  el  armamento  que  quieran  emprender  mis  subditos  con- 
tra aquella  nación ;  declarando  que  todas  las  tomas  y  pre- 
sas, cualquiera  que  sea  su  calidad,  pertenecerán  comple- 
tamente á  los  aprehensores,  sin  deducción  alguna  en  be- 
neficio del  erario  público. 

«Así  lo  tenga  entendido  el  supremo  Consejo  militar,  y  lo 
haga  publicar,  remitiendo  éste  por  copia  á  las  estaciones 
competentes  y  fijándolo  por  edictos.  —  Palacio  de  Río  de 
Janeiro,  10  de  Diciembre  de  1825,  4.°  de  la  Independen- 
cia y  del  Imperio.— Con  la  firma  deS.  M.  I.  — Vizconde 
de  Santo  Amaro.  » 

5.  Ocupación  de  la  fortaleza  de  Santa  Teresa.  — 
La  gloriosa  batalla  del  Sarandí  no  fué  el  último  triunfo 
de  los  patriotas  en  el  territorio  oriental,  pues  mientras  que 
Lavalleja  se  aproximaba  al  sitio  de  Montevideo  á  la  ca- 
beza de  900  jinetes,  Leonardo  Olivera,  destacado  hacia  el 
este,  mortificaba  de  todas  maneras  al  enemigo  por  el  de- 
partamento de  Maldonado,  al  extremo  de  atreverse  á  medir 
sus  fuerzas  con  una  regular  división  que  guardaba  al 
fuerte  de  Santa  Teresa,  del  cual  se  hizo  dueño  el  valiente 
oficial  después  de  haberlo  asaltado  en  la  madrugada  del 
31  de  Diciembre  de  1825  ( l ). 

Con  esta  serie  de  triunfos  el  enemigo  quedó  reducido 
á  la  posesión  de  las  plazas  de  Montevideo  y  la  Colonia, 
de  modo  que  al  cerrarse  el  año  xxv  los  dueños  de  la  cam- 
paña oriental  eran  exclusivamente  los  patriotas. 

BIBLIOGRArlA 

Adolfo  Saldías:  Historia  de  la  Confederación  Argentina.  Buenos  Aires,  1892. 

Mariano  A.  Pelliza :  Historia  de  la  Argentina.  Buenos  Aires,  1889. 

Vicente  F.  López:  Historia  de  la  República  Argentina,  su  origen,  su  re- 
volución y  su  desarrollo  político  hasta  1852.  Buenos  Aires,  1892. 

Mariano  A.  Pelliza :  Glorias  Argentinas.  Batallas,  Paralelos,  Biografías  y 
Cuadros  históricos.  Buenos  Aires,  1888. 


( 1 )  Algunos  historiadores  afirman  que  Olivera  entró  sin  obstáculo  nin- 
guno en  la  fortaleza  de  Santa  Teresa,  abandonada  desde  el  día  anterior 
por  las  tropas  imperiales. 


PRIMEROS  CONFLICTOS 


capitulo  vm 

PRIMEROS  CONFLICTOS 

(1826) 

SUMARIO:  1.  Preliminares  de  la  guerra. —2.  Pataje  del  ejército  argen- 
tino. —  3.  Acción  del  Cerro.  —  4.  Organización  de  una  escuadra  y  cam- 
paña naval  de  Brown.  —  5.  Ambiciones  y  rebeldías  de  Lavalleja. — 
6.  Equívoca  actitud  de  Rivera.  —  7.  Organización  administrativa. — 
8.  Insurrección  riverista. — 9.  Organización  del  ejército  aliado. —  10.  Ve- 
nida del  Emperador  al  teatro  de  la  guerra. 

1.  Preliminares  de  la  guerra.  — Declarada  la  gue- 
rra, el  Brasil  se  preparó  para  aumentar  los  contingentes 
de  tropas  con  que  ya  contaba  en  la  Banda  Oriental,  en- 
viando por  el  lado  del  Yaguarón  nuevos  refuerzos  al 
mando  de  Calderón,  otros  por  el  Cuareim  á  las  órdenes 
de  Abreu  y  Barreto,  y  una  división  de  500  hombres  por 
el  Chuy.  Simultáneamente  la  escuadra  brasilera,  aprove- 
chándose de  la  soledad  y  el  desamparo  en  que  se  hallaba 
la  isla  de  Martín  García,  se  apoderaba  de  ésta  convirtién- 
dola en  apostadero,  á  la  vez  que  el  almirante  Lobo  de- 
claraba bloqueados  todos  los  puertos  situados  en  ambas 
orillas  del  Plata,  exceptuando  Montevideo  y  la  Colonia,  de 
los  cuales  estaba  posesionado. 

Lavalleja,  por  su  parte,  no  se  descuidaba,  y  compren- 
diendo que  el  número  de  patriotas  que  habían  respondido 
á  su  llamamiento  era  muy  inferior  á  las  numerosas  y  nu- 
tridas divisiones  imperiales,  lanzó  un  enérgico  manifiesto 
llamando  á  todos  los  orientales  para  que  empuñasen  las 
armas  y  se  dispusiesen  á  defender  la  libertad  de  la  pro- 


-  132  - 

vincia.  Hacíales  ver  el  peligro  que  ésta  corría  y  la  peren- 
toria necesidad  de  allegar  todos  los  recursos  de  que  pu- 
dieran disponer  para  combatir  á  los  intrusos. 

El  gobierno  de  Buenos  Aires,  á  su  vez,  no  perdía  el  tiempo, 
procediendo  el  Congreso  á  facultar  al  Poder  Ejecutivo  para 
que  resistiese  á  la  guerra  á  que  lo  provocaba  el  Brasil; 
decretaba  el  corso,  ponía  bajo  su  mando  el  ejército  regu- 
lar y  las  milicias,  y  elevaba  á  la  categoría  de  brigadieres 
generales  á  don  Juan  Antonio  Lavalleja  y  á  don  Fruc- 
tuoso Rivera.  En  cuanto  á  los  Treinta  y  Tres  patriotas, 
acordábales  una  renta  vitalicia  por  su  heroica  conducta,  si 
bien  Lavalleja,  con  un  desprendimiento  que  siempre  hon- 
rará su  nombre,  declinó  la  dádiva,  sin  dejar  de  agradecerla. 
«Momentos  eran  aquéllos  de  lucha,  no  de  superfluas  rega- 
lías » — dice  el  señor  Sosa. 

A  imitación  del  jefe  de  la  Cruzada,  «Las  Heras  —  dice 
el  doctor  Berra  —  dirigió  una  circular  á  los  gobernadores 
de  las  provincias  exhortándolos  á  que  avivaran  el  senti- 
miento público  y  á  que  tomaran  medidas  capaces  de  pre- 
caverse contra  toda  contingencia  opuesta  á  los  intereses  de 
la  guerra,  y  expidió  una  proclama  á  los  argentinos  en 
general,  llamándolos  á  las  armas  en  nombre  de  la  liber- 
tad, y  otra  particular  á  los  orientales,  en  que  les  decía: 
«Ocupáis  el  puesto  que  se  os  debe  de  justicia:  formáis  la 
primera  división  del  ejército  nacional:  lleváis  la  vanguar- 
dia en  esta  guerra  sagrada;  que  los  oprimidos  empiecen  á 
esperar  y  que  los  viles  opresores  sientan  luego  el  peso  de 
vuestras  armas.  Esa  vuestra  patria,  tan  bella  como  heroica, 
sólo  produce  valientes;  acordaos  de  que  sois  orientales,  y 
este  nombre  y  esta  idea  os  asegurarán  el  triunfo. » 

Apreciando  estos  acontecimientos,  el  señor  Pelliza  dice 
que  « la  declaración  de  guerra  al  Brasil  había  enardecido 
la  fihja,  patriótica  en  los  pueblos,  y  si  no  de  todos,  de  la 
mayor  parte  salían  contingentes  de  hombres  buscando  la 
incorporación  al  ejército  de  la  República.  El  sentimiento 
de  la  dignidad  ultrajada  marcaba  un  mismo  nivel  en  todos 


-  135  - 

sensatez  de  Las  Heras  y  la  prudencia  de  su  ministro  Gar- 
cía se  habían  estrellado  ya  contra  la  actitud  del  pueblo 
argentino,  de  modo  que,  dejándose  deslizar  por  la  pendiente 
de  los  acontecimientos,  llamaron  al  almirante  irlandés 
don  Guillermo  Brown,  al  servicio  de  las  Provincias  desde 
la  revolución  de  Mayo,  y  le  confiaron  la  organización  de 
una  escuadra  capaz  de  luchar  con  ventaja  con  la  que 
mandaba  Pereira  Lobo. 

Desgraciadamente  Brown  sólo  pudo  armar  dos  bergan- 
tines, el  Belgrano  y  el  Bakarce,  que  se  hallaban  fondea- 
dos en  los  Pozos  (rada  de  Buenos  Aires),  cuando  apareció 
la  flota  imperial,  compuesta  de  más  de  treinta  buques  ma- 
yores. (Enero  14.)  «La  conducta  del  almirante  en  ese  día 
fué  admirable  por  su  decisión  —  dice  el  señor  Pelliza.  — 
No  pudiendo  hacer  frente  á  la  marina  enemiga,  se  arrojó 
sobre  dos  de  sus  buques  que  se  hallaban  cortados  de  la 
línea,  para  trabar  combate,  pero  éstos  no  aceptaron  la  lu- 
cha, y  soltando  velas  se  alejaron  á  todo  trapo.  Toda  esta 
maniobra  la  contemplaba  el  pueblo  entusiasmado  desde 
'la  ribera.  Este  patriótico  entusiasmo  le  valió  al  gobierno 
la  adquisición  de  buques  marinos  para  mejorar  las  condi- 
ciones precarias  de  la  escuadra  por  las  donaciones  cuantio- 
sas que  afluyeron  á  las  arcas  del  Estado  y  el  alistamiento 
de  voluntarios  para  servir  en  los  buques  de  guerra.  Muy 


]o  hicieron,  pero  como  el  viento  era  muy  fuerte,  los  emboscados  no  oyeron 
hasta  la  tercera  descarga,  y  cuando  se  movieron,  ya  la  fortaleza  del  Cerro 
había  disparado  un  cañonazo  en  señal  de  alarma.  Los  enemigos  montaron 
inmediatamente,  y  comenzaron  á  huir.  Pero  no  fué  tan  pronto  que  los 
nuestros  no  los  alcanzaran  y  cayeran  sobre  ellos  como  leones.  Sesenta  ó 
setenta  quedaron  en  el  campo,  y  fueron  lanceándolos  hasta  bajo  los  fuegos 
de  la  fortaleza.  Este  acontecimiento  tuvo  lugar  cuatro  dfas  después  de  la 
batalla  naval  de  la  Colonia,  ganada  por  el  almirante  Brown,  que  fué  el  9 
de  Febrero  de  182?,  día  que  recuerda  la  patria  con  entusiasmo.  Aquel  día 
fué  el  de  la  primera  victoria  conseguida  por  Oribe  con  soldados  que  lucha- 
ban bajo  su  mando  exclusivo  ;  la  acción  de  aquel  día  es  una  de  las  que 
más  recomiendan  su  hoja  de  servicios,  y  ella  lo  colocó  en  el  número  de 
los  primeros  jefes  de  la  segunda  emancipación.  » 


—  138  - 

destitución  del  almirante  de  la  escuadra  brasilera  Rodrigo 
Lobo,  que  fué  reemplazado  por  James  Norton. 

A  estos  combates  siguieron  otros  muchos  no  menos  san- 
grientos, aunque  ninguno  decisivo,  pues  si  el  Imperio  acu- 
mulaba fuerzas  poderosas  en  las  aguas  del  Plata  para  lo- 
grar destruir  el  poder  naval  de  los  argentinos,  éstos  no  se 
arredraban  y,  aguijoneados  por  el  ejemplo  de  Brown,  lu- 
charon con  éxito  más  de  una  vez,  y  con  gloria  siempre. 

5.  Ambiciones  y  rebeldías  de  Lavalleja.  —  « Ce- 
diendo á  la  preocupación  funesta  de  que  se  han  de  pre- 
miar con  la  más  alta  función  ejecutiva  los  servicios  hechos 
en  la  carrera  de  las  armas  — dice  el  doctor  Berra  en  su 
Bosquejo  histórico— se  designó  al  general  Lavalleja  para  el 
empleo  de  gobernador,  facultándolo  para  nombrar  dele- 
gado cuando  no  pudiera  atender  el  empleo  por  sí  mismo, 
cuya  imposibilidad  había  de  manifestarse  desde  luego, 
puesto  que  no  era  conciliable  la  estabilidad  que  requiere 
el  ejercicio  del  gobierno,  con  la  continua  movilidad  que 
imponen  las  necesidades  de  la  guerra. 

«  Por  otra  parte,  Lavalleja,  que  carecía  de  dotes  mili- 
tares, era  menos  apto  aún  para  desempeñar  el  Poder  Eje- 
cutivo, pues  era  de  mediana  inteligencia  y  no  había  reci- 
bido preparación  alguna  para  las  funciones  del  gobierno. 
No  obstante,  su  amor  propio,  que  ya  empezaba  á  degene- 
rar en  vanidad,  le  indujo  á  ejercer  personalmente  el  poder 
hasta  el  22  de  Septiembre  de  1825,  día  que  lo  delegó  en  un 
triunvirato,  y  á  hacerse  cargo  de  él  nuevamente  el  7  de 
Abril,  cuando  más  necesarios  iban  á  ser  sus  servicios  en 
la  campaña.  Muchas  reflexiones  le  hicieron  sus  amigos,  y 
aún  el  gobierno  nacional,  por  disuadirlo,  entre  las  cuales 
no  eran  las  menos  poderosas  las  que  se  referían  á  la  riva- 
lidad del  general  Rivera,  que  se  pretendía  á  su  vez  con 

el  resto  de  la  escuadra  imperial  se  retiró,  si  bien  no  pudo  llevarse  á  la 
fragata,  que  dejó  bastante  destrozada,  y  sin  vida  á  su  distinguido  jefe  Luis 
Barroso  Pereira,  que  cayó  como  un  valiente  al  pie  de  su  bandera,  man- 
dando la  pelea  basta  el  momento  de  expirar. 


-  139  - 

mayores  méritos  y  capacidad  que  su  compadre,  y  más  me- 
recedor, por  consecuencia,  de  las  distinciones  de  que  era 
objeto.  Pero  todo  fué  inútil. 

«Los  inconvenientes  de  tal  situación  se  hicieron  sentir 
al  poco  tiempo  tan  vivamente,  que  la  Junta  de  Represen- 
tantes tuvo  que  recurrir  á  su  autoridad  legislativa  para  re- 
mediar el  mal,  decretando  el  5  de  Julio  que  el  gobernador 
delegara  el  gobierno  de  la  Provincia  en  la  persona  de  don 
Joaquín  Suárez,  quedando  éste  investido  con  las  mismas 
facultades  y  sujeto  á  todas  las  responsabilidades  del  go- 
bernador propietario.  La  delegación  duraría  todo  el  tiempo 
que  el  general  Lavalleja  estuviese  afecto  al  servicio  na- 
cional. » 

En  cuanto  á  las  rebeldías  de  Lavalleja,  son  tan  noto- 
rias, que  no  las  niegan  ni  aún  sus  más  entusiastas  parti- 
darios, como  don  Carlos  Roxlo,  por  ejemplo,  que  sin  hacer 
capítulo  de  cargos  contra  su  héroe,  las  enumera  en  su  in- 
teresante y  erudito  opúsculo  titulado  Los  Treinta  y  Tres. 
«En  el  mismo  archivo  de  la  Inspección  General  de  -Armas 
—  dice  —  se  encuentra  otra  nota  dirigida  al  general  Lava- 
lleja por  el  señor  Julián  S.  de  Agüero,  Ministro  de  Go- 
bierno de  la  Confederación.  En  esa  nota,  que  lleva  la  fe- 
cha del  16  de  Julio  de  1826,  el  señor  Agüero  se  queja  de 
que  Lavalleja  no  ha  cumplido  ninguna  de  las  leyes  y  reso- 
luciones dictadas  por  el  Congreso  General  Confederado 
desde  el  principio  de  la  guerra  con  el  Brasil.  En  primer 
lugar,  observa  el  señor  Agüero  que  las  aduanas  de  la  Pro- 
vincia y  los  impuestos  provinciales  no  han  sido  entregados, 
á  la  vigilancia  de  los  administradores  del  tesoro  común  á 
todos  los  pueblos  confederados  ( 1 ),  y  dice  á  este  respecto 

(1)  Téngase  presente  que  una  vez  que  Rivadavia  subió  al  poder  (Febrero 
8  de  1826),  planteó  ante  el  Congreso  la  cuestión  relativa  al  régimen  de  go- 
bierno, y  que  consultadas  las  Provincias  sobre  el  particular,  Entre  Ríos, 
Santa  Fe,  Córdoba,  Santiago  del  Estero,  San  Juan  y  Mendoza  se  decla- 
raron por  la  federación;  Tucumán,  Salta,  .Tujui,  y  La  Rioja  por  la  forma 
unitaria,  y  Corrientes,  Misiones,   Montevideo,  Catamarca,  San  Luis  y  Ta- 


-  140  - 

el  señor  Agüero  en  la  nota  citada:  «Sin  embargo,  el  señor 
gobernador,  á  quien  aquella  ley  fué  comunicada  oportuna- 
mente, aunque  no  ha  resistido  su  cumplimiento,  ha  obrado 
de  modo  que  manifiesta  cuáles  son  sus  ideas  á  este  res- 
pecto. Él  se  ha  desentendido  de  lo  que  fué  prescripto  por 
el  decreto  de  21  de  Marzo.  No  sólo  no  se  han  remitido 
las  razones  que  por  el  artículo  2.°  se  pedían,  ni  se  han 
considerado  como  pertenecientes  al  tesoro  general  los  im- 
puestos que  se  recaudan  en  las  Aduanas  de  la  Provincia, 
sino  que  ha  dado  reglamentos  particulares  que  no  eran  ya 
de  su  atribución  después  de  aquella  ley;  ha  nombrado  em- 
pleados y  ha  obrado  con  absoluta  independencia  de  la  au- 
toridad nacional. »  En  la  segunda  parte  de  la  nota  citada, 
se  queja  también  el  señor  Agüero  de  que  Lavalleja  tam- 
poco ha  cumplido  con  lo  resuelto  por  el  Congreso  General, 
de  que  se  consultase  la  voluntad  de  la  Provincia  sobre  la 
forma  de  gobierno  á  que  quería  someterse,  y  agrega  la 
nota:  «Esa  resolución  ha  sido  comunicada  al  señor  gober- 
nador de  la  Provincia  Oriental;  se  le  ha  exigido  con  repe- 
tición y  puntual  observancia;  se  le  ha  recomendado  con 
interés  la  reunión  de  la  honorable  Junta  de  Representan- 
tes de  la  Provincia  para  que  delibere  sobre  negocios  de 
tanta  importancia.  Sin  embargo,  hasta  la  fecha  no  se  ha 
integrado  la  representación  de  la  Provincia  Oriental  en  el 
Congreso,  ni  se  ha  manifestado  su  opinión  sobre  la  forma 
de  gobierno  que  á  su  juicio  es  más  conveniente  á  la  pros- 
peridad y  á  los  intereses  generales  del  Estado.  Entre  tanto, 
el  Congreso  General  desde  hoy  empieza  ya  á  ocuparse  de 
aquel  gravísimo  negocio,  con  el  disgusto  de  que  por  la 
Provincia  Oriental  no  se  hayan  llenado  los  importantes 
objetos  que  se  propuso  en  la  resolución  citada  del  30  de 
Junio. »  En  la  tercera  parte  de  esa  misma  nota,  se  queja  el 


rija  declararon  que  su  voto  lo  comprometían  por  el  régimen  de  gobierno 
que  sancionase  el  Congreso.  Éste  adoptó  la  forma  republicana  unitaria  el 
19  de  Julio  del  expresado  año. 


-  141  — 

señor  agüero  de  que  tampoco  el  general  Lavalleja  haya 
cumplido  la  ley  del  Congreso  que  declaraba  nacionales  las 
tropas  veteranas  ó  pagadas  como  permanentes.  Y  dice  la 
nota:  «Van,  sin  embargo,  corridos  cerca  de  seis  meses,  y  el 
señor  general  Lavalleja  aún  no  ha  puesto  á  disposición 
del  señor  general  en  jefe  las  que  estaban  antes  bajo  sus 
órdenes;  él  se  empeña  en  considerarlas,  contra  el  texto 
expreso  de  las  leyes,  como  un  ejército  particular  de  la  Pro- 
vincia.» 

De  lo  transcripto  se  deduce  que  el  héroe  del  Sarandí  no 
conceptuaba  como  recursos  de  la  Confederación  las  escasas 
rentas  que  á  la  sazón  producía  la  Provincia  Oriental;  que 
no  tenía  empeño  en  que  ésta,  por  medio  de  sus  delegados, 
ratificase  las  ideas  anexionistas  de  la  Asamblea  de  la  Flo- 
rida, y  finalmente,  que  tampoco  consideraba  como  ejército 
nacional  el  que  él  y  sus  parciales  habían  logrado  reunir 
para  luchar  contra  el  Imperio;  todo  lo  que  está  en  abierta 
contradicción  con  sus  protestas,  escritos,  proclamas  y  ju- 
ramentos anteriores  que  hemos  mencionado  en  el  curso  de 
la  presente  obra. 

Por  último,  las  fuerzas  orientales  fueron  incorporadas  al 
ejército  argentino,  pero  de  tal  forma,  que  el  general  Rivera 
no  pudo  menos  de  observar  á  su  compañero  de  glorias 
que,  al  fraccionarlas,  destinándolas  por  pelotones  á  dife- 
rentes cuerpos,  quedaba  de  hecho  rota  la  unidad  de  las 
divisiones  de  la  Provincia,  se  aniquilaban  sus  fuerzas  y  se 
desgarraba  su  autonomía,  verdadero  fin  perseguido  desde 
los  tiempos  de  Artigas.  Parece  que  « Rivera  —  dice  el  señor 
De -María  — suspicaz  y  caviloso,  creía  ver  en  esa  medida 
un  fin  político  de  mal  agüero,  una  tendencia  á  dislocar 
los  elementos  orientales,  que  respondería  quizás  á  ulterio- 
res miras  de  absorción  ó  dominación.  En  ese  sensible  des- 
concierto y  vistas  opuestas,  tomaron  cuerpo  las  prevencio- 
nes de  ambos  jefes,  se  agriaron  los  ánimos  y  resurgieron 
antiguas  rivalidades  que  obligaron  á  Rivera  á  separarse 
de  las  filas,  pasando  á  las  del  ejército  del  general  Martín 


-  142  - 

Rodríguez,  que  se  hallaba  en  San  José  del  Uruguay,  y  al 
cual  marchó  á  presentarse.» 

6.  Equívoca  actitud  de  Rivera.  — Sabiendo  el  gene- 
ral Rodríguez  que  Bentos  Manuel  se  encontraba  en  la  re- 
gión del  Cuareim,  ordenó  á  Rivera  que  lo  persiguiera  hasta 
obligarlo  á  transponer  aquel  río,  con  lo  cual  se  conseguiría 
despejar  completamente  la  frontera  noroeste  del  territorio 
oriental  é  impedir  que  el  vencido  del  Sarandí  se  apoderase 
de  la  incalculable  cantidad  de  ganado  que  á  la  sazón  exis- 
tía entre  el  Cuareim  y  el  Arapey.  Hízolo  así  Rivera,  pero 
según  varios  historiadores,  con  tanta  lentitud  ó  con  tan 
poca  suerte,  ( que  una  de  las  dos  circunstancias  puede  ha- 
ber mediado,  ó  tal  vez  ambas),  que  el  enemigo  tuvo  tiempo 
de  ponerse  á  salvo  de  un  seguro  contraste.  Se  frustró, 
pues,  la  operación  proyectada  por  Rodríguez  y  emprendida 
por  Rivera,  dando  pie  á  que  los  enemigos  de  éste  dijesen 
que  había  hecho  traición  á  la  causa  que  defendía.  Tam- 
poco falta  quien  diga  que  el  general  Rodríguez  quiso  so- 
meter á  un  consejo  de  guerra  al  héroe  del  Rincón,  pero 
aunque  fuese  así,  el  dictado  de  traidor  hubiera  dependido 
del  fallo  del  Consejo;  Consejo  que  no  llegó  á  reunirse  y 
fallo  que  jamás  se  dio. 

Lo  propio  podría  decirse  respecto  de  Lavalleja,  cuando  la 
Colonia  estaba  sitiada  por  Brown,  quien  privado  durante 
muchos  días  del  contingente  que  debía  aportarle  en  deter- 
minado día  al  almirante  argentino,  apareció  frente  á  los 
muros  de  la  ciudad  portuguesa  con  un  atraso  tan  enorme 
que  anuló  el  proyecto  del  intrépido  marino  irlandés,  con  pe- 
ligro de  que  sucumbiera  la  escuadra  de  su  mando.  El  caso 
es  idéntico,  aunque  pudo  ser  de  consecuencias  más  fatales 
que  la  fracasada  persecución  de  Bentos  Manuel,  y,  sin  em- 
bargo, nadie  interpreta  como  una  traición  de  Lavalleja  su 
tardía  aparición   ante  las  murallas  de   la  ciudad   sitiada. 

7.  Organización  administrativa.  —  Mientras  que  los 
celos  y  la  mala  fe  trabajaban  de  consuno  para  separar  á 
Rivera  de  Lavalleja,  y  la  indisciplina  cundía  entre  las 


-  143  - 

tropas  de  la  Provincia,  y  se  agrandaba  la  tendencia  ab- 
sorbente de  Buenos  Aires,  la  Junta  de  Representantes, 
patrióticamente  secundada  por  el  gobierno  local  de  don 
Joaquín  Suárez,  que  tenía  su  asiento  en  Canelones,  decre- 
taba la  abolición  de  los  Cabildos ;  prohibía  á  las  autori- 
dades establecer  impuestos,  los  cuales  centralizaba;  decla- 
raba la  libertad  de  industria,  la  de  la  expresión  de  las 
ideas  de  palabra  ó  por  escrito;  regularizaba  el  presupuesto; 
hacía  responsables  á  los  ministros  por  sus  actos  como  fun- 
cionarios ;  creaba  escuelas  en  todos  los  pueblos  de  la  Pro- 
vincia y  fundaba  la  Escuela  Normal;  fijaba  en  40  el  nú- 
mero de  sus  diputados  y  dividía  el  país  en  nueve  depar- 
tamentos, que  eran:  Montevideo,  Canelones,  Maldonado* 
Cerro  Largo,  San  José,  Colonia,  Paysandú,  Santo  Do- 
mingo Soriano,  y  Entre- Yí- y -Río  Negro.  En  el  orden 
externo  completó  el  número  de  sus  diputados  á  la  Asam- 
blea Nacional  con  el  nombramiento  de  los  señores  Juan 
Francisco  Giró,  Manuel  Moreno  y  Mateo  Vidal  y  Medina. 

*  Suárez  —  dice  el  señor  Arreguine  en  su  Historia  del 
.  Uruguay  —  que  poseía  cualidades  de  gobernante,  lejos  de 
entregarse  á  la  ostentación  rumbosa,  hacía  él  mismo  el 
servicio  de  patrullas  por  la  noche  en  los  suburbios  de 
la  ciudad,  y  ejercía  sus  funciones  con  un  desinterés  grande 
y  verdadero.  El  gobierno  de  entonces,  pobre  y  sin  recur- 
sos, hacía  meritorios  esfuerzos  por  mejorar  la  situación  del 
país  y  darle  reglas  fijas  que  determinaran  la  conducta  de 
todos. » 

8.  Insurrección  riverista.  —  El  descontento  que  desde 
la  venida  del  general  Martín  Rodríguez  se  dibujaba  en 
el  ejército  de  la  Provincia,  se  vino  haciendo  cada  día  más 
visible,  hasta  que  por  fin  estalló  con  la  sublevación  deL 
Regimiento  Dragones  de  la  Unión  y  la  de  otras  tropas, 
á  la  vez  que  se  separaban  de  las  filas  del  ejército  local 
algunos  jefes  y  oficiales  más  ó  menos  adictos  al  general 
Rivera.  Cundieron  rápidamente  la  indisciplina  y  el  des- 
orden, sin  que  el   general   argentino  lograse  contenerlos, 


-  144  - 

á  pesar  de  haber  apelado  á  los  medios  caballerescos  que 
tenía  á  su  alcance;  y  como  la  situación  se  hacía  más  crí" 
tica  á  medida  que  transcurría  el  tiempo,  y  la  Provincia  se 
veía  en  peligro  de  ser  presa  del  caos  y  la  anarquía,  lo  que 
hubiera  significado  la  anulación  de  los  triunfos  obtenidos, 
el  gobierno  nacional  dispuso  que  Rivera  se  trasladase  á 
Buenos  Aires  y  que  Alvear  viniese  á  ponerse  al  frente  del 
ejército  en  sustitución  del  general  Rodríguez.  El  primero 
se  embarcó  el  24  de  Julio  en  la  ensenada  de  las  Vacas 
con  destino  á  la  capital,  y  el  segundo  se  hizo  cargo  del 
mando  militar  el  31  de  Agosto,  consagrándose  inmediata- 
mente á  sofocar  la  insurrección  riverista,  que  quedó  ter- 
minada con  la  prisión  aleve  (1)  de  Bernabé  Rivera,  Felipe 
Caballero  y  algunos  jefes  más,  y  el  fusilamiento  de  varios 
oficiales,  realizado  por  el  coronel  Laguna  de  orden  supe- 
rior (2). 

Tuvo  también  Alvear  que  refrenar  las  tendencias  auto- 
ritarias de  Lavalleja,  que,  situándose  en  el  Durazno,  negá- 
base á  mantener  relaciones  con  el  general  Rodríguez  pri- 
meramente ;  tomaba  por  su  cuenta  medidas  militares  en 
todo  el  territorio;  impedía  que  el  ejército  auxiliar  se  pro- 
veyera de  caballos,  recursos  y  víveres  (3),  y  cuando  el  ge- 
neral Rodríguez  fué  sustituido  por  Alvear,  ponía  objecio- 
nes á  las  órdenes  de  éste,  al  extremo  de  que  el  general 
en  jefe  se  vio  obligado  á  llamarlo  seriamente  al  orden,  con 
lo  cual  Lavalleja  concluyó  por  sosegarse  y  Alvear  pudo 
entonces  aplicar  todo  su  tiempo  á  la  organización  del  ejér- 
cito argentino -uruguayo. 

9.  Organización  del  ejército  aliado. —Éste  se  en- 
contraba acampado  en  la  margen  izquierda  del  arroyo 
Grande,  organizándose  y  ejercitándose  á  fin  de  poder  lu- 
char con  probabilidades  de  éxito  contra  las  poderosas  hues- 

(1)  Isidoro  De- María:  Compendio,  tomo  5.°,  págs.  229  á  232. 

(2)  Guillermo  Melián  Lafinur:  Los  Partidos,  pág.  157. 

( 3 )  L.  V.  López :  Historia  de  la  República  Argentina  tomo  x,  pági. 
33  y  34. 


—  145  — 

tes  imperiales.  Seis  meses  empleó  Alvear  en  dejar  á  su 
ejército  en  condiciones  de  maniobrar,  no  sólo  formando  re- 
gimientos y  batallones,  sino  tratando  de  que  lo  siguiesen 
en  su  futura  campaña  los  militares  más  caracterizados  de 
ambas  orillas ;  y  fué  así  como  pudo  obtener  el  concurso 
de  Estanislao  Soler,  J.  Lavalle,  Eugenio  Garzón,  F.  Ola- 
zábal,  José  María  Paz,  Brandzen,  Zufriategui,  Lavalleja, 
Iriarte,  Alegre,  Videla,  Olavarría,  Pacheco,  los  Oribe,  Ser- 
vando Gómez,  Anacleto  Medina  y  otros  muchos  de  más 
inferior  categoría  militar.  Por  fin,  el  ejército  se  puso  en  mar- 
cha con  rumbo  al  Brasil  el  25  de  Diciembre.  Estaba  com- 
puesto de  tres  divisiones,  mandadas  por  Alvear,  Soler  y 
Lavalleja  respectivamente,  no  excediendo  su  número  de 
6500  hombres  ( 1 ),  aunque  no  faltan  autores  que,  sin  datos 
para  comprobar  su  afirmación,  lo  elevan  á  ocho  y  nueve 
mil  soldados. 

«El  ejército  estaba  lucidísimo  (2),  y  su  columna  de  ca- 
ballería ha  sido  la  más  numerosa  y  brillante  que  había 
/visto  la  América  del  Sur  desde  que  dio  el  grito  de  inde- 
pendencia hasta  aquella  fecha.  El  tren  de  artillería,  par- 
que, fraguas  volantes  y  demás  pertrechos  concernientes  á 
esta  arma,  era  tan  admirable  en  número  cuanto  la  bella 
disposición  con  que  todo  estaba  ordenado  y  previsto.  Puedo 
asegurar  que  hasta  entonces  no  había  visto  tropas  en  me- 
jor pie  de  arreglo  que  éstas.» 

10.  Venida  del  emperador  al  teatro  de  la  gue- 
rra.—Don  Pedro  I,  á  su  turno  había  ordenado  la  con- 
centración de  todas  las  fuerzas  que  operaban  en  la  Banda 
Oriental  y  al  Sur  del  Brasil,  que  sumaban  unos  20,000  hom- 
bres, situados  en  Santa  Ana  (12,000),  Montevideo  (5000), 
Colonia  (1000),  Maldonado  (1500),  y  otros  puntos  que  obe- 
decían al  barón  de  la  Laguna;  pero  como  dicha  concen- 


( 1 )    Eduardo  Acevedo  Díaz  ¡  Uuxaingó. 

(  2 )    Recuerdos  de  Salta  y  de  la  guerra  del  Brasil,  por  el  coronel  don  José 
María  Todd,  alférez  en  Ituzaingó. 


-  146  - 

tración  se  efectuaba  con  suma  lentitud,  el  emperador,  des- 
contento por  la  inacción  en  que  se  hallaban  sus  tropas,  se 
vino  al  teatro  de  los  acontecimientos,  donde  llegó  el  2  de 
Diciembre ;  siendo  una  de  sus  primeras  medidas  sustituir 
en  el  mando  en  jefe  del  ejército  á  Lecor  por  el  marqués 
de  Barbacena. 

Tal  era  la  situación  de  los  beligerantes  al  finalizar  el 
año  xxv. 


BIBLIOGRAFÍA 

Setembrino  E.  Pereda :  Paysandú  y  sus  progresos.  Montevideo,  1896. 

José  P.  Pintos :  El  Brigadier  General  don  Manuel  Oribe.  Montevideo,  1S59. 

Guillermo  Melián  Lafinur:  Los  Partidos  de  la  República  Oriental  del  Uru- 
guay. Estudio  político -histórico -popular.  Buenos  Aires,  1893. 

Pedro  Rivas :  Efemérides  Americanas,  Rosario,  1879. 

L.  Ambruzzi :  Efemérides  relativas  al  mapa  histórico  de  la  Rcp.  O,  del 
Ur  iguay.  Montevideo,  1898. 


ITUZAINGÓ 


-  151  — 

2.  Movimiento  infructuoso  del  ejército  imperial. 
—  Habiendo  fallecido  repentina  é  inesperadamente  la  Em- 
peratriz del  Brasil,  don  Pedro  I  tuvo  que  ausentarse 
para  Río  Janeiro,  entregando  la  dirección  de  la  guerra  al 
Marqués  de  Barbacena,  quien  al  tener  conocimiento  de 
que  el  ejército  aliado  había  traspuesto  la  frontera,  trató 
de  buscar  la  incorporación  de  Brown,  que,  al  frente  de  un 
improvisado  cuerpo  de  soldados  alemanes,  se  había  ade- 
lantado hacia  el  Yaguarón.  También  intentaba  el  de  Bar- 
bacena interceptar  el  paso  de  Alvear,  de  modo  que  éste 
no  pudiese  llegar  á  Bagé,  en  donde  estaban  los  copiosos 
depósitos  de  víveres  pertenecientes  al  ejército  brasilero. 
Consiguió  el  Marqués  lo  primero,  pues  logró  más  tarde 
reunirse  con  Brown  ( 1 ) ;  pero  no  lo  segundo,  como  se  verá 
á  continuación. 

3.  Toma  de  Bagé.  —  Marchaban  los  dos  ejércitos  for- 
mando dos  líneas  convergentes,  cuyo  vértice  sería  el  pue- 
blo de  Bagé,  y  por  mucha  que  fuese  la  ansiedad  de  Bar- 
bacena por  llegar  aquí,  mayor  fué  la  actividad  de  Alvear, 
y  sobre  todo  la  de  Lavalleja,  que  el  25  entró  en  dicha 
población,  abandonada  por  sus  habitantes  desde  el  día 
anterior.  El  valor  de  los  artículos  allí  almacenados,  con- 
sistentes en  aguardiente,  café,  fariña,  hierba,  tabaco,  etc., 
etc.,  ascendía  á  más  de  300,000  pesos ;  de  todo  lo  cual,  así 
como  de  los  efectos  que  contenían  las  casas  particulares 
de  negocio  de  las   inmediaciones,   se  apoderó  Lavalleja 

(1)  Hasta  ahora  se  ha  venido  creyendo,  y  así  lo  ban  asegurada  todos 
los  historiadores  rioplatenses,  que  era  alemana  ó  austríaca  la  mayor  parte 
de  la  infantería  que  peleó  en  Ituzaingó  bajo  la  bandera  brasilera,  pero  tra- 
tando este  punto,  don  Ernesto  Quesada  ha  demostrado  en  La  Eevista  Na- 
cional del  1.°  de  Diciembre  de  1893,  que  el  emperador  de  Austria  no  le 
mandó  á  don  Pedro  ningún  soldado,  y  que  don  Pedro  formó  los  cuerpos 
aludidos  con  alemanes  traídos  al  Brasil  en  calidad  de  inmigrantes,  dán- 
doles por  jefes  y  oficiales  aventureros  de  toda  nacionalidad.  El  doctor 
Quesada  demuestra  también  que  Braün  se  llamaba  Brown  y  era  un  anti- 
guo oficial  inglés  contratado  en  Inglaterra,  y  sin  atingencia  ninguna  con 
el  emperador  de  Austria  ni  con  el  ejército  alemán. 


-  152  - 

después  de  haber  violentado  sus  puertas,  repartiéndolo  entre 
dos  ó  tres  jefes  que  lo  acompañaban,  quienes  indudable- 
mente lo  distribuirían  á  su  vez  entre  los  cuerpos  de  su  res- 
pectivo mando.  Este  hecho  fué  reprobado  por  Alvear,  sin 
tener  presente  que  no  era  sino  una  represalia  del  saqueo 
de  las  Misiones  por  Chagas  ( 1 ).  Por  otra  parte,  ¿  dónde 
se  hallaba  el  puritanismo  de  Alvear  cuando  los  vecinos  de 
Montevideo  fueron  arbitraria  é  injustamente  despojados 
de  su  propiedad  privada  durante  la  primera  dominación 
argentina  (2)? 

4.  Ocupación  de  San  Gabriel.-  «Después  de  la  toma 
de  Bagé  y  captura  de  los  depósitos  brasileros  —  dice  el  se- 
ñor Pelliza  en  su  Historia  Argentina — el  general  Alvear 
trató  de  conocer  la  situación  del  enemigo,  y  habiendo  ave- 
riguado que  las  tropas  de  Barbacena  estaban  separadas  del 
campo  de  los  alemanes  mandados  por  Brown,  avanzó  ha- 
cia el  norte  para  evitar  que  se  juntaran  las*  dos  divisio- 
nes enemigas.  Detenido  en  su  marcha  por  grandes  tem- 
porales, no  pudo  estorbar  que  los  mercenarios  se  reunieran 
al  Marqués  de  Barbacena  en  los  primeros  días  de  Febrero, 
lo  mismo  que  otros  cuerpos  del  ejército  imperial  llamados 
á  incorporarse.  Siendo  la  marcha  de  Alvear  en  dirección 
norte,  Barbacena  se  encontró  á  retaguardia  y  á  pocas  le- 
guas de  distancia. 

«El  general  imperialista  llegó  á  concebir  la  idea  de  que 
los  republicanos  huían,  pensamiento  absurdo  desde  que 
se  internaba  ex  profeso  en  el  territorio  enemigo.  La  es- 
peranza de  Alvear  se  cifraba  en  el  encuentro  de  las  ca- 
balladas frescas  del  ejército  brasilero.  Luego  de  haber 
tomado  los  almacenes  de  Bagé  era  preciso  arrebatar  los 
caballos  del  enemigo.  Si  esto  no  se  conseguía,  encontrán- 
dose rematados  los  suyos  por  la  marcha  y  el  clima,  su 
situación  llegaría  á  ser  desventajosa. 


( 1 )    Véase  la  pág.  511  de  nuestro  Resumen  de  la  Historia  del  ürugvay. 
('-)    Véanse  las  ¡>ágs.  4S5  á  492  de  nuestro  precitado  libro. 


--  153  — 

«  Ahora  el  objetivo  de  su  marcha  era  San  Gabriel,  y 
su  aparente  huida  llegar  al  pueblo  antes  que  Barbacena, 
lo  que  consiguieron  las  avanzadas  penetrando  en  sus  ca- 
lles el  7  de  Febrero  (1).  Allí  encontraron  varias  carretas 
con  armamentos,  municiones,  pertrechos  de  guerra  y  el 
equipaje  de  la  oficialidad  del  ejército.  El  día  9  tomaron 
6000  caballos,  que  fueron  para  el  general  argentino  la 
seguridad  de  la  victoria.» 

También  fueron  jefes  orientales  quienes  actuaron  en 
primer  término  en  esta  sorpresa,  pues  tocóles  á  Zufriate- 
gui  y  Servando  Gómez  mandar  las  fuerzas  que  ocuparon 
á  San  Gabriel.  Los  caballos  sirvieron  para  sustituir  á  los 
que  llevaba  el  ejército,  enflaquecidos  y  cansados  por  las 
penosas  marchas  que  habían  hecho  por  terrenos  escabro- 
sos, y  las  armas  y  pertrechos  de  guerra  tuvieron  inme- 
diata aplicación. 

5.  Combate  de  Bacacahy.  — El  Marqués,  entretanto, 
se  había  parapetado  en  las  agrias  é  intrincadas  sierras  que 
dividen  el  Camacuá  Grande  del  Camacuá  Chico,  siendo 
muy  difícil  desalojarlo  de  tan  formidable  posición;  por  lo 
cual  Alvear  apeló  á  una  de  esas  estratagemas  tan  pecu- 
liares en  él.  Ideó  hacer  creer  á  su  enemigo  que  huía,  é 
iniciando  una  precipitada  marcha  supo  engañar  á  los  im- 
perialistas de  un  modo  tan  acabado,  que  éstos  abandonaron 
su  guarida  para  dar  comienzo  á  la  persecución  calculada 
por  el  perspicaz  general  argentino. 

Así  marchaban  los  dos  ejércitos  hacía  varios  días,  cuando 
el  coronel  don  Juan  Lavalle,  que  venía  maniobrando  con 
el  primer  cuerpo  frente  al  enemigo,  á  fin  de  aparentar  que 
cubría  uno  de  los  flancos  de  las  tropas  aliadas,  se  encon- 
tró con  la  división  que  mandaba  Bentos  Manuel  Gonzá- 
lez, y  de  la  que  formaba  parte  el  célebre  guerrillero  Yu- 
cas Teodoro.  El  choque  tuvo  lugar  el  13  de  Febrero,  en 


(1)  El  día  S,  según  la  mayoría  de  los  historiadores. 


-  154  — 

las  márgenes  del  Bacacahy  (1),  donde  Lavalle,  á  la  ca- 
beza del  4.°  regimiento  de  coraceros  y  de  los  afamados 
Colorados  de  las  Conchas,  derrotó  completamente  á  la  co- 
lumna enemiga,  fuerte  de  1200  hombres. 

6.  Acción  del  Ombú.  —  Entretanto  el  coronel  don  Lu- 
cio Mancilla,  destacado  por  el  general  Alvear  con  1800 
hombres,  destrozaba  en  el  Ombú  (Febrero  16)  la  fuerte 
división  del  coronel  Bentos  Manuel  Ribeiro,  que  mandaba 
la  mejor  caballería  del  Imperio,  dispersándola  de  tal  ma- 
nera que  no  le  permitió  encontrarse  en  la  memorable  ba- 
talla, de  Ituzaingó. 

Este  contraste  no  acobardó,  sin  embargo,  á  los  impe- 
rialistas, que  continuaban  en  la  creencia  de  que  el  grueso 
del  ejército  aliado  seguía  esquivando  un  encuentro  serio. 
Tan  exacto  es  esto,  que  el  Marqués  lanzó  una  proclama 
en  que  decía  á  los  suyos  que,  á  pesar  de  lo  mucho  que 
les  fatigara  la  persecución,  era  preciso  continuarla  sin  tre- 
gua ni  descanso.  « Redoblemos  los  esfuerzos  —  agregaba  — 
y  en  pocos  días  alcanzaremos  al  enemigo.  La  victoria  es 
cierta  y  vengaremos  en  la  ciudad  de  Buenos  Aires  las 
hostilidades  llevadas  á  cabo  con  las  pequeñas  poblaciones 
de  Bagé  y  San  Gabriel.»  Y  con  esta  esperanza  el  Mar- 
qués continuaba  persiguiendo  ú  Alvear,  quien,  para  simu- 
lar mejor  su  huida,  iba  dejando  en  el  trayecto  carros  inu- 
tilizados, equipajes  y  aún  documentos  en  que  el  número 
de  sus  fuerzas  aparecía  reducido  á  una  cantidad  insigni- 
ficante comparada  con  las  del  enemigo;  noticias  que  de- 
cidieron al  de  Barbacena  á  aceptar  la  batalla  donde  quiera 
que  se  la  brindase  el  ejército  aliado. 

7.  Crítica  situación  del  ejército  aliado.— «Cuando 
{el  Marqués)  se  apercibió  de  su  error,  apenas  tres  leguas 
lo   separaban  de  su   adversario,  y  una  acción  de   guerra 


( 1 )  Río  que  nace  en  la  sierra  de  Batovf ,  baña  la  ciudad  de  San  Gabriel 
y,  después  de  recibir  las  aguas  de  varios  afluentes,  desemboca  en  el  río 
Yacuy,  más  arriba  de  la  ciudad  de  la  Cacboeira. 


—  155  — 

se  hacía  entonces  inevitable.  Para  evitarla,  el  Marqués  no 
tenía  más  que  dirigirse  al  paso  del  Rosario,  situarse  en  la 
margen  izquierda  del  río  de  Santa  María,  y  dejar  al  ejér- 
cito republicano  en  la  margen  opuesta,  encerrado  en  la 
zona  del  Caciquey,  Santa  María  y  el  Bacacahy,  cuyos  cam- 
pos estaban  exhaustos  de  pastos  y  de  ganados,  y  de  donde 
no  hubiera  salido  sino  después  de  grandes  marchas  y  de 
agotar  completamente  sus  caballadas.  Tal  fué  lo  que  se 
propuso  el  general  imperial ;  mas  comprendióselo  el  repu- 
blicano, y  quiso  sacar  de  este  plan  sus  ventajas  decisivas. 
« Para  apreciar  las  condiciones  militares  del  general 
Alvear  y  la  importancia  de  la  empresa  que  realizó  con 
gloria  para  su  patria,  es  necesario  tener  presente  que  su 
ejército  escaseaba  de  todo;  que  el  material  de  guerra,  so- 
bre ser  inferior  al  del  imperial,  era  de  difícil  reposición; 
que  casi  todo  este  ejército  era  de  caballería,  y  que  á  pesar 
de  sus  reiterados  pedidos,  no  podía  engrosar  su  infantería, 
ni  siquiera  abastecer  con  lo  indispensable  á  sus  soldados. 
Todos  los  recursos  se  habían  agotado,  ó  por  lo  menos  al 
Gobierno  no  le  era  dado  suministrarle  más  de  los  muy  po- 
cos con  que  á  la  sazón  Alvear  contaba.  Por  sobre  todo 
esto,  Alvear  venía  luchando  con  las  dificultades  que  pro- 
venían de  sugestiones  dañinas  para  desmoralizar  su  ejér- 
cito y  aún  para  quitarle  el  mando  de  éste.  En  la  noche 
del  18,  un  oficial  de  honor  desbarató  la  conspiración  que 
tramaban  algunos  jefes  del  ejército  republicano.  Discutían 
éstos  la  persona  con  quien  reemplazarían  á  Alvear:  si 
sería  el  general  Lavalleja  ó  el  coronel  Paz,  allí  presentes. 
Cuando  la  discusión  había  llegado  á  su  período  álgido, 
aparecióse  el  mayor  Chilavert  y  les  increpó  así  la  traición 
á  la  patria  que  querían  llevar  á  cabo:  «  Ante  los  sagrados 
deberes  para  con  la  patria,  soy  capaz  de  sacrificar  los  de- 
beres de  la  disciplina  en  que  me  he  criado.  Juro  que  cru- 
zaré mi  espada  con  la  de  cualquiera  que  pretenda  llevar 
adelante  este   atentado  frente  al  enemigo.    La  actitud  de 


—  156  - 

Chilavert  disuadió  á  los  unos,  hizo  temer  á  los  otros,  y 
la  conspiración  quedó  sofocada  ( 1 ). » 

S.  Batalla,  de  Ituzaingó.  —  Comprendiendo  Alvear 
que  había  llegado  el  momento  de  detener  la  marcha  y 
elegir  terreno  adecuado  para  dar  la  batalla,  la  cual  no 
podía  ya  eludir  el  enemigo,  convocó  á  los  principales  je- 
fes del  ejército,  á  quienes  expuso  su  proyecto,  que  consis- 
tía en  esperar  á  los  imperiales  en  el  paso  del  Rosario, 
punto  estratégico,  ya  para  pelear,  ya  para  retirarse  si  no 
había  conveniencia  en  medir  las  armas  con  las  del  ene- 
migo. La  inmensa  mayoría  de  los  jefes  expusieron  sus 
razones  en  contra  de  semejante  proyecto,  defendiéndolo 
solamente  el  general  Mancilla  y  en  particular  el  coronel 
Eugenio  Garzón,  laureados  veteranos  del  ejército  de  los 
Andes,  quienes  hicieron  prevalecer  la  acertada  opinión  del 
general  Alvear  (2). 

Por  su  parte,  el  de  Barbacena  proyectaba  también  apo- 
derarse del  mencionado  paso,  y  habiendo  sabido  que  Al- 
vear daba  un  descanso  á  la  tropa,  apresuró  sus  marchas 
y  salvó  las  seis  leguas  que  mediaban  entre  su  campamento 
y  el  lugar  ambicionado;  pero  ¡cuál  no  sería  su  sorpresa 
notando  que  el  ejército  aliado  había  recorrido  un  trayecto 
casi  igual  (cuatro  leguas)  y  ocupaba  las  mejores  posicio- 
nes en  aquel  campo  que  dentro  de  pocas  horas  lo  sería 
de  gloria  para  los  soldados  republicanos!  Comprendió  el 
Marqués  que  ya  era  tarde  para  retroceder  y  ^e  dispuso  á 
dar  la  batalla  tratando  de  obtener  el  mejor  partido  posi- 

(1)  Adolfo  Saldfas:  Historia  de  la  Confederación  Argentina.  Buenos  Ai- 
res, 1892. 

(2)  c  Siempre  lie  recordado  y  he  dicho  íi  todos  su  parecer  de  usled  en  la 
víspera  de  Ituzaingó,  y  así  como  no  puedo  echar  de  mi  memoria  que  to- 
dos nuestros  generales  eran  de  opinión  de  esperar  el  enemigo  en  el  llano 
traidor  de  la  margen  del  Santa  María,  usted  debe  vanagloriarse  de  haber 
juzgado  muy  bien  lo  que  debía  hacerse,  y  que  se  hizo  en  efecto;  y  esto 
lo  he  contado  á  todos  porque  le  hace  á  usted  honor,  y  porque  es  una 
justicia  que  me  complazco  en  hacer  á  su  mérito.»  (Píirrafo  de  una  carta 
del  general  Alvear  al  coronel  don  Eugenio  Garzón .) 


-  157  - 

ble  de  las  irregularidades  del  terreno,  de  las  barrancas 
que  en  él  existían,  de  los  bajos  y  de  las  alturas,  de  ¡as 
cañadas  y  de  las  asperezas. 

Alvear,  á  su  turno,  colocó  la  artillería  en  una  colina 
cuya  base  regaba  un  precario  arroyuelo.  y  su  infantería 
con  un  frente  protegido;  y  como  el  ejército  aliado  supe- 
raba al  imperial  en  el  arma  de  caballería,  dispuso  que 
ésta  se  situase  de  tal  manera  que  pudiese  en  un  momento 
dado  caer  impetuosamente  sobre  los  brasileros.  Desgra- 
ciadamente el  plan  de  Alvear  no  pudo  realizarse  en  la 
forma  que  él  tenía  proyectado,  pues  pocas  horas  antes  de 
la  batalla,  Lavalleja,  desobedeciendo  las  terminantes  ór- 
denes del  general  en  jefe,  cambió  la  posición  del  tercer 
cuerpo,  que  era  el  de  su  mando,  viniendo  á  estorbar  los 
movimientos  del  segundo  cuerpo,  que  desde  luego  quedó 
imposibilitado  de  principiar  la  batalla,  como  Alvear  lo 
tenía  premeditado.  Explicando  su  conducta  al  general 
Mancilla,  jefe  del  Estado  Mayor,  sostenía  Lavalleja  «que 
todas  aquellas  estrategias  eran  farsas;  que  para  ganar  una 
batalla  no  se  necesitaba  sino  pararse  frente  al  enemigo, 
ir  derecho  á  él,  atropellado  con  denuedo  y  vencer  ó  mo- 
rir; y  que  entretanto,  la  verdad  era  que  el  ejército  patriota 
había  venido  siempre  huyendo,  sin  tino  ni  gobierno,  unas 
veces  á  un  lado  y  otras  á  otro,  cuando  podía  haber  en- 
trado por  Yaguarón  y  apoderarse  de  Río  Grande;  y  por 
último,  que  él,  como  jefe  superior  de  los  orientales,  ven- 
cedor en  el  Sarandí  y  promotor  de  la  insurrección,  exigía 
que  se  le  diese  colocación  en  el  centro  para  cargar  y  ba- 
tirse; que  él  sabía  que  los  oficiales  argentinos  lo  despre- 
ciaban, pero  que  les  mostraría  que  valía  más  que  ellos  (1 ). » 
Aunque  irritadísimo,  Alvear  comprendió  que  aquello  no 
tenía  remedio,  y  la  batalla  fué  iniciada  por  Lavalleja, 
como  éste  deseaba.  En  justicia,  debemos  observar  que  en 


(1)    Vicente  F.  López:   Historia   de    la    República   Argentina,    tomo   x, 
páginas  88  y  89. 


-  158  - 

el  parte  oficial  de  este  terrible  encuentro,  Alvear  reconoce 
que  los  generales  Lavalleja,  Laguna  y  Soler,  por  su  bravura 
y  el  acierto  de  sus  disposiciones,  se  cubrieron  de  gloria 
inmortal. 

Dio,  pues,  principio  la  acción  con  una  soberbia  carga 
del  héroe  del  Sarandí  contra  la  brigada  del  Mariscal 
Abreu,  tocando,  por  consiguiente,  á  los  orientales  estre- 
llarse antes  que  otros  contra  aquellas  fuerzas  imperiales 
que  disponían  de  regimientos  y  batallones  de  primer  or- 
den, intactos,  llenos  de  confianza  en  la  victoria,  siendo 
también  los  primeros  en  experimentar  las  dificultades  que 
ofrecía  el  terreno  á  las  cargas  rápidas  de  caballería.  De- 
bido á  las  irregularidades  del  suelo  es  que  sucumbió  va- 
lientemente el  temerario  coronel  Brandzen  al  querer  salvar 
con  sus  soldados  un  enorme  zanjón  situado  en  una  hon- 
donada. Tal  vez  la  misma  circunstancia,  agregada  al  ho- 
rroroso fuego  del  ejército  enemigo,  obligó  á  retroceder  al 
regimiento  número  9,  mandado  por  el  coronel  don  Ma- 
nuel Oribe,  que,  como  casi  todos  los  jefes  orientales,  for- 
maba parte  del  tercer  cuerpo  mandado  por  Lavalleja. 
Fué  entonces,  según  se  dice,  que  Oribe,  irritado  de  ver  dar 
la  espalda  por  primera  vez  á  sus  bizarros  soldados,  se 
arrancó  las  charreteras  y  las  arrojó  en  medio  de  ellos,  gri- 
tando que  no  quería  conservarlas  sobre  sus  hombros  desde 
que  los  soldados  del  9  incurrían  en  la  infamia  de  volver 
la  espalda  á  sus  enemigos  al  frente  del  ejército  que  los 
miraba  (1). 


( 1 )  Tres  son  las  versiones  que  existen  acerca  de  este  episodio :  la  que 
lo  niega  aseverando  que  el  día  de  la  batalla  de  Ituzaingó  Oribe  no  usaba 
charreteras  y,  por  consiguiente,  mal  podía  despojarse  de  esta  lujosa  prenda 
militar;  la  que  lo  afirma,  aunque  advirtiendo  que  ti  Oribe  cometió  este 
acto,  fué  para  que  el  enemigo  no  conociese  su  elevada  jeraiqula  en  el  ejér- 
cito aliado ;  y  la  que,  sin  negar  el  hecho,  no  le  atribuye  las  milagrosas 
consecuencias  que  sus  amigos  y  partidarios  pretenden  concederle.  Acerca 
del  particular,  dice  lo  siguiente  el  doctor  don  Carlos  María  Ramírez:  «  Sue- 
ñan los  que  se  representan  al  coronel  Oribe  rompiendo  cuadros  de  infan- 


—  159  — 

Muy  pronto  se  generalizó  la  pelea,  hasta  que  el  coronel 
Olavarría  dio  su  famosa  carga.  <  El  ardor  de  los  jefes  — 
dice  el  general  Mancilla  en  su  Boletín  de  la  batalla — 
llevó  hasta  allí  la  tropa,  que  un  fuego  abrasador  hizo 
retroceder  algún  tanto:  la  masa  de  caballería  se  lanzó 
I  entonces  sobre  ellos  en  el  instante;  el  regimiento  16  re- 
cibió orden  de  sostener  á  sus  compañeros  de  armas;  los 
coraceros  y  dragones  se  corrieron  por  derecha  é  izquierda 
poniéndose  á  los  flancos;  y  los  bravos  lanceros,  manio- 
brando como  en  un  día  de  parada,  sobre  un  campo  cu- 
bierto de  cadáveres,  cargaron,  rompieron  al  enemigo,  lo 
lancearon  y  persiguieron,»  pero  no  se  apoderaron  de  diez 
cañones,  como  falsamente  dice  Alvear  en  el  parte  oficial 
de  la  batalla,  sino  de  una  sola  pieza  de  artillería,  calibre 
3,  que  quedó  abandonada  en  el  campo  por  habérsele  que- 
brado el  reparo. 

En  este  momento  de  la  batalla  cayó  mueito  el  Mariscal 
Abreu,  pero  no  por  el  enemigo,  sino  por  sus  propios  com- 
pañeros, y,  naturalmente,  de  una  manera  involuntaria. 
Además  de  los  jefes  orientales  nombrados,  se  hallaron  en 
Ituzaingó :  Servando  Gómez,  Zufriategui,  Anacleto  Medina, 
Garzón,  Correa,  Alegre,  Díaz,  Olivera,  Quinteros  y  otros 
de  menor  jerarquía  militar. 

La  artillería  de  Cbilavert,  los  regimientos  de  Lavalle 
y  Olavarría,  la  división  de  Lavalleja,  y  muy  particular- 
mente las  fuerzas  del  coronel  Paz,  decidieron  la  batalla 
que  duró  seis  hora?,  venciendo  6500  republicanos  á  7000 


tería  imperial  después  de  haber  reorganizado  sus  fuerzas  por  el  efecto 
mágico  de  las  charreteras  que  arrancó  de  sus  hombros  con  indignación 
teatral.  Deliran  los  que  le  han  llamado,  eu  un  aniversario  recieDte,  el  ven- 
cedor de  Ituzaingó,  como  si  hubiera  sido  general  en  jefe,  ó  tenido  á  lo 
menos  una  intervención  decisiva  y  principal  en  el  éxito  de  la  batalla.  Lo 
único  que  resulta  de  la  historia  verídica  es  que  el  coronel  Oribe,  con  el 
regimiento  de  su  mando,  volvió  á  participar  decorosamente  de  los  esfuer- 
zos tenaces  con  que  la  división  del  general  Lavalleja  mantuvo  el  buen 
nombre  de  los  orientales  hasta  el  fin  de  la  gloriosa  jornada. » 


-  160  - 

imperialistas,  que  fueron  perseguidos  durante  un  trecho 
muy  corto  por  falta  de  caballos  de  repuesto  y  en  razón 
de  que  Alvear  temía  que  alguna  otra  división  enemiga  se 
encontrase  próxima. 

La  noticia  de  esta  brillante  victoria  fué  estruendosa- 
mente celebrada  en  Buenos  Aires,  tanto  por  los  unitarios 
como  por  los  federales;  se  dio  el  nombre  de  Ituzaingó  á 
una  nave  del  Estado,  los  coroneles  Paz  y  Lavalle  fueron 
ascendidos  á  generales,  se  decretó  un  escudo  de  honor 
para  los  vencedores  y  más  tarde  los  cordones  por  la  vic- 
toria del  20  de  Febrero. 

9.  Parte  oficial  de  la  batalla. —Aunque  el  parte 
oficial  de  la  batalla  de  Ituzaingó  adolece  de  algunas  in- 
exactitudes y  no  hace  suficiente  justicia  á  la  importante 
participación  que  en  este  hecho  de  armas  tuvo  la  división 
oriental,  creemos  conveniente  completar  con  él  la  somera 
narración  que  precede : 


PARTE  OFICIAL  DEL  JEFE  DEL  ESTADO  MAYOR  GENERAL 
DEL  EJÉRCITO  REPUBLICANO 

«  El  20  del  presente  asomaba  el  sol  por  el  horizonte 
cuando  se  encontraron  los  ejércitos  contendientes.  El  im- 
perial, que  ignoraba  la  marcha  del  republicano,  fué  sor- 
prendido á  su  vista,  marchando  por  su  flanco  izquierdo,  al 
paso  de  Santa  María,  donde  creía  encontrarlo  acampado. 
Entonces  el  general  en  jefe  proclamó  á  los  cuerpos  del 
ejército  con  la  vehemencia  de  sus  sentimientos,  animado 
por  la  gran  solemnidad  de  aquel  día,  y  destinó  al  general 
Lavalleja  para  que  con  los  valientes  del  primer  cuerpo, 
cargase  sable  en  mano  sobre  la  izquierda  del  enemigo, 
para  envolverla  y  desbaratarla. 

« La  división  Zufriategui,  compuesta  de  los  regimien- 
tos S.°  y  16,  lanceros,  mandados  por  el  bizarro  coronel 
Olavarría,  y  del  escuadrón  de  coraceros  con  su  bravo  co- 


-  161  - 

mandante  Medina,  iba  en  segunda  línea  para  sostener  el 
ataque  del  primer  cuerpo.  El  tercero  á  las  órdenes  del 
general  Soler,  formó  sobre  unas  alturas  que  se  ligaban  á 
la  posición  del  primero.  Las  divisiones  Brandzen  y  Paz 
del  20,  quedaron  en  reserva,  más  á  retaguardia,  entre  el 
1.°  y  el  3.°,  y  Ja  división  del  bravo  coronel  Lavalle  fué 
destinada  á  la  izquierda  de  éste. 

« En  tal  disposición,  y  á  pesar  del  vivo  ataque  del  pri- 
mer cuerpo,  el  enemigo  se  dirigió  de  un  modo  formidable 
sobre  el  3.°  ;  tres  batallones,  entre  ellos  el  de  alemanes, 
sostenidos  por  2.0G0  caballos  y  seis  piezas,  eran  los  que 
iban  sobre  él.  Un  fuerte  cañoneo  se  hizo  sentir  entonces 
en  toda  la  línea,  y  el  combate  se  empeñó  por  ambas  par- 
tes con  tenacidad  y  viveza,  á  la  derecha  y  á  la  izquierda. 
Las  cargas  de  la  caballería  fueron  rápidas,  bien  sosteni- 
das y  con  alternados  sucesos. 

« Entre  tanto  el  coronel  Lavalle  con  su  división  había 
arrollado  por  la  izquierda  toda  la  caballería  que  se  ha- 
llaba á  su  frente,  sableándola  y  arrojándola  á  legua  y 
media  del  campo  de  batalla. 

«A  pesar  de  este  suceso  brillante,  la  acción  no  estaba  de- 
cidida :  las  fuerzas  principales  del  enemigo  cargaron  sobre 
nuestra  derecha  y  centro,  y  en  tales  circunstancias,  fué 
necesario  dejar  sólo  en  reserva  el  3.°  de  caballería,  y  echar 
mano  de  las  divisiones  Paz  y  Brandzen.  Esta  fuerza  en 
acción,  ya  el  todo  de  ambos  ejércitos  estaba  empeñado 
en  combate;  entonces  el  intrépido  coronel  Brandzen,  des- 
tinado á  romper  un  cuadro  de  infantería,  quedó  gloriosa- 
mente en  el  campo  de  batalla. 

«El  batallón  5.°,  al  mando  del  coronel  Olazabal,  había 
roto  sus  fuegos ;  el  2.°,  del  coronel  Alegre,  atacado  por  una 
fuerza  de  caballería,  que  traía  á  su  frente  los  lanceros 
alemanes,  los  abrasó  y  obligó  á  abandonar  el  campo.  El 
coronel  Olivera  con  la  división  de  Maldonado  y  el  1.°  de 
caballería  acuchillaron  esta  fuerza  en  su  retirada,  y  fué 
dispersada  y  puesta  fuera  de  combate. 


-  162  - 

«En  la  derecha  se  disputaban  la  gloria  los  comandantes 
Gómez  y  Medina.  Cargaron  una  columna  fuerte  de  caba- 
llería, la  acuchillaron  y  obligaron  á  refugiarse  bajo  los 
fuegos  de  un  batallón  que  estaba  parapetado  en  unos  ár- 
boles. El  ardor  de  los  jefes  llevó  hasta  allí  la  tropa,  que 
un  fuego  abrasador  hizo  retroceder  un  tanto.  La  masa  de 
caballería  se  lanzó  entonces  sobre  ellos  en  el  instante:  el 
regimiento  JG.°  recibió  orden  de  sostener  á  sus  compañe- 
ros de  armas;  los  coraceros  y  dragones  se  corrieron  por 
derecha  é  izquierda,  poniéndose  á  sus  flancos,  y  los  bra- 
vos lanceros,  maniobrando  cómo  en  un  día  de  parada,  so- 
bre un  campo  cubierto  ya  de  cadáveres,  cargaron,  rom- 
pieron al  enemigo,  lo  lancearon  y  persiguieron  hasta  una 
batería  de  tres  piezas,  que  también  tomaron.  El  regimiento 
8.°  sostenía  esta  carga,  que  fué  decisiva.  El  coronel  Ola- 
varría  sostuvo  en  ella  la  reputación  que  adquirió  en  Junín 
y  Ayacucho.  La  caballería  enemiga,  por  el  centro,  había 
sido  obligada  á  ceder  terreno,  siguiendo  su  infantería  per- 
seguida por  nuestros  cuatro  batallones.  Tres  posiciones 
intentó  tomar,  y  fué  arrojado  al  instante  de  todas. 

«Los  generales  Soler,  Lavalleja  y  Laguna,  por  el  acierto 
de  sus  disposiciones  y  por  su  bravura  en  esta  jornada,  se 
han  cubierto  de  una  gloria  inmortal.  El  coronel  Paz,  á  la 
cabeza  de  su  división,  después  de  haber  prestado  servicios 
distinguidos  desde  el  principio  de  la  batalla,  dio  la  última 
carga  á  la  caballería  del  enemigo,  que  se  presentaba  so- 
bre el  campo,  y  obligó  al  ejército  imperial  á  precipitar  su 
retirada. 

«El  coronel  Iriarte,  con  su  regimiento  de  artillería  ligera, 
ha  merecido  los  elogios,  no  sólo  del  general  en  jefe,  sino 
de  todo  el  ejército  republicano.  La  serenidad  de  los  ar- 
tilleros, y  el  acierto  de  sus  punterías,  han  sido  el  terror  de 
los  enemigos:  todos  los  jefes  de  este  cuerpo,  y  los  capi- 
tanes Chilavert,  Arrengrein  y  Piran,  se  han  distinguido  de 
un  modo  especial. 

« El  ejército  enemigo  abandonó,  en  fin,  el  campo  de  ba- 


—  163  - 

talla,  dejando  en  él  1200  cadáveres,  entre  ellos  varios  jefes 
y  oficiales,  y  el  general  Abreu,  gran  número  de  prisione- 
ros, y  armamentos.  Todo  su  parque  y  bagajes,  dos  ban- 
deras, 10  piezas  de  artillería  y  la  imprenta,  son  trofeos 
del  ejército.  Su  pérdida  alcanza  á  cerca  de  500  hombres 
entre  heridos  y  muertos,  siendo  de  éstos  el  comandante 
Besares  del  2.°  regimiento. 

«  Todos  los  jefes,  oficiales  y  tropa  se  han  desempeñado 
con  el  valor  que  siempre  ha  distinguido  á  los  soldados 
argentinos,  y,  en  su  consecuencia,  el  general  en  jefe  les  ha 
dirigido  la  proclama  siguiente  (1): 

«Una  gran  parte  de  la  caballería  siguió  en  persecución 
del  enemigo  hasta  media  noche:  el  resto  del  ejército 
acampó  en  unas  isletas  inmediatas  á  Caciquey.  Las  caba- 
lladas del  ejército  republicano,  extenuadas  en  las  últimas 
marchas  forzadas  por  un  inmenso  arenal,  donde  apenas 
se  encontraba  algún  pasto,  estaban  demasiado  fatigadas, 
y  el  enemigo  debió  á  esto  el  no  haber  sido  acabado  y 
poder  seguir  su  retirada. 

<  El  21  marchó  el  ejército  republicano  en  dirección  á 
Caciquey.  Varias  partidas  fuertes  recorrían  el  campo,  y  el 
coronel  Paz  con  una  división  fué  destinado  á  seguir  al 
enemigo.  Los  soldados  alemanes  de  infantería  comenzaron 
á  presentarse  al  general  en  jefe,  y  hasta  el  25,  que  mar- 
chó el  ejército  para  San  Gabriel,  se  contaban  140  de  ellos 
en  las  filas  republicanas.  Varios  vecinos  que  habían  aban- 
donado al  enemigo,  se  presentaron  también,  y  los  oficia- 
les Francisco  Rocha  y  su  hijo,  los  alféreces  Machado, 
Gerónimo  y  Araujo,  que  ofrecieron  sus  servicios  para  con- 
tribuir á  que  se  formase  una  República  de  este  continente. 

«  El  2(5  el  enemigo  seguía  su  retirada.  El  ejército  repu- 
blicano entró  en  San  Gabriel  y  se  retiró  sobre  Bacacahy, 
que  corre  por  la  falda  de  la  colina  en  que  se  halla,  y 
tomó   del  enemigo   una  gran  parte   de  las   mochilas  que 

(1)    La  suprimimos. 


-  164  - 

había  abandonado,  muchos  equipajes  y  un  repuesto  com- 
pleto de  municionen  y  pertrechos,  cuyo  valor  bien  calcu- 
lado ascenderá  á  350  mil  pesos. 

«  Los  heridos  han  sido  colocados  y  asistidos  con  como- 
didad ;  se  han  mandado  fuerzas  en  todas  las  direcciones 
para  tomar  los  dispersos  del  enemigo  y  recoger  caballa- 
das.—  Lucio  Mancilla,  Jefe  interino  del  Estado  Mayor 
General. » 

10.  Combate  de  Camacüá.— Después  del  triunfo  de 
Ituzaingó,  el  pensamiento  capital  de  Alvear  fué  apoderarse 
de  la  provincia  de  Río  Grande,  pero  como  su  infantería 
era  poca  y  la  caballada  de  que  disponía  escasa,  solicitó 
con  urgencia  del  gobierno  de  Rivadavia  el  envío  de  500 
soldados  de  aquella  arma,  haciendo  esfuerzos  de  todo  gé- 
nero para  que  la  Provincia  Oriental  le  proporcionara 
abundantes  medios  de  movilidad.  La  anarquía  que  impe- 
raba en  la  Argentina  impidió  complacer  al  esforzado  ge- 
neral, y  en  cuanto  al  Uruguay,  como  ya  había  contribuido 
con  30ÜÜ  hombres  al  buen  éxito  de  aquella  campaña,  sus 
recursos  se  habían  agotado,  y  todos  los  esfuerzos  hecho? 
por  el  gobierno  de  don  Joaquín  Suárez  en  tal  sentido, 
fueron  completamente  infructuosos,  á  pesar  de  reconocerse 
la  importancia  del  pedido  de  Alvear. 

Grave  error  cometieron  los  occidentales  no  atendiendo 
á  Alvear  como  convenía,  pues  habría  sido  fácil  hacerse 
dueños  de  Río  Grande  en  aquellas  circunstancias  en  que 
el  pánico  se  había  apoderado  de  los  habitantes  de  esa 
zona  del  Brasil,  el  comercio  liquidaba  sus  existencias  y 
clausuraba  sus  casas,  las  pequeñas  poblaciones  quedaban 
desiertas  y  el  ejército  imperial  abandonaba  el  sur  para 
refugiarse  en  el  norte.  Un  coronel  francés  que  servía  al 
Imperio  escribía  á  la  sazón  lo  siguiente:  «  ...  .Se  asegura 
que  los  restos  del  ejército  brasilero  se  retiran  á  Porto 
Alegre,  lo  que  dejará  en  poder  de  los  castellanos  una 
gran  parte  de  este  territorio,  y  ellos  acabarán  por  hacerse 


—  165  — 

dueños  del  puerto  de  Río  Grande.  La  provincia  está  en 
gran  peligro.  » 

Convencido  Alvear  de  que  sus  gestiones  habían  fraca- 
sado en  los  pueblos  de  ambas  orillas  del  Plata,  se  dispuso 
á  abrir  una  segunda  campaña  con  los  elementos  con  que 
contaba,  situándose  en  los  alrededores  del  pueblo  de  Bagé, 
donde  tuvo  conocimiento  que  Mena  Barreto,  Bentos  Gon- 
zález y  Bentos  Manuel  se  hallaban  acampados  á  orillas 
del  Camacuá,  á  unas  diez  leguas  de  Bagé,  con  un  cuerpo 
de  1600  hombres.  Tratando  entonces  de  sorprenderlo,  se 
encaminó  en  su  busca  con  las  divisiones  de  Lavalleja, 
Lavalle,  Oribe,  Pacheco  y  Zufriategui,  aunque  la  sorpresa 
no  se  efectuó;  pero  les  presentó  batalla  el  23  de  Abril, 
venciéndolos  y  dispersándolos  á  tal  extremo,  que,  de  los 
1600  brasileros,  no  saldrían  reunidos  ni  400  hombres. 

11.  Acción  del  Yerbal.  —  Después  de  este  combate  el 
ejército  aliado  se  dirigió  al  Yaguarón  con  miras  de  pasar 
el  invierno  en  Cerro  Largo,  no  sin  antes  ( 26  de  Mayo ) 
tener  un  nuevo  encuentro  con  el  enemigo  en  el  paraje 
denominado  Yerbal,  donde  Lavalle  pegó  otro  recio  golpe, 
logrando  deshacer  al  traidor  Calderón  y  capturar  al  fa- 
moso guerrillero  Yucas  Teodoro,  que  fué  conducido  á  Bue- 
nos Aires   en  calidad  de  prisionero  de  guerra. 

No  tardó  mucho  tiempo  sin  que  Alvear  se  retirase,  en- 
tregando el  mando  del  ejército  á  Lavalleja,  que  hizo  inau- 
ditos esfuerzos  por  arrancar  al  enemigo  de  las  sierras  en 
que  se  había  guarecido;  pero  Lecor,  que  sustituyó  á  Bar- 
bacena,  juzgó  más  conveniente  no  salir  de  la  madriguera 
donde  lo  había  encerrado  su  ingénita  prudencia. 


BIBL.IOORA.F-fA. 

Mariano  A.  Pelliza  :  Ituxaingó  (  Glorias  Argentinas ).  Buenos  Aires,  1883. 

Carlos  María  Ramírez  :  Las  charreteras  de  Oribe  en  la  batalla  de  Itu- 
xaingó (artículos  insertos  en  La  Raxón  de  Montevideo. ) 

Carlos  María  Ramírez  :  Ituxaingó  :  El  veterano  Manuel  Leitón.  (  artículos 
insertos  en  La  Razón  de  Montevideo. ) 

11 


-  166  — 

Eduardo  Acevedo  Díaz :  Ituxaingó  ( Artículo  de  la  prensa  de  Montevi- 
deo, 1895. ) 

J.  J.  Machado  D'Oliveira,  Secretario  militar  del  ejército  brasilero."  La 
batalla  del  rio  Santa  María  del  Paso  del  Rosario.  ( Traducción  de  El  Si- 
glo, 1902. ) 

Luis  Melián  Lafinur:  Las  charreteras  de  Oribe.  Montevideo,  1895. 

Guillermo  Melián  Lafinur:  Los  buitres  de  las  glorias  nacionales  y  las 
charreteras  de  don  Manuel  Oribe.   Montevideo,  1895. 


DICTADURA  DE  LAVALLEJA 


CAPITULO  X 

DICTADURA  DE  LAVALLEJA 

(1827) 


SUMARIO  :  1.  Nueva  campaña  naval  de  Brown.  —  2.  Primer  tratado  de- 
paz  con  el  Brasil.  —  3.  Convención  García.  —  4.  Rechazo  de  la  con- 
vención y  renuncia  de  Rivadavia.  — 5.  Unitarios  y  federales.  —  6.  Ar- 
bitrariedades de  Lavalleja.  —  7.  Derrocamiento  de  los  Poderes  públi- 
cos. —  8.  Documentación  relativa.  —  9.  Reformas  atávicas  de  la  Dicta- 
dura. — 10.  Inacción  del  ejército  aliado.  — 11.  Sucesos  militares  de  la 
Provincia.  — 12.  Situación  económica  de  la  misma. 


1.  Nueva  campaña  naval  de  Brown.  —  A  principios 
de  1827  el  almirante  Brown  se  dirigió  hacia  el  río  Uru- 
guay al  mando  de  unas  cuantas  embarcaciones  bien  ar- 
tilladas y  tripuladas,  aunque  impropias  para  el  objeto  á 
que  se  las  destinaba,  encontrándose  frente  á  la  isla  del 
Juncal,  á  la  altura  de  Nueva  Palmira,  con  una  división 
brasilera  compuesta  de  16  buques  de  guerra  encargados  de 
la  vigilancia  del  citado  río.  Reñido  fué  el  combate  entre 
republicanos  é  imperiales,  pues  ambos  contendientes  se 
batieron  con  rudo  valor  durante  los  días  8  y  9  de  Febrero, 
hasta  que  la  suerte  de  las  armas  se  inclinó  á  favor  de  los 
primeros,  que  vencieron  á  los  segundos,  les  apresaron  casi 
todos  sus  barcos,  después  de  haber  incendiado  tres  de  ellos, 
é  hicieron  prisionero  á  su  almirante  Jacinto  Roque  de 
Sena  Pereira.  Inmediatamente  Brown  se  volvió  á  Buenos 
Aires,  consiguió  romper  el  bloqueo  y  desembarcar  triun- 


-  170  - 

fante  en  la  ciudad,  en  donde  se  le  hizo  una  ruidosa  y  me- 
recida manifestación  de  júbilo. 

Pocos  días  después  el  osado  marino  medía  otra  vez  sus 
fuerzas  con  las  de  su  enemigo  frente  á  Quilmes  (24  de 
Febrero ),  haciéndole  volar  una  goleta,  de  cuyos  120  hom- 
bres sólo  se  salvaron  3.  A  este  combate  siguió  el  de  Pa- 
tagones (7  de  Marzo),  que  dejó  en  poder  de  los  argenti- 
nos una  corbeta,  un  bergantín  y  una  goleta,  650  prisione- 
ros y  gran  cantidad  de  armas  y  municiones,  dando  margen 
á  que  se  prolongasen  en  Buenos  Aires  los  festejos  que 
todavía  se  celebraban  con  motivo  de  los  anteriores  triun- 
fos, á  los  que  se  agregaba  ahora  además  la  fausta  noticia 
de  la  gran  victoria  de  Ituzaingó. 

El  combate  de  Punta  de  Santiago  ( 6  de  Abril )  fué,  sin 
embargo,  funesto  á  los  republicanos,  pues  atacados  los 
cuatro  buques  de  Brown  por  22  embarcaciones  brasileras, 
lucharon  con  valor  y  tesón  hasta  que,  comprendiendo  que 
sucumbirían  ante  el  número,  dos  de  los  barcos  argentinos 
lograron  abrirse  paso  y  llegar  á  Buenos  Aires,  mientras 
los  otros  dos,  que  habían  encallado,  siendo  imposible  po- 
nerlos á  flote,  caían  en  poder  de  la  numerosa  escuadra 
imperial.  Esta,  por  su  parte,  sufrió  también  pérdidas  de 
gran  consideración,  pues  al  entrar  en  el  puerto  de  Mon- 
tevideo llevaba  6  ó  7  buques  desarbolados,  otros  en  muy 
mal  estado  y  dos  completamente  inservibles.  Lo  glorioso 
de  este  desastre  hizo  que  el  vecindario  de  Buenos  Aires 
recibiese  á  Brown  y  sus  valientes  marinos  con  el  respeto 
que  merece  la  desgracia  y  el  entusiasmo  que  inspira  el 
valor. 

2.  Primer  tratado  de  paz  con  el  Brasil.  —  Mien- 
tras por  tierra  y  agua  tenían  lugar  los  acontecimientos 
que  dejamos  narrados  en  el  capítulo  anterior  y  en  las 
líneas  que  preceden,  la  situación  interna  de  la  República 
Argentina  se  hacía  cada  vez  más  crítica.  La  guerra  civil 
había  estallado  en  algunas  provincias  y  amenazaba  exten- 
derse por  las  demás,  poniendo  en  serio  peligro  la  estabi- 


-  171  - 

lidad  de  las  instituciones ;  la  obra  de  la  unificación  nacio- 
nal amenazaba  derrumbarse  al  empuje  de  los  caudillos 
provinciales;  unitarios  y  federales  luchaban  encarnizada- 
mente, y  el  gobierno  central  se  consideraba  impotente 
no  sólo  para  contener  el  rápido  desarrollo  de  tantos  ma- 
les, sino  que  le  era  del  todo  imposible  encontrar  recursos 
para  continuar  las  operaciones  militares  contra  el  Brasil. 
Se  imponía,  pues,  la  idea  de  negociar  la  paz,  como  me- 
dio de  ponerse  en  condiciones  de  vencer  las  resistencias 
surgidas  contra  Rivadavia  en  casi  todo  el  país,  pues  en- 
tonces dispondría  éste  del  ejército  de  Alvear  para  someter 
á  los  descontentos  y  restablecer  la  calma  en  el  país. 

Así  pensando,  despachó  para  Río  Janeiro  al  doctor  don 
Manuel  José  García  con  instrucciones  y  facultades  para 
firmar  con  aquella  corte  una  convención  preliminar  que 
asegurase  la  paz  (19  de  Abril).  «En  caso  de  que  el  go- 
bierno del  Brasil  consienta  en  tratar  sobre  el  objeto  de 
la  paz  —  decían  las  susodichas  instrucciones  —  queda  ple- 
namente autorizado  para  ajustar  y  concluir  cualquiera 
convención  preliminar  que  haga  cesar  la  guerra  y  que  res- 
tablezca la  paz  entre  la  República  y  el  Imperio,  en  tér- 
minos honrosos  y  con  garantías  recíprocas  para  ambas 
partes,  y  que  han  de  tener  por  base  la  restitución  de  la 
Provincia  Oriental  ó  la  erección  y  reconocimiento  del  dicho 
territorio  en  un  Estado  separado,  libre  é  independiente, 
bajo  las  formas  y  reglas  que  sus  propios  habitantes  eli- 
gieren y  sancionaren ;  no  debiendo  exigirse  en  este  último 
caso  por  ninguna  de  las  partes  beligerantes  compensación 
alguna. » 

3.  Convención  García.  —  El  negociador  argentino 
llegó  á  la  corte  de  Río  Janeiro  pocos  días  después  de  la 
apertura  del  Parlamento,  en  cuyo  acto  el  Emperador  ha- 
bía declarado  que  <  la  guerra  continuaba  y  debía  conti- 
nuar hasta  que  la  Provincia  Cisplatina  fuese  desocupada 
por  los  invasores  y  reconociese  Buenos  Aires  la  indepen- 
dencia de  la  nación  brasilera  y  la  integridad  de  su  terri- 


-  172  - 

torio  con  la  incorporación  de  la  Cisplatina,  que  libre  y 
espontáneamente  habría  querido  ser  parte  del  Imperio.  » 
Encontrándose  García  con  semejantes  ideas,  comprendió 
cuan  difícil  era  la  realización  de  los  proyectos  de  Riva- 
davia,  pero  buscando  la  mediación  del  Ministro  inglés 
en  la  corte  de  Río  Janeiro,  consiguió  ser  recibido  por  el 
Emperador  y  entrar  en  negociaciones  con  éste,  pero  sobre 
la  base  de  la  anexión  de  la  Banda  Oriental  al  Impe- 
rio del  Brasil,  á  lo  cual  accedió  García,  fundándose,  al 
falsear  el  mandato  recibido,  en  que  libre  el  territorio  del 
Uruguay,  podría  incorporarse  á  cualquier  otro  país  y,  so- 
bre todo,  en  que  la  paz  era  lo  más  esencial  para  sacar 
á  flote  la  presidencia  de  Rivadavia  y  su  sistema  de  go- 
bierno. 

La  convención  García,  firmada  el  24  de  Mayo  de  1827, 
dejaba  al  Imperio  la  posesión  y  dominio  de  la  Banda 
Oriental;  se  procedería  al  desarme  de  la  isla  de  Martín 
García;  la  Argentina  pagaría  al  Brasil  el  valor  de  las  pre- 
sas que  hubieran  hecho  los  corsarios  cometiendo  actos  de 
piratería ;  quedaría  establecida  la  libre  navegación  del  río 
de  la  Plata,  y  el  Brasil  y  la  Argentina  reconocerían  re- 
cíprocamente su  respectiva  independencia;  á  todo  lo  cual 
accedió  García,  sin  tener  para  nada  presentes  la  legítima 
aspiración  del  pueblo  oriental,  los  sacrificios  indudable- 
mente hechos  por  la  Argentina,  ni  las  terminantes  ins- 
trucciones que  se  le  habían  dado. 

4.  Rechazo  de  la  convención  y  renuncia  de  Riva- 
davia.—  Tan  ignominiosa  se  consideró  en  Buenos  Aires 
la  convención,  que  la  opinión  pública  fué  unánime  en 
rechazarla.  Al  conocerla,  el  Congreso  la  repudió,  la  prensa 
hizo  lo  propio,  y  la  indignación  del  pueblo  fué  tanta,  sin 
distinción  de  partidos,  que  el  Presidente  la  rechazó  tam- 
bién con  toda  energía,  fundándose  en  que  sus  instruccio- 
nes habían  sido  falseadas,  en  que  las  estipulaciones  que 
contenía  destruían  el  honor  nacional,  y,  por  último,  en  que 
conculcaban  todos  los  derechos  de  la  República.  García 


-  173  - 

intentó  explicar  su  conducta  públicamente,  pero  nadie  se 
dignó  oirlo,  ni  aún  la  prensa  gubernista. 

El  Presidente  comprendió  que  su  permanencia  en  el 
poder  era  la  continuación  de  la  guerra  dentro  y  fuera  del 
país,  é  impotente  para  vencer  á  los  caudillos  provinciales 
y  sin  saber  de  dónde  ni  cómo  obtener  recursos  para  pro- 
seguir la  lucha  con  el  Brasil,  decidió  dimitir  su  elevado 
cargo,  como  así  lo  hizo  el  27  de  Junio,  con  cuyo  acto  tal 
vez  salvase  también  el  principio  del  unitarismo,  como  él 
creyó  erróneamente.  Al  retirarse  del  poder,  que  había  des- 
empeñado con  honradez  y  lealtad,  dirigió  un  manifiesto 
al  pueblo  argentino  exhortándolo  á  que  consagrase  sus 
esfuerzos  al  bienestar  de  la  patria,  á  que  depusiese  ante 
sus  aras  los  egoístas  intereses  locales,  los  odios  persona- 
les y  las  diferencias  de  banderías,  tendiendo  todos  á  la 
consolidación  de  la  moral  pública. 

El  5  de  Julio  siguiente  fué  elegido  en  su  reemplazo  el 
doctor  don  Vicente  López,  quien,  después  de  restablecer 
el  régimen  de  gobierno  anulado  por  Rivadavia,  en  Agosto 
del  mismo  año  resignó  el  mando  en  el  famoso  caudillo 
federal  don  Manuel  Dorrego. 

5.  Unitarios  y  federales.  —  Cuando  se  estableció  la 
Constitución  unitaria,  la  Junta  de  Representantes  de  la 
Banda  Oriental  se  apresuró  á  jurarla  con  el  mayor  jú- 
bilo, dando  un  manifiesto  en  que  decía  que  había  sonado 
la  hora  de  que  los  pueblos  sirviesen  de  ejemplo  á  otros 
que  eran  tan  desgraciados  entonces  como  el  Uruguay  lo 
fuera  antes ;  que  así  terminaría  la  tiranía  doméstica  que 
había  despoblado  su  territorio;  que  los  nuevos  principios 
contribuirían  á  cerrar  para  siempre  la  era  de  las  revolu- 
ciones, etc.,  etc.  Con  tal  motivo  hubo  toda  clase  de  fies- 
tas, que  duraron  tres  días,  siendo  grande  el  entusiasmo 
del  pueblo  y  las  autoridades,  aunque  parece  que  no  to- 
dos acogían  de  buen  grado  el  régimen  centralista;  de  modo 
que  una  vez  conocida  la  renuncia  de  Rivadavia  y  la  nueva 
forma  de  gobierno  que  lo  sustituyó,  la  reacción  no  se  hizo 


-  174  - 

esperar,  y  las  ideas  y  sentimientos  de  los  federalistas  se 
manifestaron  con  toda  libertad,  pues  tal  era  á  la  sazón  la 
verdadera  y  genuina  voluntad  de  la  inmensa  mayoría 
de  los  orientales,  según  la  opinión  emitida  por  varios 
historiadores,  aunque  otros  sostienen  lo  contrario.  De  aquí 
que  la  Junta  autorizara  al  gobierno  de  Buenos  Aires  para 
que  administrase  en  lo  relativo  á  la  guerra,  á  la  paz  y  á 
las  relaciones  exteriores,  facultándolo  de  igual  modo  para 
celebrar  con  las  naciones  del  nuevo  continente  alianzas 
contra  el  Brasil  y  negociar  un  empréstito  de  cinco  millo- 
nes de  pesos. 

6.  Arbitrariedades  de  Lavalleja.  — «Se  ve  — dice 
el  autor  del  Bosquejo  Histórico  —  cómo  propendían  la 
legislatura  y  el  gobernador  Suárez  á  mantener  las  bue- 
nas relaciones  con  las  otras  provincias,  y  á  crear,  poco 
á  poco  y  según  la  experiencia  lo  requería,  el  orden 
legal  relativo  á  los  derechos  y  obligaciones  de  los  ha- 
bitantes de  la  Provincia,  y  á  las  funciones  administrativas 
que  eran  necesarias  á  la  existencia  política  de  la  comuni- 
dad. No  descollaba  ningún  talento  singular,  ni  se  hacía 
gala  de  incorporar  á  la  legislación  grandes  teorías;  pero 
se  hacían  esfuerzos  sinceros  de  buen  sentido  y  de  espí- 
ritu práctico,  cuyos  defectos  se  habrían  corregido  paula- 
tinamente, según  los  hechos  ó  el  progreso  de  las  ideas 
vinieran  indicándolos. 

«Desgraciadamente,  no  todos  estaban  animados  por  tan 
plausibles  móviles.  La  elevación  del  general  Lavalleja  al 
puesto  que  había  ocupado  Alvear  en  el  ejército  de  la 
Nación,  dio  lugar  á  sucesos  lamentables.  Pobre  de  inte- 
ligencia, de  educación  y  de  carácter,  no  comprendió  Lava- 
lleja ni  qué  circunstancias  extrañas  lo  habían  favorecido, 
ni  qué  deberes  le  imponía  el  cargo  que  desempeñaba. 
Creyó  que  debía  el  encumbramiento  á  sus  propios  méritos, 
y  se  tuvo  desde  entonces,  con  más  firmeza  que  antes,  por 
el  primer  genio  militar  y  político  de  su  país.  Este  con- 
cepto de  sí  propio  le  indujo  á  desarrollar  desmedidamente 


—  175  - 

sus  pretensiones  de  mandar  en  todo,  á  todos  y  sobre  to- 
dos; por  manera  que  se  creyó  con  derecho  á  imponer  su 
voluntad  á  legisladores,  gobernador  y  jueces.  Su  odio  á 
Rivera  y  los  riveristas  se  hizo  más  profundo  ó  más  franco, 
y  no  olvidó  entonces  que  los  representantes  de  su  Pro- 
vincia lo  habían  privado  del  poder  ejecutivo  contra  su 
voluntad,  y  lo  habían  sustituido  con  don  Joaquín  Suárez. 
Todo  este  conjunto  de  ideas  erróneas,  de  presunción,  de 
odios  y  de  resentimientos  lo  arrastró  al  terreno  de  las 
violencias,  en  el  que  era  auxiliado  y  quizás  estimulado 
por  jefes  que  le  rodeaban  y  por  hombres  de  Buenos  Aires, 
interesados  en  hacer  desaparecer  del  escenario  político 
á  los  que  habían  prestado  su  conformidad  á  la  constitu- 
ción y  á  las  tendencias  oficiales  del  año  xxvi. 

«El  militarismo  invadió  las  esferas  civiles.  Los  coman- 
dantes de  los  departamentos  disponían  de  las  personas 
y  de  las  cosas,  en  nombre  de  los  intereses  de  la  guerra, 
como  mejor  cuadraba  á  su  limitado  arbitrio.  Varias  de  las 
leyes  que  se  promulgaron  en  el  curso  de  este  año  y  el 
anterior  estaban  en  pugna  abierta  con  esa  conducta,  y 
más  de  una  vez  pretendieron  el  gobernador  y  los  ma- 
gistrados hacerlas  respetar ;  pero  consiguieron  sólo  avivar 
el  antagonismo  de  las  dos  influencias  y  aumentar  de  más 
en  más  la  dificultad  de  las  relaciones  entre  los  funciona- 
rios civiles  y  los  militares. 

«  Dado  el  conflicto  del  poder  moral  de  las  leyes  y  de 
la  magistratura  con  el  poder  material  de  los  soldados,  no 
era  dudoso  el  triunfo  de  éstos.  Lavalleja  venció  la  opo- 
sición de  los  jueces  haciendo  aprehender  ruidosamente  á 
dos  de  ellos,  los  doctores  Ferrera  y  Ocampo,  que  habían 
pasado  en  Abril  de  los  Juzgados  de  primera  instancia  al 
Tribunal  de  apelaciones,  los  despojó  de  sus  funciones  y 
les  intimó  que  salieran  de  la  Provincia,  sin  que  hubiera 
precedido  juicio  ni  sentencia,  y  á  pesar  de  carecer  él  de 
facultades  para  tomar  tales  medidas  respecto  de  los  fun- 
cionarios civiles.   El   gobernador   reclamó   enérgicamente 


-  176  - 

contra  ese  abuso  escandaloso  de  la  fuerza  y  dio  cuenta 
á  la  Junta  de  Representantes,  la  cual  á  su  vez  aprobó  la 
conducta  del  Ejecutivo,  declaró  arbitrario  el  proceder  del 
general  en  jefe  y  violatorio  del  art.  1.°  de  la  ley  de  8 
de  Julio  de  1826,  y  mandó  que  el  Poder  Ejecutivo  enta- 
blara queja  formal  ante  quien  correspondiera,  y  que  se 
transcribiera  al  general  en  jefe  todo  lo  resuelto  ( 21  de 
Septiembre ). 

«La  excitación  era  inmensa  en  todos  los  ánimos.  Ape- 
nas la  sorpresa  permitía  meditar  en  los  hechos  ocurridos 
y  calcular  la  trascendencia  que  tendrían.  Los  comandan- 
tes militares  se  habían  comprometido  abiertamente  en  la 
revuelta  contra  las  autoridades  civiles,  provocando  en  los 
departamentos  manifestaciones  populares,  encabezando  la 
rebelión  de  las  milicias  y  celebrando  reuniones  en  que 
se  pedía  el  derrocamiento  de  todos  los  poderes  constituí- 
dos.  ( Días  20,  21,  22  y  23. ) 

« La  Junta  de  Representantes  contestó  á  esa  actitud  con 
otra  no  menos  extrema.  Declaró  que,  habiéndose  disuelto 
el  Congreso  general  constituyente,  reasumía  la  parte  de 
soberanía  que  había  delegado  la  Provincia  en  sus  dipu- 
tados; y  que  por  tal  razón,  y  mientras  no  se  establecie- 
sen  un  cuerpo  representativo  y  un  poder  ejecutivo  nacio- 
nales, sería  responsable  ante  el  gobernador  y  la  Legis- 
latura de  la  Provincia,  por  la  infracción  de  sus  leyes, 
cualquiera  autoridad  militar,  sea  cual  fuese  su  origen, 
que  se  hallare  en  el  territorio  provincial;  cuya  declaración 
mandó  que  se  notificara  al  gobernador  de  Buenos  Aires, 
encargado  de  la  guerra  y  de  las  relaciones  exteriores,  y 
al  general  en  jefe  del  ejército  (  21  de  Septiembre ).  Por 
su  parte  creyó  el  gobernador  Suárez  que,  como  su  nom- 
bramiento había  ocasionado  hasta  cierto  punto  los  resen- 
timientos de  Lavalleja,  contribuiría  tal  vez  á  conjurar  la 
tempestad  renunciando  el  cargo ;  pero  la  Junta  de  Re- 
presentantes no  aceptó  la  renuncia,  juzgando,  con  razón, 
que  la  autoridad  legal  no  debía  ceder  voluntariamente  á 


-  177  - 

la  pretensión  de  soldados  amotinados  (Septiembre  24).» 
7.  Derrocamiento  de  los  Poderes  públicos.—  «Es- 
píritus mal  avenidos  con  el  régimen  regular  de  las  ins- 
tituciones y  sensiblemente  extraviados  por  idea3  y  tenden- 
cias perniciosas  de  predominio  exclusivo  habían  venido 
agitando  los  ánimos,  dando  pábulo  al  antagonismo  irri- 
tante y  fomentando  la  anarquía  y  los  rencores  con  actos 
abusivos  y  desmanes  odiosos.  Eran  esos  los  preludios  de 
planes  de  mayor  trascendencia  y  gravedad  que  se  incu- 
baban y  que  habían  de  avanzar  hasta  el  extremo  de  aten- 
tar contra  la  existencia  de  los  Poderes  públicos,  aun 
cuando  se  abriese  un  abismo  insondable  á  los  pies  de  la 
patria. 

« Este  lamentable  extravío  no  tardó  en  producirse.  En 
día  nefasto  (4  de  Octubre),  en  la  villa  de  San  Pedro  del 
Durazno,  los  comandantes  de  los  departamentos,  tomando 
la  voz  de  los  pueblos,  se  permiten  el  escándalo  de  dispo- 
ner el  derrocamiento  de  los  Poderes  legales  constituidos 
de  la  Provincia.  ¡  Qué  defección  tan  tristemente  ofrecida 
entonces  por  jefes  beneméritos  de  la  patria,  cubriéndola  de 
dolor  y  de  bochorno ! 

«Acuerdan  y  disponen  en  ese  acto  subversivo  y  aten- 
tatorio á  la  majestad  de  las  leyes  y  de  los  pueblos  sobe- 
ranos, que  el  general  en  jefe  del  ejército  y  gobernador  de 
la  Provincia  reasuma  el  mando  y  ordene  el  inmediato 
cese  en  sus  funciones  á  la  presente  Legislatura  y  Gobierno 
sustituto,  echando  por  tierra  los  Poderes  constituidos.  Esa 
resolución,  tan  inmotivada,  reprobable  y  desmoralizadora, 
la  consignan  en  una  acta  que  firmaron  el  4  de  Octubre 
en  el  Durazno,  incluso  el  mismo  general  Lavalleja,  que  la 
autoriza.  Se  comprende  sin  esfuerzos  que  sus  fundamen- 
tos no  podían  ser  otros  que  el  fruto  de  desahogos,  impu- 
taciones y  enconos.  Todo  esto  respondía  á  una  confabu- 
lación de  mala  índole,  en  que,  indudablemente,  entraban  la 
influencia  y  voluntad  del  general  en  jefe  y  las  sugestiones 
partidistas  de  los  sectarios  del  sistema  predominante  en 


-  178  - 

Buenos  Aires,  al  que,  por  sus  afecciones,  no  era  extraño 
Lavalleja.  No  de  otro  modo  se  explicaría  su  docilidad  y 
la  decisión  con  que  se  hizo  solidario  de  todo  lo  acordado 
por  los  jefes  firmantes  del  acta  del  4  de  Octubre,  intimando 
al  gobernador  sustituto  el  cese  en  sus  funciones,  comple- 
mentado con  la  disolución  forzada  de  la  Legislatura,  inti- 
mada en  Canelones  por  el  jefe  de  una  fuerza  armada  que 
vino  mandada  expresamente  del  ejército  á  efectuarlo,  obe- 
deciendo órdenes  del  general  en  jefe.  Esto  acontecía  el 
12  de  Octubre,  aniversario  del  triunfo  de  Sarandí,  cuyo 
lauro  se  marchitaba  por  el  mismo  que  lo  había  conquis- 
tado. En  ese  día  memorable  hacía  saber  de  oficio  á  la  ho- 
norable Junta  de  Representantes,  « que  desde  ese  punto 
cesaba  en  sus  funciones,  haciendo  entrega  de  su  archivo 
á  las  personas  que  nombraba,  previniéndole  que  para  su 
cumplimiento  no  admitía  reclamaciones. » 

«Y  en  la  misma  fecha  la  Legislatura  contestaba  á  la 
intimación  «  protestando  y  haciendo  responsables  ante  la 
Patria  y  la  Provincia  oriental  á  los  jefes  y  comisionados 
militares  que  habían  firmado  el  acta  celebrada  en  el  Du- 
razno el  4  del  corriente,  mediante  á  que  no  ha  tenido  fa- 
cultad para  disolver  el  Cuerpo  Representativo  que  legal- 
mente  ha  constituido  la  Provincia  por  su  plena  y  libre 
voluntad. »  Declaró  al  mismo  tiempo  « que  la  Junta  se 
disolvía,  no  por  su  voluntad,  sino  por  la  fuerza,  y  que  así 
se  comunicase  á  los  pueblos. » 

«Cumpliendo  esta  resolución  de  la  Legislatura,  el  go- 
bernador Suárez,  revistiéndose  de  energía,  así  como  la  Re- 
presentación provincial,  no  vaciló  en  poner  en  conoci- 
miento de  los  pueblos  que  los  legítimos  Poderes  públicos 
se  disolvían,  no  por  su  voluntad,  sino  por  la  fuerza. 

«En  los  momentos  de  resolverse  la  disolución  de  la  Le- 
gislatura por  imposición  de  la  fuerza,  varios  diputados  le- 
vantaron su  voz  con  entereza,  condenando  el  atentado  que 
se  cometía,  descollando  entre  ellos  don  Francisco  Agui- 
lar,  don  Pedro  Pablo  Sierra,  don  Francisco  J.  Muñoz  y 


-  179  - 

don  Justiniano  Pérez,  y,  á  su  turno,  el  presidente  de  la 
corporación  don  Gabriel  Pereira,  prohombres  distinguidos 
de  la  comunidad  oriental,  sin  que  ninguno  fuese  vejado 
en  sus  opiniones. 

«  Por  fin,  se  consumó  el  derrocamiento  de  la  Legisla- 
tura y  del  Gobierno  sustituto  nombrado  por  ella  (1).» 

El  señor  don  Víctor  Arreguine  dilucida  este  mismo 
punto  en  su  Historia  del  Uruguay,  pero  menos  severo  que 
el  autor  prenombrado,  se  expresa  del  modo  siguiente : 

« Al  hacerse  cargo  Lavalleja  del  ejército  de  operaciones, 
se  sintió  superior  al  conjunto  de  sus  compatriotas.  Su 
nombre  sonaba  con  estruendo  de  gloria,  y  así  como  en  la 
guerra  era  el  arbitro,  quería  serlo  también  en  las  funcio- 
nes civiles.  Algunos  individuos  que  consagraban  sus  apti- 
tudes á  éstas  le  eran  opuestos,  lo  cual  contrariaba  su  deseo 
avasallador  de  preponderancia,  estimulado  por  su  esposa 
y  los  más  de  sus  parciales.  Necesitaba  ser  dictador,  domi- 
nar, hacerse  obedecer,  figurar  como  el  primero  sin  restric- 
ciones civiles.  De  caudillo  habíase  transformado  en  ver- 
dadero militar,  ya  por  su  largo  destierro  en  la  isla  Das 
Cobras,  ya  por  su  trato  con  generales  de  escuela.  La  dic- 
tadura hacía  falta.  Los  departamentos  estaban  regidos  por 
comandantes  militares,  y  el  choque  entre  ellos  y  la  auto- 
ridad civil  era  frecuente.  Por  otra  parte,  poderosas  razo- 
nes políticas  determinaban  al  general  en  jefe  á  consti- 
tuirse en  dictador.  Casi  todos  los  empleados  civiles  tenían 
mucho  de  unitarios.  La  Junta  de  Representantes  lo  era. 
Los  hombres  civiles  de  otrora  se  habían  entregado  en 
brazos  de  Portugal  y  del  Imperio,  y  ahora  que  se  trataba 
de  emancipar  la  Banda  Oriental,  muchos  de  sus  hijos  tal 
vez  llegaran  á  ser  un  obstáculo  á  este  respecto.  Lavalleja 
no  manifestaba  intenciones  de  constituir  á  su  Provincia  en 
un  Estado   independiente,   pero  todas  las  probabilidades 


( 1 )    Isidoro  De-María :    Compendio  de  la   historia  de    la    República   O. 
del  Uruguay.  Montevideo,  1902. 


-  180  - 

favorecían  esta  solución  de  la  guerra.  Públicamente  se  ha- 
blaba de  ello,  desde  el  rechazo  del  convenio  García ;  y 
desde  mucho  antes  había  en  el  Uruguay  un  partido  que 
opinaba  por  la  independencia,  á  cuyas  sugestiones  no  era 
ajeno  el  general.  Si  ese  hecho  previsto,  anunciado  y  sos- 
tenido por  los  mismos  porteños  llegaba  á  realizarse,  era 
natural  que  el  jefe  de  los  Treinta  y  Tres  pensara  en  ase- 
gurarse la  posesión  del  poder,  ya  que  su  alma  no  estaba 
exenta  de  ambición. 

«  No  obstante  ser  ésta  desmedida,  Lavalleja  carecía  de 
dotes  políticas,  y  mal  podía  -convertirse  en  dictador.  Sin 
plan  de  gobierno,  sin  ninguna  idea  progresista,  ¿á  qué 
podía  aspirar?  Al  mando  supremo,  á  saciar  su  inmensa 
ambición.  Y  con  todo,  sin  que  el  mismo  Lavalleja  se  diera 
cuenta,  la  dictadura  se  hacía  necesaria.  Eran  tiempos  de 
guerra,  y  el  poder,  concentrado  en  una  mano,  en  un  hom- 
bre investido  por  el  plebiscito  de  las  circunstancias  con 
facultades  extraordinarias,  podría  dar  unidad  á  la  marcha 
del  país  en  todas  las  esferas.  Suárez,  más  pensador,  más 
enérgico  que  el  general,  valía  como  gobernante  lo  que 
éste  jamás  llegó  á  valer  en  tal  sentido ;  pero  los  momen- 
tos eran  demasiado  solemnes  para  que  un  hombre  civil 
tuviera  á  su  cargo  el  poder  y  sometiera,  cuando  fuera  del 
caso,  á  los  hombres  de  guerra  al  cumplimiento  de  sus  le- 
yes de  paz.  Había  un  inconciliable  antagonismo  entre  la 
ley  escrita  y  las  costumbres,  y  sabido  es  que  la  costum- 
bre llega  á  imponer  la  ley,  sobre  todo  en  tiempos  anor- 
males. » 

8.  Documentación  relativa.  —  Por  su  notorio  interés, 
reproducimos  en  este  lugar  los  principales  documentos  re- 
lativos á  este  deplorable  error  de  Lavalleja,  al  que,  según 
algunos  autores,  fué  inducido  por  el  general  Laguna  (1): 


(  1 )  «El  caudillo  de  este  movimiento  anárquico  fué  el  general  Laguna, 
quien,  llevando  la  voz  de  todos,  notificó  la  acordada  á  la  Junta, »  etc.,  etc. 
(  Santiago  Bollo  :  Manual  de  Historia,  pág.  534. ) 


-  181  - 

«  Canelones,  Octubre  12  de  1827. 

«Los  comandantes  de  los  departamentos  de  la  Provin- 
cia, por  especial  recomendación  y  voluntad  de  los  pueblos, 
han  resuelto  — en  acta  celebrada  en  4  del  corriente,  como 
Ja  que  original  se  acompaña  —  que  el  infrascripto  Gober- 
nador y  Capitán  general,  reasumiendo  el  mando  de  la  Pro- 
vincia, haga  cesar  en  su  administración  y  resoluciones  á 
la  Honorable  Sala  de  Representantes  y  Gobierno  susti- 
tuto; y  el  que  firma,  en  cumplimiento  de  aquella  soberana 
resolución,  hace  saber  al  señor  Gobernador  delegado,  á 
quien  se  dirige,  que  desde  este  punto  cesa  en  sus  funcio- 
nes, haciendo  entrega  formal  de  todo  el  archivo  de  Go- 
bierno y  Hacienda  al  teniente  coronel  don  Pedro  Lenguas, 
que  en  comisión  pasa  á  recibirse  de  él. 

«El  abajo  firmado,  al  trasmitir  al  señor  Gobernador  esta 
soberana  resolución  de  los  pueblos,  previene  que  para  su 
cumplimiento  no  admite  reclamaciones,  aprovechando  la 
ocasión  para  saludar  al  señor  Gobernador  respetuosamente. 

«Juan  Antonio  Lavalleja. 
«Al  señor  Gobernador  sustituto,  don  Joaquín  Suárez.» 

«ACTA.  — En  la  villa  de  San  Pedro  del  Durazno,  á 
los  cuatro  días  del  mes  de  Octubre  de  mil  ochocientos 
veintisiete,  reunidos  los  señores  jefes:  general  don  Julián 
Laguna,  comandante  en  jefe  del  departamento  de  Pay- 
sandú;  coronel  don  Leonardo  Olivera,  comandante  del 
departamento  de  Maldonado ;  coronel  don  Pablo  Pérez,  y 
coronel  graduado  don  Adrián  Medina,  comandantes  activo 
y  pasivo  del  departamento  de  San  José;  coronel  don  An- 
drés Latorre,  comandante  del  departamento  de  Cerro  Lar- 
go; coronel  don  Juan  Arenas,  comandante  del  departa- 
mento de  la  Colonia;  teniente  coronel  don  Miguel  Gre- 
gorio Blanes,  comandante  del  departamento  de  Soriano; 

12 


182 


y  coronel  don  Manuel  Oribe,  á  nombre  de  su  regimiento; 
y  haciendo  personería  por  el  teniente  coronel  del  depar- 
tamento de  Canelones  don  Simón  del  Pino,  pasa  á  hacer 
presente  al  Excmo.  señor  Gobernador  y  Capitán  general, 
propietario  de  la  Provincia,  don  Juan  Antonio  Lavalleja, 
que  los  pueblos  y  divisiones  de  sus  departamentos  respec- 
tivos, en  Actas  celebradas  en  20,  21,  22  y  23  del  próximo 
pasado  que  conducen,  han  acordado  unánimemente  que  el 
expresado  Excmo.  señor  Gobernador  y  Capitán  general, 
reasumiendo  el  mando  de  la  Provincia  ordene  el  cese  de  la 
presente  Legislatura  y  Gobierno  sustituto;  haga  la  reforma 
que  crea  conveniente,  y  análoga  á  las  disposiciones  déla 
guerra  en  que  hoy  se  halla  empeñada ;  y  que  últimamente, 
delegando  el  mando  en  la  persona  ó  personas  que  crea 
convenientes,  pueda  dedicarse  á  las  operaciones  militares 
de  que  se  ha  encargado.  Y  los  expresados  señores  jefes, 
cumpliendo  con  la  libre  y  soberana  voluntad  de  los  pue- 
blos que  los  envían,  á  nombre  de  ellos,  y  por  sí  mismos, 
pasaron  el  oficio  competente  al  Excmo.  señor  Gobernador 
y  Capitán  general  para  su  apersonamiento  á  la  celebra- 
ción del  Acta,  que  acordaron  labrar  por  el  teniente  coro- 
nel don  Miguel  Gregorio  Blanes,  á  quien  nombraron  por 
secretario ;  y  hallándose  presente  el  Excmo.  señor  Gober- 
nador y  Capitán  general,  tomando  la  palabra  el  señor  ge- 
neral don  Julián  Laguna,  dijo: 

«Excmo.  señor:  Los  pueblos  y  las  divisiones  de  mili- 
cias cuyos  departamentos  representamos,  en  reuniones  he- 
chas de  su  propia  voluntad,  han  sancionado  en  actas  for- 
males como  las  que  tuvimos  el  honor  de  presentar:  Que 
habiéndoles  demostrado  la  experiencia  que  la  Provincia  no 
podrá  arribar  al  verdadero  goce  de  su  libertad  y  dere- 
chos mientras  mantenga  en  su  seno  y  á  la  cabeza  de  sus 
negocios  más  importantes  hombres  corrompidos  y  vicia- 
dos que  por  más  de  una  vez  han  comprometido  la  exis- 
tencia de  ella,  hombres  serviles  y  mercenarios  que  no  ha 
mucho  tiempo  fueron  agentes  activos  de  los  portugueses, 


Juan  Antonio  Lavalleja 


—  1S3  — 

y  que  más  recientemente,  traicionando  la  voluntad  de  los 
pueblos,  complotándose  con  los  agentes  del  sistema  de 
unidad  que  ha  concluido,  han  reconocido  una  Constitu- 
ción en  que,  ni  tuvieron  parte  los  pueblos,  ni  tres  mil 
ciudadanos  más  respetables  que  en  aquella  sazón  se  ha- 
llaban combatiendo  por  la  libertad  del  país,  y  es  lo  que 
hoy  hace  aparecer  á  la  Provincia  en  ridículo,  como  lo  pa- 
tentiza el  cuadro  con  que  principian  los  números  de  «El 
Telégrafo»  de  Mendoza;  una  Constitución  que  no  recono- 
ció ninguna  Provincia,  ni  la  misma  donde  fué  firmada,  y 
sólo  tuvo  su  acogida  y  esplendor  en  la  perversidad  del 
círculo  unitario,  que  desgraciadamente  ha  mantenido  hasta 
hoy  la  Provincia. 

«Cuando  los  pueblos,  usando  de  su  soberanía,  eligieron 
sus  Diputados  á  la  Sala  de  Representantes,  ó  trabajó  la 
malicia  contra  la  inocencia,  ó  precisamente  una  toleran- 
cia criminosa  pudo  haber  hecho  que  fueran  incorporados 
á  su  seno  don  Francisco  Muñoz  y  don  Lorenzo  Pérez, 
cuyas  personas  siempre  sospechosas  á  la  patria  conoce 
V.  E.  y  conocen  los  pueblos  que  representamos.  Estos, 
llevando  la  palabra  en  aquella  honorable  reunión,  man- 
chando y  profanando  la  dignidad  con  que  fueron  inves- 
tidos, abusando  de  la  inocencia  de  unos  y  ganando  á  otros 
por  medio  de  la  facción  y  de  la  intriga,  no  hacen  más 
que  dictar  providencias  á  su  antojo,  y  al  de  los  amos  á 
cuyo  servicio  se  han  suscripto. 

«No  es  en  la  Honorable  Sala  solamente,  señor  Excmo., 
donde  reinan  estas  maledicencias.  El  círculo  viciado,  sos- 
pechoso, intrigante  y  enteramente  peligroso,  está  en  ella 
y  fuera  de  ella.  Las  personas  que  lo  componen,  por  ser 
tan  conocidas,  excusamos  nombrarlas  á  V.  E.  Ellas  tra- 
bajan en  oposición  del  sistema  adoptado  por  todas  las  pro- 
vincias, con  la  idea  sin  duda  de  desunirnos  y  guiarnos 
al  borde  del  precipicio  á  que  aspiran,  cuya  tendencia  es 
bien  conocida.  ¿Qué  beneficio  ha  reportado  la  Provincia 
por  medio  de  la  Sala  de  Representantes  ? 


-  184  - 

«¿Qué  ha  dictaminado  que  haya  llevado  asomos  de  pro- 
pender con  felicidad  y  adelantamiento?  Subdividirse  al 
capricho  del  ex  presidente  del  Gobierno  de  Unidad.  Crear 
en  la  Provincia  innumerables  empleados,  tan  innecesarios 
como  gravosos  á  la  renta  pública,  pues  importa  el  pago 
de  sus  sueldos  ciento  cincuenta  mil  i)esos  anuales!  Cuerpo 
de  policía  y  comisionados  en  todas  direcciones.  Al  paso 
que  en  todas  partes  se  comete  el  estupro,  el  robo  y  el 
asesinato,  en  términos  de  no  poderse  transitar  en  la  cam- 
paña sino  con  armas  y  acompañamiento.  Sin  un  estable- 
cimiento de  postas;  y  los  que  hay,  por  demasiado  patrio- 
tismo de  los  que  las  desempeñan,  están  sin  un  caballo  y 
sin  que  les  hayan  pagado  los  servicios  que  han  hecho,  con 
lo  que  han  consumido  en  su  desempeño.  Las  viudas  de 
los  que  han  dado  sus  vidas  en  el  campo  de  batalla  por 
la  salvación  de  la  patria,  entregadas  á  la  mendicidad,  sin 
que  se  haya  pensado  siquiera  en  arbitrar  un  modo  de 
socorrerlas! 

«Este  es,  Excelentísimo  señor,  el  trabajo  de  que  se  ocu- 
pan hasta  hoy  los  Representantes  de  la  Provincia,  agre- 
gando que  con  su  conducta  pasada  y  presente,  ponen  en 
alarma  á  las  demás  provincias,  al  tiempo  que  se  las  in- 
vita para  constituir  la  República  bajo  la  forma  de  gobierno 
por  que  están  decididas.  Por  tanto,  los  pueblos  que  repre- 
sentamos, usando  de  su  soberanía  y  por  su  mismo  con- 
vencimiento, libre  y  espontánea  voluntad,  ponen  en  ma- 
nos de  V.  E.  el  mando  y  dirección  de  los  negocios  de  la 
Provincia  durante  la  presente  guerra.  Que  inmediatamente 
haga  cesar  en  sus  funciones  á  la  Honorable  Sala  de  Re- 
presentantes, haciéndose  cargo  de  su  archivo  y  demás  per- 
tenencias. Que  haga  la  reforma  que  crea  conveniente  y 
más  compatible  con  las  operaciones  de  la  guerra,  de  que 
se  halla  encargado.  Que  después  de  concluida,  cuando  la 
Provincia  tenga  la  libertad  por  que  aún  está  combatiendo, 
convoque  á  una  nueva  Legislatura,  cuyos  miembros  se- 
rán nombrados  por  la  libre  voluntad  de  los  pueblos  en  la 


—  185  — 

forma  de  costumbre,  cuando  ellos  hallándose  en  plena 
tranquilidad,  podrán  fijarse  en  las  personas  que  nombren, 
para  no  verse  en  el  estado  que  ahora  los  compromete  á 
esta  resolución.  Que  se  ponga  en  relación  con  las  demás 
provincias  y  envíe  sus  Diputados  al  Congreso,  ó  Conven- 
ción que  formen,  llevando  por  norte  el  constituir  la  Re- 
pública. Últimamente,  que  la  Provincia— al  tiempo  de 
aumentar  la  fuerza  que  debe  marchar  al  ejército,  según 
V.  E.  lo  ha  invitado  ya,  para  el  15  del  corriente,  en  comu- 
nicación de  11  del  pasado, —  lo  verifique  dejando  la  ad- 
ministración de  la  Provincia  confiada  en  manos  puras, 
y  en  sujeto  de  probidad  y  conocido  patriotismo,  en  cuya 
persona  ó  personas  delegará  V.  E.  el  mando,  mientras 
tenga  que  dedicarse  á  las  operaciones  militares,  con  el  fin 
de  que  al  regreso  de  la  campaña  próxima,  no  nos  encon- 
tremos en  iguales  compromisos  como  en  el  que  nos  pone 
el  juramento  de  una  Constitución  que  tuvo  su  solio  úni- 
camente en  el  arbitrario  procedimiento  de  los  Represen- 
tantes. 

«Los  señores  jefes  reprodujeron  la  misma  exposición, 
acreditándola  con  el  Acta  de  sus  respectivos  departamen- 
tos, y  el  Excmo.  señor  Gobernador,  conformándose  con  la 
unánime  voluntad  de  la  Provincia,  ofreció  poner  en  eje- 
cución al  día  siguiente  sus  soberanas  resoluciones,  con 
que  se  concluyó  esta  Acta,  de  la  que  se  mandaron  sacar 
cuatro  copias  originales  para  un  solo  efecto.  —  Juan  An- 
tonio Lavalleja. — Julián  Laguna.  — Manuel  Oribe. — 
Leonardo  Olivera.  —  Pablo  Pérez.  —  Andrés  Latorre.  — 
Juan  Arenas.  —  Adrián  Medina.  —  Miguel  Gregorio  Planes, 
Secretario. » 

«Canelones,  12  de  Octubre  de  1827. 

«Acaba  de  recibir  el  Gobernador  delegado  que  suscribe, 
la  nota  oficial  del  Excmo.  señor  brigadier  general  en  jefe 
del  ejército  de  operaciones,  acompañando  el  Acta   origi- 


-  186  - 

nal  celebrada  el  4  del  corriente  por  los  comandantes  mi- 
litares de  los  departamentos,  recomendándole  la  reasump- 
ción  del  Gobierno  de  la  Provincia,  y  que  haga  cesar  en 
su  administración  y  resoluciones  á  la  Honorable  Junta 
de  Representantes  y  Gobierno  sustituto,  á  cuyo  fin  S.  E., 
haciendo  saber  su  cesación  al  infrascripto,  dispone  la  en- 
trega formal  de  todo  el  archivo  de  Gobierno  y  Hacienda 
al  teniente  coronel  don  Pedro  Lenguas. 

«El  Gobernador  delegado,  en  contestación  á  la  sobredi- 
cha nota,  se  limita  á  expresar  á  V.  E.  que  habiendo  re- 
cibido el  carácter  que  inviste  directamente  de  la  sobera- 
nía de  los  pueblos,  por  el  órgano  legítimo  de  sus  Repre- 
sentantes, en  virtud  del  decreto  del  5  de  Julio  del  año 
anterior,  no  puede  suspender  el  ejercicio  de  sus  atribucio- 
nes hasta  tanto  le  sea  ordenado  por  la  misma  honorable 
corporación,  á  quien  en  este  acto  se  dirige  el  Gobierno 
delegado  dando  cuenta  de  la  referida  Acta  y  comunicación 
para  que  delibere  como  juzgue  más  conveniente. 

«El  que  firma  saluda  á  S.  E.  con  la  más  distinguida 
consideración.-JOAQUÍNSUÁREZ.-JuAN  F.  Giró. 

«Excmo.  señor  Brigadier  General  en  jefe  del  ejército  de 
operaciones.» 

«Canelones,  12  de  Octubre  de  1827. 

«Los  comandantes  de  los  departamentos  de  la  Provin- 
cia, por  especial  recomendación  y  voluntad  de  los  pue- 
blos, han  resuelto  en  un  Acta  celebrada  en  4  del  corriente, 
como  la  que  original  se  acompaña,  que  el  infrascripto  Go- 
bernador y  Capitán  general,  reasumiendo  el  mando  de  la 
Provincia,  haga  cesar  en  su  administración  y  resoluciones 
á  la  Honorable  Junta  de  Representantes  y  Gobierno  sus- 
tituto; y  el  que  firma,  en  cumplimiento  de  aquella  sobe- 
rana resolución,  hace  saber  á  la  Honorable  Junta  de 
Representantes,  á  quien  se  dirige,  que,  desde  este  punto, 
■cesan  en  sus  funciones,  haciendo  entrega  formal  de  su 


-  187  - 

archivo  en  las  manos  de  don  Loreto  Gomensoro  y  don 
Carlos  San  Vicente,  que  en  comisión  quedan  nombrados. 
«El  abajo  firmado,  al  transmitir  á  la  Honorable  Junta 
esta  soberana  resolución  de  los  pueblos,  le  previene  que 
para  su  cumplimiento  no  admite  reclamaciones.  —  Juan 
Antonio  Lavalleja. 

«A  la  Honorable   Junta   de  Representantes  de  la  Pro- 
vincia.» 

«Canelones,  12  de  Octubre  de  1827. 

« El  que  suscribe  ha  recibido  la  nota  del  Excmo.  Go- 
bernador delegado,  en  la  que  transcribe  la  que  con  esta 
fecha  le  ha  pasado  el  Excmo.  señor  Gobernador  y  Capi- 
tán general  de  la  Provincia  y  general  en  jefe  del  ejército 
de  operaciones,  á  efecto  de  que  la  Junta  esté  reunida  para 
las  dos  de  la  tarde  de  este  día. 

«El  que  habla  siente  la  necesidad  de  hacer  presente  á 
S.  E.  el  señor  Gobernador  delegado,  que  la  Junta  está 
en  sus  sesiones  y  que  por  el  Reglamento  le  está  prohi- 
bido convocarla  sin  un  motivo  expreso  que  se  indique  por 
el  Gobierno  ó  algunos  señores  Representantes. 

«S.  E.  puede  dirigirse  con  sus  comunicaciones,  luego 
que  el  Excmo.  señor  General  explique  sus  conceptos.  En- 
tretanto, tiene  el  honor  de  saludar  al  señor  Gobernador,  á 
quien  se  dirige  con  sus  más  cumplidos  respetos.  —  Ga- 
briel A.  Pereyra,  Presidente.  —  Carlos  de  San  Vicente, 
Secretario. 

«Al  Excmo.  señor  Gobernador  Delegado.» 

«Canelones,  Octubre  12  de  1827. 

«La  Honorable  Junta  de  Representantes,  en  sesión  de 
hoy,  ha  resuelto: 
«Que  protesta  y  hace  responsables  ante  la  Patria  y  la 


-  138  - 

Provincia  Oriental,  álos  jefes  y  comandantes  militares  que 
han  firmado  el  acta  celebrada  en  el  Durazno  el  día  cua- 
tro del  corriente,  mediante  á  que  no  han  tenido  facultad 
para  disolver  el  Cuerpo  Representativo  que  legalmente  ha 
constituido  la  Provincia  por  su  plena  y  libre  voluntad. 

«Declara  igualmente  nulo  cuanto  expone  el  señor  Ge- 
neral en  jefe  del  ejército  en  la  comunicación  de  este  día. 
Declara  al  mismo  tiempo  que  la  Junta  se  disuelve,  no  por 
su  voluntad,  sino  por  la  fuerza,  y  quiere  que  se  dé  cuenta 
de  esta  resolución  al  Gobierno  para  que  lo  comunique  á 
los  pueblos.  Al  efecto,  ha  resuelto  se  le  pase  copia  auto- 
rizada de  este  acto  á  los  efectos  que  convengan. 

«  Y  para  que  conste,  lo  firmaron  todos  los  señores  Re- 
presentantes en  el  mismo  día  de  la  fecha,  á  las  seis  de  la 
tarde.  —  Antonio  Mancebo.  —  Daniel  Vidal.  —  Lorenxo  Jus- 
tiniano  Pérez.  — Francisco  Aguilar.  —  Francisco  Joaquín 
Muñoz. —Manuel  Basilio  Bustamante.  —  Pedro  Pablo  de 
la  Sierra.  — José  Alvar ez.  — Manuel  del  Valle. — Francisco 
Martínez  Nieto.  —  Santiago  Sayago. 

«Y  de  orden  de  la  Honorable  Junta  se  comunica  al 
señor  Gobernador  delegado  para  su  cumplimiento,  salu- 
dándole con  su  mayor  consideración  y  aprecio.  —  Gabriel 
A.  Pereyra,  Presidente. —  Carlos  de  San  Vicente,  Se- 
cretario. 

«A  la  Honorable  Junta  de  Representantes  de  la  Provincia.» 

9.  Reformas  atávicas  de  la  Dictadura.  —  Después 
de  erigido  en  dictador,  Lavalleja  introdujo  en  la  adminis- 
tración pública  unas  cuantas  innovaciones  que,  aunque 
bien  intencionadas,  fueron  de  resultado  negativo,  eviden- 
ciando además  que  si  el  nuevo  gobernante  estaba  dotado 
de  excelentes  condiciones  como  militar,  como  ciudadano  y 
como  político  no  poseía  las  cualidades  inherentes  á  todo 
reformador  hábil  y  perspicaz.  Su  decreto  de  fecha  6  de 
Diciembre  así  lo  evidencia,  y  analizándolo  se  expresa  así 
el  autor  del  Bosquejo  Histórico: 


191  — 


en  don  Luis  Eduardo   Pérez,  se  presentó  al  ejército   con 
un  pequeño  contingente  de  fuerzas  y  escasa  caballada. 

11.  Sucesos  militares  de  la  Provincia.  —  Algún 
tiempo  después  del  triunfo  de  Ituzaingó,  Barbacena  dejó 
el  mando  del  ejército  brasilero,  siendo  sustituido  por  el  ge- 
neral Carlos  Federico  Lecor,  Barón  de  la  Laguna,  de 
igual  manera  que  don  Juan  Antonio  Lavalleja  reemplazó 
á  Alvear  en  la  dirección  de  la  guerra.  Así  fué  cómo  vino 
á  ser  Presidente  y  Gobernador  de  la  Provincia  Cisplatina 
don  Tomás  García  Zúñiga,  Barón  de  Villa- Vila,  que  ini- 
ció las  operaciones  militares  de  la  Banda  Oriental  apo- 
derándose por  asalto  de  la  ciudad  de  Maldonado  (17  de 
Mayo),  que  desde  1825  se  bailaba  en  poder  de  los  patrio- 
tas. Esta  plaza,  la  Colonia  y  Montevideo  eran  las  únicas 
poblaciones  en  que  dominaban  los  imperialistas,  sin  que 
nadie  se  preocupase  de  la  suerte  del  resto  del  país,  reco- 
rrido impunemente  por  indios,  gentes  de  mal  vivir  y  par- 
tidas de  brasileros  ú  orientales,  pues  la  acción  de  las  au- 
toridades del  gobierno  local  se  limitaba  al  radio  del  pue- 
blo en  que  estaba  instalado. 

12.  Situación  económica  de  la  misma.  —  El  presu- 
puesto general  de  gastos  de  la  Provincia  ascendía  en  1827 
á  la  suma  de  138.280  pesos,  distribuidos  en  esta  forma : 


Policía  y  cárceles.     . 
Magistratura   . 
Instrucción  pública  . 
Ministerio  de  Hacienda 
Gastos  militares  . 
Ministerio  de  Gobierno 
Legislatura 
Gobernación    . 
Imprenta    .... 
Pensiones  .... 
Gastos  extraordinarios 

Total     .     . 


62.40S 

29.4G0 

10.800 

8.400 

1.080 


700 
300 
808 
880 
600 
844 


$  138.280 


—  192  — 

El  país  contaba  entonces  con  70,000  habitantes,  de 
modo  que  el  presupuesto  gravitaba  sobre  cada  uno  á  ra- 
zón de  2  $  anuales  aproximadamente. 

BIBLIOGRAFÍA 

Las  publicaciones  de  que  nos  hemos  servido  para  escribir  el  precedente 
capítulo  están  citadas  en  el  mismo,  por  medio  de  notas  puestas  al  pie  de 
las  páginas.  Excusamos  repetirlas  en  este  lugar. 


CONQUISTA  DE  MISIONES 


11 


CAPITULO  XI 

CONQUISTA  DE    MISIONES 
(1828) 


•SUMARIO:  1.  Emigración  del  general  Rivera.  —  2.  Su  proyecto  de  con- 
quistar las  Misiones.  —  3.  Rivera  trata  de  conseguir  la  adhesión  de 
Lavalleja. —  4.  Acción  del  Ibicuy.  —  5.  Rivera  se  apodera  del  territorio 
de  Misiones.  —  6.  Persecución  de  Oribe.  —  7.  Reacción  en  favor  de 
Rivera. — 8.  Organización  del  Ejército  del  Norte.  —  9.  Gobierno  de 
Rivera  en  las  Misiones.  —  hl  Retrato  moral  del  conquistador. 


1.  Emigración  del  general  Rivera.  —  Ya  hemos  ex- 
plicado en  el  Capítulo  Yin  cuál  fué  el  origen  de  la  in- 
surrección riverista  del  año  26  y  las  causas  que  obligaron 
á  Rivadavia  á  ordenar  al  general  Rivera  que  se  tras- 
ladase á  Buenos  Aires,  donde  tuvo  una  larga  conferencia 
con  el  Presidente,  á  quien  dejó  convencido  de  la  correc- 
ción de  sus  procederes  y  de  su  lealtad  é  inocencia,  al  ex- 
tremo de  que  Rivadavia  extendió  un  decreto  nombrándolo 
Inspector  General  de  Armas.  Pero  como  Alvear  se  opu- 
siera á  este  nombramiento,  Rivera  no  llegó  á  ocupar  el 
elevado  puesto  que  se  le  había  confiado  (1). 

En  cambio,  los  amigos  del  caudillo  oriental  lo  recibie- 
ron con  muestras  de  general  regocijo  y  lo  agasajaron  de 
todos  modos.  «No  sabemos  —  dice  un  historiador — si  estas 
demostraciones  eran  sinceras  de  parte  de  todos,  pero  á  lo 

( 1 )  López  :  Historia  de  la  Rej)ública  Argentina.  —  Díaz  :  Historia  Polí- 
tica y  Militar  de  las  Repúblicas  del  Plata. 


-  196  - 

menos  se  puede  asegurar  que  sí  lo  fueron  de  la  de  sus 
numerosos  amigos.  El  ser  el  principal  jefe  de  los  orien- 
tales, su  valor,  su  nombradía,  las  peripecias  de  su  vida, 
aunque  no  larga,  y  su  carácter  franco,  le  hacían  á  objeto 
de  la  atención  de  todos.  Añádase  á  esto  que  se  le  juz- 
gaba como  hombre  necesario  en  la  gran  empresa  que 
formaba  el  principal  objeto  de  los  sacrificios  de  Buenos 
Aires,  que  era  apoderarse  del  puerto  de  Montevideo.  Sus 
admiradores,  amigos  y  partidarios  quisieron  hacer  mani- 
fiestas estas  sus  simpatías,  y  para  ello  le  dieron  una  co- 
mida en  casa  de  don  Pascual  Costa  (1),  conocido  por  su 
patriotismo  y  enemistad  para  con  los  imperiales  (2).» 

£1  carácter  franco  y  abierto  del  general  Rivera  y  su 
modo  de  ser  sencillo  le  granjearon  numerosas  simpatías 
en  Buenos  Aires,  así  como  infinidad  de  relaciones,  lo 
mismo  entre  los  amigos  que  los  enemigos  de  Rivada- 
via;  pero,  ya  por  esta  causa  ó  porque  Rivera  fuese  víc- 
tima de  la  propaganda  que  en  su  contra  hacían  los  lava- 
llejistas,  lo  cierto  es  que  se  hizo  sospechoso  para  con  las 
autoridades  nacionales,  al  extremo  de  tener  que  ausentarse 
de  la  capital  por  consejo  de  varios  de  sus  más  leales  ami- 
gos. Dirigióse  á  Santa  Fe,  sin  otros  recursos  que  los  pro- 
pios, que  serían  bastante  limitados,  ni  más  compañero  que 
su  asistente  Luna   (3),  librándose  de  la  persecución   de 

(1)  «  Político  argentino.  Nació  en  Buenos  Aires  en  1800  y  dejó  de  exis- 
tir en  el  último  tercio  del  siglo  xix.  Hijo  de  una  de  las  principales  fa- 
milias patricias  y  decidido  partidario  de  la  completa  independencia  de 
todo  poder  extraño  en  esta  parte  de  América,  propendió  con  su  influen- 
cia y  sus  muchos  recursos  pecuniarios  y  sociales  al  éxito  de  la  empresa 
de  los  Treinta  y  Tres  orientales  que  en  el  año  1825  desembarcaron  en  su 
patria  y  dieron  el  grito  de  libertad  contra  la  invasión  brasileña.»  (Dic- 
cionario Biográfico  Contemporáneo  Sud  -  Americano. ) 

(2)  Deodoro  de  Pascual:  Apinites  para  la  historia  de  la  R.  O.  del 
Uruguay. 

(3)  Dijo  un  historiador,  y  lo  siguen  repitiendo  los  demás,  que  cuando 
Rivera  huyó  de  Buenos  Aires,  fué  auxiliado  por  don  Juan  Manuel  de  Ro- 
sas con  3000  pesos  y  una  carta  de  recomendación  para  el  gobernador  de 
Santa  Fe,  pero  hace  muchos  años  que  Rivera  Indarte   demostró  la    false- 


-  197  - 

que  lo  hizo  blanco  el  Presidente  Rivadavia,  merced  á  la 
feliz  coincidencia  que  un  escritor  nacional  relata  del  modo- 
siguiente: 

« El  gobierno  de  Buenos  Aires,  deseoso  de  dar  caza  al 
general  Rivera,  circuló  por  todo  el  país  un  bando  de  prisión,, 
y  hallándose  en  un  distrito  próximo  á  la  Bajada  del  Pa- 
raná, el  alcalde  del  paraje  recibió  la  consabida  orden. 
Quiso  su  buena  estrella  que  aquel  hombre,  investido  de 
una  autoridad  incapaz  de  desempeñar  por  su  ignorancia, 
no  supiera  leer,  y  que  el  cura  del  lugar,  que  se  enteró  del 
pliego,  movido  por  un  sentimiento  generoso,  pusiese  inme- 
diatamente en  conocimiento  del  jefe  oriental  lo  que  ocu- 
rría, para  que  sin  pérdida  de  tiempo  se  alejase  de  allí  (1).  *■ 

2.   Sü  PROYECTO  DE    CONQUISTAR    LAS    MISIONES.  —  No 

fueron  pocos  ni  de  escasa  magnitud  Jos  inconvenientes 
con  que  tropezó  Rivera  antes  de  llegar  á  Santa  Fe,  pues 
tuvo  que  resguardarse  de  los  hombres  y  defenderse  de 
las  fieras,  cruzar  selvas  y  monte?,  sufrir  las  torturas  del 
hambre  y  de  la  sed,  viajar  solamente  de  noche  y  perma- 
necer oculto  durante  el  día,  hasta  que  por  fin  logró  avis- 
tarse con  don  Estanislao  López,  gobernador  de  la  citada 
provincia,  quien  le  dispensó  su  protección.  Allí  vivió 
tranquilo  algún  tiempo,  hasta  que  concibió  el  magno  pro- 
yecto de  conquistar  el  vasto  territorio  de  Misiones,  idea  ex- 
clusivamente de  Rivera,  y  que  algunos  historiadores  ar- 
gentinos atribuyen  á  López  y  otros  á  Dorrego.  Lo  que 
parece  cierto  es  que  López,  presintiendo  el  éxito  de  esta 
aventura,  <  quería  parte  de  esa  gloria,  y  en  tal  sentido 
trabajó   el   ánimo  de  Dorrego,  proponiéndole  que  el  jefe 


dad  de  semejante  aBeveración.  Y  tenía  que  ser  así,  desde  que  el  caudillo 
oriental  llegó  al  punto  de  su  destino  tan  falto  de  recursos,  que  Luna  tuvo- 
que  venderse  como  esclavo  para  proporcionar  á  su  jefe  un  puñado  de  on- 
zas de  oro.  Acción  tan  espontánea  y  generosa  le  valió  á  Luna  el  aprecio 
y  la  gratitud  perpetua  del  general  Rivera. 

(1)    Setembrino  E.  Pereda:   El  General  Fructuoso  Rivera  y  la  indepen- 
dencia nacional. 


-  198  - 

oriental  mandaría  la  vanguardia,  á  lo  que  se  opuso  Do- 
rrego  creyendo  que  una  actitud  semejante  haría  imposible 
la  paz,  cuya  idea  venía  acariciando  desde  lejos  (1). » 

3.  Rivera  trata  de  conseguir  la  adhesión  de  La- 
valleja.  —  Tan  pronto  como  el  gobierno  de  Buenos  Aires 
tuvo  conocimiento  del  proyecto  de  Rivera,  Dorrego  mandó 
llamar  al  coronel  don  Manuel  Puyrredón  para  confiarle 
la  delicada  misión  de  que  tratase  de  disuadirlo  de  su  em- 
presa. «No  tengo  duda  que  Rivera  va  á  tomar  las  Misio- 
nes—decíale Dorrego  á  Puyrredón  —  y  eso  es  lo  que  yo 
más  siento,  porque  nos  va  á  causar  mucho  mal.  Necesi- 
tamos la  paz!  la  paz!  la  paz!  No  podemos  continuar  la 
guerra;  Rivadavia  ha  dejado  el  país  en  esqueleto;  exhausto 
enteramente  el  tesoro.  En  el  parque  no  hay  una  bala  que 
tirar  á  la  escuadra  enemiga.  No  hay  ni  un  fusil,  ni  un 
grano  de  pólvora,  ni  con  qué  comprarla.  Yo  sé  que  el  Bra- 
sil desea  también  la  paz,  pero  la  toma  de  Misiones  va  á 
causarnos  embarazos.  Los  brasileros  no  las  han  de  que- 
rer ceder.  Don  Frutos  no  las  va  á  entregar,  porque  la  toma 
por  su  cuenta.  El  gobierno  tratará  de  entenderse  con  él, 
pero  eso  no  basta.  Es  preciso  que  todos  los  amigos  de 
ese  hombre  vayan  á  rodearlo  é  influyan  para  que  no  em- 
barace la?  negociaciones  que  el  gobierno  se  propone  es- 
tablecer. En  ese  sentido  me  intereso  en  que  usted  vaya : 
voy  á  mandar  llamar  á  don  Julián  Gregorio  de  Espi- 
nosa, á  don  Agustín  Almeida  y  á  cuantos  sepa  que  son 
amigos  de  ese  hombre.  Es  indispensable  que  usted  mar- 
che; el  país  le  exige  este  nuevo  sacrificio  (2).» 

Entretanto  Rivera,  que  disponía  ya  de  unos  100  hom- 
bres ( 3 )  como  base  ó  plantel  de  su  nuevo  ejército,  se  en- 
caminó al  departamento  de  Soriano,  al  cual  llegó  el  25 
de  Febrero  de  1S28,  siendo  su  primera  resolución  al  pisar 
■ 

(  1 )    Víctor  Arreguine  :  Historia  del  Uruguay. 

(2)  Manuel  Puyrredón :  Campaña  de  Misiones  de  1828  :  Apuntes  his- 
tóricos. 

(c¡)    Ochenta  solamente,  según  unos;    120,  según  otros. 


-  199  - 

el  suelo  de  la  patria  dirigirse  por  escrito  al  Gobernador  de- 
legado, que  lo  era  á  la  sazón  su  antiguo  amigo  don  Luis 
Eduardo  Pérez,  y  al  general  en  jefe  del  ejército  don  Juan 
Antonio  Lavalleja,  haciéndoles  saber  sus  propósitos  y  pi- 
diendo al  último  su  asentimiento  para  efectuar  la  expe- 
dición á  Misiones  y  continuar  haciendo  la  guerra  al  ene- 
migo común.  Pérez  trasmitió  á  Lavalleja  los  deseos  de 
Rivera,  expresándose  en  estos  términos: 

« El  general  don  Fructuoso  Rivera  ha  llegado  á  este 
punto  y  se  ha  presentado  al  Gobierno  pidiendo  que  inter- 
ponga sus  respetos  con  S.  E.  el  señor  general  en  jefe,  á 
fin  de  que  se  le  permita  á  él  y  á  los.  que  lo  acompañan, 
emplearse  en  hacer  la  guerra  á  los  enemigos,  como  que 
éste  es  el  único  móvil  que  los  dirige,  pero  esto  ponién- 
dose á  las  órdenes  de  las  autoridades  que  S.  E.  disponga, 
ó  de  él  mismo  si  lo  tuviese  á  bien.» 

El  general  Lavalleja  contestó  á  la  mesurada  nota  del 
Gobernador  delegado  manifestándole  su  sorpresa  por 
el  contenido  del  oficio  recibido,  y  calificando  á  Rivera  de 
«monstruo  de  la  anarquía,  á  quien  era  preciso  destruir 
en  sus  primeros  pasos;»  y  finalmente,  que  si  su  osadía 
llegaba  al  punto  de  presentarse  en  el  Durazno,  «  fuera 
preso  inmediatamente  y  remitido  al  cuartel  general.»  Al 
mismo  tiempo  solicitaba  del  gobernador  de  Entre  Ríos 
« que  hiciera  replegar  á  su  provincia  la  fuerza  que  acom- 
pañaba á  Rivera  y  que  si  éste  repasaba  el  Uruguay 
fuese  asegurado  y  remitido  á  disposición  del  gobierno,  á 
quien  venía  á  insultar  con  su  presencia.» 

Simultáneamente  Lavalleja  dirigió  otra  comunicación  á 
Rivera  manifestándole  que  debía  retirarse  á  la  margen 
derecha  del  L/ruguay  y  desde  allí  formular  sus  proposi- 
ciones ó  presentarse  á  él  dentro  del  perentorio  plazo  de 
cuatro  días,  confiando  en  la  probidad  y  el  honor  del  gene- 
ral en  jefe.  Al  propio  tiempo  este  último  advirtió  al  go- 
bierno nacional  la  actitud  asumida  por  Rivera,  y  Balcarce, 
ministro  de  la  guerra,  extendía  á  favor   de   don  Manuel 


-  200  - 

Oribe  una  orden  para  que  el  audaz  caudillo  oriental  fuese 
perseguido  «en  todas  direcciones,  hasta  conseguir  aniqui- 
larlo á  él  y  á  los  que  lo  acompañaban,  y  en  caso  de  que 
tuviese  la  fortuna  de  tomarlo,  hiciese  con  él  un  ejemplar 
castigo.  El  ministro  que  suscribe — continuaba  éste  en  su 
comunicación  —  tiene  orden  de  conducir  esta  nota  previ- 
niéndole al  señor  Comandante  general  de  armas  que  el 
gobierno  cree  que  la  destrucción  del  caudillo  que,  se- 
gún todas  las  noticias,  está  vendido  á  los  enemigos,  le  hará 
tanto  honor  al  señor  Comandante  general  de  armas  como 
el  batir  cualquier  división  eneuiiga,  puesto  que  la  perma- 
nencia de  aquél  en  esa  Provincia  la  envolverá  en  la  anar- 
quía y  tendrá  los  más  fatales  resultados.  » 

En  vista  de  la  interpretación  errónea  ó  malevolente  que 
unos  y  otros  daban  á  los  propósitos  del  general  Rivera, 
don  Luis  Eduardo  Pérez,  procediendo  con  circunspección 
y  lealtad,  y  justamente  resentido,  ofició  al  primero  comu- 
nicándole que  desistía  de  su  carácter  de  mediador,  con  lo 
cual  Rivera  quedaba  librado  á  su  propia  suerte. 

Por  su  parte,  éste,  viendo  que  Lavalleja  rechazaba  la 
reconciliación  y  que  ahora  más  que  nunca  era  conside- 
rado como  traidor,  anarquista  y  monstruo,  y  que  sus  com- 
pañeros de  la  víspera  proyectaban  hacer  con  él  un  ejem- 
plar castigo,  trató  de  abandonar  el  suelo  nativo,  pero 
alcanzado  por  don  Manuel  Oribe  en  el  rincón  de  Burica- 
yupí  ( Paysandú )  el  día  27  de  Marzo,  se  vio  en  la  ne- 
cesidad de  retirarse  hacia  el  norte,  después  de  haber  sufrido 
un  pequeño  contraste. 

4.  Acción  del  Ibicuy.  —  El  primer  encuentro  que  tuvo 
el  general  cuando  fué  á  conquistar  el  territorio  de  Misio- 
nes, usurpado  por  los  portugueses  é  indebidamente  rete- 
nido por  los  brasileños,  fué  al  pasar  el  Ibicuy,  el  día  21 
de  Abril  de  1828.  El  audaz  conquistador  ordenó  al  capi- 
tán don  Felipe  Caballero  que  vadease  el  río  á  nado  en 
compañía  de  los  80  hombres  que  lo  acompañaban,  á 
quienes  salió  al  encuentro  una  fuerza  de  70  soldados,  que 


-  203  - 

extremo  de  quedar  reducido  á  él  y  una  escolta  de  9  hom- 
bres, con  los  cuales  pudo  salvarse.  Otra  fuerza  de  100 
hombres  se  rindió  sin  pelear,  de  modo  que  en  este  caso 
Rivera  disfrutó  la  gloria  más  inefable,  cual  es  la  de  ven- 
cer sin  derramar  sangre. 

Así  fueron  vencidas,  una  después  de  otra,  las  guarni- 
ciones de  los  pueblos,  y  puestas  en  fuga  las  partidas  que 
intentaron  inútilmente  oponerse  á  la  marcha  triunfal  del 
ejército  invasor,  que  vio  aumentar  sus  temerarias  filas  con 
indios  charrúas  y  minuanes,  algunos  orientales  que  desde 
épocas  anteriores  habían  emigrado  al  territorio  de  Misio- 
nes y  en  él  se  habían  quedado,  y  numerosos  vecinos  de  los 
pueblos  que  espontáneamente  prestaron  su  concurso  per- 
sonal al  general  Rivera.  También  cayó  en  poder  de  éste 
el  parque  del  enemigo,  bagajes  de  toda  clase,  caballada, 
gran  cantidad  de  carretas  y  G000  pesos,  que  abandonó  en 
su  vergonzosa  fuga  el  gobernador  Alencaster.  Este  dinero 
fué  repartido  en  la  proporción  siguiente:  8  pesos  para 
cada  soldado,  9  á  cada  cabo  y  10  á  cada  sargento,  ha- 
biendo los  oficiales  cedido  la  parte  que  les  pudiera  tocar 
en  beneficio  de  la  tropa. 

La  actitud  de  los  principales  hacendados,  propietarios 
y  comerciantes  de  las  Mi-iones  fué  favorable  á  la  ocupa- 
ción, pues  no  sólo  no  hicieron  ninguna  resistencia  á  Ri- 
vera, como  ya  queda  dicho,  sino  que,  según  la  documen- 
tación de  la  época,  en  vista  del  buen  trato  que  recibían 
del  caudillo  oriental  y  las  gentes  que  lo  acompañaban,  les 
hicieron  generosos  ofrecimientos  de  dinero,  haciendas, 
caballadas  y  toda  clase  de  recursos  á  fin  de  sustraer 
su  territorio  de  la  oprobiosa  dominación  imperial.  Los 
pocos  vecinos  armados  que  desde  el  primer  momento  pres- 
taron su  contingente  á  las  autoridades  brasileras,  abando- 
naron á  éstas  para  colocarse  del  lado  de  Rivera,  de  quien 
fueron  entusiastas  admiradores,  deslumhrados  por  su  va- 
lor, su  audacia,  sus  sentimientos  humanitarios  y  su  trato 
sencillo,   franco  y  llano,   que  contrastaba   con  el  de   los 


-  204  - 

infatuados  gobernadores  y  comandantes  del  Imperio.  A  tal 
extremo  llegó  su  entusiasmo,  que  pugnaron  por  el  estable- 
cimiento de  un  gobierno  independiente,  sujeto  al  credo 
republicano  con  Rivera  como  jefe  supremo. 

6.  Persecución  de  Oribe.  —  Después  del  suceso  del 
Ibicuy,  Oribe  solicitó  refuerzos  del  gobernador  de  Corrien- 
tes, que  lo  auxilió  con  500  hombres,  pero  mientras  éstos 
no  llegaban  se  situó  al  sur  del  Cuareim,  sobre  el  Uru- 
guay, desde  donde  le  fué  fácil  capturar  sucesivamente  los 
chasques  que  Rivera  mandaba  á  diferentes  autoridades  de 
la  Confederación  participándoles  la  toma  de  Misiones; 
chasques  que  hizo  fusilar  (1),  apoderándose  de  los  oficios  y 
cartas  de  que  eran  portadores,  como  también  hizo  pasar  por 
las  armas  algunos  soldados  riveristas  so  pretexto  de  que 
eran  desertores,  como  si  aquí  nunca,  y  mucho  menos  en 
aquellos  tiempos  en  que  los  ejércitos  se  componían  de  toda 
clase  de  gentes,  el  delito  de  deserción  se  purgara  con  la 
pena  de  muerte.  Sin  embargo,  el  mismo  Oribe  reconocía 
poco  después  que  el  extravío  de  Rivera  presentaba  un 
término  feliz,  cual  era  la  conquista  de  Misiones,  pidiendo 
á  Lavalleja  que  tuviese  en  cuenta  las  utilidades  efectivas 
que  reportaba  á  la  causa  de  los  patriotas,  y  que  «el  señor 
Rivera  era  acreedor  á  que  se  le  relevase  de  la  ominosa 
nota  de  traidor  con  que,  por  equivocación,  lo  clasificó  pro- 
blemáticamente el  señor  Ministro  de  la  Guerra  (2).» 

7.  Reacción  en  favor  de  Rivera.— Una  vez  termi- 
nada la  conquista  de  Misiones,  Rivera  la  comunicó  por 
diferentes  conductos  al  gobierno  nacional,  quien  la  festejó 
ruidosamente,  tomando  participación  todo  el  pueblo  de  Bue- 
nos Aires  en  la  alegría  general  que  produjo  esta  gloriosa 
aventura  que  tanto  debía  influir  en  la  favorable  solución 
del  conflicto   subsistente  entre  el  Brasil  y  la  Argentina. 

(1)  Los  fusilados  fueron  Juan  Tomás  Sora,  Tomás  Baca,  Encarnación 
Iparraguirre,  Modesto  Lago  y  Manuel  González. 

( 2 )  Nota  de  Oiibe  á  Lavalleja,  reproducida  en  parte  por  el  doctor  Be- 
rra en  su  Bosquejo  Histórico,  pág.  653. 


-  207  - 

minuanes  que  se  plegaron  á  Rivera,  y  á  las  partidas  suel- 
tas de  correntinos,  entrerrianos  y  santafesinos  que  corrie- 
ron á  engrosar  las  filas  del  conquistador  de  las  Misiones, 
impulsados  por  su  carácter  aventurero  ó  atraídos  por  la 
fama  de  generoso  y  desprendido  que  gozaba  Rivera.  No 
es  concebible  cómo  en  un  período  de  tiempo  relativamente 
corto  pudiera  reunirse  un  ejército  tan  numeroso  y  tan  bien 
disciplinado.  «Jamás  ha  existido  un  ejército  — decía  á 
la  sazón  un  testigo  presencial  de  estos  acontecimientos  (1)  — 
en  el  cual  haya  tanto  orden,  unión  de  la  primera  hasta 
la  última  clase,  ni  mayor  fuego  patrio.  En  fin,  puede  de- 
cirse y  probarse,  si  tendemos  la  vista  sobre  toda  la  Re- 
pública, que  en  Misiones  ha  retoñado  el  marchito  árbol 
de  la  libertad,  y  que  en  Itaquí  se  ha  construido  el  bajel 
de  nuestra  salvación  dirigido  por  el  general  Rivera.» 

9.  Gobierno  de  Rivera  en  las  Misiones.  — En  la 
época  en  que  estos  sucesos  se  desarrollaban,  el  territorio 
de  Misiones  todavía  presentaba  vestigios  de  lo  que  fuera 
en  más  remotos  tiempos:  aún  quedaban  restos  del  pueblo 
de  San  Nicolás,  patria  de  aquel  célebre  indio  que  quiso 
proclamarse  emperador  de  los  guaraníes;  de  San  Miguel, 
poderoso  núcleo  de  población  que  durante  el  largo  pe- 
ríodo de  la  dominación  española  alcanzó  á  poseer  cerca 
de  7000  almas;  de  San  Iaiís,  cuyos  edificios  eran  los  que 
más  habían  resistido  á  la  acción  destructora  de  los  tiem- 
pos; de  Santo  Ángel,  en  el  cual  se  deslizaron  los  prime- 
ros años  del  héroe  de  Ituzaingó;  de  San  Borja,  San  Lo- 
y  San  Juan  Bautista,  y  multitud  de  aldeas  que  en 
otros  tiempos  fueron  ricas  reducciones  sujetas  al  régimen 
sacerdotal  de  la  Compañía  de  Jesús. 

Aún  se  podían  contemplar,  con  tristeza  y  desaliento, 
las  macizas  paredes  de  los  templos  construidos  por  los 
misioneros,  sus  rectangulares  cementerios  sembrados  de  se- 


(1)    Carta  de  Carlos  de  San  Vicente  á  don  Gabriel  Antonio  Perdía,  Oc- 
tubre 7  de  182S. 


-  208  - 

pulcros  llenos  de  inscripciones  latinas,  castellanas  ó  gua- 
raníticas,  y  los  vastos  graneros  semi  derrumbados  en  que 
los  indígenas  convertidos  al  cristianismo  depositabau  los 
variados  cereales,  producto  de  aquel  fértil  suelo  y  de  su 
constante  trabajo. 

Aparte  de  este  cuadro,  el  territorio  de  Misiones,  hoy 
como  ayer,  es  hermoso  por  naturaleza,  pues  por  todas  par- 
tes se  ven  grandes  yerbales,  dilatados  plantíos  de  naran- 
jos, árboles  seculares,  cónicos  y  aislados  cerros,  y  arroyos 
de  puras  y  tranquilas  aguas  flanqueados  por  tupidas  sel- 
vas, en  que  entrelazan  sus  ramajes  el  férreo  urunday  con 
el  potente  lapacho,  y  el  perfumado  amarillo  con  el  bal- 
sámico aguaraibá. 

Pueblan  estos  feraces  campos  innumerables  tropas  de 
ganados  alzados,  cuya  persecución  y  captura  es  el  entre- 
tenimiento de  sus  moradores,  y  completa  la  poesía  del  pai- 
saje el  armonioso  y  variado  canto  de  los  pájaros,  abun- 
dantísimos en  esta  privilegiada  región  de  sano  clima  y 
azulado  cielo. 

En  Itaquí,  población  situada  sobre  la  margen  izquierda 
del  río  Uruguay,  que  es  el  límite  natural  de  las  Misiones 
por  el  Oeste,  estableció  Rivera  su  cuartel  general,  preocu- 
pándose en  primer  término,  como  ya  se  ha  dichox  de  la 
formación  y  organización  del  ejército  del  Norte,  así  como 
de  proveer  á  su  mantenimiento,  para  lo  cual,  en  vez  de 
imponer  gravosas  contribuciones  al  vecindario,  ó  de  sa- 
quear las  estancias  de  los  ganaderos  más  acaudalados,  pre- 
firió despojar  todas  las  iglesias  de  cuanto  oro,  plata  y  jo- 
yas habían  atesorado  los  jesuítas  y  que  no  pudieron  lle- 
var consigo  en  la  época  de  su  expulsión. 

A  renglón  seguido  reemplazó  las  principales  autorida- 
des civiles  de  todo  el  territorio  de  Misiones,  colocando  en 
los  puestos  públicos  á  las  personas  de  su  mayor  confianza, 
que  por  sus  ideas  y  sentimientos  simpatizasen  más  con  la 
causa  de  la  libertad  y  de  la  República  que  con  la  del 
Imperio,  que  nunca  fué  del  agrado  de  aquellas  poblaciones. 


-  209  - 

A  solicitud  de  los  habitantes  de  más  significación  y  res- 
peto organizó  un  gobierno  local,  tomando  todo  género  de 
precauciones  para  afianzar  el  orden  público  y  regularizar 
la  marcha  económica  y  política  del  territorio  conquistado, 
de  lo  que  se  deduce  que  no  quiso  proceder  como  dictador, 
sino  normalizar  la  situación  de  todos  mediante  el  empleo 
de  medidas  aconsejadas  por  la  prudencia  y  el  buen  sen- 
tido. 

Evidenció  una  vez  más  sus  sentimientos  humanitarios 
procurando  el  bienestar  de  todos,  ya  fuesen  civiles  ó  mi- 
litares, y  dio  libertad  completa  á  los  prisioneros  hechos 
durante  la  conquista  y  ocupación  de  Misiones,  con  lo  cual 
consiguió  que  la  inmensa  mayoría  de  los  libertados  pre- 
firiesen militar  bajo  sus  banderas  que  volver  á  las  filas 
del  ejército  imperial. 

Finalmente,  Rivera  celebró  tratados  de  amistad,  nave- 
gación y  comercio  con  la  provincia  de  Corrientes,  gestio- 
nando lo  propio  con  la  de  Entre  Ríos,  y  tan  grande  fué 
la  influencia  que  adquirió,  que  el  partido  autonomista  de 
Río  Grande,  que  aspiraba  á  la  emancipación  de  la  pro- 
vincia de  este  nombre,  por  medio  del  coronel  Bentos  Ma- 
nuel Riveiro  solicitó  su  poderoso  concurso  para  la  conse- 
cución de  sus  propósitos,  habiéndose  interrumpido  esta 
gestión  con  la  llegada  de  la  noticia  de  que  se  había  ce- 
lebrado la  paz  entre  argentinos  y  brasileros. 

10.  Retrato  moral  del  conquistador.  — « El  general 
Rivera  era  un  hombre  verdaderamente  célebre.  Salido  de 
una  clase  vulgar  (1),  conservó  hasta  su  muerte  el  exterior 
y  las  maneras  toscas  del  hombre  de  campo;  pero  poseía 
un  gran  talento  natural,  empleado  siempre  en  intrigas  y 
manejos  para  llenar  sus  aspiraciones  y  satisfacer  su  insa- 
ciable  sed  de  mando  y  de  dinero.   Así,  su  política   toda 


(1)  El  autor  de  este  boceto  biográfico  se  halla  equivocado  en  eBta  parte, 
pues  los  padres  del  general  .Rivera  pertenecían  á  la  clase  social  más  pu- 
diente que  existía  en  Montevideo  hacia  fines  del  siglo  xvm. 

15 


-  210  - 

estaba  subordinada  á  estos  dos  objetos  primordiales.  Te- 
nía todas  las  cualidades  del  caudillo.  Pródigo  hasta  el  ex- 
tremo, todo  lo  daba.  Con  razón  se  decía  de  él  que  era  un 
saco  roto,  pues  nada  le  bastaba.  Pedía  á  cuantos  le  ro- 
deaban, casi  siempre  para  dar  á  otros;  pero  no  cobraba 
ni  pagaba.  Era  el  hombre  de  los  grandes  vicios,  pero  esos 
mismos  vicios  tenían  algo  de  heroico.  Durante  la  guerra 
civil  desempeñó  un  gran  papel  en  su  país,  donde  se  le  re- 
putaba la  primera  capacidad  militar.  Y,  en  efecto,  lo  era, 
pero  puramente  local.  Muy  práctico  del  terreno,  conocía 
todos  los  montes,  valles,  ríos,  arroyos  y  picadas,  aun  las 
menos  frecuentadas.  Esto  le  daba  siempre  una  gran  ven- 
taja sobre  sus  enemigos.  De  todos  los  caudillos  de  la  Banda 
Oriental,  Rivera  fué  el  más  manso  y  humano. . . .  De  to- 
dos los  comandantes  de  Artigas,  Rivera  fué  siempre  el 
que  se  condujo  mejor  como  militar  y  como  hombre  de 
orden  (1).» 

BIBLIOGRAFÍA 


Antonio  Díaz:  Historia  política  y  militar  de  las  Repúblicas  del  Piala.  Mon- 
tevideo, 1877. 

Setenibrino  E.  Pereda  ¡  El  General  Fructuoso  Rivera  y  la  independencia 
nacional,  Montevideo,  1903. 

Daniel  Martínez  Vigil:  F.n  la  tribuna  del  «  Club  Rivera».  Montevideo,  1904. 

Deodoro  de  Pascual :  Apuntes  para  la  historia  de  la  República  O.  del  Uru- 
guay desde  el  año  1810  hasta  1852.  París,  1864. 

Manuel  Alejandro  Puyrredón :  Campaña  de  Misiones  en  1828.  Apuntes 
históricos.  ., 

José  Rivera  Indarte :  El  General  Rivera. 

Domingo  Lamas:  El  General  Rivera.  Artículo  publicado  en  «La  Revista 
Económica  del  Río  de  la  Plata  ».  Buenos  Aires. 

Carlos  Travieso:  La  toma  de  las  Misiones.  Artículo  inserto  en  El  Dia 
de  Montevideo. 

Alberto  Palomeque  :  La  campaña  de  Misiones.  Monografía  histórica. 


(1)     M.  A.  Puyrredón,  obra  citaila. 


LA  INDEPENDENCIA 


CAPITULO  XII 

LA    INDEPENDENCIA 

(1828) 


SUMARIO  :  1.  Situación  de  los  beligerantes  á  principios  de  182S. — 2. 
Influencia  de  la  toma  de  las  Misiones  en  la  realización  de  la  paz.  — 
3.  Convención  preliminar  de  paz.  —  4.  Aceptación  del  tratado  y  canje 
délas  ratificaciones.— 5.  Renuncia  de  Lavalleja.  —  6.  Elección  del 
General  Rondeau.  —  7.  Creación  de  la  bandera,  de  la  escarapela  y  del 
escudo  nacional.  —  8.  Las  tropas  extranjeras  desocupan  el  territorio.  — 
9.  Rivera  restituye  el  territorio  de  Misiones.  — 10.  El  éxodo  del  pueblo 
misionero.  — 11.  Conflicto  sobre  limites.  —  12.  Vuelta  á  la  patria. 


1.  Situación  de  los  beligerantes  á  principios  de 
1828. —  A  medida  que  se  desarrollaban  los  sucesos  rela- 
tados en  el  capítulo  anterior,  la  situación  de  las  Provincias 
argentinas  y  del  gobierno  de  Dorrego  se  venía  haciendo 
más  difícil,  tanto  por  la  falta  de  recursos  para  continuar 
la  guerra  con  el  Imperio  cuanto  porque  la  anarquía  cun- 
día entre  los  gobiernos  provinciales  amenazando  seria- 
mente la  estabilidad  en  el  poder  de  los  políticos  de  Bue- 
nos Aires. 

Otro  tanto  sucedía  en  el  Brasil,  donde  los  descontentos 
aumentaban  en  vista  del  mal  éxito  de  la  ocupación  de  la 
Banda  Oriental  y  del  fracaso  experimentado  por  el  ejér- 
cito imperial  en  la  campaña  contra  los  aliados.  Acrecen- 
taba este  descontento  el  malestar  que  al  comercio  y  á  la 
industria  brasileros  ocasionaba  el  ejercicio  del  corso,  del 
que  eran  víctimas  por  las  vías  fluvial  y  marítima  los  bar- 


-  214  - 

eos  mercantes  que  navegaban  bajo  la  bandera  imperial. 

En  cuanto  al  territorio  del  Uruguay,  téngase  presente 
que  las  tropas  de  ocupación  sólo  habían  logrado  someter 
las  ciudades  de  la  Colonia  y  Montevideo,  y  que  á  ocho 
leguas  de  esta  última,  ó  sea  en  Canelones,  estaba  insta- 
lado, funcionando  regularmente,  el  gobierno  local  de  los 
patriotas,  sin  que  por  entonces  fuese  molestado  por  los  im- 
periales; hechos  que  patentizan  la  impotencia  del  Empera- 
dor para  dominar  de  un  modo  firme  y  absoluto. 

2.  Influencia  de  la  toma  de  las  Misiones  en  la 
realización  de  la  paz.  —  Como  una  situación  semejante 
perjudicaba  extraordinariamente  los  intereses  comerciales 
de  la  Gran  Bretaña,  el  Ministro  inglés  residente  en  la 
corte  de  Río  Janeiro  empezó  á  trabajar  el  ánimo  del  mo- 
narca en  el  sentido  de  que  aceptase  su  mediación  para 
realizar  la  paz  con  Buenos  Aires,  y  en  los  preliminares 
de  la  negociación  se  hallaban  los  que  en  ella  intervenían, 
cuando  llegó  á  la  Corte  imperial  la  inesperada  noticia  de* 
la  toma  del  territorio  de  Misiones  por  el  general  Rivera. 
Un  autor  insospechable  ( 1 )  por  sus  afinidades  con  el  Bra- 
sil y  su  antipatía  hacia  Rivera,  relata  así  este  interesante 
episodio : 

<Se  leían  en  el  Consejo  del  Emperador  los  despachos 
<3el  Presidente  de  la  Cisplatina,  en  que,  anunciando  las 
disensiones  de  los  principales  jefes  orientales  ( Rivera  y 
Lavalleja)  y  exagerando  las  consecuencias,  predecían  la 
disolución  de  las  fuerzas  republicanas  y  el  próximo  triunfo 
de  la  causa  imperial.  Las  esperanzas  renacieron  para  el 
Imperio;  pero,  algunas  horas  después,  se  recibieron  y  le- 
yeron otros  despachos  de  la  Cisplatina,  en  que  se  daba 
euenta  de  la  ocupación  de  los  pueblos  de  Misiones  por  el 
general  Rivera,  y,  aterrado,  dijo  el  Emperador  á  sus  Con- 
sejeros :    Con  otra  nueva  discordia  como  ésta  de  los  jefes 


(  1 )    Deodoro  de  Pascual,  obra  citada. 


-  217  - 

provincia  de  Montevideo,  llamada  hoy  Cisplatina,  separada 
del  territorio  del  Imperio  del  Brasil,  para  que  pueda  cons- 
tituirse en  Estado  libre  é  independiente  de  toda  y  cual- 
quiera nación,  bajo  la  forma  de  gobierno  que  juzgare 
conveniente  á  sus  intereses,  necesidades  y  recursos. 

« Art.  2.°  El  Gobierno  de  la  República  de  las  Provin- 
cias Unidas  concuerda  en  declarar  por  su  parte  la  inde- 
pendencia de  la  provincia  de  Montevideo,  llamada  hoy 
Cisplatina,  y  en  que  se  constituya  en  Estado  libre  é  inde- 
pendiente, en  la  forma  declarada  en  el  artículo  antece- 
dente. 

« Art.  3.°  Ambas  Altas  Partes  Contratantes  se  obligan 
á  defender  la  independencia  é  integridad  de  la  provincia 
de  Montevideo,  por  el  tiempo  y  en  el  modo  que  se  ajus- 
tare en  el  tratado  definitivo  de  paz. 

«Art.  4.°  El  Gobierno  actual  de  la  Banda  Oriental,  in- 
mediatamente que  la  presente  fuere  ratificada,  convocará 
á  los  representantes  de  la  parte  de  la  dicha  provincia  que 
le  está  actualmente  sujeta,  y  el  Gobierno  de  Montevideo 
hará  simultáneamente  una  igual  convocación  á  los  ciuda- 
danos residentes  dentro  de  ésta;  regulándose  el  número  de 
los  diputados  por  el  que  corresponda  al  de  los  ciudada- 
nos de  la  misma  provincia,  y  la  forma  de  su  elección  por 
el  reglamento  adoptado  para  la  elección  de  sus  represen- 
tantes en  la  última  Legislatura. 

« Art.  5.°  Las  elecciones  de  los  diputados  correspon- 
dientes á  la  población  de  la  plaza  de  Montevideo  se  ha- 
rán precisamente  en  extramuros,  en  lugar  que  quede  fuera 
del  alcance  de  la  artillería  de  la  misma  plaza,  sin  ninguna 
concurrencia  de  fuerza  armada. 

« Art.  6.°  Reunidos  los  representantes  de  la  provincia 
fuera  de  la  plaza  de  Montevideo,  y  de  cualquier  otro  lu- 
gar que  se  hallare  ocupado  por  tropas,  y  que  esté  al 
menos  diez  leguas  distante  de  las  próximas,  establecerán 
un  Gobierno  provisorio,  que  debe  gobernar  toda  la  provin- 
cia hasta  que  se  instale  el  Gobierno  permanente  que  hu- 


--  21S  - 

biere  de  ser  creado  por  la  Constitución.  Los  Gobiernos 
actuales  de  Montevideo  y  de  la  Banda  Oriental  cesarán 
inmediatamente  que  aquél  se  instale. 

«  Art.  7.°  Los  mismos  representantes  se  ocuparán  des- 
pués en  formar  la  Constitución  política  de  la  provincia  de 
Montevideo;  y  ésta,  antes  de  ser  jurada,  será  examinada 
por  comisarios  de  los  Gobiernos  contratantes,  para  el 
único  fin  de  ver  si  en  ella  se  contiene  algún  artículo  ó 
artículos  que  se  opongan  á  la  seguridad  de  sus  respecti- 
vos Estados.  Si  aconteciere  este  caso,  será  explicado  pú- 
blica y  categóricamente  por  los  mismos  comisarios,  y  en 
falta  de  común  acuerdo  de  éstos,  será  decidido  por  los  dos 
Gobiernos  contratantes. 

<  Art,  8.°  Será  permitido  á  todo  y  á  cualquier  habitante 
de  la  provincia  de  Montevideo  salir  del  territorio  de  ésta, 
llevando  consigo  los  bienes  de  su  propiedad,  sin  perjuicio 
de  tercero,  hasta  el  juramento  de  la  Constitución,  si  no 
quisiere  sujetarse  á  ella  ó  así  le  conviniere. 

<  Art.  9.°  Habrá  perpetuo  y  absoluto  olvido  de  todos  y 
cualesquiera  hechos  y  opiniones  políticas  que  los  habitan- 
tes de  la  provincia  de  Montevideo  y  los  del  territorio  del 
Imperio  del  Brasil  que  hubiese  sido  ocupado  por  las  tro- 
pas de  la  República  de  las  Provincias  Unidas,  hubiesen 
practicado  ó  profesado  hasta  la  época  de  la  ratificación 
de  la  presente  convención. 

«  Art.  10.  Siendo  un  deber  de  los  dos  Gobiernos  con- 
tratantes auxiliar  y  proteger  á  la  provincia  de  Montevideo 
hasta  que  ella  se  constituya  completamente,  convienen  los 
mismos  Gobiernos  en  que,  si  antes  de  jurada  la  Consti- 
tución de  la  misma  provincia,  y  cinco  años  después,  la 
tranquilidad  y  seguridad  fuese  perturbada  dentro  de  ella 
por  la  guerra  civil,  prestarán  á  su  Gobierno  legal  el  au- 
xilio necesario  para  mantenerlo  y  sostenerlo.  Pasado  el 
plazo  expresado,  cesará  toda  la  protección  que  por  este 
artículo  se  promete  al  Gobierno  legal  de  la  provincia  de 


219 


Montevideo,  y  la  misma  quedará  considerada  en  estado 
de  perfecta  y  absoluta  independencia. 

<  Art.  11.  Ambas  Altas  Partes  Contratantes  declaran 
muy  explícita  y  categóricamente  que  cualquiera  que  pueda 
venir  á  ser  el  uso  de  la  protección  que,  en  conformidad 
al  artículo  anterior,  se  promete  á  la  provincia  de  Monte- 
video, la  misma  protección  se  limitará  en  todo  caso  á  ha- 
cer restablecer  el  orden,  y  cesará  inmediatamente  que  éste 
fuere  restablecido. 

«  Art.  12.  Las  tropas  de  la  provincia  de  Montevideo  y 
las  tropas  de  la  República  de  las  Provincias  Unidas  des- 
ocuparán el  territorio  brasileño  en  el  preciso  y  perentorio 
término  de  dos  meses,  contados  desde  el  día  en  que  fue- 
ren canjeadas  las  ratificaciones  de  la  presente  Convención, 
pasando  las  segundas  á  la  margen  derecha  del  río  de  la 
Plata  ó  del  Uruguay,  menos  una  fuerza  de  1500  hombres, 
ó  mayor,  que  el  Gobierno  de  la  sobredicha  República,  si 
lo  juzgare  conveniente,  podrá  conservar  dentro  del  terri- 
torio de  la  referida  provincia  de  Montevideo,  en  el  punto 
que  escogiere,  hasta  que  las  tropas  de  S.  M.  el  Empera- 
dor del  Brasil  desocupen  completamente  la  plaza  de  Mon- 
tevideo. 

«  Art.  IB.  Las  tropas  de  S.  M.  el  Emperador  del  Bra- 
sil desocuparán  el  territorio  de  la  provincia  de  Montevi- 
deo, inclusa  la  Colonia  del  Sacramento,  en  el  preciso  y 
perentorio  término  de  dos  meses,  contados  desde  el  día  en 
que  se  verificare  el  canje  de  las  ratificaciones  de  la  pre- 
sente Convención,  retirándose  para  las  fronteras  del  Im- 
perio, ó  embarcándose;  menos  una  fuerza  de  1500  hom- 
bres que  el  Gobierno  del  mismo  señor  podrá  conservar  en 
la  plaza  de  Montevideo,  hasta  qtie  se  instale  el  Gobierno 
provisorio  de  la  dicha  provincia,  con  la  expresada  obliga- 
ción de  retirar  esta  fuerza  dentro  del  preciso  y  perentorio 
término  de  los  primeros  cuatro  meses  siguientes  á  la  ins- 
talación del  mismo  Gobierno  provisorio  á  más  tardar,  en- 
tregando en  el  acto  de  la  desocupación  la  expresada  plaza 


-  220  - 

de  Montevideo  in  statu  qao  ante  bellum,  á  comisarios  com- 
pletamente autorizados  ad  hoc  por  el  Gobierno  legítimo  de 
la  misma  provincia. 

«  Art.  14.  Queda  entendido  que  tanto  las  tropas  de  la 
República  de  las  Provincias  Unidas,  como  las  de  S.  M.  el 
Emperador  del  Brasil,  que  en  conformidad  de  los  dos  ar- 
tículos antecedentes  quedan  temporalmente  en  el  territo- 
rio de  la  provincia  de  Montevideo,  no  podrán  intervenir 
en  manera  alguna  en  los  negocios  políticos  de  la  misma 
provincia,  su  gobierno,  instituciones,  etc.  Ellas  serán 
consideradas  como  meramente  pasivas  y  de  observación, 
conservadas  allí  para  proteger  al  Gobierno  y  garantir 
las  libertades  y  propiedades  públicas  é  individuales,  y 
sólo  podrán  operar  activamente  si  el  Gobierno  legítimo 
de  la  referida  provincia  de  Montevideo  requiriese  su  au- 
xilio. 

«Art.  15.  Luego  que  se  efectuare  el  canje  de  las  ratifi- 
caciones de  la  presente  Convención,  habrá  entera  cesa-  • 
ción  de  hostilidades  por  mar  y  por  tierra ;  el  bloqueo 
será  levantado  en  el  término  de  cuarenta  y  ocho  horas 
por  parte  de  la  escuadra  imperial;  las  hostilidades  por 
tierra  cesarán  inmediatamente  que  la  misma  Convención 
y  sus  ratificaciones  fueren  notificadas  á  los  ejércitos,  y 
por  mar  dentro  de  dos  días  hasta  Santa  María ;  en  ocho 
hasta  Santa  Catalina;  en  quince  hasta  Cabo  Frío;  en  22 
hasta  Pernambuco;  en  40  hasta  la  línea;  en  60  hasta  la 
costa  del  Este,  y  en  80  hasta  los  mares  de  Europa.  To- 
das las  presas  que  se  hicieren  en  mar  ó  en  tierra,  pasado 
el  tiempo  que  queda  señalado,  serán  juzgadas  malas 
presas,  y  recíprocamente  indemnizadas. 

«Art.  16.  Todos  los  prisioneros  de  una  y  otra  parte 
que  hubiesen  sido  tomados  durante  la  guerra,  en  mar  ó 
en  tierra,  serán  puestos  en  libertad  luego  que  la  presente 
Convención  fuere  ratificada  y  las  ratificaciones  canjeadas, 
con   la   única  condición  de   que  no  podrán  salir  sin  que 


—  223  — 

de  Capitán  General  y  Gobernador  Provisorio  de  la  Pro- 
vincia, procediendo  con  la  mayor  corrección  y  el  más  puro 
patriotismo,  se  apresuró  á  presentar  la  renuncia  de  tan 
elevado  cargo  (1),  comunicando  al  delegado  don  Luis 
Eduardo  Pérez  que  convocase  á  los  comicios  para  que  el 
país  eligiese  á  los  ciudadanos  que  deberían  formar  la  Ho- 
norable Asamblea  General  Constituyente  y  Legislativa, 
que  tal  fué  la  denominación  que  se  le  dio. 

Las  elecciones  se  efectuaron,  pero  la  Asamblea  no  llegó 
á  reunirse  sino  después  de  una  segunda  convocatoria.  Los 
miembros  que  la  componían  no  gozaban  sueldo  ninguno, 
ni  dietas,  ni  asignaciones  pecuniarias  de  ningún  género, 
pertenecían  á  los  distintos  círculos  personales  que  ya  em- 
pezaban á  dibujarse  en  el  horizonte  político  de  la  nueva 
nacionalidad,  y  eran  ilustrados  y  patriotas.  Instalóse  la 
Asamblea  en  la  ciudad  de  San  José  de  Mayo  (2)  el  24 
de  Noviembre  de  182S,  hasta  que  las  tropas  de  ocupación 
desalojasen  la  ciudad  de  Montevideo,  siendo  su  presidente 
donjuán  Silvestre  Blanco,  ciudadano  tan  inteligente  como 
honorable,  quien,  al  inaugurar  las  sesiones,  pronunció  un 
discurso  en  el  cual  campean  las  ideas  más  avanzadas,  los 
conceptos  más  puros  y  los  sentimientos  más  generosos  en 
favor  del  orden  y  prosperidad  de  la  joven  República. 

6.  Elección  del  general  Rondeau.— El  primer  asunto 
que  tuvo  que  resolver  la  Asamblea  fué  la  elección  de  un 


(1)  Hay  quien  sostiene  que  la  renuncia  de  Lavalleja  no  tuvo  por  ob- 
jeto regularizar  la  situación  política  del  país,  sino  disponer  de  tiempo  para 
poder  influir  más  á  sus  anchas  en  las  futuras  elecciones ;  pero  nosotros  du- 
damos mucho  que  esto  sea  cierto,  entre  otras  razones  por  el  hecho  de  que 
en  la  elección  de  Gobernador  el  jefe  de  los  Treinta  y  Tres  no  obtuvo  ni 
un  solo  voto  íx  su  favor. 

( 2 )  «La  casa  que  sirvió  de  recinto  á  esa  Asamblea  se  encuentra  á  una 
cuadra  de  la  plaza,  y  ha  sido  destruida  y  reedificada  en  parte,  conserván- 
dose el  resto  con  el  mirador  que  la  caracterizaba  y  distinguía  de  los  demás 
edificios  de  la  época.  »  (Reminiscencias  históricas  locales  evocadas  en  el  ani- 
versario de  la  independencia  nacional,  por  el  doctor  don  Jorge  Arias ; 
año  1891.) 


-  224  - 

Gobernador  provisional,  hasta  que  formulada,  discutida  y 
aprobada  la  Constitución  del  Estado,  se  procediera  al  nom- 
bramiento de  Presidente  de  la  República;  pero  como  los 
candidatos  que  aspiraban  á  la  gobernación  del  país  (Juan 
Antonio  Lavalleja  y  Fructuoso  Rivera)  si  bien  tenían 
iguales  derechos,  ofrecían  recíprocas  resistencias,  aquella 
corporación,  deseando  evitar  conflictos  prematuros,  dictó 
una  ley  estableciendo  que  el  cargo  de  Gobernador  Provi- 
sorio del  Estado  pudiera  desempeñarlo  un  ciudadano  de 
las  Provincias  Unidas,  siempre  que  hubiese  dado  pruebas 
de  ser  amigo  de  la  independencia  del  país  y  gozase  de 
buen  concepto  público  por  servicios  notorios  en  favor  de 
la  misma  independencia. 

El  general  don  José  Rondeau  era  el  único  que  reunía 
aquellas  condiciones,  pues  aunque  argentino,  se  hallaba 
estrechamente  vinculado  á  la  política  y  á  la  sociedad  uru- 
guayas, y  él  fué  el  candidato  elegido  por  la  Asamblea,  que 
con  tal  determinación  dio  una  tregua  á  las  mal  reprimi- 
das ambiciones  de  los  héroes  del  Rincón  y  Sarandí;  percT 
como  Rondeau  se  encontraba  ausente,  se  hizo  cargo  inte- 
rinamente de  la  gobernación  del  país  el  austero  ciudadano 
don  Joaquín  Suárez,  al  mismo  tiempo  que  la  Asamblea 
resolvía  su  traslación  á  Canelones,  desde  cuyo  punto  ex- 
pidió un  decreto  (13  Diciembre)  declarando  que  en  el  nuevo 
Estado  no  había  más  jurisdicción  que  la  del  Gobierno 
nombrado  por  la  Representación  Nacional ;  que  cesaba  el 
mando  de  las  autoridades  extranjeras;  que  los  tribunales 
y  demás  magistrados  protegerían  á  todos  los  habitantes 
del  país  que  reclamasen  su  auxilio ;  que  serían  respetadas 
las  personas  y  las  propiedades  de  estos  últimos,  cuales- 
quiera que  fuesen  sus  opiniones  políticas,  y,  finalmente,  que 
la  prensa  era  libre  de  manifestar  sus  ideas  sin  el  requi- 
sito de  la  previa  censura. 

7.  Creación  de  la  bandera,  de  la  escarapela  y 
del  escudo  nacionales  (1).  — Tres  días  después  la  Asam- 

( 1 )    Esta  ley  fué  anulada  por  otra  de  fecha  11  de  Junio  de  1S30,  según 
la  cual  el  pabellón  uruguayo  constaría  de  cuatro  listas  azules  horizontales 


-  225  - 

blea  creaba  el  pabellón  nacional,  compuesto  de  nueve  fa- 
jas de  color  azul  celeste  horizontales  y  alternadas,  dejando 
en  el  ángulo  superior  del  lado  del  asta  un  cuadro  blanco, 
en  el  cual  se  colocaría  un  sol.  Estas  nueve  fajas  azules 
simbolizaban  los  nueve  departamentos  en  que  á  la  sazón 
estaba  dividido  el  territorio  de  la  República,  los  cuales 
eran:  Montevideo,  San  José  (que  comprendía  los  actuales 
departamentos  de  San  José,  Florida  y  Flores),  Colonia, 
Maldonado  (Maldonado,  Rocha  y  Minas),  Soriano,  Cerro 
Largo  (  Cerro  Largo  y  Treinta  y  Tres  ),  Canelones,  Entre 
Yí  y  Río  Negro  (  hoy  denominado  Durazno ),  y  Paysandú 
( todo  el  Norte  del  Río  Negro). 

También  se  creó  la  escarapela  nacional,  de  los  mismos 
colores,  y  á  principios  del  año  siguiente  ( 14  Marzo  de  1829) 
se  determinó  cuál  había  de  ser  el  escudo  de  armas  de  la 
hoy  República  Oriental  del  Uruguay. 

8.  Las  tropas  extranjeras  desocupan  el  territo- 
rio.—Mientras  la  Asamblea  se  ocupaba  de  estos  requi- 
sitos que  tendían  á  exteriorizar  el  nuevo  Estado  libre  y 
soberano,  las  tropas  brasileras  y  argentinas,  que  en  nú- 
mero de  1500  hombres  de  cada  nacionalidad  debían  per- 
manecer cuatro  meses  después  de  instalado  el  primer  go- 
bierno patrio,  se  disponían  á  retirarse  definitivamente,  como 
así  lo  verificaron  al  expirar  el  plazo  convenido,  princi- 
piando las  primeras  por  evacuar  la  ciudad  de  la  Colonia 
y  las  segundas  Montevideo.  En  cuanto  al  ejército  argen- 
tino que  había  hecho  la  campaña  del  Brasil,  retiróse  tam- 
bién á  su  país  á  las  órdenes  del  general  Paz,  que  susti- 
tuyera á  Lavalleja  en  el  mando  del  mismo. 

Respecto  de  los  Poderes  públicos,  como  un  violento  hu- 
racán derrumbó  las  paredes  del  humilde  edificio  donde  se 
reunían  los  austeros  gobernantes  y  legisladores,  resolvióse 


en  campo  blanco  distribuidas  con  igualdad  en  su  extensión,   quedando  en 
lo  demás  conforme  al  que  establece  la  ley  de  16  de  Diciembre  de  1828. 


—  226  — 

su  traslación  á  la  Aguada  y  más  tarde  á  la  capital  de  la 
República. 

,  9.  Rivera  restituye  el  territorio  de  Misiones.  — 
Una  de  las  condiciones  impuestas  por  el  Emperador  para 
la  celebración  de  la  paz  era  la  restitución  de  las  Misio- 
nes, de  modo  que  una  vez  firmado  el  Convenio,  Dorrego 
mandó  al  general  don  Hilarión  de  la  Quintana  con  una 
orden  para  que  Rivera  desalojase  el  territorio  conquistado 
y  cruzando  el  río  Uruguay  se  situase  en  el  pueblo  de 
Yapeyú,  en  las  Misiones  Occidentales;  pero  don  Frutos 
se  negó  á  ello  manifestando  que  como  su  país  natal  que- 
daba segregado  de  la  República  Argentina,  pensaba  diri- 
girse á  él  con  las  fuerzas  que  le  obedecían.  Con  tal  pro- 
pósito dispuso  que  su  Jefe  de  Estado  Mayor,  coronel  don 
Manuel  Escalada,  marchase  en  comisión  cerca  del  Go- 
bierno Provisorio  del  Estado  á  presentarle  sus  respetos  y 
acatamiento,  á  la  vez  que  ofrecía  sus  servicios  militares  á 
la  patria,  á  cuyo  gobierno  daba  cuenta  de  sus  actos  en  la 
nota  siguiente,  de  interés  histórico  tan  subido  que  no  que- 
remos excusarnos  de  publicarla: 

«  Excmo.  señor :  —  El  ejército  del  Xorte,  formado  en  un 
.•'ngulo  de  la  Provincia  Oriental  por  la  voluntaria  reunión 
de  una  parte  de  sus  hijos,  y  conducido  por  uno  de  sus 
más  antiguos  soldados  hasta  el  centro  de  las  Misiones 
Orientales,  logró  tremolar  en  ellas  el  pabellón  de  la  Re- 
pública Argentina  y  poner  al  enemigo  en  la  necesidad  de 
multiplicar  ó  dividir  sus  ejércitos,  ya  debilitados  por  los 
sucesos  del  Rincón,  del  Sarandí  é  Ituzaingó,  para  impe- 
dir que,  invadido  lo  más  precioso  del  continente  limítrofe, 
las  armas  de  la  patria  se  extendiesen  triunfantes  sobre 
las  provincias  de  San  Pablo,  tal  vez  de  Minas,  y  proba- 
blemente de  Santa  Catalina. 

«  En  semejante  estado,  el  Gobierno  de  la  República  Ar- 
gentina envió  plenipotenciarios  al  Janeiro  y  ajustó  preli- 
minares de  una  paz  que  restituye  las  Misiones  al  Imperio 
del  Brasil,  j)ero  que  desliga  la  Provincia    Oriental  de  la 


-  229  - 

sus  derechos  de  hombres  ó  ellos  recuperasen  su  libertad 
mediante  su  exclusivo  esfuerzo,  aunque  sin  desligarse  de 
la  unión  con  los  Pueblos  Orientales.  Agregaba  este  largo- 
documento,  escrito  en  idioma  guaraní,  que  dejaban  espon- 
táneamente aquellos  territorios  sin  más  impulso  que  su 
deseo  de  hacerse  justicia  y  dar  al  mundo  una  prueba  de 
que  no  eran  transferibles  los  derechos  concedidos  por  los 
reyes  de  Castilla  á  los  aborígenes  del  Nuevo  Mundo.  De- 
claraba también  que  ya  que  el  ejército  del  Norte  los  ha- 
bía salvado,  querían  seguir  bajo  su  égida  y  amparo,  y 
solicitaban  autorización  para  nombrar  agentes  ó  apode- 
rados que,  investidos  de  la  representación  conveniente, 
compareciesen  ante  el  Gobierno  Oriental  á  fin  de  que 
éste  les  indicara  la  conducta  que  en  adelante  debían  se- 
guir los  pobladores  de  los  siete  pueblos  de  Misiones. 

En  cumplimiento  de  la  orden  recibida,  Rivera  dispuso- 
todo  para  desalojar  el  territorio  ocupado,  como  así  lo  hizor 
no  sin  antes  reunir  á  los  habitantes  de  aquellas  feraces 
comarcas,  que,  como  se  ha  visto  por  el  precedente  extracto 
del  documento  aludido,  se  resolvieron  á  seguirlo  acompa- 
ñados de  sus  familias  y  todas  sus  riquezas  semovientes  y 
cuantos  objetos  pudieron  llevar  consigo.  «Cada  reducción 
ó  tribu  marchaba  como  en  procesión,  precedida  de  los 
ancianos,  que  llevaban  los  santos  principales.  El  pueblo 
conducía  multitud  de  imágenes  sagradas.  A  la  cabeza  de 
aquélla  iba  la  música.  Cada  tribu  tenía  la  suya,  compuesta 
de  violines.  Los  músicos  eran  también  cantores.  Todas  las 
divisiones  se  reunieron  en  la  costa  del  Ibicuy,  calculán- 
dose en  más  de  150.000  cabezas  de  ganado  que  acarrea- 
ban. Allí  había  28  carretas  cargadas  traídas  por  el  capi- 
tán Magariños.  Llevaban  objetos  del  culto  y  hasta  las 
campanas:  se  decía  que  contenían  muchas  riqueza?,  pero 
no  es  creíble  (1). 

11.  Conflicto  sobre  límites.  — Después  de  muchas  y 

(1)  Manuel  A.  Puyrredón,  obra  citada. 


-  230  — 

muy  penosas  jornadas,  el  ejército  llegó  por  fin  al  Ibicuy, 
•que  empezó  á  vadear  por  uno  de  sus  principales  pasos,  y 
en  esta  tarea  se  hallaba  cuando  apareció  una  fuerte  divi- 
sión imperial  compuesta  de  3000  hombres  de  las  tres  ar- 
mas, que  obedecían  al  mariscal  Sebastián  Mena  Barreto, 
quien  le  hizo  saber  á  Rivera  que  le  impediría  el  paso  á 
viva  fuerza  si  no  dejaba  en  libertad  á  los  pobladores  de 
Misiones  que  lo  acompañaban  y  no  soltaba  las  haciendas 
que  había  extraído  del  citado  territorio. 

Comprendió  Rivera  que  su  situación  se  había  hecho  su- 
mamente crítica  y  que  un  choque  con  la  división  de  Ba- 
rreto podía  serle  fatal,  ya  que  la  suya  era  muy  inferior  en 
calidad  y  cantidad;  así  fué  que  apelando  á  su  caracterís- 
tica audacia,  como  medio  de  salir  del  atolladero,  contestó 
á  su  enemigo  «que  aquellas  haciendas  pertenecían  á  las 
familias  que  venían  voluntariamente  (1)  con  él  porque 
querían  cambiar  de  domicilio,  y  que  no  solamente  no  le* 
daría  soltura,  sino  que  se  opondría  con  las  armas  á  que  se 
tocase  una  sola  cabeza  de  ganado  (2).» 

Accedió,  por  último,  Barreto  á  la  exigencia  de  Rivera, 
pero  como  éste  pusiese  en  evidencia  su  proyecto  de  situarse 
y  fundar  una  colonia  sobre  la  margen  izquierda  del  Ibicuy, 
el  jefe  portugués  se  opuso  terminantemente,  basando  su 
negativa  en  que  el  límite  del  territorio  oriental  era  el  Ara- 
pey,  de  conformidad  con  lo  convenido  en  1819  entre  el 
general  don  Carlos  Federico  Lecor  y  el  Cabildo  de  Mon- 
tevideo, de  suerte  que  toda  la  zona  comprendida  entre  el 

( 1 )  Los  escritores  que  á  todo  trance  quieren  empequeñecer  la  gloria  de 
Rivera,  alegando  que  la  conquista  del  territorio  de  Misiones  era  empresa 
insignificante  y  fácil,  á  pesar  de  la  trascendental  importancia  que  dio  &. 
ella  el  Emperador,  dicen  también  que  el  pueblo  misionero  no  siguió  vo- 
luntariamente á  Rivera,  sino  que  éste  le  obligó  á  que  lo  siguiese.  Aunque 
el  documento  que  en  parte  hemos  transcripto  y  los  hechos  posteriores 
■demuestran  cuan  calumniosa  es  aquella  versión,  debe  tenerse  presente  que 
también  los  detractores  de  Artigas  dicen  lo  propio  de  éste  con  relación 
al  éxodo  del  pueblo  oriental. 

(2)  M.  A,  Puyrredón,  obra  citada. 


-  231  - 

Arapey  y  el  Ibicuy  pertenecía  al  Brasil;  á  lo  cual  alegaba 
Rivera  la  nulidad  de  semejante  contrato,  sosteniendo  en 
cambio  que  el  verdadero  límite  era  el  Ibicuy  (1). 

« El  general  Barreto  resistió  tenaz  y  enérgicamente  las 
pretensiones  del  general  Rivera,  y  después  de  varias  ten- 
tativas infructuosas  se  decidió  que  las  armas  pondrían  fin 
á  la  cuestión.  Antes  de  llegar  á  este  caso,  sin  embargo, 
el  buen  criterio  de  algunas  personas  allanó  las  dificulta- 
des proponiendo  un  arbitraje.  Ambos  jefes  lo  aceptaron, 
nombrando  cada  uno  un  comisionado  con  facultades  para 
decidir  definitivamente.  El  general  Rivera  nombró  al  co- 
ronel Trole  y  Barreto  al  coronel  Rodríguez  Barboza.  Estos 
comisionados  celebraron  un  tratado  ad  referendum,  en  el 
cual  quedaba  como  límite  definitivo  el  río  Cuareim,  tér- 
mino medio  entre  los  ríos  Ibicuy  y  Arapey.  Los  contra- 
tantes canjearon  rehenes  hasta  la  resolución  de  los  res- 
pectivos gobiernos.  En  el  ejército  imperial  quedó  el  coro- 
nel don  Gregorio  Salado  por  parte  del  general  Rivera,  y 
por  parte  del  general  Barreto  quedaron  en  el  campo  del 
señor  Rivera  un  capitán  y  un  mayor  cuyos    nombres  no 


(1)  La  polémica  sostenida  entre  Kivera  y  Barreto  sobre  los  verdaderos 
limites  del  Estado  Oriental  con  el  Brasil  evidencia  que  ambos  generales 
no  estaban  al  corriente  del  proceso  histórico  de  este  asunto.  El  primero 
sostenía  que  el  límite  era  el  Ibicuy,  de  acuerdo  con  el  tratado  de  1777, 
siendo  así  que  con  arreglo  al  mismo  los  límites  eran  el  Taitn,  el  Piraiiní 
y  el  albardón  de  los  Tapes  hasta  la  barra  del  Pepirí-Gua/.ú  en  el  Uru- 
guay. El  Ibicuy  fué  un  límite  de  hecho  en  virtud  de  la  usurpación  por- 
tuguesa del  año  1801.  (  Véase  nuestro  Resumen  de  la  historia  del  Uruguay, 
pág.  326. )  Barreto,  por  su  parte,  al  pretender  que  el  límite  era  el  Ara- 
pey, de  conformidad  con  el  tratado  de  1819,  procedía  con  ignorancia  6  con 
mala  fe,  ya  que  por  resolución  del  31  de  Julio  del  año  1821  el  Congreso 
acordó  la  anexión  con  el  Cuareim  por  límite.  Lo  que  abona  en  favor  de 
Rivera  es  la  salvedad  que  hizo,  á  saber :  que  el  Gobierno  del  nuevo  Es- 
tado se  reservaría  el  derecho  de  reclamar  las  Misiones  para  cuando  llegara 
el  tratado  de  límites  con  el  Brasil ;  circunstancia  que  olvidó  el  doctor  don 
Andrés  Lamas  cuando  se  tstipuló  el  convenio  definitivo  sobre  límites 
(1851-52). 


-  232  - 

conocemos  (1).»  Este  tratado  es  conocido  en  la  historia 
de  la  diplomacia  brasilera  con  el  nombre  de  tratado  de 
Ibebeambé,  del  nombre  del  arroyo  que  baña  el  paraje  en 
que  se  estipuló  y  firmó  por  las  partes  contratantes  y  sus 
respectivos  mediadores,  quedando  así  sancionada  la  justa 
posesión  por  parte  de  la  República  de  la  zona  compren- 
dida entre  el  Arapey  y  el  Cuareim.  Sin  la  convención  de 
Ibebeambé,  tal  vez  los  marcos  brasileros  se  alzasen  en  la 
actualidad  á  orillas  del  Arapey  (2). 

12.  Vuelta  á  la  patria.  — Zanjadas  estas  dificultades, 
quedaban  por  vencer  otras  mucho  más  espinosas,  cuales 
eran  la  elección  del  punto  á  donde  tenía  que  dirigirse  Ri- 
vera con  su  ejército,  la  multitud  de  gente  que  lo  acompa- 
ñaba, la  enorme  cantidad  de  ganado  que  llevaba  consigo 
y  la  mucha  impedimenta  que  aumentaba  aquella  hetero- 
génea masa  y  entorpecía  las  marchas.  Al  Brasil  no  podía 
encaminarse,  en  razón  de  que  Rivera  había  manifestado  al 
estipularse  el  convenio  de  Ibebeambé  que  procedía  de 
acuerdo  con  el  Gobierno  del  Uruguay;  á  la  República  Ar- 
gentina tampoco,  en  virtud  de  haber  desobedecido  reite- 
radas veces  las  órdenes  impartidas  por  Dorrego;  á  la  Banda 
Oriental  menos,  puesto  que  el  estigma  de  traidor  que  pe- 
saba sobre  Rivera  continuaba  subsistente,  así  como  no  era 
posible  que  se  volviese  á  las  Misiones,  desde  que  una  de 
las  condiciones  impuestas  por  el  Emperador  para  la  cele- 
bración de  la  paz  era  el  inmediato  desalojo  de  este  terri- 
torio por  parte  del  Ejército  del  Norte  y  su  temerario  jefe. 

A  pesar  de  todas  estas  dificultades,  no  se  arredró  el  ge- 
neral Rivera,  que,  deseando  volver  al  seno  de  la  patria,  en- 
vió á  los  coroneles  Puyrredón  y  Escalada  con  la  misión 
de  obtener  del  Gobierno  Provisional  la  competente  autori- 
zación para  internarse  en  el  territorio  oriental. 

( 1 )  Antonio  Díaz,  obra  citada. 

(2)  Vi'-ase  la  nota  oficiosa  del  doctor  Lamas  explicando  su  actuación  en 
este  asunto.  Lleva  la  fecha  de  18  de  Octubre  de  1851  y  fue'  publicada  por 
El  Siglo  al  tratarse  de  la  pensión  para  aquel  diplomático. 


José  Rondeau 


GOBIERNO  DE  RONDEAU 


CAPITULO  XIII 

GOBIERNO  DE  RONDEAU 

(1829-1830) 


SUMARIO:  1.  El  primer  ministerio.  —  2.  Los  partidos.  — 3.  Nueva  crisis 
política.  —  4.  Discusión  y  aprobación  de  la  Carta  fundamental.  —  5. 
Trabajos  del  Gobierno  y  de  la  Asamblea.  —  6.  Medidas  conciliatorias 
del  general  Rondeau. —  7.  Renuncia  condicional  de  Rondeau.  —  8. 
Guerra  civil.  —  9.  Intervención  y  conciliación.  — 10.  Tentativa  del  Bra- 
sil para  convertir  á  la  Banda  Oriental  en  un  gran  Ducado. — 11. 
Jura  de  la  Constitución. 


1.  El  primer  ministerio.  —  Allanadas  por  la  Asam- 
blea General  Constituyente  y  Legislativa  las  dificultades 
que  pudiera  presentar  la  candidatura  del  general  don  José 
Rondeau  para  desempeñar  las  funciones  de  gobernador 
provisional,  fué  elegido  para  este  elevado  cargo  con  fe- 
cha 1.°  de  Diciembre  de  1828,  como  ya  queda  dicho,  en- 
cargándose del  gobierno  el  austero  ciudadano  don  Joa- 
quín Suárez,  ínterin  Rondeau  no  se  trasladaba  á  la  Banda 
Oriental,  lo  que  aconteció  en  el  precitado  mes,  en  que  prestó 
el  juramento  de  estilo  (22  Diciembre)  ante  la  Asamblea 
instalada  en  Canelones.  Cumplido  este  requisito  legal  y 
después  de  haber  tomado  posesión  del  puesto,  procedió  al 
nombramiento  del  gabinete,  designando  para  los  Ministerios 
de  Gobierno,  Relaciones  Exteriores  y  Hacienda  á  don 
Juan  Francisco  Giró,  y  para  el  de  Guerra  al  coronel  don 
Eugenio  Garzón. 

Una  de  las  primeras  medidas  del  nuevo  gobernante  fué 


-  238  - 

la  supresión  de  las  comandancias  militares  de  los  depar- 
tamentos, casi  todas  desempeñadas  por  partidarios  de  La- 
valleja;  hecho  que  dio  por  resultado  la  inmediata  renuncia 
del  Ministerio,  que  creyó  ver  en  dicha  supresión  el  triunfo 
del  elemento  riverista  y  la  tendencia,  por  parte  de  Ron- 
deau,  á  anular  la  influencia  del  héroe  del  Sarandí;  pero 
el  gobernador  conjuró  el  peligro  y  destruyó  las  cabalas 
anulando  el  decreto  relativo  á  la  supresión  de  las  coman- 
dancias, volviendo  á  sus  carteras  Giró  y  Garzón,  á  la  vez 
que  se  integraba  el  Ministerio  con  don  Francisco  Joaquín 
Muñoz,  que  entró  á  ocupar  la  cartera  de  Hacienda. 

2.  Los  partidos. —  Entretanto  la  causa  partidaria  del 
general  Rivera  adquiría  grandes  proporciones  entre  todas 
las  clases  sociales,  y  sus  ideas  y  proyectos  iban  lentamente 
realizándose,  con  perjuicio  de  las  aspiraciones  de  Lavalleja. 
Así,  Rivera  había  conseguido  que  la  Asamblea  lo  decla- 
rara libre  de  las  imputaciones  de  traidor  y  en  el  pleno 
goce  de  sus  derechos,  calificándolo,  además,  de  ciudadano 
benemérito;  sus  tropas  misioneras  habían  sido  incorpora- 
das al  ejército  nacional,  el  puesto  de  jefe  de  fronteras, 
primero,  y  de  jefe  del  Estado  Mayor  después,  lo  coloca- 
ban en  condiciones  muy  favorables  respecto  de  su  com- 
padre. 

Sin  embargo,  Lavalleja  tenía  también  su  círculo,  pues 
no  le  faltaban  elementos  dentro  del  ejército,  disponía  de 
varios  miembros  de  la  Asamblea  y  la  clase  conservadora 
lo  rodeaba,  creyendo  ver  en  él  un  factor  de  la  estabilidad 
del  orden  y  las  instituciones. 

El  señor  Arreguine  describe  del  modo  siguiente  el  na- 
cimiento y  fisonomía  de  los  primeros  partidos  políticos  del 
Uruguay,  que  en  realidad  no  fueron  tales  partidos  políti- 
cos, sino  simplemente  partidos  personales,  y  con  ese  ca- 
rácter se  han  perpetuado  á  través  de  los  años. 

«Los  caudillos  rivales  —  dice  el  escritor  mencionado  — 
se  presentaban  con  iguales  títulos.  La  popularidad  de  ambos 
era  inmensa.  Llenaban  con  sus  nombres  el  presente.  Uno 


-  239  - 

había  dado  el  impulso  primero  á  la  independencia  del 
país;  el  otro  la  había  conseguido.  Lavalleja  podía  alegar 
en  su  favor  la  cruzada  de  Abril  y  la  batalla  del  Sarandí. 
Rivera  la  batalla  del  Rincón  y  la  campaña  de  Misiones. 

«  Uno  había  adquirido  hábitos  militares  y  podía  llamarse 
con  orgullo  el  primer  guerrero  de  la  República;  el  otro? 
Rivera,  seguía  siendo  el  héroe  de  la  multitud,  cuyo  nom- 
bre sonaba  en  las  décimas  del  paisano  y  se  extendía 
triunfante  por  todo  el  país. 

«¿Qué  había  en  ellos  que  pudiera  dividir  la  opinión  en 
favor  del  uno  ó  del  otro?  Había  en  primer  término  la 
idiosincrasia  nacional  que  tendía  á  formar  bandos;  había 
los  hombres  que  bajo  las  órdenes  del  uno  y  del  otro  mi- 
litaran en  las  horas  solemnes;  simpatías,  amistades,  ad- 
miración. Eran  dos  héroes,  y  el  pueblo  aquilataba  sus 
méritos  sin  parangonar  sus  defectos.  Había  lo  suficiente 
para  que  esas  des  entidades  guerreras  se  convirtieran  en 
entidades  políticas. 

«Ni  éste  ni  aquél  eran  realmente  políticos;  en  el  fondo 
los  dos  eran  republicanos;  los  dos  carecían  de  programa. 
Ejercían,  sin  embargo,  la  suficiente  influencia  en  su  país 
para  dividirse  las  simpatías  del  pueblo  y  formar  dos  par- 
tidos personales  y  de  pasiones  más  que  de  ideas.  Y  á  pe- 
sar de  todo,  representaban  ambos  dos  tendencias  opues- 
tas, existentes  en  las  turbas  populares,  pero  mal  despiertas 
y  nc  comprendidas.  Rivera  era  más  liberal  que  Lavalleja, 
más  amigo  del  pueblo;  representaba  mejor  la  idea  de  la 
democracia  que  el  otro.  Las  cualidades  de  Lavalleja,  su 
trato  con  militares  de  escuela,  el  círculo  en  que  vivía, 
determinaban  en  él  otras  propensiones.  En  cierto  sentido 
era  un  conservador,  un  representante  de  la  aristocracia 
de  las  clases  ilustradas,  que  habían  adulado  á  Artigas 
en  la  hora  del  triunfo,  volviéndole  la  espalda  en  los  ins- 
tantes del  desaliento  ó  la  derrota.  Este,  pues,  represen- 
taba las  tendencias  gastadas  y  un  tanto  egoístas  de  las 
ciudades;  el  otro  al  pueblo  inculto,  al  gaucho  amante  de 


-  240  — 

su  libertad,  al  indio,  al  menospreciado  por  la  civilización 
mezquina  de  los  centros  urbanos,  sin  que  quiera  decirse 
que  en  ese  sentido  fuera  exclusiva  &u  influencia,  como  no 
lo  era  la  de  Lavalleja  entre  las  gentes  cultas. 

« Pasaba  con  el  pueblo  oriental  algo  de  lo  que  sucedía 
•en  las  Provincias  Unidas.  Rivera  en  ellas  habría  sido 
federal,  porque  el  federalismo  encarnaba  los  ideales  revo- 
lucionarios de  las  mayorías;  Lavalleja  unitario,  porque 
el  unitarismo  no  quería  romper  del  todo  con  el  pasado. 
Rivera  representaba  las  mayorías.  Podía  Lavalleja  arran- 
carle el  poder,  á  que  él  aspiraba,  pero  sería  accidental- 
mente. De  cualquier  modo,  Rivera  estaba  destinado  á 
triunfar. 

*  La  lucha  netamente  definida  recién  empezaba.  Los 
partidos  iban  á  entrar  en  ella  con  todo  el  vigor  de  fuerzas 
hasta  entonces  comprimidas,  olvidadas  mientras  fué  nece- 
sario pelear  al  enemigo  común.  Ahora  que  la  lucha  con 
el  extranjero  había  cesado,  tenía  que  nacer  la  lucha  in- 
terior entre  los  elementos  que  chocaban  en  la  joven  na- 
cionalidad. La  anarquía,  á  que  es  tan  predispuesta  la 
raza  latina,  no  podía  dejar  de  manifestarse.  Las  emula- 
ciones de  los  héroes  y  la  coexistencia  de  dos  parcialida- 
des que  reunían  al  prestigio  personal  de  sus  caudillos  la 
fuerza  de  las  armas,  producirían  fatalmente  la  guerra  ci- 
vil; fenómeno,  por  otra  parte,  muy  natural  en  todos  los 
pueblos  que  se  arrancan  á  la  tutela  extraña,  ó  cambian 
de  pronto  la  forma  de  sus  instituciones  sin  estar  suficien- 
temente preparados  para  ello. » 

3.  Nueva  crisis  política.  — El  nombramiento  de  Ri- 
vera para  la  jefatura  del  Estado  Mayor  del  ejército  no 
fué  del  agrado  de  los  partidarios  de  Lavalleja,  que  con- 
siguieron que  el  Ministerio  presentara  su  renuncia  colec- 
tiva por  esta  causa;  y  Rondeau,  que  á  pesar  de  sus  vi- 
sibles simpatías  por  aquél,  quería  á  todo  trance  evitar 
conflictos,  reemplazó  en  ese  puesto  á  Rivera  con  Lava- 
lleja, prometiendo  al  primero  elevarlo  al  Ministerio,  como 


-  241  - 

así  lo  hizo,  confiándole  en  Septiembre  las  carteras  de  Go- 
bierno, Guerra  y  Relaciones  Exteriores,  lo  que  trajo  apa- 
rejado un  nuevo  conflicto,  pues  el  bando  contrario  con- 
tinuó con  más  encarnizamiento  que  nunca  su  propaganda 
intransigente  contra  el  héroe  de  Misiones  y  sus  parciales, 
al  extremo  de  amenazar  con  la  guerra  civil  al  goberna- 
dor Roudeau. 

4.  Dl8CU8IÓN  Y  APROBACIÓN  DE  LA  CARTA  FUNDAMEN- 
TAL. —  Entretanto  los  Poderes  públicos  se  preocupaban 
con  ahinco  de  la  organización  del  Estado,  no  siendo  la 
Asamblea  la  que  menos  trabajó  con  tan  laudable  propó- 
sito, pues  empleó  cuatro  meses  en  discutir  la  Carta  funda- 
mental del  país,  que  no  ha  sufrido  modificación  ninguna 
desde  que  fué  aprobada,  siendo  los  puntos  más  debatidos 
el  nombre  oficial  con  que  debía  designarse  la  naciente 
República,  la  cuestión  religiosa,  los  derechos  del  ciuda- 
dano, la  división  de  los  Poderes  públicos  y  las  facultades 
del  Ejecutivo.  En  cuanto  á  la  forma  de  gobierno,  la  que 
se  propuso  fué  aceptada  sin  ninguna  dificultad.  Por  fin, 
la  Carta  fundamental  fué  aprobada  por  la  Asamblea  el  10 
de  Septiembre  de  1829. 

Terminada  esta  patriótica  labor,  la  Asamblea  remitió  un 
ejemplar  de  la  Constitución  á  los  países  vecinos  ( Argen- 
tina y  Brasil ),  á  fin  de  que,  de  acuerdo  con  lo  pactado,  se 
cerciorasen  de  que  no  contenía  nada  contrario  á  los  inte- 
reses de  aquellas  naciones,  siendo  sus  portadores  don  Ni- 
colás de  Herrera  al  Brasil  y  don  Santiago  Vázquez  cerca 
del  Gobierno  argentino.  Después  de  un  largo  y  minucioso 
examen,  la  Constitución  fué  aprobada  por  las  naciones 
prenombradas,  y  los  comisionados  volvieron  á  Montevi- 
deo en  Junio  de  1830,  justamente  satisfechos  del  resultado 
de  su  patriótica  gestión. 

5.  Trabajos  del  Gobierno  y  de  la  Asamblea.  — 
Mientras  que  la  Asamblea  aplicaba  su  tiempo,  patriotismo 
é  inteligencia  á  la  redacción  de  la  Constitución,  el  Go- 
bierno imponía  derechos  aduaneros  á  los  artículos  proce- 

17 


-  242  — 

dentes  del  extranjero,  decretaba  penas  contra  los  vagos, 
reglamentaba  el  trabajo  del  obrero,  creaba  escuelas  de  pri- 
meras letras,  hacía  obligatoria  la  vacuna,  estimulaba  la 
práctica  de  la  moral  por  medio  de  gracias  especiales,  dis- 
ponía el  rescate  de  los  esclavos,  fomentaba  la  agricultura, 
organizaba  la  estadística  y  adoptaba  otras  muchas  medi- 
das que,  si  fueron  efímeras,  llevaban  un  sello  de  grandeza 
y  buena  voluntad  que  nadie  negó  nunca  «á  aquel  gene- 
ral extranjero  tan  decididamente  progresista. »  ( Arreguine. ) 

La  Asamblea,  por  su  parte,  declaró  la  libertad  del  pen- 
samiento, dictó  leyes  encaminadas  á  regularizar  la  Admi- 
nistración pública,  renovó  el  Tribunal  de  Justicia,  regla- 
mentó la  policía,  abolió  los  odiosos  impuestos  de  alcabala 
y  tránsito,  creó  el  uso  del  papel  sellado  y  declaró  libres 
de  derechos  de  importación  los  instrumentos  de  trabajo 
en  la  esfera  de  la  ciencia,  las  artes,  la  enseñanza  y  la 
agricultura. 

6.  Medidas  conciliatorias  del  general  Rondeau. 
—  El  nombramiento  del  general  Rivera  para  el  desem- 
peño de  varias  carteras  produjo  el  mayor  descontento  en 
el  campo  del  lavallejismo,  que,  como  queda  dicho  ante- 
riormente, llegó  á  amenazar  con  la  guerra  civil  si  Rondeau 
no  volvía  sobre  sus  pasos ;  y  Rondeau,  de  carácter  débil, 
ó  tal  vez  tratando  de  conciliar  voluntades,  llamó  á  Lava- 
lleja  al  seno  del  gabinete,  mientras  investía  á  Rivera  con 
el  nuevo  cargo  de  Comandante  General  de  campaña  (18 
Enero  de  1830),  «lo  que  lo  ponía  en  condiciones  excep- 
cionales para  aprestar  sus  elementos  de  guerra  en  el  caso 
que  ellos  fueran  necesarios  para  hacer  buena  la  ambición 
de  poder  del  prestigioso  caudillo.»  (Bollo.) 

Tampoco  satisfizo  este  nuevo  arreglo  á  Lavalleja,  que 
en  su  calidad  de  Ministro  suprimió  la  Comandancia  Ge- 
neral de  campaña,  lo  que  hizo  tan  difícil  su  situación  en 
el  Ministerio,  que  se  vio  obligado  á  renunciarlo,  así  como 
sus  demás  compañeros  de  gabinete,  entrando  á  constituir 
éste  los  señores  Laguna,  Pereira  y  Ellauri.  Semejante  me- 


-  243  - 

dida  colmó  la  exasperación  de  don  Juan  Antonio,  que  con- 
siderándose impotente  para  dominar  la  voluntad  del  Go- 
bernador provisional,  buscó  en  la  Asamblea  los  elementos 
necesarios  para  anular  completa  y  definitivamente  al  ge- 
neral Rivera  y  satisfacer  sus  impacientes  ambiciones. 

7.  Renuncia  condicional  de  Rondeau  y  nombra- 
miento de  Lavalleja  para  Gobernador.—  « Como  la 
fracción  de  la  Asamblea  con  que  tenía  más  afinidades  era 
la  llamada  unitaria,  se  unió  con  ella  en  el  propósito  de 
librar  una  campaña  parlamentaria  contra  Rondeau  y  con- 
tra Rivera.  No  se  hizo  esperar  la  ocasión.  El  Gobierno 
resolvió  á  mediados  de  Abril  que  saliera  á  campaña 
la  mitad  de  uno  de  los  batallones  que  estaban  acuarte- 
lados en  la  capital.  Las  fracciones  coligadas  que  com- 
ponían la  mayoría  de  la  Asamblea  se  opusieron  á  la  eje- 
cución de  la  orden,  temerosas  de  que  esa  fuerza  de  línea 
saliera  á  servir  las  miras  visiblemente  revolucionarias  de 
Rivera;  reclamó  el  Gobernador  contra  esa  arrogación  de 
facultades  ejecutivas,  renunciando  á  la  vez,  él  y  sus  Mi- 
nistros, condicionalmente,  para  el  caso  en  que  la  Asamblea 
no  rectificase  su  conducta;  pero  la  Asamblea  aceptó  de 
plano,  en  sesión  extraordinaria,  la  renuncia,  como  si  fuera 
incondicional  é  indeclinable,  y  nombró  en  el  acto  al  gene- 
ral Lavalleja  para  que  inmediatamente  se  hiciera  cargo 
del  poder  con  carácter  interino  (17  de  Abril).  Sorprendi- 
dos por  tal  proceder  Rondeau  y  sus  Ministros,  que  no  se 
habían  apercibido  de  los  designios  de  la  mayoría  parla- 
mentaria, quisieron  reaccionar  alegando  que  no  podía  acep- 
tar una  renuncia  condicional  antes  que  la  condición  se 
hubiese  cumplido,  y  protestando  por  la  violencia  con  que 
se  les  arrancaba  un  poder  que  entendían  deber  conservar 
hasta  la  constitución  definitiva  del  gobierno;  pero  la  Asam- 
blea declaró  sediciosa  y  anárquica  esa  protesta  (18  y  25 
de  Abril)  y  le  opuso  la  confirmación  de  Lavalleja  en  el 
Poder  Ejecutivo»  (Berra). 

8.  Guerra  civil.  —  « Rivera  no  podía  permanecer  in- 


-  244  - 

diferente  á  estos  hechos  que  importaban  su  anulación,  y 
se  alzó  en  armas  protestando  contra  la  caída  de  Rondeau. 
De  un  lado  estaban  Lavalleja  y  una  mayoría  del  Parla- 
mento; de  otro  casi  la  totalidad  de  la  campaña.  El  cau- 
dillo revolucionario  destituyó  y  nombró  autoridades ;  arbi- 
tró recursos  para  la  guerra  y  se  dispuso  á  derrocar  los 
Poderes  públicos.  El  Ejecutivo  no  significaba  otra  cosa 
que  la  creación  de  un  círculo  intransigente.  La  hostilidad 
de  Rivera  tenía  hasta  cierto  punto  razón  de  ser,  pero  de 
cualquier  manera  aquella  anarquía  naciente,  á  no  ser  con- 
jurada en  el  acto,  amenazaba  la  estabilidad  del  Estado  y 
podía  dar  lugar  á  la  intervención  extranjera. 

«Lavalleja,  investido  con  facultades  extraordinarias,  co- 
metió verdaderos  actos  de  dictador.  La  prensa  lo  amena- 
zaba y  él  amenazó  la  prensa  suspendiendo  su  libertad ; 
desconfiaba  de  algunos  batallones  y  los  desolvió  creando 
otros;  Rivera  se  manifestaba  francamente  contrario  á 
aquella  política  de  exclusiones  y  él  destituyó  á  Rivera  de 
sus  empleos;  después  de  todo  lo  cual  salió  á  campaña,  el 
5  de  Junio,  con  un  pequeño  ejército,  á  fin  de  batir  al  cau- 
dillo rival  por  la  fuerza  de  las  armas,  delegando  el  Poder 
Ejecutivo  en  manos  de  sus  ministros  Giró,  Ignacio  Oribe 
y  Ramón  de  Acha.»  (Arreguine. ) 

9.  Intervención  y  conciliación.  —  Tratando  de  evitar 
el  conflicto  y  de  aplacar  las  pasiones  que  encendía  la 
ambición  de  unos  y  otros,  varios  personajes  políticos  in- 
terpusieron su  influencia  á  fin  de  impedir  que  lavallejistas 
y  riveristas  se  fuesen  á  las  manos,  logrando  llegar  á  i>n 
arreglo  pacífico  entre  sus  respectivos  jefes.  Rivera  se  obli- 
gaba á  acatar  las  autoridades  existentes  hasta  la  definitiva 
constitución  de  los  Poderes  públicos,  y  el  Gobierno,  p<  r  -u 
parte,  á  mantenerlo  en  la  Comandancia  General  de  Armas 
y  á  no  ejercer  ninguna  hostilidad  contra  él.  Tales  fueron, 
en  sustancia,  las  principales  bases  del  avenimiento  pro- 
puesto por  Rivera  y  aceptado,  con  ligeras  modificaciones, 
por  Lavalleja,  de  modo  que  el  patriotismo  se  impu?«   por 


-  245  - 

entonces  á   la  ambición,  sin  necesidad   de  intervenciones 
extrañas  y  sin  derramamiento  de  sangre. 

10.  Tentativa  del  Brasil  para  convertir  á  la 
Banda  Oriental  en  un  gran  Ducado.  —  Reconocida 
la  independencia  del  Uruguay,  « tentó  todavía  el  gabinete 
brasilero  una  negociación  en  Europa  para  incorporarnos 
al  Imperio,  monarquizando  de  paso  á  toda  la  América  del 
Sur;  y  en  las  instrucciones  secretas  que  el  Ministro  Cal- 
mon  du  Pin  é  Almeida  envió  al  marqués  de  Sancto 
Amaro  en  21  de  Abril,  para  interesar  á  Francia  y  á  In- 
glaterra en  su  propósito,  decía  lo  siguiente:  «En  cuanto 
al  nuevo  Estado  Oriental  ó  Provincia  Cisplatina,  que  no 
hace  parte  del  territorio  argentino,  que  ya  estuvo  incor- 
porado al  Brasil  y  que  no  puede  existir  independiente  de 
otro  Estado,  V.  E.  tratará  oportunamente  y  con  franqueza 
de  la  necesidad  de  incorporarlo  otra  vez  al  Imperio.  Es  el 
único  lado  vulnerable  del  Brasil.  Es  difícil,  si  no  imposi- 
ble, reprimir  las  hostilidades  recíprocas  y  obstar  á  la  mu- 
tua impunidad  de  los  habitantes  malhechores  de  una  y 
otra  frontera.  Es  el  límite  natural  del  Imperio.  Es,  en  fin, 
el  medio  eficaz  de  remover  y  prevenir  ulteriores  discordias 
entre  el  Brasil  y  los  Estados  del  Sur.  —  Y,  en  caso  que 
la  Francia  y  la  Inglaterra  se  opongan  á  esta  reunión  al 
Brasil,  V.  E.  insistirá  por  medio  de  razones  de  convenien- 
cia política  que  son  obvias,  en  que  el  Estado  Oriental  se 
conserve  independiente,  constituido  en  gran  Ducado  ó 
Principado,  de  suerte  que  de  modo  alguno  vaya  á  formar 
parte  de  la  Monarquía  argentina. 

<  Es  llano,  pues,  que  ni  don  Juan  VI,  ni  don  Pedro  I, 
ni  el  actual  monarca  del  Brasil,  bajo  cuyo  gobierno  se  ex- 
pidieron las  instrucciones  que  acaban  de  citarse,  pudieron 
ver  nunca  con  gusto  que  este  país  dejara  de  pertenecerles. 
Desde  que  le  reputaban  el  único  lado  vulnerable  del  Bra- 
sil, mal  podían  dejar  ese  lado  vulnerable  en  descubierto. 
Si  don  Pedro  I  cedió  en  último  resultado  á  que  este  país 
se  organizara  independientemente,  fué  después  de   haber 


-  246  - 

agotado  todos  los  medios  de  resistencia,  después  de  ha- 
berse puesto  él  mismo  á  la  cabeza  de  sus  ejércitos  en  Río 
Grande,  después  de  haber  contemplado  sus  barcos  des- 
truidos y  sus  tesoros  agotados.  No  fué  él,  pues,  quien  nos 
impuso  la  independencia,  sino  que  fuimos  nosotros  quie- 
nes se  la  impusimos  á  él.»  (Bauza). 

11.  Jura  de  la  Constitución.  —  Sancionada  la  Cons- 
titución, se  determinó  que  el  día  18  de  Julio  de  1830  fuese 
jurada  por  las  autoridades  militares,  civiles  y  eclesiásticas 
y  todo  el  pueblo  del  Estado  Oriental,  como  así  se  efectuó 
con  gran  solemnidad  tanto  en  la  capital  como  en  los  pue- 
blos del  interior,  disponiendo  la  Asamblea  su  propia  diso- 
lución para  el  día  siguiente  de  la  jura.  Previamente  (30 
de  Junio)  esta  corporación  había  dado  un  manifiesto  en 
que  decía :  «  Los  votos  que  hicisteis  al  tomar  las  armas  en 
1810,  y  al  empuñarlas  de  nuevo  en  1825,  empezaron  á 
cumplirse;  pero  no  se  llenarán  jamás,  si,  como  mostras- 
teis ardor  en  la  guerra,  no  lo  mostráis  igualmente  en  res- 
petar las  autoridades,  amar  las  instituciones  y  observar 
invariablemente  el  pacto  constitucional  que  han  sancio- 
nado vuestros  representantes. » 

Los  sucesos  posteriores  dirán  si  estos  sabios  y  patrió- 
ticos consejos  fueron  seguidos  por  aquellos  á  quienes  la 
Asamblea  los  dirigiera. 


JFIN   DEL  TOMO  I 


ÍNDICE 


Págs. 

Advertencia 5 

Capítulo          I.  —  Los  Treinta  y  Tres 7 

II.  —  Rivera  y  Lavalleja 31 

III.  —  El  primer  gobierno  local 49 

IV.  —  Independencia  y  anexión 65 

V.  —  Triunfos  y  derrotas 87 

VI.  —  Sarandí 101 

VII.  —  Incorporación  á  la  Argentina 117 

VIII.  —  Primeros  conflictos 129 

IX.  —  Ituzaingó 147 

X.  —  Dictadura  de  Lavalleja 167 

XI.  —  Conquista  de  Misiones 193 

XII.  —  La  Independencia 211 

XIII.  —  Gobierno  de  Rondeau 235 


GOBERNANTES  DEL  URUGUAY 


Prestes  Araújo 


Gobernantes 


del  Uruguay 


c  Siendo  nuestro  propósito  descorrer  el 
velo  de  lo  pasado,  lo  haremos  con  el  res- 
peto inviolable  que  se  debe  á  lo  que  es 
ya  sólo  del  dominio  del  tiempo,  concre- 
tándonos á  los  acontecimientos,  pero  ja- 
más á  los  hombres,  ni  mucho  menos  á 
TOMO   SEGUNDO  los  partidos;    porque   eso    sería    no    sólo 

_^^^_„  falsear  la  misión  que  nos  hemos  impuesto, 

sino  desconocer  que  los  partidos  no  se 
destruyen  por  la  propaganda  ni  por  la 
violencia.»  (Antonio  Díaz:  Historia  Polí- 
tica y  Militar  de  las  Repúblicas  del  Plata; 
tomo  i,  pág.  38.) 


MONTEVIDEO 
irenta  de  Dornaleche  y  Reyes 
1904 


Esta  obra  es  propiedad  de 
su  autor. 


PRESIDENCIAS  Y  DICTADURAS 

Antes  de  pasar  á  estudiar  los  hechos  más  importantes 
de  las  presidencias  constitucionales,  provisorias,  comple- 
mentarias, y  las  dictaduras  que  ha  tenido  la  República 
desde  1828  hasta  la  fecha  (1004),  consideramos  conve- 
niente para  la  buena  inteligencia  del  lector  enumerarlas 
á  continuación,  tomando  tan  interesantes  y  bien  ordena- 
das noticias  de  la  erudita  obra  del  doctor  don  Eduardo 
Acevedo,  titulada  Contribución  al  estudio  de  la  historia 
económica  y  financiera  de  la  República  Oriental  del  Uru- 
guay. 

PRESIDENCIAS  CONSTITUCIONALES 


1.a  Rivera— 24  de  octubre  1830  á  24  de  octubre  1834. 
2.a  Oribe  — 1.°  de  marzo  1835  á  24  de  octubre  1838. 
3.a  Rivera—1.0  de  marzo  1839  á  1.°  de  marzo  1843. 
4.a  Giró  —  1.°  de  marzo  1852  á  25  de  septiembre  1853. 
5.a  Pereira  — 1.°  de  marzo  1856  á  1.°  de  marzo  1860. 
6.a  Berro  — 1.°  de  marzo  1860  á  1.°  de  marzo  1864. 
7.a  Batlle  — 1.°  de  marzo  1868  á  1.°  de  marzo  1872. 
8.a  Ellauri  — 1.°  de  marzo  1873  á  15  de  enero  1875. 
9.a  Latorre  — 1.°  de  marzo  de  1879  á  13  de  marzo  1880. 
10.a  Santos  — 1.°  de  marzo  1882  á  1.°  de  marzo  1886. 
11.a  Vidal  — 1.°  de  marzo  1886  á  24  de  mayo  1886. 


12.a  Herrera  —  1.°  de  marzo  1890  á  1.°  de  marzo  1894. 
13.a  Idiarte  Borda— 21  de  marzo  1894  á  25  de  agosto  1897. 
14.a  Cuestas-!.0  de  marzo  1899   á  1.°  de   marzo  1903. 

PRESIDENCIAS   COMPLEMENTARIAS 
DE  OTRAS  PRESIDENCIAS 

1.a  Flores — 15  de  marzo  1854  á  10  de  septiembre  1855. 

2.a  Várela  — 22  de  enero  1875  á  10  de  marzo  1876. 

3.a  Vidal  — 15  de  marzo  1880  á  28  de  febrero  1882. 

4.a  Tajes  — 18  de  noviembre  -18S6  á  1.°  de  marzo  1890. 


PRESIDENCIAS  DEL  SENADO 

ejerciendo  interinamente  el  poder  ejecutivo  hasta  la  elec- 
ción de  presidente  constitucional: 

1.°  Anaya  — 24  de  octubre  1S34  á  1.°  de  marzo  1835. 

2.°  Pereira— 24  de  octubre  1838  á  11  de  noviembre  1833. 

3.°  Pereira  — 28  de  lebrero  1839  á  1.°  de  marzo  1839. 

4.°  Berro  — 16  de  febrero  1S52  á  1.°  de  marzo  1852. 

5.°  Bustamante  — 10  de  septiembre  1855  á  15  de  febrero 
1856. 

6.°  Pía— 15  de  febrero  1856  á  1.°  de  marzo  1656. 

7.°  Várela— 16  de  febrero  1868  á  1.°  de  marzo  1868. 

S.°  Ellauri  — 15  de  febrero  1873  á  1.°  de  marzo  1S73. 

9.°  Carve— 22  de  enero  1875  á  22  de  enero  1875. 

10.°  Vidal  — 14  de  febrero  1879  á  1.°  de  marzo  1879. 

11.°  Flangini  — 28  de  febrero  1882  á  1.°  de  marzo  1882. 

12.°  Santos  — 24  de  mayo  1886  á  18  de  noviembre  1886. 

13.°  Stewart  —  1.°  de    marzo  1894  á  21  de  marzo  1894. 

14.°  Cuestas  — 25  de  agosto  1897  á  10  de  febrero  1898. 

15.°  Batlle  y  Ordónez  — 15  de  febrero  1899  á  1.°  de 
Marzo  1899. 


—  7  — 
GOBIERNOS  PROVISORIOS 

1.°  Suárez,   Rondeau    y    Lavalleja — 1.°  de   diciembre 
1828  á  22  de  octubre  1830. 
2.°  Suárez  — 1.°  de  marzo  1843  á  16  de  febrero  1852. 
3.°  Aguirre  —  1.°  de  marzo  1864  á   16  de   febrero  1865. 
4.°  Villalba  — 16  de  febrero  1865  á  20  de  febrero  1865. 
5.°  Gomensoro— 1.°  de  marzo  1872  á  15  de  febrero  1873. 

DICTADURAS 

1/  Rivera  — 11  de  noviembre  1838  á  28  de  febrero  1839. 
2.a  Lavalleja,  Flores  y  Rivera — 25  de  septiembre  1853 
á  15  de  marzo  1854. 
3.a  Flores— 20  de  febrero  1865  á  16  de  febrero  1868. 
4.a  Várela  — 15  de  enero  1875  á  22  de  enero  1875. 
5.a  Latorre  — 10  de  marzo  1876  á  14  de  febrero  1879. 
6.a  Cuestas  — 10  de  febrero  1898  á  14  de  febrero  1899. 


GOBIERNO  DE  RIVERA 


CAPITULO  I 

GOBIERNO  DE  RIVERA 

(db  1830  Á  1834) 


SUMARIO  :  1.  La  Constitución.  —  2.  Elección  presidencial.  —  3.  Actitud 
obstruccionista  del  lavallejismo.  —  4.  Exterminio  de  los  chariúas.  —  5. 
Insurrección  de  la  colonia  Bella  Unión.  —  6.  Muerte  de  Bernabé  Ri- 
vera. —  7.  Propósitos  de  Rosas  contra  la  República.  —  8.  Motín  mi- 
litar.—  9.  Desconocimiento  de  los  Poderes  públicos.  —  10.  Concurso 
de  los  hermanos  Manuel  é  Ignacio  Oribe. — 11.  Tentativas  de  arre- 
glo. —  12  Contrarrevolución.  —  13.  Combate  de  Tupambaé.  —  14.  In- 
vasión del  Coronel  Olazábal. — 15.  Nueva  revolución  lavallejista. — 
16.  Incursión  de  don  Manuel  Lavalleja.  ■ —  17.  Fin  de  la  presidencia 
de  Rivera.  —  18.  Situación  económica  de  la  República  al  finalizar  el 
año  1834.  —  19.  Progresos  del  país. 


1.  La  Constitución.  —  « Jurada  la  Constitución  de 
la  República  y  puesta  en  ejercicio  según  el  espíritu  ex- 
preso de  su  texto,  cualquiera  habría  dicho  que  la  infrac- 
ción de  aquel  código  debía  hacerse  imposible  dadas  las 
circunstancias  que  procedieron  á  su  solemne  promulga- 
ción y  el  respeto  con  que  fué  recibido  por  el  país.  Sin 
embargo,  esa  misma  Constitución,  tan  perfecta  para  pue- 
blos como  el  norteamericano,  donde  las  prácticas  y  la 
educación  popular  no  han  admitido  jamás  otro  caudillo 
que  la  ley,  era  inaplicable  y  deficiente  en  un  pueblo 
como  el  uruguayo,  donde  la  herencia  de  la  libertad  debía 
ser  una  inmediata  y  sangrienta  anarquía,  cuya  fatídica 
cabeza  asomaba  impaciente  entre  el  humo  del  último 
tiro  disparado  en  los   campos  de   la   independencia.    Por 


-  12  — 

otra  parte,  consideraciones  de  un  orden  puramente  cons- 
titucional la  hicieron  defectuosa,  y  esos  defectos,  que  pu- 
dieron ser  evitados  en  la  época  de  su  discusión,  se  tor- 
naron insanables  después  que  se  impuso  á  la  República 
con  una  premura  é  impaciencia  que  los  acontecimientos 
políticos  del  Estado  Oriental  debían  encargarse  un  día 
de  encontrar  vituperables.  La  Constitución  de  la  Repú- 
blica tiene  vicios  radicados,  no  absolutamente  en  su  foi- 
ma,  sino  en  la  aplicación  que  de  sus  leyes  se  quiso  dar 
á  un  pueblo  preparado  por  sus  hábitos  para  resistirla, 
fuera  de  que  si  se  entrase  á  examinar  los  motivos  que 
han  originado  un  eterno  semillero  de  desinteligencias 
entre  los  tres  poderes,  tal  vez  pudiera  considerarse  como 
la  causa  pasiva  de  todos  los  atentados  que  se  han  come- 
tido contra  su  propia  soberanía. 

«No  puede  haber  constitución  perfecta  donde  los  le- 
gisladores empiezan  por  despojar  de  sus  derechos  á  una 
gran  parte  de  los  ciudadanos  por  obedecer  á  inspiracio- 
nes de  rivalidad  y  odio,  y  ese  fué  uno  de  los  grandes 
errores  que  se  legaron  al  pueblo   oriental  en  su  Carta. 

«Entre  las  enmiendas  que  en  la  discusión  sufrió  la 
Carta  constitucional,  quedó  sancionada  la  exclusión  de  los 
militares  de  los  bancos  de  la  representación  nacional; 
medida  monstruosa  que  no  tuvo  otro  origen  que  las  des- 
avenencias entre  los  constituyentes  y  el  general  Rivera, 
y  el  temor  de  la  influencia  que  éste  empezaba  á  desper- 
tar entre  algunos  círculos  del  país  (1). 

«La  posteridad  se  ha  encargado  de  probar  lo  impolí- 
tico del  proceder  de  los  constituyentes  en  este  caso.  Esta 

(l)  Acerca  del  particular,  la  plana  militar,  entre  la  que  se  encontraban 
oficiales  muy  distinguidos,  elevó  uua  petición  encabezada  por  los  generales 
Lavjlleja  y  Rivera,  el  coronel  Garzón  y  todo  lo  más  notable  que  había 
en  el  ejército ;  petición  que  la  Asamblea  mandó  archivar  sin  leerla  ni  re- 
mitirla siquiera  á  la  Comisión  reepectiva. 


-  13  - 

injusta  excepción  política,  privadamente  considerada,  es- 
tableció una  competencia  peligrosa  entre  el  ejército  y  la 
Asamblea,  poniendo  para  siempre  en  actitud  bostil  á  los 
militares,  dispuestos  á  no  olvidar  jamás  esa  proscripción 
-de  sus  inmunidades,  sacrificadas  en  aras  de  la  persona- 
lidad. 

«Otro  de  los  defectos  que  se  notan  en  el  Código  polí- 
tico constitucional  es  la  poca  claridad  de  que  se  resiente 
la  redacción  de  algunos  de  sus  artículos,  dejando  de  tal 
modo  incierto  el  sentido  en  que  han  sido  sancionados 
por  la  Constituyente,  que  será  muchas  veces  necesario 
buscar  la  relación  de  los  unos  con  los  otros  para  poder 
fijarlos  convenientemente  (1).» 

2.  Elección  presidencial.  —  Convocado  el  país  á 
elecciones  de  Senadores  y  Representantes,  todos  los  cír- 
culos políticos  en  que  se  dividía  la  opinión  pública  tra- 
bajaron libremente  para  conseguir  el  triunfo  de  sus  res- 
pectivos candidatos;  no  siendo  exacto,  por  consiguiente, 
que  el  general  Rivera  monopolizara  en  provecho  propio 
este  acto  electoral,  pues  de  ser  así  no  habrían  logrado 
salir  victoriosos  varios  de  sus  más  encarnizados  enemigos, 
como  tampoco  se  hubieran  sentado  en  las  bancas  legislati- 
vas algunos  parciales  del  coronel  Garzón,  que  también  mili- 
taba, aunque  sin  ninguna  probabilidad  de  éxito,  entre  el 
número  de  los  aspirantes  á  la  presidencia  de  la  Repú- 
blica. El  riverismo  luchó  legalmente,  como  luchó  de  igual 
modo  el  lavallejismo,  y  si  la  victoria  fué  del  primero, 
atribuyase  á  tener  Rivera  mayores  simpatías  en  campaña 
que  Lavalleja,  y  á  la  manifiesta  habilidad  del  círculo 
riverista  en  achaques  electorales.  Si  el  elemento  militar 
de  la  mayor  parte  de  los  departamentos  estuvo  natural- 
mente de  parte  de  esta  última  fracción,  el  elemento  urba- 


(1)  Antonio  Díaz:  Historia  política  y  militar  de  las  Repúblicas  del  Plata, 
desde  el  año  1828  hasta  el  de  186U.  Montevideo,  1877. 


-  14  - 

no  ó  de  la  ciudad  se  halló  del  lado  del  partido  opositor. 
En  cuanto  á  fraudes  electorales,  su  secreto  débese  buscar  en 
la  falta  de  suficiente  cultura  de  parte  del  pueblo  en  ge- 
neral, que  por  primera  vez  hacía  uso  de  una  prerrogativa 
que  aún  hoy,  después  de  los  años  transcurridos,  no  sabe 
apreciar  debidamente,  y  que  suele  dar  margen  á  conflic- 
tos de  todo  género. 

Aparte  de  lo  expuesto,  es  indudable  que  tanto  Rivera 
como  Lavalleja  tenían  iguales  fítulos  al  aprecio  de  sus 
conciudadanos  y  á  la  gratitud  nacional,  pues  si  la  bata- 
lla del  Sarandí  decidió  á  los.  argentinos  á  prestar  su 
concurso  á  la  causa  de  los  orientales  á  cambio  de  la 
incorporación  del  territorio  uruguayo  á  las  Provincias 
Unidas  del  Río  de  la  Plata,  la  toma  de  Misiones  in- 
clinó el  ánimo  de  don  Pedro  I  á  favor  de  la  paz  y  de 
la  independencia  absoluta  de  la  Banda  Oriental.  Por 
otra  parte,  presentándose  como  candidatos  á  la  Presiden- 
cia de  la  República,  los  dos  prohombres  ejercían  un  de- 
recho consagrado  por  la  Constitución,  siendo  absurda  la 
pretensión  de  algunos  políticos  de  entonces  al  sostener 
que  «era  una  infamia  y  una  insensatez  disputar  al  ge- 
neral Lavalleja  la  candidatura  á  la  Presidencia  (1).» 

El  día  23  de  Octubre  quedó  instalado  el  primer  Cuer- 
po Legislativo,  habiendo  sido  elegido  Presidente  del  Se- 
nado don  Luis  Eduardo  Pérez,  y  de  la  Cámara  de  Re- 
presentantes don  Francisco  Antonino  Vidal.  Ambas  cor- 
poraciones se  reunieron  el  24  de  dicho  mes,  y  el  mismo 
día  procedieron  á  la  elección  presidencial,  recayendo  ésta 
en  la  persona  del  benemérito  y  popular  brigadier  gene- 
ral don  Fructuoso  Rivera,  quien,  hallándose  en  campaña, 
tan  pronto  como  tuvo  conocimiento  de  su  elección,  ?e 
encaminó  hacia  la  capital,  recibiéndose  del  mando  el  día 
G  de  Noviembre  siguiente  (2). 

(1)  Opinión  de  don  Juan  Francisco  Curó. 

(2)  Por  el  general  Rivera  votaron  los  señores  Sayago,  Ocampo,  Bus- 
lámante   (  Francisco;,   Bustaniante  (M.),   Gallegos,   Medina,  Pino,  Xiuié- 


—  15  - 

«La  primera  Presidencia  se  distinguió,  desde  un  prin- 
cipio, por  su  carácter  de  tolerancia  y  respeto  á  todos  los 
derechos  de  los  ciudadanos.  Hombres  eminentes  por  su 
talento  y  sus  virtudes  prestaron  su  concurso  al  Gobierno 
del  general  Rivera;  durante  su  administración  fueron 
Ministros  de  Estado  don  Lucas  José  Obes,  don  Han- 
tiago  Vázquez,  don  José  Ellauri  y  don  Joaquín  Suárez, 
afiliados  á  su  colectividad  política;  y  don  Francisco 
Llambí  y  don  Juan  María  Pérez,  que  eran  adversarios 
de  Rivera.  Igualmente  le  prestó  su  concurso,  desempe- 
ñando el  Ministerio  de  Guerra  y  Marina,  el  general  don 
Manuel  Oribe,  su  sucesor,  como  veremos  más  adelante, 
y  su  rival  en  el  futuro,  en  las  luchas  intestinas  que  se 
sucedieron  en  el  país  por  muchos  años  (1).» 

En  cuanto  al  general  Lavalleja,  una  vez  efectuada  la 
elección  presidencial,  se  retiró  á  la  vida  privada,  de  la  cual, 
torpemente  aconsejado  por  don  Juan  Manuel  de  Rosas, 
salió  poco  después  para  estorbar  la  vida  constitucional, 
poner  obstáculos  á  la  marcha  del  Gobierno  y  sublevar 
el  país  contra  el  Presidente  Rivera. 

3.  Actitud  obstruccionista  del  lavallejismo.  — 
«Desde  que  el  lavallejismo  se  vio  privado  de  llevar  á 
sus  prohombres  á  los  primeros  puestos  públicos,  se  de- 
claró en  completo  desacuerdo,  criticando  fuertemente  to- 
dos los  actos  del  Gobierno  é  incitando  á  muchos  elemen- 
tos díscolos  que  se  hallaban  diseminados  por  el  interior 
de  la  campaña,  á  levantarse  en  armas  en  contra  del  Go- 


nez.  Tejera,  Otero,  Ellauri,  Pereira,  Gadea,  González,  Rodríguez,  Gonzá- 
lez (A  l,.),  Chucarro,  Turreiro,  Vidal  (Carlos),  Larrañaga,  Espinosa,  Ca- 
lleros, Duran,  Campana,  Alvarez,  Vidal  (F.)  y  Pérez;  total,  27  votos.  Por 
el  general  Lavalleja  dieron  sus  votos  los  señores  Juan  Benito  Blanco, 
Anavitarte,  Muñoz,  Llambí  y  Barreiro  ;  total,  5  votos.  Por  don  Gabriel  A. 
Pereira  votaron  los  señores  Graceras  y  Núñez  ;  total,  2  votos.  Don  Joaquín 
Suárez  sólo  obtuvo  un  voto,  que  fué  el  de  don  Silvestre  Blanco, 

(l)  Julián  O.    Miranda:    Compendio    de    historia   nacional,    desde    1830 
hasta  nuestros  días.  Montevideo,  1898. 


-  16  - 

bierno  (1). »  Una  parte  de  la  prensa  inició  una  implaca- 
ble cruzada,  haciendo  blanco  de  sus  iras  á  los  hombres 
más  eminentes  que  rodeaban  á  Rivera,  y  á  Rivera  mis- 
mo, hallando  motivos  para  sus  acerbas  censuras  en  los 
actos  más  inocentes  del  Gobierno,  desconociendo  la  recti- 
tud de  intenciones  del  Poder  Ejecutivo  y  llegando  en 
su  intransigencia  á  sostener  como  doctrina  sana  el  des- 
conocimiento del  principio  de  autoridad;  desconocimiento 
proclamado  con  todo  extravío  por  escritores  bien  co- 
locados en  los  círculos  políticos  y  sociales  de  Monte- 
video. Por  esta  causa,  tal  vez,  Rivera  se  abstuvo  de  apli- 
carles la  ley  con  todo  rigor,  limitándose  á  obtener  de  la 
Asamblea  que  dictase  una  disposición,  con  carácter  de 
ley,  por  la  cual  el  Poder  Ejecutivo  quedaba  facultado 
para  «invitar  á  los  escritores  públicos,  por  el  amor  y  dig- 
nidad de  la  patria,  á  respetarse  á  sí  mismos,  á  la  Repú- 
blica y  á  las  leyes  (2).»  Razonablemente  no  es  posible 
pedir  menos  ni  se  puede  ser  más  tolerante  tratándose 
del  primer  magistrado  de  la  República,  de  sus  actos  guber- 
nativos y  del  acatamiento  de  las  leyes.  Y,  sin  embargo,  no 
han  faltado  publicistas  que,  interpretando  capciosamente 
este  buen  acuerdo  de  la  Asamblea,  y  dándole  un  alcance 
que  nunca  pasó  por  la  mente  de  sus  autores,  aseguraran 
que  «con  esta  amenaza  brutal  se  notificaba  á  los  escri- 
tores que  si  continuaban  denunciando  y  atacando  las 
.arbitrariedades  del  Gobierno,  se  anticiparían  los  empas- 
telamientos  de  imprentas  y  destierros  de  la  dictadura  de 
Flores,  las  persecuciones  del  tiempo  de  Batlle,  y  las  ma- 
zorcas de  Mayo  de  Máximo  Santos  (3).»  Tan   cierto   es 


(1)  Pablo  Blanco  Acevedo:  Historia  de  la  República  Oriental  del  Uru- 
guay. Montevideo,  1900. 

(2)  Esta  ley  lleva  la  fecha  del  20  de  Marzo  de  1832  y  consta  de  un 
solo  artículo.  Está  firmada  por  Juan  de  Gregorio  Espinosa  como  Presi- 
dente y  Luis   Bernardo  Cavia  como  Secretario. 

(3)  Guillermo  Melián  Lafinur;  Los  Partidos  de  la  República  Oriental  del 
■Uruguay.  Estudio  político  -  histórico  -  popular.    Buenos  Aires,  1893. 


-  17  - 

■que  la  pasión  política  ciega  hasta  á  las  personas  más 
cultas,  buenas  é   ilustradas. 

En  cambio,  no  faltan  escritores  que  creen  sinceramente 
que  si  el  Gobierno  del  General  Rivera  incurrió  en  erro- 
res, cometió  torpezas  ó  conculcó  leyes,  «con  una  opo- 
sición razonada  y  bien  dirigida,  con  una  censura  justifi- 
cada contra  los  actos  del  poder,  los  pueblos  ganan  tanto 
como  pierden  teniendo  por  órgano  de  sus  intereses  escri- 
tores inconsiderados  y  atrabiliarios,  y  los  gobiernos,  que 
podrían  ser  contenidos  en  sus  actos  por  la  censura  aus- 
tera y  decorosa,  encuentran  en  ese  libertinaje  de  la  pren- 
sa un  motivo  para  ocultar  sus  procedimientos,  lo  que  no 
sucede  con  la  censura  razonada,  como  hemos  dicho,  por- 
que ella  sirve  para  contener  los  abusos  del  poder,  é  in- 
dicarle la  senda  más  conveniente  á  la  marcha  regular 
de  los  Estados.  La  prensa,  pues,  apoyada  en  los  mismos 
hombres  de  alta  posición  política,  iba  tomando  una  acti- 
tud cuyo  desenlace  era  fácil  prever  (1).» 

4.  Exterminio  de  los  Charrúas. —  «Sabido  es  que 
después  de  la  ocupación  de  las  márgenes  del  río  de  la 
Plata  por  los  españoles,  las  tribus  indígenas  poco  nu- 
merosas de  Charrúas  que  poblaban  estas  comarcas  que- 
daron enseñoreándose  del  territorio  por  la  falta  absoluta 
de  elementos  en  los  españoles  para  perseguirlos,  habiendo 
llegado  hasta  el  caso  de  acercarse  los  Charrúas  á  los 
puestos  exteriores  de  la  colonia  de  Montevideo  á  provo- 
car á  la  guarnición,  falta  de  caballería  para  perseguirlos. 
Así  permanecieron  poco  más  ó  menos  por  dos  ó  tres  si- 
glos, sosteniendo  algunas  veces  luchas  intestinas  con  las 
tribus  de  los  Yaros,  que  dominaban  las  márgenes  del  río 
Pardo,  y  con  las  de  los  Guaraníes,  de  las  márgenes  de 
San  Salvador  y  Río  Grande,  y  guerra  también  con  los 
dominadores,  que  de  vez  en  cuando  recordaban  la  necesi- 
dad de  combatirlos. 

(1)  Antonio  Díaz,  obra    citada. 
2 


-  18  - 

«Finalmente,  después  de  esa  resistencia  de  poca  impor- 
tancia, pobres  de  elementos  y  de  historia,  acabaron,  si 
no  por  someterse,  por  allanarse  al  menos  al  dominio 
extraño,  estableciendo  tácitamente  una  especie  de  tregua, 
con  tal  de  obtener  algunos  vestidos,  aguardiente  y  taba- 
co, al  que  eran  sumamente  aficionados,  de  parte  de  los 
pobladores,  á  quienes,  sin  embargo  de  todo,  agredían 
siempre  que  les  era  posible,  impelidos  por  su  carácter 
venal  y  su  rapacidad  nunca  satisfecha. 

«Así  permanecieron  hasta  la  época  de  los  primeros 
ejércitos  que  levantó  don  José  Artigas  para  luchar  por 
la  nacionalidad  de  los  orientales,  despertaron  la  índole 
guerrera  de  estos  indígenas  y,  sin  renunciar  á  su  salvaje 
independencia  y  hábitos,  se  reunieron  condicionalmen,te  á 
las  fuerzas  libertadoras,  acampando  siempre  aparte  y  sin 
reconocer  más  disciplina  que  la  que  les  era  impuesta  por 
sus  caciques.  El  general  Artigas  sabía  muy  bien  que 
para  nada  podía  utilizar  semejante  contingente,  pero  se 
conformaba  con  tenerlos  aparentemente  reducidos  á  la 
obediencia. 

«Entre  las  razas  bárbaras  que  poblaban  las  regiones 
del  Nuevo  Mundo,  el  indio  Charrúa  era  el  ser  de  con- 
dición más  pobre  é  indolente.  Su  holgazanería  y  des- 
aseo le  constituían  en  un  ente  repugnante;  el  que,  por 
otra  parte,  no  salió  jamás  de  una  posición  condicional, 
resistiendo  tenazmente  la  civilización. 

«No  existía  en  ellos  el  sentimiento  del  estímulo,  en 
ningún  sentido.  Sus  labores  se  reducían  á  la  fabricación 
de  las  boleadoras  que  primitivamente  usaban,  de  una 
sola  piedra  adherida  á*  una  larga  cuerda,  que  sujetaban  al 
puño  por  medio  de  un  lazo  maestro,  sirviéndoles  de  arma 
de  combate,  la  que,  después  que  se  hicieron  ecuestres, 
mejoraron  aumentando  una,  y  después  dos  piedras,  con- 
virtiéndose entonces  en  arrojadiza,  y  útiles  para  sujetar 
los  caballos  y  demás  animales  ariscos  de  los  campos;  á 
la  construcción  de  flechas,  cuchillos  y  moharras   de  lan- 


-  19  - 

za,  sirviéndose  con  este  objeto  de  la  piedra  silex,  ó  pe- 
dernal, y  finalmente  á  la  confección  de  un  tapa- rabo  de 
cuero  de  venado  ó  avestruz,  al  que  llamaban  guillapí, 
y  eso  cuando  ya  la  civilización  había  Hecho  en  ellos 
notables  progresos. 

«Todo  cuanto  pudiera  imaginarse  respecto  á  inmundi- 
cia entre  estos  bárbaros,  en  sus  alimentos  y  sus  hábitos, 
es  poco.  Su  cuerpo,  en  que  la  grasa  de  potro  con  que 
diariamente  se  frotaban,  salía  ya  por  los  poros,  estaba  en 
casi  todos  naturalmente  sujeto  á  una  condición  herpética, 
regularmente  en  invierno,  que  le  hacía  más  repugnante 
y  contribuía  á  las  emanaciones  pestilentes,  á  términos 
de  hacerse  insoportable  la  inmediación  de  uno  de  estos 
salvajes  á  diez  varas  de  distancia,  colocado  en  dirección 
al  viento,  cuyas  ráfagas  nauseabundas  eran  de  un  efecto 
horrible.  Estas  unturas,  cuando  no  se  había  introducido 
todavía  entre  ellos  el  caballo,  cuyo  aceite,  era  de  pre- 
ferencia, se  hacían  con  grasa  de  avestruz,  aguará,  pelu- 
do, tigre,  iguana  y  pescado,  cuyas  carnes,  exceptuando 
las  de  tigre  y  aguará,  les  servía  de  alimento;  después 
de  lo  cual  se  tendían  al  sol  para  que  el  aceite  penetrase 
mejor  en  sus  carnes. 

«Bajo  tal  punto  de  vista,  fácilmente  se  imaginará  el 
lector  lo  absurdo  é  insensato  de  las  descripciones  poéti- 
cas que  se  nos  han  hecho  y  que  indudablemente  segui- 
rán haciéndonos  sobre  nuestros  aborígenes,  de  los  que  aún 
queda  una  muestra,  aunque  muy  adulterada,  en  la  costa 
del  río  Colorado  y  Patagonia,  en  la  República  Argen- 
tina. 

«Esta  rápida  noticia  bastará  para  dar  una  idea  general 
de  la  educación,  religión,  costumbres  y  civilización  de 
aquellos  seres,  para  quienes  todo  eso  era  completamente 
desconocido,  inclusa  la  idea  de  un  ser  superior  á  ellos, 
en  cuyo  testimonio  no  se  ha  encontrado  hasta  hoy  vesti- 
gio alguno,  como  en  otros  pueblos  primitivos  de  la  Amé- 
rica; pues  si  bien  es  cierto  que  la  naturaleza   dotó  á  és- 


-  20  - 

tos,  como  á  los  demás  hombres,  de  razón,  ha  sido  siem- 
pre muy  difícil  despertar  en  ellos  esa  gran  facultad,  aun 
en  los  mismos  niños  de  aquella  raza  criados  en  las  ciu- 
dades, las  que  abandonaban  apenas  tenían  la  proporción 
de  huir  al  desierto. 

«Vivían  y  morían  errantes,  sin  ninguna  diferencia  de 
los  animales,  y  los  más  achacosos  se  refugiaban  como 
aquéllos  en  cavernas,  donde  hacinaban  los  restos  nausea- 
bundos de  su  alimento,  que  no  cuidaban  de  sacar  jamás 
fuera,  ni  los  residuos  de  su  propio  cuerpo,  de  cuyo  de- 
pósito tampoco  se  cuidaban  con  mucha  frecuencia. 

«En  cuanto  á  las  decantadas  guerras  que  los  Cha- 
rrúas sostuvieron  con  la  conquista,  todo  se  reduce,  según 
el  testimonio  del  mismo  Gay,  al  asesinato  de  alguna  que 
otra  comisión  militar  que  cruzaba  de  un  fuerte  á  otro, 
haciendo  lo  mismo  con  las  expediciones  en  pequeña  es- 
cala que  se  aventuraban  al  interior,  á  las  que  atacaban 
á  flechazos,  siempre  lo  más  distante  posible,  y  matando 
en  cuanto  podían  aproximarse  impunemente.  También 
destruyeron  repetidas  veces  los  fortines  con  que  cubrían 
los  portugueses  su  línea  divisoria  con  las  colonias 
españolas,  apenas  tenían  conocimiento  de  la  poca  defen- 
sa en  que  estaban.  Esto  es  lo  único  que  arrojan  la  tradi- 
ción y  el  examen  casi  contemporáneo  de  aquellos  in- 
dios íl). » 

En  el  primer  tercio  del  siglo  xix,  estos  bárbaros  tenían 
su  residencia  en  el  norte  del  río  Negro,  extendiéndose 
desde  el  Queguay  hasta  más  allá  del  Cuareim,  á  donde 
los  había  arrojado  la  civilización  española,  y  por  estos 
parajes  merodeaban,  ya  asaltando  las  casas  de  campo,  ya 
robando  ganado;  de  cuyos  actos  resulta  que  la  vida  y 
haciendas  de  los  estancieros  de  estas  comarcas  se  halla- 
ban continuamente  en  peligro,  sin  que  las  duras  lecciones 
recibidas  anteriormente  hubiesen  escarmentado  á  los  pri- 
meros. 

( 1 )  Antonio  Díaz,  obra  citada. 


-  21  — 

Fué  entonces  que  una  junta  de  hacendarlos,  encabezada 
por  don  Diego  Noble,  propuso  al  Gobierno  la  captura 
de  toda  la  indiada,  que  á  la  sazón  sumaría  de  150  á  200 
hombres  de  lanza  (1),  fuera  de  la  chusma,  que  era  reducida; 
los  que,  una  vez  aprehendidos,  deberían  ser  transporta- 
dos y  abandonados  en  la  Patagonia;  á  cuyo  efecto  dichos 
hacendados  se  comprometían  á  sufragar  los  gastos  de 
esta  empresa,  para  la  cual  habían  recolectado  unos  30.000 
pesos;  pero  de  tan  difícil  realización  le  pareció  al  gene- 
ral Rivera  el  proyecto,  que,  rechazando  la  idea  de  los  es- 
tancieros, optó  por  arremeter  contra  los  indios  y  tratar 
de  someterlos  por  la  fuerza,  ó,  en  último  caso,  extermi- 
narlos. 

Con  tal  propósito,  en  el  mes  de  Enero  de  1831,  y  no 
1832,  como  se  dice,  el  Presidente  se  puso  personalmente 
en  campaña,  como  tenía  por  costumbre  siempre  que  se 
trataba  de  realizar  empresas  delicadas  ó  peligrosas,  y  con 
unos  mil  hombres  alcanzó  á  los  Charrúas  en  el  paraje 
denominado  Cueva  del  Tigre,  puntas  del  Queguay  ó  Sal- 
sipuedes,  donde  á  la  sazón  tenían  instaladas  sus  toldei'ías, 
y  allí  se  trabó  un  reñido  combate,  en  que  la  superioridad 
en  el  número  de  combatientes,  la  mejor  calidad  de  las 
armas  y  la  disciplina  militar  triunfaron  de  aquellas  hor- 
das bárbaras  que  siempre  fueron  un  obstáculo  al  pro- 
greso y  tranquilidad  del  país.  La  victoria,  sin  embargo,  le 
costó  á  Rivera  la  pérdida  de  algunos  hombres,  como  lo 
demuestra  el  siguiente  parte  oficial  de  este  hecho  de 
armas: 

Cuartel  GeDeral,  Salsipuedes,  Abril  12  do  1831. 

Después  de  agotados  todos  los  recursos  de  prudencia 
y  humanidad;   frustrados  cuantos  medios   de   templanza, 

( 1 )  En  un  trabajo  histórico  publicado  por  el  doctor  don  Alberto  Palo- 
meque  eu  la  revista  titulada  Vida  Moderna,  correspondiente  al  mes  de 
Agosto  de  1903,    asevera    don    Bernabé    Magariííos    que  en  1329    él  tuvo 


—  22  — 

conciliación  y  dádivas  pudieron  imaginarse  para  atraer 
á  la  obediencia  y  á  la  vida  tranquila  y  regular  á  las  in- 
dómitas tribus  de  charrúas,  poseedoras  desde  una  edad 
remota  de  la  más  bella  porción  del  territorio  de  la  Repú- 
blica, y  deseoso,  por  otra  parte,  el  Presidente  General 
en  Jefe  d«  hacer  compatible  su  existencia  con  la  suje- 
ción en  que  han  debido  conservarse  para  afianzar  la 
obra  difícil  de  la  tranquilidad  general,  no  pudo  temer  ja- 
más que  llegase  el  momeiúo  de  tocar,  de  un  modo  prác- 
tico, la  ineficacia  de  estos  procederes  neutralizados  por 
el  desenfreno  y  malicia  criminal  de  estas  hordas  salvajes 
y  degradadas. 

En  tal  estado,  y  siendo  ya  ridículo  y  efímero  ejercitar 
por  más  tiempo  la  tolerancia  y  el  sufrimiento,  cuando 
por  otra  parte  sus  recientes  y  horribles  crímenes  exigían 
un  ejemplar  y  severo  castigo,  se  decidió  á  poner  en  eje- 
cución el  único  medio  que  ya  restaba,  de  sujetarlos  por 
la  fuerza.  Mas  los  salvajes,  ó  temerosos  ó  alucinados, 
empeñaron  una  resistencia  armada,  que  fué  preciso  com- 
batir del  mismo  modo,  para  cortar  radicalmente  las  des- 
gracias que  con  su  diario  incremento  amenazaban  las 
garantías  individuales  de  los  habitantes  del  Estado  y  el 
fomento  de  la  industria  nacional  constantemente  depre- 
dado por  aquéllos.  Fueron,  en  consecuencia,  atacados  y 
destruidos,  quedando  en  el  campo  más  de  40  cadáveres 
enemigos,  y  el  resto  con  300  y  más  almas  en  poder  de 
la  división  de  operaciones.  Los  muy  pocos  que  han  po- 
dido evadirse  de  la  misma  cuenta,  son  perseguidos  viva- 
mente por  diversas  partidas  que  se  han  despachado  en 
su  alcance,  y  es  de  esperarse  que  sean  destruidos  tam- 
bién completamente  si  no  salvan  las  fronteras  del  Es- 
tado. 

En   esta   empresa,   como   ya    tuve    el    sentimiento   de 

bajo  su  mando  1400  charrúas,  pero  rjosotios  consideramos  muy  exagerada 
esta  cifra  y  nos  atenemos  á  la  que  les  atribuyen  casi  todos  los  historia- 
dores y  la  documentación  oficial. 


-  23  - 

anunciarlo  al  Excmo.  Gobierno,  el  cuerpo  ha  sufrido  la 
enorme  y  dolorosa  pérdida  del  bizarro  joven  teniente  2.° 
Maximiliano  Obes,  que  como  un  valiente  sacrificó  sus 
días  á  su  deber  y  á  su  patria,  siendo  herido  á  la  vez  el 
distinguido  teniente  coronel  don  Gregorio  Salado,  los  ca- 
pitanes don  Gregorio  Berdún,  don  Francisco  Esteban  Be- 
nítez  y  seis  soldados  más. 

El  Presidente  General  en  Jefe  no  puede  menos  de 
recomendar  al  Excmo.  Gobierno  la  brillante  conducta, 
-constancia  y  subordinación  que  en  esta  jornada  y  en  el 
-curso  de  las  atenciones  de  la  campaña  han  desplegado 
los  señores  jefes,  oficiales  y  tropa  de  los  cuerpos  expe- 
dicionarios, y  muy  particularmente  los  recomendables 
servicios  que  en  ella  han  rendido  el  señor  general  don 
Julián  Laguna  y  el  coronel  don  Bernabé  Rivera;  como 
igualmente  los  demás  jefes  y  oficiales  del  E.  M.  D.  y 
-edecanes  del  General  en  Jefe  han  llenado  honorablemente 
sus  deberes. 

El  mismo  reitera  al  Excmo.  Gobierno  Jas  seguridades 
de  su  más  alta  consideración  y  distinguido  aprecio,  con 
que  tiene  el  honor  de  saludarle 

Fructuoso  Rivera. 
Excmo.  Gobierno  de  la  República. 

Á  pesar  de  esta  victoria,  los  restos  de  la  indiada  se 
refugiaron  en  la  zona  comprendida  entre  los  ríos  Ara- 
pey  y  Cuareim,  donde  el  día  15  de  Junio  de  1832  logró 
descubrirlos  y  derrotarlos  el  coronel  don  Bernabé  Rivera, 
aunque  con  pérdidas  sensibles,  pues  sucumbieron  en  la 
lucha  el  citado  Rivera,  el  comandante  Pedro  Bazán,  el 
alférez  Roque  Viera  y  nueve  soldados.  Los  pocos  indios 
que  escaparon  con  vida  se  retiraron  á  Río  Grande,  desde 
cuya  Provincia  pasaron  al  Paraguay  y  de  aquí  á  Ma- 
to-Groso,  «en  donde  el  animoso  jefe   de   los   peregrinos, 


-  24  - 

un  gallardo  mocetón  llamado  Cadete,  casó  con  la  hija 
de  un  cacique  de  aquellos  lugares,  que  les  diera  hospita- 
lidad (1).»  En  cuanto  á  los  prisioneros  hechos  en  la  ac- 
ción de  la  Cueva  del  Tigre,  es  sabido  que  la  chusma  fué 
repartida  entre  las  familias  de  Montevideo  (2),  mientras 
que  los  pocos  que  salieron  ilesos  cayendo  en  poder  del 
general  Rivera,  fueron  cedidos  por  éste  á  un  francés 
llamado  Curel,  que  los  condujo  á  París,  donde  los  exhibía 
como  fieras,  haciéndoles  accionar  ridiculamente  y  obligán- 
doles á  comer  carne  cruda,  hasta  que  sucumbieron  más- 
de  nostalgia  y  de  despecho  que  de  otras  causas  (3). 

5.  Insurrección  de  la  colonia  Bella  Unión.  — 
Queda  dicho  en  la  página  234  del  tomo  1.°  de  esta  obra,, 
que  con  las  familias  de  indígenas  que  en  1828  acompa- 
ñaron á  Rivera  en  su  vuelta  á  la  patria,  fundó  éste  una 
colonia  agrícola  militar  en  el  ángulo  formado  por  los 
ríos  Uruguay  y  Cuareim,  á  la  que  denominó  Bella  Unión,, 
actualmente  conocida  por  Santa  Rosa.  La  situación  de 
estos  colonos  se  fué  haciendo  paulatinamente  más  crítica, 
al  extremo  de  que  el  Gobierno  vióse  obligado  á  acudir 
en  su  socorro  en  el  sentido  de  proporcionarles  recursos 
para  su  manutención ;  pero  ya  sea  debido  á  que  estos  re- 
cursos no  fueran  lo  suficientemente  abundantes,  ó  á  que 


(1)  Daniel  Granada:  Idioma  Nacional.    Montevideo,  190<>. 

(2)  Con  fecha  9  de  Mayo  de  183!,  el  Gobierno  expidió  un  decreto  de- 
terminando los  deberes  á  que  quedaban  obligadas  las  familias  que  se  hi- 
cieran cargo  de  indios  charrúas.  Estas  obligaciones  eran:  tratarlos  bien, 
educarlos  y  cristianarlos.  El  charrúa  que  tuviese  12  años  no  podía  per- 
manecer más  de  seis  en  la  casa  de  la  persona  que  lo  hubiese  prohijado. 
Si  las  mujeres  tomasen  estado  antes  de  cumplir  los  18  años,  quedarían 
libres  de  la  tutela  expresada.  No  podían  ser  extraídos  d<l  territorio  na- 
cional ínterin  fuesen  menores  de  edad.  Tampoco  era  permitido  transfe- 
rirlos. 

(3)  Se  llamaban  estos  indios:  Vaimaca,  Senaqué,  Tacuabé  y  (¡iiyunusa, 
según  asegura  Chartón  en  su  obra  titulada  Viajeros  antiguos  y  modernos, 
y  sus  retratos  se  hallan  publicados  en  la  Histoirc  naturelk  de  l'homme, 
por  J.  G.  Prithard ;  París,  1813. 


-  25  — 

faltasen  de  una  manera  completa,  lo  cierto  es  que  se  in- 
surreccionaron el  día  19  de  Mayo  de  1832  contra  Rivera, 
quien  envió  á  su  hermano  Bernabé  á  fin  de  que  los  redu- 
jese á  la  obediencia.  También  hay  quien  asegura  que  la 
actitud  hostil  de  los  indígenas  respondía  á  trabajos  de  la 
fracción  lavallejista,  que  ya  por  entonces  urdía  una  vasta 
conspiración,  cuyo  objeto  era  derrocar  á  los  Poderes  pú- 
blicos y  sustituir  á  Rivera  con  don  Juan  Antonio  Lava- 
lleja;  pero  esta  última  versión  carece  de  fundamento,  por 
más  que  fuesen  lavallejistas  los  promotores  de  dicho  al- 
zamiento. Sea  como  quiera,  el  resultado  fué  que  las  tro- 
pas de  Bernabé  Rivera  derrotaron  completamente  á  los 
insurrectos  el  día  11  de  Junio,  cayendo  prisionero  su 
jefe  el  cacique  Comandiyú  con  150  individuos,  mientras 
que  el  resto,  en  número  de  32  indios,  huía  con  rumbo 
á  Corrientes,  quedando  así  vencida  esta  insurrección  que 
tal  vez  pudo  haberse  evitado  si,  en  vez  de  promoverla, 
sus  autores  hubiesen  iniciado  alguna  gestión  amistosa 
poniendo  de  relieve  la  situación  crítica  en  que  se  encon- 
traban los  pobladores  de  Bella  Unión. 

6.  Muerte  de  Bernabé  Rivera.  —  Pocos  días  des- 
pués de  la  derrota  de  los  indios  de  Bella  Unión,  supo 
el  coronel  Rivera  que  por  las  inmediaciones  del  Cuareim 
merodeaba  una  partida  de  unos  25  charrúas,  que  ha- 
bían logrado  escapar  de  las  matanzas  efectuadas  el  año 
anterior  en  Salsipuedes,  en  Mataperros  y  en  Arerun- 
guá  (1),  y,  deseoso  de  concluirlos,  marchó  en  su  procura, 
y  alcanzándolos  muy  pronto,  empezó  contra  ellos  una 
tenaz  persecución.  Para  llevar  á  cabo  ésta  con  mayor 
rapidez,  el  coronel  Rivera  ordenó  que  sus  soldados  aban- 
donaran la  caballada  de  repuesto;  medida  de  funestas 
consecuencias  para  quien  la  dispuso,  como   se   verá   por 

(1)  En  esta  última  acción  el  coronel  Rivera  causó  á  los  indios  15  muer- 
tos, 25  prisioneros  y  57  de  chusma,  aprehendidos  también,  escapando  18 
hombres,  8  muchachos  de  6  á  7  años  y  8  mujeres.  Tuvo  lugar  este  com- 
bate en  el  mes  de  Agosto  de  1831. 


-  26  - 

la  descripción  que  de  este  luctuoso  acontecimiento  hace 
el  señor  Díaz,  y  que  á  continuación  transcribimos:  «En  esa 
persecución  —  dice  —  Rivera  logró  ponerse  encima  de  los 
bárbaros,  que  siempre  manifestando  gran  terror,  huían 
lanzando  alaridos  salvajes,  dispersándose  en  todas  direc- 
ciones, á  término  que  el  grupo  mayor,  que  era  donde 
iba  el  cacique,  no  alcanzaría  á  12  hombres.  En  tal  estado 
la  fuga  se  convirtió  en  carrera,  y  esto  fué  lo  que  per- 
dió á  don  Bernabé.  Los  indios  conocieron  que  los  caba- 
llos de  sus  perseguidores  no  continuarían  una  legua  más, 
y  que  el  número  de  éstos  que  les  perseguía  se  había  re- 
ducido notablemente,  á  consecuencia  de  haber  quedado 
á  retaguardia  porción  de  soldados  á  quienes  se  les  habían 
parado  completamente  los  caballoe,  que  no  habían  mu- 
dado, y  eran  los  que  sirvieron  para  la  marcha  de  toda 
la  noche.  Entonces  pusieron  los  indios  en  juego  su  tac* 
tica  salvaje,  comunicándose  por  medio  de  alaridos  con 
los  grupos  pequeños  que  huían  á  la  vista,  y  que  empe- 
zaron á  concentrarse  hasta  el  número  de  15  ó  20,  car- 
gando en  el  acto  tan  rápidamente  á  Rivera  y  los  pocos 
que  le  seguían,  que  no  tuvieron  ni  el  tiempo  necesario 
para  echar  pie  á  tierra  y  defenderse  en  pelotones  de  tres 
ó  cuatro  hombres.  Todos  estaban  diseminados,  y  el  que 
pudo  contar  con  su  caballo  se  refugió  en  el  bosque,  tra- 
tando de  salvar  su  vida  de  una  muerte  segura  y  bárba- 
ra. Fué  entonces  que  tuvo  lugar  aquella  carnicería.  Los 
bárbaros  tomaron  á  sus  perseguidores  diseminados,  y  em- 
pezaron á  agruparse  de  á  cuatro  y  cinco  para  matar  á 
uno,  cuyo  suplicio  á  bolazos  y  lanzadas  tuvo  un  carácter 
horrible.  En  los  momentos  de  tan  terrible  carga,  Rivera 
volvió  el  caballo  y  trató  de  evitarla  reuniéndose  á  sus 
soldados,  pero  un  diluvio  de  boleadoras  le  cayó  encima, 
y  su  caballo,  aun  cuando  no  fué  boleado,  rodó  á  poca 
distancia.  Rivera  tuvo  la  suerte  de  salir  corriendo,  y  ya 
el  sargento  Gabiano  le  arrimaba  su  caballo  para  que 
saltase  á  la  grupa,  cuando  se  pusieron    encima   los  bar- 


-  29  - 

hizo  tantos  sacrificios  por  afianzar  la  gloria  de  los  suce- 
sos, se  cree  con  derecho  á  encontrar  en  el  jefe  que  supo 
conducirlo  entonces,  el  apoyo  que  exige  la  conservación 
de  estos  mismos  derechos  allí  tan  afanosamente  restaura- 
dos.» El  general  Lavalleja  elevó  á  la  Asamblea  la  nota 
de  los  sublevados,  acompañándola  de  otra  subscrita  por 
él,  pidiendo  á  aquel  cuerpo  que  procediese  á  resolver  tan 
grave  asunto;  actitud  abiertamente  contraria  á  todo  prin- 
cipio constitucional,  desde  que  á  lo  insólito  de  la  preten- 
sión se  agregaba  el  alzamiento  subversivo  del  orden 
público  y  vejatorio  para  las  instituciones.  ¡Funesto  ejem- 
plo que  se  ha  perpetuado  á  través  del  tiempo  y  de  la 
historia! 

8.  Motín  militar.  —  Sin  esperar  la  resolución  de  la 
Asamblea,  que  había  nombrado  de  su  seno  una  Comisión 
para  que  entrevistándose  con  Rivera  y  Lavalleja  tratase 
de  solucionar  este  grave  incidente  de  un  modo  que  no 
rebajase  la  dignidad  del  primer  magistrado  ni  menosca- 
bara el  imperio  de  las  instituciones,  el  coronel  don  Eu- 
genio Garzón,  jefe  de  la  fuerza  armada  de  Montevideo, 
se  declaraba  en  abierta  rebelión  el  día  3  de  Julio,  des- 
conociendo la  autoridad  del  gobierno  legal,  á  la  vez  de 
manifestar  que  se  ponía  á  las  órdenes  de  don  Juan  An- 
tonio Lavalleja.  Pedía  también  que  éste  fuese  nombrado 
general  en  jefe  del  ejército,  á  lo  cual  se  allanó  la 
Asamblea,  ordenando  á  la  vez  á  Rivera  que  regresara 
inmediatamente  á  la  capital. 

«Triunfante  la  revolución,  trató  de  asegurarse  en  el 
poder,  y  al  efecto  el  11  de  Julio  el  coronel  Garzón  de- 
claró caducada  la  autoridad  del  Vicepresidente,  asu- 
miendo él  el  mando  supremo  hasta  la  llegada  de  Lava- 
lleja, á  quien  reconocían  como  única  autoridad  las  fuer- 
zas sublevadas  (1).» 

He  aquí  el  original  documento  expedido   por   el   coro- 

( 1 )  Julián  O.  Miranda,  obra  citada. 


-  30  - 

nel  Garzón,  que  indicaba  á  todas  luces  el  desorden  cor* 
que  se  iniciaba  aquel  movimiento  en  que  un  jefe  subal- 
terno se  permitía  arrogarse  atribuciones  que  ningún  poder 
legal  le  había  conferido:  «El  ciudadano  coronel  Eugenio 
Garzón,  jefe  inmediato  de  la  fuerza  armada  de  Montevideo, 
de  acuerdo  con  los  jefes  y  oficiales  que  se  han  puesto  bajo 
sus  órdenes,  resuelve:  —  1.°  Que  cesa  desde  este  momento 
la  autoridad  del  Vicepresidente  de  la  República.  —  2.a 
Que  las  oficinas  generales  de  la  administración  queden 
bajo  su  inmediata  dependencia.  —  3.°  Que  esta  resolu- 
ción se  publique  en  forma  de  bando  y  se  comunique  al 
señor  general  don  Juan  Antonio  Lavalleja,  como  única 
autoridad  que  reconoce  la  fuerza   armada.» 

9.  Desconocimiento  de  los  Poderes  públicos.  — 
La  publicación  del  bando  de  Garzón  produjo  la  dispersión 
de  la  Asamblea,  la  caída  parcial  del  Ministerio  y  la  fuga 
de  un  sinnúmero  de  amigos  políticos  de  Rivera. 

En  cuanto  al  Vicepresidente,  cuya  autoridad  había  ca- 
ducado por  arbitraria  disposición  del  jefe  sublevado,  se 
limitó  á  protestar  por  medio  del  siguiente  manifiesto: 

Á  TODOS  LOS    HABITANTES  DEL  ESTADO 

Habiendo  sido  violadas  las  instituciones,  derogada  la 
autoridad  constitucional  y  disuelta  la  Asamblea  General 
por  la  dispersión  de  sus  miembros,  el  Vicepresidente,  que 
ejerce  el  Poder  Ejecutivo  en  la  Capital,  no  tiene  otro  de- 
ber que  llenar,  ni  otro  recurso  que  adoptar  en  estas  cir- 
cunstancias, sino  hacer  saber  que  la  única  autoridad  exis- 
tente en  el  país,  es  el  Presidente  de  la  República,  que 
ha  cesado  en  el  ejercicio  de  sus  funciones  compelido  por 
la  fuerza.  La  pública  notoriedad  de  estos  hechos  hace 
inútil  manifestar  la  desgraciada  posición  actual  en  que 
se  halla  ahora  el  país. 

Luis.  Eduardo  Pérez. 

Montevideo,  12  de  .Junio  de  1832. 


-  33  - 

Como  consecuencia  de  este  convenio,  Oribe  se  puso  en 
campaña,  reunió  algunos  adictos,  y  con  ellos  al  frente 
buscó  la  incorporación  de  Rivera,  quien  más  tarde,  en  de- 
mostración de  gratitud,  quiso  prodigar  toda  clase  de  ho- 
nores á  su  sucesor,  elevándolo  á  la  jerarquía  de  coronel 
mayor,  primero  (1),  y  después  Ministro  de  la  Guerra  (2), 
para  llegar  á  brigadier  general  del  ejército  (3);  y  cre- 
ciendo en  influencia,  «el  mismo  Rivera  se  empeñó  en  que 
le  sucediera  en  el  mando,  cuya  silla  ocupó  en  1.°  de 
Marzo  de  1835  (4).» 

11.  Tentativas  de  arreglo.  —  Mientras  que  unos  y 
otros  reunían  gentes  para  irse  á  las  manos,  el  coronel 
don  Ignacio  Oribe  propuso  al  Presidente  intervenir  en  la 
contienda  como  mediador,  á  fin  de  ver  si  era  posible  lle- 
gar á  un  avenimiento  pacífico,  á  lo  cual  accedió  Rivera, 
proyectándose  diferentes  fórmulas  de  arreglo  que  fueron 
rechazadas  ya  por  éste,  ya  por  Lavalleja,  pues  Rivera 
exigía  el  completo  sometimiento  de  los  rebeldes  á  la  au- 
toridad constituida,  aunque  con  ciertas  condiciones  favo- 
rables á  la  revolución.  Rivera  sostenía  que  era  una  in- 
moralidad y  un  peligro  para  lo  futuro,  que  su  compadre 
continuase  siendo  una  influencia  en  la  política  activa,  y 
permaneciese  en  pie  y  armado  como  fiscal  de  todos  los 
actos  de  su  administración  (5). 

12.  Contrarrevolución.  —  La  enérgica  actitud  asu- 
mida en  tan  críticos  momentos  por  el  Vicepresidente  don 
Luis  E.  Pérez,  que  se  sostuvo  firmemente  en  su  puesto, 
hizo  reaccionar  á  muchos,  dio  ánimo  á  los  más  tímidos  y 
decidió  al  batallón  de  cazadores  de  guarnición  en  la 
Capital  á  pronunciarse  á  favor  del  Gobierno  constitucional 

(1)  Decreto  de  fecha  14  de  Agosto  de  1S32. 

(2)  Id.  de  9  de  Octubre  de  1833. 

(3)  Id.  de  24  de  Febrero  de  1835. 

(4)  José  P.  Pintos:  El  Brigadier  Gentral  don  Manuel  Oribe.  Montevi- 
deo,  1859. 

(5)  Antonio  Díaz,  obra  citada. 

8 


-  34  - 

de  Rivera  en  la  madrugada  del  5  de  Agosto.  El  señor 
Pérez  se  puso  al  frente  del  movimiento  y  convocó  á  los 
cívicos  para  que  se  plegasen  á  la  contrarrevolución,  pero 
el  resultado  no  correspondió  á  sus  esperanzas,  pues  los 
últimos,  armados  y  en  número  de  300,  se  acantonaron  en 
la  plaza  Matriz,  dispuestos  á  rechazar  al  batallón,  com- 
puesto de  unas  240  plazas,  sin  contar  unos  cien  ciuda- 
danos que  se  incorporaron  espontáneamente  á  las  fuer- 
zas legales,  que  siempre  el  pueblo  de  buen  sentido  se 
coloca  del  lado  del  orden  y  de  las   instituciones. 

Los  partidarios  de  Lavalleja  hicieron  circular  la  espe- 
cie de  que  á  la  fuerza  que  acababa  de  hacer  la  contra- 
revolución se  le  había  ofrecido  el  saqueo  de  la  ciudad, 
rumor  que  decidió  á  los  jefes  de  los  buques  de  guerra 
inglés  y  norteamericano  fondeados  en  el  puerto,  á  des- 
embarcar fuerza  armada,  que  volvió  á  bordo  tan  pronto 
como  los  marinos  extranjeros  se  convencieron  de  la 
falsedad  de  la  versión  circulada. 

Los  cívicos  y  una  parte  del  vecindario,  fieles  á  la  causa 
lavallejista,  continuaron  desconociendo  la  autoridad  del 
Vicepresidente,  nombrando  para  este  cargo  al  Jefe  Polí- 
tico don  Luis  Lamas,  como  si  el  pueblo  armado  tuviese 
autorización  para  esta  clase  de  elecciones. 

Del  otro  lado  se  hallaban  la  fuerza  de  línea  y  la  ma- 
yor parte  del  pueblo  defendiendo  la  autoridad  del  Vice- 
presidente legal,  y  manifestando  que  se  hallaban  dispues- 
tos á  mantener  el  orden  y  sostener  las  instituciones;  ac- 
titud noble  y  patriótica  que  arrastró  consigo  á  una  buena 
parte  de  los  cívicos  lavallejistas,  decidiendo  á  los  jefes 
más  exaltados  ó  comprometidos  por  la  revolución  de  La- 
valleja  á  ausentarse  ó  refugiarse  bajo  la  bandera  norte- 
americana. 

Así  se  mantuvieron  hasta  el  día  9,  en  que  llegó  el  ge- 
neral Lavalleja  acompañado  solamente  de  siete  jefes  y 
oficiales  y  una  escolta  de  40  soldados,  siendo  grande  su 
sorpresa  cuando  se  enteró  de  todos  estos  acontecimientos. 


-  37  - 

gundo  orden  de  la  política  brasileña,  amenazó  alterar  nue- 
vamente el  orden  público  del  Estado  Oriental. 

Análogas  aspiraciones  tenía  don  Manuel  Lavalleja,  que 
andaba  por  Entre  Ríos  reclutando  gente  y  desde  la  Con- 
cepción del  Uruguay  acechando  la  ocasión  oportuna  de 
trasladarse  á  este  país  en  son  de  guerra. 

Rosas,  por  su  parte,  no  abandonaba  su  sempiterno  pro- 
pósito de  crear  todo  género  de  conflictos  al  Gobierno  de 
Rivera,  encargando  esta  triste  misión  al  coronel  argentino 
Juan  Correa  Morales,  al  que  las  autoridades  uruguayas 
tuvieron  que  prender  por  haber  sido  descubierto  urdiendo 
una  conspiración  encaminada  á  derrocar  los  poderes  pú- 
blicos. 

Simultáneamente  don  Juan  Antonio  Lavalleja  reunía 
en  Buenos  Aires  toda  clase  de  elementos  para  con  otros 
de  Río  Grande,  Entre  Ríos  y  Corrientes  lanzarse  á  mano 
armada  contra   el  gobierno   del  general   Rivera.  Con  tal 


Francisco  de  Paula  y  Río  Grande  del  Sur  contra  la  persistencia  de  este 
hombre  en  ese  lugar,  atribuyéndosele  generalmente,  no  sólo  ser  un  faná- 
tico defensor  de  la  causa  de  Lavalleja,  y  el  principal  motor  de  las  esce- 
nas desagradables  que  ha  habido  en  esa  frontera  y  que  tanto  han  com- 
prometido el  honor  y  la  dignidad  del  imperio,  sino  también  ser  el  prin- 
cipal de  los  enredos  é  intrigas  en  que  se  hallan  envueltos  la  mayor  parte 
de  los  pacíficos  habitantes  de  esa  comarca  (en  otra  hora  libres  de  tal 
flagelo),  dando  con  tales  procedimientos  causa  á  suscitarse  de  continuo 
rivalidades,  odios  y  venganzas  particulares,  como  ha  poco  aconteció  con 
el  benemérito  ciudadano  José  Teodoro  da  Silva  Braga,  que  habiendo  tan- 
tas veces  expuesto  su  vida  por  la  patria,  acabó  sus  días  á  manos  de  un 
cobarde  y  vil  asesino.  Por  todos  estos  motivos,  juzgando  ser  muy  nocivos 
al  sosiego  de  los  habitantes  de  la  Municipalidad  y  toda  la  Provincia,  la 
conservación  de  un  hombre  tan  turbulento  y  peligroso,  y  estando  él  en  el 
caso  de  cualquier  otro  extranjero,  por  haber  perdido  el  derecho  de  ciuda- 
dano brasilero  aceptando  empleos  sin  licencia  de  nuestro  gobierno,  del 
de  la  República  Oriental,  en  el  tiempo  en  que  ésta  movía  guerra  al  Bra- 
sil, ordeno  á  usted  que  luego  que  reciba  ésta,  mande  notificar  al  referido 
José  Antonio  Caldas,  que  en  el  plazo  de  cuatro  días  falga  de  esa  Villa 
del  Yaguarón.  haciéndole  usted  escoltar  con  toda  seguridad  hasta  la  de 
Río  Grande,  en  donde  deberá  ser  entregado  al  juez  municipal  para  darle 
«1  destino  en  conformidad  con  las  órdenes  que  ahora  expido.  » 


—  38  — 

propósito  dio  un  manifiesto  (l.°  Febrero  1S33)  anunciando 
su  tentativa,  y  en  el  que  llamaba  malvados  á  don  Luis 
Eduardo  Pérez  y  don  Santiago  Vázquez,  sin  excluir  al 
Presidente  de  la  República  de  análogos  calificativos,  como 
absolutista,  traidor,  pérfido,  prostituido,  etc.,  etc. 

Poco  después  una  fuerza  revolucionaria  compuesta  de 
350  hombres  mandados  por  el  ex  coronel  argentino  don 
Manuel  Olazábal,  auxiliado  del  coronel  Eugenio  Garzón, 
el  padre  Caldas  y  otros,  invadió  el  Estado  Oriental  por 
el  Yaguarón,  y  se  dirigieron  á  Meló,  intimando  (día  7 
Abril)  la  rendición  al  pundonoroso  coronel  José  Augusto 
Pozólo,  que,  acompañado  de  100  individuos  de  tropa  re- 
gular y  algunos  milicianos,  la  defendió  con  heroico  valor 
hasta  el  día  10,  en  que  el  jefe  sitiador  le  hizo  proposi- 
ciones honrosas  que  Pozólo  se  vio  en  la  necesidad  de 
aceptar,  ya  porque  el  escasísimo  número  de  defensores 
hacía  imposible  sostenerse  por  más  tiempo,  ya  con  el  hu- 
manitario propósito  de  evitar  al  vecindario  las  consecuen- 
cias de  la  matanza,  el  saqueo  y  el  incendio  con  que  los 
anarquistas  amenazaban  á  los  ocupantes  en  el  caso  de 
negarse  á  capitular. 

•  Tan  pronto  como  en  Montevideo  se  supo  la  invasión 
de  Olazábal,  Caldas,  Calengo,  Yuca  Teodoro  y  Garzón, 
el  Presidente  Rivera  delegó  el  mando  en  don  Gabriel 
Antonio  Pereira,  y  al  frente  de  1400  hombres  emprendió 
marchas  hacia  el  teatro  de  estos  sucesos,  alcanzando  á  los 
rebeldes  ( Abril  de  1833),  que  una  fuerza  riverista  había 
ya  hecho  desalojar  de  Meló,  en  el  paso  de  la  Cruz  del 
Yaguarón,  derrotándolos,  obligándolos  á  ganar  el  Brasil 
y  haciéndoles  56  prisioneros,  además  de  arrebatarles  toda 
la  caballada.  El  jefe  militar  de  Río  Grande  ofreció  in- 
ternar á  los  insurrectos;  lo  que,  como  siempre,  no  sucedió, 
por  más  que  Rivera,  tratando  de  evitar  conflictos  con  los 
países  vecinos,  se  declarase  satisfecho  de  la  conducta 
observada  en  aquellas  circunstancias  por  las  autoridades 
brasileras  fronterizas. 


-  41  - 

enemigos  de  Rivera  no  habían  cejado  en  su  empeño, 
pues  continuaban  combatiéndolo  desde  el  exterior,  el  ge- 
neral se  mantuvo  sobre  la  frontera  del  Yaguarón  con 
objeto  de  tener  á  raya  á  los  grupos  lavallejistas  y  exi- 
gir su  disolución  á  las  autoridades  brasileras,  como  así  lo 
hicieron  éstas  en  vista  de  la  actitud  enérgica  asumida  por  el 
primer  magistrado;  pero  una  vez  que  hubo  terminado  el 
mandato  que  cuatro  años  antes  le  confiara  el  pueblo  por 
medio  de  sus  representantes,  el  general  Rivera  se  vino  á 
Montevideo  y  el  día  24  de  Octubre  de  1834  delegó  el 
supremo  poder  en  el  presidente  del  Senado,  que  lo  era 
el  ciudadano  don  Carlos  Anaya,  destruyendo  con  este 
proceder  correcto  la  versión  circulante  de  que  no  aban- 
donaría la   presidencia  hasta  el  mes  de  Marzo  siguiente. 

Sus  palabras  en  tan  solemne  momento  respiran  el  más 
sobrio  patriotismo,  y  evidencian  que  era  el  primero  en 
acatar  la  Constitución  y  respetar  las  leyes.  Fueron  éstas: 

«Excmo.  señor:  Durante  mi  larga  carrera,  mi  concien- 
cia no  me  acusa  de  haber  infringido  las  leyes  del  país, 
en  cuanto  ha  estado  en  mi  poder.  Durante  mi  mandato 
y  fuera  de  él,  es  necesario  que  sepa  el  Estado  Oriental 
que  no  soy  más  que  un  soldado  pronto  á  sacrificar  mi 
vida  para  sostener  su  libertad  é  instituciones.» 

Antes  de  proceder  así,  Rivera  recibió  el  nombramiento 
de  comandante  general  de  campaña,  conservando  el 
mando  supremo  del  ejército  á  fin  de  impedir  que  el  par- 
tido sublevado  continuase  anarquizando  el  país. 

18.  Situación  económica  de  la  República  al  fina- 
lizar el  año  1834.  —  Cuando  el  general  Lavalleja  de- 
legó el  mando  supremo  en  don  Fructuoso  Rivera,  la  situa- 
ción de  la  República  era  bastante  aflictiva,  como  lo  evi- 
dencia el  mensaje  elevado  por  el  héroe  del  Sarandí  á  la 
primera  legislatura  constitucional.  En  dicho  documento 
se  dice  que  las  rentas  públicas  habían  mermado  extra- 
ordinariamente á  causa  de  la  desconfianza  que  desper- 
taba   al  comercio    la    abundancia    de   moneda   de  cobre 


-  42  - 

circulante;  indicaba  la  necesidad  de  simplificar  la  admi- 
nistración pública,  particularmente  en  el  ramo  militar,  que 
ya  absorbía  más  de  las  dos  terceras  partes  de  las  ren- 
tas del  Estado,  y  advertía  que  la  eventualidad  de  los  in- 
gresos detenía  á  la  autoridad  en  la  realización  de  muchas 
mejoras  y  dificultaba  la  regularidad  de  sus  pagos.  Por 
otra  parte,  existía  un  déficit  de  236,588  pesos.  Los  gas- 
tos que  el  general  Rivera  tuvo  que  hacer  durante  su  go- 
bierno con  motivo  de  las  diferentes  insurrecciones  la- 
vallejistas,  los  resultados  negativos  que  dieron  algunas 
operaciones  financieras  que  se  realizaron,  y  el  aumento 
desproporcionado  de  las  obligaciones  que  gravitaban  so- 
bre el  tesoro  público  desde  1828,  elevaron  aquella  cifra  á 
2.081,000  pesos  ( 1 ). 

19.  Progresos  del  país.  —  Sin  embargo,  «durante 
este  período  —  dice  el  señor  De -María — á  pesar  de  las 
causas  que  perturbaron  la  tranquilidad  pública,  el  país 
duplicó  su  población  y  el  comercio  y  la  navegación  ad- 
quirieron subido  vuelo.  La  población  de  la  República, 
que  en  1830  se  estimaba  en  70.000  habitantes,  ascendía 
en  1835  á  más  de  128.000;  y  Montevideo,  en  ese  mismo 
año,  contaba  ya  23.400  almas,  de  18.000  que  tenía  en 
1830.  La  emigración  en  el  año  34  fué  de  640  colonos  is- 
leños y  597  vascos,  con  más  566  africanos.  La  entrada 
de  buques  de  ultramar  el  año  30  fué  de  123,  ascendien- 
do á  265  el  año  33,  y  elevándose  á  308  en  el  año  34. 
La  salida,  que  no  excedía  de  157  el  año  30,  ascendió  á 
205  el  año  31.  Las  rentas  generales  aumentaron  en  un 
27  °  o.  Del  1.°  de  Enero  de  1829  al  15  de  Febrero  de  1830 
ascendieron  á  2.201,900  pesos,  dando  un  producto  anual 
de  C05.520  pesos,  próximamente.  Del  32  al  33  su  pro- 
ducto fué  606.512  pesos,  y  del  33  al  34  se  elevaron  á 
769.776  pesos.  El  valor  importado,  que  fué   de   2.626,514 


( 1 )    Eduardo  Acevedo :  Contribución   al   estudio   de    la   historia  econó- 
mica y  financiera  de  la  República  O.    del  Uruguay.  Montevideo,  1903. 


PRESIDENCIA  DE  ORIBE 


—  50  - 

Aunque  se  dice  que  Oribe  empuñó  las  armas  contra  los 
intrusos  durante  las  invasiones  inglesas  y  asistió  á  la 
batalla  de  las  Piedras,  según  manifestación  del  mismo 
Oribe,  éste  entró  á  servir  como  voluntario  de  las  tropas 
que  bajo  el  mando  de  Rondeau  sitiaban  á  Montevideo, 
algunos  días  antes  de  la  batalla  del  Cerrito,  dada  el  31 
de  Diciembre  de  1812;  en  cuya  acción  de  guerra  su  com- 
portamiento le  valió  ser  nombrado  alférez  segundo  del 
regimiento  de  artillería  (1),  figurando  ya  como  capitán 
de  la  misma  arma  en  1815  (2). 

Cuando  Artigas,  justamente  despechado  por  las  injus- 
ticias que  con  él  cometieron  los  prohombres  políticos  de 
Buenos  Aires,  se  retiró  del  segundo  sitio  de  Montevideo 
(20  de  Enero  de  1814),  Oribe  no  acompañó  á  aquél  en 
su  retirada,  sino  que  manteniéndose  al  lado  de  Rondeau, 
primero,  y  de  Alvear,  después,  penetró  en  Montevideo 
cuando  la  desalojaron  los  españoles  (20  de  Junio).  Nom- 
brado Miguel  Estanislao  Soler  gobernador  de  la  ciudad 
rendida,  Oribe,  promovido  por  Soler  al  grado  superior 
inmediato  (3),  fué  á  la  vez  nombrado  su  ayudante,  con- 
servándose fiel  á  los  argentinos  hasta  que  éstos  abando- 
naron la  Banda  Oriental  (25  de  Febrero  de  1815).  Tan 
pronto  como  las  fuerzas  artiguistas  al  mando  de  Otorgues 
ocuparon  á  Montevideo,  Oribe  se  plegó  á  ellas. 

Producida  la  invasión  portuguesa  de  1816,  Oribe  secundó 
política  y  militarmente  los  esfuerzos  que  hacía  Artigas  en 
defensa  de  la  autonomía  de  la  Provincia  Oriental,  acom- 
pañando al  gran  caudillo  uruguayo  en  sus  primeras  cam- 
pañas contra  los  ejércitos  portugueses:  así  fué  que  asistió 
á  la  sangrienta  batalla  del  Catalán  (4),  y  militando  á  las 

(1)  José  P.  Pintos:  El  brigadier  general  don  Manuel  Oribe.  Montevideo, 
1859. 

(2)  Isidoro  De -María:  Páginas  dé  la  independencia.  Listas  de  revista 
de  las  fuerzas  del  ejército  de  Artigas  en  1815.  Montevideo,  1898. 

(3)  Vicente  Navia:  Historia  de  América.  Montevideo,  1883. 

(4)  Discurso  del  teniente  coronel  don  Leandro  Gómez,  pronunciado    en 


—  51  — 

órdenes  de  Rivera  hubo  de  combatir  contra  Silveira  en 
Casupá,  si  no  hubiese  fracasado  esta  operación  de  guerra 
proyectada  por  su  jefe  ( 1 ).  El  general  portugués  logró 
encerrarse  en  Minas,  pero  tuvo  que  soportar  varios  días 
de  asedio,  en  que  Oribe  lo  cañoneó  con  éxito,  aunque  no 
pudo  impedir  que  Silveira  se  pusiera  en  marcha  y  se  in- 
corporase á  Lecor  en  Pan  de  Azúcar  (2). 

Cuando  á  unes  de  1817,  con  motivo  de  un  bando  del  ge- 
neral en  jefe  de  las  fuerzas  de  ocupación,  prometiendo 
proteger  á  todos  los  que  abandonasen  el  servicio  de  Ar- 
tigas, se  produjo  una  grave  escisión  entre  éste  y  algunos 
de  los  principales  jefes  que  lo  acompañaban,  Oribe  con 
su  artillería  se  retiró  á  Montevideo,  haciendo  lo  propio 
Bauza  con  su  batallón  de  Libertos,  desde  cuya  ciudad 
ambos  militares,  con  las  fuerzas  de  sus  respectivos  mandos, 
se  ausentaron  para  Buenos  Aires  (3),  ante  cuyo  gobierno 
se  presentaron  denigrando  á  Artigas,  sin  cuyo  requisito 
Puyrredón  no  les  hubiera  dado  una  hospitalidad  gene- 
rosa (4).  «Se  llevó  á  efecto  el  hecho  del  2  al  4  de  Oc- 
tubre, aunque  no  se  dieron  las  fuerzas  á  Ja  vela  hasta 
después  del  8,  durante  cuyo  intervalo  hubo  incidentes 
desagradables  motivados  por  la  deserción  de  los  solda- 
dos, á  que,  según  parece,  no  era  indiferente  Lecor.  Bauza 


el  primer  aniversario  del  fallecimiento  del  brigadier   general   don   Manuel 
Oribe. 

( 1 )  Francisco  Bauza :  Historia  de  la  dominación  española  en  el  Uruguay. 
Montevideo,  1897. 

( 2 )  Ramón  Cáceres :  Memorias. 

( 3 )  c  La  persuasión  y  aun  la  seducción  fueron  puestas  en  ejercicio 
dentro  de  la  plaza,  para  que  tal  cuerpo  (  el  de  Voluntarios )  desistiese  de 
su  intento  quedando  en  el  país  (Montevideo),  ya  al  servicio  de  nuestras 
armas,  ya  como  simples  particulares ;  pero  la  pertinacia  de  don  Manuel 
Oribe,  mancebo  de  un  carácter  imperioso  y  ardiente,  frustró  todos  los 
medios  y  se  le  dio  el  transporte  convencionado,  aunque  no  sin  desfalco  de 
algunas  plazas.  »  (Memorias  y  reflexiones  sobre  el  Rio  de  la  Plata,  extraí- 
das del  diario  de  un  oficial  de  la  marina  brasilera.  Colección  Lamas. ) 

(4)  Víctor  Arreguine  :  Historia  del  Uruguay.  Montevideo,  1892. 


-  52  - 

escribió  á  Puyrredón  diciéndole  que  obraba  así,  « desen- 
«  ganado  al  fin  de  que  la  causa  personal  de  Artigas  no 
«  era  la  de  la  patria,  de  que  su  tiranía  los  barbarizaba, 
«  de  que  no  era  posible  fundar  el  orden  con  hombres 
«  que  lo  detestaban  por  profesión.  El  mismo  y  Oribe 
«  declararon  que  no  querían  servir  á  la3  órdenes  de  un 
«  tirano  como  Artigas,  que,  vencedor,  reduciría  el  país 
«  á  la  barbarie;  y,  vencido,  lo  abandonaría  (1).» 

Reconocido  en  su  grado  de  capitán  de  artillería  por  el 
gobierno  de  Buenos  Aires,  Oribe,  sin  embargo,  no  tomó 
parte,  por  entonces,  en  las  luchas  fratricidas  á  que  esta- 
ban entregados  los  argentinos,  limitándose  á  desempeñar 
el  papel  de  emigrado  pasivo  hasta  1821,  en  que,  efectuada 
la  incorporación  de  la  Banda  Oriental  al  reino  de  Por- 
tugal, Brasil  y  Algarves,  volvió  al  seno  de  la  patria. 

No  habiendo  suscrito  el  acta  de  incorporación,  Oribe 
se  consideró  exento  de  compromisos  con  las  fuerzas  de 
ocupación,  y  en  vez  de  plegarse  á  ellas,  como  hicieron 
otros  muchos,  secundó  la  propaganda  de  la  sociedad  se- 
creta denominada  Caballeros  Orientales,  que  tendía  á  la 
consecución,  más  ó  menos  remota,  de  la  independencia 
del  territorio  oriental. 

Cuando  el  Brasil  se  emancipó  de  Portugal  y  el  cisma  en- 
tre portugueses  y  brasileros  colocó  á  los  unos  frente  á  los 
otros  en  el  Uruguay,  Oribe  se  decidió  en  favor  de  los 
primeros,  de  igual  modo  que  Rivera  se  plegó  á  los  se- 
gundos. El  general  don  Alvaro  da  Costa  acaudillaba 
las  tropas  lusitanas,  mientras  que  don  Carlos  Federico 
Lecor  mandaba  á  los  imperialistas.  Desde  las  Piedras,  en 
donde  estaba  acampado  este  último,  declaró  sitiada  la 
plaza  de  Montevideo  (20  de  Enero  de  1823),  teniendo  la 
vanguardia  de  su  ejército  bajo  el  mando  del  coronel  don 
Fructuoso  Rivera.  « Da  Costa,  por  su  parte,  parapetado 
detrás  de  los  muros  de  Montevideo,  organizó  la  resisteu- 

(1)  Francisco  A.  Berra:  Bosquejo  Histórico.  Montevideo,  1895. 


-  53  — 

cía,  dando  el  mando  de  su  vanguardia  al  mayor  (1) 
don  Manuel  Oribe,  de  cuyo  modo  los  jefes  que  más 
tarde  acaudillaron  los  dos  partidos  tradicionales  de  la 
República  se  hallaron  frente  á  frente,  en  guerra  civil» 
bajo  la  dominación  extranjera.  El  16  de  Marzo  la  van- 
guardia de  Rivera  avanzó  sobre  la  de  Oribe  á  la  altura 
del  Paso  de  Casaballe,  donde  se  hallaba  éste  destacado, 
y  allí  corrió  la  primera  sangre  oriental  en  esta  contienda 
de  extranjeros.  Las  fuerzas  de  Oribe  quedaron  victorio- 
sas esta  vez,  haciendo  57  bajas  entre  muertos  y  heridos 
á  las  de  Rivera,  quien  perdió,  además,  150  hombres,  que 
se  le  pasaron  á  las  fuerzas  de  Montevideo   (2). » 

A  pesar  de  esta  victoria  y  de  otras  que  Oribe  obtu- 
vo (3)  sobre  las  tropas  brasileras,  sus  esfuerzos  quedaron 
anulados  á  causa  de  que  Da  Costa  entró  en  negociado" 
nes  con  Lecor  y,  dejando  burladas  las  esperanzas  del 
Cabildo  y  de  la  fracción  patriótica  que  sostenía  su  causa, 
concluyó  por  entregar  la  plaza  á  este  último  y  retirarse 
con  sus  soldados  á  Portugal. 

El  fracaso  de  esta  intentona  dio  por  resultado  la  emi- 
gración de  muchos  patriotas,  tanto  civiles  como  militares, 
encontrándose  entre  los  últimos  Oribe,  que  abandonó  el 
país  acompañado  de  la  oficialidad  y  muchos  de  los  sol- 
dados del  cuerpo  de  voluntarios  que  mandaba,  en  nú- 
mero de  122. 

Terminada  la  dominación  española  en  el  continente 
americano  con  la  batalla  de  Ayacucho  (9  de  Diciembre 
de  1824),  el  coronel  don  Juan  Antonio  Lavalleja,  que 
también  se  hallaba  expatriado  en  Buenos  Aires,  sometió 


(1)  El  empleo  de  mayor  le  fué  conferido  á  Oribe  por  el  Cabildo  de 
Montevideo  á  últimos  de  1822  ó  Enero  del  siguiente  año,  según  El  Pam- 
pero, publicación  de  esa  época.  • 

(2)  Santiago  Bollo:  Manual  de  Historia.  Montevideo,  1S97. 

(3)  Véanse  en  el  núm.  13  de  El  Pampero  los  elogios  que  se  le  prodi- 
gaban á  Oribe  después  del  golpe  que  asestó  á  sus  contrarios  en  la  noche 
del  17  de  Abril  de  1823,  y  en  la  emboscada  del  19  del  mismo  mes. 


—  54  - 

á  varios  emigrados,  y  entre  éstos  á  Oribe  (1),  el  proyecto 
que  había  concebido  de  invadir  en  son  de  guerra  el  terri- 
torio uruguayo,  con  objeto  de  sustraerlo  del  dominio  de  los 
imperiales;  empresa  tan  patriótica  como  temeraria,  que  no 
se  habría  coronado  de  éxito  sin  el  concurso  del  vecino 
país.  Oribe,  sin  embargo,  acogió  con  más  patriotismo  que 
reflexión  el  pensamiento  de  Lavalleja  y  ambos  se  dispu- 
sieron á  invadir  el  territorio  usurpado,  como  así  lo  hicie- 
ron el  19  de  Abril  de  1825  (2). 

Durante  esta  breve  y  gloriosa  campaña,  Oribe  fué  nom- 
brado segundo  jefe  de  las  fuerzas  que  empezaron  á  sitiar 
á  Montevideo  bajo  las  órdenes  de  Bonifacio  Isas,  alias 
Calderón,  cuya  mala  fe  en  aquellos  instantes  tan  solem- 
nes le  costó  que  Oribe  lo  prendiera  y  remitiese  al  cuar- 
tel general  para  ser  procesado.  Este  quedó  como  jefe  su- 
perior del  asedio,  pero,  como  sólo  disponía  de  unos  300 
hombres,  no  pudo  arriesgar  ningún  combate  serio,  aun- 
que no  dejó  nunca  de  mortificar  á  los  imperialistas  con 
guerrillas,  tiroteos  y   sorpresas. 

Oribe  no  tomó  parte  en  ninguna  de  las  acciones  que 
realizó  Rivera  en  el  arroyo  Grande,  Águila,  Dacá  y  Rin- 
cón de  las  Gallinas,  pero  en  cambio  mandó  el  centro  en 
Sarandí,    sufriendo,   por  desgracia,  un  momentáneo   con- 

( 1 )  Según  el  más  apasionado  biógrafo  de  don  Manuel  Oribe,  fué  éste 
y  no  Lavalleja,  el  primero  que  tuvo  la  idea  de  pasar  íí  este  país  íí  liber- 
tarlo, «y  después  —  dice  el  señor  Pintos,  que  es  el  escritor  á  quien  alu- 
dimos —  nos  han  corroborado  este  aserto  algunos  que  se  hallaban  en  aque- 
lla época  en  el  saladero  de  Trápani,  donde  combinaron  el  plan  de  su  em- 
presa. Entre  éstos  citaremos  á  don  José  Trápani  y  el  mayor  Spíkerman.  » 
Sin  embargo,  el  jefe  de  los  Treinta  y  Tres  no  dice  esto  eu  su  Memoria 
inédita,  que  conserva  su  nieto  don  Constantino  Lavalleja,  como  tampoco 
«firman  semejante  cosa  los  historiadores  que  han  hecho  estudios  analí- 
ticos   sobre    este  notable  epuodio. 

(2)  Se  ha  dado  en  decir  que  don  Manuel  Oribe  fué   el    segundo  jefe  de 
os  Treinta  y  Tres;  afirmación  que  nadie  ha  podido  justificar  basta  ahora, 

y  menos  todavía  después  de  las  eruditas  publicaciones  hechas  sobre  el 
particular  por  el  ilustrado,  minucioso  é  imparcial  escritor  doctor  don  Luis 
Melián  Lafinur.  ( Véaee  la  pág.  26  del  tomo  1.°  de  esta  obrita.) 


—  55  — 

traste,  que  Lavalleja,  que  mandaba  la  reserva,  se  apresuró 
á  corregir,  restableciendo  el  combate  y  logrando  alcanzar 
un  glorioso  triunfo  (1);  de  lo  cual  resulta  que  hay  apa- 
sionamiento en  los  que  afirman  que  Oribe  fué  quien 
principalmente  coadyuvó  á  la  victoria  en  esta  notable 
acción  de  guerra. 

«Después  de  la  batalla  del  Sarandí,  Oribe  volvió  á 
ocupar  su  puesto  en  el  sitio  de  Montevideo.  En  él  se 
distinguió  tanto  como  en  todas  las  acciones  en  que 
tomó  parte,  y  á  principios  del  año  1826  su  espada  y  su 
habilidad  estratégica  escribieron  en  el  Cerro  los  recuer- 
dos más  imperecederos  de  su  valor.  Un  día  supo  Oribe 
que  los  enemigos  habían  dado  tormento  á  un  joven  sol- 
dado que  él  estimaba,  y  que  había  tenido  la  desgracia 
de  caer  prisionero:  le  habían  exigido  una  confesión,  y 
porque  él  la  rehusaba,  le  habían  despedazado  la  punta 
de  los  dedos  con  la  llave  de  un  fusil.  Oribe  se  encolerizó 
y  resolvió  vengarlo.  En  aquel  tiempo,  una  fuerza  de  ca- 
ballería, mandada  por  el  comandante  Pita,  cuidaba  las 
caballadas  en  el  Cerro  hasta  una  distancia  fuera  del  tiro 
de  cañón,  y  se  amparaba  de  la  fortaleza  cuando  lo  ata- 
caban. Oribe  resolvió  ponerles  una  emboscada  y  hacer 
una  matanza  de  enemigos.  En  la  noche  del  8  de  Febrero 
hizo  ocultar  diversas  partidas  en  los  bajos,  y  á  la  ma- 
ñana siguiente,  cuando  los  enemigos  fueron  á  hacer  la 
descubierta,  sólo  encontraron  á  lo  lejos  una  pequeña  par- 
tida que  no  los  inquietó.  La  división  hizo  alto  en  la  parte 
norte  del  último  arroyo  que  se  encuentra  desde  el  Ce- 
rro hasta  la  primera  altura,  y  desenfrenando  los  caba- 
llos se  ocupó  en  cortar  pasto.  Según  lo  convenido,  en 
este  estado  debía  acercarse  la  partida  que  estaba  á  la 
vista,  y  comenzar  á  tirotearse  con  otra  avanzada  que  te- 
nían los  brasileros,  y  cuando  la  primera  considerara  opor- 


(1)  El  Piloto,  de  fecha  21  de  Octubre   de    1825.    Buenos    Aires.—  Luía 
de  la  Torre:  Monografía  histórica. 


—  56  — 

tuno,  hacer  una  descarga,  que  sería  la  señal  para  que 
cargaran  los  que  estuviesen  emboscados.  Así  lo  hicieron,, 
pero  como  el  viento  era  muy  fuerte,  los  emboscados  no 
oyeron  hasta  la  tercera  descarga,  y  cuando  se  movieron, 
ya  la  fortaleza  del  Cerro  había  disparado  un  cañonazo 
en  señal  de  alarma.  Los  enemigos  montaron  inmediata- 
mente y  comenzaron  á  huir.  Pero  no  fué  tan  pronto  que 
los  nuestros  no  los  alcanzaran  y  cayeran  sobre  ellos 
como  leones.  Sesenta  ó  setenta  quedaron  en  el  campo, 
y  fueron  lanceándolos  hasta  bajo  los  fuegos  de  la  forta- 
leza. Este  acontecimiento  tuvo  lugar  cuatro  días  después 
del  combate  naval  de  la  Colonia,  ganado  por  el  almi- 
rante Brown,  que  fué  el  9  de  Febrero  de  1826,  día  que 
recuerda  la  patria  con  entusiasmo.  Aquel  día  fué  el  de 
la  primera  victoria  conseguida  por  Oribe  con  soldados 
que  luchaban  bajo  su  mando  exclusivo;  la  acción  de 
aquel  día  es  una  de  las  que  más  recomiendan  su  hoja 
de  servicios,  y  ella  lo  colocó  en  el  número  de  los  prime- 
ros jefes  de  la  segunda  emancipación  (1).» 

Efectuada  la  reincorporación  del  Uruguay  á  las  Pro- 
vincias Unidas  del  Río  de  la  Plata  (25  de  Octubre  de 
1825)  y  declarada  la  guerra  entre  argentinos  y  brasile- 
ros, el  general  Martín  Rodríguez  con  el  ejército  de  su 
mando,  que  se  hallaba  escalonado  sobre  la  margen  de- 
recha del  Uruguay,  cruzó  este  río  y  se  dispuso  á  organi- 
zar las  fuerzas  orientales,  algo  indisciplinadas  á  causa 
de  las  rivalidades  entre  los  partidarios  de  Lavalleja  y 
de  Rivera,  á  quien  el  gobierno  argentino  hizo  ir  á  Bue- 
nos Aires,  á  la  vez  que  reemplazaba  á  Rodríguez  con  el 
general  Carlos  María  de  Alvear,  el  cual  continuó,  á  ori- 
llas del  arroyo  Grande,  la  obra  principiada  por  el  primero. 
Una  de  las  divisiones,  compuesta  por  500  jinetes,  fué  puesta 
bajo  las  órdenes  de  don  Manuel  Oribe. 

Conocida  es  la  actuación  de  éste  en  la  batalla  de  Itu- 

(1)  José  P.  Pintos,  obra  citada. 


—  57  — 

zaingó,  en  que  las  tropas  de  su  mando  fueron  arrolladas 
por  el  enemigo,  si  bien,  reaccionando,  Oribe  y  los  suyos 
volvieron  á  participar  decorosamente  de  los  esfuerzos  te- 
naces con  que  la  división  del  general  Lavalleja  mantuvo 
el  buen  nombre  de  los  orientales  hasta  el  fin  de  la  glo- 
riosa jornada  (1).  Pero  conviene  repetir  en  este  lugar 
que  Oribe  no  tuvo  una  participación  decidida  en  este  he- 
cho de  armas,  como  algunos  pretenden,  pues  esta  gloria 
pertenece  exclusivamente  al  general  Paz  (2).  Oribe  tam- 
bién se  encontró  en  el  combate  de  Camacuá  (23  de  Abril 
de  1827),  así  como  Lavalleja,  Pacheco  y  otros,  que  me- 
recieron ser  mencionados  honrosamente  en  el  Boletín  del 
ejército  republicano. 

Don  Manuel  Oribe  tomó  una  parte  muy  activa  en  el 
derrocamiento  de  la  Legislatura  del  Gobierno  sustituto 
nombrado  por  ella,  cuando  Lavalleja  se  resolvió  á  llevar 
á  cabo  este  acto  que,  á  través  del  tiempo  y  de  la  histo- 
ria, tanto  empaña  la  gloria  de  su  nombre.  Fué  Oribe  el 
portavoz  de  los  jefes  amotinados  en  el  Durazno  (4  de 
Octubre  de  1827)  y  el  que,  en  nombre  de  ellos,  autorizó 
al  jefe  de  los  Treinta  y  Tres  para  que  se  apoderara  del 
mando  desconociendo  la  autoridad  de  un  personaje  pa- 
triota y  honesto  como  lo  era  don  Joaquín  Suárez,  á 
quien  se  insultó  torpemente,  llamándolo  en  un  documento 
público  vicioso  y  corrompido.  En  este  sentido,  don  Juan 
Antonio  Lavalleja,  don  Julián  Laguna,  don  Manuel  Oribe, 
don  Leonardo  Olivera,  don  Pablo  Páez,  don  Andrés  La- 
torre,  don  Juan  Arenas,  don  Adrián  Medina,  don  Si- 
món del  Pino  y  don  Miguel  Gregorio  Planes  pueden 
considerarse  como  los  primeros  motineros  en  la  historia 
política  y  militar  del   Uruguay. 

(1)  Véase  la  nota  de  las  págs.  158  y  159  del  tomo  1.°  de  esta  obra. 

(2)  «El  coronel  Paz,  á  la  cabeza  de  su  división,  después  de  haber  pres- 
tado servicios  distinguidos  desde  el  principio  de  la  batalla,  dio  la  última 
carga  á  la  caballería  del  enemigo,  que  se  presentaba  sobre  el  campo,  y 
obligó  al  ejército  imperial  á  precipitar  bu  retirada.  »  ( Parte  oficial  de  la 
batalla  de  Ituzaingó. ) 


-  58  - 

Cuando  el  general  Rivera  se  dispuso  á  arrebatar  al 
Brasil  el  territorio  de  Misiones,  Oribe  fué  comisionado 
para  entorpecer  los  planes  de  aquel  patriota  impidiéndole 
el  paso  del  Ibicuy,  para  lo  cual  se  le  dieron  80  hombres, 
con  los  que  Oribe,  que  á  la  sazón  desempeñaba  el  cargo 
de  Comandante  General  de  Armas  de  la  Provincia,  se 
puso  en  marcha  en  pos  del  temerario  caudillo,  alcanzán- 
dolo el  día  27  de  Marzo  de  1828  en  el  rincón  de  Buri- 
cayupí  (Paysandú)  y  obligándolo  á  precipitar  su  marcha 
después  de  haberle  hecho  sufrir  un  pequeño  contraste. 
Sin  embargo,  Oribe  continuó  su  tenaz  persecución  hasta 
el  río  prenombrado,  á  cuya  margen  izquierda  llegó  (21  de 
Abril  de  1828)  pocos  momentos  después  de  haber  alcan- 
zado Rivera  la  orilla  opuesta  (1). 

No  nos  detendremos  en  reproducir  en  este  lugar,  por 
ser  demasiado  conocida,  la  estratagema  de  que  se  valió 
Rivera  para  burlar  á  Oribe  é  impedirle  que  continuase 
su  persecución,  pero  sí  diremos,  por  cuanto  estos  hechos 
afectan  la  vida  de  este  último,  que  Oribe  no  cruzó  el 
Ibicuy,  sino  que  acampando  en  sus  inmediaciones,  fué 
capturando  los  chasques  que  Rivera  enviaba  á  diferentes 
autoridades  de  la  Confederación  dándoles  cuenta  de  sus 
triunfos  en  el  territorio  de  Misiones;  chasques  que  Oribe 


( 1 )  La  clave  de  la  persecución  de  Oribe  contra  Rivera  se  encuentra 
en  la  nota  del  Ministro  de  la  Guerra  del  Gobierno  de  Buenos  Aires 
<lon  Manuel  Balcarce,  en  la  cual  le  pedfa  á  Oribe  que  lo  persiguiese  «en 
vodas  direcciones,  basta  destruir  y  aniquilar  á  él  (Rivera)  y  á  los  que  lo 
acompañaban,  y  en  caso  de  que  se  tuviese  la  fortuna  de  tomarlo,  hacer 
<  n  él  un  castigo  ejemplar.»  «El  Ministro  que  subscribe — terminaba  di- 
ciendo—  tiene  orden  de  concluir  esta  nota  previniéndole  al  señor  Coman- 
dante General  de  Armas,  que  el  Gobierno  cree  que  la  destrucción  de 
este  caudillo,  qu  según  todas  las  noticias,  está  vendido  á  los  enemigos, 
le  liará  tanto  honor  como  batir  cualquiera  división  enemiga,  puesto  que 
la  permanencia  de  aq  .  en  esa  Frovincia,  la  envolvería  en  la  anarquía  y 
tendrA  los  más  fatales  saltados.»  (Nota  fecha  29  de  Febrero  de  1828, 
publicada  en  el  tomo  VI  el  Compendio  de  Historia  de  la  República  Orien- 
tal del    Uruguay,  del  señor  don  Isidoro  De -María.  Montevideo  1902.) 


-  59  - 

hizo  fusilar  después  de  haberse  apoderado  de  los  docu- 
mentos que  llevaban,  corriendo  igual  suerte  algunos  sol- 
dados riveristas,  so  pretexto  de  que  eran  desertores,  como 
si  el  delito  de  deserción  se  haya  purgado  nunca  en  la 
República  del  Uruguay  con  pena  tan  extremada;  lo  que 
demuestra  la  inquina  que  Oribe  le  tenía  al  conquistador 
de  las  Misiones  (1).  Justo  es  advertir,  sin  embargo, 
que  Oribe  reconoció,  poco  después,  el  patriotismo  con  que 
Rivera  había  procedido  en  esta  ocasión,  y  hasta  interpuso 
sus  buenos  oficios  para  con  don  Juan  Antonio  Lavalleja 
á  fin  de  que  se  le  levantase  la  tacha  de  traidor  «con  que, 
por  equivocación,  lo  clasificó  probablemente  el  señor  Mi- 
nistro de  la  Guerra  (2).» 

Cuando  las  disensiones  entre  Rivera  y  Lavalleja  colo- 
caron al  general  Rondeau  en  el  doloroso  trance  de  te- 
ner que  abandonar  el  país,  la  actitud  de  Oribe  fué  com- 
pletamente neutral,  no  condescendiendo  á  las  intempe- 
rancias de  Lavalleja,  ni  coadyuvando  á  las  miras  de 
Rivera  (3). 

Durante  la  dictadura  y  el  gobierno  provisional  de  La- 
valleja, el  señor  Oribe  fué  uno  de  sus  partidarios  más 
acérrimos  y  decididos,  y  lo  ayudó  en  las  elecciones  ge- 
nerales de  1830  apelando  á   todos  los    medios   para   que 


(1)  El  día  7  de  Marzo  de  1828,  Oribe,  desde  el  Durazno,  proclamaba 
á  sus  comprovincianos  en  los  siguientes  términos:  «Un  hombre  desnatu- 
ralizado y  aspirante  —  decía  refiriéndose  á  Rivera  —  se  acaba  de  introdu- 
cir en  la  Provincia  con  el  perverso  designio  de  turbar  su  reposo  y  cruzar 
la  marcha  de  nuestras  armas,  que  tan  ventajosamente  han  abierto  una 
nueva  campaña  contra  el  enemigo  coniún  ; »  declarándoles  que  «  toda  per- 
sona que  le  siguiese  6  le  prestase  auxilios  de  cualquiera  clase,  sería  con- 
denada á  la  última  peaa  á  las  dos  horas  de  justificada  su  delincuencia,»  é 
invitándolos  á  que  se  alistasen  <bajo  la  enseña  del  orden  y  de  la  decen- 
cia» y  no  perdieran  de  vista  los  sacrificios  que  costaba  la  libertad.  (Fran- 
cisco A .  Berra  :  Bosquejo  histórico. ) 

(2)  Nota  de  Oribe  &  Lavalleja,  reproducida  en  parte  por  el  doctor  Be- 
rra en  su  Bosquejo  histórico,  pág.   653. 

(3)  José  P.  Pintos,  obra  citada. 


-  60  - 

triunfase,  aunque  inútilmente,  pues  obtuvieron  la  victoria 
los  numerosos  partidarios  del  general   Rivera. 

Elegido  éste  Presidente  de  la  República,  don  Manuel 
Oribe  pasó  á  desempeñar  el  puesto  de  capitán  del  puerto 
de  Montevideo,  en  c  -yo  empleo  lo  sorprendió  el  motín 
militar  del  3  de  Julio  de  1832  y  la  subsiguiente  revolu- 
ción lavallejista.  Solicitado  por  el  cabecilla  de  aquella 
asonada  cuartelera,  coronel  don  Eugenio  Garzón,  Oribe 
no  se  plegó  á  ella,  como  tampoco  su  hermano  don  Igna- 
cio, á  pesar  de  que  ambos  pertenecían  al  grupo  de  los 
que  hacían  la  oposición  al  gobierno  de  Rivera  en  el 
campo  tranquilo  y  racional  de  la  discusión  sensata  y  de 
la  propaganda  pacífica  (1).  De  modo,  pues,  que  cuando 
don  Santiago  Vázquez  procuró  atraérselo  á  la  causa  del 
orden  y  de  la  legalidad,  encarnada  entonces  en  la  per- 
sona del  primer  magistrado  de  la  República,  Oribe  acce- 
dió á  ello,  no  sin  que  (según  se  afirma,  aunque  no  es 
creíble)  mediasen  ofrecimientos  de  dádivas  (2)  y  ho- 
nores (3).  En  esto  se  fundaban  algunos,  como  el  coro- 
nel Garzón,  para  decir  que  Oribe  había  hecho  traición  á 
Lavalleja  á  cambio  de  la  futura  Presidencia,  por  más 
que  Oribe  aseguró  á  Vázquez  que  ningún  compromiso 
había  contraído  con  el  jefe  sublevado  (4). 

(1)  Ramón  MassiDi :  Manuscrito. 

(2)  «Esta  razón  fué  tan  convincente,  que  Oribe  no  pudo  resistir  á  su 
fuerza,  é  inmediatamente  pidió  al  Gobierno  que  le  concediera  unos  terre- 
nos públicos  que  hacía  tiempo  deseaba  poseer,  los  que  inmediatamente  le 
fueron  donados »  —  (A.  D.  de  P. :  Apuntes  para  la  historia  de  la  Repú- 
blica Oriental  del  Uruguay.  Cap.  III,  pág.  110.  París,  1801.) 

(3)  Carta  de  don  Santiago  Vázquez  al  brigadier  general  don  Fructuoso 
Rivera,  inserta  en  la  página  32  del  tomo  2.?  de  la  preserite  obra. 

(4)  Era  en  aquella  sazón  capitáu  del  puerto  de  Montevideo  don  Ma- 
nuel Oribe,  y  á  pesar  de  no  existir  documento  oficia',  alguno,  ni  público, 
que  pruebe  la  connivencia  de  este  caudillo  en  la  revolución  del  3  de  Ju- 
lio, existen  tantas  circunstancias  evidentes  de  su  participación  en  sus 
clandestinos  planes,  que  le  designan  como  uno  de  los  principales  agentes 
y  promotores,  que  puede  apelarse  al  testimonio  de  toda  la  ciudad,  cuyos 
habitantes  de  aquella  época  están  convencidos  firmemente,  aún  ahora,  de 


-  61  - 

Oribe  con  toda  la  gente  que  pudo  reunir,  se  incorporó 
á  Rivera,  así  como  su  hermano  don  Ignacio,  y  ambos 
coadyuvaron  á  la  derrota  de  Lavalleja  y  al  restableci- 
miento del  orden.  Sus  servicios  le  valieron  dos  ascensos, 
el  cargo  de  Ministro  de  la  Guerra  y  poco  después  la 
Presidencia  de  la  República.  En  cambio,  el  gobierno  del 
señor  Anaya,  que  rigió  los  destinos  del  país  después  de 
Rivera  y  antes  de  Oribe,  decretó  al  vencedor  una  espada 
de  honor  (1). 

2.  Elección  de  Oribe.  —  Es  incuestionable  que  el 
contingente  que  aportó  Oribe  á  la  causa  del  orden,  de 
las  instituciones  y  del  principio  de  autoridad,  durante  la 
Presidencia  del  general  Rivera,  lo  llevaron,  en  reemplazo 
de  éste,  á  la  primera  magistratura  del  país;  pues  «el  ca- 
rácter, los  antecedentes  y  la  historia  íntima  del  concurso 
que  Oribe  prestó  á  Rivera  durante  las  sempiternas  re- 
vueltas de  Lavalleja,  alejaban  á  Oribe  de  la  Presidencia; 

la  verdad  de  su  inteligencia  con  los  revoltosos;  de  modo  que  la  historia 
puede  sin  temor  afirmar  que  era  uno  de  los  conspiradores.  >  A.  D.  de  P., 
obra  citada  (Cap.  III,  págs.  109  y  110). 

( 1 )  Montevideo,  Noviembre  4  de  1834. 

Queriendo  el  gobierno  dar  un  público  testimonio  al  merecimiento  y  dis- 
tinguidos servicios  que  el  brigadier  general  don  Fructuoso  Rivera  ha  pres- 
tado á  la  causa  de  la  independencia  de  la  República  y  al  mantenimiento 
del  orden  y  de  las  instituciones,  especialmente  en  los  críticos  tiempos 
del  año  1832,  independientemente  de  los  premios  y  distinciones  que  la 
Asamblea  General  pueda  creer  convenientes  para  condecorar  á  este  distin- 
guido jefe,  ha  decretado  : 

Artículo  1.°  De  la  suma  señalada  para  los  gastos  ordinarios  del  Estado, 
se  comprará  una  espada  en  que  en  letras  de  oro  se  han  de  trazar  en  la 
hoja  las  siguientes  palabras  :  El  Poder  Ejecutivo  al  general  Rivera. 

Art.  2.°  Se  presentará  la  mencionada  espada  al  general  Rivera  con  la 
copia  de  este  decreto,  como  testimonio  de  los  méritos  de  sus  distinguidos 
servicios. 

Art.  3.°  El  Ministro  secretario  de  Estado  en  el  departamento  de  Guerra 
y  Marina  está  encargado  de  la  ejecución  de  este  decreto,  que  se  publicará 
é  inscribirá  en  el  Registro  Nacional.  — Anaya.  —  Manuel  Oribe. 


-  62  - 

pero  el  general  Rivera  quiso  honrar  el  amor  á  las  insti- 
tuciones en  la  persona  de  su  enemigo  personal,  y  creyó 
que  era  digno  de  elevarse  al  alto  rango  el  que  tanto 
se  había  levantado  á  sus  ojos  sobre  mezquinas  pasio- 
nes y  odios  personales  (1).» 

«La  candidatura  de  don  Manuel  Oribe  era,  por  otra 
parte,  una  nueva  prenda  de  paz  y  devoción  á  las  leyes: 
ella  mostraba  que  ninguna  consideración  individual  era 
superior  al  mérito  contraído  en  su  defensa.  La  sostuvo, 
pues,  decididamente  el  general  Rivera  ( á  pesar  de  las 
resistencias  que  encontró  en  su  mismo  partido)  con  todo 
el  poder  legítimo  de  su  influencia;  y  don  Manuel  Oribe 
fué  electo  Presidente  de  la  República  por  unanimidad 
de  votos  el  día  1.°  de  Marzo  de  1835  (2).» 

La  elección  de  Oribe  fué  canónica,  como  queda  dicho, 
pues  no  sólo  sufragaron  por  él  las  pequeñas  fracciones 
que  respondían  á  diferentes  personalidades  políticas,  sino 
todos  los  amigos  y  correligionarios  del  general  Rivera, 
que  constituían  el  núcleo  más  numeroso  é  influyente  de 
aquella  Asamblea  (3). 

Una  vez  que  hubo  prestado  el  juramento  de  estilo,  Oribe 
procedió  á  la  formación  del  gabinete,  nombrando  (3  Marzo) 
Ministro  de  Guerra  y  Marina  al  coronel  mayor  don  Pe- 


( 1 )  Andrés  Lamas :  Apuntes  históricos  sobre  las  agresiones  del  dictador 
argentino  don  Juan  Manuel  de  Rosas  contra  la  independencia  de  la  Repú- 
blica O.  del  Uruguay.  Buenos  Aires,  1877. 

( 2 )  Andrés  Lamas,  obra  citada. 

(3)  Votaron  por  el  señor  Oribe:  Senadores  Julián  Alvarez,  Miguel 
Barreiro,  Francisco  Llambl,  Lorenzo  Justiniano  Pérez  y  Javier  García  de 
Zúñiga.  Kepresentautes  Joaquín  Suárez,  Vicente  Sáenz,  Antonio  D.  Costa, 
José  Ellauri,  Felipe  Gabriel  Piedracueva,  Basilio  A.  Piuilla,  Simón  de  la 
Torre,  Víctor  Barrios,  Manuel  Lagos,  Juan  P.  Ramírez,  Juan  Susviela, 
Benito  Chain,  Pedro  Antonio  de  la  Serna,  Francisco  Antonino  Vidal, 
Joaquín  Sagra  y  Périz,  Ramón  Artagaveitia,  Juan  M.  Pérez,  Manuel  Ba- 
silio Bustamante,  Alejandro  Chucarro,  Ramón  Márquez,  Francisco  G.  Cor- 
tina, José  Vidal,  Pedro  Campos,  Roque  Graseras,  Gregorio  Vega,  Matías 
Barrios,  Francisco  Haedo,  Ramón  Massiui  y  Vicente  Vázquez. 


-  63  - 

dro  Lenguas,  de  Hacienda  á  don  Juan  María  Pérez  y 
de  Gobierno  y  Relaciones  á  don  Francisco  Llambí. 

3.  SüS  PRIMEROS  ACTOS  GUBERNATIVOS.  —  Con  Un  Celo 

y  patriotismo  que  somos  los  primeros  en  reconocer,  el 
Gobierno  se  preocupó  inmediatamente  de  regularizar  la 
marcha  de  la  hacienda  pública,  cuya  desorganización  era 
notoria  debido  al  estado  permanente  de  guerra  en  que 
se  vio  envuelta  la  administración  del  general  Rivera  á 
causa  de  las  revueltas  y  motines  del  partido  lavallejista. 
El  gobierno  del  señor  Oribe  contrajo,  pues,  un  emprés- 
tito de  dos  millones  de  pesos  destinados  á  aquel  objeto 
y  elevó  un  mensaje  á  la  Asamblea  poniendo  de  mani- 
fiesto la  situación  del  erario  nacional,  todo  lo  que  contri- 
buyó á  que  renaciese  el  crédito  del    Estado. 

Colocado  el  gobierno  de  don  Manuel  Oribe  en  el  te- 
rreno de  la  conciliación,  terreno  que  nunca  debió  haber 
abandonado,  abrió  de  par  en  par  las  puertas  de  la  pa- 
tria á  todos  los  emigrados  políticos  (decreto  del  26  de 
Marzo  de  1834)  y,  guiado  por  un  sentimiento  constitucio- 
nal, dictó  el  siguiente  decreto,  devolviendo  á  don  Juan 
Antonio  Lavalleja  la  administración  y  usufructo  de  sus 
bienes : 

Montevideo,  Abril  13  de  1835. 

Habiendo  cesado  las  causas  que  dieron  lugar  á  poner 
en  administración  los  bienes  de  don  Juan  Antonio  La- 
valleja, y  deseando  el  gobierno  acreditar  el  respeto  que 
le  merece  la  propiedad  particular,  ha  acordado  y  decreta : 

Artículo  1.°  Queda  sin  efecto  el  decreto  de  18  de  Abril 
de  1834. 

Art.  2.°  Publíquese,  comuniqúese  á  quien  corresponde 
é  insértese  en  el  Registro  Nacional.  —  Obibe.  —  Fran- 
cisco Llambí. 

Inmediatamente  el  Gobierno  se  contrajo  á  establecer  la 
reforma  militar,  mejora  difícil  y  complicada,  pero  que  al 


-  64  - 

fin  se  realizó,  porque  con  ella  se  satisfacían  los  deseos 
de  una  clase  digna  de  las  consideraciones  de  la  nación, 
á  la  cual  debía  en  gran  parte  su  libertad  é  independen- 
cia, aunque  los  partidarios  de  Rivera  creyeron  ver  en  di- 
cha reforma  una  tentativa  del  Gobierno  para  debilitar  los 
elementos  con  que  contaba  aquel  caudillo. 

También  promovió  Oribe,  de  común  acuerdo  con  el  Vi- 
cario Apostólico,  la  organización  de  los  Tribunales  ecle- 
siásticos; expidió  un  decreto  para  que  los  buques  mer- 
cantes españoles  fueran  considerados  como  lo  fuesen  los 
orientales  en  España;  dictó  un  reglamento  para  el  cuerpo 
consular  y  adoptó  otras  varias  medidas  de  menos  tras- 
cendencia, pero  que  dejan  traslucir  los  buenos  deseos  de 
este  gobernante  en  favor  del  progreso  del  país  y  la  es- 
tabilidad de  las  instituciones. 

4.  Supresión  de  la  Comandancia  General  de  Cam- 
paña.—  A  fines  de  Septiembre  de  1835  estalló  en  la  ve- 
cina Provincia  de  Río  Grande  una  formidable  revolución, 
siendo  los  rebeldes  brasileros  sableados  y  echados  sobre 
el  territorio  oriental  por  las  tropas  legales  del  Imperio. 
Rivera,  que  desempeñaba  el  cargo  de  Comandante  Ge- 
neral de  Campaña  y  que  se  encontraba  desde  hacía  algún 
tiempo  sobre  la  frontera  del  Yaguarón,  trató  de  que  el 
suelo  de  la  patria  fuese  siquiera  respetado,  pero  no  pudo 
negar  sus  simpatías  para  con  la  causa  imperial  de  la 
legalidad  y  contra  los  insurgentes:  actitud  correcta  y 
propia  de  un    alto   funcionario   de  un  país  amigo. 

«La  conflagración  de  la  Provincia  de  Río  Grande  tomó 
proporciones  muy  serias,  y  el  Gobierno,  á  fin  de  evitar 
todo  incidente  que  pudiese  comprometer  la  neutralidad 
que  debía  observarse  en  el  territorio  del  Estado,  dispuso 
que  el  Presidente  de  la  República,  en  unión  del  Coman- 
dante General  de  Campaña,  se  dirigiesen  á  la  frontera 
para  tomar  todas  las  precauciones  requeridas  con  tal  ob- 
jeto. El  señor  Oribe  delegó  el  mando  en  el  Presidente 
del  Senado  don  Carlos  Anaya  y  se  dirigió  á  la   frontera 


-  65  — 

de  Cerro  Largo,  donde  se  le  reunió  el  general  Rivera  (1).» 

«Sus  alojamientos  (los  de  Rivera  y  Oribe)  parecían 
dos  campos  rivales :  allí  estaban  materializadas,  digámoslo 
así,  las  simpatías  y  principios  que  ambos  representaban. 
Al  lado  de  Rivera  estaban  Silva  Tabares,  Calderón  y 
■otros  legalistas.  Con  Oribe  se  hallaban  Ismael  Suárez  y 
varios  otros  revolucionarios. 

«Las  conferencias  fueron  detenidas;  Rivera  sostenía  con 
respetuosa  energía,  la  conveniencia  de  no  favorecer  una 
insurrección  injustificable,  gemela  de  la  que  acababa  de 
despedazarnos,  ligada  con  ella,  y  ramificada  en  Buenos 
Aires,  cuyo  gobierno  intentaba  influir  en  nuestros  nego- 
cios por  medio  de  los  anarquistas  que  protegía.  El  ge- 
neral Rivera  tocaba  rectamente  la  cuestión;  Oribe  la 
«ludía  unas  veces,  y  otras  hablaba  con  calor  de  las  sim- 
patías naturales  en  favor  de  una  revolución  republicana. 
Todo  avenimiento  era  imposible  entre  estos  dos  jefes: 
■entonces  Rivera  cerró  solemnemente  la  conferencia  de- 
clarando que,  en  su  opinión,  el  gobierno  sacrificaría  los 
principios  del  orden  legal  y  equivocaba  los  intereses  del 
país;  pero  que  él  cumpliría  sus  deberes  obedeciéndolo  (2).» 

«La  diversidad  de  pareceres  respecto  á  la  cuestión  rio- 
grandense  distanció  á  ambos  personajes,  y  Oribe  regresó 
.á  Montevideo  dispuesto  á  deshacerse  de  Rivera,  al  mismo 
tiempo  que  la  prensa  rosista  de  Buenos  Aires  se  des- 
ataba en  improperios  contra  él:  era  que  la  influencia  de 
Rosas,  para  quien  constituía  Rivera  un  estorbo,  se  hacía 
sentir  de  una  manera  visible  en  ambas  márgenes  del 
Plata  (3).» 

Desde  este  momento  el  señor  Oribe  principió  á  hosti- 
lizar á  su  antecesor,  apercibiéndolo  reiteradas  veces,  obli- 


( 1 )  Antonio  Díaz :    Historia   política    y  militar    de  las    Repúblicas    del 
Tlata.  Montevideo,   1877. 

(2)  Andrés  Lamas,  obra  citada, 

(3)  Julián  O.  Miranda:  Compendio  de  Historia  Nacional.  Montevideo,  1828. 


-  66  - 

gando  con  disimulo  á  que  renunciasen  sus  puestos  públi- 
cos algunos  de  los  partidarios  del  segundo,  preparando 
una  enojosa  investigación  en  las  cuentas  del  tiempo  de 
la  administración  de  Rivera  y  cercenando  los  recursos 
que  éste  necesitaba  para  sufragar  los  gastos  que  era  pre- 
ciso hacer  á  fin  de  mantener  la  neutralidad  en  la  fron- 
tera. 

El  coronamiento  de  este  infundado  rencor,  fué  el  de- 
creto de  fecha  9  de  Febrero  de  1836  suprimiendo  la  Co- 
mandancia General  de  Campaña,  concebido  en  estos  tér- 
minos: 

«No  existiendo  actualmente  los  motivos  que  impulsa- 
ron al  Gobierno  á  librar  el  decreto  de  27  de  Octubre  de 
1834,  por  el  cual  se  creaba  una  Comandancia  General  de 
Campaña,  y  no  teniendo  causa  alguna  que  dé  mérito  (1) 
á  dejar  vigente  aquella  disposición,  el  Gobierno  ha  acor- 
dado y  decreta: 

Artículo  1.°  Queda  suprimida  la  Comandancia  General 
de  Campaña. 


( l )  Además  de  evidenciar  la  fragilidad  de  memoria  del  señor  Oribe, 
hace  contraste  este  decreto  con  el  mensaje  del  15  de  Febrero  de  1835- 
firmado  por  don  Carlos  Anaya,  don  Manuel  Oribe  y  don  José"  María  Re- 
yes, sobre  la  creación  de  la  Comandancia  General  de  Campaña,  nombrando 
al  general  Rivera.  Dice  así; 

€  El  Gobierno  se  complace  en  manifestaros  que  ha  puesto  á  su  frente 
al  ilustre  general  que  ha  rendido  á  la  patria  servicios  de  tanta  importan- 
cia durante  el  período  de  su  administración  como  Presidente  de  la  Repú- 
blica, bien  persuadido  de  que  no  podría  colocar  destino  de  tan  alta  con- 
fianza y  responsabilidad  en  mejores  manos  que  ea  las  mismas  que  por 
tanto  tiempo  empuñaron  la  espada  de  la  victoria,  ilustrando  en  los  anales 
de  la  historia  las  armas  que  defendieron  sus  leyes  y  que  fundaron  su 
propia  independencia,  después  de  haber  tenido  una  parte  gloriosa  en  la 
guerra  de  su  libertad.  El  premio  de  esos  servicios,  si  esos  servicios  pue- 
den tener  otro  premio  que  el  del  indeleble  testimonio  de  gratitud  y  admi- 
ración que  le  consagrará  la  historia  de  su  patria  y  el  corazón  de  sus  con- 
ciudadanos, lo  habría  previsto  á  esta  época  el  P.  E.,  si  en  vuestra  sabiduría 
no  hubieseis  encontrado  los  medios  de  anticiparos  á  este  rasgo  de  honor 
y  de  justicia.» 


-  67  - 

Art.  2°  Comuniqúese  y  dése  al  Registro  Nacional.  — 
Oribe.— José  B.  del  Pino. 

A  pesar  de  los  términos  en  que  está  concebido  el  de- 
creto que  antecede,  Oribe  expidió  otro  poco  después  (14 
de  Julio  de  1836)  nombrando  á  su  hermano  don  Ignacio 
Comandante  General  de  Campaña,  lo  que,  naturalmente, 
exasperó  á  Rivera,  como  veremos  más  adelante. 

5.  Alianza  de  Oribe  con  Rosas.  —  Es  indudable 
que  los  primeros  actos  de  Oribe  como  gobernante  se  en- 
caminaron á  regularizar  la  administración  pública  por 
medio  de  acertadas  disposiciones  que  satisficieron  á  todo 
el  país,  sin  excluir  al  partido  riverista  que  lo  había  en- 
cumbrado, y  de  su  gobierno  conservaría  la  posteridad 
grato  recuerdo  si  hubiese  perseverado  en  la  misma  lí- 
nea de  conducta.  Pero  el  Presidente  no  se  consideró 
afianzado  en  el  poder  cuando  se  dio  cuenta  de  la  in- 
fluencia preponderante  de  Rivera,  influencia  que  trató  de 
aminorar  por  medio  de  una  serie  de  medidas  tan  impolí- 
ticas como  innecesarias,  entre  las  cuales  la  más  desacer- 
tada fué  la  de  suprimir  la  Comandancia  General  de  Ar- 
mas; disposición  que  le  enajenó  la  protección  de  Rivera 
é  hizo  que  se  apartaran  de  su  lado  muchos  elementos  que, 
entretenidos  con  cierta  habilidad,  lo  hubieran  acompañado 
hasta  el  fin  de  su  gobierno  sin  desdoro  de  su  nombre  ni 
perjuicio  para  el  país. 

Vióse,  pues,  obligado  Oribe  á  crearse  un  partido  á  fin 
de  entablar  la  lucha  con  probabilidades  de  éxito,  y  apeló 
á  los  mismos  que  la  víspera  había  combatido  con  las 
armas  en  la  mano,  á  aquellos  que  en  un  documento  pú- 
blico había  calificado  de  criminales  y  anárquicos  (1),  es 
decir,  á  los  lavallejistas,  que  no  vacilaron  en  prestarle 
inmediatamente  su  débil  concurso.  Y  decimos  débil  en 
razón  de  que  el  Presidente,  tal  vez  considerándolo  así, 
quiso   robustecerlo   con   el   auxilio   del   tirano   argentino 

(1)    Julio  María  Sosa:  Lavalleja  y  Oribe.  Montevideo,    1902. 


-  68  - 

don  Juan  Manuel  de  Rosas.  «Todos  sus  esfuerzos  ten- 
dieron, pues,  á  facilitar  la  política  maquiavélica  del  go- 
bernador de  Buenos  Aires,  y  fortificar  la  fracción  que 
representaba  sus  tendencias  en  nuestro   país  (1).» 

«Los  compañeros  de  la  fracción  que  Oribe  volvía  á 
adoptar,  y  su  falta  de  fe  en  el  poder  de  los  elementos 
nacionales  de  que  iba  á  servirse,  lo  llevaron  á  solicitar 
la  alianza  clandestina  de  Rosas,  cuyo  encono  contra  el 
partido  que  babía  servido  de  valladar  á  su  ambición,  se 
babía  irritado  con  la  resistencia.  Oribe,  jefe  de  una  na- 
ción independiente  y  pundonorosa,  se  sometió  á  mendigar 
la  benevolencia  de  Rosas,  por  los  medios  de  un  preten- 
diente obscuro  y  vulgar,  interesando  relaciones  privadas 
de  familia,  prodigando  protestas  y  agradecimientos  per- 
sonales (2).» 

Muchas  fueron  las  debilidades  de  Oribe  para  con  Ro- 
sas, entre  las  cuales  figura  la  revocación  de  varias  dis- 
posiciones del  tiempo  de  Rivera,  quien  las  había  estable- 
cido no  sólo  para  favorecer  con  ellas  el  comercio  de  ca- 
botaje, sino  también  con  objeto  de  evidenciar  el  derecho 
de  la  Nación  Oriental  á  legislar  en  materia  de  navega- 
ción por  aguas  platenses  jurisdiccionales. 

El  tratado  de  amistad  y  comercio  celebrado  ad  referen- 
dum entre  el  gobierno  de  Inglaterra  y  el  antecesor  de 
Oribe,  fué  rechazado  por  éste,  más  por  agradar  á  Rosas 
secundando  sus  planes  de  antiextranjerismo,  que  por  per- 
judicar los  intereses  de  su  patria,  con  lo  cual  privaba 
á  ésta  de  mantener  buenas  y  provechosas  relaciones  con 
aquella  poderosa  nación. 

Más  tarde  (14  Diciembre  de  1836),  Rosas  solicitó  de 
Oribe  (como  lo  había  solicitado  antes  de  Rivera,  aunque 
infructuosamente)  el  amordazamiento  de  la  prensa,  *y 
Oribe  cedió,  como  siempre,  sin  preocuparse  para  nada  de 


( l )    Andrés  Lamas,  obra  citada. 
(  2  )    Andrés  Lamas,  obra  citada. 


-  69  - 

la  Constitución  de  la  República,  que  en  su  artículo  141 
consagra  la  libre  comunicación  de  los  sentimientos  y  de 
las  ideas  (1).»  El  corolario  de  esta  medida  fué  la  supre- 
sión, ordenada  por  el  Gobierno,  del  diario  titulado  El 
Moderador. 

Por  último,  acusa  también  debilidad  por  parte  del  se- 
ñor Oribe,  ya  que  no  connivencia  con  el  tirano  argen- 
tino, el  siguiente  hecho:  El  gobierno  de  Buenos  Aires 
dispuso  que  todos  los  artículos  procedentes  de  ultramar 
que  se  trasbordaran  ó  reembarcaran  de  cabos  adentro  y 
se  introdujeran  en  aquella  provincia,  pagarían  una  cuarta 
parte  más  sobre  los  derechos  que  les  correspondían;  dis- 
posición que,  por  los  enormes  perjuicios  que  ocasionaba 
al  comercio  de  Montevideo,  obligó  á  éste  á  pedir  al  se- 
ñor Oribe  que  reclamase  de  ella,  como  así  lo  hizo  el 
Gobierno  Oriental;  á  lo  cual  contestó  Rosas  que  mante- 
nía en  todas  sus  partes  el  decreto  referido.  Insistió  Oribe 
en  su  reclamación,  llegando  hasta  á  amenazar  á  Rosas, 
pero  éste  despreció  con  el  silencio  las  justas  reclamacio- 
nes del  Presidente.  En  vista  de  estos  hechos  intervino  la 
Asamblea  dictando  una  ley  de  represalias  destinada  á 
mejorar  aquella  situación,  pero  «el  señor  Oribe  suspendió 
la  ejecución  salvadora  de  esa  ley  patriótica  (2).» 

Hay  más  todavía:  don  Justo  José  de  Urquiza  envió 
una  considerable  cantidad  de  armas  al  gobierno  de  Oribe 
á  fin  de  cooperar  al  triunfo  de  éste  sobre  Rivera,  y  cuando 
Paysandú  fué  sitiada  por  los  revolucionarios,  un  buque 
de  guerra  argentino  disparó  sus  cañones  sobre  los  sitia- 
dores, á  la  vez  que  un  batallón  del  vecino  país  desem- 
barcaba en  auxilio  de  la  ciudad  sitiada,  en  cuyos  edificios 
públicos  flameó  en  esos  días  la  bandera  de  la  Confede- 
ración en  reemplazo  de  la  Oriental. 

Agregúese  á   lo  anteriormente  expuesto,  la  aceptación 


( 1 )  Julio  María  Sosa,  obra   citada. 

(2)  Andrés  Lamas  y  Julio  María  Sosa,  obraa  citadas. 


-  70  - 

oficial,  por  parte  del  Gobierno  del  Uruguay,  de  un  comi- 
sionado confidencial  argentino,  después  que  Rosas  se  ha- 
bía negado  en  1833  á  recibir  con  carácter  público  á  un 
comisionado  oriental,  alegando  que  la  independencia  de 
este  Estado  no  era  perfecta.  Creemos  sinceramente  que 
estos  hechos  evidencian  de  un  modo  incuestionable  la 
inteligencia  de  Oribe  con  Rosas  en  los  asuntos  político  - 
administrativos  de  la  República,  como  lo  reconocían  los 
contemporáneos  del  primero. 

6.  Pronunciamiento  de  Rivera. — Después  de  la  su- 
presión de  la  Comandancia  General  de  Campaña,  don  Fruc- 
tuoso Rivera  se  había  retirado  á  sus  posesiones  con  objeto 
de  atender  al  cuidado  de  sus  bienes  y  esperar  el  des- 
arrollo de  los  acontecimientos,  pero  ya  que  fuese  mal  acon- 
sejado por  sus  partidarios,  ya  que  considerase  en  peligro 
la  independencia  de  su  patria  por  la  alianza  de  Oribe 
con  Rosas,  ó  que  lo  alarmara  la  agitación  de  la  prensa 
de  Montevideo,  ó,  finalmente,  en  vista  de  las  arbitrarie- 
dades cometidas  por  Oribe,  ó  porque  todas  estas  causas 
juntas  labraran  el  ánimo  del  caudillo,  lo  cierto  es  que 
éste  invitó  á  sus  amigos  y  correligionarios  para  que  lo 
acompañaran  á  la  revolución  que  debía  estallar  el  18  de 
Julio  de  1836. 

Algunos  de  sus  companeros  de  causa  trataron  de  di- 
suadirlo para  que  abandonara  un  proyecto  que  si  llegaba 
á  realizarse  mancharía  su  reputación,  adquirida  á  costa  de 
tantos  sacrificios,  produciría  estéril  derramamiento  de  san- 
gre y  arruinaría  un  país  que  empezaba  á  reponerse  de 
sus  pasados  desastres;  pero  todo  fué  inútil,  y  unos  de 
buena  fe,  otros  despechados,  y  muchos  porque  medran  á 
la  sombra  de  las  guerras  civiles,  lo  cierto  es  que  muy  en 
breve  Rivera  dispuso  de  unos  SOü  hombres,  al  frente  de 
los  cuales  se  pronunció  contra  el  Gobierno,  iniciando  una 
revolución  que  ciertos  historiadores  censuran  y  otros  de- 
fienden. 

Entre  las  personalidades  de  significación  que  secunda- 


-  71  - 

ban  los  planes  de  Rivera  se  hallaba  el  general  argen- 
tino don  Juan  Lavalle. 

La  Comisión  Permanente  facultó  al  Poder  Ejecutivo  para 
hacer  uso  del  artículo  81  de  la  Constitución ;  el  Gobierno 
nombró  Comandante  General  de  Campaña  al  coronel  ma- 
yor don  Ignacio  Oribe,  como  antes  dijimos;  algunas  tro- 
pas regulares  se  plegaron  al  movimiento  insurgente  de 
Rivera,  y  éste,  después  de  haber  provocado  diferentes  su- 
blevaciones parciales  en  diversos  puntos  del  país,  dio  prin- 
cipio á  una  serie  de  correrías  por  la  campaña  que  oca- 
sionaron infinidad  de  males,  como  siempre  sucede  en  ca- 
sos análogos  (1). 

El  general  don  Juan  Antonio  Lavalleja  ofreció  sus 
servicios  al  gobierno,  los  que  le  fueron  aceptados,  encar- 
gándolo de  la  organización  de  un  segundo  cuerpo  de 
ejército. 

Al  propio  tiempo  se  participó  al  gobierno  de  Buenos 
Aires  el  estado  de  guerra  en  que  se  encontraba  la  Repú- 
blica, á  fin  de  que  hiciera  observar  la  neutralidad  en  lo 
posible,  impidiendo  que  la  revolución  fuese  socorrida  por 
el  litoral  del  Uruguay ;  pero  tantas  providencias  adoptó  Ro- 
sas, que  más  parecía  un  aliado  de  Oribe  que  el  represen- 

(1)  Mientras  se  desarrollaban  estos  acontecimientos,  el  Gobierno  expe- 
día el  siguiente 

DECRETO 

Montevideo,  5  de  Agosto  de  1S36. 

El  general  don  Fructuoso  Rivera,  que  en  otra  época  no  distante  sos- 
tuvo las  instituciones  de  la  República,  ahora,  cegado  por  una  ambición 
que  no  conoce  límites,  se  ha  lanzado  en  la  carrera  de  la  traición,  levan- 
tando el  estandarte  de  la  anarquía  contra  esas  mismas  instituciones,  có- 
digo sagrado  que  juró  defender.  El  ha  atacado  los  pueblos  de  la  Repú- 
blica, depuesto  los  magistrados  que  existían  por  la  ley ;  ha  llevado  la 
•corrupción  al  seno  de  los  soldados  de  la  patria ;  se  ha  presentado  hostil- 
mente al  frente  de  las  tropas  del  Estado,  y,  por  último,  sin  misión  de 
nadie,  ha  reunido  alrededor  suyo  una  fuerza  compuesta  de  la  escoria  de 
nuestra  patria,  y  la  parte  degradada  y  llena  de  ignominia  de  los  extran- 
jeros á  quienes  habíamos  dado  un  asilo,  confiando  el  progreso  de  su   re- 


-  72  - 

tante  de  un  país  neutral  (1)  en  la  contienda,  al  ex- 
tremo  de  que  provincia  hubo,  como  la  de  Santa  Fe,  que 
autorizó  al  gobierno  central  para  que  con  respecto  al  Es- 
tado Oriental  «procediera  libremente,  prestando  á  su  pre- 
sidente toda  la  cooperación  y  auxilios  que  considerase 
necesarios  para  exterminar  para  siempre  á  los  malvados 
unitarios,  enemigos  implacables  del  sosiego  público,  per- 
siguiéndolos, ti  necesario  fuera,  entre  las  mismas  breñas 
del  Estado  Oriental  del  Uruguay  (2).» 

Entretanto  el  general  Rivera  había  logrado  aumentar 
extraordinariamente  sus  fuerzas,  disponía  de  medios  de 
movilidad  más  abundantes  que  los  del  gobierno,  y,  per- 
fecto conocedor  de  la  campaña,  la  recorría  impunemente 
burlando  la  acción  de  don  Ignacio  Oribe,  general  en 
jefe,  de  don  Juan  Antonio  Lavalleja,  jefe  del  ejército  de 
la  izquierda  y  de  don  Manuel  Lavalleja,  que  mandaba 
el  del  norte.  «El  general  Rivera  tenía  la  facilidad  de 
fraccionar  su  ejército  sin  comprometerle  jamás  en  los  per- 
cances de  un    combate,   para   el   que   no   se  encontraba 

belión  á  la  infamia  de  éstos,  ya  que  no  podía  cootar  con  la  cooperación 
de  los  honrados  hijos  de  la  patria.  Por  estas  consideraciones,  y  en  uso  el 
Gobierno  de  las  facultades  que  inviste,  ha  acordado  y  decreta: 

Artículo  1.°  Se  declara  traidor  á  la  patria  y  depuesto  de  sus  empleos  y 
honores  al  caudillo  de  la  rebelión  Fructuoso  Rivera  y,  por  tanto,  fuera 
de  la  ley. 

Art.  2.°  El  emigrado  de  la  República  Argentina  Juan  Lavalle  es  igual- 
mente declarado  traidor  á  la  patria  y  puesto  fuera  de  la  ley. 

Art.  3.°  Lo  son  igualmente  todos  los  que  sigan  sus  banderas  ;  los  que 
le  faciliten  auxilios  ;  los  que  directa  ó  indirectamente  contribuyan  á  sus 
progresos,  y  los  que  tengan  correspondencia  con  ellos. 

Art,  4.°  Quedan  depuestos  de  sus  empleos  y  cargos  los  que  en  la  actua- 
lidad sigan  la  rebelión  y  no  se  hallen  incorporados  en  las  filas  de  los  de- 
fensores de  las  leyes  el  día  10  del  corriente  mes. 

Art.  5.°  Publíquese  por  bando ;  remítanse  copias  autorizadas  á  todas  las 
autoridades  de  la  República  y  dése  al  Registro  Nacional.  —  Oribk.— Fran- 
cisco Llambí. — Pedro  Lenguas. — Juan  María  Pérex, 

(1)  Antonio  Díaz,  obra   citada. 

(2)  Nota  del  gobernador  de  Santa  Fe,  don  Estanislao  López,  á  don  Juan 
Manuel  de  Rosas,  de  fecha  2  do  Agosto  de  1836. 


-  73  - 

casi  nunca  preparado,  ya  fuese  por  la  falta  de  armamen- 
tos ó  por  la  ninguna  disciplina  en  que  se  hallaban  sus 
partidarios,  errantes  siempre  y  sin  instrucción  militar  (1).» 

7.  Combate  de  Carpintería.  —  «Después  de  dos  me- 
ses largos,  el  general  Rivera  se  encontraba  ya  con  una 
fuerza  que  no  bajaba  de  1500  hombres.  Estrechado  por 
el  general  Lavalleja,  que  operaba  sobre  su  flanco  izquierdo, 
llevándole  siempre  apurado,  y  por  las  fuerzas  del  general 
Oribe,  que  ocupaban  el  centro,  conservándose  siempre  á 
su  retaguardia,  y  en  la  imposibilidad  ya  de  fraccionar 
sus  fuerzas,  porque  las  divisiones  del  Gobierno  vigilaban 
los  departamentos  con  fuertes  partidas  que  perseguían  á 
los  grupos  que  regresaban  á  ellos,  el  general  Rivera,  al- 
canzado en  el  arroyo  Carpintería  el  19  de  Septiembre, 
se  vio  obligado  á  aceptar  una  batalla,  en  la  que  fué  com- 
pletamente derrotado,  logrando  escapar  con  dos  escuadro- 
nes por  las  puntas  del  Yí,  acompañado  de  otro  grupo 
que  encabezaba  el  general  Lavalle  (2).» 

Este  contraste  tuvo,  sin  embargo,  su  compensación,  pues 
una  fuerza  revolucionaria  al  mando  del  comandante  don 
José  Marote,  venciendo  la  resistencia  que  le  opuso  don 
Lucas  Píriz,  defensor  de  la  plaza  de  Paysandú,  se  apo- 
deró de  esta  ciudad  un  día  después  de  la  acción  de  Car- 
pintería, como  otra  división  insurrecta  se  había  posesio- 
nado en  Agosto  de  la  entonces  villa  del  Salto. 

Sin  embargo,  reducido  Rivera  á  disponer  solamente  de 
unos  140  hombres,  pues  el  coronel  Raña  con  una  divi- 
sión de  500  se  había  plegado  á  la  causa  del  Gobierno, 
se  vio  obligado  á  trasponer  la  frontera  (17  de  Octubre) 
por  el  lado  del  Cuareim,  así  como  su  aliado  el  general 
Lavalle,  á  quienes  las  autoridades  brasileñas  señalaron 
el  Ibicuy  como  punto  de   asilo,   quedando   de  este  modo 


(1)  Antonio  Díaz,  obra  citada. 

(2)  Antonio  Díaz,  obra  citada. 


—  74  - 

terminada  una  revolución  que  Oribe  no  debió  provocar, 
ni  Rivera  emprender. 

8.  Origen  de  las  divisas  partidarias.  —  Cuando 
Lavalleja  desembarcó  en  las  costas  del  Uruguay  para 
ayudar  á  Oribe  contra  Rivera,  dando  un  manifiesto  en 
que  decía  que  venía,  « no  á  debatir  y  luchar  sólo  por  los 
intereses  orientales,  sino  en  nombre  de  las  cuestiones  y 
de  la  política  argentina,»  sus  soldados  llevaban  un  cinti- 
llo punzó,  divisa  de  los  federales  ó  partidarios  de  Rosas, 
con  el  lema  Restaurador  de  las  leyes. 

Poco  después,  el  Presidente  de  la  República  don  Ma- 
nuel Oribe,  en  acuerdo  de  Ministros,  expidió  el  siguiente 

DECRETO 
Ministerio  de  Guerra  y  Marina. 

Montevideo,  10  de  Agosto  de  1838. 

Artículo  1.°  Todos  los  jefes,  oficiales  y  tropa  del  ejér- 
cito de  línea,  las  guardias  nacionales  de  caballería,  las 
partidas  afectas  á  la  policía  y  todos  los  empleados  pú- 
blicos en  los  departamentos  de  campaña,  usarán  en  el 
sombrero  una  cinta  blanca  con  el  lema  Defensor  de  las 
leyes. 

Art.  2.°  El  Estado  Mayor  General,  la  guardia  nacional 
de  infantería  de  la  capital,  los  empleados  de  toda  la  ad- 
ministración en  la  misma,  las  compañías  de  matrículas 
y  de  infantería  de  extramuros  usarán  también  el  mismo 
lema,  que  llevarán  en  una  cinta  visible  en  los  ojales  del 
vestido,  y  en  formación  en  el  sombrero. 

Art.  3.°  Todos  los  ciudadanos  no  enrolados  usarán  del 
mismo  distintivo  en  los  ojales  del  vestido,  como  una  se- 
ñal de  su  adhesión  á  las  leyes  é  instituciones  de  la  Re- 
pública. 

Art.  4.°  Del  cumplimiento   de  este  decreto  quedan  en- 


—  75  - 

cargados  los  Ministros  del  despacho,  en  sus  departamen- 
tos respectivos. 

ORIBE. 
Pedro  Lenguas. 
Francisco  Llambí. 
Juan  M.  Pérez. 

El  general  Rivera,  á  su  turno,  dispuso  que  las  tropas 
de  su  mando  usaran  divisa  celeste,  pero  como  el  sol  y 
el  aire  desvanecían  este  color  transformándolo  en  blanco, 
lo  que  habría  impedido  distinguir  en  cualquier  momento 
á  los  riberistas  de  los  oribistas,  la  víspera  de  la  batalla 
de  Carpintería,  ó  pocos  días  antes,  ordenó  aquel  caudillo 
á  sus  divisiones  que  del  forro  colorado  de  sus  ponchos 
cortasen  tiras  y  se  las  colocasen  en  sus  sombreros,  en 
reemplazo  del  descolorido  cintillo  celeste  (1).  «El  día  19 
de  Septiembre  de  1836,  esos  dos  bandos  se  encontraron, 
se  chocaron  y  tiñeron  con  la  sangre  de  600  orientales  en 
las  orillas  de  Carpintería.  Al  entrar  en  batalla,  los  solda- 
dos de  Rivera  ceñían  divisa  colorada  y  los  defensores  del 
Gobierno  divisa  blanca.  Desde  ese  día  se  bautizaron  en 
aquel  lago  de  sangre  los  dos  partidos  del  país,  llamándose 
blancos  y  colorados  nada  más  que  por  los  distintivos  de 
guerra  de  cada  uno.  Pero,  en  el  fondo,  esa  distinción  no 
era  baladí:  era  ya  lo  que  diferenciaba  al  espíritu  revolu- 
cionario, inquieto  y  rebelde,  del  espíritu  de  autoridad  y 
orden  (2).» 

Se  deduce,  pues,  de  lo  antedicho,  que  las  divisas  con 
que  aun  en  los  momentos  actuales  se  distinguen  los  sec- 
tarios de  los  partidos  tradicionales  de  la  República,  no 
son  sino  una  herencia  exótica  de  la  época  de  Rosas,  im- 
portada por  Lavalleja,  impuesta   por  Oribe  y,   por  nece- 

(1)  Referencias  de  don  Mateo  Funes,  actor  en  aquellos  sucesos,  al  au- 
tor de  este  libro. 

(2)  Alvaro  Zapicán    (Francisco  J.  Ros):    De  linaje.    Montevideo,  1888. 


-  76  - 

sidad,  imitada  por  Rivera,  aunque  sin  los  caracteres  ge- 
nerales y  autoritarios  que  le  imprimió  Oribe  en  el  decreto 
transcripto  (1). 

9.  Medidas  represivas  del  Gobierno.  —  Doloroso 
es  tener  que  consignar  aquí  que,  después  del  combate  de 
Carpintería,  el  ofuscamiento  del  Gobierno  lo  arrastró  á 
los  mayores  atentados,  como  el  embargo  de  todos  los 
bienes  de  los  partidarios  de  Rivera  (2),  la  supresión  de 
El  Nacional,  diario  que  se  publicaba  en  Montevideo,  y, 
en  fin,  «decretaba  el  arresto  de  unos  y  el  destierro  de 
otros,  ya  porque  publicaban  especies  falsas  sobre  la  im- 
portancia, número  y  conquistas  de  los  insurrectos,  ya 
porque  denigraban  y  deprimían  las  aptitudes  de  los  jefes 
del  Gobierno  (3).»  Algunas  otras  medidas  de  seguridad 
contribuyeron  á  pacificar  completamente  el  país,  permi- 
tiendo á  la  Administración  pública  continuar  su  interrum- 
pida marcha. 

10.  Derrota  de  Oribe  en  Yucdtujá.  —  Como  queda 
dicho  en  párrafos  anteriores,  Rivera,  con  el  resto  de  sus 
divisiones,  se  situó  en  la  zona  limitada  por  el  Ibicuy, 
el  Cuareim  y  el  Uruguay,  y  allí,  sin  que  nadie  lo  mo- 
lestara, se  consagró  á  reorganizar  su  diezmado  ejército, 
que  fué  lentamente  aumentando  con  dispersos  y  nuevos 
contingentes,  hasta  alcanzar  á  disponer  de  un  buen  nú- 
mero de  combatientes,  entre  los  cuales  figuró  el  general 
argentino  don  Juan  Lavalle. 

Sabedor  el  gobierno  de  Montevideo  de  los  trabajos 
revolucionarios   de  Rivera,  trató  á  su  vez  de  reunir  toda 


(1)  Con  fecha  30  de  Noviembre  de  1836  el  señor  Oribe  modificó  en 
parte  su  primer  decreto,  ordenando  que  «cesaba  la  obligación  de  usar 
divisa  blanca,  á  excepción  de  las  tropas  que  se  bailasen  en  servicio  ac- 
tivo en  la  frontera,  las  que  debían  continuar  usándola.»  ( Vóase  la  obra 
titulada  Recopilación  de  decretos  militares,  desde  ISL'S  hasta  1899,  por  el 
coronel  de  artillería  don  Pedro  de  León.  Montevideo  1889. ) 

( 2 )  Véase  la  disposición  de  fecha  7  de  Diciembre  de  1837. 

(3)  Vicente  Navia:  Historia  de  América.  Montevideo,  1883. 


—  77  - 

clase  de  recursos  á  fin  de  escarmentar  á  un  enemigo 
tan  pertinaz  y  temible,  apelando  á  todos  los  medios  que 
las  leyes  y  la  experiencia  ponían  en  sus  manos.  Así  fué 
que,  no  sólo  prodigó  sin  tasa  grados  y  honores  (1)  con 
objeto  de  granjearse  las  simpatías  de  la  clase  militar,  sino 
que  convocó  á  la  guardia  nacional,  reunió  numerosas 
milicias  de  gentes  afectas  á  su  causa,  resolvió  «que  fue- 
sen tomados  á  sueldo  todos  los  emigrados  republicanos 
brasileros  que  á  consecuencia  de  los  desastres  sufridos 
en  Río  Grande  quisiesen  ingresar  en  el  ejército  de  la 
República  (2),»  y  obtuvo  del  gobierno  de  la  Confedera- 
ción recursos  de  tropas  y  algún  barco  para  el  servicio 
de  los  ríos. 

Entretanto  Rivera  empezó  á  desprender  algunas  parti- 
das que,  penetrando  en  el  territorio  oriental,  tenían  en 
continua  zozobra  á  los  destacamentos  del  Gobierno  que 
marchaban  en  su  persecución.  Y  uno  de  éstos,  man- 
dado por  don  Manuel  Lavalleja,  fué  casi  aniquilado  (22 
Marzo  1837)  por  el  coronel  riverista  don  José  María 
Luna,  que  con  anterioridad  á  este  sangriento  encuentro 
se  había  apoderado  de  Paysandú. 

Tales  acontecimientos  y  la  aparición  inesperada  de  di- 
visiones revolucionarias  en  todos  los  departamentos,  deci- 
dieron al  Presidente  á  ponerse  al  frente  del  ejército  y 
salir  á  campaña  en  defensa  de  su  causa,  delegando 
su  autoridad  en  el  Presidente  del  Senado,  don  Carlos 
Anaya. 

En  Mayo,  el  general  Rivera  invadió  por  fin  el  suelo 
de  su  patria,  pero  no  considerándose  bastante  fuerte  para 
medir  sus  armas  con  las  del  señor  Oribe,  se  internó  en 
el  Brasil,  para  invadir  de  nuevo  algún  tiempo  después  por 
el  lado  del  Cuareim.  En  Yucutvjá  encontráronse  los  dos 


( 1  )    Véanse   los   decretos  respectivos  en  el  tomo  1.°  de  la  recopilación, 
del  coronel  don  Pedro  de  León,  citada  en  la  página  anterior. 
(2)    Antonio  Díaz,  obra  citada. 


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bandos,  sufriendo  el  del  Presidente  una  completa  derrota, 
como  se  desprende   del  siguiente  parte  oficial: 

El  Presidente  de  la  República,  general  en  jefe  del  ejército. 
Excmo.  señor: 

El  22  fué  dispersado  completamente  el  primer  cuerpo 
del  ejército  que  estaba  á  mis  órdenes. 

Hoy  tendré  reunidos  400  hombres,  con  los  que  me  incor- 
poraré al  segundo  cuerpo,  y  dentro  de  cuatro  días  volve- 
remos á  encontrarnos. 

Dios  guarde  á  V.  E.  muchos  años. 

Manuel  Oribe. 

Puntas  de  Tacuarembó,  Octubre  24  de  1837. 

Esta  derrota,  que,  segvia  la  opinión  de  don  Antonio 
Díaz  (1),  «el  mismo  Presidente  tuvo  la  habilidad  de  aca- 
rrearse, dio  alas  al  general  rebelde  y  le  proporcionó  ele- 
mentos de  toda  clase,  que  entonces  pudo  buscarse  sin 
obstáculo.»  Por  otra  parte,  el  desastre  sufrido  por  el  Go- 
bierno desmoralizó  á  sus  adictos  y  sembró  el  pánico  entre 

( 1 )  «  Perseguido  de  cerca  Rivera,  é  inferior  en  recursos  para  aventurar 
una  batalla  campal,  apuró  sus  marchas  y  tomó  posesión  de  un  potrero 
sobre  Yucutujá,  desmontando  á  la  entrada  los  pocos  infantes  y  tiradores 
que  tenía  y  colocando  en  reservas  escalonadas  su  caballería.  El  resultado 
fué  completamente  satisfactorio  para  el  general  Rivera,  porque  el  ejército 
del  Gobierno,  confundido  con  su  vanguardia,  se  lanzó  casi  en  desorden  á 
la  entrada  del  potrero,  donde  sufrió  la  sorpresa  de  los  fuegos  que,  to- 
mando aglomerados  los  cuerpos  del  ejército  nacional,  ocasionaron  en  és- 
tos un  espantoso  desorden,  retirándose  en  fuga  y  entreverados  ;  siendo 
muy  pronto  perseguidos  por  dos  ó  tres  escuadrones  de  los  anarquistas. 
Esta  persecución,  sin  embargo,  no  se  extendió  más  allá  de  tres  ó  cuatro 
leguas,  regresando  los  vencedores  á  su  segura  posición,  después  de  haber 
hecho  algunos  muertos. 

«El  general  don  Manuel  Oribe  dio  en  esta  circunstancia  uoa  evidente 
prueba  de  impericia,  no  pudiendo  suponerse  otra  cosa,  desde  que  se  tra- 
taba del  mando  de  fuerzas  que,  aunque  se  componían  en  su  mayor  parte 
de  ciudadanos,  éstos  eran  subordinados  al  respeto  que  inspiraba  en  el 
ejército  la  persona  del  primer  magistrado  del  país. 


-  79  - 

los  habitantes  de  Montevideo,  que  temieron  que  Rivera 
sitiase  inmediatamente  la  ciudad. 

11.  Acción  del  Yf. — Oribe,  sin  embargo,  se  rehizo, 
dispuso  que  se  le  incorporasen  los  demás  cuerpos  del 
ejército,  dio  tiempo  para  que  se  reunieran  los  fugitivos  de 
Yucutujá,  y  al  mes  siguiente  contaba  ya  con  2000  hom- 
bres para  continuar  las  operaciones. 

Riveristas  y  oribistas  volvieron  á  encontrarse  en  las 
cercanías  del  Durazno,  donde  los  primeros  sufrieron  á  su 
vez  un  serio  contraste,  pues  perdieron  más  de  200  hom- 
bres, parte  de  la  caballería  se  dispersó,  Rivera  dejó  en 
poder  de  Oribe  todas  sus  caballadas  y  bagajes  y,  por  úl- 
timo, vióse  obligado  á  retirarse  en  precipitada  fuga  acom- 
pañado únicamente  por  200  de  sus  parciales,  con  los  cua- 
les llegó  á  Mercedes,  en  donde  se  repuso  de  la  derrota 
sufrida  (1). 

«Los  más  insignificantes  tratados  de  estrategia  indican  los  medios  de 
que  debe  valerse  un  general  para  vencer  dificultades  naturales,  en  las  que 
se  apoya  el  enemigo,  como,  por  ejemplo,  debfiladeros,  puntos  dominantes, 
defensas,  escarpadas,  etc. 

«No  era,  pues,  con  las  fuerzas  en  masa  que  debió  atacar  el  general  Ori- 
be la  entrada  del  potrero,  por  más  débilmente  defendida  que  estuviese, 
sino  colocando  sus  reservas  con  má3  cuidado,  si  cabe,  que  en  una  batalla 
abiertí,  iniciando  su  ataque  con  su  infantería  y  tiradores  desmontados,  y 
en  el  orden  de  flanco,  para  cuyo  fin  tenía  un  paso  y  una  picada,  más  6 
menos  inmediatos  á  la  boca  del  potrero. 

«  Semejante  golpe  bastaba  para  moralizar  las  desalentadas  fuerzas  que 
seguían  al  geueral  Rivera,  quien,  por  otra  parte,  no  era  hombre  que  no 
supiese  sacar  partido  de  tales  ventajas,  y  si  en  esta  vez  no  se  puso  defini- 
tivamente sobre  los  rastros  del  general  Oribe  y  le  concluyó  encerrándolo 
en  Montevideo,  fué  por  efecto  del  mismo  estado  de  indisciplina  en  que  se 
encontraban  sus  parciales,  incapaces  de  contraerse  á  operaciones  ordena- 
das. A  esto  debe  agregarse  que  el  segundo  cuerpo  se  componía  de  muy 
buenos  elementos  y  el  general  Rivera  no  podía  evitar  la  reunión  de  éste 
con  los  restos  del  ejército  derrotado.»  (Antonio  Díaz,  obra  citada.) 

( 1 )    He  aquí  el  parte  oficial  de  la  acción  del  Yí : 

El  Presidente  <íe  la  República  en  campaña. 

Excmo.  señor  Ministro  de  Guerra  y  Marina. 
Es  la  una  de  la  tarde  y  el  ejército  á  mis  órdenes  acaba  de  obtener  una 


-  80  - 

Desde  este  instante  los  sublevados  se  entregaron  á  re- 
correr el  país  en  todo  sentido;  se  apoderaron  de  las  me- 
jores caballadas  de  las  estancias;  cobraron  contribucio- 
nes, privando  al  Gobierno  de  todos  estos  recursos ;  pusie- 
ron sitio  á  varios  pueblos  que  abandonaban  antes  de 
rendirlos,  tan  pronto  como  se  aproximaba  á  ellos  alguna 
fuerza  legal  más  poderosa;  ponían  en  fuga  las  partidas 
sueltas  que  en  el  desempeño  de  alguna  comisión  reco- 
rrían el  país,  y  se  entregaban  á  algunos  excesos,  como 
también  los  cometieron  las  tropas  regulares,  al  amparo 
del  ejemplo  funesto  de  sus  propios  jefes  (1).  Además,  el 
general  Rivera,  que  conocía  mejor  que  nadie  el  arte  de 
la  guerra  de  recursos,  hacía  prender  fuego  á  los  campos 
por  donde  pasaba,  con  objeto  de  extraviar  á  sus  perse- 
guidores y  no  dejarles  recursos  de  ninguna  naturaleza. 
Después  de  recorrer  grandes  trayectos,  de  burlar  varias 
veces  á  las  huestes  oribistas  que  en  diferentes  ocasiones 
creyeron  poder  concluir  con  los  rebeldes,  de  aparecer  y 
desaparecer  como  fantasma  impalpable  é  invisible,  á  prin- 
cipios del  siguiente  año,  acompañado  solamente  de  unos 
mil  hombres,  Rivera  llegó  á  las  puertas  de  Montevideo 
(día  27  Enero  á  las  10  de  la  mañana). 

completa  victoria  sobre  el  caudillo  anarquista  á  la  vista  del  Durazno;  mas 
teniendo  defendido  el  paso  con  su  infantería,  no  ha  sido  posible  perse- 
guirlo hoy  mismo  hasta  exterminarlo.  Este  triunfo  se  debe  exclusiva- 
mente á  la  bravura  de  los  señores  generales  don  Ignacio  Oribe  y  don  Ser- 
vando Gómez,  y  á  la  intrepidez  de  los  guardias  nacionales  que  militaban 
á  las  órdenes  de  esos  distinguidos  jefes. 

Oportunamente  daré  á  V.  E.  un  parte  circunstanciado. 

Manuel  Oribe. 

Campo  de  la  victoria  frente  al  Durazno,  Noviembre  21  de  1837. 

(1)  No  nos  detendremos  á  enumerar  todos  estos  excesos,  pues  el  ob- 
jeto de  este  libro,  no  es  descarnar  á  las  personalidades  mfis  salientes  de 
la  historia  de  la  República,  sino  tomar  los  hechos  en  conjunto,  sin  ver  en 
los  individuos  más  que  la  voluntad  de  un  pueblo,  la  característica  de  un 
partido  ó  la  tendencia  de  una  fracción,  sin  entrar  en  comparaciones, 
siempre  odiosas,  cuando  no  apasionadas. 


81 


Su  objeto  al  aproximarse  á  la  capital  fué  dirigir,  como 
dirigió,  una  nota  á  la  Comisión  Permanente,  formulando 
proposiciones  de  paz,  sobre  la  base  de  la  renuncia  del 
primer  magistrado,  que  sería  sustituido  por  el  presi- 
dente del  Senado  hasta  que,  convocado  el  país  á  elec- 
ciones, la  nueva  Asamblea  nombrase  el  reemplazante  del 
señor  Oribe;  ninguna  otra  condición  imponía  el  jefe  del 
movimiento  armado,  ni  nada  solicitaba  para  él  y  los  su- 
yos. La  nota  le  fué  devuelta  sin  abrir;  error  grave  de  la 
Comisión  Permanente  que,  al  proceder  así,  entendía  que 
no  era  político  ni  correcto  para  la  autoridad  legal  mente 
constituida,  entrar  en   transacciones  con  un  jefe  rebelde. 

En  presencia  de  este  desaire,  Rivera  se  retiró  de  Mon- 
tevideo para  continuar  sus  movimientos  estratégicos,  su 
concentración  de  gente  y  sus  marchas  y  contramarchas, 
que  tanto  molestaban  á  sus  enemigos,  los  cuales,  fatiga- 
dos, rendidos  y  desmoralizados,  sólo  aspiraban  ya  á  la 
realización  de  la  paz. 

Cuando  Rivera  llegó  al  Queguay,  seguido  de  cerca  por 
don  Ignacio  Oribe,  se  dirigió  á  éste  renovando  su  propo- 
sición de  poner  término  á  la  lucha  y  hacer  cesar  las  ca- 
lamidades que  pesaban  sobre  el  país,  sujetándose  á  un 
arreglo  equitativo;  pero  el  general  gubernista  procedió 
con  el  jefe  de  la  revolución  de  igual  modo  que  había 
procedido  la  Comisión  Permanente,  es  decir,  le  devolvió 
su  oficio  sin  leerlo.  En  vista  de  este  nuevo  rechazo,  los 
rebeldes  activaron  sus  preparativos,  á  la  vez  que  el  ejér- 
cito nacional  se  disponía  á  medir  nuevamente  sus  armas 
con  los  anarquistas,  como  á  la  sazón  se  les  denominaba 
á  los  partidarios  de  la  causa  del  general  Rivera. 

12.  Batalla  del  Palmar.  — Entretanto,  las  opera- 
ciones militares  ocupaban  la  atención  del  país,  que  no 
dejaba  de  comprender  que  sus  futuros  destinos  depen- 
dían del  resultado  de  la  acción  de  armas  que  se  prepa- 
raba. 

El  ejército  revolucionario  inició  una  serie  de  movimien- 

6.-2.» 


-  82  — 

tos,  que  más  se  asemejaban  á  una  huida  que  al  deseo 
de  pelear,  pues  se  dirigió  hacia  el  Norte,  tenazmente  per- 
seguido por  las  tropas  del  gobierno,  á  las  cuales  iba  de- 
jando Rivera  el  convoy,  la  caballada  y  hasta  las  nume- 
rosas familias  que  acompañaban  á  su  ejército.  Pero  al 
llegar  al  Palmar  Grande,  puntas  del  arroyo  de  Santa 
Ana,  en  el  departamento  de  Paysandú,  los  sublevados 
hicieron  alto,  preparándose  para  dar  una  de  las  batallas 
más  sangrientas  de  aquellos  tiempos,  en  que  la  intransi- 
gencia y  el  odio  constituían  el  rasgo  más  característico 
de  los  partidos  políticos. 

Iniciado  el  combate  en  las  primeras  horas  de  la  ma- 
ñana del  día  15  de  Junio  de  1338,  muy  pronto  la  lucha 
se  generalizó,  haciéndose  tenaz,  implacable  y  furiosa, 
hasta  que  después  de  varias  horas  de  encarnizada  pelea, 
la  victoria  favoreció  á  los  sublevados,  que  derrotaron  de 
un  modo  completo  á  las  divisiones  de  los  generales  Ig- 
nacio Oribe,  Servando  Gómez  y  Manuel  Britos,  y  los  co- 
roneles Agustín  Muñoz,  Cipriano  Miró,  Saura,  Latorre  y 
otros,  que  mandaban  los  diferentes  cuerpos  que  compo- 
nían este  ejército,  en  número  de  más  de  2000  soldados, 
de  los  cuales  hubo  700  bajas  entre  muertos  y  heridos, 
300  prisioneros  y  la  pérdida  de  toda  la  caballada,  par- 
que y  bagajes.  La  dispersión  fué  tan  grande,  que  sólo 
después  de  muchos  días  consiguieron  reunirse  á  Oribe 
los  jefes  de  las  diferentes  divisiones  de  que  se  componía 
su  ejército. 

El  de  Rivera  no  sufrió  menos,  pues  casi  toda  su  infan- 
tería fué  exterminada,  dejó  el  campo  sembrado  de  cadá- 
veres y  el  conjunto  de  su  ejército  deshecho  y  en  esque- 
leto, á  pesar  de  los  esfuerzos  sobrehumanos  que  para 
evitarlo  hicieron  Rivera,  Lavalle  y  Núñez,  héroes  de  esta 
tristísima  jornada  (1). 

(1)  Téngase  presente  que  entre  los  historiadores  que  han  descrito  esta 
memorable  batalla,  los  hay  que  le  atribuyen  la  gloria  del  triunfo  á  Lava- 
lie,  otros  al  coronel  don  Ángel  Núñez,  y  los  más  á  Rivera. 


-  33  - 

La  acción  se  prolongó  por  espacio  de  algunas  horas, 
y  cuando  ya  los  del  gobierno  creían  asegurada  la  victo- 
ria, una  orden  dada  por  Oribe  al  general  Britos  fué  mal 
interpretada  por  éste,  y  la  suerte  favoreció  á  las  armas 
revolucionarias.  «Los  ejércitos  de  Oribe  sufrieron  una  es- 
pantosa derrota,  y  el  general  Britos,  principal  autor  de 
aquel  desastre,  quedó  tan  profundamente  impresionado, 
que  murió  repentinamente  en  Paysandú.  Las  versiones 
que  corrieron  de  que  había  muerto  víctima  de  un  enve- 
nenamiento, movieron  al  Gobierno  á  ordenar  la  trasla- 
ción del  cadáver  á  la  capital,  donde  se  practicó  la  au- 
topsia (1).» 

Conviene  también  advertir  que  «el  general  don  Juan 
Antonio  Lavalleja  había  manifestado  á  don  Manuel 
Oribe  la  conveniencia  de  que  él  se  incorporara  con  su 
cuerpo  de  ejército  á  don  Ignacio  para  asegurar  la  victo- 
ria, y  don  Manuel  aprobó  el  plan  del  ilustre  patriota; 
pero  don  Ignacio,  creyéndolo  tal  vez  innecesario,  no  le 
prestó  la  atención  debida,  y  nada  se  hizo  por  una  incor- 
poración que  seguramente  hubiera  cambiado  el  resultado 
de  la  batalla  (2).» 

A  principios  de  Julio  don  Ignacio  Oribe  llegó  á  Mon- 
tevideo, después  de  haber  dejado  al  mando  de  Lavalleja 
los  restos  de  su  mutilado  ejército,  y  el  Gobierno  extre- 
maba sus  medidas  de  rigor,  sin  duda  con  objeto  de  ami- 
norar ante  la  opinión  pública  la  importancia  moral  del 
desastre. 

En  cuanto  á  Rivera,  la  victoria  del  Palmar  le  dio  el 
dominio  absoluto  de  la  campaña,  excepción  hecha  de 
Paysandú,  donde  permanecía  el  señor  Lavalleja. 

13.  Intervención  de  la  Asamblea. — La  impotencia 
del  primer  magistrado  de  la  República  para  sofocar  la 
revolución  lo  colocó  en  una  situación  tan  crítica,  que  no 


( 1 )  Vicente  Navia,  obra  citada. 

(2)  Guillermo  Melián  Lafinur:  Los  Partidos.  Buenos  Aires,  1893. 


-  84  — 

tuvo  otro  camino,  para  salir  del  atolladero  y  descargarse 
de  responsabilidades,  que  convocar  la  Asamblea  y  obte- 
ner de  ella  una  resolución  que  señalase  al  Gobierno  la 
línea  de  conducta  que  debería  seguir.  Constituida  ésta  en 
sesión  permanente,  después  de  un  debate  que  duró  seis 
horas,  llegó  al  siguiente  acuerdo: 

Montevideo,  9  de  Julio  de  1838. 

El  Senado  y  Cámara  de  Representantes  de  la  República 
Oriental  del  Uruguay,  reunidos  en  Asamblea  General, 
acuerdan: 

Artículo  1.°  El  Poder  Ejecutivo  abrirá  inmediatamente 
negociaciones  con  el  jefe  de  los  disidentes,  para  restable- 
cer la  paz  en  toda  la  República. 

Art.  2.°  Del  resultado  de  las  negociaciones  dará  cuenta 
á  la  Asamblea  General  para  su  resolución. 

Carlos  Anaya, 

Presidente. 

Miguel   A.  Berro, 

Secretario. 

«Esta  Asamblea  era  la  misma  que  impremeditadamente 
había  devuelto  la  nota  cerrada  al  general  Rivera,  en  una 
de  sus  entradas  en  el  Departamento  de  la  Capital.  Y  no 
sólo  retrocedía  con  debilidad  del  paso  dado  por  su  Co- 
misión Permanente,  sino  que,  por  aquella  resolución,  el 
general  Rivera  perdió  legalmente  su  calidad  de  rebelde, 
para  colocarse  de  un  modo  autorizado  en  la  categoría  de 
disidente;  es  decir,  en  la  de  ciudadano  con  iguales  de- 
rechos á  los  que  podían  tener  los  que  componían  la  misma 
Asamblea  y  demás  poderes  de  la  República,  con  los  que 
quedaba  autorizado  para  tratar  de  potencia  á  potencia  (1).» 

( 1 )    Antonio  Díaz,  obra  citada. 


-  85  - 

A  fin  de  dar  cumplimiento  al  precedente  acuerdo,  el 
Poder  Ejecutivo  nombró  una  Comisión  compuesta  de 
don  Joaquín  Suárez,  don  Carlos  G.  Villademoros  y  don 
Juan  María  Pérez  (que  por  haberse  enfermado  fué  re- 
emplazado por  don  Pedro  Pablo  Sierra),  quienes  se 
encaminaron  á  Paysandú,  cuya  ciudad  estaba  á  la  sazón 
sitiando  el  general  Rivera;  y  puestos  al  habla  con  éste 
empezó  la  negociación,  que  fué  tan  laboriosa  como  esté- 
ril, pues  no  se  llegó  á  ningún  arreglo,  volviendo  á  la 
capital  los  señores  prenombrados  en  los  últimos  días  de 
Agosto. 

«La  revolución  contra  el  gobierno  constitucional  del 
Estado  Oriental  estaba  triunfante  en  ese  momento  en  la 
persona  del  general  Rivera.  Para  asegurar  su  triunfo,  Ri- 
vera había  hecho  causa  común  con  el  agente  francés  en 
Montevideo,  Mr.  Baradt-re,  y  con  el  contraalmirante  que 
bloqueaba  á  la  sazón  el  litoral  argentino.  Esto  consta  de 
los  hechos  y  de  la  propia  declaración  de  Baradí-re,  quien 
reconvenido  varias  veces  por  las  hostilidades  de  las  fuer- 
zas francesas  en  el  puerto  de  Montevideo,  contestó  al 
Ministro  de  Relaciones  Exteriores  del  Estado  Oriental 
que  « una  desgraciada  necesidad  arrastraba  al  jefe  fran- 
cés á  tomar  las  medidas  de  que  se  recurría,  desde  que 
el  gobierno  oriental  era  naturalmente  aliado  del  argen- 
tino, y  los  ponía  á  ellos  (los  franceses),  por  lo  mismo,  en 
el  caso  de  serlo  también  de  Rivera  ( 1 ).» 

«La  alianza  entre  Rivera  y  los  agentes  franceses  asu- 
mió el  carácter  de  un  pacto,  con  arreglo  al  cual  se  ini- 
ciaron simultáneamente  las  hostilidades  contra  los  gobier- 
nos argentino  y  oriental.  Mientras  los  franceses  bloqueaban 


( 1 )  Véase  los  documentos  oficiales  al  fin  del  Manifiesto  del  Presidente 
Oribe  sobre  la  infamia,  alevosía  y  perfidia  con  que  el  contraalmirante  fran- 
cés Leblanc  y  agentes  de  la  Francia  en  Montevideo,  han  hostilizado  al  go- 
bierno de  la  República  Oriental  del  Uruguay. 


-  86  - 

á  Buenos  Aires  y  hostilizaban  por  mar  á  Oribe,  Rivera 
estrechaba  con  su  ejército  á  este  último  en  Montevideo. 
Cuando  el  Presidente  Oribe  quiso  armar  algunos  buques 
para  perseguir  á  los  de  Rivera,  el  contraalmirante  fran- 
cés declaró  que  si  esos  buques  salían  de  Montevideo  lo 
harían  á  riesgo  suyo,  y  que  él  bloquearía  esta  ciudad.  La 
posición  del  Presidente  Oribe  se  hizo  insostenible  en  Mon- 
tevideo ( 1 ). » 

«En  cuanto  á  la  alianza  de  Rivera  con  los  franceses, 
es  un  hecho  absolutamente  exacto,  y  ello  no  merece  las 
críticas  que  se  formulan  por  algunos  puritanos  históri- 
cos, por  cuanto  Francia  se  hallaba  en  guerra  con  Rosas, 
y  como  lo  veremos,  con  Oribe  mismo,  por  sus  afinidades 
con  Rosas.  Desde  que  la  acción  de  Francia  y  la  acción 
de  Rivera  se  dirigían  contra  los  mismos  enemigos,  nada 
más  natural  que  los  esfuerzos  se  mancomunaran  en  bene- 
ficio recíproco  (2).» 

« Se  supone  generalmente  que  la  influencia  de  los  fran- 
ceses hizo  caer  á  Oribe;  sin  embargo,  nosotros  podemos 
afirmar  que  él  no  fué  combatido  sino  por  los  orientales. 
Su  poder  fué  destruido  en  la  batalla  del  Palmar,  donde 
no  se  encontró  un  solo  extranjero  en  las  filas  de  sus 
enemigos,  mientras  que  él,  por  el  contrario,  cayó  apoyado 
sobre  los  extranjeros,  y  la  prueba  está  en  que,  después 
de  la  capitulación  de  la  ciudad  de  Paysandú,  se  encon- 
tró en  esta  ciudad  un  batallón  argentino  (3).» 

Este  batallón  estaba  mandado  por  el  teniente  coronel 
don  José  Miguel  Galán,  quien  se  retiró  con  él  al  Arroyo 
de  la  China  tan  pronto  como  Lavalleja  entregó  la  plaza 
á  los  delegados  del  general  Rivera. 

Como   consecuencia   del    auxilio    que   las   autoridades 


(1)  Adolfo  Saldías:  Rozas  y  su  época.  Bueoos  Aires,  1892. 

(2)  Julio  María  Sosa,  obra  citada. 

(3)  Alejandro  Dunias:  Montevideo  ó  una  Xucva  Troya,  Montevideo,  1893. 


-  87  - 

francesas  en  el  Plata  prestaban  al  general  Rivera,  éste 
pudo  organizar  una  escuadrilla  que,  con  el  poderoso  con- 
curso de  sus  aliados,  el  día  12  de  Octubre  se  apoderó  de 
la  isla  de  Martín  García,  injustamente  retenida  por  el 
gobierno  argentino  desde  hacía  algunos  años.  Después 
la  flotilla  remontó  el  río  Uruguay  amenazando  á  Pay- 
sandú,  que,  como  se  ha  dicho,  estaba  defendida  por  La- 
valleja. 

14.  Renuncia  del  presidente.  —  Estos  y  otros 
sucesos  llevaron  al  ánimo  de  don  Manuel  Oribe  el 
convencimiento  de  que  su  continuación  en  la  Presidencia 
seguiría  ocasionando  grandes  trastornos  al  país,  y,  ya 
fuese  con  objeto  de  evitarlos,  ya  comprendiese  lo  difícil 
que  le  sería  sostenerse  en  el  poder,  lo  cierto  es  que,  pre- 
vios los  requisitos  necesarios  en  casos  de  esta  naturaleza, 
nombró  en  comisión  á  los  señores  don  Ignacio  Oribe,  don 
Julián  Alvarez,  don  Francisco  J.  Muñoz,  don  Juan  F. 
Giró  y  don  Alejandro  Chucarro,  á  fin  de  que,  con  objeto 
de  estipular  las  condiciones  de  paz,  se  entendiesen  con 
los  delegados  del  general  Rivera,  los  cuales  fueron  don 
Santiago  Vázquez,  don  Enrique  Martínez,  don  Anacleto 
Medina,  don  Luis  Lamas  y  don  Joaquín  Suárez,  con- 
viniendo las  estipulaciones  siguientes: 

1.°  El  Excmo.  señor  General  en  Jefe  del  ejército  cons- 
titucional reconoce  y  respeta  las  garantías  que  la  Cons- 
titución y  las  leyes  otorgan  á  las  personas,  propiedades 
y  empleos. 

2.°  El  Excmo.  señor  Presidente  actual  de  la  República 
resignará  su  autoridad  inmediatamente,  y  con  la  posesión 
en  el  ejercicio  de  ella  del  que  debe  subrogarle,  la  paz 
queda  enteramente  restablecida. 

Para  firmeza  de  lo  cual,  nos,  los  comisionados  de  S.  E. 
el  Excmo.  señor  Presidente  de  la  República  y  los  comi- 
sionados ad  hoc  de  S.  E.  el  señor  General  en  Jefe,  firmamos 
la  presente  con  nuestros  puños  y  le  hicimos  poner  el  sello 


de  que  usamos,  en  las  márgenes  del  Miguelete,  á  los  21 
días  del  mes  de  Octubre  de  1838. 

Ignacio  Oribe.  —  Julián  Álvarez.  — 
Francisco  J.  Muñoz.  — Juan  F. 
Giró.  —  Alejandro  Ghucarro.  — 
Santiago  Vázquez.— Enrique  Mar- 
tínez. —  Anacleto  Medina.  —  Luis 
Lamas.  —  Joaquín  Suárez. 

Aceptadas  por  don  Manuel  Oribe  las  precedentes  ba- 
ses, pasó  á  cumplirlas  elevando  á  la  Asamblea  la  si- 
guiente renuncia: 

Montevideo,  23  de  Octubre  de  1838. 

Convencido  el  Presidente  de  la  República  de  que  su 
permanencia  en  el  mando  es  el  único  obstáculo  que  se 
presenta  para  volver  á  la  misma  la  quietud  y  tranquilidad 
de  que  tanto  necesita,  viene  ante  Vuestra  Honorabilidad 
á  resignar  la  autoridad  que,  como  órgano  de  la  nación, 
le  habéis  confiado.  No  es  en  este  instante  útil  ni  decoroso 
entrar  en  la  explicación  de  las  causas  que  obligan  á 
dar  este  paso;  y  debe  bastaros  saber,  como  lo  sabéis,  que 
así  lo  exigen  el  sosiego  del  país  y  la  consideración  de 
que  los  sacrificios  personales  son  un  holocausto  debido  á 
la  conveniencia  general.  Dignaos,  pues,  honorables  Se- 
nadores y  Representantes,  admitir  la  irrevocable  resigna- 
ción que  hago  en  este  momento  del  puesto  que  he  desem- 
peñado, y  concederme,  además,  como  á  los  ministros  que 
quieran  seguirme,  una  licencia  temporal  para  separarme 
por  algún  tiempo  del  país,  pues  así  lo  aconseja  nuestra 
posición. 

Honorable  Asamblea  General. 

Manuel  Oribe. 


-  89  — 

La  resolución  del  Poder  Legislativo  no  se  hizo  espe- 
rar, pues  al  día  siguiente  decretaba: 

El  Senado  y  Cámara  de  Representantes  de  la  República 
Oriental' del  Uruguay,  reunidos  en  Asamblea  General, 

decretan: 

Artículo  1.°  Admítese  la  resignación  que  hace  del  cargo 
de  Presidente  de  la  República  el  Brigadier  General  don 
Manuel  Oribe. 

Art.  2.°  El  Presidente  del  Senado  entrará  á  ejercer  las 
funciones  del  Poder  Ejecutivo  en  conformidad  del  artículo 
17  de  la  Constitución. 

Art.  3.°  Se  concede  al  señor  ex  Presidente  de  la  Repú- 
blica y  á  los  ciudadanos  que  han  sido  sus  Ministros, 
licencia  para  salir  del  territorio  por  el  tiempo  que  creye- 
ren necesario. 

Art.  4.°  Llegado  este  caso,  una  Comisión  de  la  Asam- 
blea General,  nombrada  por  su  Presidente,  pasará  á 
acompañar  al  Brigadier  General  don  Manuel  Oribe  hasta 
el  punto  de  donde  verifique  su  partida,  y  á  agradecerle 
al  mismo  tiempo,  á  nombre  de  la  misma,  los  distingui- 
dos servicios  que  ha  prestado  á  la  República. 

Art.  5.°  Comuniqúese,  etc. 

Lorenzo  J.  Pérez, 

Vicepresidente. 

Luis  Bernardo  Cavia, 

Secretario. 
Sala  de  sesiones,  en  Montevideo  á  24  de  Octubre  de  1833. 

Como  consecuencia  de  lo  establecido  en  los  documen- 
tos que  preceden,  el  señor  Oribe,  acompañado  del  Presi- 
dente del  Senado  don  Carlos  Anaya,  de  sus  Ministros 
los  señores  don  Antonio  Díaz  y  don  Carlos  G.  Villade- 


-  90  - 

moros  y  unas  ciento  cincuenta  personas  más  de  su  mayor 
intimidad,  y  pertenecientes  casi  todas  á  la  clase  militar, 
se  embarcó  para  Buenos  Aires  el  día  25  del  citado 
mes,  es  decir,  cuando  sólo  le  faltaban  cuatro  meses  y 
seis  días  para  terminar  el  plazo  legal  de  su  Presidencia, 
reemplazándolo  en  ella  don  Gabriel  Antonio  Pereira,  que 
sustituyó  al  señor  Anaya  en  la  vicepresidencia  de  la 
República. 

15.  Entrada  triunfal  de  Rivera  en  Montevi- 
deo. —  El  1.°  de  Noviembre  de  1S38  hizo  Rivera  su  en- 
trada triunfal  en  Montevideo,  se  posesionó  del  mando 
supremo  del  Estado  y  lo  desempeñó  discrecionalmente 
bajo  el  título  de  General  en  Jefe  del  Ejército  Cons- 
titucional, y  el  mismo  día  dio  á  la  publicidad  una  decla- 
ración de  principios  cuyo  articulado  era  el  siguiente: 

1.°  Que  me  bago  garante  de  las  instituciones  constitu- 
cionales de  la  República,  tales  como  se  encuentran  esta- 
blecidas en  nuestro  Código  político. 

2.°  Que  para  bacer  efectiva  esta  solemne  garantía,  sus- 
pendo momentáneamente  el  ejercicio  de  los  altos  poderes 
constitucionales. 

3.°  Que  esta  suspensión  durará  tan  sólo  los  días  es- 
trictamente necesarios  para  restablecer  el  orden,  acallar 
las  pasiones  y  preparar  el  libre  ejercicio  de  aquellos  altos 
poderes. 

4.°  Que  como  representante  de  la  pública  voluntad  y 
como  jefe  de  la  fuerza  que  se  me  confió  para  sostenerla, 
adoptaré  por  mí  mismo  las  medidas  que  juzgue  conve- 
nientes mientras  dure  la  suspensión  indicada;  pero  limi- 
tándome á  aquellas  que  fuesen  necesarias  á  llenar  los 
objetos  del  artículo  precedente. 

5.°  Que  adoptaré  por  divisa  la  más  completa  publici- 
dad, y  por  juez  único,  la  conciencia  pública. 

16.  Protesta  de  don  Manuel  Oribe.  —  Como  se  ba 
visto,  «la  Asamblea  aceptaba,  no  sólo  la  resignación  que 
hacía  el  general  Oribe,  sino  que  le  concedía  el  pase  que 


-  91  - 

solicitaba.  En  consecuencia,  el  señor  Oribe  había  abdi- 
cado voluntariamente  todos  los  derechos  que  pudiera  ale- 
gar como  primer  magistrado  de  la  República,  á  su  con- 
tinuación en  el  mando;  y  decimos  voluntariamente,  por- 
que nadie  le  obligó  á  tal  declaración,  importando  este 
acto  puramente  espontáneo,  una  solemne  renuncia,  que 
no  hubiera  tenido  tal  carácter,  si  sólo  se  hubiese  ausen- 
tado del  país  protestando  solemnemente  centra  la  vio- 
lenta agresión  que  sufrían  sus  derechos,  derrocándole  de 
la  silla  presidencial. 

«Para  el  más  escrupuloso  examen  político  y  para  la 
misma  conciencia  del  país  entero,  parece  que  este  hecho, 
consumado  bajo  las  formas  más  severas  del  derecho 
constitucional,  era  y  debía  tomarse  como  asunto  comple- 
tamente concluido. 

«No  fué  así,  sin  embargo,  y  muy  lejos  de  eso,  el  pri- 
mer cuidado  del  señor  Oribe,  apenas  llegó  á  Buenos  Aires, 
fué  sorprender  la  opinión  pública  lanzando  á  la  prensa 
un  manifiesto,  precedido  de  una  protesta,  esta  última  fe- 
chada en  Montevideo  el  24  de  Octubre;  documento  tan 
imposible  como  contraproducente,  y  que  no  estableciendo 
ningún  derecho,  ni  destruyendo  ninguno  de  los  actos  con- 
sumados, sirvió,  no  obstante,  de  bandera  para  una  larga, 
sangrienta  y  desastrosa  guerra  (1).» 

PROTESTA 

El  Presidente  Constitucional  de  la  República,  al  des- 
cender del  puesto  á  que  lo  elevó  el  voto  de  sus  conciu- 
dadanos, declara  ante  los  representantes  del  pueblo  y 
para  conocimiento  de  todas  las  naciones,  que  en  este  acto 
sólo  cede  á  la  violencia  de  una  facción  armada,  cuyos 
esfuerzos  hubieran  sido  impotentes  si  no  hubiera  encon- 
trado su  principal  apoyo  y  la  más    decidida  cooperación 

(1)  Antonio  Díaz,  obra   citada. 


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en  la  marina  militar  francesa,  que  no  ha  desdeñado  en 
aliarse  á  la  anarquía  para  destruir  el  orden  legal  de  esta 
República  que  ninguna  ofensa  ha  inferido  á  Francia; 
y  mientras  prepara  un  manifiesto  que  ponga  en  claro  los 
sucesos  que  han  producido  este  desenlace,  protesta  desde 
ahora,  del  modo  que  puede  hacerlo,  ante  la  Representa- 
ción Nacional,  contra  la  violencia  de  su  renuncia,  y  hace 
responsables  á  los  señores  representantes  del  uso  que 
hagan  de  su  autoridad  para  sancionar  ó  favorecer  las 
miras  de  la  usurpación. 

Protesta  también  en  la  misma  forma,  ante  el  gobierno 
francés,  contra  la  conducta  del  almirante  de  la  fuerza  na- 
val francesa  de  esta  estación,  y  la  de  los  agentes  consu- 
lares de  Francia  actualmente  en  Montevideo,  los  cuales 
han  abusado  indigna  y  vergonzosamente  de  su  fuerza  y 
de  su  posición  para  hostilizar  y  derrocar  el  gobierno  le- 
gal de  un  pueblo  amigo  é  independiente. 

Manuel  Oribe. 

Montevideo,  Octubre  24  de  1833. 

Apreciando  este  documento,  dice  el  señor  Sosa:  «¡La 
violencia !  —  ¡  Adiós  humanidad,  adiós  fe  pública,  adiós 
reposo  de  los  pueblos,  si  esta  doctrina  llegara  á  ser  el  de- 
recho común  de  las  naciones !  —  ¿  Qué  otra  cosa  que 
violencia,  fuerza,  coacción,  es  esencialmente  todo  cuanto 
se  hace  en  la  guerra?  —  El  que  la  emprende,  lo  hace, 
no  sólo  invocando,  sino  además  sometiéndose  á  la  sobe- 
rana ley  de  la  victoria.  —  Ya  sabemos  que  Oribe  resignó 
el  bastón  forzado  y  violentado;  pero  el  vencido  en  la 
guerra,  el  general  juramentado,  el  jefe  que  capitula,  el 
comandante  que  entrega  una  plaza,  ¿  proceden  acaso  de 
otro  modo?  ¿dejan  por  eso  de  estar  á  la  observancia 
de  lo  que  pactaron?» 

17.  —  Situación  económica  de  la  República  al  fi- 
nalizar el  gobierno  de  Oribe.—  «Se  ha  visto  que   el 


-  93  - 

Uruguay  seguía  en  camino  de  prosperidad  creciente  á  la 
elevación  de  Oribe  á  la  Presidencia.  Durante  ella  pasó 
por  las  convulsiones  políticas  que  se  han  enunciado,  y  de 
cuyos  efectos  ruinosos  no  podía  escapar.  A  pesar  de  ellas 
«ontinuó  afluyendo  la  inmigración,  representando  una 
cifra  de  11.554  inmigrantes  en  los  cuatro  años.  La  en- 
trada de  buques  de  ultramar  fué,  por  término  medio,  de 
400  anuales.  Las  entradas  generales  del  tesoro  ascendie- 
ron á  1.100,000  pesos,  término  medio,  por  año,  y  los 
gastos  extraordinarios  de  guerra  representaron  la  suma 
de  1.493,116  pesos  (1).» 

La  riqueza  pecuaria  del  país  ascendía  en  1836  á  un  mi- 
llón seiscientas  mil  cabezas  de  ganado,  que  representa- 
ban entonces  5.600,000  pesos,  y  el  valor  de  las  tierras  de 
pastoreo  5.610,000  pesos.  La  legua  de  campo  costaba  1,000 
pesos.  Las  rentas  alcanzaban  á  923,000  pesos,  y  el  presu- 
puesto subía  (con  exclusión  de  lo  que  se  pagaba  en  con- 
cepto de  intereses  y  amortización  de  deudas)  á  830,000, 
de  los  que  el  ramo  de  guerra  absorbía  442,103  y  sólo  se 
aplicaban  á  instrucción  pública  36,197.  La  reforma  mili- 
tar aumentó  la  deuda  del  Estado  en  1.333,679  pesos,  sin 
contar  con  que  las  guerras  civiles  agigantaron  de  año  en 
año  las  penurias  del  erario. 

«Concluyamos:  dos  revoluciones  en  campaña  seguidas 
de  la  proclamación  de  una  dictadura  militar,  un  desequi- 
librio inmenso  de  la  hacienda  pública  que  no  alcanzan  á 
suprimir  ni  los  títulos  de  deuda  que  se  emiten  ni  las  pro- 
piedades fiscales  que  se  venden:  tales  son  los  obligados 
factores  que  agitan  al  país  durante  la  administración  de 
Oribe,  y  que  desde  el  punto  de  vista  financiero  se  tradu- 
cen en  el  rápido  crecimiento  de  las  obligaciones  ya  into- 
lerables en  la  nación  (2).» 


(1)  Isidoro  De -María:  Elementos  de  historia.  Montevideo,  1891. 

(2)  Eduardo  Acevedo:  Coiitribución  al   estudio  de  la  historia   económica 
y  financiera  de  la  República  Oriental  del  Uruguay.  Montevideo,  1903. 


-  100  - 

disposiciones  encaminadas  á  obtener  recursos  para  aten- 
der á  los  gastos  que  había  causado  la  guerra  y  los  que 
causarían  los  acontecimientos  que  fatalmente  tenían  que 
producirse,  en  vista  de  la  actitud  del  déspota  argentino, 
quien  no  sólo  reconocía  en  don  Manuel  Oribe  el  Presi- 
dente legal  de  la  República  del  Uruguay,  sino  que  en  un 
documento  público  declaraba  que  los  medios  de  que  se 
habían  valido  sus  enemigos  para  arrebatarle  el  poder, 
«alarmando  muy  fundamentalmente  el  celo  de  este  go- 
bierno (el  de  la  Confederación),  lo  constituía  en  la  ne- 
cesidad é  inexcusable  deber  de  poner  á  salvo  la  seguri- 
dad del  territorio  argentino  contra  los  insidiosos  y  san- 
grientos planes  de  los  agentes  franceses,  que  se  habían 
propuesto  introducir,  por  medio  de  los  rebeldes  y  desna- 
turalizados unitarios,  la  rebelión  y  la  anarquía  en  los 
pueblos  de  esta  República,  para  derrocar,  como  en  el 
Estado  Oriental,  la  autoridad  suprema,  y  establecer  otra 
que  se  prestase  á  sus  humillantes  é  ignominiosas  preten- 
siones (1).» 

2.  Alianza  de  la  República  Oriental  con  la  Pro- 
vincia de  Corrientes.  —  La  precedente  declaración  no 
dejó  de  alarmar  á  Rivera,  por  más  que  sabía  demasiado 
que,  de  hecho,  la  Confederación  Argentina  estaba  en 
guerra  con  el  Uruguay  desde  hacía  tiempo,  como  queda 
evidenciado  en  el  capítulo  anterior;  de  modo  que  se  apre- 
suró á  celebrar  un  tratado  de  alianza  ofensiva  y  defen- 
siva con  Corrientes  (31  de  Diciembre  de  1838),  cuya 
Provincia  aspiraba  á  contener  las  miras  ambiciosas  y 
despóticas  de  un  gobernante  como  Rosas,  que,  no  sólo  se 
había  arrogado  una  jurisdicción  suprema  en  todas  las 
Provincias  de  la  Confederación,  sino  que  intentaba  tam- 
bién ejercerla  en  Estados  soberanos  como  la  República 
Oriental. 


( 1 )  Nota  fecha  12  de  Noviembre  de    1838,    del  gobernador    de    Buenos 
Aires,  don  Juan  Manuel  de  Rosas,  al  brigadier  general  don  Manuel  Oribe. 


-  101  - 

3.  Elección  del  general  Rivera.  —  Cumpliendo 
con  la  Constitución,  el  día  1.°  de  Marzo  del  año  siguiente 
(1839)  la  Asamblea  elevó  por  segunda  vez  á  la  Presi- 
dencia de  la  República  al  general  don  Fructuoso  Rivera. 

No  inspirándole  confianza  muchos  de  los  funcionarios 
públicos,  tanto  civiles  como  militares,  por  sus  afinidades 
con  Oribe  y  Rosas,  procedió  á  su  separación;  medida  ló- 
gica y  de  necesaria  prudencia  en  todo  gobierno  que,  en 
igualdad  de  circunstancias,  desee  evitarse  dificultades  en 
lo  interior  y  complicaciones  en  lo  exterior.  No  fué,  pues, 
esta  disposición  una  represalia,  sino  un  acto  derivado  del 
instinto  de  la  propia  conservación  del  gobierno.  «Si  no 
hubiese  procedido  así  —  dice  don  Antonio  Díaz  —  estaba 
irremisiblemente  perdido.  Tenía  que  luchar  con  un  pode- 
roso partido,  que  aunque  acababa  de  caer,  era  vigoroso, 
resistente  y  rico  en  elementos.  A  esto  debe  agregarse  la 
actitud  que  había  tomado  el  general  Oribe  en  Buenos 
Aires,  quien,  después  de  su  manifiesto  y  protesta,  no  pensó 
ya  en  otra  cosa  sino  en  combinar  los  medios  de  lanzarse 
á  la  invasión  de  un  Estado  cuyo  gobierno  había  perdido 
violentamente,  es  cierto,  pero  á  cuyos  derechos  en  ese 
período  había  hecho  la  más  formal  abdicación. » 

Dilucidando  este  mismo  punto,  otro  escritor  (1)  se  ex- 
presa así: 

«Mientras  el  gobierno  provisorio  del  general  Rivera 
trataba  de  encarrilar  el  país  por  la  vía  de  las  institucio- 
nes, don  Manuel  Oribe,  á  quien  hemos  visto  alejarse  del 
país  después  de  haber  renunciado  la  Presidencia  de  la 
República  y  haber  sido  aceptada  esta  renuncia  por  la 
Asamblea  General,  lanzaba,  desde  Buenos  Aires,  una 
protesta  contra  sus  mismos  actos,  diciéndose  víctima  de 
la  coacción,  y  anulando,  en  consecuencia,  ante  sí,  la  re- 
nuncia hecha,  y  titulándose  el  verdadero  Presidente. 

«Esta  singular  actitud  del   general    Oribe   se   debía   á 

( 1 )  Julián  O.  Miranda ;  Compendio  de  Historia  Nacional,  Monterideo,  1898. 


-  102  — 

la  maléfica  influencia  de  Rosa3,  á  quien  se  ofrecía  la 
propicia  ocasión  de  mezclarse  en  nuestros  asuntos  inter- 
nos, una  vez  más,  valiéndose  al  efecto  del  ascendiente 
que  su  posición  le  daba  sobre  el  ex  Presidente. 

« Rosas,  interviniendo  en  nuestras  cuestiones,  hizo  causa 
común  con  Oribe,  y  lo  reconoció  en  el  cargo  ( en  que  ha- 
bía cesado.  Sin  embargo,  no  convenía  á  los  planes  del 
dictador  argentino  utilizar  en  la  República,  por  el  mo- 
mento, al  general  Oribe.  El  Presidente  legal,  como  se  ti- 
tulaba éste,  aceptó  el  mando  de  uno  de  los  ejércitos  des- 
tinados á  combatir  á  los  enemigos  del  tirano  en  su  pro- 
pio país;  sus  campañas  en  las  provincias  argentinas  no 
son  objeto  de  este  estudio,  porque  ellas  corresponden  á 
la  historia  del  vecino  país ;  pero  la  verdad  histórica  nos 
obliga  á  decir  que  la  brillante  personalidad  que  tanto  se 
distinguió  en  las  memorables  campañas  por  la  indepen- 
dencia Oriental,  se  obscureció  completamente  al  empu- 
ñar las  armas  en  defensa  de  Rosas.» 

Oribe,  entretanto,  se  hacía  llamar,  y  se  llamaba  él 
mismo,  Presidente  legítimo  de  la  República  del  Uruguay; 
pero  aun  admitiendo  que  tuviese  derecho  á  ello,  este  de- 
recho, con  arreglo  á  los  preceptos  constitucionales,  ca- 
ducó desde  el  momento  en  que  se  puso  á  las  órdenes  de 
Rosas  como  general  de  la  Confederación  y  aceptó  mando 
de  fuerzas.  Más  todavía:  perdió  hasta  su  propia  ciudada- 
nía oriental  (1). 

De  lo  expuesto  se  infiere  que  Oribe  carecía  de  razón 
y  de  derecho  para  invadir  el  suelo  de  la  patria  á  fin  de 
reivindicar  la  Presidencia  perdida,  y  si  lo  hjzo,  es  decir, 
si  vino  á  ella  en  son  de  guerra,  fué  como  aliado  de  Ro- 
sas, y,  en  tal  concepto,  la  historia  lo  juzga  con  toda  se- 
veridad. 

(1)  La  ciudadanía  se  pierde,  entre  otras  causas,  por  admitir  empleos, 
distiuciones  ó  títulos  de  otro  gobierno,  sin  especial  permiso  de  la  Asam- 
blea;  pudiendo  solicitarse  y  obtenerse  rehabilitación.  (Art.  12,  inciso  4.°, 
de  la  Constitución  de  la  Kep.  O.  del  Uruguay. ) 


-  103  - 

4.  Declaración  de  guerra  á  Rosas.  — « El  año  39, 
y  los  dos  subsiguientes,  fueron  los  más  terribles  de  la 
tiranía  de  Rosas.  Aliado  con  todos  los  caudillejos  del  in- 
terior, cometía  actos  bárbaros  y  crueldades  horribles  con 
el  pueblo  de  Buenos  Aires.  La  más -horca,  una  sociedad 
titulada  Restauradora,  protegida  por  Rosas,  recorría  las 
calles  de  Buenos  Aires  dando  vivas  al  ilustre  restaura- 
dor de  las  leyes,  como  se  le  llamaba  á  Rosas  entonces. 

«Es  ésta  también  la  época  en  que  afluye  más  cantidad 
de  personas  de  Buenos  Aires  á  Montevideo,  víctimas  de 
las  persecuciones  de  que  eran  objeto  en  aquella  ciudad. 

«Montevideo  sirvió  de  refugio  á  muchos  de  los  hom- 
bres más  ilustrados  de  Buenos  Aires,  en  aquel  tiempo, 
y,  amparados  por  el  gobierno  del  general  Rivera,  se  iden- 
tificaron, por  decirlo  así,  con  los  orientales,  figurando  en 
los  empleos  civiles  y  militares  más  elevados. 

«A  la  vez  que  el  gobierno  de  Rivera  se  veía  rodeado 
de  los  elementos  más  distinguidos  del  partido  unitario, 
era  también  Montevideo  la  residencia  de  los  más  impor- 
tantes marinos  franceses  que  dirigían  la  guerra  contra 
Rosas  (1).» 

Como  era  natural  que  sucediese,  tanto  los  argenti- 
nos emigrados  como  los  marinos  franceses  trabajaron  el 
ánimo  del  Presidente  á  fin  de  conseguir  que  éste  decla- 
rase la  guerra  á  Rosas,  sobre  todo  después  de  la  alianza 
firmada  con  la  Provincia  de  Corrientes,  que  ya  se  había 
rebelado  contra  el  tirano  argentino;  y  Rivera,  que  veía 
un  peligro  para  la  independencia  de  la  República  en  la 
permanencia  del  déspota  en  el  poder,  no  titubeó  en  enar- 
bolar el  pabellón  que  simbolizaba  la  defensa  de  las  li- 
bertades públicas  del  Río  de  la  Plata,  haciendo  las  si- 
guientes manifestaciones  al  declarar  la  guerra  al  país 
vecino: 


(3)  Pablo  Blanco  Acevedo:  Historia  de   la  República    O.   del   Uruguay. 
Monteyideo,  1900. 


-  104  - 

«La  República  se  honra  en  declarar  que  ella  no  lleva, 
sino  que  contesta  la  guerra;  su  rol  es,  pues,  enteramente 
defensivo,  aún  en  el  caso  probable  de  tener  que  invadir. 

«Partidaria  sincera  de  la  paz,  es  por  la  paz  que  se  dis- 
pone á  pelear.  Habituada  al  respeto  por  las  nacionali- 
dades extrañas,  quiere  ver  también  respetada  la  suya. 

«Invocando  los  testimonios  más  sagrados,  el  pueblo 
Oriental  protesta  que  él  no  pelea  contra  el  benemérito 
pueblo  argentino,  su  glorioso  hermano,  su  antiguo  com- 
pañero de  armas,  su  natural  aliado,  cuya  nacionalidad 
es  inviolable  y  santa  ante  sus  ojos.  En  su  convicción  no 
cabrá  jamás  que  el  pueblo  que  le  ayudó  á  conquistar  la 
independencia  de  que  goza,  pueda  abrigar  el  designio  de 
arrebatarle  un  bien  que  espontáneamente  contribuyó  á 
granjearle. 

«Es,  por  consecuencia,  al  tirano  del  pueblo  inmortal 
de  Sud- América,  y  que  hoy  intenta  serlo  de  nuestra  pa- 
tria, á  quien  buscan  y  contra  quien  se  dirigen  nuestras 
armas. 

«Y  he  aquí  toda  la  razón  de  la  guerra  por  nuestra 
parte. ...  La  independencia  de  la  República  Oriental  ha 
sido  amenazada  por  el  usurpador  argentino;  y  es  para 
conseguir  una  garantía  que  afiance  su  inviolabilidad,  que 
marcha  á  mano  armada  sobre  el  poder  usurpador.  El 
pueblo  Oriental  antes  permitirá  desaparecer  del  cuadro 
de  las  naciones,  que  inclinar  su  cabeza  delante  de  la  ti- 
ranía á  que  quiere  someterlo  el  Gobernador  de  Buenos 
Aires.» 

Pocos  días  después,  el  Gobierno  promulgaba  el  siguiente 

BANDO 

Montevideo,  Marzo  10  de  1839. 

Habiendo  S.  E.  el  general  en  jefe  del  ejército  consti- 
tucional, en  uso  de  las  altas  facultades  que  inviste,  aceptado 
el  día   21  la  guerra  que  le  declaró  de  hecho  á  la  Repú- 


-  105  — 

blica  el  Gobernador  actual  de  Buenos  Aires  don  Juan 
Manuel  de  Rosas,  declarándola  á  la  vez  contra  el  Go- 
bierno de  ésta  y  sus  sostenedores,  por  los  graves  moti- 
vos, con  el  objeto  y  término  señalados  en  el  manifiesto 
respectivo,  el  Poder  Ejecutivo  declara: 

1.°  La  República  Oriental  del  Uruguay  está  en  estado 
de  perfecta  guerra  con  el  Gobierno  actual  de  la  Provin- 
cia de  Buenos  Aires  y  con  todos  los  que  lo  sostengan. 

2.°  No  siendo  la  guerra  contra  la  República  Argentina, 
su  bandera,  sus  pueblos  y  ciudadanos,  que  se  hayan  sus- 
traído ó  se  sustrajesen  en  adelante  al  poder  del  tirano, 
serán  considerados,  tratados  y  admitidos  como  hermanos, 
amigos  y  aliados,  contra  el  enemigo  común. 

3.°  Por  los  Ministerios  respectivos  se  tomarán  todas  las 
medidas  necesarias  para  que  quede  cerrada  toda  comuni- 
cación entre  este  E?tado  y  el  territorio  ó  territorios  en 
que  se  obedezca  al  Gobernador  actual  de  Buenos  Aires, 
en  la  forma  y  bajo  las  penas  que  designa  el  Derecho  pú- 
blico. 

4.°  Comuniqúese  á  quienes  corresponda,  publíquese  por 
bando  é  insértese  en  el  Registro  Nacional. 

Pereira. 

José  Ellauri. 

José  Eondeau. 

Francisco  J.  Muñoz. 

Conviene  advertir  que  en  Febrero  el  Presidente,  gene- 
ral Rivera,  había  delegado  el  poder  en  el  Vicepresidente 
de  la  República  don  Gabriel  Antonip  Pereira,  instalán- 
dose en  el  Durazno  con  objeto  de  organizar  el  ejército, 
contando  solamente,  cuando  declaró  la  guerra  á  Rosas, 
con  270  hombres  de  infantería  y  1700  soldados  de  ca- 
ballería, aunque  después  se  le  incorporó  el  general  Me- 
dina con  700  hombres.  Con  tan  pobres  recursos  Rivera 
9e   puso   en   marcha  hasta  el  litoral  del  Uruguay,  donde 


-  103  - 

doctor  Manuel  Vicente  Maza,  Presidente  de  la  Cámara 
de  Representantes,  en  cuya  sala  fué  asesinado  en  Junio 
de  1838,  y  luego,  sin  forma  de  proceso  legal,  fusilado  su 
hijo  el  coronel  Ramón  Maza,  presunto  jefe  militar  de  la 
conspiración. 

«En  el  Sur  ahogóse  en  sangre  el  movimiento  inten- 
tado, en  Julio  del  mismo  año,  por  el  teniente  coronel 
Juan  Zelarrayán,  muerto  en  Bahía  Blanca. 

«Domingo  Cullén,  gobernador  de  Santa  Fe  al  falleci- 
miento de  Estanislao  López,  es,  en  Octubre  del  38,  ven- 
cido en  Cayastá,  y  habiendo  caído  en  manos  de  Rosas, 
en  Julio  del  siguiente  año,  -fué  inmediatamente  pasado 
por  las  armas. 

«El  general  Andrés  Santa  Cruz,  director  supremo  del 
Perú  y  de  Bolivia,  en  guerra  con  Rosas,  es  completa- 
mente derrotado  por  el  general  Manuel  Bulnes  en  la 
batalla  del  Yungay,  librada  el  20  de  Enero  de   1839. 

«Jenaro  Berón  de  Astrada,  gobernador  de  Corrientes, 
que  se  había  pronunciado  con  un  ejército  de  5000  hom- 
bres, fué,  en  Marzo  del  39,  derrotado  y  muerto  en  Pago 
Largo  por  el  general  Urquiza,  al  mando  de  la  vanguar- 
dia del  general  Echagüe.  En  esta  batalla  el  general  ven- 
cedor hizo  dar  muerte  á  más  de  800  prisioneros  (1). 

«Fué  igualmente  ahogado  en  sangre  un  nuevo  movi- 
miento al  Sur  de  Buenos  Aires,  muriendo  entre  otros  el 
patriota  Pedro  Castelli,  cuya  cabeza,  fija  en  un  palo,  fué 
expuesta  durante  ocho  días  en  la  plaza  principal  de  Do- 
lores. 

«El  dictador,  mimado  y  encumbrado  por  la  suerte  ciega, 


( 1 )  La  matanza  de  unitarios  fué  tan  horrorosa  y  sin  ejemplo  en  ia 
historia  de  la  América  republicana,  que  arrancó  á  Sarmiento  estas  fatídicas 
palabras,  consignadas  en  su  célebre  Facundo:  «Hoy  no  hay  lechero,  sir- 
viente, panadero,  peón,  gañán,  ni  cuidador  de  ganado,  que  no  sea  ale- 
mán, inglés,  vasco,  italiano,  español,  porque  es  tal  el  consumo  de  hombres 
que  ha  hecho  en  diez  años ;  tanta  carne  humana  necesita  el  americanismo, 
que    al   cabo   la  población  americana  se  agota  y  va  toda  á  en  regí  mentarse 


-  109  - 

en  aquel  momento  histórico  más  que  nunca,  esperaba  á 
la  sazón  ver  cesar  el  bloqueo  que  mantenía  la  escuadra 
francesa,  dada  la  oficiosa  intervención  de  los  Estados 
Unidos  y  de  la  Gran  Bretaña.  Había  hecho  de  Chile  su 
decidido  aliado.  Por  la  batalla  del  Yungay  veía  inutili- 
zados al  Perú  y  á  Bolivia.  Vinculaba  al  Ecuador  con 
los  lazos  de  intereses  comunes,  y  mantenía  estrechas  re- 
laciones con  el  gobierno  del  Brasil.  En  el  interior,  lo  he- 
mos visto,  toda  resistencia  había  sido  ahogada  en  ríos 
de  sangre. 

«Tal  era  la  angustiosa  situación  de  los  patriotas  argen- 
tinos, cuando  todo  lo  esperaban  de  Rivera;  y  cuando  Ro- 
sas, por  lo  mismo,  determinó  abatir  esa  influencia  para 
acabar  sus  recelos  y  someter  la  República  Oriental  para 
colmar  su  ambición. 

«A  ese  efecto  dispuso  que  el  general  don  Pascual 
Echagiie,  gobernador  de  Entre  Ríos,  invadiese  nuestro 
territorio  con  un  ejército  numeroso. 

«En  Cagancha,  pues,  donde  se  decidía  esa  campaña,  se 
jugaban  los  destinos  de  nuestra  patria  y  la  causa  de  la 
libertad  en  Sud- América. 

« De  ahí  la  inmensa  importancia  política  que  debe  atri- 
buirse á  esa  batalla,  para  cuya  inteligencia  era  indispen- 
sable la  recapitulación  que  precede  (1).» 

7.  Invasión  de  Echague.  — El  tratado  de  alianza  cele- 
brado  entre  la   Provincia  de   Corrientes  y  la  República 

en  los  cuadros  que  la  metralla  ralea  desde  que  el  sol  sale  hasta  que  ano- 
chece. » 

Algo  parecido  puede  decirse  del  Uruguay,  en  donde  las  sangrientas  y 
continuadas  guerras  civiles,  no  sólo  han  detenido  su  progreso,  sino  que, 
desde  su  iudependencia  hasta  la  fecha,  han  llenado  de  cadáveres  el  terri- 
torio, enlutando  á  las  familias  y  disminuyendo  relativamente  la  población 
nacional.  Hace  más  de  setenta  años  que  los  partidos  políticos  de  la  Re- 
pública, con  cortos  intervalos,  están  luchando  por  medio  de  las  armas 
con  objeto  de  conquistar  sucesivamente  el  poder. 

( 1 )  A .  Dufort  y  Álvarez :  Invasión  de  Echagiie :  Batalla  de  Cagancha, 
29  de  Diciembre  de  1839.  Montevideo,  1894. 


-  110  - 

Oriental;  Ja  protección  decidida  que  dispensaba  á  ésta  la 
escuadra  francesa  del  Río  de  la  Plata;  la  actitud  hostil 
de  los  argentinos  emigrados  en  Montevideo,  y  la  decla- 
ración de  guerra  de  Rivera  á  Rosas,  dieron  sobrado 
pie  al  tirano  de  Buenos  Aires  para  tomar  la  ofensiva  y 
lanzar  sobre  este  país  un  ejército  de  más  de  7000  hom- 
bres, que,  vadeando  el  río  Uruguay  en  el  mes  de  Junio 
de  1839,  se  situó  en  las  inmediaciones  del  Salto.  Este 
ejército  venía  mandado  por  el  general  don  Pascual  Echa- 
güe,  teniendo  bajo  sus  órdenes  á  los  generales  don  Juan 
Antonio  Lavalleja,  don  Servando  Gómez,  don  Eugenio 
Garzón  y  don  Justo  José  de  Urquiza,  jefe  de  la  van- 
guardia, como  también  los  jefes  y  oficiales  que  habían 
emigrado  con  Oribe  cuando  éste  se  ausentó  de  Montevi- 
deo después  de  haber  renunciado  la  Presidencia  de  la 
República. 

Apenas  pisó  el  territorio  uruguayo,  Echagüe  envió  nu- 
merosas comisiones  á  diferentes  departamentos,  con  objeto 
de  aumentar  su  ejército  con  los  elementos  desafectos  á 
la  política  de  Rivera,  y  cuando  creyó  que  podría  conse- 
guir una  victoria  fácil,  emprendió  marcha  hacia  el  Que- 
guay,  cuyo  río  vadeó  por  el  amplio  paso  de  Andrés 
Pérez. 

Tan  pronto  como  en  Montevideo  se  tuvo  conocimiento 
de  la  invasión  de  Echagüe,  Rivera  se  ausentó  para  la 
campaña,  la  que  recorrió  durante  quince  días,  convocando 
á  sus  parciales  para  la  guerra,  exaltando  el  ánimo  de 
todos  y  reuniendo  toda  la  gente  que  pudo,  la  que  distri- 
buyó convenientemente  á  fin  de  dificultar  la  marcha  del 
enemigo,  á  la  vez  que  él  con  alguna  escasa  fuerza  se 
dirigía  directamente  hacia  la  región  invadida  por  las  hues- 
tes del  tirano  argentino. 

No  fueron  éstas  las  únicas  disposiciones  que  adoptó 
Rivera,  sino  que  auxilió  al  general  Lavalle,  á  fin  de  que, 
trasladándose  á  Corrientes,  como  lo  hizo,  obligase  á  Ro- 
sas á  distraer  fuerzas  que,  sin  la  expedición  de  aquel  mi- 


-  111  — 

litar  argentino,  el  tirano  habría  enviado  á  la  Banda  Orien- 
tal para  aumentar  el  ya  numeroso  ejército  de  Echagüe. 

También  trató  Rivera  de  atraer  á  Lavalleja  incitán- 
dolo á  que  lo  ayudase  á  salvar  la  independencia  de  la 
patria,  seriamente  amenazada  por  Rosas,  pero  el  héroe 
del  Sarandí  no  se  dignó  contestar  á  las  cartas  del  par- 
dejón, facineroso  y  salvaje  Rivera  (1). 

El  primero  que  con  una  división  de  500  hombres  se 
tiroteó  con  los  invasores  fué  el  coronel  Ángel  Núñez, 
Jefe  Político  de  Paysandú,  entreteniendo  así  á  Urquiza, 
que,  como  se  ha  dicho,  formaba  la  vanguardia  del  ejér- 
cito de  Echagüe;  pero  desde  que  ambos  contendientes 
se  encontraron  en  el  paso  de  Andrés  Pérez,  las  divisio- 
nes riveristas  empezaron  á  retirarse  hacia  el  Sur,  no  á  la 
desbandada,  sino  estudiadamente,  defendiendo  el  terreno 
palmo  á  palmo  y  causando  al  enemigo  no  pocas  pérdidas. 
Esta  estrategia  de  Rivera  obligaba  á  Echagüe  á  marchar 
con  gran  lentitud  y  tomar  inusitadas  precauciones  en 
previsión  de  una  emboscada  ó  de  una  sorpresa,  hasta  que 
logró  vadear  el  río  Negro  y  más  tarde  el  Yí,  para  acam- 
par unos  y  otros  en  las  márgenes  del  Santa  Lucía  Grande, 
lugar  convenido  con  los  suyos  por  Rivera  para  hacer  ce- 
sar la  retirada.  Esta  marcha  terminó  á  mediados  de 
Septiembre. 

«Decididamente,  la  retirada  había  terminado  allí,  des- 
pués de  dar  todos  sus  frutos. 

«En  efecto,  si  esa  retirada  fué  heroica  bajo  el  punto  de 
vista  del  valor,  bajo  el  punto  de  vista  militar  fué  hábil 
y  de  resultados  positivos.  Rivera  necesitaba  ganar  tiempo 
á  fin  de  asegurar  el  éxito  de  las  fuerzas  destacadas  para 
operar  en  los  diferentes  departamentos,  donde  á  su  vez  el 
enemigo  operaba.  Aproximándose  á  Montevideo,  se  ponía 
en   condiciones  de  recibir  tropas  de  refresco,  infantería  y 


( 1 )    Las   palabras    que    subrayamos,  las  aplicaba  Lavalleja  á  Rivera  al 
enviar  al  general  Echagüe  las  cartas  que  el  segundo  dirigió  al  primero. 


—  112  — 

artillería,  sin  exponerlas  á  las  fatigas  de  las  grandes  y 
penosas  marchas  que  hubiera  exigido  una  batalla  al  Norte 
del  río  Negro,  por  ejemplo,  como  deseaba  Echagüe.  Fatigó 
al  mismo  tiempo  y  desmoralizó  al  enemigo,  obligándolo 
por  último  á  aceptar  el  campo  de  batalla  elegido  de  ante- 
mano, cuyos  menores  accidentes  conocía  palmo  á  palmo. 

«Sólo  así  podía  aventurar  la  batalla  con  un  enemigo 
tan  superior  numéricamente  (1).» 

«A  los  tres  días  de  haber  llegado  á  este  punto  se  in- 
corporó el  coronel  Venancio  Flores,  que  había  quedado 
cortado  en  el  departamento  de  Soriano:  traía  una  divi- 
sión de  800  hombres,  y  en  su  travesía  había  batido  á  la 
división  de  San  José,  que  venía  á  incorporarse  á  Echagüe 
con  cerca  de  1000  hombres  que  estaban  acampados  en  la 
barra  del  arroyo  de  la  Virgen,  sorprendiéndola  y  des- 
haciéndola completamente,  tomándole  su  caballada  y  arma- 
mentos, y  matándole  unos  setenta  y  tantos  hombres  (2).» 

En  Octubre  se  incorporaron  al  ejército  de  Rivera  dos 
batallones  de  infantería  y  un  cuerpo  de  Voluntarios  de  la 
libertad,  compuesto  casi  todo  de  españoles.  También  llegó 
el  coronel  don  José  María  Piran  con  seis  piezas  de  ar- 
tillería. 

Mientras  el  general  iba  aumentando  lentamente  su  ejér- 
cito, se  libraban  con  harta  frecuencia  reñidos  combates, 
en  los  que  la  suerte  casi  siempre  favorecía  á  los  patrio- 
tas, además  de  varios  encuentros  en  diferentes  puntos  del 
país,  pues  Echagüe  hacía  recorrer  toda  la  República  re- 
clutando  gentes  que  simpatizasen  con  su  causa.  Tales 
fueron  los  encuentros  de  Ángel  Medina  en  Soriano,  de 
Fortunato  Mieres  al  norte  del  río  Negro,  de  los  corone- 
les Domingo  García  y  Faustino  López  en  Maldonado,  y 
de  Fortunato  Silva  en  San  Carlos,  en  los  cuales  la 
suerte  de  las  armas  se  inclinó  del  lado  de  los  jefes  citados. 


(1)  A.  Dufort  y  Álvarez,  obra  citada. 

( 2 )  Domingo  Cosió :  Campaña  y  batalla  de  Cagancha.  Montevideo,  1893. 


-  113  - 

«El  invasor  también  se  alegraba  de  estos  aprestos, 
tomándolos  como  augurios  de  una  próxima  batalla.  Sin 
embargo,  todavía  Rivera  juzgó  prudente  demorarlo  cerca 
de  tres  meses  más,  y,  como  hábil  diestro,  llevarlo  á  la 
muerte  desmoralizado  y  rendido  de  fatiga. 

«Todo  comenzaba  á  escasear  en  el  campo  enemigo. 
Gran  número  de  soldados  habían  abandonado  los  giro- 
nes de  ropas  y  vestían  con  pieles  de  carnero.  Faltában- 
les los  artículos  de  primera  necesidad  para  ellos.  Era 
casi  diario  que  nuestros  paisanos,  compadecidos,  aprove- 
chando el  servicio  de  avanzadas,  les  alcanzaran  tabaco, 
yerba  y  hasta  alimentos.  Tal  situación,  prolongada,  pro- 
vocaba frecuentes  deserciones,  debilitando  y  desmorali- 
zando su  ejército.  Echagüe  veía  con  inquietud  creciente 
los  progresos  de  Lavalle  en  Corrientes,  después  del  triunfo 
del  Yeruá  (1),  y  probablemente  sentía  debilitar  la  fe  tan 
robusta  y  llena  de  alardes  que  lo  animaban  en  el  co- 
mienzo de  la  campaña.  Esta  era  la  obra  de  Rivera  y  de 
un  puñado  de  bravos   (2).» 

8.  Diplomacia  eiverista.  —  Mientras  se  desarrolla- 
ban los  acontecimientos  que  quedan  relatados,  el  ge- 
neral Rivera  aceptaba  la  mediación  inglesa  en  la  con- 
tienda con  Rosas;  pero  en  la  copiosa  documentación 
publicada  acerca  del  particular,  se  observa  que  estos  tra- 
bajos diplomáticos  encerraban  el  propósito  de  debilitar  ó 
adormecer  la  acción  de  las  huestes  rosistas,  lo  que  se 
consiguió  en  parte,  pues  de  ella  enterado,  Echagüe  no 
se  manifestó  tan  activo  como  lo  requerían  las  circunstan- 
cias, lo  que  dio  tiempo  á  Rivera  para  preparar  á  sus 
correligionarios,  reunirlos  en  un  sitio  elegido  de  antemano 
y  lanzarlos  contra  los  invasores. 


(1)  Combate  del  YeruS:  El  general  Lavalle  con  400  hombres  de  caba- 
llería y  30  infantes  bate  á  una  fuerza  entrerriana  muy  superior  en  número, 
en  el  Yeruá.  ( Pedro  Rivas :  Efemérides  americanas ;  Rosario,  1879. ) 

(2)  A.  Dufoit  y  Álvarez,  obra  citada. 

8.-2.» 


-  116  - 

char  en  la  proporción  de  uno  contra  tres,  empezó  la  re- 
tirada de  Echagüe  y  su  heterogéneo  ejército,  que  más  que 
retirada  fué  huida,  dispersión.  Entonces  el  general  Ri- 
vera, que  al  frente  de  varios  escuadrones  recorría  la  línea 
de  fuego,  «eleva  su  voz  en  el  mismo  campo  de  la  enco- 
nada lid,  clamando  piedad  %>ara  los  vencidos  (1),»  sin  per- 
juicio de  seguir  la  persecución  hasta  el  paso  del  Rey  del 
río  San  José,  de  donde  volvió  con  200  prisioneros  (2). 

Las  bajas  del  ejército  argentino  ascendieron  á  480 
muertos  é  innumerables  heridos;  se  tomaron  prisioneros 
varios  jefes,  137  oficiales  y  unos  mil  individuos  de  tropa. 
Se  le  tomaron  también  caballadas,  armas,  municiones, 
bagaje,  y  una  imprenta  de  campaña  que  actualmente  se 
encuentra  en  el  Museo  histórico  de  Montevideo.  Las 
fuerzas  de  Rivera  tuvieron  320  muertos  y  190  heridos  (3). 
Ningún  cuerpo  enemigo  pudo  desalojar  á  los  escuadro- 
nes orientales  del  terreno  en  que  peleaban  (4),  lo  que 
explica  las  catorce  cargas  brillantes  dadas  por  las  legio- 
nes mandadas  por  el  general  don  Servando  Gómez    (5). 

Al  dispersarse  la  caballería  rosista,  el  general  Echagüe 
desapareció  del  campo  de  batalla,  no  deteniendo  su  ver- 
tiginosa  carrera   hasta   haber   vadeado    el  Uruguay,  ha- 

1000  hombres,  creyendo  el  triunfo  seguro,  desde  el  principio  de  la  acción 
cayó  sobre  nuestras  carretas  de  hospital  y  equipos,  y  algunas  de  negocio, 
que  eran  como  en  número  de  SO,  j  había  en  ellas  85  heridos,  que  fueron 
degollados,  así  como  tres  de  los  practicantes  que  los  asistían,  pudiéndose 
escapar  á  tiempo  el  Cirujano  Mayor  doctor  don  Fermín  Ferreira  y  dos 
practicantes.»  (Domingo  Cosió,  obra  citada.) 

(1)  Daniel  Martínez  Vigil:  En  la  tribuna  del  Club  Rivera.  Discurso 
pronunciado  en  el  festival  celebrado  el  29  de  Diciembre  de  1903,  con  mo- 
tivo del  aniversario  de  la  batalla  de  Cagancha.  Montevideo,  1904. 

(2)  Entre  ellos  se  encontraba  el  secretario  de  Echagüe.  La  vida  de 
todos  fué  respetada  por  los  vencedores,  siendo  además  auxiliados  por  Ri- 
vera con  ropa  y  dinero,  mandándolos  á  Entre  Kíos  en  completa  seguridad. 

(3)  A.  Dufort  y  Álvarez,  obra  citada. 

(4)  Domingo  Cosió,  publicación  citada. 

(5)  Carta  del  general  don  Manuel  Oribe  abriendo  juicio  sobre  la  ba- 
talla de  Cagancha. 


—  117  — 

ciendo  lo  propio  Urquiza,  quien,  metido  en  una  pelota  (1), 
cruzó  dicho  río  á  la  altura  de  la  barra  del  arroyo  Ne- 
gro (2).  Los  restos  del  ejército  también  se  ausentaron 
en  grupos  desordenados,  robando  y  cometiendo  todo  gé- 
nero de  excesos  (3).  A  pesar  de  todo  esto,  desde  la 
costa  entrerriana  Echagüe  dirigía  á  Rosas  un  parte  comu- 
nicándole haber  derrotado  completamente  al  anarquista 
incendiario  Rivera  y  á  su  miserable  ejército,  causándole 
1800  muertos;  «documento  que,  en  vez  de  cubrir  el  expe- 
diente, daña  la  reputación  de  un  general  cuyos  actos 
deben  llevar  siempre  el  sello  de  un  proceder  circuns- 
pecto y  digno;»  (4)  pero  esto  no  es  de  extrañar,  ya  que 
formaba  parte  de  la  escuela  de  Rosas  festejar  lo  mismo 
sus  triunfos  que  sus  derrotas  (5). 

Tal  fué  en  substancia  la  célebre  batalla  de  Cagancha, 
que,  según  el  autor  que  mejor  ha  estudiado  este  hecho 
de  armas,  en  sí  y  en  sus  consecuencias,  supera   á    cual- 


(  1 )  «La  pelota  es  una  especie  de  bolsa  formada  por  el  cuero  f eco  de  un 
novillo,  recogido  hacia  arriba  en  forma  de  tinaja  y  sujeta  alrededor  de  la 
abertura  por  donde  se  mete  el  viajero.  A  veces  le  ponen,  dentro  ó  fuera, 
palos  á.  los  costados  para  que  arme  mejor.  Se  maneja  con  una  pala  ó 
gruesa  rama,  se  arrastra  por  otro  á  nado  (con  un  maneador  llevado  de 
los  dientes)  ó  á  caballo,  ó  se  tira  desde  la  orilla  opuesta  con  un  lazo.» 
(Alejandro  Magariños  Cervantes:  Palmas  y  Ombúes.) 

(2)  Carta  del  general  don  Ventura  Rodríguez  al  doctor  don  Anacleto 
Dufort  y  Alvarez. 

(3)  Antonio  Díaz,  obra  citada. 

(4)  Antonio  Díaz,  obra  citada. 

(5)  ¡Triunfó  Rivera!  El  águila  potente 
al  buitre  destrozó  bajo  su  garra. 
El  sol,  al  declinar  en  occidente, 
de  la  lanza  oriental  en  la  mohatra 
hizo  quebrar  su  rayo  refulgente. 
Postrer  saludo  á  la  legión  bizarra 
que  abatió  la  arrogancia  del  tirano, 
negro  baldón  del  mundo  americano ! 

(  César  Alberto  Miranda:  Canto  á  la  batalla  de  Cagancha,  Montevideo,  1902. ) 


-  118  - 

quier  batalla  de  la  guerra  de  la  independencia  (1).  De 
ahí  que  la  noticia  de  este  triunfo  arrancase  á  todo  el  país 
una  incomparable  explosión  de  júbilo  y  entusiasmo. 

( L )  Sirvan  de  coronamiento  á  las  precedentes  noticias,  los  dos  partes 
de  esta  acción  de  guerra  : 

PRIMER  PARTE  DE   LA   BATALLA   DE   CAGANCHA 

El  Presidente  de  la  República  y  general   en  jefe  del  ejército : 

Tengo  la  satisfacción  de  comunicar  al  señor  Ministro  de  la  Guerra,  para 
conocimiento  del  Gobierno  de  la  República,  que  el  ejército  de  mi  mando 
lia  conseguido  un  completo  triunfo  contra  el  ejército  invasor.  Su  infante- 
ría va  en  fuga  con  dos  piezas,  pero  el  ejército  la  persigue  y  pronto  estará 
en  nuestro  poder.  Toda  su  caballería  ha  sido  deshecha  completamente, 
quedando  en  poder  del  ejército  sus  bagajes,  inmensas  caballadas,  porción 
no  pequeña  de  prisioneros  y  muchos  muertos. 

La  pérdida  del  ejército  de  la  República  no  pasará  de  doscientos  entre 
muertos  y  heridos. 

No  ha  muerto  ningún  jefe  nuestro :  algunos  están  heridos  levemente. 

El  señor  comandante  don  Bernardo  Báez  instruirá  al  señor  Ministro  de 
los  pormenores,  mientras  tenga  la  satisfacción  de  dar  al  Gobierno  el  parte 
circunstanciado.  —  El  mismo  comandante  Báez  presentará  á  V,  E.  una 
bandera  que  tomó  la  brigada  de  infantería  á  la  enemiga,  que  huía  á  su 
frente. 

Al  cerrar  este  parte  sólo  me  resta  felicitar  al  Gobierno  y  á  la  República 
en  general,  y  felicitarme  por  tener  el  honor  de  mandar  un  ejército  de 
valientes,  á  quienes  recomendaré  como  merecen  á  la  consideración  del  Go- 
bierno y  de  la  República  á  que  tan  dignamente  pertenecen.  —  Campo  de 
Cagancha,  Diciembre  29  de  1833.  —  Fructuoso  Rivera. 

Excmo.  señor  Ministro  de  la   Guerra,    brigadier    general    don    José    Ron- 
deau. 

PARTK    CIRCUNSTANCIADO 

Ejército  de  la  República. 
Cuartel  general  en  el  arroyo  de  la  Virgen. 
Excmo.  señor  : 

Ocupado  en  la  persecución  de  los  enemigos,  y  al  mismo  tiempo  en 
disponer  la  marcha  de  algunas  divisiones  que  han  de  ejecutar  operaciones 
importantes  al  Norte  del  río  Negro,  me  reía  privado,  hasta  este  mo- 
mento, de  poder  reunir  los  conocimientos  que  necesitaba  para  cumplir  con 
el  deber  que  me  impuse,  cuando  pasé  al  señor  Ministro  mi  nota  del  29 
de  Diciembre;  mas  hoy  voy  á  llenarlo. 


-  119  - 

10.  Saqueo  del  pueblo  deBelén.— Después  del  de- 
sastre de  Cagancha  y  de  la  dispersión  del  ejército  de 
Echagüe,  el  general  argentino  don  Juan  Pablo  López  se 

Luego  que  puse  el  ejército  en  movimiento  de  la  Calera,  fué  ya  con  la 
resolución  de  combatir ;  pero  los  enemigos,  en  cuanto  nos  avistamos,  trata- 
ron de  eludir  el  ataque. 

Así  permanecimos  desde  el  14  hasta  el  29,  en  que  á  las  10  de  la  ma- 
ñana, recibí  parte  que  todo  el  ejército  enemigo  montaba  á  caballo.  En  el 
momento  di  mis  órdenes,  y  nuestra  línea  se  formó  del  modo  que  voy  á 
detallar. 

La  derecha  era  mandada  por  el  señor  coronel  don  Fortunato  Silva,  y 
tenía  á  sus  órdenes  á  los  jefes  de  cuerpos  coroneles  don  Pedro  Mendoza, 
don  Faustino  López,  don  Victoriano  (amacho,  don  Simón  Beugochea,  y 
tenientes  coroneles  don  José  H.  Mirabal  y  don  Juan  Mendoza. 

El  centro  se  componía  del  batallón  N.°  1,  coronel  don  Santiago  Laban- 
dera,  á  la  derecha  de  la  artillería.  Ésta  estaba  mandada  por  el  teniente  co- 
ronel Piran  y  el  de  igual  clase  Vedia.  A  la  izquierda  de  la  artillería  es- 
taba colocado  el  2.°  batallón,  coronel  don  Pedro  J.  Agüero.  Después  se- 
guía el  3.°  á  las  órdenes  del  coronel  Soriano. 

La  izquierda  era  mandada  por  el  señor  coronel  don  Ángel  Núñez,  te- 
niendo á  sus  órdenes  á  los  jefes  de  cuerpos  coroneles  don  Hipólito  Cua- 
dra, don  Belarmino  Páez  da  Silva,  don  Manuel  Díaz,  y  tenientes  corone- 
les don  Antonio  Mendoza  y  don  Bernardino  Báez. 

A  la  izquierda  de  esta  fuerza  se  encontraba  el  señor  general  Medina, 
con  el  cuerpo  de  vanguardia,  cuyos  jefes  eran  los  señores  coroneles  don  Lu- 
ciano Blanco  y  don  José  María  Luna. 

La  reserva,  que  la  mandaba  el  señor  general  Aguiar,  jefe  del  Estado 
Mayor,  la  componían  los  cuerpos  del  señor  coronel  don  Manuel  Freiré, 
don  Venancio  Flores,  don  Juan  Ramos  y  el  teniente  coronel  don  Vicente 
Viñas. 

A  más  se  hallaban  allí  todos  los  oficiales  del  Estado  Mayor,  cuya  rela- 
ción se  incluye  por   separado. 

Dispuesta  ya  la  línea,  se  avistaron  los  enemigos,  y  vernos,  y  cargar  so- 
bre nuestras  alas,  todo  fué  instantáneo ;  pero  nuestros  jefes,  veteranos 
antiguos  en  la  guerra,  les  salieron  al  encuentro,  y  cruzando  sus  lanzas 
los  hicieron  huir.  Nuestros  cuerpos  regresaron  á  sus  puestos,  porque  era 
la  orden  que  tenían,  y  ellos,  rehechos  otra  vez,  volvieron  al  combate  y 
fueron  segunda  vez  rechazados.  Sin  embargo,  tentaron  un  nuevo  ataque, 
y  tuvo  igual  resultado  que  los  dos  primeros.  Mientras  que  la  caballería 
enemiga  había  repetido  la  primera  y  segunda  carga, — encubierta  por  una 
cañada  se  había  aproximado  la  infantería  y  tres  piezas  de  artillería,  á  la 
artillería  é  infantería  nuestra. 

Entonces  destina  el  jefe  de  la  brigada  al  batallón   de  Voluntarios   para 


-  120  - 

acercó  á  las  costas  del  río  Uruguay  con  objeto  de  pro- 
teger el  pasaje  de  las  fuerzas  derrotadas,  y  hallándose 
acampado  en  el  Ayuí,  desprendió  una  fuerza  con  encargo 
de  destruir  una  escuadrilla  sutil,  perteneciente  al  gobierno 

que  marchase  en  guerrilla  sobre  los  enemigos ;  mas  observando  que  no 
abandonaban  el  punto,  se  puso  á  la  cabeza  del  batallón  N.°  2  y  al  paso 
de  carga  se  fué  sobre  ellos,  á  la  bayoneta,  haciéndolos  huir. 

Éste  era  precisamente  el  momento  en  que  tenía  lugar  el  tercer  encuen- 
tro de  nuestra  caballería. 

Así  fué  que  ya  la  derrota  se  hizo  completa  y  general,  y  nuestra  caba- 
llería continuó  la  persecución,  habiendo  sido  preciso  que  se  detuviera  al- 
gún tiempo  la  infantería  y  artillería  en  el  campo,  para  evitar  que  algún 
cuerpo  extraviado  pudiese  volver  á  él,  y  para  recoger  nuestros  heridos  y 
organizar  algunos  cuerpos  de  caballería.  Pero  una  hora  después  continuó 
su  marcha. 

Aquí  me  es  forzoso  hacer  un  paréntesis  para  decir  á  V.  E.  que  la  arti- 
llería hizo  sobre  los  enemigos  un  fuego  sumamente  vivísimo,  que  acredita 
el  buen  estado  en  que  se  hallaba.  También  diré  que  el  coronel  del  cuerpo 
don  Julián  Martínez,  á  pesar  de  su  estado  de  inutilidad,  se  mantuvo  al 
frente  de  él. 

La  pérdida  del  enemigo,  entre  muertos  y  prisioneros,  la  calculo  en  más 
de  mil  hombres  (entre  ellos  está  Kaña ),  siendo  el  de  los  segundos  pe- 
queño en  comparación  de  los  primeros.  Se  les  ha  tomado  tambiéu  inmenso 
armamento,  todo  su  parque,  equipajes,  una  imprenta,  dos  esmeriles  de 
bronce  y  toda  fu  caballada. 

Nuestra  pérdida  alcanza  á  doscientos  hombres  entre  muertos  y  heridos. 
En  los  primeros  se  cuenta  al  teniente  coronel  don  Feliciano  Rodríguez  y 
al  ayudante  de  campo  don  Isidro  Fuentes,  y  algunos  otros  oficiales  más, 
cuya  relación  se  dará  por  separado.  En  los  segundos  se  halla  el  señor  co- 
ronel del  batallón  N."  2,  don  Pedro  José  Agüero,  y  otros  oficiales  subal- 
ternos. 

Al  cerrar  esta  comunicación  no  puedo  decir  á  V.  E.  más  sino  que  los 
señores  generales,  jefes,  oficiales  y  tropa  del  ejército  de  la  República  se 
han  hecho  todos  acreedores  á  las  mayores  distinciones  del  gobierno,  como 
á  la  estimación  pública.  Yo,  por  mi  parte,  suplico  se  haga  por  ellos  todo 
cuanto  justamente  creo  que  merecen. 

Dios  guarde  á  V.  E.  muchos  años. 

Fructuoso  Rivera. 

Cuartel  General,  EDero  4  de  1840.  —  Excmo.  señor  brigadier  general  don 
José  Rondeau,  Ministro  de  Guerra  y  Marina. 


-  121  — 

de  Montevideo,  que  se  hallaba  estacionada  en  el  porte- 
zuelo de  Belén.  La  operación  se  efectuó  en  la  noche  del 
17  de  Enero  de  1840.  Belén  desapareció  en  pocas  horas. 
Su  iglesia  y  sus  casas  fueron  destruidas  é  incendiadas,  y 
sus  pobladores  se  vieron  obligados  á  seguir  á  los  asal- 
tantes á  la  vecina  provincia  de  Entre  Ríos.  La  flotilla 
fué  también  aniquilada  por  medio  del  fuego,  extrayéndose 
previamente  la  artillería,  la  cual  aprovecharon  los  rosis- 
tas  en  su  propio  beneficio  (1). 

11.  El  aíío  1840.  — «En  el  año  1840,  más  de  900  bar- 
cos entraron  en  el  puerto  de  Montevideo  con  proceden- 
cia de  ultramar.  La  renta  aduanera  subió  en  ese  mismo 
año  á  dos  millones  y  medio  de  pesos,  y  el  comercio,  las 
industrias  y  sobre  todo  la  inmigración  europea,  llegaron 
á  su  más  alto  grado. 

(1)  «El  gobernador  de  Santa  Fe,  general  Juan  P.  López,  alias  Masca- 
rilla, había  pasado  á  Entre  Ríos  por  orden  de  Rosas  y  formaba  el  ejér- 
cito de  reserva,  acampado  en  el  Ayuí. 

« López  era  considerado  como  un  hombre  sin  altura  moral,  falto  de 
ideas,  brutal  y  sanguinario. 

« Tal  concepto  quedaría  confirmado  por  la  única  resolución  que  adoptó 
en  presencia  del  desastre  de  Cagancha. 

«Ordenó  el  saqueo  y  el  incendio  «leí  pueblo  de  Belén,  nuestra  última 
población  sobre  el  alto  Uruguay,  y  el  exterminio  de  sus  habitantes. 

«Esa  misión  fué  confiada  al  general  Manuel  Oribe,  y  preciso  es  decirlo, 
fué  aceptada  y  cumplida  por  éste. 

«En  la  noche  víspera  del  17  de  Enero  de  1S40  pasaron  el  Uruguay,  y 
antes  de  aclarar  el  día  habían  sorprendido  é  incendiado  la  escuadra  orien- 
tal,—  cuatro  barquichuelos  inservibles  ya,  que  se  les  denominaba  la  Lola, 
la  Evfrasia,  la  Estrella  y  el  Atrevido.  Entraron  á  saco  el  pueblo  de  Be- 
lén, pasaron  á  cuchillo  á  sus  moradores,  ancianos,  mujeres  y  niños,  y  se 
retiraron  con  los  humildes  despojos  del  saqueo,  después  de  poner  fuego 
al  pobre  rancherío. 

«Realizado  acto  tan  inhumano  como  estéril,  López  se  internó  con  su 
ejército,  alejándose  precipitadamente  del  Uruguay  á  fin  de  evitar  un  ata- 
que posible  de  los  nuestros. 

«  Por  el  camino  se  le  incorporó  Echagüe  con  algunos  dispersos. 

«El  25  de  Enero  el  general  Garzón  con  500  hombres  se  incorporaba  á 
su  vez  á  Oribe  en  su  campamento  de  Mandisoví  Chico.»  (A.  Dufort  y 
Alvarez,  obra  citada.) 


-  122  - 

«Por  otra  parte,  coincidió  con  esta  época  de  bienestar^ 
el  año  en  que  mayor  número  de  unitarios  se  asiló  en 
estas  playas,  contándose  entre  ellos  lo  más  granado  de 
la  sociedad  argentina  y  los  que  descollaban  más  por  su 
talento  y  por  sus  virtudes  cívicas. 

«Entre  los  más  importantes  de  los  argentinos  asilados 
en  Montevideo  en  aquel  año,  podríamos  nombrar  á  Flo- 
rencio Várela,  redactor  de  El  Comercio  del  Plata;  José 
Rivera  Indarte,  redactor  de  El  Nacional,  y  que  publicó 
las  Tablas  de  Sangre,  enumerando  los  crímenes  de  Ro- 
sas, precedidos  del  lema:  «es  acción  santa  matar  á  Rosas»; 
Valentín  Alsina  y  Juan  María  Gutiérrez,  periodistas  de 
talla;  Juan  Alberdi  y  Miguel  Cañé,  escritores  y  perio- 
distas notables;  los  poetas  José  MármoJ  y  Esteban  Eche- 
varría: este  último  autor  de  «La  Cautiva»;  José  Agrelo, 
uno  de  los  autores  de  la  revolución  de  Mayo;  Vicente 
López  y  Luis  Domínguez,  escritores  é  historiadores  de 
nota;  José  Rondeau  y  Martín  Rodríguez,  ambos  generales 
de  la  independencia;  Félix  de  Olazábal  y  José  de  Ola- 
varría,  guerreros  igualmente  de  la  independencia;  Juan 
Lavalle,  José  María  Paz,  y  más  tarde  Gregorio  Lama- 
drid,  los  generales  más  valientes  y  más  notables  de  la 
época,  y  tantos  otros  que  permanecieron  refugiados  en 
Montevideo  durante  toda  la  época  de  Rosas  (1).» 

Así,  pues,  «el  año  1840,  que  tan  fatal  había  de  ser  á 
los  argentinos,  lucía  esplendores  para  la  República  Orien- 
tal; mientras  en  Buenos  Aires  el  pueblo  gemía  bajo  el 
poder  terrorífico  de  Rosas,  Montevideo  gozaba  de  com- 
pleta tranquilidad ;  la  emigración  argentina,  que  huía  del 
tirano,  y  la  inmigración  europea,  que  acudía  numerosa  al 
país,  abrían  nuevos  y  risueños  horizontes  á  la  Repú- 
blica (2).» 

«Buenos  Aires  era  á  la  sazón  teatro  de   horrendos  crí- 


(1)  Pablo  Blanco  Acevedo,  obra  citada. 

(2)  Julián  O.  Miranda,  obra  citada. 


—  123  - 

menes  y  latrocinios  sin  cuento:  vida,  honor  é  intereses, 
todo,  todo  se  hallaba  en  inminente  peligro;  todo  era  escar- 
necido y  vilipendiado;  todo  caía  aplastado  bajo  el  peso 
abrumador  del  más  cruel  y  odioso  despotismo;  nada  que 
fuera  digno  se  respetaba  allí:  se  veían  asaltados  los  ho- 
gares, rodaban  por  las  calles  las  cabezas  humanas  sepa- 
radas de  sus  troncos,  y  se  exhibían  en  las  plazas  públi- 
cas ó  en  canastas  de  fementidos  vendedores  ambulantes, 
los  cuales,  con  impúdico  descaro,  ofrecíanlas  al  pueblo  y 
alas  familias,  al  anuncio  de  —  ¡A  los  ricos  duraznos  !  ¡du- 
raznos unitarios.' 

«Los  templos  eran  profanados,  pues  en  los  altares  se 
colocaba  el  retrato  del  tirano,  y  en  las  puertas  de  la 
iglesia  mayor  se  les  pegaban  moños,  con  alquitrán  hir- 
viendo, á  las  damas  ó  niñas  que  no  sujetaban  sus  cabe- 
llos con  una  cinta  de  la  Santa  Federación,  porque  aquel 
monstruo  (Juan  Manuel  de  Rosas)  ni  el  sexo  débil  con- 
templaba. No  parecía  ser  hijo  de  mujer,  sino  un  engen- 
dro maldito  de  minotauro  y  de  pantera!  (1)» 

«Necesitamos  detenernos  un  momento  para  dar  cuenta 
de  un  período  que  importa  conocer — dice  otro  historiador 
refiriéndose  á  este  mismo  asunto. —  Tratamos  de  una  época 
cuya  fecha  imperecedera  se  encuentra  hoy  estampada  en 
los  sitios  más  consagrados,  recónditos,  así  como  en  los 
más  públicos  del  pueblo  argentino.  Esa  fecha  (1840) 
tiene  un  recuerdo  permanente  en  el  hogar  de  la  familia, 
en  la  lobreguez  de  los  calabozos,  en  las  plazas  públicas 
y  en  el  interior  de  los  templos;  en  el  hogar  doméstico, 
donde  han  corrido  furtivamente  tantas  lágrimas;  en  el 
silencio  de  las  prisiones,  donde  han  gemido  tantos  des- 
venturados; en  las  plazas  públicas,  donde  se  han  pre- 
senciado tantos  espectáculos  sangrientos;  y  en  los  tem- 
plos, en  fin,  donde  han  penetrado  víctimas  que  han  sido 


(1)    Setembrino  E.  Pereda:  Los  extranjeros  en  la  guerra  grande.   Mon- 
tevideo, 1904. 


—  124  — 

arrancadas  á  la  sagrada  inviolabilidad  y  donde  al  lado 
de  la  profanación  se  levantó  la  plegaria  del  oprimido. 

«En  aquella  época  excepcional  se  produjeron  y  acu- 
mularon delitos,  fusilamientos  en  cárceles,  cuarteles  y 
pontones,  plaza  del  Retiro,  Santos  Lugares,  atentados 
contra  la  religión,  contra  la  cosa  pública.  Se  violó  el  do- 
micilio, se  ejecutaron  arrestos  ilegales,  violencias  injusti- 
ficadas; se  denegó  justicia,  se  atentó  contra  la  propiedad, 
contra  la  integridad  de  las  personas,  contra  el  honor  de 
éstas  por  medio  de  injurias  y  ultrajes  hasta  en  los  cadá- 
veres; se  produjeron  homicidios  dolorosos,  despojos  vio- 
lentos y  acusaciones  injustas  (1).» 

12.  Tratado  Mackaü.  —  Hacía  tiempo  que  los  par- 
tidarios de  la  paz  entre  Francia  y  la  República  Ar- 
gentina trabajaban  para  llegar  á  ella,  ya  que  la  guerra 
ningún  beneficio  había  reportado  al  primero  de  los  dos 
países.  Fué  entonces  que  el  gobierno  francés  envió  al 
Plata  al  señor  Armando  Mackau,  quien,  después  de  ser 
reconocido  por  Rosas,  celebró  con  éste  un  tratado  que 
ponía  término  á  las  diferencias  que  habían  roto  la  armo- 
nía entre  los  dos  países.  Por  este  tratado  la  Confedera- 
ción se  comprometía  á  indemnizar  á  los  subditos  fran- 
ceses los  perjuicios  que  se  les  hubiesen  causado,  y  Francia 
levantaría  el  bloqueo  de  los  puertos  argentinos,  entregando 
también  la  isla  de  Martín  García  y  los  buques  apresados 
por  la  escuadra  francesa  en  el  Plata.  Quedaba  también 
entendido  que  el  Gobierno  de  Buenos  Aires  seguiría  con- 
siderando en  estado  de  perfecta  y  absoluta  independen- 
cia á  la  República  Oriental  del  Uruguay,  en  los  mismos 
términos  que  lo  estipuló  la  convención  de  paz  con  el 
Brasil  de  1828,  sin  perjuicio  de  sus  derechos  naturales, 
toda  vez  que  lo  reclamaran  la  justicia,  el  honor  y  la  se- 
guridad de  la  Confederación  Argentina.  Por  otro  artículo, 

(1)  Antonio  Dfaz :  Historia  política  y  militar  de  las  Repúblicas  del 
Plata.  Montevideo,  1878. 


—  125  — 

se  abrían  las  puertas  de  la  patria  á  todos  los  argentinos 
emigrados  que  quisiesen  volver  á  ella,  y  aun  aquellos  que» 
estando  con  las  armas  en  la  mano,  las  depusiesen  dentro 
del  término  de  ocho  días,  exceptuando  los  generales  y 
los  comandantes  de  cuerpos,  salvo  el  caso  de  que  por 
hechos  posteriores  se  hiciesen  acreedores  á  la  clemencia 
del  gobierno  de  Buenos  Aires. 

Como  este  tratado  se  firmó  sin  el  consentimiento  de 
Rivera,  de  quien  se  prescindió  en  absoluto,  es  claro  que 
la  República  Oriental  quedó  librada  á  sus  propias  fuer- 
zas, siendo  ineficaz  la  protesta  de  Rivera,  que  sólo  pudo 
presentar,  en  demostración  de  su  alianza  con  Francia, 
un  convenio  firmado  por  don  José  Ellauri  en  represen- 
tación del  Uruguay,  y  el  Cónsul  francés  en  Montevideo; 
convenio  que  carecía  de  suficiente  fuerza  desde  que  no 
había  sido  ratificado  por  el  monarca  francés.  Sin  embargo, 
éste  había  incitado  á  Rivera  á  que  declarase  la  guerra  á 
Rosas,  lo  habilitó  con  algunos  recursos  é  implícitamente 
había  autorizado  la  alianza,  de  modo  que  su  actitud  de 
ahora  constituía  una  verdadera  deslealtad.  Francia  contó 
con  la  República  para  combatir  la  tiranía  con  que  Ro- 
sas ensangrentaba  á  los  pueblos  del  Plata,  pero  prescin- 
día de  ella  para  celebrar  la  paz. 

Tanto  el  gobierno  oriental  como  la  población  francesa 
de  Montevideo  reclamaron  de  semejante  acto,  pero  sus 
gestiones  no  dieron  ningún  resultado.  Rosas  había  ven- 
cido á  Francia  en  el  terreno  de  la  diplomacia  y  el  Uru- 
guay quedaba  á  merced  del  odio  y  de  la  venganza  del 
déspota  argentino. 

13.  Campaña  naval.  —  En  previsión  de  los  aconteci- 
mientos que  pudieran  desarrollarse,  y  comprendiendo  que 
más  ó  menos  pronto  Rosas  trataría  de  vengarse  del  de- 
sastre que  su  ejército  había  sufrido  en  Cagancha,  Rivera 
abandonó  la  presidencia  y  se  dirigió  á  campaña  con 
objeto  de  organizar  varias  divisiones,  con  las  que  pro- 
yectaba socorrer  á  los  generales  Paz  y  Lavalle,  que  con- 


-  126  - 

tinuaban  luchando  en  las  provincias  argentinas  contra 
don  Juan  Manuel  de  Rosas.  Pero  éste  se  hallaba  enton- 
ces muy  ocupado  en  dominar  á  sus  enemigos  del  inte- 
rior, para  distraerse  con  Rivera.  Sin  embargo,  armó  una 
escuadra  con  objeto  de  crear  dificultades  á  la  navegación 
oriental,  dando  el  mando  de  la  misma  al  temerario  ma- 
rino irlandés  Guillermo  Brown. 

A  fines  de  Marzo  de  1841,  Brown  se  dirigió  á  Monte- 
video con  los  bergantines  Belgrano,  San  Martín,  Vigi- 
lante y  Echagae,  la  goleta  9  de  Julio  y  la  corbeta  25  de 
Mayo,  con  el  pretexto  de  auxiliar  el  comercio  extranjero, 
pero  en  realidad  con  miras  de  combatir  por  agua  al  go- 
bierno oriental. 

Este,  á  su  vez,  armó  una  escuadrilla  compuesta  de  los 
bergantines  Pereira  y  Montevideo,  la  corbeta  Constitución 
y  tres  goletas,  entregando  su  dirección  al  marino  norte- 
americano Juan  H.  Cohe,  quien  se  mantuvo  en  el  puerto 
de  Montevideo  hasta  mediados  de  Mayo.  Allí  fué  á  bus- 
carlo Brown,  si  bien  simuló  una  retirada  hacia  el  nor- 
oeste del  Cerro,  calculando  que  Cohe,  suponiéndole  dé- 
bil, se  decidiría  á  un  combate.  «En  efecto,  en  la  mañana 
del  24  de  Mayo,  Cohe  se  vino  con  toda  su  escuadra  so- 
bre la  argentina,  empeñándose  la  acción  á  sotavento.  Des- 
pués de  dos  horas  de  fuego,  Brown  pretendió  interpo- 
nerse entre  el  enemigo  y  el  puerto,  pero  Cohe,  á  pesar  de 
su  superioridad,  maniobró  para  conservar  su  retirada,  la 
que  efectuó  después  de  tres  horas  de  un  fuego  sostenido, 
dejando  á  su  adversario  dueño  de  las  aguas.  Al  día  si- 
guiente el  Belgrano  y  el  San  Martin  dieron  caza  res- 
pectivamente á  dos  buques  enemigos,  sin  que  los  que  le 
quedaban  á  Rivera  pudieran  impedirlo,  á  causa  de  las 
averías  que  habían  sufrido  en  la  lucha.  En  los  subsi- 
guientes combates  navales  la  victoria  había  sido  de  Brown; 
por  manera  que  á  fines  de  1841  la  escuadra  argentina 
surcaba  triunfante   las   aguas   del   Plata,   y  Rivera,  mal 


-  127  - 

avenido  con  Cohe,  aprestaba  nuevos  buques,  que  puso  á 
las  órdenes  del  comandante  don  José  Garibaldi  (1).» 

«Al  mando  de  endebles  barquichuelos,  que  sólo  su 
arrojo  y  su  pericia  podían  gobernar,  Garibaldi  resistió 
heroicamente,  en  innúmeros  combates,  á  la  ardorosa  y 
ducha  escuadra  del  tirano  de  Buenos  Aires,  y  logró  ha- 
cer más  de  una  presa  á  su  temible  y  experto  adversario 
el  almirante  Brown,  tenido  por  el  rey  marítimo  del  Plata, 
y  que  en  la  guerra  de  la  independencia  había  alcanzado 
una  brillante  figuración;  al  almirante  Brown,  cuya  gloria 
de  entonces,  según  la  bella  expresión  de  Carlos  María 
Ramírez,  «todavía  murmura  himnos  de  victoria  entre  los 
camalotes  del  Juncal.» 

«De  ahí  que  durante  dos  días  luchara  con  él  en  des- 
igual contienda,  en  costa  Brava  (Paraná),  donde  encalló 
su  flotilla  falta  del  líquido  elemento,  sin  que  su  ánimo 
ni  el  de  los  suyos  decayera  por  eso  un  solo  instante; 
que  agotadas  las  balas  que  tenía,  dispusiera  de  los  hie- 
rros de  á  bordo  para  cargar  con  ellos  sus  cañones,  y  que 
deshecha  aquélla,  y  muertos  ó  heridos  la  mayor  parte  de 
sus  bravos,  prendiera  fuego  á  sus  queridas  naves,  á  fin 
de  evitar  que  fuesen  profanadas  por  la  planta  de  los  ser- 
vidores del  tirano.  «Nos  salvamos,  dice  el  héroe  en  sus 
Memorias,  por  efecto  de  la  voladura  de  la  santabár- 
bara de  la  flotilla,  que  se  efectuó  de  un  modo  imponente 
y  terrible,  atemorizando  al  enemigo  y  demorando  la  per- 
secución. Fué  un  espectáculo  sorprendente  el  de  la  vo- 
ladura de  las  naves;  en  el  sitio  en  que  habían  permane- 
cido éstas,  el  río  quedó  terso  como  un  cristal,  mientras 
en  ambas  orillas  del  ancho  torrente,  caían  los  espantosos 
despojos  del  fracaso.»  Este  hecho  causó  la  admiración  y 
el  asombro  de  propios  y  extraños,  y  reveló  al  almirante 
Brown  que  tenía  que  vérselas  con  un  hábil  y  temible 
batallador  (2).» 

(1)  Adolfo  Saldías  :  Roxas  y  su  época.  Buenos  Aires,  1892. 

(2)  Setembrino  E.  Pereda,  obra  citada. 


-  128  — 

14.  Montevideo  en  1841.— "Mientras  tanto,  Montevi- 
deo seguía  en  una  era  de  progreso.  Las  rentas  de  aduana 
subían,  y  el  comercio  y  las  industrias  prosperaban.  La 
instrucción  había  hecho  grandes  adelantos  en  esta  ciudad, 
contando  ya  con  algunos  colegios  de  enseñanza  primaria 
y  superior.  El  25  de  Mayo  de  1841  se  verificaba  el  pri- 
mer certamen  poético  en  el  teatro  San  Felipe,  al  cual 
concurrieron  los  primeros  vates  de  aquel  tiempo.  Entre 
ellos  figuraban  Esteban  Echevarría,  Francisco  Acuña  de 
Figueroa,  José  Rivera  Indarte,  Mármol,  Gutiérrez,  Do- 
mínguez, etc.  El  primer  premio  fué  discernido  á  Juan 
María  Gutiérrez,  el  segundo  á  Luis  Domínguez  y  el  ter- 
cero á  dos  composiciones  que  sobresalían  entre  las  de- 
más, la  una  por  la  belleza  de  la  forma  y  la  otra  por  la 
belleza  del  fondo:  los  autores  eran  Francisco  Acuña  de 
Figueroa  y  José  Mármol  (1).» 

15.  Victoíuas  de  Oribe  en  la  Argentina.  —  Muchos 
fueron  los  caudillos  argentinos  que  sucesivamente  se  iban 
sublevando  contra  la  tiranía  de  Rosas,  á  la  vez  que  empu- 
ñaban las  armas  para  combatir  á  los  gobernadores,  quie- 
nes, al  amparo  de  aquel  sanguinario  déspota,  habían  adop- 
tado como  sistema  de  gobierno  la  violencia  y  la  expolia- 
ción. «Gobernaban  éstos  las  provincias  á  su  capricho  y 
confiscaban  las  propiedades  de  los  llamados  salvajes  uni- 
tarios, que  eran  siempre  todos  los  que  tenían  bienes.  Encar- 
celando y  desterrando  de  la  provincia  ó  del  país  á  todos 
los  que  por  su  ilustración  ó  patriotismo  no  aceptaban  de 
grado  la  dictadura,  llegaron  al  fin  á  quedarse  silenciosos, 
en  tanto  que  los  hombres  de  algún  valer  social  y  polí- 
tico que  no  perecieron  en  las  persecuciones  y  guerras  vi- 
vían en  el  extranjero  (2).» 

Sin  embargo,  « la  invasión  de  Lavalle  por  Entre  Ríos, 
la  revolución  operada  en  el  sur  de  la  provincia  de   Bue- 


( 1 )  Pablo  Blanco  Aeevedo,  obra  citada. 

(2)  Mariano  A,  Pelliza:  Historia  Argentina.  Buenos  Aires,  1901. 


—  129  - 

nos  Aires,  y  por  último  en  las  provincias  del  Norte,  acaudi- 
llada por  Marcos  Avellaneda,  pusieron  en  conflicto  el 
poder  de  Rosas.  Pero  éste  logró  vencer  todas  las  resis- 
tencias que  se  le  opusieron  enviando  al  interior  un  ejér- 
cito al  mando  del  ex  Presidente  de  la  República  Oriental 
don  Manuel  Oribe,  quien  venció  primero  en  San  Cala,  y 
luego  en  el  Quebracho  Herrado.  Avellaneda  fué  fusilado 
y  Lavalle  perdió  la  vida,  mientras  que  sus  compañeros  de 
gloria  y  de  infortunio  buscaban  un  asilo  en  Chile  ó  en 
Bolivia  (1).» 

A  estos  hechos  de  armas  siguieron  otros  que  permitie- 
ron á  Oribe  pasear  triunfante  por  casi  todo  el  territorio 
argentino  la  ensangrentada  bandera  de  la  Federación, 
hasta  concluir  la  resistencia  en  el  interior  de  las  provin- 
cias argentinas.  Sólo  la  actitud  de  los  pueblos  del  litoral 
dejó  vislumbrar  alguna  esperanza  de  contener  en  su  ca- 
rrera victoriosa  al  teniente  de  Rosas.  Estos  pueblos  ha- 
bían organizado  una  liga  formada  por  el  general  Paz, 
nombrado  gobernador  por  Entre  Ríos;  Ferré,  general  en 
jefe  del  ejército  correntino;  Núñez,  que  mandaba  el  entre- 
rriano,  y  Rivera,  que  debía  ponerse  al  frente  de  todas  las 
divisiones  después  de  incorporárseles  con  el  ejército  de  la 
República  Oriental.  Tales  fueron  en  síntesis  los  prelimi- 
nares de  la  batalla  del  Arroyo  Grande,  batalla  que  re- 
sultó un  desastre  para  los  aliados. 

16.  Batalla  de  Arroyo  Grande.  — Después  de  la 
victoria  de  Cagancha,  los  numerosos  enemigos  que  Rosas 
tenía  en  Montevideo  empezaron  á  trabajar  el  ánimo  de 
Rivera  para  que  éste  diese  una  nueva  organización  al 
ejército  y  con  él  al  frente  invadiese  el  territorio  argentino, 
tratando  de  vencer  á  los  secuaces  de  aquel  Gobierno,  y 
concluyese  con  el  despotismo  del  enemigo  más  implaca- 
ble que  jamás  tuvo  la  República  Oriental ;  pero  Rivera 
no  se  decidía  á  dar  un  paso  de  tanta  trascendencia   que 

( 1 )    C.  L.  Fregeiro :  Compendio  dt  historia  argentina.  Buenos  Aires,  1897. 
9.  — 2.° 


-  130  - 

podría  hasta  poner  en  peligro  la  independencia  de  su 
país.  Sin  embargo,  tanto  lo  empujaron,  que,  tal  vez  con- 
trariando sus  propósitos,  se  decidió  por  fin  á  invadir,  te- 
niendo en  vista  los  triunfos  de  Oribe  y  la  protección  que 
habían  ofrecido  dispensar  al  caudillo  uruguayo  los  pue- 
blos y  autoridades  del  litoral  argentino. 

En  el  mes  de  Julio  de  ese  año,  Rivera  se  dirigió  al 
noroeste  y  acampó  en  la  confluencia  del  arroyo  de  San 
Francisco  (Paysandú),  donde  tuvieron  lugar  las  confe- 
rencias con  los  jefes  de  los  ejércitos  coaligados  para  com- 
batir al  tirano.  Estos  jefes  eran  los  generales  don  José 
María  Paz,  don  Juan  Pablo.  López,  don  Juan  Madriaga, 
Ramírez  (a)  Chico,  el  gobernador  de  Corrientes  y  los 
dos  principales  caudillos  de  la  revolución  riograndense, 
señores  Bentos  Manuel  Ribeiro  y  Bentos  Manuel  Gon- 
zález. 

«Dos  días  duraron  estas  conferencias,  dando  por  resul- 
tado que  el  general  Rivera  fuese  el  director  de  la  guerra, 
asumiendo  el  mando  del  ejército  de  operaciones  de  En- 
tre Ríos. 

«La  mayoría  estaba  con  la  opinión  del  general  Paz, 
que  sostenía  que  era  muy  aventurado  emprender  opera- 
ciones sobre  el  enemigo  con  las  escasas  fuerzas  que  po- 
dían ponerse  de  pronto  en  pie  de  guerra  en  Entre  Ríos, 
pues  Oribe  había  hecho  campamento  general  en  Las  Ra- 
madas (á  inmediaciones  de  la  ciudad  del  Paraná)  y  no 
daba  señales  de  moverse  de  allí,  punto  estratégico  de 
observación  que  había  elegido,  así  para  mantener  atemo- 
rizadas y  en  sosiego  á  las  provincias  de  allende  el  Pa- 
raná, cuanto  para  dar  lugar  á  que  los  aliados  organiza- 
sen sus  fuerzas,  que  nunca  podrían  llegar,  apurando  sus 
recursos,  á  más  de  10.000  hombres. 

«Así,  pues,  con  un  ejército  numeroso,  bien  pertrechado, 
disciplinado  y  victorioso,  se  dejaba  estar  esperando  que 
le  llevasen  la  ofensiva,  para  moverse  entonces  y  dar  un 
golpe   decisivo   que  le   dejase  libre  y  sin  tropiezo  el  ca- 


-  131  - 

mino,  ya  para  Corrientes,   ya   para   el   Estado   Oriental. 

«Comprendiendo  el  general  Paz  el  plan  de  Oribe,  pro- 
ponía la  formación  de  dos  ejércitos,  apurando  todos  los 
recursos:  uno  que  formaría  el  general  Rivera  en  el  Es- 
tado Oriental,  y  otro  que  él  organizaría  con  las  fuerzas 
de  Entre  Ríos  y  Corrientes,  en  operaciones  sobre  el  ene- 
migo; convenidos  en  que,  si  al  moverse  Oribe  lo  seguía 
á  Corrientes,  Rivera  pasaría  el  Uruguay  luego  que  aquél 
hubiese  pasado  el  río  Mocoretá;  pero  en  caso  de  que 
Oribe  pasase  el  Uruguay,  el  general  Paz  con  su  ejército 
pasaría  en  seguida  á  este  territorio  por  el  punto  más  con- 
veniente para  efectuar  la  incorporación  y  darle  batalla, 
pues  sólo  en  tales  condiciones  podrían  los  aliados  equili- 
brar con  ventaja  el  poder  del  ejército  invasor  (1).» 

Rivera  no  aceptó  este  plan,  insistiendo  en  llevar  por 
sí  solo  la  dirección  de  la  guerra,  de  modo  que  continuó 
organizando  su  ejército  y  dando  instrucciones  á  los  de- 
más caudillos  aliados  para  la  organización  de  los  suyos, 
hasta  que  llegó  el  momento  de  efectuar  la  cruzada. 

Tan  pronto  como  esto  sucedió,  encaminóse  Rivera  en 
procura  de  Oribe,  á  quien  equivocadamente  consideraba 
desprovisto  de  caballos  y  con  escaso  armamento ;  lo  que 
no  era  exacto,  pues  antes  de  que  las  huestes  rosistas 
vadeasen  el  Paraná,  el  tirano  argentino  les  había  sumi- 
nistrado, en  abundancia,  todo  cuanto  pudiesen  necesitar 
para  la  campaña. 

El  primer  encuentro  lo  tuvieron  Rivera  y  los  suyos  en 
Gualeguay,  donde  lograron  dar  un  golpe  serio  al  gene- 
ral Urquiza,  jefe  de  la  vanguardia  del  ejército  de  Oribe, 
sorprendiéndolo  y  arrebatándole  las  caballadas;  suceso 
que  obligó  á  este  último  á  moverse  del  paraje  en  que 
hemos  dicho  que  se  hallaba  acampado,  á  la  vez  que 
Rivera   elegía   las    hermosas    lomas   de    las   puntas   del 


(1)    Domingo  Cosió:  Batalla  de  Arroyo  Grande.  Montevideo,  1893. 


-  132  - 

Arroyo  Grande  como  punto  adecuado  para  presentarle 
batalla. 

Desde  allí  escribía  el  1.°  de  Diciembre  de  1842  al  go- 
bierno de  Montevideo:  «Ayer  se  ha  revistado  el  ejército 
compuesto  de  las  tres  armas,  y  tengo  la  satisfacción  de 
poner  en  conocimiento  del  ministro  general,  para  que  se 
sirva  elevarlo  ante  el  gobierno,  que  los  ejércitos  aliados 
presentan  en  este  campo  un  personal  bastante  á  batir  el 
enemigo,  y  además  1G  piezas  de  artillería,  toda  en  el  más 
brillante  estado  de  disciplina  y  entusiasmo El  ejér- 
cito de  Oribe  permanece  al  occidente  de  Gualeguay  y 
dentro  de  pocos  días  me  pondré  sobre  él  para  continuar 
las  operaciones  activas.» 

El  ejército  de  Rivera  se  componía  de  2800  orientales 
con  6  piezas  de  artillería;  3000  correntinos  con  10  piezas 
de  artillería,  460  entrerrianos  y  450  santafesinos:  total 
unos  7000  hombres  próximamente;  mientras  que  el  ejér- 
cito de  Oribe  se  elevaba  á  14000  hombres  con  40  ca- 
ñones. 

El  día  6  de  Diciembre  de  1842  las  tropas  aliadas  se 
colocaron  en  orden  de  batalla  (1),  y  lo  propio  hizo  el 
enemigo,  con  el  mayor  orden,  á  paso  de  trote  y  bajo  el 
fuego  de  la  artillería  oriental.  Inmediatamente  se  desple- 
garon en  guerrilla  los  frentes  de  ambos  ejércitos;  pero  era 
tan  compacta  y  formidable  la  masa  de  combatientes  del 
enemigo,  que  muy  pronto  el  centro  del  ejército  de  Rivera 
tuvo  que  batirse  en  retirada,  acosado  por  las  reservas  y 
los  flancos,  que  hacían  un  fuego  tan  nutrido  como  mortí- 
fero. Entretanto  las  alas  derecha  é  izquierda  riveristas 
daban  brillantes  cargas  de  caballería,  pero  eran  dobladas 
por  los  contrarios,  hasta  que  se  produjo  el    más   terrible 


( 1 )  Dice  e!  señor  Cosió,  actor  en  esta  acción  de  guerra,  que  antes  de 
principiar  la  batalla  el  general  Rivera  «tuvo  la  ocurrencia  de  hacernos 
poner  á  todos  la  camisa  sobre  el  uniforme ;  de  e»a  manera  nos  distin- 
guíamos de  los  resistas,  que  todo  su  uniforme  era  punzó.  » 


-  ia3  - 

entrevero,  pues  era  aquéllo  un  enredo  de  miles  de  hom- 
bres, en  donde  se  oían  tiros,  choques  de  sables,  lanzas, 
boleadoras,  gritos  y  blasfemias  (1).» 

A  las  pocas  horas  la  acción  estaba  terminada  con  la 
más  completa  derrota  de  Rivera,  que  perdió  toda  su  in- 
fantería y  artillería.  «Todo  cayó  en  poder  del  enemigo  — 
dice  el  señor  Cosió :— parque,  carretas,  etc.,  y  fueron  de- 
gollados bárbaramente  más  de  ochocientos  prisioneros.» 

Los  que  después  de  la  batalla  tuvieron  la  suerte  de 
no  caer  en  manos  de  las  hordas  de  Rosas  huyeron  á  la 
desbandada,  hasta  que,  habiendo  cesado  la  persecución 
de  que  eran  objeto,  se  incorporaron  á  la  escasa  fuerza 
que  acompañaba  á  Rivera,  hasta  que  cruzaron  el  río  Uru- 
guay y  llegaron  al  Salto,  desde  donde  el  general  envió 
al  gobierno  de  Montevideo  los  primeros  partes  de  esta 
espantosa  catástrofe. 

17.  Montevideo  se  dispone  á  la  defensa. —  Dolo- 
rosa  fué  la  impresión  que  produjo  en  Montevideo  la  no- 
ticia del  desastre  del  Arroyo  Grande,  y  tan  profundo  el 
pánico  del  Gobierno,  que  se  dirigió  á  los  ministros  extran- 
jeros pidiéndoles  su  consejo,  encaminado  á  evitar  que  la 
ciudad  cayese  en  poder  del  enemigo,  pues  nadie  dudaba 
de  que  los  esbirros  de  Rosas  invadirían  inmediatamente  el 
territorio  oriental,  como  así  sucedió. 

Simultáneamente  el  Gobierno,  sin  ocultar  la  gravedad 
de  la  situación,  dirigía  al  pueblo  el  siguiente  manifiesto: 

¡Conciudadanos! 

El  ejército  aliado  de  operaciones  en  Entre  Ríos,  al 
mando  inmediato  de  S.  E.  el  señor  Presidente  de  la 
República,  ha  sufrido  un  contraste  en  las  puntas  del 
Arroyo  Grande.  Esta  desgracia  pone  á  prueba  la  deci- 
sión y  el  patriotismo  de  los  orientales.  El  Gobierno  está 


(1)    Domingo  Cosió,  publicación  citada. 


-  134  - 

resuelto  á  una  defensa  enérgica  del  territorio  de  la  Repú- 
blica. Tiene  en  su  apoyo  el  voto  y  la  cooperación  de 
nuestros  representantes;  grandes  sacrificios  tiene  que  ha- 
cer el  país,  pero  todos  serán  pequeños  si  á  su  costa  sal- 
vamos su  libertad,  su  independencia  y  el  sosiego  de  la 
República. 

Hay  grandes  medios  de  defensa  y  una  fuerza  conside- 
rable reunida  y  á  las  órdenes  de  S.  E.  el  señor  Presi- 
dente, que  se  muestra  superior  á  la  desgracia. 

¡Ciudadanos!  Ha  llegado  el  momento  de  suspender  las 
ocupaciones  pacíficas  y  contraeros  á  las  armas.  ¡  A  ellas, 
ciudadanos!  Vuestra  decisión  y  un  poco  de  constancia 
salvarán  la  República. 

Montevideo,  Diciembre  12  de  1SA2. 

Joaquín  Suárez. 
Francisco  Antonino   Vidal. 

Inmediatamente  se  decretó  la  creación  de  un  ejército 
de  reserva  en  el  departamento  de  Montevideo,  nombrando 
al  general  don  José  M.a  Paz  para  mandarlo;  se  promulgó 
una  ley  declarando  libres  á  todos  los  esclavos  que 
existían  en  el  territorio  de  la  República  y  creando  con 
ellos  (con  excepción  de  los  ancianos,  las  mujeres  y  los 
niños)  un  cuerpo  de  línea;  se  organizaron  otras  fuerzas 
militares  á  la  sazón  incompletas,  dotándolas  de  buenos 
jefes,  como  César  Díaz,  Faustino  Velazco,  Carlos  Paz  y 
otros,  y  la  Asamblea,  con  fecha  20  del  mismo  mes,  declaró 
á  la  patria  en  peligro,  disponiéndose  á  fortificar  la  capital 
lo  mejor  que  se  pudiese. 

En  cuanto  á  la  campaña,  cuando  se  produjo  la  catás- 
trofe del  Arroyo  Grande  apenas  existían  armados  300 
hombres  en  el  Queguay  y  500  en  San  José.  Todos  estos 
hechos  decidieron  al  comandante  militar  de  Soriano,  co- 
ronel don  Melchor  Pacheco  y  Obes,  á  organizar  en  aquel 
departamento  una  división   de  1200  hombres,  que  veinte 


-  135  - 

días  después  del  desastre  revistaba  con  patriótico  entu- 
siasmo sobre  las  cuchillas  de  Mercedes,  para  incorporarse 
á  los  restos  del  ejército  del  general  Rivera  (1). 

Antes  de  que  esto  sucediese  dotó  á  sus  fuerzas  de  una 
hermosa  bandera,  proclamándolas  de  la  siguiente  forma: 

«¡Patriotas!  Cuando  esta  bandera  flota  en  los  aires,  dice 
al  mundo  que  el  pueblo  Oriental  es  independiente:  sien 
vuestras  filas  llega  á  flamear  en  medio  del  combate,  que 
los  fogonazos  de  vuestros  fusiles  digan  al  mundo  que  el 
pueblo  Oriental  es  victorioso  (2).» 

«Espontáneamente  se  presentaron  á  Pacheco  varios 
jefes  argentinos,  como  Olavarría,  Hornos  y  Reina.  Estaba 
allí  Garibaldi  con  ciento  y  tantos  hombres,  salvados  del 
combate  naval  en  las  aguas  del  Paraná,  donde  había 
hecho  volar  sus  naves,  después  de  agotar  sus  municiones, 
antes  que  arriar  su  bandera. 

«Los  coroneles  Blanco,  Luna,  Cuadra,  Báez,  Camacho, 
Quintana  y  otros  jefes  activaban  en  diferentes  puntos  las 
reuniones  de  gente  y  caballadas  al  norte  del  Río  Negro 
y  en  el  Durazno,  mientras  que  el  coronel  Silva  lo  hacía 
en  Maldonado,  el  coronel  Estivao  en  la  Colonia,  el  co- 
ronel Flores  en  San  José  y  el  general  Medina  en  Flo- 
rida y  Canelones  (8).» 

Los  representantes  diplomáticos  de  Inglaterra  y  Fran- 
cia en  el  Plata,  por  su  parte,  se  dirigieron  al  gobierno 
de  Buenos  Aires  exigiendo  la  cesación  inmediata  de  las 
hostilidades  entre  la  Confederación  Argentina  y  la  Repú- 

( 1 )  Leogardo  Miguel  Torterolo  :  Vida  de  Melchor  Pacheco  y  Gbss.  Mon- 
tevideo, 1903. 

( 2 )  Todas  las  proclamas  de  Pacheco  revisten  tintes  de  grandeza  que 
predisponen  al  patriotismo,  á  la  abnegación  y  al  sacrificio.  «  Conocedor  de 
este  secreto — dice  el  señor  Torterolo  —  Pacheco  y  Obes  sabía  valerse  de 
él  cuando  el  curso  de  los  acontecimientos  se  lo  indicaban.  >  Sus  célebres 
proclamas  hacían  columbrar  esperanzas  de  triunfo :  tal  era  el  entusiasmo 
que  despertaban. 

(3)  Isidoro  De -María:  Anales  de  la  defensa  de  Montevideo.  1842-1851. 
Montevideo,  1883.  ... 


-  136  — 

blica  del  Uruguay  y  el  desalojo  del  territorio  de  esta  úl- 
tima por  parte  de  las  fuerzas  de  Rosas,  estando  también 
las  orientales  que  se  hallasen  todavía  en  cualquier  co- 
marca del  vecino  país,  obligados  á  repasar  las  fronteras  de 
la  Banda  Oriental ;  pero  Rosas  prestó  poca  atención  á 
los  diplomáticos  extranjeros,  que  nada  pudieron  hacer  por 
entonces  á  pesar  de  sus  sanos  propósitos  de  poner  tér- 
mino á  la  guerra. 

«La  actitud  de  los  representantes  extranjeros  en  esos 
momentos  ha  sido  motivo  de  censuras  y  ataques  de  parte  de 
los  defensores  de  Rosas,  pero  debemos  hacer  justicia  á  la 
firmeza  y  al  interés  desplegados  por  ellos  en  tan  graves 
circunstancias.  Rosas,  y  lo  que  llamaba  su  sistema,  eran 
refractarios  á  la  civilización;  tendían  ambos  al  bosque,  á 
la  pampa,  á  la  barbarie.  En  la  campaña  contra  Lavalle 
y  en  las  asonadas  de  la  mazorca  había  demostrado  lo 
que  el  progreso  y  los  sentimientos  humanitarios  le  im- 
portaban. Avergonzada  de  tales  escenas  de  sangre,  la  civi- 
lización del  Plata  habíase  refugiado  en  Montevideo,  repre- 
sentada por  hombres  distinguidos  que  cultivaban  la  vida 
y  las  costumbres  europeas.  Las  letras,  Jas  artes,  las  cien- 
cias tenían  allí  su  asiento.  Dispersos  esos  hombres,  muer- 
tos ó  desterrados  por  el  odio  sanguinario  de  Rosas,  nada 
quedaría  en  estos  países  que  salvase  sus  tradiciones  his- 
tóricas. La  civilización  retrocedería  cincuenta  años,  y  para 
evitar  esto,  en  provecho  de  la  América  misma,  convenía 
prevenir  el  desastre,  proteger  á  los  débiles  contra  el 
fuerte  y,  ya  que  no  fuese  posible  impedir  la  lucha,  hacer 
menos  funestos  sus  estragos. 

«La  intervención  europea,  así  considerada,  no  tenía 
propósitos  egoístas,  ni  planes  de  ocupación  para  usurpar 
territorio;  no  intervenían  tampoco  en  una  contienda  civil, 
sino  en  una  guerra  internacional  como  la  que  llevaba 
Rosas  al  Uruguay. 

<  Existían  en  las  dos  riberas  del  Plata  muchos  milla- 
res de  extranjeros,  cuyas  vidas  y  propiedades  no  podían 


-  137  - 

abandonarse  á  los  caprichos  de  un  poder  irresponsable. 
Se  sabía  que  el  dictador  no  meditaba  sus  actos  y  que 
sus  órdenes  ó  simples  insinuaciones  eran  ejecutadas,  bien 
se  tratase  de  quitar  la  vida,  de  flagelar,  de  encarcelar  ó 
de  arrebatar  los  bienes  á  las  víctimas  señaladas,  sin  con- 
templación á  la  edad,  al  sexo  ó  á  la  nacionalidad.  El 
tirano  lo  mandaba! 

«Bajo  este  criterio  la  intervención  extranjera  aparecía 
razonable,  y  si,  políticamente,  pudiera  ser  impugnada,  en 
el  sentido  puramente  humanitario  era  justa  (1).» 

18.  Invasión  de  Oribe.— Durante  la  segunda  quin- 
cena de  Diciembre  de  1842,  don  Manuel  Oribe  cruzó  el 
Uruguay  y  desembarcó  en  las  cercanías  de  la  ciudad  del 
Salto  acompañado  de  un  abigarrado  ejército,  compuesto  de 
12.000  hombres,  que  á  marchas  lentas  se  dirigieron  hacia 
el  sur  del  país. 

Esta  invasión  se  realizó  en  combinación  con  algunos 
partidarios  de  la  causa  rosista,  que  debían  secundar  di- 
cho movimiento  sublevándose  simultáneamente  en  dife- 
rentes puntos  del  territorio  oriental,  como  en  efecto  se 
sublevaron  en  San  José,  Colonia  y  Maldonado;  pero  to- 
dos estos  pronunciamientos  tuvieron  un  desenlace  desas- 
troso para  sus  promotores,  pues  unos  fueron  derrotados, 
otros  perseguidos  y  la  mayor  parte  deshechos,  exceptuando 
los  sublevados  de  la  Colonia,  que  en  número  de  400  hom- 
bres se  incorporaron  á  una  división  restauradora  com- 
puesta de  1600  sicarios  de  Rosas,  que  invadieron  por  ese 
departamento  para  agregarse  al  grueso  del  ejército  man- 
dado por  Oribe. 

El  general  Rivera,  que  con  una  pequeña  fuerza  se  encon- 
traba en  Paysandú,  considerándose  impotente  para  opo- 
nerse al  avance  de  aquel  formidable  ejército,  se  replegó 
hacia  el  Santa  Lucía  Grande,  primero,  y  después  hacia 
Canelones,   para  llegar  el   día   2   de  Febrero  de  1843  á 

(1)    Mariano  A,  Pelliza:  La  dictadura  de  Hosas.  Buenos  Aires,  1894. 


-  138  — 

Montevideo  con  un  convoy  de  más  de  200  carretas  ocu- 
padas con  familias  que,  no  queriendo  exponerse  á  los  aza- 
res de  la  guerra,  fijaban  su  residencia  en  la  capital. 

El  mismo  día  el  Presidente  reorganizó  el  gabinete,  con- 
fiando la  cartera  de  la  Guerra  al  coronel  Melchor  Pa- 
checo y  Obes,  la  de  Relaciones  á  don  Santiago  Vázquez 
y  la  de  Hacienda  á  don  Francisco  J.  Muñoz,  á  la  vez 
que  nombraba  al  general  don  José  María  Paz  coman- 
dante general  de  armas;  nombramientos  que  llamaron  la 
atención  pública  por  lo  acertados.  Al  día  siguiente,  Rivera, 
delegando  su  autoridad  presidencial  en  don  Joaquín  Suá- 
rez,  salió  nuevamente  para  la  campaña,  con  objeto  de 
organizar  un  nuevo  ejército. 

El  día  16  de  Febrero  de  1843  una  salva  de  21  caño- 
nazos, disparados  por  las  huestes  del  tirano,  anunciaban 
á  los  habitantes  de  la  capital,  que  don  Manuel  Oribe, 
con  un  ejército  de  diez,  doce  ó  catorce  mil  hombres  (1), 
había  acampado  en  el  Cerrito  de  la  Victoria  y  daba  co- 
mienzo al  memorable  sitio  de  Montevideo. 

«Si  Oribe  avanza  inmediatamente  después  del  triunfo 
del  Arroyo  Grande,  la  defensa  de  la  capital  no  hubiera 
sido  posible,  y  los  partidarios  de  Rivera,  abandonando 
las  posiciones  oficiales,  habrían  salido  de  la  ciudad  jun- 
tamente con  los  emigrados  argentinos,  para  buscar  un 
asilo  en  los  países  limítrofes  (2).»  Pero  Oribe  tardó  casi 
tres  meses  en  aproximarse  á  la  capital,  y  durante  ese 
tiempo  sus  habitantes  se  repusieron  de  la  sorpresa,  cobra- 


( 1 )  Según  lo  más  cierto,  el  ejército  invasor  se  componía  de  unos  12.000 
hombres  de  las  tres  armas,  de  los  cuales  7000  se  consagraron  al  sitio  de 
Montevideo  y  5000  que  desprendió  Oribe  para  operar  en  campaña  contra 
Rivera ;  pero  como  en  los  primeros  días  de  Marzo  del  mismo  año  invadió 
el  general  Urquiza  con  otro  ejército  de  4000  jinetes  y  500  infantes,  resulta 
que  las  fuerzas  que  la  Confederación  Argentina  colocó  en  el  territorio 
oriental  ascendían  á  más  de  17.000  hombres,  sin  contar  las  dotaciones  de 
los  buques  que  formaban  la  flota  de  Brown. 

(2)  Mariano  A.  Pelliza,  obra  citada. 


-  139  — 

ron  ánimo  y  se  aprontaron  para  una  defensa  tan  larga 
y  penosa  como  valiente  y  sufrida. 

Además,  aunque  el  señor  Oribe  lo  hubiese  deseado, 
no  habría  podido  apoderarse  de  Montevideo;  pues  el 
dictador  argentino  le  había  ordenado  que,  en  combinación 
con  el  almirante  Brown,  se  limitase  á  bloquearla  (1),  de 
modo  que  «el  general  Rosas,  al  ordenarle  como  jefe,  no 
llevaba  otro  objeto  que  prolongar  una  guerra  desastrosa 
é  inútil,  con  el  fin  de  reducir  más  tarde  el  Estado  Orien- 
tal á  la  categoría  de  provincia  argentina  (2).»  Es  de  pre- 
sumir la  herida  profunda  que  con  semejantes  instruccio- 
nes Rosas  infirió  á  Oribe,  y  cuan  grande  no  sería  el  des- 
engaño de  éste,  al  contemplarse  atraillado  á  la  voluntad 
omnímoda  del  déspota  argentino. 

«Apenas  en  la  ciudad  se  tuvieron  noticias  de  la  pre- 
sencia de  Oribe,  se  hizo  un  llamamiento  á  todas  las  fuer- 
zas, reuniéndose  en  pocas  horas  un  ejército  de  6000  hom- 
bres (3);»  y  «tales  y  tan  acertadas  medidas  se  tomaron, 
que  todo  el  ejército  de  Oribe  habría  sufrido  grandes  pér- 
didas al  tomar  la  plaza  de  Montevideo  (4),»  si  hubiese 
intentado  entonces  apoderarse  de  ella. 

Pocos  días  después  se  produce  el  primer  encuentro  en- 
tre sitiadores  y  sitiados.  Estos  últimos,  en  número  de  80, 
mandados  por  el  valiente  comandante  don  Marcelino 
Sosa,  se  aproximan  al  campo  enemigo  con  objeto  de  des- 
cubrir su  verdadera  posición.  «Avanzó  hasta  lo  de  Casa- 
valle,  más  allá  del  Cerrito,  de  donde  se  desprendió  una 
fuerza  para  venir  á  su  encuentro.  Se  chocan  allí,  donde 
brilla  la  terrible  lanza  de  Sosa.  Carga  con  sus  bravos  al 
enemigo,  lo  dispersa,  corta  algunos  de  sus  soldados  y 
hace   los   primeros   prisioneros   al  sitiador,   que   conduce 

( l )    Carta  de  Rosas  á  Oribe,  de  fecha  28  de  Febrero  de  1843. 
(2  )    Antonio  Díaz  :  Historia  política  y  militar  dt  las  Repúblicas  del  Plata. 
Montevideo,  1878. 

( 3  )    Pablo  Blanco  Acevedo,  obra  citada. 
(4)    Antonio  Díaz,  obra  citada. 


-  140  - 

triunfante  á  la  plaza  con  la  divisa   roja   que   los   distin- 
gue (1).» 

19.  Fin  de  la  segunda  presidencia  de  Rivera.— 
Terminada  la  segunda  Presidencia  del  general  Rivera,  el 
día  1.°  de  Marzo  quedó  encargado  del  Poder  Ejecutivo 
el"  ciudadano  don  Joaquín  Suárez,  Presidente  del  Se- 
nado, pues  en  vista  del  estado  de  guerra  en  que  se  encon- 
traba el  país,  no  era  posible  proceder  á  la  elección  de 
primer  magistrado  de  la  República. 

Rivera,  que  ya  había  logrado  reunir  4500  hombres, 
quedó  nombrado  general  en  jefe  del  ejército  de  opera- 
ciones en  campaña. 

20.  Situación  económica  de  la  República.  —  Du- 
rante este  período  la  situación  económica  de  la  República 
O.  del  Uruguay  empeoró  bastante,  á  pesar  de  los  recursos 
extraordinarios  votados  por  la  Asamblea.  Sin  embargo, 
durante  los  dos  primeros  años  de  la  segunda  adminis- 
tración del  general  Rivera,  el  gobierno  marchó  con  desem- 
barazo y  amortizó  fuertes  cantidades  de  la  deuda  atra- 
sada. «Pero  sobrevino  la  convención  funesta  entre  el  ple- 
nipotenciario del  Gobierno  de  Francia  y  el  de  Buenos 
Aires,  y  este  suceso  trastornó  todos  los  planes  y  arrastró 
la  atención  del  Gobierno  hacia  un  solo  objeto:  la  de- 
fensa del  país,  tan  injustamente  abandonada. 

«El  Presidente,  que  estaba  en  campaña,  regresó  en  el 
acto  para  organizar  la  defensa,  empleando  ingentes  sumas 
en  armamentos  y  buques  de  guerra,  y  disponiendo  de 
todos  los  fondos  que  había  reservado  el  Ministerio,  del 
producto  total  del  remate  de  sellos  de  los  años  actual  y 
venidero  (2).» 

Al  fin  de  Diciembre  de  1S40,  la  deuda  ascendía  á  4.106,831 
pesos,  sin  contar   otros   varios  compromisos  del   Estado. 


(1)  Isidoro  De- Marta,  obra  citada. 

(2)  Eduardo  Acevedo :  Contribución  al  estudio  de  la  historia  económica 
y  financiera  de  la  República.  Monteyideo,  1903. 


-  141  - 

En  cuanto  á  las  rentas,  estaban  calculadas  en  1.158,500 
pesos. 

21.  Resumen.  —  Durante  el  segundo  gobierno  del  ge- 
neral Rivera  se  fundó  (17  Mayo  1839)  la  Academia  de 
Práctica  Forense,  dotando  á  esta  institución  de  su  res- 
pectivo reglamento;  quedó  abolido  el  tráfico  de  esclavos 
(13  Julio  1839),  y  se  declaró  libres  á  é3tos  (12  Diciem- 
bre 1842);  se  celebró  ad  referendum  un  tratado  de  reco- 
nocimiento, amistad,  paz  y  comercio  con  España,  aunque 
dificultades  posteriores  impidieron  su  realización;  se  in- 
trodujeron sanas  reformas  en  la  administración  de  justi- 
cia (17  Julio  1839,  20  Agosto  del  mismo  y  11  de  Marzo 
de  igual  año);  se  puso  en  circulación  la  primera  moneda 
de  cobre  con  cuño  nacional  (15  Octubre  1840);  se  prohi- 
bió el  cierre  de  los  caminos  públicos  (17  Noviembre 
1840);  se  reglamentaron  los  abastos  (1.°  Enero  1841); 
se  uniformó  la  indumentaria  del  ejército  (1.°  Septiembre 
1841),  y  se  ordenó  (29  Septiembre  1842)  que  los  autores, 
editores  ó  impresores,  remitiesen  á  la  Biblioteca  Nacional 
un  ejemplar  de  cada  una  de  las  obras  que  en  lo  sucesivo 
publicasen;  disposición  que  todavía  se  halla  en  vigencia. 

La  historia  reconocerá  siempre  con  cuánta  justicia  lu- 
chó Rivera  contra  la  invasión  de  Echagüe,  teniendo  el 
valor  ejemplar  de  no  permitir  que  su  patria  fuese  humi- 
llada en  ninguna  forma  por  el  déspota  argentino,  á  pe- 
sar de  que  Chile,  Bolivia,  el  Perú  y  casi  todas  las  pro- 
vincias argentinas  se  prestaron  á  no  contrariar  la  voluntad 
de  Rosas.  Esta  actitud  le  obligó  á  sostener  una  guerra 
desigual  con  las  huestes  del  tirano  de  Buenos  Aires,  y 
si  es  cierto  que  sufrió  la  catástrofe  del  Arroyo  Grande, 
en  cambio  aumentó  el  catálogo  de  las  glorias  nacionales 
con  la  brillante  página  de  Cagancha.  Dio  también  alta 
prueba  de  civilización  y  cultura  acogiendo  digna  y  pa- 
ternalmente á  los  ¡lustres  proscriptos  de  allende  al  Plata, 
que  fijaron  temporalmente  su  residencia  en  Montevideo, 
protegiéndolos  en  cuanto  pudo.  Fué  humano  con  los  ven- 


—  142  — 

ciclos,  tolerante  con  sus  detractores,  enérgico  en  la  guerra, 
sin  ser  sanguinario,  y  amigo  de  las  instituciones;  pues, 
pudiendo  declararse  dictador,  prefirió  que  el  país  conti- 
nuase gobernándose  con  arreglo  á  las  leyes  y  á  la  Cons- 
titución. 

Durante  esta  Administración,  la  población  de  la  Repú- 
blica alcanzó  á  200.000  habitantes,  el  comercio  de  im- 
portación se  elevó  á  siete  millones  de  pesos  anuales  y  á 
ocho  millones  y  medio  el  de  exportación,  excediendo  de 
900  el  número  de  buques  que  entraban  cada  año  en  el 
puerto  de  Montevideo. 

Sólo  á  Rosas  y  á  sus  sicarios  estaba  destinada  la  des- 
graciada tarea  de  interrumpir  tanto  progreso  y  bienestar. 


GOBIERNO  DE  SUÁREZ 


Joaquín  Suárez 


CAPITULO  IV 

GOBIERNO    DE    SUAREZ 
I 

(1843) 

SUMARIO:  1.  Organización  del  gobierno  de  Oribe. —  2.  Primeros  actos 
gubernativos.  —  3.  Brown  y  Garibaldi. —  4.  Fundación  del  Instituto 
Histórico-t  Geográfico. — 5.  Fusilamiento  de  Baena.  —  6.  Principales  he- 
chos de  armas  en  1843.  —  7.  Mísera  situación  de  la  plaza.  —  8.  De- 
cretos gubernativos. 

1.  Organización  del  gobierno  de  Oribe.  — El  ejér- 
cito invasor  se  situó  frente  á  Montevideo,  extendiendo  su 
línea  desde  el  Buceo  hasta  el  Pantanoso,  de  modo  que 
interceptaba  la  plaza  con  el  resto  del  país,  por  la  vía 
terrestre,  á  la  vez  que  establecía  comunicación  fluvial  con 
el  exterior.  Las  avanzadas  estaban  cerca  de  la  capital, 
la  caballería  impedía  el  acceso  á  la  fortaleza  del  Cerro, 
y  fueron  emplazadas  en  los  parajes  más  culminantes  ó 
más  despejados  35  piezas  de  artillería  de  sitio.  Esta 
línea  era  continua,  y  como  el  Estado  Mayor  de  Oribe 
formuló  un  buen  plan  de  señales,  resulta  que  cualquier 
movimiento  de  los  sitiados  podía  comunicárselo  el  ejér- 
cito rosista  con  la  más  absoluta  facilidad. 

Con  todas  estas  disposiciones  y  los  poderosos  elemen- 
tos acumulados  por  Rosas  ante  los  muros  de  Montevi- 
deo, el  tirano  esperaba  que  esta  ciudad  depositaría  á  sus 
pies  las  llaves  de  la  misma,  no  habiendo  necesidad,  por 

10.— 2. • 


—  146  — 

consiguiente,  de  tomarla  por  asalto,  como  así  se  lo  comu- 
nicó á  Oribe. 

Cuando  éste  se  enteró  de  semejante  plan,  adquiriendo 
á  la  vez  la  persuasión  de  que  los  propósitos  del  tirano 
no  eran  por  entonces  apoderarse  de  Montevideo,  sino  ir 
aniquilando  lentamente  el  Estado  Oriental  para  redu- 
cirlo más  tarde  á  la  categoría  de  provincia  argentina, 
resolvió  establecer  su  gobierno  en  el  Cerrito,  como  así 
lo  hizo,  nombrando  al  general  don  Antonio  Díaz  para 
las  carteras  de  Guerra  y  Marina  y  Hacienda,  y  para  las 
de  Gobierno  y  Relaciones  Exteriores  á  don  Carlos  G. 
Villademoros. 

«Sucesivamente  se  fueron  instalando  todas  las  oficinas 
correspondientes  á  una  administración,  y  posteriormente 
los  Poderes  Legislativo  y  Judicial,  con  la  misma  inte- 
gración personal  que  tenían  cuando  caducaron  (1).» 

Semejante  gobierno  era  una  simple  fórmula,  pues  el 
general  Oribe  procedía  según  su  libre  albedrío,  cum- 
pliendo exclusivamente  su  voluntad  con  prescindencia  del 
Ministerio,  y  casi  siempre  haciendo  caso  omiso  de  las 
prescripciones  de  la  ley. 

Un  gobierno  así  constituido  no  podía  ser  la  emanación 
genuina  de  todo  un  pueblo,  ni  á  su  jefe  le  era  lícito  ti- 
tularse Presidente  legal,  desde  que  hacía  más  de  cuatro 
años  que  Oribe  había  resignado  el  mando  en  manos  de 
la  Asamblea  Nacional,  y  «la  Constitución  política  del 
Estado  fija  en  cuatro  años  el  período  legal  de  los  Presi- 
dentes, sin  que  estos  términos,  que  son  de  años  consecu- 
tivos, admitan  soluciones  de  continuidad  (2).»  Aunque 
la  fuerza  de  sus  legiones  le  hubiera  reconquistado  la  Pre- 
sidencia perdida,  el  señor  Oribe  no  podía,  mediante  el 
empleo  de  semejantes  medios,  volver  á  ocuparla  sin  infrin- 


( 1 )  Antonio   Díaz  ¡    Historia  política   y  militar  de   las   Repúblicas   del 
Plata,  Montevideo,  1878. 

(2)  Mariano  A.  Pelliza:  La  dictadura  de  Rosas.  Buenos  Aire»,  1894. 


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gir  la  Constitución,  hollar  las  leyes  y  conculcar  los  prin- 
cipios fundamentales  de  la  sociedad. 

2.  Primeros  actos  gubernativos.— Una  de  las  pri- 
meras disposiciones  de  Oribe  fué  declarar  (l.o  de  Abril 
de  1843)  «que  no  respetaría  la  calidad  de  extranjeros,  ni 
en  los  bienes,  ni  en  las  personas  de  los  subditos  de  otras 
naciones  que  tomaran  partido  con  los  infames  rebeldes 
salvajes  unitarios,  contra,  la  causa  de  las  leyes,  que  el 
infrascrito  y  las  fuerzas  que  le  obedecen  sostienen,  sino 
que  serán  considerados  también  en  tal  caso,  como  rebel- 
des salvajes  unitarios  y  tratados  sin  ninguna  conside- 
ración.» 

El  efecto  de  esta  disposición  fué  diametralmente  opuesto 
al  que  se  proponía  su  autor,  pues  arrancó  una  protesta 
general  de  la  población  extranjera  y  en  particular  de  los 
residentes^  británicos,  que  dirigieron  al  almirante  Purvis, 
á  la  sazón  en  Montevideo,  una  nota  conteniendo  los 
siguientes  conceptos:  «Permitidnos,  señor,  que  en  conclu- 
sión manifestemos  que  tal  es  nuestra  convicción  de  la 
inminencia  del  peligro  á  que  como  subditos  británicos 
nos  creemos  expuestos  por  la  injustificable  amenaza  del 
general  Oribe,  que  es  natural  suponer  que  podría  se- 
guirse la  alternativa  de  tomar  las  armas  en  defensa  de 
la  vida;  pero  deseando  conservar  el  carácter  de  neutra- 
lidad que  hasta  ahora  hemos  mantenido,  esperamos  que 
tomaréis  tales  medidas,  que  nos  libren  de  la  posibilidad 
que  el  ejército  del  general  Rosas  inflija  á  los  subditos 
de  S.  M.  el  tratamiento  que  aplica  sistemáticamente  á 
las  personas  designadas  como  rebeldes  salvajes  uni- 
tarios. » 

Prestando  debida  atención  á  esta  solicitud,  el  almirante 
Purvis  se  dirigió  al  general  Oribe  en  los  siguientes  tér- 
minos: 

«La  violencia  que  se  despliega  en  este  extraordinario 
documento,  cuya  sabiduría  política  y  practicabilidad  debe 
ser  en  su  resultado  asunto  de  la  consideración  del  go- 


—  148  - 

bierno  de  Buenos  Aires;  la  crueldad  de  las  amenazas  que 
contiene,  y  el  lenguaje  en  que  está  concebido  son  tales, 
que  en  mi  opinión  deshonraría  aún  á  los  pequeños  esta- 
dos de  Berbería;  mientras  que  la  última  pena  que  se- 
ñala á  los  que  caigan  bajo  la  acusación  de  cargo  tan 
indefinido  de  crimen,  como  es  el  usar  de  su  influencia 
en  favor  de  un  partido  político,  no  están  fundadas  en 
ningún  principio  de  justicia,  ó  en  los  derechos  de  un 
beligerante  legal,  sino  que  son  más  bien  corroborantes  del 
espíritu  atroz  de  crueldad  con  que  se  ha  hecho  esta 
guerra,  y  con  que  se  está  haciendo,  y  por  lo  que  ha  lla- 
mado la  atención  y  los  reproches  de  todo  el  mundo. 

« Por  lo  tanto,  una  debida  consideración  hacia  las  vi- 
das é  intereses  de  los  subditos  de  S.  M.  la  reina  de  la 
Gran  Bretaña,  á  quienes  para  mí  es  de  toda  obligación 
dar  toda  la  protección  necesaria  en  caso  de  peligro,  me 
obligan  á  exigir  que  hasta  se  me  den  garantías  suficien- 
tes de  esas  amenazas,  que  en  ningún  caso  se  pondrán  en 
ejecución,  y  hasta  que  esté  satisfactoriamente  seguro  de  que 
la  vida  y  propiedad  británica  no  serán  de  modo  alguno 
puestas  en  peligro,  no  consentiré  que  se  prosiga  en  nin- 
guna hostilidad  que  pueda  afectar  la  seguridad  ó  la  vida 
de  los  subditos  británicos  residentes  en  la  ciudad  de 
Montevideo. » 

Esta  actitud  resuelta  del  almirante  inglés  hizo  reaccio- 
nar á  Oribe,  quien,  contestando  á  dicha  nota,  le  aseguró 
que  la  vida  y  propiedad  británicas  serían  respetadas  en 
tierra  y  agua  por  las  fuerzas  de  su  mando. 

Pero  la  circular  del  jefe  sitiador  más  arriba  citada  ha- 
bía causado  penosa  impresión  y  gran  alarma  entre  los 
subditos  de  otras  naciones,  pues  es  preciso  tener  presente 
que  en  esta  fecha  la  población  de  Montevideo  estaba 
compuesta  en   su  mayoría  por   extranjeros  (1).  Así  fué 


( 1 )    «En   Octubre    de    ese   año   se   levantó   un  padrón  de  la  población 
existente  dentro  de  los  muros,  arrojando    las   cifras   siguientes:    Orienta- 


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que  los  franceses,  los  italianos,  los  españoles  y  los  argen- 
tinos se  apresuraron  á  ofrecer  sus  servicios  personales  al 
gobierno  de  Suárez,  comprometiéndose  á  formar  legiones 
que,  enarbolando  las  banderas  de  sus  respectivas  nacio- 
nalidades, cooperarían  con  el  ejército  nacional  á  la  de- 
fensa de  la  ciudad.  El  gobierno  aceptó  tan  generoso  ofre- 
cimiento, y  á  los  pocos  días  se  habían  concentrado  2000 
franceses  á  las  órdenes  del  valiente  coronel  Juan  Crisós- 
tomo  Thiebaut  ( 1 ),  600  italianos  mandados  por  José  Ga- 
ribaldi,  el  poderoso  núcleo  de  argentinos  emigrados  de 
allende  el  Plata,  entre  los  que  se  encontraban  muchos 
de  los  más  esclarecidos  guerreros  de  la  independencia 
americana,  y  700  patriotas  españoles  que  se  enrolaron 
como  artilleros  de  plaza,  entre  los  que  figuraba  en  pri- 
mera línea  el  coronel  José  Neira  (2),  que  pereció  víctima 
de  su  temerario  arrojo  en  el  combate  de  las  Tres  Cru- 
ces (17  Noviembre  de  1848). 
En   cuanto   al  elemento   nacional,  «todos  los  hombres 

les  11.431,  argentinos  2.553,  franceses  6.234,  italianos  4.205,  españoles 
3.406,  ingleses  609,  portugueses  G59,  brasileros  492,  de  otros  estados 
europeos  183,  sin  patria  conocida  861,  africanos  1.344.  Total  31.189. 
En  edades  hasta  16  años,  10.373;  de  16  hasta  50  años,  16.730;  de  50  para 
arriba,  2,753.  En  sexos,  el  masculino  representaba  16.603  y  el  femenino 
14.346.»  (Isidoro  De -María:  Anales  de  la  defensa  de  Montevideo.  Mon- 
tevideo, 1S83. ) 

(1)  J.  Lefevre :  Biografía  del  coronel  J.  C.   Thiebaud.  Montevideo,  1851. 

(2)  «Entre  los  héroes  y  mártires  de  esa  nacionalidad  (España),  figuró 
en  primera  línea  el  coronel  José  Neira,  que  pereció,  víctima  de  su  teme- 
rario arrojo,  al  frente  de  sólo  30  hombres,  en  el  combate  que  el  17  de 
Noviembre  del  43  tuvo  lugar  en  las  Tres  Cruces,  y  su  cadáver  fué  heroi- 
camente defendido,  primero  por  el  alférez  Jo9é  María  Ortiz,  que  era  casi 
un  niño,  en  unión  de  13  de  sus  compañeros,  hombres  de  color,  y  poco 
después  por  el  general  Garibaldi,  que  acudió  presuroso  en  su  auxilio. 
«  No  dejemos,  dijo,  que  le  corten  la  cabeza  para  clavarla  en  el  Cerrito ;  » 
y  veló  por  él  en  lucha  desigual,  hasta  que  fuerzas  de  la  plaza  acudieron 
al  sitio.  El  general  Mitre,  en  sus  recuerdos  de  la  Guerra  Grande,  dice 
que  los  funerales  de  Neira  tuvieron  un  carácter  épico,  y  que  si  en  los  de 
Patroclo  lloraron  hasta  los  caballos  de  Aquiles,  en  los  de  aquél,  todos  los 
defensores   de    Montevideo    se    sintieroa    hombres  capaces  de  sacrificarse 


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aptos  para  llevar  armas  habían  sido  enrolados,  y  nin- 
guna consideración  bastó  para  alejarlos  del  cumplimiento 
de  sus  deberes.  Ninguna  excepción  fué  admitida.  El  mi- 
nistro de  la  guerra  dictaba  los  decretos  y  se  encargaba 
él  mismo  de  hacerlos  cumplir,  y  todos  sabían  que  nada 
influía  para  detener  su  voluntad  de  hierro.  Fué  enton- 
ces que  se  reorganizaron  los  batallones  de  la  guardia 
nacional  y  se  eligieron  por  comandantes  de  estas  masas 
improvisadas  á  aquellos  hombres  hasta  entonces  ajenos 
á  la  guerra,  y  cuyos  nombres  son:  Lorenzo  Batlle,  Fran- 
cisco Tajes,  José  M.a  Muñoz,  José  Solsona,  Juan  An- 
drés Gelli  y  Obes  y  Francisco  Muñoz.  Todos  eran  nego- 
ciantes ó  abogados  al  principio  del  asedio.  Todos  son  hoy 
coroneles,  y  jamás  las  nobles  insignias  de  este  grado  han 
sido  llevadas  más  noblemente.  Los  cuerpos  de  línea,  al 
mando  de  los  cuales  figuran  también  hombres  nuevos, 
fueron  reorganizados  y  puestos  á  las  órdenes  de  Marce- 
lino Sosa,  el  Héctor  de  esta  nueva  Troya,  de  César  Díaz, 
de  Melchor  Pacheco  y  Obes  y  de  Juan  Antonio  Lezica. 
Y  todos   estos  nombres  que  citamos  son  ya  históricos,  y 


hasta  por  los  despojos  mortales  de  sus  semejantes.  »  (  Setembrino  E.  Pe- 
reda :  Los  extranjeros  en  la  Guerra  Grande.  Montevideo,  1904. ) 

«El  17  de  Noviembre  fué  muerto  en  una  salida  de  los  sitiados  el  se- 
gundo jefe  de  la  izquierda  de  la  línea  de  la  plaza,  coronel  don  José  Neira. 
Este  jefe  era  de  nacimiento  español,  pero  muy  decidido  por  la  causa  en 
cuyo  servicio  perdió  la  vida.  La  Labia  adoptado  haciendo  una  rápida  ca- 
rrera. Era  generalmente  apreciado  por  sus  prendas  personales,  y  en  des- 
empeño de  su  servicio  se  habla  portado  siempre  con  actividad  y  bra- 
vura. La  defensa  de  Montevideo  perdió  en  él  uno  de  sus  mejores  soste- 
nedores.» (Antonio  Díaz:  Historia  Política  y  Militar  de  las  Repúblicas  del 
Plata.  Montevideo,  1878. } 

«  Neira  muere  también  como  un  valiente  batiéndose  en  las  Tres  Cruces. 
En  la  clase  civil  la  muerte  vino  á  dejar  un  vacío  sensible  entre  los  hom- 
bres de  consejo,  entre  los  miembros  más  honorables  de  la  administra- 
ción. »  (Isidoro  De-  María :  Anales  de  la  defensa  de  Montevideo.  Monte- 
video, 1383.; 


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serían  inmortales  si  tuviesen  por  cantor  un  nuevo  Ho- 
mero (1).» 

En  cuanto  á  la  plaza,  es  sabido  que  se  encontraba  sin 
municiones  de  guerra,  escasa  de  armamento  y  exenta  de 
cañones,  al  punto  de  tener  que  arrancar  los  que  servían 
de  postes  en  las  esquinas,  y  utilizarlos  como  buenos,  ya 
que  no  se  disponía  de  otros,  ni  había  posibilidad  de 
adquirirlos.  Eran  unas  piezas  de  grueso  calibre  del  tiem- 
po de  la  dominación  española,  y  con  ellos  se  artilló  la 
línea  interior  de  defensa,  la  fortaleza  del  Cerro  y  la  isla 
de  Ratas.  También  se  levantaron  trincheras,  se  improvi- 
saron reductos  y  se  abrió  un  ancho  foso  al  pie  de  los 
muros  de  Montevideo  (2). 

Las  damas  de  la  mejor  sociedad  de  Montevideo,  por 
iniciativa  de  la  esposa  del  general  Rivera,  se  reunieron, 
procediendo  á  la  fundación  de  la  Sociedad  filantrópica, 
cuyo  objeto  era  socorrer  á  los  necesitados,  atender  á  los 
enfermos  y  cuidar  á  los  heridos,  á  cuyo  efecto  improvi- 
saron un  hospital,  á  la  vez  que  el  cuerpo  médico  de 
Montevideo  se  disponía  á  prestar  generosamente  sus  ser- 
vicios profesionales  en  los  diferentes  hospitales  militares 
que  se  fundaron,  los  que  podían  dar  cabida  á  800  per- 
sonas. Algunos  sacerdotes  completaron  esta  obra  huma- 
nitaria, pidiendo  á  los  ricos  para  los  pobres,  á  quienes 
socorrieron   en   cuanto   les  fué  posible.  Más  adelante  se 


(1)  Alejandro  Dumas :  Montevideo,  ó  una  nueva  Troya.  Obra  escrita  en 
1850,  traducida  por  Andrés  Muñoz  Anaya  y  publicada  en  Montevideo 
en    1893. 

(2)  Con  motivo  de  este  último  trabajo,  el  diario  que  se  publicaba  en 
el  Cerrito  y  que  estaba  consagrado  á  defender  la  causa  de  los  sitiadores, 
se  expresaba  en  los  siguientes  términos  :  «  Pronto  esos  fosos  que  estáis 
cavando  serán  vuestros  sepulcros.  ¡  Insensatos !  ¿  Pensáis  resistir  á  14.000 
soldados  que  en  cien  combates  se  han  cubierto  de  laureles  ?  No  os  queda 
otro  recurso  que  implorar  el  perdón  del  ilustre  general  Oribe,  si  no  que- 
réis que  vuestras  cabezas  suban  tan  altas  como  las  de  los  salvajes  uni- 
tarios Avellaneda,  Acha,  etc.,  etc> 


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crearon  asilos  para  los  inválidos  y  los  convalecientes,  y 
hasta  una  escuela  para  los  hijos  de  los  emigrados. 

3.  Brown  y  Garibaldi.  -El  día  7  de  Abril  la  flota 
rosista  de  Brown  penetró  en  el  puerto  de  Montevideo, 
aproximóse  á  la  isla  de  Ratas  y,  desembarcando  en  ella 
algunas  fuerzas,  se  apoderó  de  la  pólvora  que  el  comer- 
cio tenía  allí  depositada,  é  hizo  prisioneros  á  los  em- 
pleados que  la  custodiaban.  « En  esta  situación,  el  como- 
doro Purvis,  adoptando  un  temperamento  prudente,  hizo 
sentir  al  general  Brown  lo  indebido  de  su  procedimiento, 
el  compromiso  en  que  lo  ponía  y  en  que  él  mismo  se 
colocaba  como  subdito  británico;  y  sin  duda  compren- 
diéndolo así  Brown,  se  retiró  del  puerto  en  la  mañana 
del  9,  devolviendo  la  pólvora  y  los  hombres  que  había 
tomado  (1).» 

Sin  embargo,  á  los  pocos  días  reaparece  Brown  con 
más  embarcaciones,  fondeando  dentro  del  puerto  de  Mon- 
tevideo en  actitud  hostil,  lo  que  decidió  al  gobierno  á 
colocar  algunas  baterías  del  lado  del  río  y  artillar  con- 
venientemente la  fortaleza  del  Cerro  y  la  isla  de  Ratas, 
á  la  cual  hizo  conducir  materiales  para  emprender  las 
obras  de  defensa,  dos  cañones  y  municiones,  dotándola 
de  una  pequeña  guarnición,  la  que  fué  atacada  esa  misma 
noche  por  Brown;  pero  concurrió  inmediatamente  Gari- 
baldi, que  sostuvo  heroicamente  el  fuego  contra  su  adver- 
sario, impidiendo  que  desembarcara  en  aquel  árido  pe- 
ñasco, al  que  desde  ese  día  (30  Abril  1843)  se  denominó 
Isla  de  la  Libertad. 

Este  suceso  y  el  bloqueo  en  que  la  escuadra  de  Brown  (2) 
mantenía  al  puerto  de  Montevideo,  decidieron  al  Go- 
bierno á  hacer  un  esfuerzo  supremo  y  crear  una  flotilla  (3), 

( 1 )  Isidoro  De  -  Marta,  obra  citada. 

(2)  La  armada  de  Bro<vn  se  componía  de  la  corbeta  25  c'e  Mayo,  los 
bergantines  Belgrano,  Echagüe  y  San  Martin,  las  goletas  Chacabuco  y  & 
de  Julio,  un  patacho,  una  ballenera  y  un  lanchón. 

(3)  La    escuadrilla    de    Garibaldi    estaba    formada    por  1  bergantín,  3 


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que  puso  á  las  órdenes  de  Garibaldi,  quien,  no  sólo  inco- 
modó varias  veces  al  marino  irlandés  (1),  sino  que  favo- 
reció la  navegación  de  muchos  buques  mercantes  que  con 
procedencia  de  Río  Grande  conducían  víveres  para  la 
población  de  Montevideo,  en  cuyo  puerto  penetraban  á 
pesar  del  bloqueo. 

4.  Fundación  del  Instituto  Histórico  -  Geográ- 
fico.—  Merced  á  la  iniciativa  del  Jefe  Político  doctor  don 
Andrés  Lamas,  el  día  25  de  Mayo  quedó  instalado  en 
Montevideo  el  Instituto  Histórico- Geográfico -Estadístico, 
cuya  creación  no  sólo  respondía  á  fines  científicos,  sino 
que  tenía  también  por  objeto  reunir  en  su  seno  á  « todos 
los  hombres  de  letras  que  tuviese  el  país,  llamados  á 
despojarse  en  las  puertas  del  Instituto  de  sus  prevencio- 
nes y  colores  políticos,  para  entrar  en  él  á  ocuparse  tran- 
quilamente en  objetos  de  interés  común  y  permanente, 
que  empezaría  por  aproximarlos  y  acabaría  tal  vez  por 
nivelar  las  opiniones  todas,  y  reunidos  en  el  centro  de 
la  utilidad  y  de  la  gloria  de  esta  patria,  en  que  tanto 
noble,  bello  y  útil  puede  ejecutarse,»  como  decía  la  nota 
del  iniciador  de  este  pensamiento. 

Por  desgracia,  los  momentos  no  se  prestaban  al  des- 
arrollo de  una  idea  tan  fecunda,  y  el  Instituto  arrastró 
una  vida  tan  precaria  que  lo  hizo  languidecer  y  sucum- 
bir en  breve. 

5.  Fusilamiento  de  Baena.  —  «Las  severas  medidas 
tomadas  por  el  Ministro  de  la  Guerra  hacían  que  se  res- 
petaran todos  los  mandatos  gubernativos.  A  cualquiera 
persona  que  se  le  encontraban  comunicaciones  del  enemigo, 


goletas,  5  pailebotes,  3  cañoneras  y  3  lanchones.  Ninguna  de  estas  embar- 
caciones había  sido  construida  para  fines  bélicos. 

(1)  «Más  de  una  vez,  con  lanchones  mal  construidos,  abordó  la  ta- 
rea ridicula  para  otras  audacias,  de  atacar  los  fuertes  navios  enemigos. 
Es  memorable  aquella  fuga  de  toda  la  escuadra  argéntica  ante  tres  bar- 
quichuelos  orientales,  cuando  nuestro  héroe  se  decidió  á  tomarla  prisio- 
nera.» (Pedro  Manini  Ríos:  Garibaldi.  Montevideo,  1900.) 


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se  le  pasaba  por  las  armas.  En  virtud  de  esta  rigidez  disci- 
plinaria, fué  ejecutado  el  16  de  Octubre  de  1843,  el  co- 
merciante de  la  ciudad  don  Luis  Baena.  Este  acto  obe- 
decía á  una  correspondencia  encontrada  en  un  lanchón 
procedente  del  Buceo  y  apresado  por  Garibaldi,  la  que 
comprometía  en  alto  grado  á  Baena. 

«Pacheco  constituyó  el  tribunal,  y  el  reo  fué  conde- 
nado á  muerte  á  las  44  horas  del  apresamiento  del  bu- 
que. Inútiles  fueron  todos  los  ofrecimientos  que  se  le 
hicieron  para  que  se  salvara  de  la  pena  capital  al  pre- 
venido, y  aún  resuena  en  todos  los  oídos,  transmitida  de 
generación  en  generación,  como  los  versos  magistrales  de 
Homero  por  los  antiguos  rapsodas,  la  respuesta  que  dio 
á  los  comerciantes  que  le  ofrecieron  por  la  vida  de  Baena 
6.000  pesos  y  un  uniforme  para  cada  soldado  del  ejército: 
Si  la  vida  se  comprara  jjor  dinero,  no  habría  rico  que 
muriese. 

«Los  enemigos  de  Pacheco,  y  particularmente  los  que 
lo  son  de  la  Defensa  de  Montevideo,  ven  en  este  hecho 
un  crimen  horrendo  sin  atenuación  ninguna  y  rodeado 
por  doquiera  de  las  más  comprometedoras  agravantes. 
Sólo  espíritus  movidos  por  un  partidarismo  exagerado, 
pueden  condenar  un  acto  que,  además  de  estar  justificado 
por  prueba  escrita,  lo  explican  con  perfecta  lógica  las 
propias  leyes  de  la  guerra.  ¿  Qué  se  hace  en  toda  ciudad 
sitiada,  cuando  alguien  vende  los  secretos  de  la  defensa 
al  sitiador?  El  lector  responderá  á  esta  sencilla  interro- 
gación, y  esa  respuesta  será  la  mejor  justificación  de 
Pacheco  (1).» 

Honda  y  penosa  fué  la  impresión  que  produjo  en  Mon- 
tevideo la  ejecución  del  señor  Baena,  al  extremo  de  que 
no  toda  la  prensa,  á  pesar  de  sus  simpatías  por  la  causa 
de  la  Defensa,  le  prestó  su  aprobación,  permaneciendo 
silenciosa  ante  tan  gran  desacierto. 

( 1 )  Leogardo  Miguel  Torterolo :  Vida  de  Melchor  Pacheco  y  Obes.  Mon- 
tevideo, 1903. 


—  155  — 

«Baena  gozaba  de  merecido  crédito  y  estaba  relacionado 
con  las  principales  casas  del  comercio  extranjero.  Poseía 
una  de  las  casas  de  remate  más  fuertes  de  la  plaza,  ma- 
nejaba valiosos  intereses,  ocupaba  una  posición  social 
aventajada,  pertenecía  á  una  de  las  familias  más  anti- 
guas de  Montevideo  y  era  un  miembro  estimable  de  su 
sociedad.  Su  infortunio,  pues,  no  podía  dejar  de  ser  ge- 
neralmente sentido.  Su  cadalso  fué  estéril  para  evitar 
conspiraciones  inicuas  (1).» 

6.  Principales  hechos  de  armas  en  1843.  — «Los  si- 
tiados, en  número  de  2000,  intentaron  efectuar  una  salida 
por  la  parte  de  las  Tres  Cruces,  pero  rechazados  por  los 
sitiadores,  se  ven  forzados  á  retroceder  hasta  encerrarse 
en  las  trincheras  (2).» 

El  entonces  coronel  Venancio  Flores,  que  durante  todo 
el  largo  período  de  la  Guerra  Grande  prestó  tantos  y  tan 
inapreciables  servicios  á  la  causa  de  la  justicia  y  la  le- 
galidad, combatiendo  al  enemigo  siempre  que  se  le  pre- 
sentaba ocasión  para  ello,  derrotó  al  general  Ángel  Nú- 
ñez,  quien  logró  escapar  con  vida  gracias  á  su  habilidad 
como  jinete.  Núñez  sufrió  después  otros  contrastes,  hasta 
que  atolondrado  y  casi  sin  gente  buscó  la  incorporación 
de  Urquiza  (18  y  19  de  Agosto  de  1843).  Flores  tuvo 
también  la  suerte  de  dispersar,  en  Barriga  Negra,  á  la 
división  del  coronel  Servando  Gómez  (23  Septiembre). 

Antes  de  que  terminara  el  año,  los  sitiados  hicieron 
una  nueva  salida,  dirigidos  por  el  coronel  Faustino  Ver 
lazco,  quienes  se  apoderaron  del  Buceo,  puerto  que  Oribe 
había  habilitado  y  por  el  que  recibía  víveres  y  municio- 
nes al  amparo  de  la  escuadra  de  Brown,  é  incendiaron 
los  depósitos  de  Aduana;  pero  reciamente  atacados  por 
el  general  Díaz,  se  vieron  obligados  á  refugiarse  en  las 
trincheras  de  Montevideo. 


(1)  Isidoro  De-María,  obra  citada. 

(2)  Vicente  Navia  :  Historia  de  América.  Montevideo,  1883. 


—  156  — 

«Por  lo  que  hace  á  Rivera,  á  quien  dejamos  en  las 
cuchillas  de  Pando,  avanza  hacia  el  Norte  y  amenaza  el 
litoral,  defendido  por  el  Ministro  de  la  Guerra  de  Oribe, 
general  Díaz.  El  Salto  se  defiende  contra  el  coronel  San- 
tander, que  se  hubiera  apoderado  de  la  ciudad  á  no 
acudir  en  su  defensa  don  Lucas  Píriz.  En  Mercedes,  la 
vanguardia  de  Rivera,  encabezada  por  el  general  Medina, 
sufre  un  rechazo  por  parte  de  las  fuerzas  del  general 
Díaz.  El  coronel  Moreno,  Lucas  Píriz  y  el  comandante 
Juan  Valdez  marchan  á  reconquistar  el  Salto,  que  había 
caído  en  poder  de  las  fuerzas  argentinas  capitaneadas 
por  Ramírez  Chico.  Correntinos  y  orientales  pelean  con 
denuedo  en  las  puntas  del  Ceibal;  pero  los  primeros  con- 
cluyeron por  retirarse  á  Gualeguaychú,  después  de  haber 
sufrido  un  descalabro,  el  30  de  Diciembre  (1).» 

7.  Mísera  situación  de  la  plaza.  —  El  sitio  y  bloqueo 
de  la  capital  arrastraron  á  sus  habitantes  á  una  situación 
sumamente  crítica,  pues  llegó  un  momento  en  que  la 
introducción  de  ganados  procedentes  de  la  campaña  se 
hacía  difícil  y  peligrosa,  y  el  transportarlos  de  Río  Grande 
era  asunto  penoso,  lento  é  inseguro. 

Es  preciso  no  olvidar  que  por  entonces  la  población 
de  Montevideo  había  aumentado  extraordinariamente  con 
la  emigración  argentina,  con  las  gentes  de  la  campaña 
que  huyendo  del  invasor  habían  fijado  su  residencia  en 
ella,  y  con  las  numerosas  familias  que  sucesivamente 
Oribe  había  expulsado  de  su  campo,  las  cuales  se  asila- 
ron en  la  ciudad;  de  modo,  pues,  que  su  abastecimiento 
tenía  que  ser  doble  del  usual  (2). 

No  tardó   éste   en   ser  insuficiente   para  cubrir   tantas 


(1)  Vicente  Navia,  obra  citada. 

(2)  cMás  de  15.000  personas  8e  hablan  asilado  en  la  ciudad,  siendo 
entonces  de  obligación  del  Gobierno,  desde  el  principio  del  sitio,  socorrer 
á  las  necesidades  de  tantas  infelices  familias  y  asegurar  un  pan  á  los  po- 
bres de  la  ciudad ;  de  modo  que  más  de  27.000  personas  eran  alimenta- 
das y  vestidas  por  el  tesoro  público.  »  ( Alejandro  Dumas,  obra  citada. ) 


-  157  - 

necesidades,  y  aunque  á  las  familias  pudientes  y  al  ejér- 
cito nada  les  faltó,  no  sucedía  lo  mismo  con  las  clases 
más  humildes  y  menesterosas,  que  se  mantenían  de  me- 
nestras, carnes  saladas  ó  pescado  fresco,  aplicando  mu- 
chos vecinos  sus  ocios  á  la  pesca  del  bagre,  cuyo  caldo 
suplió  tantas  veces  en  los  hospitales  la  falta  absoluta  del 
puchero  (1).  Los  soldados,  por  su  parte,  se  entretenían 
en  la  caza  de  gatos  y  perros  domésticos  que,  bien  condi- 
mentados, constituían  un  manjar  exquisito. . .  según  decían 
ellos.  El  abuso  de  la  carne  salada  ocasionó  el  escorbuto,  y 
la  alimentación  con  carne  de  perro  desarrolló  tantas  enfer- 
medades, que  la  autoridad  tuvo  que  prohibir  esta  última, 
aumentar  los  hospitales  para  atender  á  los  casos  que 
produjo  la  primera,  é  iniciar  la  fundación  de  sociedades 
filantrópicas  á  fin  de  allegar  abundantes  medios  de  sub- 
sistencia. 

8.  Decretos  gubernativos.  — Muchos  fueron  los  de- 
cretos que  expidió  durante  el  año  1843  el  Gobierno  del 
señor  Suárez,  siendo  dignos  de  especial  mención  el  de 
fecha  12  de  Febrero  de  dicho  año,  resolviendo  que  todo 
individuo  perteneciente  al  ejército  invasor,  no  nacido  ni 
avecindado  en  este  país,  que  fuese  hecho  prisionero,  se- 
ría tratado  con  las  consideraciones  de  humanidad  que 
prescribe  el  derecho  de  la  guerra,  siempre  que  por  crí- 
menes especiales  y  notorios  no  estuviese  sujeto  á  las  le- 
yes comunes.  En  cambio,  todo  oriental  ó  vecino  de  la 
República  que  fuese  sorprendido  con  las  armas  en  la 
mano  ó  usase  la  divisa  del  ejército  invasor,  sería  en  el 
acto  fusilado  por  la  espalda,  publicándose  su  nombre 
para  escarmiento  é  ignominia.  Otro  decreto  de  igual  fe- 
cha imponía  la  pena  de  muerte  á  los  desertores. 

Por  una  disposición  gubernativa  de  7  de  Marzo,  se  dis- 
puso que  las  rentas  de  los  bienes  de  los  prófugos  y  aje- 
nos, cuya  recaudación   se  había  encargado  á  la  Policía, 

(1)    Isidoro  De-María,  obra  citada. 


-  158  — 

se  pusiesen  á  disposición  de  una  Comisión  encargada  de 
dar  habitación  á  las  familias  emigradas  de   la   campaña. 

Con  fecha  18  de  Marzo,  el  Gobierno  hizo  saber  que 
se  recibiría  á  todos  los  oficiales  del  ejército  sitiador 
que  se  pasasen  á  sus  filas,  recompensando  á  aquellos 
que,  además,  se  presentaran  con  tropas,  armas  y  ca- 
ballos. Por  otra  parte  prohibía  (Junio  2)  toda  comuni- 
cación por  tierra  y  agua  con  las  huestes  rosistas,  y  lla- 
maba á  tomar  las  armas  á  todos  los  alumnos  mayores 
de  14  años  de  edad  que  cursasen  estudios  en  escuelas  y 
colegios,  «poniendo  así  en  práctica  las  lecciones  de  esta 
moral  que  los  maestros  les  enseñan,  y  tengan  ocasión  de 
mostrar  su  ardiente  entusiasmo  con  acciones  de  valor, 
de  adornar  la  primavera  de  su  vida  con  recuerdos  de 
gloria,  y  de  perfeccionar  su  educación  física  con  los 
trabajos  militares  y  adelantar  su  progreso  intelectual  con 
los  ejemplos  de  honor  cívico  con  que  diariamente  enri- 
quecen los  anales  de  la  nación  los  valientes  que  compo- 
nen su  ejército,»  según  decía  el  expresado  decreto. 

Por  otros  decretos  disponía  que  no  se  permitiese  la 
salida  del  territorio  á  ningún  hijo  del  país  (16  Sep- 
tiembre); que  fuese  fusilado  todo  jefe  ú  oficial  del  ejér- 
cito de  Rosas  á  quien  se  sorprendiese  con  las  armas  en 
la  mano,  corriendo  igual  suerte  «los  individuos  de  la 
clase  de  soldados  que  tienen  el  oficio  de  degolladores  en 
los  cuerpos  enemigos,  convictos  que  sean  de  haber  usado 
alguna  vez  de  manea  ú  otra  clase  de  correaje  fabricado 
de  piel  humana,  ó  ultrajado  de  algún  modo  los  cadáve- 
res de  los  muertos  en  el  campo  de  batalla  ó  en  los  ca- 
dalsos de  la  tiranía  (7  Octubre);»  y  que  se  consideraría 
como  traidor  á  la  patria  á  todo  aquel  que  mantuviese 
relaciones  con  el  enemigo  que  tratasen  de  un  adveni- 
miento con  él  que  no  reposase  sobre  la  base  de  la  más 
completa  sumisión  al  Gobierno  nacional,  ó  que  en  con- 
versaciones públicas  ó  privadas  manifestase  opiniones 
favorables  á  una  paz  con  el  ejército  invasor. 


—  159  — 

Estudiando  estos  decretos  en  su  espíritu  y  su  letra,  se 
observa  que  unos  tienen  por  objeto  sostener  viva  la  idea 
de  la  independencia  de  la  patria,  y  otros  ponen  todo  gé- 
nero de  trabas  á  la  acción  del  enemigo;  pero  hay  algu- 
nos, dictados  como  justa  represalia  por  los  desmanes  de 
las  hordas  rosistas,  que  nos  abstenemos  de  enumerar,  por 
no  ser  ése  el  objeto  del  presente  libro. 

II 

(1844) 

SUMARIO:  1.  FuDdación  de  la  Casa  de  Moneda.  —2.  Muerte  de  Mar- 
celino Sosa. — 3.  Transformación  de  la  legión  francesa. — 4.  Ejecu- 
ción del  vigía  de  la  fortaleza  del  Cerro. — 5.  Empecinamiento  de 
Oribe.  — 6.  Solidaridad  de  los  defensores  de  Montevideo. 

1.  Fundación  de  la  Casa  de  Moneda.  —  Por  inicia- 
tiva del  doctor  don  Andrés  Lamas,  y  con  la  correspon- 
diente aprobación  legislativa,  se  fundó  en  Montevideo  un 
taller  para  la  acuñación  .de  monedas,  el  que  se  inauguró 
con  toda  solemnidad  el  2  de  Febrero  de  1844.  El  Go- 
bierno quedó  autorizado  para  acuñar  monedas  de  cobre 
y  de  plata,  verificándose  la  de  este  último  metal  me- 
diante los  cuantiosos  donativos  que  la  población  hizo  á 
fin  de  que  el  Estado  pudiese  llevar  á  cabo  tan  feliz  pen- 
samiento sin  mayor  erogación.  Al  cuño  nacional  fueron 
á  parar  muchas  vajillas  de  familias  pudientes,  muchos 
chapeados  que  lucían  en  sus  caballos  los  más  apuestos 
jinetes,  y  no  pocos  ornamentos  de  los  templos.  La  Casa 
de  Moneda  de  Montevideo  fué  la  primera  de  su  género 
que  se  fundó  en  el  Río  de  la  Plata. 

2.  Muerte  de  Marcelino  Sosa.  —  Durante  todo  el 
sitio  de  Montevideo  no  se  dieron  batallas  frente  á  sus 
muros,  pero  cada  día  había  tiroteo  entre  sus  avanzadas 
y  las  del  enemigo,  tronaba  frecuentemente  el  cañón  y  las 


—  160  - 

fuerzas  sitiadoras  provocaban  al  combate  á  los  sitiados, 
cuando  no  eran  éstos  los  que,  con  toda  imprudencia,  se 
aproximaban  demasiado  al  campamento  de  Oribe,  sor- 
prendiendo á  sus  guardias  con  suerte  varia.  En  uno  de 
estos  combates  pereció  el  coronel  don  Marcelino  Sosa, 
herido  mortal  mente  en  el  abdomen  por  una  bala  de  ca- 
ñón. Sus  últimas  palabras  fueron:  Compañeros!  Salven 
la  patria.'  El  gobierno,  justo  apreciador  de  sus  méritos 
militares  y  virtudes  cívicas,  dispuso  que  uno  de  los  regi- 
mientos de  caballería  se  distinguiese  en  lo  sucesivo  con 
su  nombre,  y  que  su  estandarte  llevara  siempre  esta  ins- 
cripción: Marcelino  Sosa,  valiente  entre  los  valientes:  le 
perdió  la  patria  el  8  de  Febrero  de  1844. 

3.  Transformación  de  la  legión  francesa.  —  Queda 
dicho  en  capítulos  anteriores  que,  una  vez  iniciado  el  si- 
tio de  Montevideo,  los  franceses,  (así  como  los  subditos 
de  alguna  otra  nacionalidad)  se  organizaron  en  legiones, 
para  sostener  armados,  no  sólo  los  derechos  del  Gobierno 
del  Uruguay,  sino  para  defender  sus  vidas  é  intere- 
ses. 

Inmediatamente  se  inició  por  el  agente  consular  una 
enérgica  reclamación,  «pero  los  franceses  desecharon  las 
intimaciones  del  cónsul,  y  el  Gobierno  manifestó  al  mismo 
funcionario,  que  los  subditos  expresados  se  organizaban 
en  defensa  propia,  en  vista  de  las  amenazas  de  Oribe,  y 
que  no  estaba  en  su  mano  ni  en  su  poder  desarmarlos 
sin  grandes  sacrificios.  El  cónsul  llevó  sus  esfuerzos  hasta 
el  extremo  de  declarar  que  les  sería  retirada  la  protección 
del  rey,  y  que  no  serían  considerados  subditos  franceses, 
si  persistían  en  continuar  armados,  perdiendo  ipso  fació 
la  ciudadanía. 

«Nada  consiguió  el  cónsul  Pichón  con  estas  medidas, 
y  solicitó  instrucciones  de  su  gobierno.  Recibidas  que  fue- 
ron, volvió  á  insistir  en  el  desarme,  manifestando  al  Mi- 
nisterio de  Relaciones  Exteriores  tener  orden  formal  del 
gobierno  del  rey  para  tales   efectos,  y  que  se  quitase  in- 


-  161  - 

mediatamente  la  cucarda  francesa  á  los  extranjeros  que 
habían  tomado  las  armas  á  favor  de  su  causa,  y  les  re- 
tirase igualmente  toda  denominación  ó  emblema  relacio- 
nado con  la  nacionalidad  francesa. 

« En  uno  de  los  párrafos  de  la  respuesta,  solucionando 
el  incidente,  decía  el  ministro  Vázquez:  «Debe  finalmente 
«  el  gobierno  recordar  al  señor  cónsul  general,  después 
«  de  las  observaciones  expuestas,  que  un  número  consi- 
«  derable  de  los  franceses  que  están  en  armas,  lo  estu- 
«  vieron  anteriormente  por  orden  de  los  jefes  de  su  na- 
«ción;  en  la  época  del  bloqueo  francés  adquirieron  com- 
«  promisos  especiales,  protestaron  contra  el  tratado  Mac- 
«  kau  y  se  consideran  marcados  en  los  consejos  de  sangre 
«  del  gobernador  Rosas;  también  los  adquirió  entonces  el 
«  gobierno  de  la  República  asociado  á  Francia;  y  así  es 
«  que  el  señor  ministro  Guizot  ha  repetido  tantas  veces 
«  en  la  tribuna,  la  solicitud  de  su  gobierno  en  favor  de 
«  la  independencia  de  esta  República,  hoy  tan  araena- 
«  zada,  y  que  aumentaría  sus  desventuras,  si  viera  en 
«  conflicto  de  armas  al  interior  de  la  capital. » 

«El  cónsul  Pichón  insistió  amenazando  al  gobierno 
con  la  intervención  de  la  fuerza  al  mando  del  vicealmi- 
rante Clerval,  si  no  quitaba  toda  denominación  francesa, 
la  cucarda  y  bandera  de  la  misma  nación  á  los  extran- 
jeros armados  en  defensa  de  la  capital;  á  lo  que  asintió 
el  Gobierno,  cambiando  la  denominación  de  « Legión  Ex- 
tranjera» por  «Legión  de  Voluntarios»,  á  la  vez  que  reti- 
raba los  distintivos  causa  de  la  reclamación. 

«La  conducta  de  Francia,  si  bien  aconsejada  por  un 
sano  espíritu  de  neutralidad,  puso  momentáneamente  en 
peligro  la  defensa,  pero,  resuelta  que  fué  la  cuestión  en 
la  forma  que  se  ha  visto,  la  plaza  recuperó  su  temple,  y 
pudo  desde  entonces  preverse  que  Oribe  no  conseguiría 
conquistarla,  resignándose,  como  se  resignó,  á  establecer 
en  el  Cerrito  un  simulacro  de  gobierno,  restableciendo  el 

u.— 2.° 


—  162  - 

antiguo  Ministerio  que  le  acompañaba  al  ser  arrojado  de 
la  Presidencia  por  el  general  Rivera  (1).» 

Tan  pronto  como  los  franceses  fueron  desarmados  por 
el  coronel  Pacheco,  como  delegado  del  Poder  Ejecutivo, 
se  apresuraron  á  presentarse  á  don  Joaquín  Suárez,  ofre- 
ciéndole sus  servicios  como  ciudadanos  legales,  los  que 
les  fueron  aceptados. 

«Es  necesario  talento,  y  más  que  talento  maña  polí- 
tica, para  hacer  renunciar  su  ciudadanía  á  hijos  de  la 
Francia,  tan  celosos,  como  lo  son,  del  sentimiento  patrio. 
Sin  embargo,  Pacheco  lo  consiguió,  y  á  pesar  de  sus 
grandes  esfuerzos  por  fortalecer  la  defensa,  no  dejó  de 
calumniársele  y  hacerle  aparecer  ante  los  ojos  de  la  opi- 
nión pública,  como  un  demagogo  ó  ambicioso  vulgar  (2). 

«Este  acontecimiento,  sin  duda  alguna  de  suma  impor- 
tancia para  la  causa  de  la  Defensa,  fué  celebrado  en  la 
noche  (11  de  Abril  1844)  con  demostraciones  de  rego- 
cijo, poniendo  término  á  la  cansada  cuestión  del  des- 
arme, después  de  un  año  de  alternativas  (3).» 

4.  Ejecución  del  vigía  de  la  fortaleza  del  Cerro. 
—  Como  el  año  anterior,  el  de  1844  terminó  con  una  eje- 
cución: la  de  Antonio  Crespo,  vigía  de  la  fortaleza  del 
Cerro,  que,  en  inteligencia  con  el  enemigo,  preparaba  por 
medio  de  un  puñado  de  oro  el  siniestro  proyecto  de  ha- 
cer volar  aquella  fortificación  mediante  el  empleo  de 
minas  explosivas.  No  pudiendo  negar  sus  criminales  pro- 
pósitos ante  las  pruebas  abrumadoras  acumuladas,  fué 
ejecutado  el  día  22  de  Diciembre.  Cuatro  de  sus  cómpli- 
ces fugaron,  y  el  quinto  fué  desterrado  después  de  pre- 
senciar la  ejecución  de  Crespo  (4). 

(1)  Mariano  A.  Pelliza,  obra  citada. 

( 2 )  Leogardo  Miguel  Torterolo,  obra  citada. 

(3)  Isidoro  De-María,  obra  citada. 

(4)  En  el  tomo  4.°,  capítulo  xv,  págs.  197  y  198  de  los  Anales  de  la 
Defensa,  del  señor  De-María,  ee  hallan  interesantes  pormenores  de  la 
causa  seguida  á  este  desgraciado. 


—  163  — 

5.  Empecinamiento  de  Oribe.  — « Uno  de  los  prime- 
ros argumentos  con  que  los  patriotas  de  la  Defensa  com- 
batían los  derechos  de  don  Manuel  Oribe  á  la  Presiden- 
cia, amén  de  su  renuncia,  que  había  presentado  él  en 
persona  ante  la  Asamblea,  consistía  en  que  sus  derechos 
habían  caducado  á  los  cuatro  años  de  su  elección;  plazo 
marcado  por  el  Código  fundamental  del  país  para  ejercer 
el  poder  supremo.  Este  plazo  había  expirado  el  1.°  de 
Marzo  de  1839.  Sin  embargo,  las  Cámaras  oribistas,  como 
para  zanjar  de  plano  esa  cuestión,  reconocieron  como  ex- 
cepcional y  no  transcurrido  el  tiempo  desde  el  descenso 
violento  del  Presidente  Oribe  en  1838  hasta  la  completa 
tranquilidad  del  interior  del  país;  prorrogaron  la  inves- 
tidura del  caudillo  rosista,  aprobaron  todos  sus  actos  pa- 
sados y  le  concedieron  facultades  extraordinarias  hasta 
la  pacificación  de  la  República.  Don  Bernardo  P.  Berro 
desempeñaba  la  cartera  de  Gobierno  y  el  señor  Villade- 
moros  se  conservó  en  su  puesto  de  Ministro  de  Guerra  y 
Hacienda  (1).» 

6.  Solidaridad  de  los  defensores  de  Montevideo. 
—  «Y  mientras  que  Montevideo  sentía  día  á  día  casi  á 
sus  puertas  tronar  los  cañones  enemigos,  la  ciudad  ofre- 
cía á  los  ojos  de  las  naciones  el  espectáculo  admirable 
de  la  unión  en  el  peligro  y  de  la  unidad  en  la  constancia. 
Los  hombres  de  corazón  rodeaban  al  Gobierno  y  lo  sos- 
tenían de  todas  maneras  y  á  medida  de  sus  fuerzas,  con 
un  patriotismo  de  que  tal  vez  la  historia  no  recuerda 
ejemplo  (2).» 


(1)  Vicente  Navia,  obra  citada. 

(2)  Alejandro  Dumas,  obra  citada. 


-  164  - 
III 

(1845) 

SUMARIO:  1.  El  Gobierno  de  la  Defensa.  —  2.  Campaña  de  Rivera. — 3. 
Acuerdo  reservado  del  Gobierno  de  la  Defensa. — 4.  Batalla  de  India 
Muerta. — o.  Mediación  de  Francia  é  Inglaterra. — 6.  Apresamiento  de 
la  flota  de  Brown.  —  7.  Garibaldi  en  acción.  —  8.  Combate  de  Obli- 
gado. —  9.  Medidas  inconvenientes  del  general  Oribe  y  su  titulado  go- 
bierno. —  10.  Inhabitabilidad  de  la  campaña. 

1.  El  gobierno  de  la  Defensa.  —  «La  resistencia  de 
Montevideo  bajo  la  dirección  del  general  Paz  y  del  en- 
tusiasta Pacheco  y  Obes  había  sido  valientemente  secun- 
dada por  la  guarnición  y  sostenida  por  el  gobierno  con 
la  mayor  energía.  No  faltaron  medidas  violentas  para 
crear  recursos,  pero  todo  se  disimulaba  en  vista  de  la 
causa  que  se  defendía,  expuesta  á  sucumbir  si  no  se 
arbitraban  los  medios  adecuados.  Brillantes  salidas,  he- 
chos de  armas  donde  la  pericia  y  el  valor  de  los  sitiados 
se  puso  varias  veces  en  relieve,  tuvieron  lugar  constante- 
mente, llevando  el  convencimiento  de  su  impotencia  á  los 
sitiadores. 

«A  fines  de  1843,  Oribe  estaba  convencido  de  que  no 
tomaría  la  plaza  y,  por  ende,  que  no  sería  Presidente  de 
la  República  Oriental.  Empero,  la  organización  de  los 
primeros  momentos  dada  á  la  defensa  no  pudo  sostenerse 
y  la  anarquía  se  hizo  sentir  bien  pronto.  El  espíritu  tur- 
bulento del  general  Rivera  bullía  en  algunos  de  sus  par- 
tidarios que  ocupaban  el  Gobierno,  como  el  general  Pa- 
checo y  Obes,  y  de  aquí  que  también  se  hiciera  émulo 
del  general  Paz  antes  de  hacerse  enemigo  de  los  riveris- 
tas.  Pacheco  era  valeroso,  arrogante  y  teatral  en  la  forma 
y  en  los  procedimientos  que  usaba,  desde  el  alto  puesto 
de  Ministro  de  la  Guerra.  Todos  sus  documentos  como 
todos  sus  actos  transpiraban  fanfarronería  sin  estar  des- 


—  165  — 

pojados  de  cierta  grandeza.  Admitidas  las  circunstancias 
solemnes  por  que  pasaba  el  país,  sus  proclamas  eran  dis- 
cordantes é  impropias,  muchas  veces,  de  un  gobierno  se- 
rio; pero  como  daban  resultados,  obtenían  el  aplauso  de 
sus  amigos  y  los  más  favorables  comentarios  de  la 
prensa,  especialmente  de  El  Nacional,  redactado  por  el 
doctor  Rivera  Indarte,  una  de  las  inteligencias  más  cáus- 
ticas consagradas  á  combatir  la  tiranía,  y  la  más  hábil 
para  exaltar  en  la  opinión  el  mérito  de  los  opositores. 

«Pacheco  y  Obes  había  renunciado  la  cartera  de  la 
guerra  en  Noviembre  de  1844,  á  consecuencia  de  medidas 
adoptadas  por  el  Gobierno  respecto  de  varios  marineros 
brasileros  que  no  consideró  decoroso  apoyar.  Los  térmi- 
nos de  su  renuncia  fueron  violentos.  Se  le  aceptó  y  tuvo 
que  salir  de  Montevideo  retirándose  al  Brasil,  regresando 
otra  vez  á  la  plaza  en  Diciembre  de  1845.  A  su  vuelta, 
el  antiguo  prestigio  del  audaz  agitador  estaba  debilitado, 
y  sólo  se  le  confió  el  mando  del  primer  cuerpo  del  ejér- 
cito de  la  Defensa,  como  un  homenaje  á  la  decisión  y 
arrojo  con  que  combatía  por  la  causa  de  la  libertad.  Pa- 
checo y  Obes  era  porteño,  y  en  este  concepto  dejó  de  te- 
ner la  simpatía  de  los  orientales,  por  quienes  tanto  se 
sacrificara  en  la  heroica  Defensa,  llegando  á  ser,  en  cier- 
tos momentos,  el  arbitro  de  la  situación,  compartiendo 
sólo  con  el  general  Paz  la  gloria  de  la  lucha  contra 
Oribe  (1)». 

«Sin  embargo,  es  preciso  convenir  en  que  el  coronel 
Pacheco  y  Obes  avanzó  demasiado  en  sus  ideas  de  re- 
forma y  no  eligió  el  tiempo  oportuno,  porque  siendo  Ri- 
vera el  verdadero  jefe  del  partido  nacional,  no  debíase 
atacar  su  influencia  en  el  momento  mismo  que  se  soste- 
nía la  guerra  contra  el  dominio  extranjero,  por  lo  que 
él,  caído,  nacen  la  división  y  el  desorden.  Por  otra  parte, 
la  extrema  obstinación  del  carácter  del  coronel   Pacheco 

(1)    Mariano  A.  Pelliza,  obra  citada. 


-  166  - 

y  Obes,  que  jamás  se  sometía  á  consejos,  apartó  de  él 
muchos  hombres  notables  que  tuvieron  después  tanta 
parte  en  su  caída.  Pero,  á  pesar  de  todo,  tuvo  siempre 
el  amor  del  pueblo  y  el  agradecimiento  del  soldado  en 
premio  de  los  esfuerzos  hechos  para  mejorar  su  suerte. 

« El  retiro  del  coronel  Pacheco  y  Obes  señaló  la  deca- 
dencia de  la  Defensa,  habiendo  él  constituido  una  auto- 
ridad fuerte  á  que  todo  cedía  y  obedecía,  autoridad  que 
después  de  él  pasó  á  manos  de  hombres  débiles,  faltando 
así  aquella  mano  potente  que  había  dado  impulso  á  la 
cosa  pública.  La  guerra  continuó  débil,  y  el  mismo  en- 
tusiasmo por  la  defensa  disminuyó,  y,  para  colmo  de 
desventuras,  cuatro  meses  después  el  ejército  de  Rivera 
fué  destruido  en  India  Muerta  (1).» 

En  cuanto  al  general  Paz,  resuelto  á  combatir  á  Ro- 
sas, también  había  renunciado,  ausentándose  para  Río 
Janeiro  (3  Julio  1844),  para  desde  el  Brasil  penetrar  en 
Corrientes  é  iniciar  su  campaña  contra  el  sanguinario 
tirano. 

2.  Campaña  de  Rivera.— Mientras  Oribe  continuaba 
el  asedio  de  Montevideo  hostilizando  de  todas  maneras 
á  sus  abnegados  defensores,  y  el  gobierno  de  Joaquín 
Suárez  arbitraba  medios  para  repeler  las  hordas  rosistas 
y  sostenerse  dentro  de  la  atrincherada  ciudad,  el  general 
Rivera  operaba  en  campaña  con  el  pequeño  ejército  que 
había  logrado  reunir,  sacando  sus  elementos  componen- 
tes de  las  zonas  de  la  República  en  donde  era  mayor  su 
prestigio. 

Con  sus  divisiones  recorría  todo  el  país,  ya  en  ayuda 
de  algún  correligionario  perseguido  por  el  enemigo,  ya 
para  sustraer  alguna  ciudad  de  la  dominación  rosista. 
Otras  veces  tomaba  la  ofensiva  y  sorprendía  á  sus  con- 
trarios, ó  los  estorbaba  en  sus  proyectos,  ó  los  obligaba 
á  guarecerse  en  sitios  recónditos  de  la  campaña.  Este  sistema 

(1)    Alejandro  Damas,  obra  citada. 


-  167  - 

de  hacer  la  guerra  dio  á  comprender  á  Oribe  la  nece- 
sidad de  disponer  de  otro  ejército  destinado  á  combatir  á 
Rivera,  puesto  que  no  le  era  posible  á  él  distraer  fuerzas  de 
las  que  tenía  consagradas  á  mantener  el  sitio  de  la  plaza, 
á  lo  cual  asintió  Rosas  enviándole  al  general  don  Justo 
José  de  Urquiza  con  4000  jinetes  y  500  infantes. 

3.  Acuerdo  reservado  del  Gobierno  de  la  De- 
fensa.—  Entretanto,  las  dificultades  que  tenía  que  ven- 
cer el  Gobierno  eran  cada  día  má3  numerosas  é  intensas, 
agravándose  con  la  falta  de  caballería  para  salir  á  lu- 
char contra  los  sitiadores.  En  cambio,  Rivera  solicitaba 
el  envío  de  dos  batallones  de  infantería  á  fin  de  poner  su 
ejército  en  condiciones  de  poder  pelear  con  el  de  Ur- 
quiza con  probabilidades  de  éxito;  fuerzas  que  no  se  le 
remitieron.  Todo  esto  acongojó  tan  profundamente  al  Go- 
bierno, que  llegó  á  celebrar  un  acuerdo  reservado,  haciendo 
responsable  á  Rivera  del  resultado  de  la  lucha  empeñada 
con  Oribe  si,  estando  en  la  esfera  de  la  posibilidad,  no 
llenaba  el  objeto  que  se  le  exigía  para  la  salvación  de 
la  capital,  que  quedaba  librada  á  la  suerte  de  aquel  cau- 
dillo (1). 


( 1 )  La  importancia  de  este  documento,  que  pertenece  al  archivo  par- 
ticular del  doctor  don  Alberto  Palomeque,  y  el  hecho  de  ser  muy  poco 
conocido,  nos  mueve  á  incluirlo  en  nuestra  obrita,  á  pesar  del  carácter  de 
compendio    que    ésta  reviste.  Helo  aqut : 

Montevideo,  26  de  Marzo  de  1845.  —  El  Gobierno  de  la  República,  en  la 
situación  solemne  en  que  se  halla  la  capital,  considerando  que  el  contra- 
almirante Lainé,  comandante  de  la  estación  francesa,  único  que  resistió 
el  bloqueo  absoluto  por  parte  del  tirano  de  Bueno»  Aires,  ahora  está  dis- 
puesto á  reconocerle,  aunque  exigiendo  el  término  de  quince  días  para  su 
ejecución,  contablea  desde  su  nuevo  establecimiento ; — que  por  consecuen- 
cia debe  saberse  en  Montevideo  que  el  bloqueo  absoluto  estará  reconocido 
dentro  de  tres  ó  cuatro  dias,  y  que  será  ejecutado  desde  el  15  al  18  de 
Abril  inmediato  ;  —  que  la  sola  impresión  causada  en  este  último  período 
por  la  falta  de  entradas  de  buques  tiene  en  suma  inquietud  á  todas  las 
clases  de  la  población ;  —  que  sin  duda  alguna  la  certidumbre  de  la  proximi- 
dad del  bloqueo  producirá  la  postración  universal ;  —  que  el  contrato  de 
víveres  termina  hacia  fines  de  Abril,    y  que    es  moralmente  imposible  al- 


-  168  — 

4.  Batalla  de  India  Muerta.  — «El  día  22  de 
Marzo  el  general  Rivera  había  hecho  avanzar  una  co- 
lumna de  mil  hombres,  con  el  objeto  de  hostilizar  par- 
cialmente la  columna  de  Urquiza,  que  ya  ocupaba  los 
cerros  de  Arequita  á  inmediaciones  de  Minas;  operación 
que  no  pudo  verificarse,  porque  la  columna  de  Urquiza 
fué  reforzada  oportunamente,  reconcentrando    todas  sus 

canzar  otro  nuevo,  pues  ejecutado  el  bloqueo  cesan  de  todo  punto  las 
rentas  de  Aduana,  medio  absolutamente  principal  y  caei  único  con  que 
el  Gobierno  puede  contar; — que  los  pocos  artículos  de  víveres  existentes 
en  la  ciudad  y  puerto,  aun  adoptando  toda  medida  para  adquirirlos  con 
violencia  y  sin  dinero,  alcanzarán  apenas  para  un  mes  ó  cuarenta  días  ;  — 
que  las  multiplicadas  exacciones  arrancadas  á  las  clases  no  menesterosas 
y  la  absoluta  escasez  de  numerario,  consecuencia  necesaria  de  la  falta  de 
trabajo  y  de  comercio,  ban  becho  que  pese  sobre  la  población  entera  una 
situación  violenta  y  poco  durable,  y  que  la  más  espantosa  miseria  abrume 
á  las  clases  pobres ;  —  que  ban  sido  inútiles  los  multiplicados  y  afanosos 
empeños  para  adquirir  fondos  ó  socorros  fuera  del  país  ;  —  que  26  meses 
de  asedio  ban  apurado  los  recursos,  los  medios  de  defensa,  la  paciencia 
y  los  sufrimientos,  y  sólo  dejan  al  patriotismo  y  á  la  bravura  de  los  he- 
roicos defensores  de  Montevideo  la  necesidad  de  defender  el  suelo  sa- 
grado y  la  esperanza  de  la  desesperación;  —  que  la  absoluta  falta  de  ca- 
balgaduras y  de  tropa  de  esta  arma  inutilizan  por  entero  el  ardor  bélico 
del  ejército,  que  en  tal  estado,  aunque  busque  la  muerte  del  bonor,  ó  la 
victoria  de  la  patria,  nunca  podría  contar  con  ventaja  permanente,  ni  con 
deshacer  el  asedio;  — considerando,  en  fin,  la  escasez  de  municiones  de 
guerra : 

Por  todos  estos  datos  el  Gobierno  declara  á  la  capital  en  inminente 
peligro  de  caer  en  manos  del  enemigo,  y  después  de  dados  todos  los  pa- 
sos que  están  en  su  poder  para  evitar  que  el  bloqueo  se  realice,  reconoce 
que  si  los  lances  de  la  fortuna  no  le  favorecen  por  éste  ú  otros  medios, 
la  defensa  no  puede  racionalmente  sostenerse  más  allá  de  cuarenta  y 
cinco  días  contados  desde  esta  fecha,  y  aun  dentro  de  ese  término  co- 
rriendo todos  los  riesgos  de  una  disolución  ó  de  otros  sucesos  funestos 
fuera  de  la  previsión  humana;  en  tal  situación,  el  Gobierno  pretende  co- 
rrer todos  esos  riesgos  y  aventuras,  pero  aspirando  á  disminuir  lo  posible 
su  duración,  acuerda  hacer  una  salida  general  como  mucho  antes  de 
ahora  se  manifestó  al  director  de  la  guerra,  pidiendo  caballería,  llevando 
por  objeto  destruir  el  asedio,  ocupando  las  posiciones  de  los  enemigos ; 
mas  como  para  realizar  este  proyecto  sea  de  absoluta  necesidad  adquirir 
la  fuerza  de  caballería  y  las  cabalgaduras  para  montar  la  que  aquí  puede 
formarse,  resuelve    que    por    el   Ministro  de  la  Guerra  se  comunique  este 


-  169  - 

fuerzas  y  poniéndose  en  busca  de  Rivera.  £1  23  había 
acampado  en  el  valle  de  Fuentes,  donde  tuvo  lugar  un 
encuentro  con  los  tiradores  riveristas.  La  vanguardia  de 
Urquiza  fué  arrollada  por  las  fuerzas  de  los  comandan- 
tes Méndez,  Vega  y  Brígido  Silveira,  sobre  el  camino  de 
Malbajar,  por  donde  venía  el  resto  del  ejército  federal, 
perdiendo  en  este  encuentro  algunos  hombres.  Pocos  días 

acuerdo  al  señor  director  de  ella  y  general  en  jefe  don  Fructuoso  Rivera, 
á  quien  además  explane  todos  los  datos  é  informes  que  considere  opor- 
tunos para  que  conciba  exactamente  nuestro  estado  extremo,  y  en  conse- 
cuencia conduzca  sus  operaciones  de  manera  que  le  faciliten  desprenderse 
de  una  fuerza  de  quinientos  soldados  de  caballería  y  de  mil  ó  más  caba- 
llos en  buen  estado,  cuya  fuerza  se  incorpore  á  nuestras  filas,  introdu- 
ciéndose en  el  Cerro  y  quedando  á  cargo  del  mismo  general  entretener 
las  fuerzas  del  enemigo  en  la  campaña,  de  manera  que  los  de  la  plaza 
no  tengan  otros  sobre  sí  que  los  que  habitualmente  forman  el  asedio ;  que 
en  esta  situación  extrema  del  Gobierno  responde  de  que  no  pasarán  seis 
días  después  de  la  entrada  de  la  caballería,  sin  que  el  ejército  haga  una 
salida  general  con  todas  las  probabilidades  de  suceso  sobre  los  enemigos, 
llevando  consigo  más  que  suficiente  artillería  y  de  mil  doscientos  á  mil 
trescientos  en  hombres  de  caballería,  sobrados  para  arrollar  las  fuerzas 
de  esta  clase  que  presenten  los  enemigos;  que,  en  fin,  es  ésta  la  única 
esperanza  que  la  Providencia  le  deja  para  que  el  término,  sea  cual  fuere, 
de  la  lucha  de  esta  capital,  sea  tan  glorioso  como  lo  ha  sido  su  de- 
fensa. 

Después  de  esta  exposición  terminante  y  definitiva  ¡  después  de  haber 
manifestado  que  el  estado  actual  es  absolutamente  inconciliable  con  la 
prolongación  de  la  defensa  de  la  capital,  apurados  ya  todos  los  esfuerzos 
humanos  ;  después  de  haber  indicado  el  único  asilo  de  la  esperanza  en  la 
introducción  de  la  fuerza  de  caballería  y  cabalgaduras  indicadas  ;  y  final- 
mente, después  de  declarar  solemnemente,  oído  el  consejo  de  militares 
aventajados,  que  obtenida  la  caballería,  todas  las  probabilidades,  toda  la 
seguridad  moral  á  que  puede  aspirarse  en  casos  semejantes,  da  la  con- 
vicción de  un  triunfo  completo,  el  Gobierno  debe  protestar,  como  protesta, 
solemnemente  ante  Dios  y  la  patria,  y  á  su  nombre  reclama  del  señor 
general  don  Fructuoso  Rivera  que  acepte  toda  la  responsabilidad  que  le 
toca,  si  estando  en  la  esfera  de  la  posibilidad,  no  llena  el  obj-to  que  se 
le  exige  para  la  salvación  de  la  capital,  que  queda  en  este  punto  en  sus 
manos;  resuelve,  finalmente,  que  en  oportunidad  se  pase  este  acuerdo  re- 
servado, original,  á  la  Honorable  Asamblea  General,  para  su  conocimiento 
y  efectos  á  que  hubiere  lugar.  —  JoAQCÍJf  SüÁrez.  —  Santiago  Yixquex. — 
Rufino  Bauxá.  —  Santiago  Sayago. 


-  170  - 

antes  el  general  Rivera  había  mandado  avanzar  una 
fuerza  que  había  en  el  convoy  de  Santa  Teresa.  Constaba 
ésta  de  4S0  hombres,  incluso  un  piquete  de  infantería 
que  llevaba  una  pieza  de  artillería  de  calibre  de  á  seis, 
pero  no  llegó  á  tiempo  y  retrocedió  de  la  encrucijada  de 
Castillos  y  Santa  Teresa,  sufriendo  igual  suerte  que  una 
parte  del  ejército  riverista.  El  27,  el  general  Rivera  formó 
la  línea  para  esperar  al  enemigo,  cuya  fuerza  hacían  as- 
cender á  sólo  2000  hombres,  á  la  vista.  La  línea  de  Ri- 
vera quedó  formada,  tomando  la  colocación  en  forma  de 
martillo  sobre  el  arroyo  de  India  Muerta.  Componía  gran 
parte  del  centro  y  derecha  la  división  Freiré;  el  segundo 
cuerpo  y  la  vanguardia  apoyaban  su  espalda  en  Cebo- 
llatí  y  Cerro  Largo  (1);  la  izquierda  se  componía  déla 
división  Silva,  del  tercer  cuerpo  de  un  escuadrón  de  ti- 
radores al  mando  del  coronel  Luna  y  la  división  Báez 
de  reserva,  una  pieza  de  bronce  de  á  cuatro,  y  como 
SO  infantes  de  Freiré,  que  fueron  los  que  empezaron  las 
guerrillas  muy  temprano  y  con  buen  suceso.  Empeñada 
la  batalla  y  llegado  el  momento  de  cargar,  la  derecha  y 
el  centro  de  Rivera  lo  hicieron  con  rapidez,  arrollando 
lo  que  encontraron  á  su  frente;  pero  la  izquierda  rive- 
rista, por  un  movimiento  mal  ejecutado,  se  envolvió  com- 
pletamente, sin  poder  formar  para  pelear.  El  general  Ur- 
quiza  aprovechó  esta  circunstancia  y  la  hizo  cargar,  ha- 
ciéndola pedazos  y  arrojándola  sobre  sus  reservas,  que 
también  corrieron  igual  suerte  sin  tirar  un  tiro.  Decla- 
rada la  derrota  de  la  izquierda  y  reservas  riveristas,  las 
fuerzas  de  Urquiza  se  corrieron  sobre  la  derecha  y  cen- 
tro de  sus  enemigos,  que  no  pudieron  resistir  el  ataque 
y  se  pronunciaron  en  completa  derrota  con  el  general 
Rivera  á  la  cabeza,  siendo  perseguidos  y  lanceados  hasta 
el  paso  de  las  Piedras  del  río  Yaguarón,  en  cuya   fron- 


(1)  Téngase    presente  la  división  política  del  territorio  de  la  República 
en  el  año  1815 


-  171  - 

tera  se  detuvieron  el  general  Rivera,  los  coroneles  Blanco, 
Mendoza,  Centurión  y  Vidal,  y  los  comandantes  Fausto 
Aguilar,  Paunero,  Caraballo  y  otros  muchos  jefes,  oficia- 
les y  tropa,  que  fueron  después  sorprendidos.  Los  restos 
de  la  izquierda,  perseguidos  activamente,  tomaron  la  fron- 
tera de  Santa  Teresa.  El  general  Medina  iba  al  frente 
de  aquellos  restos,  y  con  él  ios  coroneles  Olavarría.  Cés- 
pedes, Luna.  Viñas,  Santander,  Ramos,  Costa,  Mieres, 
Báez.  Silva,  Tabares,  y  1±0  entre  tenientes  coroneles,  mayo- 
res y  oficiales  subalternos.  Cerraba  la  marcha  de  estos  restos 
un  inmenso  convoy  de  familias  á  caballo,  en  carreta  y  á 
pie.  En  cuanto  á  Urquiza,  al  día  siguiente  de  la  batalla 
de  India  Muerta  hizo  formar  en  cuadro  á  los  prisioneros 
que  quedaban  y  mandó  que  los  degollasen.  El  quiso 
darse  el  gusto  de  presenciar  la  operación,  que  se  hizo  al 
toque  de  música.  Después  de  esto,  el  coronel  Camacho 
fué  desarmado  por  los  brasileros  legales  del  otro  lado  del 
paso  de  la  Laguna  en  el  Cuareim,  con  80  hombres  que 
le  seguían,  los  cuales  se  dispersaron  conchabándose  en 
las  estancias  de  aquel  territorio.  Los  hermanos  Francisco 
y  Manuel  Caraballo,  oficiales  de  caballería  del  departa- 
mento de  Canelones,  pasaron  á  Corrientes  con  12  hom- 
bre?, por  el  paso  de  los  Libres,  frente  á  Uruguayana. 
El  general  Rivera  con  los  otros  jefes  que  le  acompaña- 
ban fué  internado  á  San  Francisco  de  Paula.  En  la  fron- 
tera del  Cuareim  se  situó  una  fuerza  brasilera  como  de 
500  hombres,  colocando  guardias  sobre  los  pasos  del  río, 
y  como  1000  en  Santa  Ana  del  Livramento.  Aquellas 
guardias  desarmaban  á  todos  los  emigrados  que  caían  á 
los  pasos  del  Cuareim  y  los  largaban  luego  para  que 
fuesen  á  trabajar  donde  quisiesen     1  . 

( 1 )  Antonio  Díaz :    Historia   política    y    militar    de    las    Repúbli 
Plata, 

La  misma  obra  registra  la  siguiente  carta,  en  la  que  el  sanguinario  Ur- 
quiza da  cuenta  del  resaltado  de  esta  batalla  á  su  maestro  don  Juan. 
Manuel   de  Rosas  : 


-  172  - 

A  pesar  de  este  triunfo,  tan  completo  como  sangriento, 
el  país  no  fué  del  todo  dominado,  pues  por  todas  partes 
se  levantaban  partidas,  mandadas  por  Venancio  Flores, 
Brígido  Silveira,  Anacleto  Medina,  Gregorio  Suárez,  Ber- 
nardino  Báez  y  otros  guerrilleros,  que  hostilizaban  á  las 
divisiones  oribistas;  y  cuando  éstas  creían  haber  rodeado 
al  enemigo,  aquellos  valientes  caudillos  y  sus  gentes  se 
evadían  sutilmente  á  través  de  sierras  y  asperezas  ó  bur- 
laban la  acción  de  los  intrusos  deslizándose  por  vados 
peligrosos  ó  por  picadas  escondidas  entre  los  montes. 

5.  Mediación  de  Francia  é  Inglaterra.  — A  raíz 
del  desastre  de  India  Muerta  llegaron  al  Plata  el  Barón 
Deffaudis  y  Mr.  Gore  Ouseley,  Ministros  Plenipotencia- 
rios de  Francia  é  Inglaterra  respectivamente,  quienes 
traían  la  honrosa  y  humanitaria  misión  de  ofrecer  sus 
servicios  á  los  beligerantes,  en  el  sentido  de  llegar  á  un 
arreglo   entre  Rosas   y   el  Gobierno  de  Montevideo,  que 

Mi  predilecto  amigo: 
Con  sólo  3,000  valientes  del  ejército  de  operaciones  á  mis  órdenes,  me 
propuse  seguir  al  salvaje  unitario  pardejón  incendiario  Rivera,  para  con 
este  número  obligarlo  á  la  batalla  que  mil  veces  ha  rehusado.  Alachado 
sin  duda  por  la  superioridad  numérica  de  sus  hordas  (que  todas  las  ha- 
bía reunido),  se  dispuso  á  esperarme  como  con  4,600  bultos;  y  aún  no 
eran  las  siete  de  la  mañana,  cuando  se  dio  principio  á  la  batalla  que 
acaba  de  terminar  con  el  más  espléndido  triunfo  para  las  armas  argenti- 
nas y  orientales  que  tan  dignamente  combaten  por  las  leyes  é  institucio- 
nes de  ambas  Repúblicas  contra  los  salvajes  unitarios,  nuestros  más  en- 
carnizados enemigos.  Como  1,000  cadáveres  salvajes  unitarios  y  500  pri- 
sioneros, son  los  timbres  de  esta  jornada  de  honor,  que  inmortalizará  el 
renombre  de  los  valientes  que  me  honro  en  mandar,  y  de  cuya  bravura 
me  ha  cabido  la  gloria  de  ser  testigo.  Nuestra  pérdida  es  tan  corta,  que 
sólo  por  ahora  se  notan  algunos  heridos  y  pocos  muertos.  Empeñado  en 
la  persecución,  sólo  tengo  tiempo  para  dirigirle  mis  más  ardientes  felici- 
taciones, las  que  se  servirá  aceptar  á  nombre  de  todos  los  valientes  que 
han  participado  de  esta  gloria.  Se  me  olvidaba  decirle  que  entre  los  pri- 
sioneros está  toda  la  infantería  de  los  salvajes  unitarios  y  un  único  ca- 
ñón de  á  cuatro  que  éstos  tenían,  toda  su  caballada  y  porción  de  arma- 
mentos. Tengo  el  placer  de  repetirme  su  fino  é  invariable  amigo.  —  Justo 
José  de  Urquixa. 


-  173  - 

pusiese  fin  á  la  guerra.  Los  plenipotenciarios,  que  no  sim- 
patizaban con  el  déspota  de  Buenos  Aires,  que  conside- 
raban á  Oribe  como  á  teniente  de  Rosas  y  no  como  á 
un  ciudadano  oriental  que  luchaba  para  reivindicar  un 
derecho  escarnecido,  solicitaron  de  Rosas  una  suspen- 
sión de  hostilidades,  como  se  acostumbra  en  casos  de  esta 
naturaleza,  es  decir,  cuando  se  va  á  tratar  de  paz;  pero 
el  tirano,  con  asombro  de  aquellos  diplomáticos,  se  negó 
á  acceder  á  una  práctica  tan  universal.  Entonces  los  me- 
diadores pidieron  la  retirada  del  ejército  argentino  que 
asediaba  á  Montevideo,  fundándose  en  que  la  permanen- 
cia de  ese  ejército  anulaba  los  efectos  de  los  tratados  de 
1828  y  1840  en  cuanto  éstos  se  referían  á  la  independen- 
cia perfecta  y  absoluta  del  Uruguay. 

«Así,  pues — decían  los  diplomáticos  extranjeros  —  para 
que  esta  independencia  exista  es  necesario  que  las  tro- 
pas, la  escuadra  y  con  ellas  toda  especie  de  influencias 
argentinas  desaparezcan  del  país,  y  que  el  pueblo  orien- 
tal pueda,  en  plena  libertad  y  por  las  vías  que  trazan 
sus  leyes  constitucionales,  elegir  el  jefe  que  deba  presi- 
dir sus  destinos. 

«El  espíritu  de  la  misión  que  ha  sido  confiada  á  los 
dos  plenipotenciarios  de  Inglaterra  y  de  Francia  es  el 
desinterés  más  perfecto  (1).» 

En  cambio,  Rosas  pedía  que  se  reconociera  el  bloqueo, 
se  negaba  á  levantar  el  sitio  y  exigía  que  se  declarara 
criminal  al  almirante  Purvis  por  haber  dificultado  con 
medidas  violentas  las  órdenes  del  gobierno  de  la  Confe- 
deración. 

6.  Apresamiento  de  la  flota  de  Brown.  —  La  acti- 
tud de  Rosas  dio  á  comprender  á  los  diplomáticos  que 
su  gestión  sería  completamente  infructuosa ;  pero  resuel- 
tos como  estaban  á  hacer  de  su  parte  cuanto  les  permi- 


(1)    Nota  del  Barón  Deffaudis  y  Mr.  W,  Gore  Ouseley,  de    fecha  4  de 
Agosto  de  18á5. 


-  174  - 

tían  sus  instrucciones  para  poner  término  á  la  guerra, 
procedieron  á  apoderarse  de  la  flota  de  Brovn  que  se 
hallaba  á  la  sazón  en  la  rada  de  Montevideo.  Toda 
la  marinería  extranjera  que  se  encontró  en  la  escuadra 
rosista  fué  trasladada  á  los  buques  de  los  interventores; 
á  Brown,  y  á  sus  jefes  y  oficiales  se  les  condujo  á  Buenos 
Aires  y  se  dio  libertad  á  los  orientales  prisioneros  que  se 
hallaron  á  bordo  de  las  naves  del  viejo  marino  irlandés, 
que  tan  sólo  en  un  momento  de  debilidad  pudo  ponerse 
al  servicio  de  la  tiranía,  él,  que  siempre  había  defendido 
la  libertad. 

7.  Garibaldi  en  accióx.  —  Hacia  los  últimos  días  de 
Agosto,  la  escuadrilla  nacional,  compuesta  de  diez  buques, 
secundados  por  otros  de  las  fuerzas  navales  anglo- fran- 
cesas, se  dirigió  á  la  Colonia,  de  cuya  ciudad  se  apo- 
deró después  de  luchar  durante  todo  un  día.  Inme- 
diatamente Garibaldi,  que  formaba  parte  de  la  expresada 
expedición,  fuese  sobre  la  isla  de  Martín  García,  en  la 
cual  flameaba  el  pabellón  argentino,  y  obliga  á  su  jefe 
á  que  se  rinda,  lo  que  se  consigue  sin  derramamiento 
de  sangre  (6  Septiembre  de  1845).  A  estos  pequeños 
triunfos  de  Garibaldi  se  siguieron  otros  que  tuvieron 
por  escenario  el  litoral  del  río  Uruguay. 

8.  Combate  de  Obligado.  — «La  intervención  no  se 
limitó  á  impedir  la  entrada  de  buques  á  los  puertos  de 
Buenos  Aires.  Quiso  ponerse  en  contacto  con  la  provin- 
cia de  Corrientes,  que  se  consideraba  ligada  á  las.  hosti- 
lidades contra  la  dictadura,  y  lo  realizó.  Rosas,  que  com- 
prendió el  golpe  asestado  á  su  sistema  de  mantener  cerra- 
dos los  ríos  al  comercio  extranjero,  para  que  los  pueblos 
argentinos  pagaran  los  derechos  de  aduana  en  Buenos 
Aires,  trató  de  impedir  la  subida  de  las  naves  enemigas 
custodiando  buques  mercantes  hasta  Corrientes  ó  el  Pa- 
raguay, y  con  tal  propósito  mandó  artillar  y  guarnecer 
el  Paso  del  Tonelero  en  la  Vuelta  de  Obligado,  donde, 
además,  hizo  colocar  una  gruesa  cadena   atravesando   el 


—  175  — 

río,  para  dificultar,  si  no  impedir,  que  las  naves  interven- 
toras lo  franquearan.  Dicha  cadena  descansaba  en  varios 
buques  mercantes,  acoderados  al  efecto  todos  ellos,  con 
carga  de  artículos  paraguayos,  de  que  hicieron  luego 
buena  presa  los  vencedores. 

«El  general  don  Lucio  Mansiila  fué  enviado  con  la 
fuerza  y  elementos  necesarios  para  organizar  las  baterías, 
preparándolo  todo  para  la  defensa,  antes  que  los  coli- 
gados resolvieran  el  pasaje  con  dirección  á  Corrientes. 

«El  18  de  Noviembre  de  1845,  la  escuadrilla  combi- 
nada, compuesta  de  18  buques,  se  aproximó  resuelta  á 
forzar  el  paso,  siendo  recibida  por  el  fuego  de  las  tres 
baterías  colocadas  en  las  alturas  que  dominan  el  río.  El 
combate  fué  sangriento,  y  brillantemente  sostenido  de 
una  y  otra  parte.  Empero,  la  superioridad  y  el  número 
de  los  cañones  enemigos  dominaron  las  baterías,  arra- 
sándolas. Los  argentinos  se  cubrieron  de  gloria  en  aque- 
lla jornada,  y  los  ingleses  y  los  franceses  fueron  los  pri- 
meros en  reconocerlo,  declarándolo  así  en  sus  partes  oficiales. 

«Después  de  ocho  horas  de  fuego,  la  acción  se  dio  por 
concluida.  La  cadena  fué  rota  á  golpes  de  martillo,  las 
baterías  ocupadas  por  tropas  inglesas  de  infantería,  y  los 
buques  mercantes  allí  estacionados  para  la  defensa,  con- 
ducidos á  Montevideo  con  sus  cargamentos. 

«Arrasadas  las  fortificaciones  del  Tonelero,  las  aguas 
del  Paraná  quedaron  libres  hasta  Corrientes  y  el  Para- 
guay, ensayándose  con  tal  motivo  un  tráfico  tanto  más 
ventajoso  cuanto  que  por  primera  vez  subían  buques 
mercantes  de  ultramar  hasta  los  confines  del  territorio. 

«Rosas  comprendió  que  había  perdido  la  partida,  que 
los  enemigos  llevaban  entonces  la  mejor  parte,  desde  que 
la  rica  provincia  de  Buenos  Aires  soportaría  aislada  los 
tristes  efectos  del  bloqueo,  mientras  Santa  Fe,  Corrien- 
tes, el  Paraguay  y  la  República  Oriental,  en  la  parte  no 
dominada  por  Oribe,  se  encontraban  en  libertad  para 
comerciar  exportando  sus  productos  locales  é  importando 


-  176  - 

los  de  la  industria  extranjera,  sin  excluir  las  municiones 
y  elementos  bélicos. 

«Aquella  cadena  del  Tonelero  que  cortaron  el  marti- 
llo y  el  yunque  de  un  barco  inglés,  era  el  símbolo  del 
despotismo  fluvial  conservado  autoritariamente  por  el 
dictador,  y  al  romperla  manos  extranjeras  bien  intencio- 
nadas, despejábase  el  horizonte  político  de  los  pueblos 
del  Plata  esclavizados,  y  se  destruía  un  sistema  de  siglos 
reprobado  por  la  civilización,  por  las  conveniencias  y  por 
el  derecho  de  los  Estados  argentinos. 

«Los  golpes  de  aquel  martillo  resonaron  más  extensa  y 
profundamente  que  los  cañonazos  con  que  se  destruía 
tantos  miles  de  argentinos,  quienes  con  la  gallardía  de 
raza  arrostraron  la  metralla  de  la  civilización  contra  la 
barbarie  ingénita  que  defendían  inconscientes  en  aque- 
lla lucha.  Porque  aquélla  no  era  guerra  simpática  ni  ven- 
tajosa para  la  nación.  Las  esperanzas  todas  de  los  bue- 
nos ciudadanos  cifrábanse  en  la  nueva  cruzada  del  ge- 
neral Paz,  que  organizaba  en  Corrientes  el  llamado  cuarto 
ejército  libertador,  y  la  escuadra  anglo- francesa  condu- 
cía los  recursos  requeridos  por  la  empresa,  buscando  en 
la  caída  de  la  dictadura,  no  el  triunfo  de  la  Inglaterra 
y  la  Francia,  sino  la  paz  como  elemento  de  prosperidad 
general  y  la  libertad  para  todos  los  argentinos  (1).» 

9.  Medidas  inconvenientes  del  general  Oribe  y 
su  titulado  gobierno.  —  Mientras  se  desarrollaban  los 
sucesos  que  á  vuela  pluma  venimos  relatando,  el  ge- 
neral Oribe  desde  el  Cerrito  adoptaba  una  serie  de  me- 
didas, más  aconsejadas  por  el  despecho  y  la  obcecación, 
que  si  por  medio  de  ellas  tratase  de  granjearse  proséli- 
tos ó  hacer  simpática  la  causa  que  defendía.  Una  de 
ellas  consiste  en  un  decreto  que  lleva  la  fecha  del  22 
de  Abril  de  1845,  disponiendo  que  «todos  los  decretos  y 
comunicaciones,  así  oficiales  como  particulares,  y  las  pu- 

(1)    Mariano  A.  Pelliza,  obra  citada. 


-  177  - 

blicaciones  por  la  prensa  empezaran  con  el  lema  de 
/  Vivan  los  defensores  de  las  leyes!  !  ¡  Mueran  los  salva- 
jes unitarios! ! 

Otro  decreto  no  menos  inconveniente  y  restrictivo  es  el 
de  fecha  30  de  Mayo  del  mismo  año,  por  el  cual  el  pro- 
pietario que  se  hubiese  acogido  al  indulto  (del  gobierno 
oribista)  con  la  esperanza  de  entrar  en  el  goce  de  la 
propiedad,  sólo  tendría  derecho  á  la  carne  necesaria  para 
su  alimento,  «mirando  consumarse  el  abandono  y  el  des- 
trozo de  sus  bienes — dice  el  señor  don  Antonio  Díaz, 
cuya  opinión  no  puede  ser  sospechosa,  dadas  sus  afini- 
dades con  Oribe  —  que  á  título  de  embargo  permanecían 
bajo  la  presión  de  tan  raro  tutelaje.» 

«Los  decretos  del  28  de  Julio  de  1845  expedidos  en 
el  cuartel  general  del  Cerrito  de  la  Victoria  y  firmados 
por  el  general  Oribe  y  su  Ministro  el  doctor  Villademo- 
ros,  pusieron  el  sello  del  desacierto  de  la  marcha  polí- 
tica y  administrativa  del  general  Oribe:  el  que  se  refería 
á  la  confiscación  de  bienes  ( 1 )  declarándolos  propiedad 
de  la  nación,  no  podía  ser  más  bárbaro.  Ningún  despojo 

( 1 )  ¡  Vivan  los  defensores  de  las  leyes ! 

¡ ;  Mueran  los  salvajes  unitarios ! ! 

Ministerio  de  Gobierno. 

Cuartel  general  en  el  Cerrito  de  la  Victoria,  Julio  28  de  1845. 

El  Poder  Ejecutivo  de  la  República, 

Considerando : 

Que  los  enormes  males  causados  á  la  República,  y  sus  intereses,  por 
los  rebeldes  salvajes  unitarios,  exigen,  tanto  en  favor  de  aquélla  como  en 
justo  castigo  de  la  más  inicua  traición,  una  reparación  é  indemnización, 
de  la  que  deben  formar  parte  los  bienes  de  esos  mismos  traidores  salva- 
jes unitarios,  y  teniendo  presente  otras  obvias  consideraciones  en  esta 
materia,  ha  acordado  y  decreta  : 

Artículo  l.°  Los  bienes  de  los  salvajes  unitarios,  embargados  en  todo  el 
territorio  de  la  República,  son  propiedad  del  Estado. 

Art.  2.°  Exceptúanse  los  de  aquellos  individuos  que  habiéndose  presen- 
tado y  sido  indultados,  existían  hoy  en  las  filas  del  ejército  libertador  de 

12  —  2.» 


-  178  - 

podía  presentarse  menos  autorizado,  no  ya  por  el  derecho 
que  surge  de  la  necesidad  ó  exigencias  del  estado  extra- 
ordinario de  una  guerra,  por  más  cruel  é  intransigente 
que  ella  sea,  sino  por  no  haber  ningún  pretexto  -en  qué 
apoyar  tal  medida,  desde  que  los  habitantes  de  la  República 
que  se  sentían  perseguidos,  habían  abandonado  sus  pro- 
piedades en  virtud  de  la  misma  violación  de  las  garan- 
tías ofrecidas  por  el  general  Oribe. 

«No  era  menos  ruinoso  el  segundo.  Por  él  debía  la  na- 
ción contraer  una  gran  deuda  para  satisfacer  la  entrega 
en  numerario  de  ingentes  sumas  adscriptas  al  pago  de 
las  cantidades  votadas  á  ejércitos  numerosos  (1)  como  el 
argentino  y  el  oriental,  que  terminada  la  guerra  no  ba- 
jarían de  16  á  20  mil  hombres. 

«Tales  decretos  no  tenían  otra  consecuencia  que  la 
ruina  de  la  República  consumada  al  fin,  y  cuyos  efectos 
debían  sentirse  por  muchos  años  después  en  la  postración 
y  empobrecimiento  nacional  (2).» 

En  estas  disposiciones  debe  buscarse  el  origen  del  con- 


argentinos  y  orientales,  á  los  cuales  indultados  se  devolverá,  por  las  auto- 
ridades respectivas,  tan  luego  como  este  decreto  llegue  al  conocimiento  de 
ellas,  los  que  les  pertenezcan,  en  el  estado  en  que  se  hallen. 

Art.  3.°  Los  de  aquellos  que  habiéndose  presentado  y  sido  indultados, 
permanecen  por  alguna  razón  en  sus  casas,  sin  pertenecer  á  las  filas  del 
expresado  ejército  libertador,  quedan  sujetos  á  las  resoluciones  especiales 
que  dictase  el  Gobierno,  con  arreglo  á  las  circunstancias  del  caso,  á  soli- 
citud de  parte. 

Art.  4.°  A  las  mismas  resoluciones  especiales  quedan  sujetos  también, 
según  las  circunstancias  del  caso,  los  que  se  presentaren  en  lo   sucesivo. 

Art.  5.°  Comuniqúese  ñ.  quienes  corresponda  y  publíquese. 

Oribe. 
Carlos  O.  Yillademoros. 

( 1 )  Según  este  decreto,  después  del  triunfo  se  daría  á  cada  coronel 
8000  pesos,  tenientes  coroneles  4000,  sargentos  mayores  2000,  capitanes  1500, 
tenientes  1000,  alféreces  800,  sargentos  200,  cabos  150,  soldados  100,  sin 
contar  las  sumas  asignadas  a  las  viudas  y  huérfanos. 

(2)  Antonio  Díaz,  obra  citada. 


-  179  - 

flicto  franco- inglés  y  la  protección  dispensada  por  nacio- 
nales y  extranjeros  á  la  causa  de  la  Defensa. 

El  bloqueo  puesto  por  las  fuerzas  navales  intervento- 
ras inutilizó  los  puertos  del  Buceo  y  Maldonado,  por  donde 
el  ejército  de  Oribe  establecía  comunicación  con  el  exte- 
rior, de  modo  que  se  apresuró  (14  Agosto  1845)  á  habi- 
litar los  puertos  de  la  República  sobre  el  río  Yaguarón 
y  la  laguna  Merín,  y  la  parte  comprendida  entre  el 
Chuy  y  Santa  Teresa. 

Además,  Oribe  reunió  en  el  Miguelete  una  titulada 
Asamblea,  compuesta  de  algunos  de  los  miembros  que 
habían  pertenecido  á  la  legislatura  de  1838,  nombrando 
á  otros  nuevos  para  integrarla. 

«Bajo  el  imperio  de  las  circunstancias,  de  la  pasión 
política  y  de  las  aberraciones  de  la  época,  que  tienen  su 
aplicación  en  una  guerra  sangrienta  y  prolongada,  apa- 
reció aquel  cuerpo  en  que  figuraban  hombres  respetables, 
funcionando  extraordinariamente  hasta  el  3  de  Diciem- 
bre inmediato,  en  que  desapareció  del  escenario  con  un 
manifiesto. 

«En  este  corto  período  aprobó  todos  los  actos  del  Pre- 
sidente legal,  la  invasión  del  territorio  de  la  República 
por  los  ejércitos  de  Rosas,  «numerosos,  aguerridos  y  lle- 
nos de  virtudes  federales»  (textual)  y  la  continuación  de 
las  facultades  extraordinarias.  Declaró  que  «donde  quiera 
que  se  hallase  aquella  Representación,  allí  estaban  los 
Poderes  legítimos.»  Autorizó  un  empréstito  de  seis  millo- 
nes de  pesos,  realizable  dentro  ó  fuera  del  país  con  la 
garantía  de  las  rentas  y  propiedades  del  Estado,  que 
nunca  se  realizó,  y,  por  fin,  discernió  al  general  Oribe  el 
título  de  Gran  ciudadano,  que  rehusó  (4).» 

Otro  de  los  errores  de  Oribe,  combatido  por  sus  mis- 
mos partidarios,  fué  el  obligar  á  los  moradores  de  cier- 
tos pueblos  á  que  los  desalojasen,  concentrándolos  en  el 

(4)    Isidoro  De -María,  obra  citada. 


-  180  - 

campo  y  sometiéndolos  á  todas  las  inclemencias  del  tiempo, 
sin  ventaja  ninguna  para  la  causa  rosista.  Este  proce- 
dimiento lo  siguió  durante  toda  su  larga  campaña,  apli- 
cándolo á  los  subditos  franceses  é  ingleses  que  caían  en 
su  poder,  procedentes  de  los  pueblos  del  litoral  del  Uru- 
guay. En  estas  concentraciones  ocurrieron  hechos  ate- 
rradores. « Muchos  de  estos  extranjeros  —  dice  el  señor  De- 
María —  fueron  sacrificados  con  refinada  crueldad,  ó  con- 
denados á  sufrimientos  inhumanos. » 

10.  Inhabitabilidad  de  la  campaña.  —  Por  otra 
parte,  la  subsistencia  de  los  pobladores  de  la  campaña 
se  venía  haciendo  cada  día  más  difícil  y  penosa  á  causa 
de  las  tropelías  de  que  eran  objeto  en  sus  vidas,  su 
honra  ó  sus  intereses,  por  parte  de  las  tropas  rosistas 
acaudilladas  por  Oribe,  al  punto  que  don  Manuel  Lava- 
lleja,  cuya  opinión  no  puede  tildarse  de  parcial,  desde 
que  militaba  en  las  filas  del  Presidente  legal,  decía,  refi- 
riéndose á  una  fuerza  que  había  acampado  á  inmedia- 
ciones de  donde  Lavalleja  tenía  la  suya,  que  estaba  muy  I 
satisfecho  de  que  se  hubiera  retirado  á  otro  sitio,  porque, 
siendo  imposible  contenerlos,  era  preciso  dejarlos  «que 
cometan  los  desórdenes  que  quieran. »  Y  agregaba:  « Todc 
lo  he  sufrido ;  nos  han  dejado  para  memoria  de  sus  pro- 
cedimientos 50  bueyes  muertos,  mayor  número  de  leche- 
ras y  más  de  200  yeguas,  y  otras  raterías  cometidas  en 
el  pueblo.» 

El  señor  Díaz,  de  la  misma  filiación  política  que  el 
coronel  Lavalleja,  se  expresa  en  los  siguientes  términos, 
al  dilucidar  este  mismo  punto:  «La  conducta  de  la  ma- 
yor parte  de  las  fuerzas  argentinas  en  campaña  había 
empezado  á  hacerse  insoportable.  A  los  robos,  degüellos 
y  expoliaciones  de  un  Moranchel  en  la  Colonia,  de 
un  Pinedo  en  Paysandú,  á  quienes  puso  el  geners 
Díaz  á  raya,  se  siguieron  las  sebeadas  en  las  haciendas 
Es  decir,  carneábanse  las  reses  para  sacar  la  grasa  y  el 
sebo,  que  se  vendía  en  las  pulperías,  ó  á  los  mismos  pro- 


-  181  - 

veedores  particulares  que  marchaban  en  los  cuerpos  del 
ejército  ó  se  situaban  en  los  pueblos.  Estas  sebeadas  se 
ejecutaban  por  partidas  de  10,  20  ó  50  hombres  de  los 
cuerpos  argentinos  que  salían  sin  orden  de  los  campa- 
mentos, y  muchas  de  éstas  eran  ejecutadas  con  consen- 
timiento de  jefes  de  cuerpos, »  como  en  el  caso  á  que 
alude  el  coronel  Lavalleja. 

«La  campaña  estaba  destrozada  por  la  guerra  civil  de 
1843  á  1852.  Los  pobladores  antiguos  habían  huido  á  la 
ciudad  y  á  los  pueblos,  donde  se  habían  reconcentrado, 
abandonando  sus  haciendas  y  sus  hogares.  Se  veían  de 
distancia  en  distancia  las  antiguas  poblaciones  en  taperas, 
destruidas  por  el  tiempo  unas,  y  por  el  fuego  otras.  Ra- 
ros eran  los  ranchos  que  quedaban  en  pie  habitados.  Las 
haciendas  abandonadas  se  habían  asilado  en  los  mon- 
tes; y  las  yeguadas,  con  sus  crines  tendidas  al  viento, 
circulaban  espantadas  por  los  campos  al  menor  movi- 
miento que  sentían  de  un  viajero.  Las  manadas  de  perros 
cimarrones  que  se  habían  multiplicado,  corrían  sin  cesar 
de  un  extremo  á  otro  de  los  campos,  huyendo  despavo- 
ridas, lo  mismo  qus  los  demás  animales  salvajes.  Todo 
parecía  primitivo  en  la  campaña  pastora  del  Uruguay,  y 
el  observador  no  podía  mirar  sin  tristeza  aquel  cuadro  de 
desolación,  efecto  de  la  guerra  civil  (1).» 


(1)    Juan  L.  Cuestas:  Nuestra  campaña  después  de  1852;  artículo  in- 
serto en  c  Nuestro  país  ».   Montevideo,  1895. 


-  182  - 


IV 


(1846) 

SUMARIO :  1.  El  combate  de  San  Antonio.  —  2.  La  Asamblea  de  Nota- 
bles.—  3.  Regreso  de  Rivera  y  motín  militar.  —  4.  Abolición  de  las 
divisas  partidarias. —  5.  Situación  de  la  plaza  de  Montevideo.  — 6.  Mi- 
sión pacificadora. 


1.  El  combate  de  San  Antonio.  —  Después  del  de- 
sastre de  India  Muerta,  el  general  Medina,  que  tuvo  que 
asilarse  en  Río  Grande,  volvió  al  seno  de  la  patria  acom- 
pañado de  unos  200  hombres,  restos  de  su  antigua  divi- 
sión, penetrando  en  el  territorio  nacional  por  la  margen 
izquierda  del  río  Uruguay,  con  objeto  de  incorporarse  á 
las  fuerzas  legales  que  se  hallaban  destacadas  en  la  ciu- 
dad del  Salto. 

En  previsión  de  un  contraste,  pues  todo  el  país  se 
hallaba  sembrado  de  gentes  en  armas  que  respondían  á 
la  causa  de  Oribe,  y  á  fin  de  proteger  sus  marchas,  sa- 
lieron de  la  citada  población,  el  día  8  de  Febrero,  cua- 
tro compañías  de  la  legión  italiana,  mandadas  por  Gari- 
baldi,  y  el  coronel  Báez  con  un  escuadrón  de  caballería. 

Marchaban  Garibaldi  por  la  costa  del  río  y  Báez  por 
la  cuchilla,  cuando  apareció  una  fuerza  enemiga  com- 
puesta de  300  hombres,  que  á  los  pocos  instantes  fué 
reforzada  con  una  columna  de  caballería  é  infantería  de 
900,  á  las  órdenes  del  general  don  Servando  Gómez, 
quienes  rodearon  las  fuerzas  de  Báez  y  Garibaldi. 

Iniciado  el  ataque  por  los  rosistas  en  el  paraje  llamado 
Tapera  de  don  Venancio,  campos  de  San  Antonio,  Ga- 
ribaldi y  Báez  lo  esperaron  á  pie  firme,  luchando  con 
sin  igual  denuedo  sus  284  valientes  durante  seis  horas, 
hasta  que  á  las  8  de  la  noche  emprendieron  estos  últi- 
mos la  retirada,  que  duró  cuatro  horas,  sin  detenerse  en 


—  183  — 

el  camino,  pues  dondequiera  que  el  enemigo  los  inter- 
ceptaba se  abrían  paso  con  inaudito  valor. 

Los  rosistas  perdieron  en  esta  acción  de  guerra  200 
hombres  y  los  gubernistas  30  muertos  y  53  heridos ;  Ga- 
ribaldi  llegó  al  Salto,  donde  fué  recibido  con  grandes 
demostraciones  de  júbilo,  y  Medina  efectuó  su  incorpo- 
ración sin  más  contratiempo. 

El  gobierno  de  Montevideo  hizo  general  á  Garibaldi, 
que  no  quiso  aceptar  esta  distinción,  y  dispuso  que  mien- 
tras no  se  produjera  otro  hecho  de  armas  más  glorioso 
que  el  de  San  Antonio,  la  legión  italiana  ocupase  la  de- 
recha en  las  formaciones  del  ejército  oriental. 

2.  La  Asamblea  de  notables.  —  Terminado  el  pe- 
ríodo legal  de  la  5.a  legislatura,  y  no  siendo  posible  pro- 
ceder á  nuevas  elecciones  en  vista  del  estado  de  guerra 
en  que  se  encontraba  el  país,  el  Gobierno  resolvió  que 
aquélla  terminara  su  mandato  y  la  reemplazara  una 
Asamblea  de  hombres  notables  elegidos  por  el  mismo 
Poder  Ejecutivo,  como  así  lo  hizo  el  día  14  de  Febrero, 
dirigiendo  un  manifiesto  al  país,  en  el  cual  establecía  los 
fundamentos  de  su  delicada  resolución.  Esta  Asamblea 
se  componía  de  todos  los  senadores  y  representantes  que 
formaban  la  citada  Legislatura;  de  los  magistrados  le- 
trados del  Poder  judicial ;  de  los  Ministros  del  Poder 
Ejecutivo;  de  numerosos  jefes  militares;  de  las  autorida- 
des eclesiásticas  de  Montevideo ;  de  los  jefes  de  las  prin- 
cipales oficinas  y  de  los  ciudadanos  que  el  Consejo  de 
Estado,  que  en  igual  fecha  se  creaba,  considerase  dignos 
de  ser  incorporados  á  esta  numerosa  Asamblea  por  su 
patriotismo,  capacidad  y  virtudes. 

El  Consejo  de  Estado  lo  formaron  don  Alejandro  Chu- 
carro  como  Presidente  y  los  señores  Sagra,  Pacheco  y 
Obes,  Lamas,  Martínez,  Zufriategui  y   Herrera   y  Obes. 

Este  cambio  no  ocasionó  ningún  trastorno  en  el  país, 
siendo  aceptado  como  una  necesidad  impuesta  por  las  cir- 


—  184  — 

cunstancias   á  pesar  de  la  inconstitucionalidad   de  esta 
medida. 

3.  Regreso  de  Rivera  y  motín  militar.  —  Creemos 
haber  dicho  que  el  desastre  de  India  Muerta  produjo 
honda  sensación  en  el  ánimo  de  todos,  y  como  la  in- 
fluencia de  Rivera  quedó  momentáneamente  quebrada,  no 
fué  difícil  á  los  hombres  de  la  Defensa  conseguir  de  la 
corte  del  Brasil  el  traslado  de  este  infatigable  luchador 
á  la  ciudad  de  Río  Janeiro.  Pocos  meses  después  fué 
despojado  del  mando  de  la  dirección  de  la  guerra  en 
campaña,  disponiéndose  además  que  el  general  Rivera 
no  regresara  al  territorio  de  la  República  sin  permiso 
expreso  del  Gobierno. 

Ante  la  posibilidad  de  que  la  figura  política  y  militar 
de  este  caudillo  quedase  anulada,  sus  partidarios  traba- 
jaron incesantemente,  hasta  el  punto  de  conseguir  de  los 
Poderes  públicos  que  se  le  nombrase  Ministro  plenipo- 
tenciario en  el  Paraguay,  aunque  con  la  expresa  condi- 
ción de  que  debería  efectuar  su  tránsito  por  el  territorio 
brasilero;  pero  como  quiera  que  el  gabinete  imperial  se 
opusiera  á  esto  último,  Rivera  decidióse  á  efectuar  su 
viaje  embarcado. 

El  día  18  de  Marzo  de  1846,  el  general  don  Fructuoso 
Rivera  apareció  en  el  puerto  de  Montevideo  en  el  ber- 
gantín español  Fomento,  desde  el  cual  se  trasbordó  á  la 
fragata  Perla,  de  la  misma  nacionalidad,  solicitando  de 
don  Joaquín  Suárez  el  correspondiente  permiso  para  per- 
manecer algunos  días  en  su  patria  á  fin  de  poder  arre- 
glar sus  asuntos  antes  de  ausentarse  á  cumplir  la  mi- 
sión que  se  le  había  confiado  cerca  del  gobierno  del  Pa- 
raguay. 

Aunque  los  partidarios  de  Rivera  empezaron  á  agitarse 
á  fin  de  que  se  le  permitiese  el  desembarco,  el  Gobierno 
negó  la  autorización  para  ello  y  llegó  hasta  despojarlo  de 
la  investidura  diplomática  que  se  le  había  conferido,  y 
éste   fué   el   origen  de  la  grave  y  profunda  escisión  que 


-  185  - 

se  produjo,  no  sólo  en  las  esferas  políticas  y  sociales, 
sino  también  entre  las  legiones  extranjeras  que  ayuda- 
ban á  la  defensa  de  Montevideo,  y  aun  entre  las  tropas 
de  la  guarnición. 

«El  Gobierno  — dice  el  señor  De-María — se  mantenía 
firme  en  su  resolución;  los  partidarios  de  Rivera  se  agi- 
taban para  lograr  su  objeto,  y  el  mismo  general,  desde 
su  asilo  en  la  Perla,  escribía  á  varios  jefes  de  importan- 
cia para  propiciarse  su  opinión. 

«A  su  vez  el  general  Pacheco  y  Obes,  jefe  de  armas 
y  decidido  opositor  á  las  pretensiones  de  Rivera,  desple- 
gaba toda  su  actividad  y  energía  para  impedir  que  pu- 
diese cederse  á  la  resolución  adoptada,  empleando  toda 
la  influencia  de  su  posición,  apoyado  por  el  círculo  que 
se  había  formado  en  el  ejército  y  fuera  de  él,  para  que 
por  ningún  principio  se  cejase  en  la  actitud  asumida  por 
el  Gobierno  en  aquella  emergencia. 

«En  esta  lucha  de  intereses  y  aspiraciones  encontra- 
das, en  que  las  pasiones  rencorosas  tomaban  cada  día 
más  cuerpo,  y  en  que  noche  á  noche  el  aparato  de  la 
fuerza  convertía  el  centro  de  la  ciudad  en  un  campa- 
mento, para  imponer  á  los  partidarios  de  Rivera  y  pre- 
venir cualquier  movimiento  subversivo,  se  recurrió  á  me- 
didas extremas,  reduciendo  á  prisión  en  altas  horas  de 
la  noche  á  varios  jefes,  oficiales  y  ciudadanos  adictos  á 
Rivera;  se  impuso  silencio  á  la  prensa  y  se  cometieron 
otras  tropelías  que,  derramando  la  alarma  en  la  pobla- 
ción y  exaltando  más  los  ánimos,  prepararon  los  lamen- 
tables sucesos  que  se  produjeron  en  los  días  inmediatos.» 

Malestar  tan  grande  y  división  tan  honda  tenían  que 
producir  sus  naturales  consecuencias,  como  así  fué,  esta- 
llando la  revolución  en  el  Cabildo  durante  las  primeras 
horas  de  la  noche  del  1.°  de  Abril  á  los  gritos  de  /  Viva 
el  general  Rivera!  lanzados  por  el  batallón  de  línea  que 
en  aquel  local  se  hallaba  destacado. 

Pacheco   se   acantona  con   una  fuerza  de  artillería  en 


-  186  - 

la  plaza  de  Cagancha,  dispuesto  á  contrarrestar  la  suble- 
vación que  toma  mayor  incremento;  la  alarma  cunde; 
las  legiones  hacen  causa  común  con  los  riveristas;  su- 
cumben en  la  lucha  algunos  militares  distinguidos  que  se 
conservaban  fieles  al  Gobierno,  y  el  conflicto  toma  pro- 
porciones tan  alarmantes,  que  los  agentes  extranjeros 
intervinieron  á  fin  de  evitar  mayor  efusión  de  sangre 
y  restablecer  el  orden ;  pero  la  aurora  del  nuevo  día  paten- 
tiza á  la  población  aterrada  el  triunfo  de  los  sublevados. 

Como  consecuencia  de  esta  victoria  derógase  el  decreto 
contra  Rivera,  quien  desembarca  en  Montevideo;  nóm- 
bralo Suárez  general  en  jefe  del  ejército  en  campaña, 
cae  el  Ministerio,  dando  como  consecuencia  la  renuncia 
y  emigración  de  Pacheco  y  su  fracción  política,  y  queda 
restablecida  la  calma. 

4.  Abolición  de  las  divisas  partidarias.  —  Los 
hombres  públicos  que  habían  reemplazado  el  gabinete 
caído  adoptaron  un  criterio  político  distinto  del  que  si- 
guieron sus  antecesores;  criterio  encaminado  á  encontrar 
una  fórmula  digna  y  patriótica  que  pusiese  término  á  la 
guerra,  ó,  á  lo  menos  que,  si  ésta  había  de  continuar,  que 
revistiese  caracteres  más  humanos  de  los  que  hasta  ahora 
había  ofrecido.  La  concordia  entre  todos  los  orientales 
era  su  norma,  buscando  los  medios  de  llegar  á  una  con- 
ciliación que  sólo  Rosas  y  Oribe  repudiaban.  A  esto  res- 
pondía el  decreto  del  15  de  Abril  de  1846  suprimiendo 
en  todo  el  territorio  de  la  República  el  uso  de  las  divi- 
sas partidarias,  «como  principio  del  orden  y  fusión  que 
se  pretendía  establecer  para  buscar  el  modo  de  concluir 
con  la  guerra, »  según  la  frase  del  Ministro  de  Gobierno 
y  Relaciones  Exteriores  don  Francisco  Magariños.  Desde 
esa  fecha  quedaba  sustituida  la  divisa  por  la  cucarda 
nacional,  sin  perjuicio  de  usar  algún  distintivo  más  visi- 
ble cuando  las  conveniencias  en  las  acciones  de  guerra 
así  lo  exigieran,  á  voluntad  del  general  en  jefe  del  ejér- 
cito de  operaciones. 


-  187  - 

Esta  medida  fué  bien  acogida  de  parte  de  la  prensa 
de  Montevideo  y  tuvo  imitadores  entre  los  orientales  que 
militaban  con  Oribe,  pues  muchos  se  despojaron  de  las 
divisas  rosistas  que  ostentaban  en  sus  sombreros. 

5.  Situación  de  la  plaza  de  Montevideo.  —  Si  la 
faz  política  de  Montevideo  se  había  despejado  del  modo 
que  acaba  de  verse,  no  sucedía  lo  mismo  con  su  situa- 
ción económica,  que  era  ruinosa,  y  sus  medios  de  subsis- 
tencia, que  estaban  casi  agotados.  De  aquí  la  necesidad 
de  arbitrar  recursos,  los  cuales  se  consiguieron  mediante 
un  empréstito  de  360,000  pesos  con  la  garantía  de  los 
derechos  de  aduana,  y  30,000  pesos  que  facilitaron  los 
Ministros  extranjeros  con  destino  al  suministro  de  víve- 
res para  el  ejército  y  las  familias  menesterosas.  Por  otra 
parte,  se  resolvió  que  la  flota  aliada  remontando  el  Pa- 
raná hasta  Corrientes  escoltase  las  innumerables  embar- 
caciones que,  cargadas  de  productos  de  todas  clases,  es- 
peraban una  ocasión  propicia  para  descender  el  río  y 
llegar  hasta  Montevideo,  lo  que  no  podían  realizar  por 
impedírselo  las  baterías  de  San  Lorenzo  que,  perfecta- 
mente artilladas,  cañoneaban  á  los  buques  correntinos 
que  hacían  el  comercio  de  cabotaje. 

Este  pasaje  se  efectuó  no  sin  peligro,  defendiendo  la 
escuadra  aliada,  compuesta  de  12  buques  de  guerra,  á 
las  116  velas  que  convoyaba,  las  que  felizmente  pasaron 
sin  sufrir  ninguna  avería.  No  así  las  embarcaciones  de 
guerra,  que  fueron  el  blanco  de  la  formidable  artillería 
rosista.  Cuatro  de  éstas  vararon  y  hubo  necesidad  de  in- 
cendiarlas. El  resto,  con  aquel  extraordinario  convoy,  llegó 
á  Montevideo  (12  Junio  1316),  contribuyendo  con  los  pro- 
ductos transportados  á  mejorar  la  situación  de  la  plaza. 

6.  Misión  pacificadora.  —  La  mediación  extranjera 
que  hacía  tiempo  se  venía  anunciando,  se  realizó  por  fin 
con  la  llegada  á  Buenos  Aires  de  Mr.  Tomás  S.  Hood 
en  el  carácter  de  agente  confidencial  de  Inglaterra  y 
Francia  ante  el  gobierno  de  Rosas.  « Pedía  la  inmediata 


-    -  183  — 

suspensión  de  las  hostilidades,  el  desarme  de  los  extran- 
jeros, el  retiro  de  las  tropas  argentinas,  y  ofrecía  el  alza- 
miento del  bloqueo  de  Buenos  Aires  y  la  devolución  de 
la  isla  de  Martín  García.  Con  respecto  á  la  Presidencia 
de  la  República  Oriental,  debía  procederse  á  nuevas 
elecciones,  y  el  Presidente  Oribe  debía  someterse  al  re- 
sultado. Una  amnistía  plena  y  completa,  consecuencia 
del  olvido  de  lo  pasado,  completaba  las  bases  en  que 
Mr.  Hood,  en  unión  del  gabinete  de  Francia,  fundaba 
su  proyecto  de  pacificación.  El  gobierno  de  la  Defensa 
aceptaba  de  plano  los  fundamentos  de  esa  paz,  que  hu- 
biera evitado  mucha  sangre ;  pero  Rosas,  que  no  miraba 
con  buenos  ojos  el  retiro  de  las  fuerzas  sitiadoras,  con- 
testó á  Mr.  Hood  con  evasivas,  y  la  intervención  fué  un 
trabajo  si  no  estéril,  por  lo  menos  sin  resultado  inme- 
diato (1).» 


(1S47) 

SUMARIO  :  1.  Segunda  campaña  de  Rivera.  —  2.  Fallecimiento  de  don  San- 
tiago Vázquez.  —  3.  Otra  misión  diplomática. — 4.  Nuevos  rumbos. — 
5.  Destierro  del  general  Rivera. 

1.  Segunda  campaña  de  Rivera.  —  No  nos  propone- 
mos seguir  día  por  día  al  general  Rivera  en  sus  nuevas 
campañas,  pues  la  movilidad  de  este  caudillo  es  tan  in- 
comparable, que  lo  vemos  recorrer  el  país  á  todo  rumbo 
en  breves  días,  unas  veces  con  éxito  en  sus  empresas 
militares,  otras  con  desgracia,  pero  siempre  luchando  con 
denuedo  por  la  libertad  de  su  patria.  Podrá  haber  come- 
tido errores  graves,  de  los  que  nadie  está  exento;  podrá 
haber  sufrido  contrastes   como  cualquier  otro  militar,  por 

( 1 )    Vicente  Navia,  obra  citada. 


-  189  — 

grande  que  sea  su  reputación  y  pericia,  pero  nadie  ne- 
gará que  atesoraba  inapreciables  cualidades  de  luchador, 
de  guerrillero  y  de  capitán. 

Después  de  su  retorno  á  la  patria,  salió  de  Montevideo 
al  frente  de  unos  500  ó  600  hombres  de  las  tres  armas, 
apoderándose  del  pueblo  de  las  Víboras  ( 27  Mayo  1846), 
que  estaba  defendido  por  1000  oribistas  mandados  por  el 
caudillo  Montoro,  que  sufrió  la  pérdida  de  80  prisione- 
ros, 2000  caballos,  6  brillantes  piezas  de  artillería,  2000 
armas  de  todas  clases  y  abundantes  municiones. 

A  fines  del  mismo  año  efectuó  Rivera  una  feliz  expe- 
dición al  litoral  del  Uruguay,  donde  auxiliado  por  una 
escuadrilla  francesa  se  posesionó  de  varios  puntos,  hasta 
que  cayó  sobre  Paysandú,  cuya  importante  plaza  estaba 
defendida  por  600  hombres  á  las  órdenes  del  comandante 
general  del  departamento  don  Felipe  Argentó.  Intimóle 
la  rendición,  pero  éste  contestó  que  «tenía  por  costumbre 
recibir  á  los  enemigos  á  balazos,»  y  uniendo  al  dicho  el 
hecho,  empezó  un  nutrido  fuego  de  artillería  sobre  las 
gentes  de  Rivera,  que  se  retiraron  para  renovar  el  ata- 
que al  día  siguiente  (i),  en  que  no  habiendo  sido  soco- 
rrido por  Servando  Gómez,  como  Argentó  esperaba,  des- 
pués de  una  ruda  pelea  que  duró  ocho  horas,  el  enemigo 
capituló  (26  Diciembre  1846). 

Esta  victoria,  sin  embargo,  quedó  anulada  por  el  más 
completo  desastre  sufrido  por  Rivera  en  las  sierras  de 
las  Animas,  donde  completamente  rodeados  los  defenso- 
res de  la  legalidad,  fueron  cayendo  uno  á  uno,  sucum- 
biendo muchos  jefes  y  oficiales  (26  Enero  1847). 

Como  consecuencia  de  este  aniquilamiento  de  las  fuer- 
zas de  Rivera,  los  vencedores  recuperaron  las  plazas  per- 
didas y  volvieron  á  dominar  en  la  campaña,  mientras 
que  el  general  humillado  se  replegaba  hacia  Maldonado, 
no  con  el  propósito  de  lamentar  allí  su  desventura,  sino 

( 1 )  Domingo  Cosió :  Cuatro  fechas  en  Diciembre.  Montevideo,  1833. 


-       -  190  - 

para  cobrar  bríos,  reorganizar  sus  divisiones  y  continuar 
aquella  lucha  tan  desigual  como  gloriosa,  ya  que  se  com- 
batía contra  las  huestes  del  sanguinario  tirano  extranjero 
que,  en  su  ambición,  aspiraba  á  esclavizar  la  patria  chica. 

2.  Fallecimiento  de  don  Santiago  Vázquez.— Víc- 
tima de  una  afección  pulmonar,  falleció  en  Montevideo, 
el  día  6  de  Abril  de  1847,  una  de  las  personalidades  más 
salientes  del  período  de  la  Defensa,  don  Santiago  Váz- 
quez. Político  sincero,  que  influyó  extraordinariamente  en 
los  destinos  de  su  patria,  hábil  diplomático,  orador  con- 
vincente, ilustrado  jurisconsulto,  dotado  de  un  carácter 
íntegro  y  de  un  temperamento  inflexible,  sus  energías 
inquebrantables  y  su  bien  templado  espíritu  lo  hicieron 
querido  y  necesario  en  todas  las  épocas  de  su  procelosa 
vida  política. 

«El  tino,  la  habilidad  con  que  en  esa  época  azarosa 
condujo  las  relaciones  exteriores,  su  palabra  elocuente, 
la  fuerza  de  su  lógica  y  la  energía  de  su  carácter,  do- 
minaron más  de  un  conflicto  diplomático,  allanaron  se- 
rias dificultades,  salvaron  la  situación  de  graves  compli- 
caciones y  prepararon  la  intervención  anglo  -  francesa, 
que  vino  á  robustecer  la  defensa  de  Montevideo. 

«Mereció  por  su  saber  el  juicio  más  hondo  de  los  re- 
presentantes de  las  potencias  interventoras,  que  en  sus 
relaciones  tuvieron  ocasión  de  valorarlo.  Era,  sin  ningún 
género  de  duda,  un  político  profundo,  un  consumado  di- 
plomático, un  pensador  eminente,  que,  como  decía  el  ba- 
rón Deffaudís,  reclamaba  otro  teatro  menos  estrecho  que 
el  nuestro,  para  poder  desplegar  las  alas  de  su  vasto  y 
robusto  genio  (1).» 

El  penoso  trabajo  que  sobre  él  gravitó;  las  luchas  que 
tuvo  que  sostener  multitud  de  veces  en  el  seno  del  ga- 
binete; las   angustias  que   experimentó    su    corazón   por 


( 1 )  Isidoro  De-María :  Rasgos  biográficos  de   hombres   notables  de  la  Re- 
pública Oriental  del  Uruguay.  Montevideo,  1883. 


-  191  - 

salvar  la  situación,  lo  postraron  en  el  lecho  del  dolor, 
de  donde  pudo  levantarse  con  una  especie  de  sombra  de 
vida,  para  volver  de  nuevo  á  sus  habituales  tareas,  aun- 
que no  con  las  energías  de  otros  tiempos,  engolfado  en 
las  cuales  sucumbió,  porque,  según  su  propia  frase,  quiso 
que  el  último  aliento   de  su  vida  respirase  patria. 

Es  indudable  que  la  muerte  de  don  Santiago  Vázquez 
asestó  un  golpe  muy  rudo  á  la  causa  de  los  defensores 
de  Montevideo. 

3.  Otra  misión  diplomática.  —  «Los  plenipotenciarios 
de  las  naciones  interventoras  permanecían  aún  en  Mon- 
tevideo, cuando  se  anunció  la  llegada  del  almirante  Le 
Predour,  que  venía  á  reemplazar  al  jefe  de  la  división 
naval  francesa,  y  la  del  conde  Walewsky  (6  Mayo  1847), 
nuevo  enviado  en  misión  especial  cerca  de  Rosas.  Al 
mismo  tiempo  arribó  á  estas  playas  lord  Howden,  diplo- 
mático británico,  quien,  sin  tocar  en  Montevideo,  se  di- 
rigió á  Buenos  Aires. 

«Las  nuevas  negociaciones  de  paz  dieron  el  resultado 
de  siempre;  pero  esta  vez  una  nueva  complicación  vino 
á  modiñcar  la  situación  de  Rosas.  El  diplomático  inglés, 
resentido  por  no  haber  aceptado  el  gobierno  de  la  De- 
fensa el  armisticio  propuesto  con  las  tropas  de  Oribe, 
porque  no  lo  creyó  conveniente,  declaró  levantado  el 
bloqueo  de  los  puertos  argentinos  por  la  escuadra  in- 
glesa, retirándose  al  mismo  tiempo  á  Europa.  Afortuna- 
damente, el  nuevo  Encargado  de  Negocios  de  Francia, 
Mr.  Devoize,  se  apersonó  á  manifestar  que  las  fuer- 
zas navales  francesas  mantendrían  rigurosamente  el  blo- 
queo. 

«Inglaterra  reanudó  dos  años  más  tarde  sus  relaciones 
con  Rosas,  pero  Francia  siguió  leal  á  sus  compromisos. 
Hasta  terminar  la  guerra,  mantuvo  en  Montevideo  una 
división  de  1500  hombres  al  mando  del  coronel  Du  Cha- 
teau,  con  instrucciones  de  ayudar  á  los   defensores  de  la 


—  192  - 

plaza,  en  el  caso  de   ser  ésta   atacada   formalmente  por 
los  sitiadores  (1).» 

4.  Nuevos  rumbos.  —  La  inesperada  actitud  de  lord 
Howden  y  la  pertinacia  de  Rosas  en  continuar  la  gue- 
rra, hicieron  ver  á  un  grupo  de  patriotas  capitaneados 
por  el  coronel  don  Venancio  Flores  la  necesidad  de  lle- 
gar á  la  paz,  con  prescindencia  del  dictador  argentino,  por 
medios  diferentes  á  los  hasta  entonces  empleados.  A  estos 
propósitos  respondió  la  fundación  de  varios  clubs  para 
deliberar  sobre  la  suerte  de  la  República  y  la  aparición 
de  El  Conciliador,  diario  que  respondía  al  círculo  político 
del  coronel  Flores,  cuya  propaganda  pacífica  ganó  en 
breve  la  simpatía  de  los  habitantes  de  la  ciudad  sitiada,  al 
extremo  de  redactar  una  nota  subscrita  por  más  de  400 
personas  respetables,  y  dirigida  al  Gobierno  para  que  se 
nombrase  una  Comisión,  la  cual  se  trasladaría  al  campa- 
mento de  Oribe  y  abriría  con  él  negociaciones  de  paz. 

Sin  embargo,  una  gran  parte  del  elemento  militar, 
acaudillada  por  el  más  tarde  general  don  José  Villagrán, 
labró  una  acta  pidiendo  que  se  desistiese  de  lo  propuesto 
por  Flores  y  su  círculo,  por  ser  materia  muy  delicada  y 
peligrosa,  que  debía  pensarse  con  más  cordura  y  menos 
precipitación. 

Esta  última  solicitud  fué  atendida,  no  haciéndose  lu- 
gar á  la  primera;  pero  la  escisión  que  se  produjo  con 
tal  motivo,  trajo  aparejada  la  renuncia  de  los  Ministros 
señores  Pereyra,  Barreiro  y  Correa,  que  fueron  sustituí- 
dos  por  el  coronel  don  Lorenzo  Batlle  para  Guerra  y 
Marina,  el  doctor  don  Manuel  Herrera  y  Obes  para 
Gobierno  y  Relaciones,  y  don  Bruno  Mas  de  Ayala 
para  Hacienda. 

5.  Destierro  del  general  Rivera.— Con  fecha  3 
de  Octubre  de  1847,  el  gobierno  de  don   Joaquín  Suárez 

(1)  Julián  O.  Miranda:  Compendio  de  Historia  Nacional.  Montevi- 
deo, 1898. 


-  193  - 

acordó  destituir  y  desterrar  al  brigadier  general  don  Fruc- 
tuoso Rivera,  que  á  la  sazón  se  encontraba  en  la  ciudad 
de  Maldonado  al  frente  de  algunas  tropas  regulares. 
Para  dar  cumplimiento  á  esta  disposición  se  trasladó  á  di- 
cho punto  el  Ministro  de  la  Guerra,  coronel  don  Lorenzo 
Batlle,  quien  no  volvió  á  la  capital  hasta  dejar  embar- 
cado á  aquel  caudillo  (6  Octubre),  que  fué  conducido  al 
Brasil  en  un  buque  de  guerra  francés.  El  gobierno  asignó 
á  Rivera  una  pensión  de  600  pesos  mensuales,  mientras 
durase  su  extrañamiento. 

En  cuanto  á  la  causa  de  éste,  la  fundaba  el  Ministe- 
rio en  que  se  había  puesto  en  relación  con  Oribe,  sin 
que  nadie  lo  hubiese  autorizado  para  dar  un  paso  de 
tanta  trascendencia,  á  fin  de  entablar  negociaciones  de 
paz;  acto  que  el  Gobierno  miró  como  un  crimen  de  lesa 
patria. 

Sin  embargo,  téngase  presente  que  las  bases  de  paz 
formuladas  por  Rivera  respondían  al  criterio  dominante 
en  el  país  en  aquella  fecha,  á  saber:  1.°  Imperio  de  los 
principios  constitucionales;  2.°  Devolución  de  bienes  á 
aquellos  que  los  tuviesen  confiscados;  3.°  Renovación  de 
los  Poderes  públicos  mediante  elecciones  libres;  4.°  Ex- 
clusión de  todo  agente  extraño  para  llegar  á  este  arre- 
glo que  reposaría  en  la  buena  fe  de  los  generales  Oribe 
y  Rivera;  5.°  Establecimiento  de  bases  preliminares  del 
convenio;  C.°  El  representante  de  la  monarquía  española 
podría  ser  el  garante  de  lo  que  se  pactase;  7.°  Rivera 
se  alejaría  del  país  hasta  la  constitución  de  las  autori- 
dades que  se  eligiesen;  y  8.°  Publicación  de  las  bases 
de  paz. 


13-2.» 


-  198  — 

altivez,  diciendo  que  estaba  resuelto  á  hundir  á  Monte- 
video en  sus  ruinas,  antes  de  firmar  una  paz  deshonrosa 
para  el  país  (1).» 

2.  Trabajos  de  Pacheco  en  París.  —  Justamente 
alarmados  los  políticos  de  Montevideo  por  la  actitud 
inesperada  del  almirante  Le-Predour,  se  apresuraron  á 
enviar  á  París  al  general  Melchor  Pacheco  y  Obes,  á  fin 
de  anular  la  gestión  hecha  por  el  primero  y  conseguir 
que  Francia  continuase  en  la  noble  actitud  anteriormente 
asumida  en  favor  de  la  causa  de  la  libertad  de  los  pue- 
blos del  Plata. 

En  cumplimiento  de  su  delicada  misión,  Pacheco  se 
trasladó  á  París,  en  donde  visitó  á  los  personajes  más 
notables  de  la  Asamblea  francesa,  haciéndoles  ver  cuan 
inicuo  era  el  tratado  Le-Predour;  se  puso  en  relación 
con  los  estadistas  de  más  fama ;  desde  la  prensa  desauto- 
rizó las  especies  malévolas  que  hacían  circular  los  escri- 
tores pagados  por  Rosas  con  la  intención  de  perjudicar 
los  intereses  de  los  defensores  de  la  ciudad  heroica,  y  á 
fuerza  de  constancia  y  de  labor  consiguió  que  el  tratado 
Le-  Predour,  sin  ser  oficialmente  rechazado,  cayese  en  el 
más  profundo  olvido. 

VIII 

(1850) 

SUMARIO:  1.   Ruptura  entre  Rosas  y  el  Brasil.  — 2.   Propósitos   del    go- 
bierno brasilero  y  alianza  con  el  Imperio 

1.  Ruptura  extre  Rosas  y  el  Brasil. —A  la  vez 
que  se  desarrollaban  los  acontecimientos  que  acabamos 
de  relatar,  el  gobierno  de  la  Defensa  enviaba  á  Río  Ja- 
neiro al  doctor  don  Andrés  Lamas  á  fin  de  que  éste  con- 
siguiese  la   adhesión   del  Brasil  á  la  causa  de  Montevi- 

(1)    Leogardo  Miguel  Torterolo,  obra  citada. 


-  199  - 

deo,  la  que  obtuvo  gracias  á  su  excepcional  talento  y 
tacto  político. 

«Interesado  el  gabinete  de  Río  Janeiro  en  el  asunto 
en  forma  que  desagradó  al  gobernador  de  Buenos  Aires, 
se  produjo  la  ruptura  de  las  relaciones  diplomáticas  que 
hasta  entonces  se  habían  mantenido  más  ó  menos  cor- 
diales entre  ambos  gobiernos,  y  Rosas  dispuso,  poco  des- 
pués, el  retiro  de  su  Ministro  plenipotenciario,  general 
Guido,  que  arribó  á  Buenos  Aires  el  13  de  Octubre  pró- 
ximo. Este  hecho  fué  un  síntoma  halagüeño  de  la  alianza 
que  se  procuraba,  y  desde  esa  fecha  ya  pudo  presagiarse 
cuál  sería  el  desenlace  de  la  guerra  que  desde  hacía  ocho 
años  preocupaba  la  atención  de  los  países  americanos  y 
de  las  naciones  europeas  (1).» 

El  programa  que  el  agente  oriental  presentó  al  go- 
bierno brasilero  como  base  para  la  alianza  con  el  vecino 
país  puede  condensarse  del  modo  siguiente: 

«El  gobierno  oriental  pretende:  Que  retiradas  en  su 
totalidad  las  tropas  argentinas,  queden  los  orientales  to- 
dos, sin  excepción,  libres  de  esa  y  de  toda  otra  coacción 
extranjera. 

«Que  una  amnistía  completa  y  un  olvido  absoluto  cu- 
bran todas  las  opiniones  pasadas  y  todos  los  actos  prac- 
ticados por  los  orientales  durante  la  lucha,  sin  excepción. 

«Que  se  devuelvan  á  sus  legítimos  dueños  todos  los 
bienes  raíces  confiscados. 

«Que  colocados  en  esa  situación,  procedan  todos  con- 
forme á  la  legislación  existente :  á  la  libre  elección  de  la  asam- 
blea general  que  ha  de  elegir  el  presidente  de  la  República. 

«Que  el  gobierno  electo  así,  sea  el  gobierno  legítimo 
del  país  para  todos. 

«Que  las  vidas,  propiedades  y  derechos  de  todos  los 
habitantes  extranjeros  sean  escrupulosamente  atendidos 
y  respetados. 

(1)    Setembrino  E.  Pereda,  obra  citada. 


-  200  - 

« Que  conservando  la  República  el  sagrado  derecho  de 
asilo,  se  tomen,  no  obstante,  medidas  de  suficiente  pre- 
caución para  que  los  emigrados  políticos  no  perturben  la 
tranquilidad  de  los  estados  limítrofes. 

«Si  las  circunstancias  le  fueran  favorables,  el  gobierno 
oriental  pretendería  además:  Que  los  poderes  signatarios 
de  la  convención  de  1823  tomasen,  de  acuerdo  con  la 
República,  medidas  eficaces  para  que  el  presidente  electo, 
cualquiera  que  fuese,  y  al  menos  hasta  el  que  lo  susti- 
tuyese legalmente  á  su  tiempo  legal,  tuviese  el  apoyo  de 
los  mismos  poderes  para  gobernar  todo  el  período  cons- 
titucional. 

«Que  se  hiciera  de  derecho  internacional,  esto  es,  que 
se  garantiese  por  I03  poderes  signatarios  de  la  conven- 
ción de  1828,  y  por  todos  los  otros  cuya  concurrencia 
para  ese  fin  se  pueda  obtener,  la  inviolabilidad  de  la 
propiedad  particular. 

«Tales  son  las  pretensiones  del  gobierno,  y  nada  más, 
por  más  favorables  que  sus  circunstancias  llegasen  á  ser.» 

Respecto  á  la  persona  del  sitiador  se  expresaba  así: 

«Resisten  á  don  Manuel  Oribe,  tal  como  se  ha  presen- 
tado al  frente  de  los  muros  de  Montevideo,  no  como 
persona:  lo  resisten  como  principio,  como  símbolo,  como 
sistema. 

«Si  don  Manuel  Oribe,  por  su  parte,  no  se  somete  al 
fallo  de  la  nación;  si  persiste  en  derivar  su  título  y  auto- 
ridad de  las  armas  que  empuña  y  de  la  voluntad  del 
dictador  Rosas,  que  en  1843  lo  condujo  al  territorio  orien- 
tal, los  defensores  de  Montevideo  le  resistirán  constan- 
temente hasta  perecer  con  las  armas  en  la  mano;  bus- 
carán como  hasta  ahora,  para  resistirle,  cualquier  punto 
de  apoyo  que  les  ofrezca  la  civilización  y  la  humanidad.» 

2.  Propósitos  del  gobierno  brasilero  y  alianza 
con  el  Imperio.  — Con  fecha  16  de  Marzo  del  mismo 
año,  el  gabinete  imperial  hacía  la  declaración  contenida 
en  el  siguiente  documento: 


—  201  — 

« Ilustrísimo  y  Excmo.  señor:  Satisfaciendo  los  deseos 
de  V.  E.,  ningún  inconveniente  tengo  en  declararle  aquí, 
para  que  conste  á  su  gobierno,  de  una  manera  más  for- 
mal, lo  que  ya  por  repetidas  veces,  en  conferencias,  he 
dicho  á  V.  E.:  que  no  habiendo  podido  el  gobierno  im- 
perial, no  obstante  sus  esfuerzos,  obtener  del  general 
Oribe  que  atienda  las  reclamaciones  hechas  contra  los 
vejámenes  y  violencias  practicados  en  el  territorio  orien- 
tal por  él  ocupado,  contra  subditos  y  propiedades  brasi- 
leños, está  firmemente  resuelto  á  procurar  una  solución 
estable  y  satisfactoria  á  ese  estado  de  cosas,  que  no 
puede  continuar;  solución  que  parece  imposible  obtener 
amigablemente,  siendo  ella  principalmente  entorpecida  por 
la  ingerencia  que  indebidamente  ha  tomado  en  estos  ne- 
gocios el  gobernador  de  Buenos  Aires. 

«Que  no  conviniendo,  por  tanto,  al  gobierno  imperial 
que  el  general  Oribe  se  fortalezca  más  y  se  apodere  de 
la  plaza  de  Montevideo,  no  sólo  porque  eso  dificultaría 
más  aquella  solución,  sino  porque  en  el  estado  á  que  las 
cosas  han  llegado,  pondría  en  peligro  la  independencia 
de  la  República  Oriental  que  el  Brasil  tiene  el  deber  de 
mantener,  está  el  mismo  gobierno  imperial  resuelto  á 
coadyuvar  á  Ja  defensa  de  aquella  plaza,  y  obstar  á  que 
sea  tomada  por  el  general  Oribe. 

«Tengo  el  honor  de  ser  de  V.  E.,  etc. 

«Paulino  José  Suárez  de  Souza.» 
XI 

(1851) 

SUMARIO:    1.   Convenio   con    Urquiza. — 2.  Campaña    contra    Oribe. — 
3.  Tratado  de  paz 

1.  Convenio  con  Urquiza.  — Mientras  que  el  gobierno 
de  la  Defensa  concluía  con  el  Brasil  el  convenio  á  que 
nos   hemos   referido,  comisionaba   también   al  ciudadano 


-  202  - 

don  Benito  Chain  para  que  conferenciase  con  Urquiza  y 
tratase  de  conseguir  la  adhesión  de  éste  á  la  causa  de 
la  libertad  de  los  pueblos  del  Plata;  pero  los  resultados 
de  sus  gestiones  fueron  completamente  negativos,  pues  el 
caudillo  entrerriano  no  quiso  por  entonces  romper  con  el 
tirano  argentino.  Sin  embargo,  el  doctor  don  Manuel  He- 
rrera y  O  bes  insistió  de  nuevo,  y  tales  razones  adujo 
para  atraerse  á  Urquiza,  que  éste  concluyó  por  entrar  en 
la  coalición  pronunciándose  contra  la  tiranía  de  Rosas. 

El  1.°  de  Mayo  de  1851  las  provincias  de  Entre  Ríos 
y  Corrientes  asumían  la  plenitud  de  su  soberanía  terri- 
torial, lo  que  signiñcaba  separarse  de  la  hegemonía  de 
Buenos  Aires;  hecho  que  fué  recibido  con  gran  júbilo  de 
parte  de  la  población  de  Montevideo.  Inmediatamente  el 
general  Urquiza  extendía  un  decreto  aboliendo  el  lema 
de  ¡Mueran  los  salvajes  unitarios!  y  sustituyéndolo  por 
el  de  /  Viva  la  Confederación  Argentina!  ¡  Mueran  los 
enemigos  de  la  organización  nacional! 

El  primer  militar  que  se  plegó  á  este  movimiento  fué 
don  Eugenio  Garzón,  quien  se  apresuró  á  ofrecer  sus 
servicios  al  Gobierno  de  la  Defensa,  el  cual  los  aceptó, 
nombrándolo  general  en  jefe  del  ejército  que  debía  ope- 
rar en  campaña;  conducta  que  imitaron  muchos  otros  je- 
fes que  se  apartaron  de  Oribe  para  acompañar  á  Garzón 
en  su  empresa. 

Simultáneamente  llegaba  al  puerto  de  Montevideo  una 
escuadra  brasilera  compuesta  de  nueve  embarcaciones 
mandadas  por  el  almirante  Grenfell,  conduciendo  á  su 
bordo  numerosas  tropas  de  desembarco. 

2.  Campaba  contra  Oribe.  — Él  18  de  Julio  del  ex- 
presado año,  Urquiza,  después  de  proclamar  á  sus  solda- 
dos, cruzó  el  Uruguay  por  diferentes  puntos,  apoderándose 
de  las  ciudades  de  Paysandú  y  Salto,  á  la  vez  que  va- 
rias divisiones  brasileras  penetraban  en  la  República  por 
la  frontera  terrestre. 

Una   vez  que  hubieron  desembarcado  todas  las  tropas 


-  203  - 

de  Urquiza,  éste  se  dirigió  hacia  el  Sur,  plegándosele  en 
el  camino,  con  las  divisiones  de  sus  respectivos  mandos, 
Leandro  Gómez,  Constancio  Quinteros,  Lucas  Píriz  y 
otros  varios.  El  ejército  de  Urquiza  se  encaminó  hacia 
el  río  Negro,  obligando  á  don  Ignacio  Oribe  á  abando- 
nar su  sitio  precipitadamente.  En  la  retirada,  este  jefe 
perdió  la  artillería  y  una  buena  parte  de  la  caballada, 
dirigiéndose  hacia  el  arroyo  de  la  Virgen,  punto  de 
reunión  en  donde  se  hallaba  su  hermano  don  Manuel, 
que,  en  conocimiento  de  cuanto  sucedía,  se  había  sepa- 
rado del  Cerrito  con  objeto  de  ver  si  le  era  posible  con- 
tener el  avance  de  los  aliados. 

Entretanto,  el  gobierno  de  Montevideo  proclamaba  al 
vecindario  para  que  cooperase  con  su  esfuerzo  al  triunfo 
de  la  buena  causa  y,  levantando  la  bandera  de  la  recon- 
ciliación, sustentaba  principios  de  orden  y  confraternidad, 
á  la  vez  que  «la  opinión  pública,  sofocada  hasta  enton- 
ces por  el  terror  en  las  poblaciones  de  campaña  en  donde 
dominaba  el  sistema  opresor  de  la  escuela  de  Rosas,  se 
había  pronunciado  por  la  causa  de  la  libertad,  desde 
que  contó  con  la  protección  de  las  armas  coligadas  á 
cuyo  frente  venían  Garzón  y  Urquiza  (1).» 

Por  parte  de  Oribe,  su  situación  se  hacía  cada  día  más 
Crítica,  pues  no  sólo  Rosas  lo  había  abandonado  á  sus 
propias  fuerzas,  sino  que  diariamente  desertaban  de  sus 
filas  infinidad  de  jefes  y  oficiales,  numerosos  grupos  de 
soldados  y  hasta  escuadrones  enteros,  sobre  todo  desde 
que  tuvo  la  positiva  seguridad  de  que  un  ejército  impe- 
rial, á  las  órdenes  del  conde  de  Caxías,  había  entrado  en 
acción. 

Reconcentrado  en  las  márgenes  del  arroyo  de  la  Vir- 
gen, trató  de  ganar  tiempo  proponiendo  arreglos  que 
nunca  terminaban,  é  interesando  al  contralmirante  Le- 
Predour  á  fin  de  obtener  nuevas  treguas  que  sólo  tenían 

(1)    Isidoro  De -María,  obra  citada. 


-  204  - 

que  servirle  para  dilatar  unos  cuantos  días  más  su  in- 
evitable derrumbe. 

Cansado  ya  Urquiza  de  este  juego  poco  decoroso,  em- 
prendió marchas  desde  su  cuartel  general  del  Durazno 
en  dirección  al  arroyo  de  la  Virgen,  en  donde  apareció 
el  día  13  de  Septiembre  á  fin  de  resolver  la  cuestión  por 
medio  de  las  armas,  como  así  lo  hizo  atacando  las  avan- 
zadas oribistas;  pero  éstas,  lejos  de  combatir,  bajaron  las 
armas,  manifestando  que  no  estaban  dispuestos  á  luchar 
con  sus  antiguos  compañeros  y  amigos. 

3.  Tratado  de  paz.  —  Iniciáronse  nuevas  negociacio- 
nes de  paz  que  duraron  algunos  días,  hasta  que  notando 
Urquiza  que  continuaba  siendo  objeto  de  engaños,  adoptó 
la  resolución  irrevocable  de  arremeter  contra  Oribe  y  los 
suyos,  que  ya  se  habían  retirado  al  Cerrito  ( 1.°  de  Octu- 
bre). Estrechados  y  abatidos,  éstos  se  resignan  á  su  des- 
tino, y  la  lucha  empeñada  durante  tantos  años,  termina 
el  8  del  expresado  mes,  con  la  honrosa  fórmula:  no  hay 
orientales  vencidos  ni  orientales  vencedores,  que  sirvió  de 
base  al  sometimiento  de  Oribe,  según  el  siguiente  con- 
venio: 

Artículo  1.°  Se  reconoce  que  la  resistencia  que  han  he- 
cho los  militares  y  ciudadanos  á  la  intervención  anglo  - 
francesa,  ha  sido  en  la  creencia  de  que  con  ella  defen- 
dían la  independencia  de  la   República. 

Art.  2.°  Se  reconoce  entre  todos  los  ciudadanos  orien- 
tales de  las  diferentes  opiniones  en  que  ha  estado  divi- 
dida la  República,  iguales  derechos,  iguales  servicios  y 
méritos,  y  opción  á  los  empleos  públicos  en  conformidad 
á  la  Constitución. 

Art.  3.°  La  República  reconocerá  como  deudas  nacio- 
nales aquellas  que  haya  contraído  el  general  Oribe,  con 
arreglo  á  lo  que  para  tales  casos  estatuye  el  derecho 
público. 

Art.  4.°  Se  procederá  oportunamente  y  en  conformidad 
á  la  Constitución,  á  la  elección  de  Senadores  y  Repre- 


-  205  - 

sentantes  en  todos  los  departamentos,  los  cuales  nombra- 
rán el  Presidente  de  la  República. 

Art.  5.°  Se  declara  que  entre  todas  las  diferentes  opi- 
niones en  que  han  estado  divididos  los  orientales,  no  ha- 
brá vencidos  ni  vencedores,  pues  todos  deben  reunirse 
bajo  el  estandarte  nacional  para  el  bien  de  la  patria  y 
para  defender  sus  leyes  é  independencia. 

Art,  6.°  El  general  Oribe,  como  todos  los  demás  ciu- 
dadanos de  la  República,  quedan  sometidos  á  las  auto- 
ridades constituidas  del  Estado. 

Art.  7.°  En  conformidad  con  lo  que  dispone  el  artículo 
anterior,  el  general  don  Manuel  Oribe  podrá  disponer 
libremente  de  su  persona. 

El  general  Oribe  se  retiró  á  su  quinta  del  Paso  del 
Molino,  siendo  respetado  por  todos;  el  gobierno  de  Mon- 
tevideo declaró  feriados  los  días  comprendidos  del  8  al 
Vi  de  Octubre,  entregándose  el  pueblo  á  todo  género  de 
expansiones  y  regocijos,  y  Urquiza,  de  acuerdo  con  los 
aliados,  se  preparó  para  iniciar  su  campaña  contra  Rosas, 
retirándose  de  la  Banda  Oriental  el  día  1.°  de  Noviem- 
bre del  expresado  año,  después  de  haber  contribuido,  me- 
diante su  poderosa  influencia,  á  restablecer  el  orden  y  la 
armonía  entre  los  hijos  de  este  suelo. 


X 

(1851-1S52) 

SUMARIO:  1.  Batalla  de  Monte  Caseros  y  caída  de  Rosas.  — 2.  Entrada 
de  la  división  oriental  en  Montevideo.  —  3.  Parte  económica. 

1.  Batalla  de  Monte  Caseros  y  caída  de  Rosas. 
—  Tan  pronto  como  el  general  Urquiza  repasó  el  Uru- 
guay, dio  principio  á  los  preparativos  para  invadir  la  pro- 
vincia  de   Buenos   Aires   y  medir  sus  armas  con  las  del 


-  206  — 

déspota  argentino.  Su  ejército  se  componía  de  unos  24.000 
hombres,  de  los  cuales  19,000  eran  argentinos,  3,000  bra- 
sileros y  una  división  de  1,700  orientales  mandados  por 
el  coronel  César  Díaz.  Esta  división  se  componía  de  5 
batallones,  los  que  se  ausentaron  el  día  4  de  Diciembre, 
incorporándose  al  ejército  de  Urquiza  el  30  del  mismo 
mes  (1). 

«La  única  disposición  que  tomó  el  gobernador  de  Bue- 
nos Aires  ante  el  avance  del  ejército  aliado,  fué  la  de 
talar  los  campos  y  arrear  caballadas.  Había  reunido  su 
ejército  en  Santos  Lugares  (antiguo  cementerio  distante 
12  leguas  del  río  de  la  Plata,  sumando  entre  todos 
25,000  soldados  de  las  tres  armas,  con  60  cañones,  todo 
lo  cual  fué  puesto  á  sus  inmediatas  órdenes.  Después  de 
algunos  combates  sin  mayor  importancia,  el  ejército  aliado 
buscó  al  de  Rosas,  encontrándose  ambos  en  la  llanura 
de  Monte  Caseros  el  3  de  Febrero  de  1852  (2). > 

«Antes  de  empezar  el  fuego,  el  general  Echagüe,  se- 
guido de  un  numeroso  Estado  Mayor,  cruzaba  á  galope 
tendido  la  línea  de  batalla.  Los  vivas  de  su  paso  llega- 
ron en  confusos  clamores  al  campo  de  los  aliados.  Ro- 
sas, desde  el  mirador  de  Caseros,  presenciaba  el  cuadro 
en  compañía  de  un  ayudante  (3).» 

El  ejército  rosista  había  tomado  fuertes  posiciones, 
apoyándose  en  la  chacra  de  Caseros,  mientras  que  Ur- 
quiza, á  su  vez,  extendió  su  línea,  colocando  á  la  derecha 
las  divisiones  entrerrianas  de  caballería,  á  la  izquierda 
la  división  oriental  y  en  el  centro  las  demás  fuerzas  ar- 
gentinas y  la  división  brasilera. 

Recibida  la  orden  de  avanzar,  á  las  10  de  la  mañana, 
la   división   oriental   inició  el  combate,  aunque  tuvo  que 


( 1 )  César  Día?  :  Memorias  inéditas. 

(2)  Pablo  Blanco  Acevedo :  Historia  de  la  República  Oriental  del  Uru- 
guay, 

(3)  Eduardo  G.  Álvarez:  Caseros  ó  el  3  de  Febrero  de  1852. 


-  207  - 

salvar  el  obstáculo  de  un  pantano  de  la  cañada  de  Mo- 
rón; circunstancia  que  aprovechó  el  enemigo  para  em- 
plazar una  batería  que  comenzó  un  fuerte  cañoneo  sobre 
ella,  el  que  fué  contestado  con  éxito. 

«Las  tropas  orientales  continuaron  avanzando,  corrié- 
ronse á  un  costado,  y  batiendo  las  reservas  del  enemigo, 
cargaron  luego  sobre  el  mirador  de  Caseros,  del  cual  se 
apoderaron,  en  momentos  en  que  las  tropas  brasileras 
iban  á  tomarlo. 

«En  poder  ya  del  ejército  aliado  ese  centro  importante 
de  la  resistencia  del  enemigo,  y  dispersada  la  caballería 
rosista  por  la  caballería  argentina,  la  división  oriental  se 
extendió  por  la  retaguardia  de  la  casa  tomada,  pene- 
trando en  los  atrincheramientos  de  carretas  del  enemigo 
y  derrotando  la  fuerza  que  allí  se  sostenía  con  4  piezas 
de  artillería  (1).»  Uno  de  los  jefes  que  más  contribuyó 
á  este  éxito  parcial  de  la  batalla  fué  el  coronel  don  León 
de  Palleja,  que  al  frente  de  su  batallón  de  Voltígeros 
amagó  al  enemigo  con  varias  brillantes  cargas  á  la  bayo- 
neta. Pocos  momentos  después  la  derrota  del  ejército  ro- 
sista  era  general,  la  caballería  mandada  por  Lamadrid 
sableaba  á  los  soldados  del  tirano  y  César  Díaz  recorría 
la  línea  de  los  que  aun  luchaban,  gritándoles:  Fúndan- 
se! Entreguen  las  armas!  No  los  mataremos ! 

«Sobre  el  campo  de  acción  quedaron  tendidos  1,500  sol- 
dados del  ejército  de  Rosas,  perdiendo  el  ejército  aliado 
tan  sólo  300.  En  poder  de  Urquiza  quedó  toda  la  arti- 
llería (57  cañones),  20,000  armas  y  7,000  prisioneros,  en 
su  mayoría  unitarios  obligados  al  servicio  y  que  pasaron 
inmediatamente  al  ejército  aliado  (2).» 

Entretanto  Rosas,  fugitivo  desde  el  principio  de  la 
acción,  entraba  en  Buenos  Aires  y  solicitaba  la  protección 


( 1 )  Carlos  M.  Maeso  :  Glorias  aruguaijas, 

(2)  Antonio   Díaz:   Historia   política  y  militar   de    las  Repúblicas  del 
Plata. 


-  208  - 

del  ministro  inglés,  quien  lo  embarcó  en  un  buque  de 
su  nacionalidad  que  lo  condujo  á  Southampton,  donde  fijó 
su  residencia,  y  en  cuya  ciudad  falleció  el  14  de  Marzo 
de  1877. 

Pocos  días  después  el  ejército  vencedor  hacía  su  en- 
trada triunfal  en  Buenos  Aires,  cuyos  habitantes  lo  reci- 
bieron con  entusiastas  y  ruidosas  manifestaciones  de  ale- 
gría y  agradecimiento. 

2.  Entrada  de  la  división  oriental  en  Montevi- 
deo.—<  La  división  de  César  Díaz  se  embarcaba  algún 
tiempo  después  para  Montevideo,  adonde  llegó  el  12  de 
Marzo.  En  esta  ciudad  especábanle  nuevas  demostracio- 
nes de  regocijo  y  satisfacción.  La  división  oriental,  una 
vez  desembarcada,  se  puso  en  dirección  á  la  Casa  de 
Gobierno,  siendo  en  todas  partes  recibida  en  triunfo.  La 
bandera  de  la  patria,  hecha  girones  y  abierta  en  todos 
lados  por  las  balas,  era  objeto  de  los  vivas  de  la  multi- 
tud. La  columna  se  dirigió  al  Cabildo,  donde  la  esperaba 
el  Presidente  de  la  República.  Allí  la  división  desfiló, 
marchando  luego  á  sus  cuarteles. 

«Con  el  triunfo  de  Monte  Caseros,  la  Defensa  de  Mon- 
tevideo tuvo  su  digna  coronación  dando  en  tierra  con  la 
más  sangrienta  de  las  tiranías  (1).» 

3.  Parte  económica.— «Dejaba  la  guerra  una  deuda 
colosal  de  más  de  cien  millones  de  pesos,  que  habría  de 
liquidarse  y  consolidarse  en  los  años  subsiguientes,  colo- 
cando á  la  República  en  el  camino  de  la  bancarrota, 
como  efectivamente  la  colocó  (2).» 


(1)  Pablo  Blanco  Acevedo,  obra  citada. 

(2)  Eluardo  Acevedo,  obra  citada. 


DESPUÉS  DE  LA  GUERRA  GRANDE 


14.— 2. 


CAPÍTULO  V 

DESPUÉS  DE  LA  GUERRA  GRANDE 
I 

VICEPRE8IDENCIA     DEL     SEÑOR     BERRO 

SUMARIO:  1.  Restablecimiento  del  régimen  con.titucional.  -  ?  Entrega 
A*  Martin  Garda. -3.  Fallecimiento  del  general  Garzón. -4.  Elec- 
ción de  don  Juan  Francisco  Giró. 

1.  Restablecimiento  del  régimen  constitucional 
-De  acuerdo  con  lo  establecido  en  el  tratado  de  paz 
celebrado  el  8  de  Octubre  de  1851,  el  gobierno  de  la  De- 
tensa,  presidido  por  el  abnegado  ciudadano  don  Joaquín 
feuarez,  convocó  al  país  á  elecciones,  sufragando  los  dos 
partidos  que  hasta  entonces  habían  luchado  por  el  poder 
con   las  armas  en  la  mano  en  los  campos  de  batalla. 

El  15  de  Febrero  se  abrieron  solemnemente  las  sesio- 
nes ordinarias  del  Cuerpo  Legislativo  en  la  capital  de  la 
República,  y  en  cumplimiento  de  la  ley,  don  Joaquín 
Suárez  entregó  el  mando  al  Presidente  del  Senado 
don  Bernardo  P.  Berro. 

2.  Entrega  de  Martín  García. -Apenas  este  ciu- 
dadano ocupó  la  Vicepresidencia  de  la  República,  el  go- 
bierno de  la  Confederación  pasó  una  nota  (25  de  Fe- 
brero de  1852)  al  del  Uruguay  reclamando  la  entrega  de 
Martin  Garúa,  fundado  en  que  «la  ocupación  de  la  isla 


—  212  — 

por  fuerzas  extranjeras  (1)  fué  un  medio  de  hostilidad 
adoptado  contra  el  ex  gobernador  de  Buenos  Aires,  que 
no  tenía  ya  objeto,  ni  podía  continuar  desde  que  la  gue- 
rra cesó  y  la  Confederación  Argentina  se  veía  libre  de 
la  tiranía  de  aquél  (2).» 

El  gobierno  del  señor  Berro  asintió  de  plano  á  la  en- 
trega de  Martín  Garda,  ordenando  al  jefe  de  las  fuerzas 
orientales  en  ella  destacadas,  que,  sin  oponer  resistencia 
de  ningún  género,  hiciera  entrega  de  la  misma  á  las  tro- 
pas argentinas  que  se  presentaran  á  ocuparla.  Pero  el 
Ministro  oriental  observaba  al  gobierno  de  la  Confede- 
ración «que,  al  darle  posesión  de  la  isla  citada,  lo  hacía 
salvando  todos  y  cualesquiera  derechos  que  la  República 
pudiera  hacer  valer  sobre  ella  (3).» 

Y  sin  más  observaciones  ni  dificultados  pasó  definitiva- 
mente al  dominio  argentino  la  codiciada  isla  de  Martín  Gar-J 
cía,  esa  masa  granítica  casi  circular,  cuya  posición  geográ-á 
fica  y  constitución  geológica  evidencian  del  modo  más  con-4 
cluyente   que   forma   parte  del  territorio  oriental. 

3.  Fallecimiento  del  general  Garzón.  —  El   pre-, 
cedente   asunto   pasó   casi  inadvertido,  pues  en  tales  cir-« 

(1)  c  En  1845  el  coronel  Garibaldi,  después  de  tomar  la  ciudad   de   la 
Colonia  el  día  5  de  Septiembre,  se  dirigió  hacia  la  isla  de  Martin    García 
con  la  escuadra  oriental  que  mandaba,  y  que  se  componía  entonces  de  los  ¡ 
buques  de  la  escuadra  que  se  había  tomado  á  Brown.  Fondeó  entre  Con-  I 
chillas  y  San  Juan,  á  causa  del    mal    viento,   mandándole  al  jefe   de  la 
guarnición   de    la    isla  una  intimación  para  que  se  rindiese  íi  nombre  del  ' 
Gobierno   Oriental ;   pero   el  jefe    de  aquella  guarnición,  comandante  don 
Pedro  Rodríguez,    contestó   que  no  teniendo  orden  de  su  gobierno,  sólo 
entregaría  la  isla  ante  fuerza    mayor,   retirándose  para  Buenos  Aires.  Al 
día  siguiente  Garibaldi,  transportando  en  botes  y  balleneras  200  infantes! 
de   la    legión    italiana,    desembarcó    al  N.    E.  de  la  isla,  frente  á  Martín 
Chico.   Después  de  ocupada  la  isla  de  Martin  Garda  por  nuestras  fuerzas,  i 
nombró  jefe  de  tal  punto  á  don  José  María  Artigas.  ^  (Ventura  Rodríguez: 
Rectificaciones  históricas. ) 

(2)  Nota  del  Gobierno  Argentino  al  del  Uruguay,  de  fecha  25  de  Fe- 
brero de  1852. 

(3)  Nota  del  Gobierno  del  señor  Berro  al  de  la  Argentina,  de  fecha  23 
de  Febrero  de  1852. 


-  213  — 

cunstancias  la  opinión  pública  se  hallaba  extraordinaria- 
mente preocupada  con  el  problema  presidencial.  «Los  su- 
cesos daban  al  general  Garzón  en  aquellos  momentos 
una  misión  sublime  —  dice  uno  de  sus  biógrafos  ( 1 ) :  — 
reparar  las  ruinas  de  la  guerra  y  consolidar  la  concor- 
dia entre  los  orientales.  La  opinión  lo  designaba  con  fe 
y  entusiasmo  para  ocupar  la  Presidencia  de  la  República, 
pero  la  muerte  lo  llevó  el  día  1.°  de  Diciembre  de  ese 
mismo  año.  Graves  males  se  derivaron  de  este  inespe- 
rado fallecimiento,  porque  privada  entonces  la  patria  del 
único  hombre  que  por  sus  circunstancias  extraordinarias 
podía  servir  de  lazo  de  unión  entre  todos,  se  reabrió  el 
abismo  de  la  guerra  civil,  que  duró  veinte  años  más  y 
que  no  ha  cesado  sino  para  dar  lugar  á  otros  males, 
que  llenan  de  zozobra  el  presente  y  de  incertidumbre  el 
porvenir. » 

4.  Elección  de  don  Juan  Francisco  Giró.— «Va- 
rios candidatos  se  disputaban  la  Presidencia  de  la  Repú- 
blica, después  del  inesperado  fallecimiento  del  General 
Garzón,  que  era  el  candidato  aclamado  por  todos  para 
tan  alto  puesto,  en  aquellos  días  de  verdadera  recons- 
trucción nacional;  pero  el  que  tenía  más  probabilidades 
de  éxito  era  el  Ministro  de  Relaciones  Exteriores  de  la 
Defensa,  doctor  don  Manuel  Herrera  y  Obes,  iniciador 
de  las  negociaciones  que  habían  realizado  la  paz.  Sin 
embargo,  á  última  hora  los  votos  de  la  mayoría  de  la 
Asamblea  se  inclinaron  á  favor  del  ciudadano  don  Juan 
Francisco  Giró,  cuyos  servicios  en  la  época  de  la  inde- 
pendencia habían  sido  muy  distinguidos,  pero  que  mili- 
taba en  las  filas  del  partido  que  reconocía  por  jefe  al 
general  Oribe.  El  partido  adverso  acató  en  silencio  la 
resolución  de  la  crisis  presidencial,  que  colocaba  en  el 
poder  al  adversario  de  la  víspera  (2).» 


( 1 )  El  Indiscreto,  núm.  64,  de  fecha  20  de  Agosto  de  1885. 

(2)  Julián  O.  Miranda,  obra  citada. 


-  214  — 
II 

GOBIERNO  DE  DON    JUAN  FRANCISCO  GIRÓ 

SUMARIO :  1.  Elección  presidencial.  —  2.  Desacuerdo  de  los  partidos.  — 
3.  Motín  del  18  de  Julio. — 4.  Agonía  del  gobierno  del  señor  Giró. — 
5.  Constitución  del  Triunvirato. 

1.  Elección  presidencial. —Distraída  la  opinión  pú- 
blica con  el  problema  de  la  guerra,  cuya  solución  defini- 
tiva tenía  por  escenario  el  territorio  argentino,  siendo  los 
principales  protagonistas  Rosas  y  Urquiza,  y  confiado  el 
partido  de  la  Defensa  en  que  sería  el  general  Garzón 
quien  ocuparía  la  Presidencia  de  la  República,  no  prestó 
mayor  atención  á  la  cuestión  electoral  (1),  y  de  ahí  que 
los  hasta  entonces  sitiadores,  poniendo  en  juego  toda  su 
influencia,  llevasen  al  seno  de  la  Asamblea  una  mayo- 
ría abrumadora.  También  contribuyó  á  este  éxito  la  buena 
fe  y  patriotismo  de  los  hombres  de  la  Defensa,  que,  «ven- 
cedores en  la  contienda,  habían  juzgado  que  no  era  po- 
sible la  reconstrucción  del  país  sin  la  cooperación  de 
todos  sus  hombres,  y  que  se  debía,  por  lo  tanto,  buscar 
una  solución  que  asegurase  la  coexistencia  de  los  dos 
partidos  en  el  escenario  político  (2).»  El  partido  caído, 
que  constituía  la  mayoría  legislativa,  después  de  la  muerte 
de  Garzón  no  interpretó  así  los  sabios  principios  del 
pacto  de  Octubre,  y  no  sólo  eligió  al  señor  Berro  para 
la  Presidencia  del  Senado,  sino  que  colocó  en  la  primera 
magistratura  del  país  á  otro  de  sus  correligionarios  —  el 
ciudadano  don  Juan  Francisco  Giró;— al  que,  por  otra 
parte,  no  negó  sus  sufragios  la  minoría.  He  aquí  cómo 
«falló  la  combinación  que  debía  asegurar  en   las   Cáma- 

(1)  Las  elecciones  generales  de  Senadores  y  Representantes  se  efec- 
tuaron en  las  fechas  constitucionales  :  Rosas  cayó  el  3  de  Febrero  de  1852. 

(2)  Carlos  Oneto  Viana:  La  política  de  fusión.  Montevideo,   1902. 


Juan  Francisco  Giré 


-  215  — 

ras  del  52  la  absoluta  igualdad  de  las  antiguas  fraccio- 
nes, quedando  por  ese  hecho  establecido  el  predominio 
de  un  partido  (1).»  El  propio  Presidente  entendió  que  no 
debía  ser  así,  y,  tratando  de  corregir  el  error  cometido 
por  los  suyos,  entregó  la  cartera  de  Gobierno  y  Relacio- 
nes al  doctor  don  Florentino  Castellanos,  la  de  Guerra 
y  Marina  á  César  Díaz,  y  la  Jefatura  de  la  Capital  al 
coronel  Venancio  Flores;  nombramientos  que  denotaban 
en  el  primer  magistrado  prudencia,  habilidad  y  patrio- 
tismo. 

2.  Desacuerdo  de  los  partidos. — «Desgraciadamente 
la  mayoría  de  los  miembros  de  la  Asamblea  no  abri- 
gaba iguales  sentimientos  que  el  Presidente,  al  que  em- 
pezó á  hostilizar  de  todos  modos,  al  extremo  de  que  éste, 
reaccionando  en  favor  de  los  suyos  y  tratando  de  con- 
graciarse con  ellos,  se  deshizo  de  César  Díaz  primero, 
de  Flores  después,  más  tarde  de  Castellanos,  y,  por  últi- 
mo, del  Ministro  de  Hacienda  don  Vicente  Vázquez,  dando 
así  margen  á  que  desapareciese  la  confianza  del  pueblo 
en  la  estabilidad  del  orden  y  de  la  paz  (2).» 

(1)  Carlos  Oneto  Viana,  obra  citada. 

(2)  «La  lucha  entre  las  dos  fracciones  concluyó  por  hacerse  constante 
y  permanente,  inutilizando  asi  la  labor  legislativa.  La  mayoría  pres- 
cindía en  absoluto  de  los  hombres  de  la  Defensa  para  toda  deliberación. 
Concluyó  por  resolver,  sistemadamente  con  el  solo  concurso  de  los  su- 
yos. Contra  todas  las  protestas  de  la  minoría,  el  Senado  resolvió  que  la 
capital  fuera  trasladada  al  Durazno,  con  el  fin  de  anular  la  influencia  na- 
tural de  Montevideo. 

<  En  la  discusión  relativa  á  la  Administración  de  Justicia,  propuso  la 
minoría  dos  medidas  sabias,  como  lo  son  la  de  hacer  efectiva  la  respon- 
sabilidad de  los  jueces  y  la  incompatibilidad  sobre  las  funciones  de  juez 
y  legisladores.  —  Fueron  rechazadas. 

«En  la  discusión  sobre  derechos  de  aduana,  fué  también  la  minoría 
vencida. 

<  Su  proyecto  de  enajenación  de  rentas  ni  siquiera  fué  discutido.  La 
mayoría  no  lo  tomó  en  consideración. 

«  Propuso  que  se  aumentase  en  el  presupuesto  la  cantidad  destinada  á 
instrucción  pública,  con  el  fin  de  crear  nuevas  escuelas.  — Fué  nuevamente 
vencida. 


—  216  - 

Sin  ninguna  necesidad  nacional,  pero  indudablemente 
con  objeto  de  disponer  de  una  fuerza  que  pudiera  con- 
trarrestar el  poder  del  ejército  de  línea  que  estaba  do 
parte  de  la  minoría,  el  señor  Giró  convocó  á  la  Guardia 
Nacional  en  la  Capital,  Colonia  y  San  José,  declarán- 
dola sujeta  á  las  ordenanzas  militares.  La  sinrazón  de- 
esta  medida  se  agravó  más  todavía  con  la  disposición 
del  Gobierno  ordenando  que  los  batallones  de  la  milicia 
ciudadana  concurrieran  el  18  'de  Julio  inmediato  (1853) 
á  la  formación,  conjuntamente  con  los  cuerpos  de  línea,, 
á  pesar  de  que  la  minoría,  «despojándose  de  sus  altive- 
ces, venciendo   todos  los    escrúpulos   en    obsequio    á   la 


«  Propuso  el  aumento  del  personal  de  policías,  para  mejor  garantir  la 
seguridad  á  la  vida  y  á  la  propiedad  en  campaña.  — También  se  rechazó 
la  proposición. 

«  Resistióse  al  aumento  inútil  del  presupuesto  para  movilizar  la  Guar- 
dia Nacional,  exponiendo  los  inconvenientes  de  la  militarización  del  país 
en  momentos  de  grandes  pasiones,  haciendo  además  notar  que  se  debía 
fomentar  los  hábitos  de  trabajo  y  matar  toda  tendencia  bélica.  —  Fué  otra 
vez  vencida. 

«  Propuso  la  abolición  inmediata  del  pasaporte,  institución  monstruosa 
y  absurda  en  épocas  de  paz.  —  Fué  también  vencida. 

«  Pidió  la  supresión  de  los  derechos  de  exportación  á  ciertos  productos 
indispensables  para  el  desarrollo  de  la  industria  nacional.  —  Fué  recha- 
zada. 

«  El  espíritu  intolerante  de  la  mayoría  se  reveló  nuevamente  con  la  ley- 
monstruosa  de  ciudadanía,  sancionada  á  despecho  de  la  franca  resistencia 
de  los  miembros  de  la  minoría.  La  ley  del  4  de  Junio  de  1853,  aparte 
de  ser  contraria  al  espíritu  liberal  de  nuestro  Código  Político,  es  de  una 
injusticia  irritante,  por  cuanto  aleja  del  escenario  á  los  elemento»  extran- 
jeros, despojándolos  del  legítimo  derecho  de  intervenir  en  la  gestión  de 
los  negocios  públicos.  —  La  mayoría,  siempre  prepotente,  obtuvo  nuevos 
triunfos.  »  (Carlos  Oneto  Viana,  obra  citada.) 

«  A  la  minoría  se  le  llegó  á  negar  el  derecho  de  la  palabra ;  tuvo  que 
levantarse  de  las  sesiones  porque  no  so  le  permitía  discutir;  tuvo  que 
guardar  silencio  muchas  veces  para  evitar  cuestiones  irritantes,  y  si  no- 
se  retiró  en  masa  del  Cuerpo  Legislativo,  fué  por  no  dejar  al  país  sin 
legalidad,  por  no  precipitarlo  á  las  vías  de  hecho,  por  moderación  y  por 
amor  á  la  paz,  que  antepuso  á  los  resentimientos  de  partido.  »  (De  Juan 
Carlos  Gómez. ) 


—  217  -- 

conservación  del  orden,  acudió  á  don  Bernardo  P.  Berro, 
verdadero  jefe  de  la  situación.  Agotó  todos  los  razona- 
mientos posibles  para  convencer  al  Ministro  (Berro)  de 
los  inconvenientes  de  la  resolución  gubernativa  en  mo- 
mentos de  angustia,  de  grandes  pasiones  é  inculpaciones 
recíprocas.  El  amor  á  la  paz  pública  la  llevó  hasta  pedir 
la  intervención  amistosa  del  Plenipotenciario  del  Imperio 
para  que  se  revocara  tan  temeraria  resolución.  El  Go- 
bierno, desentendiendo  todas  las  consideraciones  de  los 
que  se  esforzaban  por  la  conservación  de  la  paz,  persis- 
tió en  su  actitud  (1).» 

3.  Motín  del  18  de  Julio.  — El  Gobierno  había  dis- 
puesto que  en  este  día  se  celebrara  solemnemente  el  ani- 
versario de  la  jura  de  la  Constitución,  debiendo  concu- 
rrir á  la  plaza  así  llamada  la  tropa  de  línea,  la  Guardia 
Nacional  y  un  batallón  de  la  Unión,  también  de  milicia 
ciudadana,  compuesto  de  cerca  de  300  plazas,  «que  traía 
como  guías,  y  en  sus  filas,  muchos  antiguos  oficiales  de 
Oribe."  Este  batallón  era  esencialmente  compuesto  de  par- 
tidarios de  ese  jefe  (2).»  Según  la  tradición  «había  sido 
provisto  de  munición  á  bala,  así  como  que  debía  venir, 
como  vino,  mucha  gente  armada  de  la  Unión,  y  presen- 
tarse en  grupos  en  la  plaza  (3).» 

Una  vez  formados  estalló  el  movimiento  (4),  fuéronse 

(  1 )  Lo  que  ponemos  entre  comillas  pertenece  al  señor  Carlos  Oneto 
Viana,  cuya  erudita  obra  seguimos  en  esta  parte  ;  pero  conviene  advertir  que 
si  bien  dicho  escritor,  don  José  María  Muñoz,  don  León  de  Palleja  (hijo)  y 
otros  atribuyen  al  partido  de  Oribe  la  iniciativa  de  los  sangrientos  sucesos 
de  18o  {,  no  faltan  publicistas  como  el  doctor  Palomeque,  don  Vicente  Js'a- 
via,  el  señor  Torterolo  y  otros,  que  se  la  achacan  á  los  correligionarios 
de  Pacheco,  Díaz,  Palleja  y  Flores.  Este  punto  ha  sido  reiteradas  veces 
discutido  con  más  ó  menos  apasionamiento  político,  en  la  prensa  de  Mon- 
tevideo. 

(  2 }    Julián  O.  Miranda  :  Compendio  de  Historia  Nacional. 

(3)  León  de  Palleja  (hijo):  Rectificaciones  históricas 

(4)  Parece  que  hasta  ahora  no  se  ha  aclarado  quiénes  fueron  los  pro- 
vocadores, pues  el  señor  Miranda  dice  que  mientras  la  fuerza  de  línea 
victoreaba  al  general  Díaz,  al  pasar,  á  paso  de  trote,  por  frente  á  la  casa 


—  218  - 

á  las  manos  unos  y  otros,  es  decir,  la  tropa  de  línea  y 
los  cívicos,  y  después  de  una  breve  pero  sangrienta  pe- 
lea, la  Guardia  Nacional  abandonó  las  armas  y  se  dis- 
persó en  todas  direcciones,  sosteniendo  el  fuego  sola- 
mente el  batallón  de  la  Unión  contra  el  de  línea,  man- 
dado por  Palleja.  Unos  cuantos  heridos  y  muertos,  con- 
tándose entre  los  últimos  algunos  apreciables  jóvenes  de 
la  sociedad  de  Montevideo,  fué  el  resultado  de  este  es- 
téril derramamiento  de  sangre. 

Inmediatamente  el  coronel  Palleja  ocurrió  ante  el  ge- 
neral Díaz  exhortándole  á  que  se  pusiera  al  frente  del 
ejército,  pero,  como  este  militar  se  negara,  Palleja  acu- 
dió al  jefe  de  la  Defensa  á  fin  de  que  dominara  la  situa- 
ción. Pacheco  entonces  se  encaminó  hacia  el  fuerte  del 
Gobierno,  poniéndose  á  disposición  del  Presidente,  quien, 
sobrecogido  en  presencia  de  estos  luctuosos  aconteci- 
mientos, le  encomendó  la  conservación  del  orden  pú- 
blico. 

El  corolario  de  la  revolución  del  18  de  Julio  fué 
la  modificación  del  gabinete,  nombrándose  Ministro  de  la 
Guerra   al   coronel   Flores  y  de  Hacienda  al  doctor  don 

de  este  militar,  la  Guardia  Nacional  se  puso  en  fuga,  y,  como  el  bata- 
llón de  la  Unión  se  fué  sobre  la  fuerza  que  mandaba  el  coronel  Palleja, 
éste  destacó  una  compañía  que  repelió  á  balazos  la  agresión.  El  doctor 
don  Vicente  Navia  asegura  que  la  Guardia  Nacional  no  llevaba  en  sus 
cartucheras  más  que  confites,  mientras  que  las  tropas  de  línea  venían  con 
sus  fusiles  cargados  con  balas,  y  que  éstas  «cortaron  la  cola  de  la  co- 
lumna de  la  Guardia  Nacional,  con  lo  que  comenzó  el  desorden.  Don  León 
de  Palleja  (  hijo  )  afirma,  á  su  vez,  que,  «  en  una  evolución  que  hicieron  los 
batallones  para  penetrar  en  la  plaza,  los  Nacionales  iban  hostilizando  con 
las  bayonetas  á  la  última  fila  de  la  compañía  (de  tropa  regular)  que 
mandaba  el  entonces  capitán  Larragoitia,  quien  dio  cuenta  á  su  jefe  de 
la  actitud  hostil  de  la  que  se  llamó  Guardia  Nacional.  La  compañía  dio 
frente  al  enemigo  é  hizo  fuego,  mandada  por  su  jefe,  haciéndose  después 
general  el  fuego  y  siendo  contestado  por  el  enemigo»  que  el  doctor  Na- 
via  y  otros  autores  presentan  pertrechados  con  confites.  Otros  sostienen 
que  los  provocadores  fueron  los  particulares  armados  que,  procedentes  de 
la  Unión,  se  mezclaron  con  los  Guardias  Nacionales  y  desde  sus  filas  di- 
rigían sus  fuegos  contra  la  fuerza  de  línea. 


-  219  - 

Manuel  Herrera  y  Obes,  disolviéndose  también  la  Guardia 
Nacional  en  todos  los  departamentos  de  campaña. 

4.  Agonía  del  gobierno  del  señor  Giró. —Desde 
este  momento  histórico  el  señor  Giró  sufrió  todos  los 
vaivenes  de  una  política  indecisa  y  vacilante,  ya  acce- 
diendo á  las  pretensiones  de  los  suyos,  ya  tratando  de 
contentar  al  partido  de  la  Defensa.  Unas  veces  era  el 
coronel  Flores  que  exigía  para  sus  correligionarios  la 
Jefatura  de  varios  departamentos;  otras  veces  toleraba 
disposiciones  de  su  Ministro  don  Bernardo  P.  Berro,  que 
facultaban  á  las  autoridades  policiales  para  reprimir 
toda  tendencia  encaminada  á  tener  en  zozobra  á  la  so- 
ciedad: especie  de  carta  blanca  á  los  agentes  de  policía 
para  que  cometiesen  cuantas  tropelías  tuviesen  por  con- 
veniente. La  prensa,  encabezada  por  el  doctor  don  Juan 
Carlos  Gómez,  recriminaba  al  señor  Giró  su  ineptitud  y 
debilidad,  y  Melchor  Pacheco  y  Obes,  por  su  parte,  cons- 
piraba en  favor  de  Rivera,  que  continuaba  expatriado  en 
Río  Janeiro.  Hasta  el  general  Oribe,  no  queriendo,  tal 
vez,  verse  mezclado  en  los  acontecimientos  que  ee  pre- 
paraban, embarcóse  precipitadamente  con  rumbo  á  Eu- 
ropa, de  donde  no  regresó  hasta  mediados  de  1855.  Y 
finalmente,  el  21  de  Septiembre  de  1853,  el  señor  Berro, 
como  Ministro  de  Relaciones  Exteriores,  dirigía  una  nota 
á  los  Agentes  Extranjeros  residentes  en  Montevideo, 
participándoles  que  la  capital  se  hallaba  amenazada  de 
una  conmoción,  y  que,  como  el  Gobierno  carecía  de  me- 
dios para  impedir  los  desórdenes  que  pudieran  sobreve- 
nir, creía  que  había  llegado  el  momento  de  que  los  ex- 
presados Agentes  Extranjeros,  con  la  fuerza  armada  de 
.que  pudiesen  disponer,  se  encargasen  de  la  protección  de 
la  ciudad.  «Y  como  si  esta  medida  no  fuera  bastante, 
solicitó  del  plenipotenciario,  del  Brasil  la  intervención  im- 
perial en  favor  de  la  autoridad  legal  (1),*  que  le  fué 
negada. 

(1)    Carlos  Oneto  Viana,  obra  citada. 


—  220  - 

El  coronel  Flores  fué  solicitado  por  el  Gobierno  á  fin 
de  que  volviese  al  Ministerio  de  la  Guerra,  sobre  la  base 
de  que  el  pacto  de  Octubre  sería  respetado  con  garantía 
del  Brasil ;  pero  con  sorpresa  de  todos,  en  los  precisos 
momentos  en  que  Flores  conferenciaba  con  el  Agente 
imperial  acerca  de  la  determinación  del  futuro  plan  de 
gobierno,  supo  el  pueblo  que  los  señores  Giró  y  Berro 
se  habían  asilado  en  la  Legación  de  Francia,  á  la  cual 
se  llevaron  las  condiciones  que  proponía  Flores  para  vol- 
ver al  Ministerio,  las  que  consistían  en  dar  una  partici- 
pación igual  á  los  dos  partidos  en  la  administración  de 
los  departamentos,  pero  el  señor  Giró  las  rechazó. 

Ante  la  inminencia  del  peligro,  el  coronel  Flores  se  cer- 
ciora de  la  actitud  de  la  guarnición  de  Montevideo  y,  viendo 
que  ésta  era  pacífica,  dirige  una  nota  á  la  Comisión  Per- 
manente invitándola  á  congregarse  y  resolver  lo  que  juz- 
gue más  conveniente  en  tan  solemnes  momentos,  pero  este 
Cuerpo  consideró  ilegal  adoptar  resolución  ninguna  desde 
que  el  señor  Giró  no  había  dimitido  la  Presidencia  de  la 
República.  Entonces  Flores  «convocó  á  la  Casa  de  Go- 
bierno á  los  principales  hombres  del  país,  quienes  organi- 
zaron un  triunvirato  compuesto  de  los  generales  Fructuoso 
Rivera,  Juan  Antonio  Lavalleja  y  coronel  don  Venancio 
Flores  (1).» 

5.  Constitución  del  Triunvirato. — «El  Triunvirato 
que  sucedió  á  don  Juan  Francisco  Giró  fué  obra  exclu- 
siva de  Pacheco.  El  jefe  de  la  Defensa,  que  tenía  mucho 
que  perder  y  estaba  en  el  caso  de  salvar  su  reputación 
de  hombre  de  Estado,  desde  luego  comprendió  la  necesi- 
dad de  un  Gobierno  que  ofreciera  al  país  todas  las  segu- 
ridades de  paz,  con  una  conducta  tolerante  y  moderada  y 
que  al  mismo  tiempo  supiera  proceder  enérgicamente  en 
frente  de  cualquier  movimiento  anárquico.  Partiendo  de  este 
principio,  juzgó  conveniente  llevar  al  Fuerte  el  mayor  cau- 

(1)    Leogardo  Miguel  Torterolo,  obra  citada. 


-  221  - 

dal  posible  de  prestigio,  encarnado  en  hombres  de  verda- 
deros sacrificios  vinculados  á  las  distintas  fracciones  par- 
tidarias y  muy  principalmente  á  los  elementos  de  acción. 

«Como  forma  de  Poder  Ejecutivo,  el  Triunvirato  es  evi- 
dentemente absurdo.  Aparte  de  ser  completamente  ex- 
traño á  nuestro  régimen  político,  es  inconciliable  con  una 
buena  gestión  gubernativa,  por  la  falta  de  unidad  en  su 
dirección.  Sin  embargo,  en  aquellos  momentos  lo  primor- 
dial era  la  creación  de  un  Gobierno  Provisorio  que  ase- 
gurase el  mantenimiento  del  orden,  para  que  la  recons- 
trucción de  los  poderes  constitucionales  se  operase  en 
condiciones  provechosas... 

«...  Persuadido  de  eso,  Pacheco  preocupóse  de  la  for- 
mación de  un  Gobierno  que,  reuniendo  la  mayor  autori- 
dad, levantase  la  menor  resistencia.  Y  encontró  esa  solu- 
ción en  la  fórmula  del  Triunvirato  integrado  con  Rivera, 
Flores  y  Lavalleja  (1).» 

Ausente  el  primero  de  los  triunviros,  el  Gobierno  quedó 
constituido  con  los  dos  segundos  el  día  25  de  Septiembre 
de  1853. 

III 

EL   TRIUNVIRATO 

SUMARIO:  1.  Retirada  del  señor  Giró.  — 2.  Fallecimiento  del  general  La- 
valleja.—  3.  Muerte  de  Rivera.  —  4.  Gobierno  interino  de  César  Díaz. 
—  5.  Intervención  extranjera. 

1.  Retirada  del  señor  Giró.  — El  primer  acto  del 
Gobierno  del  Triunvirato  fué  constituir  el  gabinete,  nom- 
brando para  el  Ministerio  de  Gobierno  y  Relaciones  al 
doctor  don  Juan  Carlos  Gómez,  para  el  de  Guerra  y  Ma- 
rina al  coronel  don  Lorenzo  Batlle  y  para  el  de  Hacienda 

(1)    Carlos  Oneto  Viana,  obra  citada. 


—  222  — 

al  ciudadano  don  Santiago  Sayago.  También  se  designó 
al  general  don  Melchor  Pacheco  y  Obes  para  la  jefatura 
del  Estado  Mayor  del  Ejército  y  al  benemérito  ciudadano 
don  José  María  Muñoz  para  jefe  superior  de  la  Guardia 
Nacional  del  Departamento  de  Montevideo. 

En  cuanto  en  el  resto  de  la  República  se  supieron  to- 
dos estos  acontecimientos,  algunos  partidarios  del  gobierno 
caído  se  sublevaron  con  las  armas  en  la  mano,  pero  muy 
pronto  fueron  dispersados  los  unos,  otros  emigraron  y  los 
demás  reconocieron  al  Gobierno  Provisorio. 

Simultáneamente,  y  desde  la  Legación  francesa,  en  que 
se  encontraban  asilados,  los  señores  Giró  y  Berro  cons- 
tituyeron un  Gobierno,  nombraron  Jefes  Políticos  y  dic- 
taron algunos  decretos  ilegales  y  sin  precedentes  en  la 
historia  de  la  República,  como  el  que  colocaba  bajo  la 
protección  de  los  Agentes  de  Francia  la  Aduana  de  Mon- 
tevideo; el  que  autorizaba  á  los  Representantes  de  los  paí- 
ses extranjeros  á  desembarcar  fuerza  armada  para  que 
protegiesen  las  propiedades  de  sus  respectivos  subditos, 
que  ningún  riesgo  corrían ;  el  que  declaraba  traidores  á 
la  nación  á  todos  los  ciudadanos  que  prestasen  su  con- 
curso al  Gobierno  Provisorio,  y  el  que  inducía  á  los  ex- 
tranjeros á  armarse  para  combatir  á  la  rebelión.  En  fin, 
el  aturdimiento  de  los  señores  Giró  y  Berro  fué  tan  in- 
tenso, que  hasta  hicieron  un  llamamiento  á  los  antiguos 
legionarios  italianos  y  franceses. 

Esta  actitud  de  los  señores  prenombrados,  obligó  al 
Gobierno  Provisorio  á  dirigir  una  nota  al  Encargado  de 
Negocios  de  Francia,  concebida  en  los  siguientes  términos: 

Montevideo,  Septiembre  27  de  1853. 

El  infrascripto,  Ministro  de  Relaciones  Exteriores,  ha 
recibido  orden  del  Excmo.  Gobierno  Provisorio  de  mani- 
festar á  V.  S.  la  extrañeza  con  que  ha  visto  que  desde 
la  casa  de  V.  S.,  en  donde  se  ha  asilado,  sin  ser  perse- 
guido, don  Juan  Francisco  Giró  provoca  la  guerra  civil 


-  223  - 

y  la  persecución  de  los  habitantes  de  la  República,  lla- 
mando á  las  armas  á  los  ciudadanos  y  á  los  extranjeros 
en  sostén  de  una  autoridad  que  ha  desertado  voluntaria- 
mente. 

El  Exctno.  Gobierno  Provisorio  se  persuade  de  que  el 
señor  Giró,  abusando  de  la  hospitalidad  de  V.  S.,  no  ha 
trepidado  en  comprometer  á  los  ojos  del  mundo  la  dig- 
nidad y  lealtad  de  la  Francia,  antigua  aliada  de  la  Re- 
pública. 

En  esta  persuasión,  acompaño  á  V.  S.  el  impreso  apa- 
recido con  documentos  datados  el  25  del  corriente,  exten- 
didos indudablemente  en  casa  de  V.  S.,  de  donde  no  se 
ha  separado  el  señor  Giró. 

Confía  el  Gobierno  Provisorio  en  que  V.  S.  no  podrá 
menos  de  exigir  del  señor  Giró,  que  abandone  la  actitud 
insólita  que  ha  asumido  en  casa  de  V.  S.,  ó  renuncie  el 
asilo  que  generosamente  le  dispensa. 

El  infrascripto,  dejando  cumplidas  las  órdenes  del  Exce- 
lentísimo Gobierno  Provisorio,  reitera  á  V.  S.  las  segu- 
ridades de  su  más  alta  consideración. 

Juan  Carlos  Gómez. 
Al  señor  E.  de  N.  de  S.  M.  el  Emperador  de  los  franceses. 

En  presencia  de  esta  nota,  el  señor  Giró  abandonó  la 
Legación  al  día  siguiente,  embarcándose  en  la  fragata  de 
guerra  Andromide,  desde  donde  publicó  un  manifiesto 
en  que  dice:  «que  no  se  había  despojado  de  la  autoridad 
constitucional  de  que  se  hallaba  investido,  ni  había 
abandonado  el  puesto  á  que  lo  llevó  la  nación  por  el 
órgano  de  sus  legítimos  representantes  (1).» 

Después  de  la  publicación  de  esta  especie  de  protesta, 

(1)  Este  manifiesto  es  una  circular  de  fecha  4  de  Octubre  de  1853, 
dirigida  al  cuerpo  diplomático,  y  se  encuentra  publicada  en  los  diarios 
de  Montevideo  de  aquella  época. 


-  224  - 

todavía  el  señor  Giró  solicitó  la  intervención  del  Brasil 
en  favor  del  restablecimiento  de  su  autoridad,  pero  el  Mi- 
nistro imperial  residente  en  Montevideo,  doctor  Párannos, 
le  contestó  que  no  era  de  su  competencia  tomar  parte  en 
las  cuestiones  internas  del  Uruguay,  con  lo  cual  el  señor 
Giró  se  retiró  definitivamente  el  21  de  Octubre. 

2.  Fallecimiento  del  general  Lavalleja.  —  Al 
día  siguiente  (22  de  Octubre)  falleció  repentinamente  en 
el  Fuerte  de  Gobierno  el  brigadier  general  don  Juan 
Antonio  Lavalleja,  miembro  del  Triunvirato,  quedando 
sólo  al  frente  del  Gobierno  el  coronel  don  Venancio 
Flores.  «Su  desaparición  del  escenario  trastornó  comple- 
tamente la  marcha  política  del  Gobierno  Provisorio,  y  en 
aquellos  momentos  de  crisis  tenía  el  carácter  de  una 
calamidad  pública  (1).»  El  entierro  del  cadáver  del  se- 
ñor Lavalleja  fué  una  sincera  manifestación  de  respeto 
y  afecto  del  pueblo  oriental  hacia  la  memoria  del  héroe 
del  Sarandí  y  del  temerario  jefe  de  la  cruzada  de  los 
Treinta  y  Tres. 

3.  Muerte  de  Rivera.— El  general  Rivera,  que  des- 
pués de  una  larga  permanencia  en  Río  Janeiro  había 
pasado  á  residir  en  la  ciudad  de  Yaguarón,  tuvo  opor- 
tunamente conocimiento  de  su  elección  de  miembro  del 
Triunvirato,  pero  encontrándose  convaleciendo  de  una 
grave  enfermedad,  no  le  fué  posible  ponerse  en  camino 
de  Montevideo  hasta  Enero  del  año  siguiente  (1854). 
«Venía  en  marcha,  escoltado  por  Brígido  Silveira,  cuando 
de  este  lado  del  arroyo  de  los  Conventos  le  sobrevino  un 
ataque  mortal  que  lo  postró  completamente,  teniendo  que 
alojarse  en  casa  del  vecino  Bartolo  Silva,  donde  se  le 
prestó  toda  la  asistencia  posible,  rodeando  su  lecho  con 
profundo  desconsuelo  algunos  de  sus  antiguos  y  fieles 
compañeros.  La  luz  de  aquella  existencia  tan  trabajada 
por   los   sufrimientos   físicos  y  morales,  se  extinguía  por 

(1)    Carlos  Oneto  Viana,  obra  citada. 


-  225  - 

instantes,  hasta  que  en  la  mañana  del  13  de  Enero  de 
1854  expiró  en  brazos  de  algunos  de  sus  fieles  servido- 
res (1).» 

Su  cadáver  fué  trasladado  á  Montevideo,  en  donde  se 
celebraron  pomposas  exequias,  decretándose  los  hono- 
res fúnebres  correspondientes  á  su  elevada  jerarquía  mi- 
litar y  á  sus  dilatados  y  meritorios  servicios. 

4.  Gobierno  interino  de  César  Díaz.  —A  la  muerte 
de  Lavalleja  el  Gobierno  convocó  al  país  á  elecciones, 
pero  la  oposición  se  levantó  en  armas  (2),  ya  porque 
considerase  ilegal  esta  convocatoria,  bien  porque  quisiese 
dificultar  el  acto  comicial,  viéndose  Flores  en  la  necesi- 
dad de  delegar  el  mando  en  el  general  César  Díaz  y 
salir  á  campaña  para  sofocar  aquella  oleada  revolucio- 
naria, lo  que  logró  no  sin  esfuerzo  en  un  plazo  relativa- 
mente breve,  ya  que  en  30  de  Diciembre  del  mismo  año 
daba  cuenta  al  Gobierno  del  feliz  término  de  la  revuelta 
venciendo  á  unos,  disolviendo  las  partidas  de  otros  y 
ahuyentando  del  país  á  los  más,  que  se  refugiaron  en  el 
Brasil  y  en  la  Argentina. 

El  gobierno  del  general  Díaz  «se  señala  por  algunas 
medidas  violentas,  tales  como  el  decreto  lanzado  contra 
don  Bernardo  P.  Berro,  por  el  que  facultaba  á  las  auto- 
ridades de  la  República  para  prenderlo  y  pasarlo  por 
las  armas,  sin  otra  medida  previa  que  la  justificación  de 
la  identidad  de  la  persona  (3).»  Es  de  advertir  que  Berro 
trabajaba  abiertamente  en  favor  de  la  restauración  del 
gobierno  del  señor   Giró;    pero   si   es  un  mal  inevitable 

( 1 )  Isidoro  De  -  María :  Rasgos  biográficos  de  hombres  notables  del  Uru- 
guay. 

(2)  El  movimiento  armado  fué  en  campaña  encabezado  por  don  Lucas 
Moreno,  don  Bernardino  Olid,  don  Dionisio  Coronel,  don  Diego  Lamas, 
don  León  Benítez,  don  Marcos  Neyra,  don  Juan  Barrios,  don  Timoteo 
Aparicio,  don  Juan  Carvallo,  don  Cipriano  Carnes,  don  Jacinto  Barbat, 
don  Pedro  Carro,  don  Lázaro  Pérez,  don  Francisco  Laguna,  don  Dorotea 
López,  don  Juan  P.  Pastrana  y  otros  caudillos  de  menor  significación, 

(3)  Vicente  Navia,  obra  citada. 

15  —  2.» 


— .¿¿G  — 

que  los  partidos  del  Uruguay  tengan  que  dirimir  sus  con- 
tiendas á  mano  armada,  siquiera  que  los  elementos  diri- 
gentes no  apelen  para  triunfar  á  la  humillación  del  con- 
trario ni  á  su  exterminio.  Sin  embargo,  es  justo  consig- 
nar que  César  Díaz  reaccionó  poco  después,  anulando  el 
sangriento  decreto  que  puso  fuera  de  la  ley  al  señor  don 
Bernardo  P.  Berro. 

Don  Venancio  Flores  hizo  su  entrada  triunfal  en  Mon- 
tevideo en  los  primeros  días  de  Enero  de  1854,  tomó  nue- 
vamente posesión  de  su  cargo  y,  deseando  regularizar  la 
situación  de  los  Poderes  públicos,  el  12  de  dicho  mes 
convocó  al  país  á  elecciones  de  Senadores  y  Represen- 
tantes, los  cuales,  y  en  doble  número,  debían  venir  ple- 
namente autorizados  para  revisar  la  Constitución,  de 
modo  que  formasen  una  doble  Asamblea.  Reunida  ésta 
el  12  de  Marzo  del  mismo  año,  eligió  unánimemente  Pre- 
sidente de  la  República  por  el  período  complementario 
de  dos  años,  ó  sea  hasta  el  1.°  de  Marzo  de  1856,  al 
coronel  don  Venancio  Flores. 

5.  Intervención  extranjera.  — A  pesar  de  cuanto 
queda  expuesto,  la  situación  política  del  país  no  estaba 
despejada,  pues  la  fracción  conservadora,  compuesta  de 
elementos  ilustrados  y  sanos  del  partido  de  Ja  Defensa, 
se  encontraba  en  minoría,  los  caudillos  más  decididos  y 
temerarios  que  habían  empuñado  las  armas  contra  Flo- 
res estaban  privados  de  volver  al  territorio  nacional,  y 
el  Gobernador  Provisorio  hallábase  tan  aislado  y  rodeado 
de  dificultades,  que  temió  por  su  propia  estabilidad  y  la 
de  los  suyos.  De  aquí  que  se  decidiese  á  solicitar  del 
Brasil  el  cumplimiento  de  varias  de  las  cláusulas  de  los 
tratados  celebrados  con  ese  país  en  1851  (1).    Al    efecto 

(1)  Estos  tratados  son  cinco;  á  saber:  el  1.°  sobre  límites;  el  2.°  de 
alianza;  el  3.°  sobre  préstamos;  el  4.°  sobre  comercio  y  navegación,  y  el 
5.°  sobre  extradición  de  criminales.  Pueden  consultarse  en  el  tomo  1.°, 
págs.  543  á  565,  de  la  Colección  Legislativa,  del  doctor  don  Matías  Alonso 
Criado. 


-  227  - 

negoció  la  venida  de  una  fuerza  de  40C0  soldados  im- 
periales que  traerían  la  misión  de  facilitar  al  gobernante 
la  reorganización  del  país,  y  consiguió,  en  calidad  de 
préstamo,  un  subsidio  pecuniario  del  Gobierno  brasilero  (1). 

<La  intervención  extranjera  como  expediente  para  cu- 
rar nuestros  males  no  podía  ser  benéfica,  desde  que 
siempre  el  móvil  que  animaba  á  los  políticos  brasileños 
no  era  otro  que  el  interés  del  imperio;  y  ni  lógico  ni 
humano  siquiera  sería  suponer  que  un  pueblo  se  impu- 
siera penosos  sacrificios  al  solo  objeto  de  atenuar  los  ma- 
les del  vecino  y  fomentar  su  mejoramiento  social  (2).» 

El  Ejército  Auxiliar,  como  se  denominó  á  las  divisio- 
nes imperiales,  penetró  en  el  territorio  oriental  á  princi- 
pios de  1854,  repartiéndose  entre  las  principales  ciudades 
de  la  República.  De  este  error  no  es  sólo  Flores  el  cul- 
pable, sino  todos  los  que  lo  secundaron  en  sus  propósi- 
tos, sin  exceptuar  á  los  personajes  más  conspicuos  del 
Cerrito,  que  acudieron  á  la  Legación  imperial  del  doctor 
do  Amaral  á  implorar  la  intervención  armada  como  indis- 
pensable para  darnos  garantías  sociales  y  hacer  efecti- 
vos y  duraderos  la  paz,  el  orden  y  el  imperio  de  las  ins- 
tituciones (3),»  aunque  es  conveniente  observar  que  al 
solicitar  la  intervención  extranjera  cada  partido  perseguía 
distintos  fines. 

(  1 )  A' óase  la  interesante  obra  del  doctor  Eduardo  Acevedo,  titulada 
Contribución  al  estudio  de  la  historia  económica  y  financiera  de  la  Repú- 
llica,  torno  I,  págs.  97  á  180. 

(2)  Carlos  Oneto  Viana:  La  diplomacia  del  Brasil  en  el  Rio  de  la 
Plata.  Montevideo  1903. 

(3)  Montevideo,  Enero  30  de  1S54. 
Excmo.  señor: 

Xosotros  los  ciudadanos  orientales  que  formarnos  la  representación 
anexa,  declaramos  que  lo  hacemos  persuadidos  de  que  la  intervención  ar- 
mada á  que  ella  alude,  es  indispensable,  no  sólo  para  darnos  garantías 
sociales,  sino  también  para  ponernos  en  pleno  goce  de  muchos  derechos 
políticos,  de  los  cuales  de  fació  nos  hallamos  privados,  porque,  anarqui- 
zado el  país,  sin  garantía  de  ningún  género,  necesitamos  de   la  interven- 


-  230  - 

Triunfante  la  revolución  de  los  conservadores,  se  apre- 
suró á  constituir  un  Gobierno  provisional,  compuesto  de 
don  Luis  Lamas,  como  Presidente;  don  Lorenzo  Batlle, 
Ministro  de  la  Guerra;  doctor  don  Francisco  Solano 
Antuña,  Ministro  de  Gobierno;  y  el  doctor  don  Manuel 
Herrera  y  Obes,  Ministro  de  Hacienda  y  Relaciones  Ex- 
teriores. 

Entretanto,  el  general  Flores,  que,  como  hemos  dicho, 
se  había  retirado  de  la  capital,  «extendió  la  voz  al  cau- 
dillaje de  campaña,  que  no  tardó  en  rodearlo.  Con  un 
ejército  de  2,000  hombres,  se  aproximó  varias  veces  á  la 
ciudad  con  ánimo  de  atacarla,  retirándose  siempre,  no  sin 
escapar  una  ocasión  á  la  persecución  de  don  José  María 
Muñoz  y  Francisco  Tajes,  que  salieron  con  una  columna 
á  su  encuentro  (1).» 

3.  Renuncia  de  don  Venancio  Flores.  —  Así  per- 
manecieron ambos  bandos  unos  cuantos  días,  hasta  que 
intervino  César  Díaz,  quien,  trasladándose  al  campamento 
de  Flores,  le  planteó  el  siguiente  dilema:  la  renuncia  ó 
la  guerra  civil,  optando  Flores  por  lo  primero,  á  cuyo 
efecto  dimitió  su  elevado  cargo  por  medio  del  siguiente 
documento: 

Honorable  Asamblea  General. 

Los  acontecimientos  inesperados  que  han  tenido  lugar 
en  los  últimos  días  de  Agosto  ppdo.,  y  de  que  V.  H. 
está  en  perfecto  conocimiento,  me  han  decidido  á  pre- 
sentar renuncia  irrevocable  y  espontánea  del  cargo  de 
Presidente  de  la  República,  con  que  fui  honrado  por  la 
H.  Asamblea  General  el  12  de  Marzo  de  1S54. 

Quiera  la  divina  Providencia,  que  este  paso  á  que  me 
resigno  con  gusto  en  obsequio  al  bienestar  y  felicidad  de 
la  patria,  para  evitarle  que  corra  sangre  de  orientales, 
sea  acogido  saludablemente  por  todos. 

(1)  Carlos  Oneto  Viana :  «  El  pacto  de  la  ÜDión  »  (11  de  Noviembre 
de  1855).   Montevideo,  1900. 


-  231  — 

Dignaos,  honorables  Senadores  y  Representantes,  acep- 
tarla, admitiendo  los  respetos  y  gratitud  de  vuestro  com- 
patriota. 

Venancio  Flores. 


U355  -  56 

SUMARIO:  1.    Elección    del    señor    Bustamante.  —  2.    El   partido   de  la 

Unión  Liberal.  —  3.  El  pacto  de  la  Unión.  —4.  Revolución  de  los  Con- 
servadores.—  5.  Epílogo  funesto. —6.  Elección  de  don  Gabriel  Antonio 
Pereira.  —  7.  Retirada  del  «Ejército  Auxiliar». 

1.  Elección  del  señor  Bustamante.  —  Reunida  en 
el  Cardal,  cercanías  de  la  Unión,  la  Asamblea  Nacional 
procedió  á  aceptar  la  renuncia  del  general  Flores  el  día  10 
de  Septiembre  de  1855,  encargando  de  la  Presidencia  de  la 
República  al  Presidente  del  Senado,  ciudadano  don  Ma- 
nuel Basilio  Bustamante,  «  del  mismo  color  político  que  el 
general  Flores,  instruido,  inteligente,  honorable,  lleno  de 
nobles  aspiraciones  por  el  bien  público,  que  creía  de  cora- 
zón que  la  patria  no  era  el  reinado  absoluto  de  un  cír- 
culo ó  facción,  y  que  con  ideales  levantados  trató  de 
mandar  en  todos  los  orientales,  estableciéndose  así  otra 
vez  las  bases  de  una  política  nacional  (1).» 

2.  El  partido  de  la  Unión  Liberal. —  El  partido 
conservador  cambió  á  la  sazón  de  nombre,  adoptando  el 
de  Unión  Liberal,  pretendiendo  con  esta  denominación 
atraerse  partidarios,  conseguir  la  unión  de  los  orientales 
y  asegurar  la  paz  de  la  República;  programa  muy  bien 
intencionado,  pero  poco  práctico,  desde  que  los  conserva- 
dores habían   desalojado  del  poder  al  elemento   florista, 

(1)  Luis  Santiago  Botana:  Rasgos  de  administraciones  nacionales.  Mon- 
tevideo, 1895, 


-  234  - 

bier.no  quedó  encerrado  en  el  Departamento  de  Policía 
(Cabildo). 

«A  las  11  de  la  noche  los  soldados  gubernistas  forman 
cantones  en  las  esquinas  de  la  plaza  Constitución  y  ocu- 
pan las  torres  de  la  Matriz.  A  las  12  los  revolucionarios 
avanzan  resueltos  por  la  calle  del  Rincón  y  rompen  el 
fuego,  que  fué  contestado  severamente  desde  las  posicio- 
nes gubernistas,  cuyas  balas  mataron,  entre  otros,  al  hijo 
de  Francisco  Tajes  é  hirieron  al  mayor  Hubo.  Poco  des- 
pués se  restableció  la  calma,  pero  desde  las  2  de  la  tarde 
hasta  el  anochecer  no  cesó  el  fuego  en  las  calles  de 
Treinta  y  Tres,  Buenos  Aires  y  Reconquista.  Don  Ve- 
nancio Flores  fué  nombrado  Comandante  General  de  Ar- 
mas. El  día  26  se  hace  fuego  incesante  desde  la  Aduana 
y  las  calles  adyacentes  por  las  fuerzas  del  cuartel  de 
Artillería. 

«Nombrado  el  doctor  Florentino  Castellanos  Ministro 
General,  se  concierta  el  armisticio  y  se  inician  negocia- 
ciones de  paz.  Convenido  el  desarme,  estando  los  revolu- 
cionarios esperando  órdenes  del  Gobierno,  los  puntos  mili- 
tares ocupados  por  el  doctor  Muñoz  fueron  hostilizados, 
violándose  así  abiertamente  el  armisticio.  Entretanto,  don 
Manuel  Oribe  llegaba  con  fuerzas  al  Cabildo  para  auxi- 
liar á  don  Venancio  Flores.  Esto  produjo  estupor  en  las 
filas  revolucionarias.  Exigió  entonces  el  doctor  Muñoz  la 
permanencia  del  Escuadrón  de  Artillería,  con  una  pequeña 
reforma  en  su  mayoría,  en  guardia  de  sus  personas,  ó  el 
desarme  general  y  simultáneo  de  todas  las  fuerzas  últi- 
mamente armadas,  inclusas  las  que  estaban  bajo  las  órde- 
nes de  Oribe,  pero  no  se  pudo  arribar  á  un  acuerdo. 

«El  día  28  á  las  4  de  la  mañana  se  rompe  un  fuego 
horrible.  Las  fuerzas  revolucionarias  establecen  su  línea 
en  la  calle  Misiones  de  Norte  á  Sur,  mas  los  soldados 
gubernistas  van  ganando  terreno  y  desalojándolas.  Los 
fuegos  de  la  artillería   revolucionaria,    desde  el  patio  del 


—  235  - 

Fuerte,  por  elevación,  desalojan  en  parte  á  los  soldados 
del  Gobierno  acantonados. 

«El  Estado  Mayor  ordena  á  todos  los  jefes,  oficiales  é 
inválidos  que  se  presenten  al  Cabildo  á  recibir  órdenes 
del  Comandante  General  de  Armas. 

^Renunció  el  doctor  Florentino  Castellanos,  que  había 
aceptado  el  Ministerio  General  con  la  condición  de  que 
no  se  volvería  á  las  hostilidades.  El  Gobierno  tomó  me- 
didas extraordinarias.  Declara  responsables  de  las  conse- 
cuencias de  las  perturbaciones  del  orden  público  á  don 
José  María  Muñoz,  don  Fernando  Torres  y  don  Eduardo 
Bertrand.  Obliga  á  los  empleados  públicos  á  tomar  las 
armas  bajo  pena  de  destitución,  y  dicta  una  serie  de  dis- 
posiciones á  cual  más  arbitrarias,  tendientes  á  poner  de 
una  vez  término  á  aquella  situación. 

«La  rebelión  se  prolonga  un  día  más,  en  medio  de  una 
lucha  cruenta  y  desigual,  hasta  que  al  fin  fué  completa- 
mente aniquilada  por  las  fuerzas  de  Oribe  y  Flores.  Don 
José  María  Muñoz,  don  Fernando  Torres  y  don  Eduardo 
Bertrand  y  unos  200  revolucionarios  más  se  embarcaron 
en  el  «Constitución»  para  Buenos  Aires,  otros  se  refu- 
giaron en  las  casas  próximas,  y  los  restantes  con  Fran- 
cisco Tajes  ganaron  las  afueras  de  la  ciudad  (1).» 

5.  Epílogo  funesto.  —  Restablecido  el  orden,  aunque 
no  resuelto  el  arduo  problema  político  planteado  después 
de  terminada  la  Guerra  Grande,  el  gobierno  del  señor 
Bustamante  dictó  una  serie  de  disposiciones  encaminadas 
á  anular  la  influencia  del  general  Flores  y  facilitar  á  los 
hombres  del  Cerrito  su  acceso  al  poder. 

En  efecto,  se  restableció  el  pasaporte,  institución  con- 
traria al  espíritu  de  la  Carta  fundamental  de  la  Repú- 
blica ;  se  prohibió  su  vuelta  al  país  á  los  señores  Muñoz, 
Torres  y  Bertrand ;  se  permitió  al  señor  Oribe  que  acre- 
centara su  influencia,  al  extremo  de  crear  conflictos   con 

(1)  Carlos  Oneto  y  Viana:  El  Pacto  de  la  Unión* 


-  236  - 

la  República  Argentina,  y  hasta  el  órgano  que  en  la 
prensa  poseía  este  personaje  llegó  á  proponer  que  el  Go- 
bierno se  instalase  en  la  villa  de  la  Unión,  y  el  antiguo 
pueblo  « Restauración »,  residencia  favorita  de  Oribe  desde 
su  vuelta  de  Europa,  fuese  declarado  capital  de  la  Repú- 
blica. 

Don  Manuel  Basilio  Bustamante,  cuya  interinidad  ter- 
minó el  15  de  Febrero  con  la  elección  de  don  José  Ma- 
ría Pía,  electo  Presidente  del  Senado,  dejaba  constatado 
en  un  documento  público  el  estado  miserable  á  que  ha- 
bía quedado  reducido  el  país  por  sus  desquicios  y  la  ín- 
dole de  su  política,  pues  en  el  mensaje  que  leyó  ante  la 
Asamblea  General  confesaba  que  <  la  decadencia  de 
nuestro  comercio,  el  desaliento  de  nuestra  hacienda  pú~ 
blica,  la  despoblación  de  nuestras  ciudades,  eran  hechos 
de  tal  notoriedad,  que  el  Poder  Ejecutivo  no  los  men- 
cionaría especialmente  si  no  fuese  por  la  positiva  necesi- 
dad de  recordar  su  existencia,  á  fin  de  hacer  cesar  cuanto 
antes  su  perjudicial  influencia. » 

Por  otra  parte,  según  la  documentación  oficial,  el  país 
se  encontraba  agobiado  por  una  enorme  deuda,  que  el  15 
de  Febrero  de  1856  ascendía  á  más  de  sesenta  millones 
de  pesos. 

6.  Elección  de  don  Gabriel  Antonio  Pereira.  — 
«Una  de  las  cláusulas  establecidas  en  el  pacto  de  los 
generales  era  propender  á  la  elección  del  Presidente  de 
la  República.  Esta  tuvo  lugar  al  fin  con  el  concurso  de 
los  dos  partidos  y  el  voto  de  las  mismas  Cámaras  que 
habían  elegido  al  general  Flores  y  no  terminaron  su  pe- 
ríodo legal.  No  abandonó  por  esto  el  campo  el  partido 
llamado  Conservador,  que,  aunque  diminuto  y  reciente* 
mente  vencido,  se  presentó  en  la  palestra  trayendo  el 
candidato  de  sus  simpatías.  Este  era  el  general  don  Cé- 
sar Díaz  (1),  el  que  trabajaba  por  la  Presidencia   de   la 

(  1  )  «  César  Díaz  era  una  personalidad  culminante,  de  méritos  indiscu- 
tibles, que  se  destacaba  en  el  escenario  político    con   caracteres    propios. 


-  237  - 

República.  En  cuanto  á  los  generales  Oribe  y  Flores,  se 
hallaban  en  desacuerdo,  presentando  el  primero  la  can- 
didatura del  señor  Gabriel  Antonio  Pereira  y  el  segundo 
la  de  don  Francisco  Agell. 

«El  general  Díaz  se  había  presentado  resueltamente,  y 
su  candidatura  era  apoyada  por  la  prensa  de  su  bando, 
habiendo  ganado  prosélitos  en  las  Cámaras. 

«Electo  por  tín  el  señor  Pereira  Presidente  de  la  Re- 
pública con  el  apoyo  de  los  dos  caudillos,  se  hubiese  di- 
cho que  su  gobierno  reposaría  por  lo  menos  sobre  la'  ga- 
rantía de  una  paz  estable.  No  fué  así,  sin  embargo.  As- 
piraciones más  ó  menos  legítimas,  defraudadas  por  la 
elección  del  señor  Pereira,  pusieron  en  lucha  las  pasio- 
nes, y  del  choque  agitado  de  las  ideas  surgieron  los  pri- 
meros amagos  de  un  trastorno  político,  tanto  más  justifi- 
cado en  cierto  modo,  desde  que  no  se  había  dejado  á  los 
ciudadanos  completa  libertad  en  el  ejercicio  de  sus  pre- 
rrogativas y  desde  que,  para  satisfacer  las  exigencias  po- 
líticas del  momento,  se  habían  eludido  las  prescripciones 
inviolables  del  Código  fundamental.  Actos  son  éstos  que 
vamos  á  encontrar  muy  pronto  en  la  marcha  de  los  su- 
cesos ( 1 ). » 

7.  Retirada  del  «Ejército  Auxiliar». —«Meses  an- 
tes de  la  nueva  elección  presidencial,  se  había  retirado 
al  Brasil  el  ejército  de  4000  hombres  de  esa  nación  que, 
en  cumplimiento  de  los  tratados  de  Octubre  de  1851,  ha- 
bía mandado  el  Gobierno  imperial  á  garantir  la  existen- 
cia de  los  poderes  legales  desde  1854;  garantía  sin  resul- 

Hombre  enérgico,  de  carácter  inflexible,  militar  de  escuela,  escritor  dis- 
tinguido, de  clara  inteligencia  y  vasta  ilustración,  su  vida  habla  sido  de 
lucha  incesante  para  la  civilización.  Odiaba  al  caudillaje,  al  que  desde 
muy  joven  había  combatido  con  todas  sus  energías.  Siendo  niño  formaba 
ya  en  las  famosas  legiones  de  paz,  batiéndose  resuelto  en  los  llanos  y 
sierras  de  Córdoba  contra  las  hordas  semi-salvajes  de  Facundo. >  (Carlos 
Oneto  Viana,  ob.  cit. ) 

(1)  Antonio  Díaz:  Historia  Política  y  Militar  de  las  Repúblicas  del  Plata, 
Montevideo,  1878. 


-  238  - 

tado  real,  como  se  ha  visto,  pues  durante  la  permanencia 
del  ejército  brasileño  en  Montevideo  se  sucedieron  varios 
gobernantes,  y  más  de  una  revolución  sangrienta  se  pro- 
dujo en  la  capital,  de  cuyos  sucesos  fueron  pasivos  es- 
pectadores los  soldados  del  Brasil.  La  garantía  del  ejér- 
cito brasileño  terminaba  al  expirar  los  cuatro  años,  que 
debía  durar  la  Presidencia  de  Giró  (1).» 


FIN  DEL  TOMO  II 


( 1 )  Julián  O.  Miranda  :  Compendio  de   Historia  Xacional. 


Gabriel  A.  Pereira 


Francisco  A.  Vidal 


Bernardo  P.  Berro 


Atanasio  Cruz  Agiiirre 


Tomás  Gomensoro 


Lorenzo  Batlle 


Lorenzo  Latorrc 


Pedro  Várela 


Máximo  Santos 


Máximo  Tajes 


Julio  Herrera  y  Obes 


Juan  Idiarte  Borda 


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Jbt     '* 

Juan  L.  Cuestas 


José  Batlle  y  Ordóñez 


ÍNDICE 


Págs. 

Presidencias  y  Dictaduras 5 

Capítulo      I  Presidencia  de  Rivera 11 

II  Presidencia  de  Oribe 49 

III  Segunda  Presidencia  de  Rivera 99 

IV  Gobierno   de  Suárez 145 

V  Después  de  la  Guerra  Grande 211 


PAITA  PARA  LA  COLOCACIÓN  DE  LAS  LAMINAS 


TOMO  I 

Don  Manuel  Calleros 59 

»    Juan   Antonio  Lavalleja 138 

»    José  Rondeau 234 


TOMO     II 

Don  Fructuoso   Rivera H 

>     Manuel  Oribe ^9 

■     Joaquín  Suárez "° 

.     Juan  F.  Giró 214 


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